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Se
dirige hacia el armario; lo abre. Observa.
NORIDA.
— (hablando a alguien con naturalidad, aún sin verlo.)
Aún no sé como
vestirme. Lo he estado pensando durante todo el día, incluso en
el
trabajo. Ya te lo dije; quiero lucir bien (Sonríe.) ¡Y has
de saber que
lo hago por ti! (Pensativa.) Mi abuela nunca se fió del
maquillaje. Del
traje tampoco. Como en los tiempos bíblicos. Debes esforzarte
por
comprenderla; ella nunca supo de la llegada de este siglo.
(Mientras
habla extrae del armario un sastre rucio y una minifalda. Los extiende
sobre la cama.)
Es
una lástima que no la hayas conocido… (Suspira.) Pero igual eso
no te
importa, ¿verdad? Dejemos que los muertos entierren a sus
muertos.
(Se
sienta sobre la cama. Toma el sastre.)
Veamos,
¿qué tal este traje? No está mal, sabes. Pero
quizá sea demasiado
sofisticado para tu gusto.
(Toma
la minifalda .)
Un
pantalón, ni pensarlo. Su talla ajustada delata los gordos.
¡Esta
minifalda es sensual y atrevida! Emma siempre me lo ha dicho.
Reconocerás que mis piernas son firmes.
(Palmotea
sus muslos.)
Cuarenta
años caminando desde aquí hasta la estación del
autobús.
(Pausa.)
Aunque
es cierto; cada mañana descubro a una nueva mujer murmurando a
mis
espaldas. Enrojecen de la envidia. No; no quiero avergonzarte. Si
supieran que en mis años mozos podía detener el
tráfico con mis meneos.
(Luz
baja. Trafico incrementa. Desfila. Se menea al caminar. Ruido de
accidente. Sonríe. Luz plena.)
Deberías
animarte; ya sufro bastante tratando de agradarte. (Pausa.) ¡Oh!
No
todos los hombres son iguales. Es un decir de quienes no se atreven a
conocer el mundo. (Pausa.) Es inútil.
(Pausa.)
Sí.
Tú puedes ser la excepción entre ellos; aunque aún
no te conozco.
Quiero decir hasta el fondo. Todos los fondos me dan miedo; son
oscuros. Sólo adoro el fondo de este armario. ¿Nunca te
agazapaste allí
cuando pequeño? Yo lo hacía con mi hermano Julio para
escapar de las
azotainas de mi madre.
(Trata
de entrar en el armario.)
Entonces
el mundo era más grande.
(Sale
aparatosamente.)
¿Para
qué discutimos? En poco tiempo sabremos la verdad. Con paciencia
todo
pasa. Así que callémonos y hablemos de algo más
interesante. (Mira
dentro del armario.) ¿No crees que los vestidos rozados
estén de moda?
No; estamos de acuerdo.
(Toma
asiento, desalentada.)
Apenas
puedo creer que llevamos dos años viviendo juntos. Más
aún, que no sepa
como vestirme para lo que será mi primera cita. Nunca
creí que
llegaría. En dos años pueden suceder tantas cosas…
Tú, por ejemplo,
podrías haberme abandonado por una muchacha con tocadiscos en la
oreja…
O yo a ti por… por… ¿cómo se llama aquel galán de
la telenovela de las
nueve?
(Encara
al maniquí. Carcajea.)
No
me mires de esa manera, Guillermo. La responsabilidad es conjunta.
Nuestra relación se ha cerrado como un círculo; mejor
aún, como una
esfera. Siempre te negaste a conversar conmigo sobre nuestro primer
encuentro, y es natural que las parejas lo hagan, ¿no lo crees?
(Feroz.) Es natural, ¿verdad? Hay eventos en la vida a los que
no
podemos rehuir, so pena de encarar un amargura miserable, cada
mañana,
cuando uno se despierta junto a un desconocido.
(Pausa.)
Al
fin y al cabo la cita es con Guillermo.
(Pausa.
Su semblante se torna cortante.)
Está
bien; no te preocupes. (Sonríe.) Sabes que siempre te disculpo.
Y
quiero que entiendas: no es una cuestión de censura. No frunzas
el
ceño, que ya bastantes arrugas te han dado tus alumnos: alumnas
debería
haber dicho, pero no quiero ofenderte por el mero gusto de ofenderte.
Conquistarte será tan difícil como… conquistarte.
¡Conquistarte será
tan difícil como conquistarte! ¡Sí! Eso fue lo que
dije. Claro como el
vidrio.
(Pausa.)
¡Ah!
No te has olvidado nuestra primera cita. (Malhumorada.) Me preocupaste;
durante año y medio te fuiste; no me llamaste ni me escribiste,
ni tan
siquiera una nota. Eso, al menos, me hubiera consolado. Yo creo… creo
que fuiste injusto conmigo.
(Se
sienta frente al tocador. Se maquilla. A medida que habla la luz se
disipa adquiriendo las tonalidades del anochecer.)
Me
angustiaste. Creí que me olvidabas, que renunciabas a tu
felicidad.
Porque nadie, lo escuchas, na-die, tiene la paciencia para tratarte
como yo lo hago. Nuestro encuentro no será ni casual ni
pasajero, como
tantos otros.
(Pausa.)
Aún
así te espere, como Penélope, la esposa más
virtuosa. Trabajando y
cobrando mi sueldo; trabajando y cobrando; cobrando sin trabajar. No
podía concebir un día sin ti. (Herida en su ego.) Durante
algún tiempo
llegue incluso a dudar de mí misma. Lo que soy siempre
permanece, pero
esta cara, este cuerpo… cambian.
(Pausa.)
Espero
no haberte ofendido. ¡Dios me asista! Sólo esperaba volver
a verte.
Querías que supieras que si aquella noche habías conocido
a una mala
amante, en adelante todo cambiaría. ¡Pero al mismo tiempo
sentía miedo!
Miedo de no poder divertirte, y de ya no poder divertir a ningún
hombre. (Pausa.) Quizá para ti no sea tan fácil
comprenderlo. Al fin y
al cabo eres un hombre. Pero ¿cómo explicártelo?
Es como si tu mayor
preocupación fuese el hacer feliz a alguien que aún no
conoces.
(Pausa.
Medita.)
Aún
a costa de tu felicidad; porque, ya te lo he dicho, no son muchas las
mujeres que llegan a una plena satisfacción.
(Mira
al maniquí. Irónica.)
Claro.
A ti eso no te importa, ¿verdad? El hecho es que… (Nerviosa.)
Discúlpame; seré breve. Lo
que quiero decirte es que creí que no sólo sería
infeliz, sino que
haría infelices a los demás. (Luchando consigo misma.)
¡Y eso me
atormentaba!
(Breve
sonrisa.)
