Hugo Santander Ferreira
 
Hugo Santander Ferreira


  

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La Primera Cita de Nórida Ocampo


Monólogo de teatro para una actriz y un hombre (quien no habla)

Carolina Herrera como Francisca en el estreno de La Primera Cita de Nórida Ocampo, traducida al portugués por Hélder Sousa como O primeiro encontro da menina Albuquerque (Ponde de Lima, 2000)






PRIME
R ACTO

Habitación en un apartamento céntrico de Bogotá; época actual.

O primeiro encontro da menina Albuquerque © Ao Cabo Teatro 2000



ACTORES
Nórida
Un hombre (que no habla)

PRIMER ACTO
Habitación en un apartamento céntrico de Bogotá; época actual. Ventana abierta, cama semidoble, perchero, armario, butaca de cara al público junto a un escritorio con biblioteca y un maniquí sin rostro, de madera, desnudo sobre un sillón. Frente a éste, un cenicero y un tablero de ajedrez sobre una mesita. Una soga con nudo de ahorcado pende de la tramoya a dos metros del suelo, justo sobre la butaca.
Hacia un lateral una cocina, un bar y una silla con teléfono. Sobre un biombo un corcho con recortes de periódico adheridos con chinches metálicos. Al extremo contrario, una escalera comunica con una terraza, desde la cual se divisa el cielo y las cúpulas de algunas construcciones.
Ruido de motores y tráfico de automóviles.
Una toalla cubre la cabeza de NORIDA, mujer rechoncha de unos cincuenta años, quien en bata entra desde el baño pensativa. Cierra la ventana y el sonido del tráfico disminuye.
Se dirige hacia el armario; lo abre. Observa.

NORIDA. — (Hablando a alguien con naturalidad, aún sin verlo.) Aún no sé como vestirme. Lo he estado pensando durante todo el día, incluso en el trabajo. Ya te lo dije; quiero lucir bien (Sonríe.) ¡Y has de saber que lo hago por ti! (Pensativa.) Mi abuela nunca se fió del maquillaje. Del traje tampoco. Como en los tiempos bíblicos. Debes esforzarte por comprenderla; ella nunca supo de la llegada de este siglo.
 (Mientras habla extrae del armario un sastre rucio y una minifalda. Los extiende sobre la cama.)
 Es una lástima que no la hayas conocido… (Suspira.) Pero igual eso no te importa, ¿verdad? Dejemos que los muertos entierren a sus muertos.
 (Se sienta sobre la cama. Toma el sastre.)
 Veamos, ¿qué tal este traje? No está mal, sabes. Pero quizá sea demasiado sofisticado para tu gusto.
 (Toma la minifalda .)
 Un pantalón, ni pensarlo. Su talla ajustada delata los gordos. ¡Esta minifalda es sensual y atrevida! Emma siempre me lo ha dicho. Reconocerás que mis piernas son firmes.
 (Palmotea sus muslos.)
 Cuarenta años caminando desde aquí hasta la estación del autobús.
(Pausa.)
 Aunque es cierto; cada mañana descubro a una nueva mujer murmurando a mis espaldas. Enrojecen de la envidia. No; no quiero avergonzarte. Si supieran que en mis años mozos podía detener el tráfico con mis meneos.
(Luz baja. Trafico incrementa. Desfila. Se menea al caminar. Ruido de accidente. Sonríe. Luz plena.)
 Deberías animarte; ya sufro bastante tratando de agradarte. (Pausa.) ¡Oh! No todos los hombres son iguales. Es un decir de quienes no se atreven a conocer el mundo. (Pausa.) Es inútil.
 (Pausa.)
 Sí. Tú puedes ser la excepción entre ellos; aunque aún no te conozco. Un día amas a la vida y al otro día quieres suicidarte. De acuerdo; no te conozco hasta el fondo. Todos los fondos me dan miedo; son oscuros, insondables. Sólo adoro el fondo de este armario. ¿Nunca te agazapaste allí cuando pequeño? Yo lo hacía con mi hermano Julio para escapar de las azotainas de mi madre.
 (Trata de entrar en el armario.)
 Entonces el mundo era más grande.
 (Sale aparatosamente.)
 ¿Para qué discutimos? En poco tiempo sabremos la verdad. Con paciencia todo pasa. Así que callémonos y hablemos de algo más interesante. (Mira dentro del armario.) ¿No crees que los vestidos rosados estén de moda? No; estamos de acuerdo.