Emma
me lo advirtió… Y me ayudó. ¡Oh, Dios! Algún
día quizás la conozcas.
Entonces sabrás cuan gran amiga es. Sin ella no sé a
dónde me habrían
enviado. Sé que todos se burlan de mi fealdad a mis espaldas;
siempre
los sorprendo mirándose entre sí con sonrisas de
complicidad. Emma me
lo confirmó, pero también me dijo que en nuestro medio
uno está en la
obligación de encarnar papeles de alcurnia. Así que en
lugar de gruñir
ante sus modales groseros, me sometí a un calvario de buen
comportamiento. Y ya ves, todo ha cambiado. Basta un poco de
mortificación para mejorarlo todo, ¿no es así?
(Pausa.
Sonríe triunfante. Finalmente ríe. Ríe a
carcajadas.)
Pero
finalmente, un miércoles en la tarde, me llamaste.
Querías proponerme
una cita. Te conozco como si fueses mi propia sombra. (Ríe.
Seriedad
repentina.) Pero no soy una mujer fácil; no levanté el
mango del
teléfono. Ahora, después de una semana, he aceptado.
Sé que me deseas;
te deseo. Somos adultos. (Mira al maniquí.) Es tiempo de definir
nuestra relación cara a cara; esta vez no será por una
noche;
prométemelo. Saldremos juntos, dormiremos… Nos jubilaremos.
(Pausa.
Se levanta mohína y va a la cocina, busca el vaso y se sirve un
trago
en tanto habla.)
¡Cállate!
No quiero oirte hablar de los traumas de tu niñez de nuevo.
¿Qué tiene
de especial? Es historia. ¿Qué puede tener de especial lo
que ya pasó?
(Burlona.)
En
la alborada está mi ocaso
…
decías. También puedo impresionarte diciendo que
En
la oscuridad está la luz
Muy
bien, guardémonos nuestras opiniones para más tarde. Pero
la poesía
también cansa; tanta belleza abunda en la mugre de los inodoros.
(Extrae
de un cajón del armario cinco libros idénticos.)
De
acuerdo; habrás celebrado el que la primera edición de
tus sátiras se
haya agotado tan pronto. Me costó trabajo adquirir todos los
ejemplares
sueltos de nuestra ciudad. Escucha:
(Lee.)
Tampoco
hubo motivos de sacrificio
Por
una gleba esclavizada e ingrata
«Esclavizada»…
por la sociedad burguesa. «Ingrata»… por su indiferencia
hacia ti. Eres
un libro abierto para mí, Guillermo. Y aunque tantos
críticos
frustrados, partida de rencorosos reporteros de crónica roja, te
hayan
persuadido de abandonar el arte de la diatriba, no hay motivo de
desconsuelo. Algún día, escúchame, algún
día, todos estos ejemplares
valdrán una fortuna.
(Esculca
de un sitio a otro. Triste.)
Por
lo demás, aún eres un hombre joven y saludable.
(Encuentra
una caja de cigarrillos; extrae uno de ellos. Alegre:)
Yo
también me conservo bien a mis años, ¿no lo crees?
(Enciende
el cigarrillo con determinación.)
Estoy
inspirada… Eso es todo. (Resignada.) ¡Sí! Claro que te
amo. (Sonríe.)
Estoy enamorada… Te seré fiel. De otra manera, ¿crees que
habría
convivido contigo por dos años? Para mí es como si
hubieran pasado en
una fracción de segundo. Oh, discúlpame: olvidaba lo
molesto que te
resultaba el humo del cigarrillo.
(Va
a la ventana. La abre y una ligera brisa estremece sus cabellos. Se
escucha el tráfico de la ciudad.)
Anochece
y aún no has contestado a mi pregunta.
(Pausa.
Apaga impaciente su cigarrillo y cierra la ventana.)
¿Qué
quieres que vista esta noche?
(Avanza
impaciente a lo largo de la alcoba.)
¡No!
Esta vez tu ayuda me es imprescindible, Guillermo. Tú,
más que nadie
debes orientarme… Pero, ¿cómo puedes ser tan
patán? ¡Por Dios! ¡Lo sé
todo! Hace ya un año y medio que nos separamos en aquel motel.
Diecisiete meses y tres días perdido en las calles.
También yo lo he
sufrido. ¡Tenemos que reconocerlo! El traje con que te visto es
viejo,
y en… (Piensa.) Tu sabes…. Todo ese tiempo, la moda cambia.
(Va
hacia el maniquí. Masajea sus hombros.)
Tienes
que darme la razón. Al menos por esta vez, ¿no crees?
(Sonríe. Pausa.)
¿Cómo olvidar nuestros excesos? Aquella noche estuviste
impecable.
(Saca
del armario un pañuelo rojo y lo huele.)
¿Quién
lo hubiera creído? Yo, que jamás asistía a una
conferencia, estaba
allí, en primera fila, ante ti. Ahora no recuerdo el nombre del
muchacho que me acompañaba. Fue él quien me
invitó; recién lo había
conocido y… no sé, no tenía compromisos y acepté
su invitación… ¡Oh! No
hay razón para que te sientas celoso. Era un niño que
buscaba a su
madre en el sitio equivocado. Eso fue lo que me dijo en el bar en que
nos conocimos. Meses más tarde, en la víspera de su boda,
vino a
despedirse. Me desagradan los estudiantes; tú lo sabes.
Además, ahora
que lo pienso, fue muy poco original. Hubiera sido más adecuada
una
invitación al cine, por ejemplo. (Pausa.) Me pregunto si se
habrá
divorciado; tal vez deba contactarlo.
(Carcajéa.
Acaricia al maniquí en la mejilla y se aleja a ordenar los
enseres del
apartamento. Encuentra un recorte de periódico dentro de uno de
los
libros.)
¡Luces
tan tierno cuando te enfureces! ¡Te lo prometo! No hablaremos
más de
él… Pero, ¿qué era lo que querías saber?
¡Ah, sí! Por supuesto…
(Reflexiona. Ríe.) ¿Sabías que aquella noche,
durante tu conferencia,
fui incapaz de descifrar la expresión de tus ojos? ¿No?
¡Oh, deberías
mirarte al espejo de vez en cuando!… Eran unos ojos dulces, pero a la
vez arrogantes. (Suspira..) Oh, ¿cómo olvidarlo? Nicodemus
homo est bellus. Desde
entonces reconstruí tu pasado… Serías –me lo dije aquella
noche— el
hijo menor de una familia aristocrática. Numerosa, pero
decadente. Sin
duda fuiste el mimado de tus padres y de tus hermanos mayores. Una
infancia feliz, la cifra de una adultez sosa. (Pausa. Impaciente.) Me
equivoqué. Ya lo sé, sí. De cualquier manera la
primera impresión es
imborrable. ¡No bromees, Guillermo! Tu dijiste que la vida humana
era
mero pensamiento. Pero si hay cambios en la vida, también los
habrá en
el pensamiento. (Pausa.) Tu historia me resultó tan interesante
como la
historia que de ti había conjeturado… ¡No insistas! Eres
un
intelectual, lo sé… Atrofias tu inspiración con tus
deudas. Ahora,
oírte gruñir de esa manera no deja de ser molesto.
(Irónica.) Y no
sabes cuanto…
(Reflexiona.
Contrita. Pasa su dedo índice sobre un anaquel. Lo observa.)
Tanto
polvo nos enferma. Deberíamos mudarnos a un lugar menos
contaminado. Es
una batalla perdida. ¿Ya te conté que quieren demoler
este edificio?
(Recobrando su idea anterior.) Aunque quizá allí resida
tu mayor
virtud. En tu, ¿cómo decirlo?, apego a la verdad. En tu
proyecto de
escribir algún día un libro inagotable. (Tras pensarlo.)
Personalmente
no soy una buena, ni tan siquiera una regular lectora… (Sonrojada.)
Tú
lo sabes… Quizás por ello no pueda comprender tu afán.
(Pausa.) Me
refiero a tu afán por leer y escribir; recrear y crear. Niegas
los
placeres con las letras. ¿No te amarga amargarme de vez en
cuando? ¡Me
desesperas, Guillermo! ¡No me contradigas! Cada mañana,
una vez te
despierto, te sumes en la cama con tus libros… ¡Incluso los
domingos!
Podrías enfermar del corazón. No, no me malinterpretes;
también detesto
a los deportistas. ¿No estuve en tu conferencia?
(Lee
el recorte de periódico.)
«Mente
sana en cuerpo sano es una necedad».
Estoy de acuerdo con tus opiniones. «Cuerpo sano en mente
sana.
Cualquier tipo de competición es odiosa. El hincha de
fútbol no desea
tanto ver a su selección triunfar como humillar a sus rivales…
». Cierto,
siempre hay perdedores. «Las victorias de los deportistas son
el
abrebocas de futuras contiendas nacionales».
¿Cuál fue el país que
ganó la copa del mundo antes de invadir aquellas islas? Y lo
escribiste
justo antes de la guerra. Me encanta sobretodo tu ironía final.
El
remate contra las olimpiadas. «Que encarnan el espíritu
de los
labradores y pescadores de antaño».
(Carcajea.
Limpia el polvo con una escobilla emplumada.)
Te
pareces a mi abuelo cuando agonizaba; quiero decir a mi abuelo paterno.
Tu sabes que al otro jamás lo conocí. Murió de
cáncer… El paterno. (Lo
mira.) No me saques de quicio, Guillermo. (Pausa.) No estoy dispuesta a
soportar tus ironías baratas. (Agresiva.) ¡Pero…!
¿Con qué derecho me
levantas la voz? ¡Digo la verdad!
(Cachetea
al maniquí. Se retira asustada.)
Está
bien. No discutamos… No, no te preocupes. Estoy bien. (Pausa.) No
tienes porqué disculparte. Fui yo quien te provocó
primero.
(Emocionada.) ¡Oh, Guillermo! ¡Perdóname! Hablo
demasiado, pero sólo la
gente sincera parlotea. La gente lacónica es arrogante. No me
tomes a
mal; me refiero a los demás. En adelante no mencionaré
más historias de
mi abuelo. (Pausa. Suspira.) A pesar de todo eres un hombre seguro y
aplomado. (Pausa.) Lo supe desde el principio: tú sabes a donde
vas…
(Trémula.) Y lo que es mejor, reconoces tus defectos.
(Ensimismada.)
Aquella noche fui feliz. Supe que de estar libre me amarías. Y
yo a ti.
Viviríamos juntos; el uno para el otro. ¿Quién lo
iba a creer? Y tú me
aceptarías. Desde entonces he esperado a consumir nuestro
destino a
solas. (Sonríe.) Tú analizando mi vida como si de una
partida de
ajedrez se tratase.
(Mueve
las fichas del tablero.)
Y
yo estaría preparada para colaborarte. Después de la
primera jugada
analizaríamos la siguiente, y revaluaríamos la anterior.
Sí, piezas de
ajedrez en el vasto campo de las negras noches y los blancos
días.
(Duda.) Sí. Sin duda cometeríamos errores.
Seríamos eliminados. Una
vergüenza. Pero no habría reproches. No; naturalmente que
no.
(Se
aleja dejando las fichas de ajedrez en desorden.)
Pronto
hará dos años desde el día en que acepté
convivir contigo… Mi vida ha
cambiado; es evidente. Ahora menos amigos me visitan. Pero ya antes yo
los había indeterminado. Es natural. Ellos se hubieran
escandalizado de
nuestro amancebamiento. De cualquier modo ya lo saben. De lo contrario
me buscarían. Me invitarían a… No sé, a cenar en
su casa, o a un
restaurante, como en los viejos tiempos. ¿Recuerdas a Heriberto?
No, no
lo creo. Era un buen muchacho, aunque tímido. (Sonríe.)
Ahora estoy
segura de que jamás lo conociste… Tanto mejor.
(Se
sienta frente al espejo del tocador y peina su cabello.)
Hasta
que te conocí, nunca dudé de mi trabajo. Como Jefe de
Ventas devengaba
un buen salario. ¿Recuerdas lo que le sucedió?
Renuncié y entre a
trabajar en un centro de investigación sociológica.
(Pausa.) No te
engañes. Jamás quise emularte. Desde niña quise
escribir artículos que
anunciaran los momentos coyunturales de nuestra historia.
(Fría.) De
acuerdo; es una frase tuya, pero viene al caso.
(Se
levanta y besa al maniquí.)
Lo
demás ya lo sabes; renuncié. Fue una idea tuya. Al
principio no estaba
de acuerdo, pero finalmente tu obstinada oposición me
convenció.
(Coloca
una peluca al maniquí y lo peina.)
Tuve
que empeñar mis joyas para subsistir. Para ti fue un golpe duro;
lo
presentía, pero era necesario. (Pausa.) Más tarde fui
contratada como
secretaria. Desde entonces mi carrera se ha estancado. (Pausa.) No, no
te apenes. Sabes que no hay razón para incomodarse. ¡Creo
que el traje
negro te senta bien!
(Abre
la ventana. El sonido del tráfico ha disminuido.)
Ha
sido una tarde calurosa. Pero ahora la brisa es fresca y el ruido del
tráfico ha menguado.
(Cierra
la ventana.)
Te
vestiré. (Saca un raído traje negro del armario.) Pero
antes de ser
secretaria tomé clases en una escuela de bellas artes. (Pausa.)
¿Los
modelos? Sí, hermosos si uno se los imagina hermosos.