 (Toma asiento, desalentada.)
 Apenas puedo creer que llevamos dos años viviendo juntos. Más aún, que no sepa como vestirme para lo que será mi primera cita. Nunca creí que llegaría. En dos años pueden suceder tantas cosas… Tú, por ejemplo, podrías haberme abandonado por una muchacha con tocadiscos en la oreja… O yo a ti por… por… ¿cómo se llama aquel galán de la telenovela de las nueve?
 (Encara al maniquí. Carcajea.)
 No me mires de esa manera, Guillermo. La responsabilidad es conjunta. Nuestra relación se ha cerrado como un círculo; mejor aún, como una esfera. Siempre te negaste a conversar conmigo sobre nuestro primer encuentro, y es natural que las parejas lo hagan, ¿no lo crees? (Feroz.) Es natural, ¿verdad? Hay eventos en la vida a los que no podemos rehuir, so pena de encarar un amargura miserable, cada mañana, cuando uno se despierta junto a un desconocido.
 (Pausa.)
 Al fin y al cabo la cita es con Guillermo.
 (Pausa. Su semblante se torna cortante.)
 Está bien; no te preocupes. (Sonríe.) Sabes que siempre te disculpo. Y quiero que entiendas: no es una cuestión de censura. No frunzas el ceño, que ya bastantes arrugas te han dado tus alumnos: alumnas debería haber dicho, pero no quiero ofenderte por el mero gusto de ofenderte. Conquistarte será tan difícil como… conquistarte. ¡Conquistarte será tan difícil como conquistarte! ¡Sí! Eso fue lo que dije. Claro como el vidrio.
 (Pausa.)
 ¡Ah! No te has olvidado nuestra primera cita. (Malhumorada.) Me preocupaste; durante año y medio te fuiste; no me llamaste ni me escribiste, ni tan siquiera una nota. Eso, al menos, me hubiera consolado. Yo creo… creo que fuiste injusto conmigo.
 (Se sienta frente al tocador. Se maquilla. A medida que habla la luz se disipa adquiriendo las tonalidades del anochecer.)
 Me angustiaste. Creí que me olvidabas, que renunciabas a tu felicidad. ¡Sí! Sólo tú y yo sabemos quien es la mujer más hermosa en todo el mundo, la más sensual, la más fuerte, la más inteligente. Es comos si todo hubiera sido creado a nuestro alrededor. ¿Lo notas? Y porque nadie, lo escuchas, na-die, tiene la paciencia para tratarte como yo lo hago. (Pausa) Nuestro encuentro no será ni casual ni pasajero, como tantos otros.
 (Pausa.)
 Aún así te espere, como Penélope, la esposa más virtuosa. Trabajando y cobrando mi sueldo; trabajando y cobrando; cobrando sin trabajar. No podía concebir un día sin ti. (Herida en su ego.) Durante algún tiempo llegue incluso a dudar de mí misma. Lo que soy siempre permanece, pero esta cara, este cuerpo… cambian.
 (Pausa.)
 Espero no haberte ofendido. ¡Dios me asista! Sólo esperaba volver a verte. Querías que supieras que si aquella noche habías conocido a una mala amante, en adelante todo cambiaría. ¡Pero al mismo tiempo sentía miedo! Miedo de no poder divertirte, y de ya no poder divertir a ningún hombre. (Pausa.) Quizá para ti no sea tan fácil comprenderlo. Al fin y al cabo eres un hombre. Pero ¿cómo explicártelo? Es como si tu mayor preocupación fuese el hacer feliz a alguien que aún no conoces.
 (Pausa. Medita.)
 Aún a costa de tu felicidad; porque, ya te lo he dicho, no son muchas las mujeres que llegan a una plena satisfacción.
 (Mira al maniquí. Irónica.)
 Claro. A ti eso no te importa, ¿verdad? El hecho es que… (Nerviosa.) Discúlpame; seré breve. Lo que quiero decirte es que creí que no sólo sería infeliz, sino que haría infelices a los demás. (Luchando consigo misma.) ¡Y eso me atormentaba!
 (Breve sonrisa.)
 Emma me lo advirtió… Y me ayudó. ¡Oh, Dios! Algún día quizás la conozcas. Entonces sabrás cuan gran amiga es. Sin ella no sé a dónde me habrían enviado. Sé que todos se burlan de mi fealdad a mis espaldas; siempre los sorprendo mirándose entre sí con sonrisas de complicidad. Emma me lo confirmó, pero también me dijo que en nuestro medio uno está en la obligación de encarnar papeles de alcurnia. Así que en lugar de gruñir ante sus modales groseros, me sometí a un calvario de buen comportamiento. Y ya ves, todo ha cambiado. Basta un poco de mortificación para mejorarlo todo, ¿no es así?
(Pausa. Sonríe triunfante. Finalmente ríe. Ríe a carcajadas.)
 Pero finalmente, un miércoles en la tarde, me llamaste. Querías proponerme una cita. Te conozco como si fueses mi propia sombra. (Ríe. Seriedad repentina.) Pero no soy una mujer fácil; no levanté el mango del teléfono. Ahora, después de una semana, he aceptado. Sé que me deseas; te deseo. Somos adultos. (Mira al maniquí.) Es tiempo de definir nuestra relación cara a cara; esta vez no será por una noche; prométemelo. Saldremos juntos, dormiremos… Nos jubilaremos.
 (Pausa. Se levanta mohína y va a la cocina, busca el vaso y se sirve un trago en tanto habla.)
 ¡Cállate! No quiero oírte hablar de los traumas de tu niñez de nuevo. ¿Qué tiene de especial? Es historia. ¿Qué puede tener de especial lo que ya pasó? (Burlona.)
 En la alborada está mi ocaso
 … decías. También puedo impresionarte diciendo que
En la oscuridad está la luz
Muy bien, guardémonos nuestras opiniones para más tarde. Pero la poesía también cansa; tanta belleza abunda en la mugre de los inodoros.
 (Extrae de un cajón del armario cinco libros idénticos.)
 De acuerdo; habrás celebrado el que la primera edición de tus sátiras se haya agotado tan pronto. Me costó trabajo adquirir  estos ejemplares en nuestra ciudad. Escucha:
 (Lee.)
 Tampoco hubo motivos de sacrificio
 Por una gleba esclavizada e ingrata
 «Esclavizada»… por la sociedad burguesa. «Ingrata»… por su indiferencia hacia ti. Eres un libro abierto para mí, Guillermo. Y aunque tantos críticos frustrados, partida de rencorosos reporteros de crónica roja, te hayan persuadido de abandonar el arte de la diatriba, no hay motivo de desconsuelo. Algún día, escúchame, algún día, todos estos ejemplares valdrán una fortuna.
 (Esculca de un sitio a otro. Triste.)
 Por lo demás, aún eres un hombre joven y saludable.
 (Encuentra una caja de cigarrillos; extrae uno de ellos. Alegre:)
 Claro que tu diatriba no va con Jesús, Guillermo. Él si se sacrificó por una gleba esclavizada e ingrata.  Así nos salvó de la agresividad, nuestro pecado original. No te enfurezcas. Sabes que desde que te conocí soy atea. ¡Dios me libre! Yo también me conservo bien a mis años, ¿no lo crees?
 (Enciende el cigarrillo con determinación.)
 Estoy inspirada… Eso es todo. (Resignada.) ¡Sí! Claro que te amo. (Sonríe.) Estoy enamorada… Te seré fiel. De otra manera, ¿crees que habría convivido contigo por dos años? Para mí es como si hubieran pasado en una fracción de segundo. Oh, discúlpame: olvidaba lo molesto que te resultaba el humo del cigarrillo.
 (Va a la ventana. La abre y una ligera brisa estremece sus cabellos. Se escucha el tráfico de la ciudad.)
 Anochece y aún no has contestado a mi pregunta.
 (Pausa. Aplasta el cigarrillo contra el cenicero, se levanta con impaciencia y cierra la ventana.)
 ¿Debo consumirme? Respóndeme. ¿O realmente me vas a dar otra oportunidad? No te preocupes por ellos. ¡Sé lo que piensas! Admiras a ese escritor judío y a su esposa por el modo en que lo hicieron. ¿Cuál es su nombre? El hermano de José, sí: Benjamín. Pero yo no tengo una reputación que cuidar. O simplemente no soy capaz. ¡No! ¡No es que crea en el infierno! ¡Basta! Nunca quieres discutirlo. ¡Bueno, dímelo! Si no, asumiré que ya escribiste tu última palabra...