Créeme que yo
jamás me interesé en ellos. Tu, en cambio, reuniste el
dinero
suficiente para comprar un automóvil. No te hagas el zonzo;
todas las
mañanas te veía pasar frente a la estación del
autobús con aquella
mujerzuela de cabello negro. ¡Estaba furiosa! ¡Y lo que
más me enervaba
es que ella iba al volante! Dios me perdone, pero el día en que
supe de
tu accidente me alegré. (Pausa.) Jamás supe cuanto dinero
te reintegró
la compañía de seguros.
(Viste
al maniquí.)
Por
mi parte sólo quería emularte como artista.
¿Qué mejor pareja para un
humanista como tú? Como escritora nada podía hacer. Ya
sabes; no tengo
paciencia para la lectura. Una vez me entero del conflicto de una
novela, salto a sus últimas páginas.
(Súbitamente.) Nuestra exposición
tuvo reseñas en la prensa; fueron publicados en «Nueva
Era».
Una revista decente; aún no he olvidado tus críticas.
Fuiste demasiado
severo, Guillermo. Los revisabas y te parecían obtusos.
¡Sin saber por
qué, rescribiste dos de ellos cuatro veces!
(Pausa. Se
tranquiliza.)
Jamás
se publicaron. Lo mejor será no volver a mencionar los
artículos.
Volvamos a la escultura. De hecho jamás te gusto; una
reacción que no
me sorprendió. De hecho la esperaba: eres un hombre reacio a
cualquier
cambio, y mi obra era un conjunto de esculturas post-modernistas. Una
instalación con huesos de cerdo. Fuimos cinco artistas. Es una
pena que
no hayas asistido al cóctel de inauguración. Pero te
comprendo; tenías
una cita con Ana Karenina. Los curadores encontraron mi trabajo
interesante; pero los muy idiotas no imprimieron mi nombre en sus
panfletos.
(Sale
y entra con una escultura.)
Fue
mi mejor escultura. El público supo elogiarla. Un profesor de
una
escuela secundaria me auguró un buen porvenir. No vendí
ningún trabajo;
este es tu regalo de cumpleaños.
(Coloca
la escultura en un sitio visible.)
¿No
es hermosa, Guillermo? No tiene título, pero fue inspirada en
nuestra
relación. (Pausa.) Las estatuas son lo que fuimos.
¿Quieres un café?
(Se
dirige a la cocina.)
Sin
azúcar.
(Prepara
café para dos tazas.)
Poco
más tarde abandoné la escultura. En realidad hubiera sido
un buen
negocio, pero no me satisfizo. (Sonríe.) Tal parece que soy uno
de los
seres humanos que puede prescindir del arte. (Pausa.) Fue entonces
cuando quise vivir. ¡Vivir! Es lo que cualquier mujer desea
cuando sea
ha enamorado… Aunque jamás lo entendiste. (Reflexiona.) Te
comprendo;
al menos eres franco. Tanto tú como yo lo somos. De lo contrario
nuestra relación jamás hubiera perdurado.
(Va
hasta el maniquí. Recoge y guarda las fichas de ajedrez.)
Se
hace tarde, Guillermo. Y aún no me decido. Quizá sea
adecuado un traje
blanco. Es elegante. ¡Vamos! ¡Ayúdame! (Pausa.)
¿No has acabado con tu
juego de ajedrez?
(Mira
a su reloj.)
A
las ocho tengo un compromiso. Entonces podrás jugar todo el
tiempo que
quieras.
(Guarda
el tablero en el armario.)
Pero
ahora… ¡Por Dios! ¿Qué te sucede? Al menos dime el
color del traje
vestías aquella noche.
(Trae
las tazas de café y las sirve sobre la mesita. Jubilosa:)
Es
importante recordarlo. Así podré conjeturar tus gustos.
Tal vez el
pantalón…
(Intenta
vestir un pantalón.)
No;
te equivocas. La apariencia personal siempre es relevante. Hablamos del
periodo de seducción, Guillermo. (Desiste.) Más tarde
quizás tengas
razón. Pero en un comienzo los hombres no reparan en modales;
tampoco
en los gestos; menos aún en la personalidad.
(Jadeante,
toma su espalda en un gesto adolorido y se mira ante un espejo
imaginario.)
Al
principio era joven y esquelética. Ahora… Envejecemos sin
notarlo. Si
el hábito al menos fuese fácil. ¡Por Dios!
¿Temes que te abandone?
Ahora, cuando nos hemos reconciliado. Conociéndote todo ira
mejor.
(Pausa.) De ninguna manera te engañaré. ¡Así
te comportas como un,
¿cómo decirlo? te comportas como un misógino!
(Pausa.) ¡Ya, basta! Se
trata de mí. ¿Te es tan difícil aceptar mi
voluntad? Francamente no lo
comprendo. Durante algún tiempo te hablé de Antonio. Me
atraía: te lo
confesé. (Pausa.) De acuerdo. No es mi intención volver a
él. Sólo
quiero que recuerdes de que tu actitud en aquel tiempo era la
más
sensata. Aceptabas el contacto corporal. Tu voz ya no puede consolarme.
No quiero continuar adivinando pensamientos. Fueron dos años de
copulación desbocada. ¡Perdona! Hay tantas
tonterías por olvidar. Eres
un hombre emprendedor. En nuestro tedio no lo percibimos; aunque Emma
me ha dicho que un conocimiento profundo siempre decepciona. Por eso me
preocupo por el color de este vestido. Sí. Es lo más
superficial, pero
acaso, ¿no es en la superficie que respiro? Tenía
esperanzas. Nunca me
faltaron. Dos años al cabo de los cuales me resigné a mi
soledad en ti.
Te interiorizé, como a un pariente muerto. Pero entonces te
divorciaste.
(Arroja
con fuerza la taza contra la pared.)
¡Y
me dices que no debo preocuparme! ¿No has pensado en mí,
Guillermo?
Justo cuando me había habituado a tu desprecio, dejas a esa
mujer para
tentarme. Sé lo que piensas. No soy una santa pero…
¡Tampoco soy lo que
crees! Soy una mujer. ¿Comprenderás al menos mi
insistencia? ¿No
entiendes que es razonable, que es completamente razonable el que
quiera seducirte ahora, cuando todas las mujeres te abandonan?
¿Qué no
hay silencio ni mente capaz de reemplazarte? ¡Canalla! ¡No
te soporto!
¡No te soporto más!
(Se
abalanza sobre el maniquí. Se tiende con él en la cama.
Se enredan en
la ropa, caen al suelo, ruedan. Lo golpea.)
¡Eres
un hijo de mala madre! ¡Siempre lo supe! ¡Eso es!
¡Vamos! ¡Golpéame!
¡Golpea con fuerza a Nórida!
(La
luz disminuye hasta disiparse. Un rayo de luna se filtra através
de la
ventana. Nórida
jadea mientras habla a horcajadas sobre el
maniquí.)
No
sólo me amargas la vida, sino que pretendes
controlarla… Así. Y crees que te engaño. Pero tu
afán de fidelidad…
¡Eso dice más de ti que de mí!
(Gestos
de dolor. Alaridos
de parto.)
¡No!
¡Ah! ¡No digas… más!
(Luz
plena. Nórida cae exhausta sobre el
maniquí. Gatea
sobre el escenario; aún jadea. Llora.)
¡Canalla!
¡No quiero saber más de ti!
¡No, no quiero que
me hables! ¡Vete! ¡Vete de aquí!
(Se
levanta. Va al corcho y rompe los recortes de
periódicos con fotografías de Guillermo.)
¡No
iré! ¡Te mataré! ¡Te
haré sufrir como a un cerdo!
(Pisotea
los recortes. Cada vez con menos fuerza. Mira a
su alrededor con extrañeza. Abre la ventana.)
No
entiendo este delirio. Perdóname. (Contrita.)
¿Cómo
pude insultarte, Guillermo? Te he insultado y tú, tú eres
lo único que
tengo. (Llora.)
(Recoge
impaciente los recortes. Los lleva hasta la
mesita e intenta reconstruirlos.)
Los he
roto. Guillermo, ¿me perdonas? (Pausa.)
Dime que
me perdonas. (Se tranquiliza.) Los recortaré de nuevo. Emma me
ayudará.
Sé que conoce a gente que colecciona ejemplares de prensa.
(Lleva
la taza de Guillermo a la cocina.)
Mañana
será otro día; quizá
todo sea igual, o diferente.
No lo sé. En últimas es algo que depende de Guillermo.
Por ahora…
Veamos… Lo mejor será que te levantes.
(Levanta
al maniquí y lo lleva hasta la silla.)
Eres
drástico, Guillermo.
(Pausa;
satisfecha:)
De
acuerdo. Vestiré el traje blanco. Pero antes
dame un
beso.
(Pausa.
Su boca insinuante frente al maniquí.)
De mal
genio eres especial.
(Se
aleja del maniquí. Sale y entra con una mesa
para
planchar. La instala junto al lateral izquierdo.)
Ya lo
sé; estás agotado. Sin memoria de la
muerte. No
entiendo porque recién acabamos el amor insistes en permanecer
solo. En
fin, es tu naturaleza. Adán quiere, pero no soporta eyacular. A
mí me
gustaría que me mimaras. Es lo que cualquier mujer
esperaría de un
hombre.
(Recoge
la ropa del suelo y de la cama. La dobla y la
guarda en el armario.)
Esta
noche me comportaré con naturalidad. Como si
te
hubiera conocido desde siempre. Hablaremos del tiempo —no demasiado— y
luego discutiremos sobre la política nacional. (Pausa.) No te
contradiré; sólo insinuaré los temas: así
hablarás, así te escucharé.
(Pausa; angustiada:) Aunque aún no haya ensayado la
presentación. No;
no debo preocuparme, te concedo la razón. Improvisaré en
el taxi, antes
de alcanzar tu apartamento.
(Saca
del armario un vestido blanco y una plancha.)
Estaré
nerviosa; es mi manera de ser; tú me
conoces. Vive
en el edificio "El Ancora". Allí reside también Mariela,
mi prima. ¿No
te he hablado de ella?
(Plancha.)
No;
seguramente que no. Hasta hace poco la conocí.
En
alguna ocasión mi madre me habló de ella y me dio sus
datos personales.
Ya se sabe. Bogotá es una ciudad desolada y es conveniente
contar con
alguien, aunque apenas se le conozca. (Pausa.) Ahora la visitó
con
frecuencia; ella sabe que es por Guillermo. Lo amo… Incluso, si mal no
lo recuerdo, ¿por qué no decírtelo?, hace poco se
lo confesé.
(La luz
disminuye. Guillermo entra desde el lateral
derecho. Su rostro es inexpresivo. Nórida deja de planchar. Se
dirige
hacia él impulsivamente, pero se detiene tras dar un segundo
paso.)
Son las
doce y cinco. (Duda.) Soy una mujer
tímida. No
debería pensarlo. Pero así soy.
(Pausa.)
¿Habrá olvidado la cita? No; no lo
creo…
(Avanza
apropiándose del espacio con
turbación. A
Guillermo:)
¡Disculpe!
No creí que la puerta estuviese
sin seguro.
Gracias…
(Examina
el espacio.)
Es un
bonito apartamento. ¡Oh! Tiene una hermosa
vista.
Desde acá ha de ver usted los crepúsculos. En mi
apartamento es al
contrario. Me refiero al amanecer. Cada mañana, antes del
trabajo,
recibo su luz pálida. (Pausa.) ¡Oh! No siempre madrugo
durante los
fines de semana. Sólo de vez en cuando. Sufro de insomnio.
¿No lo
sabía? Bueno, no es importante. Comprendo. Usted vive en un
décimo
piso, como yo. (Sonríe.) A pesar de todo no me siento sola. Un
amplio
panorama, creo, me basta. Durante mis estudios universitarios
compartí
mi pequeño cuarto con otras dos mujeres. Tenía vista; de
un modo u otro
me las arreglaba para dormir siempre de cara a la ventana. Desde este
sitio usted debe inspirarse. Observando hora tras hora a esas asperezas
sobre la tierra que son las ciudades.
(Fija
su mirada en un punto definido.)
¡Allí!
Usted seguramente ha reposado sus
ojos sobre ese
edificio. Una construcción de ladrillo crudo, pentagonal, con
alas
circulares. Y la ventana… La tercera, en el decimosegundo piso, de
derecha a izquierda. ¡Usted la puede ver directamente desde
acá! Jamás
pensé que ambos, sumidos en esa mole, intercambiásemos
miradas. Sí; me
sumo en los atardeceres, como el sol cuando escapa entre sus fraguas.
Son los anocheceres los que lo embelesan con los rayos que yo admiro en
las mañanas. Yo también lo he visto, Guillermo.
Permítame que lo llame
por su nombre. ¿Me recuerda?… No importa. Pronto me
recordará.
(Observando el panorama.) Hemos descubierto el mismo espacio; debemos
celebrarlo. Podríamos pasar la noche sobre este balcón.
Traigo, por
causalidad, una botella de vino blanco, y cigarrillos, por si usted
fuma. Yo no tengo ese vicio. (Sonríe.) Nos contaremos historias.
(Abraza
con suavidad el cuerpo inexpresivo de Guillermo.)