 (Abre un libro y lee.)
 Si te sientes impotente en un mundo de belleza y de dinero, prostitúyete Ofelia, o salta desde el puente más cercano.
 (Cierra el libro.)
 En serio, traté de ser hermosa y acaudalada,  pero el desafío fue demasiado para mí. Ahora es demasiado tarde.
(Pausa. Apaga impaciente su cigarrillo y cierra la ventana.)
 Gracias. ¿Qué quieres que vista esta noche?
(Avanza impaciente a lo largo de la alcoba.)
¡No! Esta vez tu ayuda me es imprescindible, Guillermo. Tú, más que nadie debes orientarme… Pero, ¿cómo puedes ser tan patán? ¡Por Dios! ¡Lo sé todo! Hace ya un año y medio que nos separamos en aquel motel. Diecisiete meses y tres días perdido en las calles. También yo lo he sufrido. ¡Tenemos que reconocerlo! El traje con que te visto es viejo, y en… (Piensa.) Tu sabes…. Todo ese tiempo, la moda cambia.
(Va hacia el maniquí. Masajea sus hombros.)
Tienes que darme la razón. Al menos por esta vez, ¿no crees? (Sonríe. Pausa.) ¿Cómo olvidar nuestros excesos? Aquella noche estuviste impecable.
(Saca del armario un pañuelo rojo y lo huele.)
¿Quién lo hubiera creído? Yo, que jamás asistía a una conferencia, estaba allí, en primera fila, ante ti. Ahora no recuerdo el nombre del muchacho que me acompañaba. Fue él quien me invitó; recién lo había conocido y… no sé, no tenía compromisos y acepté su invitación… ¡Oh! No hay razón para que te sientas celoso. Era un niño que buscaba a su madre en el sitio equivocado. Eso fue lo que me dijo en el bar en que nos conocimos. Meses más tarde, en la víspera de su boda, vino a despedirse. Me desagradan los estudiantes; tú lo sabes. Además, ahora que lo pienso, fue muy poco original. Hubiera sido más adecuada una invitación al cine, por ejemplo. (Pausa.) Me pregunto si se habrá divorciado; tal vez deba contactarlo.
(Carcajea. Acaricia al maniquí en la mejilla y se aleja a ordenar los enseres del apartamento. Encuentra un recorte de periódico dentro de uno de los libros.)
¡Luces tan tierno cuando te enfureces! ¡Te lo prometo! No hablaremos más de él… Pero, ¿qué me preguntaste antes? ¡Ah, sí! Por supuesto… (Reflexiona. Ríe.) ¿Sabías que aquella noche, durante tu conferencia, fui incapaz de descifrar la expresión de tus ojos? ¿No? ¡Oh, deberías mirarte al espejo de vez en cuando!… Eran unos ojos dulces, pero a la vez arrogantes. (Suspira..) Oh, ¿cómo olvidarlo? Nicodemus homo est bellus. Desde entonces reconstruí tu pasado… Serías –me lo dije aquella noche— el hijo menor de una familia aristocrática. Numerosa, pero decadente. Sin duda fuiste el mimado de tus padres y de tus hermanos mayores. Una infancia feliz, la cifra de una adultez sosa. (Pausa. Impaciente.) Me equivoqué. Ya lo sé, sí. De cualquier manera la primera impresión es imborrable. ¡No bromees, Guillermo! Dijiste que la vida humana era mero pensamiento; consecuentemente si hay cambios en la vida, también los habrá en el pensamiento. (Pausa.) Tu historia me resultó tan interesante como la historia que de ti había conjeturado… ¡No insistas! Eres un intelectual, lo sé… Atrofias tu inspiración con tus dudas. Ahora, oírte gruñir de esa manera no deja de ser molesto. (Irónica.) Y no sabes cuanto…
(Reflexiona. Contrita. Pasa su dedo índice sobre un anaquel. Lo observa.)