Será
divertido tejer alguna fábula: la
buena hormiga que
salvó al avestruz contra su voluntad. El ave y el insecto se
encuentran
en el mismo espacio bajo tierra. El avestruz le pide que la salve de
los cazadores. La hormiga, sin responder, pica al avestruz en uno de
sus párpados. El avestruz corre presa del dolor hasta que escapa
de sus
perseguidores… Ya no me acuerdo de su moraleja. Algo así como «no
desconfiemos de nuestros sufrimientos». Tal vez usted pueda
ayudarme; sé que a usted le agradan. He convivido con su
personalidad
por tanto tiempo. (Triste.) Te relataré mi vida y me
conocerás,
Guillermo. Cuando el silencio nos embriague haremos el amor. Mudos,
bajo la luz de un orto.
(Luz
azul. Música suave. Nórida tiende su
cabeza sobre el
regazo de Guillermo.)
No; por
ahora conviene esperar. Aún no te has
separado.
Además está mi madre. Quiere que me case, pero
jamás consentiría que lo
hiciese con un hombre recién divorciado… Perdóname, pero
es necesario
que desistas. (Muy triste.) Es lo que más quisiera, Guillermo.
No, no
es eso. Te amo, pero… pero, oh, no… Eres, eres tan especial y yo, yo,
no soy una mujer hermosa. (Llora.) Son lágrimas de dicha desde
luego.
De acuerdo. Mi madre lo comprenderá.
(Se
separan. Guillermo sale. La luz recobra su
intensidad. Desolada, al Maniquí:)
Por dos
años me has acompañado: todo te lo
he dado.
Recreando cada uno de tus gustos. Jamás dirás que
dejé de amarte. Las
desdichas del amor no matan, sólo trastornan.
(Vuelve
a planchar.)
A veces
me pregunto que será de mí
mañana. Ojalá muriera;
así al menos dejaría de preocuparme por ti. Me
arrastraría como un
animal, o como una demente. (Pausa. Sonríe con desprecio.) Tu
suegra
está enferma. No hay duda de que reventará; no la quieren
en el
ancianato. No es mi culpa; desde que me amamantó fue una mujer
dominante; supo domeñar a mi padre a su antojo… Ojalá
hubiese heredado
ese talante para contigo; aunque, ahora que lo pienso, habría
sido en
vano: sabes que de un modo a otro siempre me someto a tu juicio. Me
mortifico amándote; es algo que mi madre desconoce; es decir,
que nunca
conoció. Mis padres se insultaban el uno al otro con frecuencia.
Aún me
pregunto como pudieron educarme… ¿sabes? Siento un poco de
lástima por
mi madre; dentro de poco morirá.
(Extiende
su vestido.)
Bien,
¡ya está! (Pausa.) No; no
comeré: así luciré un
poco más delgada.
(Saca
un par de zapatos del armario. Se viste.)
De
acuerdo; podrás jugar ajedrez. En la nevera hay
cordero y patatas tajadas: podrás hornearlas. (Molesta.) Emma no
me ha
llamado. Es raro; ya debería haberlo hecho. Otro día sin
escuchar otra
voz que la mía en esta casa. ¡Oh! Mariela tampoco me ha
telefoneado; no
me extraña. Seguramente se ha acostado luego de dejarme las
llaves de
su apartamento en la recepción de su edificio. Espero que nada
terrible
le haya sucedido a Emma. Una mujer soltera puede sufrir tantos
percances. (Despreocupándose.) No; soy una tonta. Emma nunca
permanece
en casa los viernes en la noche; hay restaurantes, demasiadas
discotecas por doquier. Es una lástima; hombres como tú
jamás
frecuentan estos sitios. ¿Recuerdas la tarde en que me invitaste
a una
biblioteca? Al comienzo lo tomé en broma; pero me
conmovió saber que tu
intención era seria. Nunca antes me habían invitado a
leer. (Pausa.)
Disculpa; tal vez no fue contigo sino con Antonio. Con los años
los
rostros se confunden. Quien fuese era natural que me negase a
acompañarle. Tantos libros juntos me dan náusea.
(Toma
su cartera del perchero.)
Mañana
saldré de compras en la tarde. Necesito
ropa para…
(Pausa. Permanece
inmóvil ante un pensamiento aciago.)
Todo
podría acabar. ¿No es así
Guillermo? (Pausa.) En tal
caso sería conveniente que continuásemos el fin de semana
en este
sitio. Encrudeciendo nuestros vicios. Veríamos los programas en
la
televisión hasta que la tarde se extinguiese;
alquilaríamos algunas
videocintas. Podríamos llamar al restaurante para que nos
enviasen algo
de comer, y mañana, de nuevo, con Emma, saldría a comprar
los víveres
de la semana para más tarde volver a acostarme.
(Mira
hacia el público. Observa al maniquí.)
De
acuerdo. Iré.
(Sale.
Oscuridad.)
ACTO
II
Mismo sitio una
semana después. El
maniquí descansa sobre un sillón circundado por cuatro
cirios, desnudo. Luz de
cielo encapotado. Gruesas cortinas
cubiertas de polvo cubren las ventanas. Sobre la mesa y el suelo hay
platos de
loza sin lavar.
Oscuridad.
Nórida,
enteramente vestida de negro, entra y enciende los cirios uno tras otro.
NORIDA.
— El costo de las legumbres ha aumentado; Emma cree que se debe a la
guerra.
Sus razones tendrá para creerlo; pero en nuestros campos no
escasean las
verduras: los plátanos y los tomates se pudren sobre las riveras
de los ríos:
las bestias abundan. Tanto sustento los harta; Dios sabe que no se
matan por
hambre sino por gula.
(Besa al
maniquí en la boca y sonríe. Va a la cocina,
recoge tres paquetes de papel con víveres y los lleva hasta la
mesa.)
No te preocupes;
también desapruebo las guerras. Pero
igual las considero necesarias. Sólo el sufrimiento nos redime.
También dicen
que la superpoblación acabará con nosotros. Ya sabes como
vive la gente en la
India o en la China: hacinados. Es injusto. (Pausa.) ¡Guillermo!
¡Por Dios!
(Sonrisa
irónica. Extrae uno por uno los víveres
examinando las etiquetas de sus precios.)
¿Cómo
puedes ser partidario de tanta procreación? Esas
mujeres engendran como conejos. La economía marcha; no se
discute. Pero los
asiáticos, así, con tanta gente, son un pueblo infeliz.
¡Acéptalo! ¡Son
cadáveres! ¡Vamos! ¡No negarás que lo son!
Todos lo somos: tanta vida y con tan
poco espacio. El aire también se enrarece en este sitio; son los
espectros
quienes sacian la garganta del infierno.
(Pausa.)
Para ti siempre
he sido impertinente: 'hosca' es la
palabra. Grosera, ¿no es así? (Enfrentándolo.)
Bien; tus ideas me importan un
reverendo rábano. A pesar de todo no soy infeliz. (Intentando
cambiar de tema.)
Mas vale que no culpemos de nuestros pesares a los extranjeros.
(Observa la
etiqueta de un producto.)
No han
incrementado el costo de una barra de jabón en dos
años. ¿Sabías que durante el mes de Noviembre la
inflación fue mínima? La
verdad jamás noto la diferencia.
(Pausa.
Colérica, arrojando la barra de jabón al suelo.)
¡Ya basta!
Cada vez te soporto menos. ¿Aprenderás a
escucharme al menos por un día más? Tienes una habilidad
única para hacerme
sentir como a una estúpida. No lo niegues; me tratas como a un
artefacto
inútil.
(Mira al
maniquí; intenta aquietarse. Cruza el espacio.
Recoge la barra de jabón.)
De cualquier
modo ya no vale la pena discutir contigo;
sabes que tengo los nervios alterados. Sé que me desprecias por
mi devoción.
Ese es tu mayor defecto. Jamás te has interesado en la historia
de los credos,
menos aún en la teología. Condescendiente te oí
recriminar a un colega tuyo que
salía de misa. Presumiste que destruirías su fervor
diciéndole que la misa
había sido institucionalizada por Constantino bajo la influencia
de su madre. Y
te sorprendiste, pues aquel colega ni tan siquiera se inmuto con tu
comentario.
A diferencia tuya él dominaba el griego antiguo y el
latín. Una consecuencia de
su afán por comprender o por estudiar su religión.
Él incluso te corrigió. Sí.
Admítelo. Te dijo que la misa no obedecía a un ritual
bizantino sino a una
convergencia de rituales egipcios, persas y paganos. Yo estaba cerca de
ti,
pero en lugar de contradecirte te respalde con mi silencio. Es decir,
respaldé
tu ignorancia. No eres tan sabio como se cree. Pero no te preocupes;
jamás te
traicionaré. Por lo demás con tu retórica,
siempre, de un modo u otro, sales
bien librado de cualquier desliz. Perdóname que te lo diga, pero
jamás has sido
indiferente a la divinidad. Lo que ocurre es que como todo
egoísta deseas ser
la divinidad, el modelo que las grandes masas deberían imitar,
mas puesto que
todos aquellos miserables son inferiores a tu perfección,
sí, tu lo has
calculado, ellos sólo podrán adorarte, venerarte,
alabarte. No me sorprendió el
oírte decir que las personas que más admirabas eran
Napoleón y Hitler. Si
tuvieras poder serías como ellos, y sacrificarías a miles
de hombres por
definiciones tan necias como el progreso, la ciencia y la historia. Lo
que te
mancomuna con aquellos tiranos es tu seguridad. Yo, a diferencia tuya,
y como
la gran mayoría, no estoy segura de mis fines. Y
yo ya he renunciado hace tiempo a la
divinidad. Concedo ese lugar al hombre más justo: sí, a
Jesucristo. Sólo un ambicioso
es capaz de perseverar en propósitos que corroen a la humanidad.
¿Crees que soy
una fanática? No. Pero oigo voces. Tal vez esté loca.
(Observa al
público.)
Es tan
fácil reconocer en cada cual a un maniático.
Esquizofrénica, paranoica, termino por rendirme a su desprecio.
(Al
maniquí.) Los siquiatras me intimidan; sólo confío
en
los confesores. Pero hace tanto que no voy a la iglesia. Hoy fue
día de pago y
es natural que esté cansada; los viernes son así.
Además despidieron al
contador. Era un individuo deshonesto.
(Va hacia la
cocina. Toma un paquete y mientras habla
extrae de él un sacoleva gris, una camisa, un cubilete, un
corbatín y un par de
medias.)
Hablemos de
moda. (Enseña las piezas del traje.) ¿No te
gusta? (Sonríe.) Guarda tu agradecimiento para más tarde;
verte siempre con el
mismo traje cansa. Su color también compagina mejor con tus
pesares. Preludio
de tormentas: gris, el color de quienes se atormentan. La camisa y las
medias
son blancas. El corbatín, lo quise comprar de un tono similar al
traje, pero no
lo encontré. La atención fue pésima; si yo fuese
la propietaria de aquel
almacén me esmeraría por complacer a los clientes.
Tal vez la arrogancia sea lucrativa. De
cualquier modo éste te sienta bastante bien.
(Pausa; viste al
maniquí. Se detiene.)
No
querrás esperar hasta mañana. El lunes te compraré
un
par de zapatos blancos; prometido. Por ahora estoy segura de que los
negros no
irán mal.
(Viste al
maniquí. Suspira nerviosa.)
La verdad es que
no debía haber ido; era lo más sensato.
Pero soy una mujer frágil; siempre supeditándome a
emociones caprichosas.
(Descontenta con
el pantalón.)
Esta talla es
demasiado chica… Mariela ya no quiere
hablarme. ¿Lo sabías? No te ofusques. (Sonríe
conteniendo su ira.) Tal parece
que aquella noche no dejé una buena impresión entre los
vecinos. Aunque tengan
la libertad de culparme no los culpo.
(Se aleja del
maniquí.)
Ya no me hieren
tus frases ponzoñosas. ¡Desde luego!
¡Toda la culpa es mía! Jamás lo he negado; no me
arrepiento. Siempre, desde un
comienzo, he abusado de nuestra intimidad. Comencé
venerándote como a un
muñeco. Era un mero pasatiempo de mi vida adulta. Tal vez
Antonio, tal vez
Juan, Roberto, pero te escogí entre todos los despechos. Dos
años en que la
juventud pasa. Arrastrada fui; sólo pude aferrarme a esta
mentira
indispensable. Un romance entre Guillermo y Nórida.
¿Hasta cuándo?, dime ¿hasta
cuando aceptarás que yo también puedo tener la
razón por una vez? ¡Contéstame¡
(Pausa.)
Es
inútil. Nunca cambiarás. Siempre lo mismo; me das
asco.
(Vuelve a vestir
al maniquí.)
No me hables; en
adelante ya no contaré contigo. Aún
guardo los teléfonos de mis compañeros de trabajo.
Hombres ebrios de cuerpos robustos. (Pausa.)
Esta ves
será inútil que quieras disuadirme.
(Pausa.)
Ayer quise
reconciliarme con Mariela; me comuniqué con su
esposo, quien me dijo que ella ya no
quería tratar conmigo. Tal vez mi prima fuese más amable
si yo tuviese un
mañana promisorio, pero nuestros lazos de sangre nos distancian.
No lo lamento;
jamás dejó de ser para mí una desconocida.
(Trueno. Gotas
de lluvia. Nórida cierra las ventanas.
Viste al maniquí.)
Me conozco a
mí misma, aún con tantos desaciertos.