Tanto polvo nos enferma. Deberíamos mudarnos a un lugar menos contaminado. Es una batalla perdida. ¿Ya te conté que quieren demoler este edificio? (Recobrando su idea anterior.) Aunque quizá allí resida tu mayor virtud. En tu, ¿cómo decirlo?, apego a la verdad. En tu proyecto de escribir algún día un libro que pruebe de una vez y para siempre la inexistencia de Dios.  Fracasarás, como tantos otros. Pero serás famoso. Y eso es lo que quieres, ¿no?  (Tras pensarlo.) Personalmente no soy una buena, ni tan siquiera una lectora regular… (Sonrojada.) Tú lo sabes… Quizás por ello no pueda comprender tu afán. (Pausa.) Me refiero a tu afán por leer y escribir; recrear y crear. Niegas los placeres con las letras. ¿No te amarga amargarme de vez en cuando? ¡Me desesperas, Guillermo! ¡No me contradigas! Cada mañana, una vez te despierto, te sumes en la cama con tus libros… ¡Especialmente los domingos! Podrías enfermar del corazón. No, no me malinterpretes; también detesto a los deportistas. ¿No estuve en tu conferencia?
(Lee el recorte de periódico.)
« Mens sana in corpore sano es una necedad». Estoy de acuerdo con Bernard Shaw. «El cuerpo sano es un producto de la mente sana." Y "cualquier tipo de competición es odiosa. El hincha de fútbol no desea tanto ver a su selección triunfar como humillar a sus rivales… ». Cierto, siempre hay perdedores. «Las victorias de los deportistas son el abrebocas de las guerras por venir». ¿Cuál fue el país que ganó la copa del mundo antes de invadir aquellas islas? Y lo escribiste justo antes de la guerra. Me encanta sobretodo tu ironía final. El remate contra los gimnasios. «Compuestos de obreros y labradores que usurpan los puestos de los pensadores». Y sí, estoy de acuerdo contigo cuando escribes que deberían abrir campos de labranza en lugar de gimnasios. Pero los jefes de mercadeo no lo permitirían.
(Carcajea. Limpia el polvo con una escobilla emplumada.)
Te pareces a mi abuelo cuando agonizaba; quiero decir a mi abuelo paterno. Tu sabes que al otro jamás lo conocí. Murió de cáncer… El paterno. (Lo mira.) No me saques de quicio, Guillermo. (Pausa.) No estoy dispuesta a soportar tus ironías baratas. (Agresiva.) ¡Pero…! ¿Con qué derecho me levantas la voz? ¡Digo la verdad!
(Cachetea al maniquí. Se retira asustada.)
Está bien. No discutamos… No, no te preocupes. Estoy bien. (Pausa.) No tienes porqué disculparte. Fui yo quien te provocó primero. (Emocionada.) ¡Oh, Guillermo! ¡Perdóname! Hablo demasiado, pero sólo la gente sincera parlotea. La gente lacónica es arrogante. No me tomes a mal; me refiero a los demás. En adelante no mencionaré más historias de mi abuelo. (Pausa. Suspira.) A pesar de todo eres un hombre seguro y aplomado. (Pausa.) Lo supe desde el principio: tú sabes a donde vas… (Trémula.) Y lo que es mejor, reconoces tus defectos. (Ensimismada.) Aquella noche fui feliz. Supe que de estar libre me amarías. Y yo a ti. Viviríamos juntos; el uno para el otro. ¿Quién lo iba a creer? Y tú me aceptarías. Desde entonces he esperado a consumir nuestro destino a solas. (Sonríe.) Tú analizando mi vida como si de una partida de ajedrez se tratase.
(Mueve las fichas del tablero.)
Y yo estaría preparada para colaborarte. Después de la primera jugada analizaríamos la siguiente, y revaluaríamos la anterior. Sí, piezas de ajedrez en el vasto campo de las negras noches y los blancos días. (Duda.) Sí. Sin duda cometeríamos errores. Seríamos eliminados. Una vergüenza. Pero no habría reproches. No; naturalmente que no.
(Se aleja dejando las fichas de ajedrez en desorden.)
Pronto hará dos años desde el día en que acepté convivir contigo… Mi vida ha cambiado; es evidente. Ahora menos amigos me visitan. Pero ya antes yo los había indeterminado. Es natural. Ellos se hubieran escandalizado de nuestro amancebamiento. De cualquier modo ya lo saben. De lo contrario me buscarían. Me invitarían a… No sé, a cenar en su casa, o a un restaurante, como en los viejos tiempos. ¿Recuerdas a Heriberto? No, no lo creo. Era un buen muchacho, aunque tímido. (Sonríe.) Ahora estoy segura de que jamás lo conociste… Tanto mejor.
(Se sienta frente al espejo del tocador y peina su cabello.)