Siempre me digo que ya no me importa lo que la gente piense de
mí, pero de un
modo u otro me relaciono con algún entrometido. Habló de
la noche en que tuve
mi primera cita con Guillermo; quería entrar furtiva a su
apartamento. Mas no
faltó la vecina que me importunara. Ahora que lo recuerdo, ella
pudo haber
conjeturado que yo era… Que yo… No. No… (Risa breve.) ¡Por Dios!
¿Qué ideas tan
pervertidas cruzan esta mente?
(Mira fijamente
el rostro del maniquí.)
No es justo.
Quiero decir, que me humillen como a una
prostituta. (Atormentada.) Son muchos, demasiados. Pero Dios me ha
puesto en
este mundo; jamás dejará que se deshagan de mí.
Por eso, ¿me estás escuchando?
Por eso los miró desde un tiempo para acá a los ojos,
fijamente; se incomodan.
(Pausa. Continua
vistiendo al maniquí.)
¿Emma?
Tal parece que dispone de poco tiempo. Ella no se
siente bien desde aquel sábado. ¿Recuerdas? Su silencio
me preocupaba. Sé que
la depresión que sufre no es fácil de remediar.
¡Oh, Dios! Parecía tan
lúcida. Ahora me siento tan sola.
(Viste con
tristeza contenida al maniquí.)
Comprendes lo
que te digo, ¿verdad?… Me siento mal. La
actitud de la gente me amedrenta. Emma era mi amiga.
¿Cuántas veces conversé
con ella en los cafés? El viernes, después de salir del
trabajo, alguien la
acusó de haber desfalcado a su empresa. Compañeros que
apenas si la saludaban
la recriminaron por su arrogancia. Y la despidieron como a una
indigente.
Cuando lo supe ya era tarde. Ahora me odia, como a todos. Dice que la
traicionamos, pero, ¿cómo pude incluirme entre tantos
Judas? Con tantos años,
sin hogar. La gente puede ser tan egoísta. (Pausa.) Jamás
confié en los
hombres. Pero la desconfianza jamás me tranquiliza. ¡Oh,
Dios! Yo creo en tu
misericordia. Sin ella habríamos naufragado.
(Observa al
maniquí.)
No tengo dudas.
Es el traje que mejor te sienta.
(Toma el paquete
y extrae de él un vestido de lentejuelas
negras. Melancólica:)
¿Te
gusta? Dime que te encanta. El negro nos agrada,
tanto como una noche después de una tristeza. (Sonriendo.)
No me acongojo; es sólo que hay
algo que debo conversar
contigo. Quizás ya lo sepas: el
jueves,
en el trabajo, me cortejaron. No todos, desde luego. Sólo
algunos: José Manuel,
Francisco, Ramón. ¡No, no! Alberto jamás.
(Sonríe.) A él su mujer le basta.
(Pausa. Vuelve a
extraer víveres de la bolsa.)
Pero ya sabes,
cuando les hablo de ti callan. Sólo les
interesa divertirse. (Pausa.) No, no hay nada que extrañar
Guillermo. Desde el
comienzo me trataron así; son incapaces de comprender a una
dama. Pero yo los
amo con la pasión que sólo los despechados conocen. En
fin, no hay que reparar
más en ellos. Otros hombres vendrán. Desde
ahora sólo vestiré tonos
uniformes; después de la juventud la
distinción queda. Blancos, negros y lilas. A partir del lunes en
la tarde.
(Sonrisa forzada.) Ya no trabajo, ¿no lo sabías? Antes de
ser despedida
renuncié. Ahora soy libre. En cierto modo como al comienzo,
cuando aún creía
que una mujer podía hacer feliz a un hombre. Ahora podremos
compartir el tiempo
juntos. Tú leyendo; yo emperifollándome para mis
compromisos. Sin más
escrúpulos. Tal vez vuelva a la escultura.
(Extrae los
víveres con rapidez.)
No te preocupes
por el dinero. Algo me darán mis
pretendientes. Debemos comprar una nueva crema dental; aunque dicen que
esta
marca ya la han mejorado. Habrás escuchado el sonsonete:
"Dientes
blancos como nieve
Dientes
limpios
como el blanco
Dientes
Blancanieve"
Deberías
sintonizar la radio de vez en cuando; es mejor
que andar atareado en tantas conferencias. (Enseña unas
cuchillas de afeitar.)
¿Qué tal? ¿No son hermosas? El aviso publicitario
decían que eran suaves. De
modo que apenas las sentirás cuando te afeites; es sólo
una sugerencia. No me
gusta esa barba que conservas. (Pausa.)
Las antiguas se oxidaron sin que las hubieses estrenado.
(Se desviste.)
De acuerdo. No;
ya sabes que no me agrada comprar libros.
Los que tienes bastan. Pero podrás leer los periódicos a
partir del martes. Aún
no he concertado ninguna cita para el lunes en la noche, pero de
cualquier
manera hablaré con el gerente de mi empresa. Creo que quiere
ofrecerme un nuevo
empleo.
(Viste el traje
negro.)
Sí;
sería injusto. Empiezo a arrepentirme de haber
renunciado a mi trabajo. Tal vez nunca me hubieran despedido. Soy una
mujer
conforme; siempre dispuesta a trabajar en tiempo extraordinario. No; no
ha sido
fácil abandonar mi puesto.
(Extrae del
armario una caja de cosméticos. Se maquilla
frente al auditorio.)
No es los mismo.
Entiéndeme. Sí; tú estás acá todas
las
noches. No nos engañemos; sabes que no es fácil cambiar
de costumbres en apenas
tres días. Piensa en nosotros; nos llevó casi un
año acostumbrarnos. (No
encuentra la expresión adecuada. Elige la sinceridad.) De manera
que… En fin…
Sabes lo mal que pasamos cada fin de semana: convertimos este cuarto en
un
mausoleo. Nos desprendemos de la multitud, especialmente los domingos.
Es
apenas lógico. Tarde o temprano yo callo y tú…. Tú
piensas. Antes del mediodía
se acaban las palabras. No es difícil de entenderme.
(Pausa. Sufre un
desvanecimiento. Toma el estómago con
sus manos. Cae al suelo. Respirando con dificultad:)
No es nada.
Será la dieta. No hay porque atemorizarse.
Pronto estaré bien. (Sonríe.) Son los años que no
llegan solos; su grasa es la
más dura. Una operación sería irremediable. (Se
recompone.) Quizá por ello Emma
quiera entrar al gimnasio. Me
pregunto si debo acompañarla; no bromeo. Saltaremos hasta caer
muertas del
cansancio. Pero ya te lo dije. Por ahora Emma me rechaza. Aún
tengo dinero para
matricularme en otro sitio.
(Recuerdo
repentino. Busca dentro del armario.)
No lo olvido;
siempre tengo tus sátiras presentes.
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