Hasta que te conocí, nunca dudé de mi trabajo. Como Jefe de Ventas devengaba un buen salario. ¿Recuerdas lo que le sucedió? Renuncié y entre a trabajar en un centro de investigación sociológica. (Pausa.) No te engañes. Jamás quise emularte. Desde niña quise escribir artículos que anunciaran los momentos coyunturales de nuestra historia. (Fría.) De acuerdo; es una frase tuya, pero viene al caso.
(Se levanta y besa al maniquí.)
Lo demás ya lo sabes; renuncié. Fue una idea tuya. Al principio no estaba de acuerdo, pero finalmente tu obstinada oposición me convenció.
(Coloca una peluca al maniquí y lo peina.)
Tuve que empeñar mis joyas para subsistir. Para ti fue un golpe duro; lo presentía, pero era necesario. (Pausa.) Más tarde fui contratada como secretaria. Desde entonces mi carrera se ha estancado. (Pausa.) No, no te apenes. Sabes que no hay razón para incomodarse. ¡Creo que el traje negro te sienta bien!
(Abre la ventana. El sonido del tráfico ha disminuido.)
Ha sido una tarde calurosa. Pero ahora la brisa es fresca y el ruido del tráfico ha menguado.
(Cierra la ventana.)
Te vestiré. (Saca un raído traje negro del armario.) Pero antes de ser secretaria tomé clases en una escuela de bellas artes. (Pausa.) ¿Los modelos? Sí, hermosos si uno se los imagina hermosos. Créeme que yo jamás me interesé en ellos. Tu, en cambio, reuniste el dinero suficiente para comprar un automóvil. No te hagas el zonzo; todas las mañanas te veía pasar frente a la estación del autobús con aquella mujerzuela de cabello negro. ¡Estaba furiosa! ¡Y lo que más me enervaba es que ella iba al volante! Dios me perdone, pero el día en que supe de tu accidente me alegré. (Pausa.) Jamás supe cuanto dinero te reintegró la compañía de seguros.
(Viste al maniquí.)
Por mi parte sólo quería emularte como artista. ¿Qué mejor pareja para un humanista como tú? Como escritora nada podía hacer. Ya sabes; no tengo paciencia para la lectura. Una vez me entero del conflicto de una novela, salto a sus últimas páginas. (Súbitamente.) Nuestra exposición tuvo reseñas en la prensa; fueron publicados en «Nueva Era». Una revista decente; aún no he olvidado tus críticas. Fuiste demasiado severo, Guillermo. Los revisabas y te parecían obtusos. ¡Sin saber por qué, rescribiste dos de ellos cuatro veces!
(Pausa. Se tranquiliza.)
Jamás se publicaron. Lo mejor será no volver a mencionar los artículos. Volvamos a la escultura. De hecho jamás te gusto; una reacción que no me sorprendió. De hecho la esperaba: eres un hombre reacio a cualquier cambio, y mi obra era un conjunto de esculturas post-modernistas. Una instalación con huesos de cerdo. Fuimos cinco artistas. Es una pena que no hayas asistido al cóctel de inauguración. Pero te comprendo; tenías una cita con Ana Karenina. Los curadores encontraron mi trabajo interesante; pero los muy idiotas no imprimieron mi nombre en sus panfletos.
(Sale y entra con una escultura.)
Fue mi mejor escultura. El público supo elogiarla. Un profesor de una escuela secundaria me auguró un buen porvenir. No vendí ningún trabajo; este es tu regalo de cumpleaños.
(Coloca la escultura en un sitio visible.)
¿No es hermosa, Guillermo? No tiene título, pero fue inspirada en nuestra relación. (Pausa.) Las estatuas son lo que fuimos. ¿Quieres un café?
(Se dirige a la cocina.)
Sin azúcar.
(Prepara café para dos tazas.)
Poco más tarde abandoné la escultura. En realidad hubiera sido un buen negocio, pero no me satisfizo. (Sonríe.) Tal parece que soy uno de los seres humanos que puede prescindir del arte. (Pausa.) Fue entonces cuando quise vivir. ¡Vivir! Es lo que cualquier mujer desea cuando sea ha enamorado… Aunque jamás lo entendiste. (Reflexiona.) Te comprendo; al menos eres franco. Tanto tú como yo lo somos. De lo contrario nuestra relación jamás hubiera perdurado.
(Va hasta el maniquí. Recoge y guarda las fichas de ajedrez.)
Se hace tarde, Guillermo. Y aún no me decido. Quizá sea adecuado un traje blanco. Es elegante. ¡Vamos! ¡Ayúdame! (Pausa.) ¿No has acabado con tu juego de ajedrez?
(Mira a su reloj.)
A las ocho tengo un compromiso. Entonces podrás jugar todo el tiempo que quieras.
(Guarda el tablero en el armario.)
Pero ahora… ¡Por Dios! ¿Qué te sucede? Al menos dime el color del traje que vestías aquella noche.
(Trae las tazas de café y las sirve sobre la mesita. Jubilosa:)
Es importante recordarlo. Así podré conjeturar tus gustos. Tal vez el pantalón…
(Intenta vestir un pantalón.)
No; te equivocas. La apariencia personal siempre es relevante. Hablamos del periodo de seducción, Guillermo. (Desiste.) Más tarde quizás tengas razón. Pero en un comienzo los hombres no reparan en modales; tampoco en los gestos; menos aún en la personalidad.
(Jadeante, toma su espalda en un gesto adolorido y se mira ante un espejo imaginario.)
Al principio era joven y esquelética. Ahora… Envejecemos y no sabemos cuando. Si el hábito al menos fuese fácil. ¡Por Dios! ¿Temes que te abandone? Ahora, cuando nos hemos reconciliado. Conociéndote todo ira mejor. (Pausa.) De ninguna manera te engañaré. ¡Así te comportas como un, ¿cómo decirlo? te comportas como un misógino! (Pausa.) ¡Ya, basta! Se trata de mí. ¿Te es tan difícil aceptar mi voluntad? Francamente no lo comprendo. Durante algún tiempo te hablé de Antonio. Me atraía: te lo confesé. (Pausa.) De acuerdo. No es mi intención volver a él. Sólo quiero que recuerdes de que tu actitud en aquel tiempo era la más sensata. Aceptabas el contacto corporal. Tu voz por si sola no puede consolarme. No quiero continuar adivinando pensamientos. Fueron dos años de copulación desbocada. ¡Perdona! Hay tantas tonterías por olvidar. Eres un hombre emprendedor. En nuestro tedio no lo percibimos; aunque Emma me ha dicho que un conocimiento profundo siempre decepciona. Por eso me preocupo más por el color de este vestido. Sí. Es lo más superficial, pero acaso, ¿no es en la superficie que respiro? Tenía esperanzas. Nunca me faltaron. Dos años al cabo de los cuales me resigné a mi soledad en ti. Te interioricé, como a un pariente muerto. Pero entonces te divorciaste.
(Arroja con fuerza la taza contra la pared.)
¡Y me dices que no debo preocuparme! ¿No has pensado en mí, Guillermo? Justo cuando me había habituado a tu desprecio, dejas a esa mujer para tentarme. Sé lo que piensas. No soy una santa pero… ¡Tampoco soy lo que crees! Soy una mujer. ¿Comprenderás al menos mi insistencia? ¿No entiendes que es razonable, que es completamente razonable el que quiera seducirte ahora, cuando todas las mujeres te abandonan? ¿Qué no hay silencio ni mente capaz de reemplazarte? ¡Canalla! ¡No te soporto! ¡No te soporto más!
(Se abalanza sobre el maniquí. Se tiende con él en la cama. Se enredan en la ropa, caen al suelo, ruedan. Lo golpea.)
¡Eres un hijo de mala madre! ¡Siempre lo supe! ¡Eso es! ¡Vamos! ¡Golpéame! ¡Golpea con fuerza a Nórida!
(La luz disminuye hasta disiparse. Un rayo de luna se filtra a través de la ventana. Nórida jadea mientras habla a horcajadas sobre el maniquí.)
No sólo me amargas la vida, sino que pretendes controlarla… Así. Y crees que te engaño. Pero tu afán de fidelidad… ¡Eso dice más de ti que de mí!
(Gestos de dolor. Alaridos de parto.)
¡No! ¡Ah! ¡No digas… más!
(Luz plena. Nórida cae exhausta sobre el maniquí. Gatea sobre el escenario; aún jadea. Llora.)
¡Canalla! ¡No quiero saber más de ti! ¡No, no quiero que me hables! ¡Vete! ¡Vete de aquí!
(Se levanta. Va al corcho y rompe los recortes de periódicos con fotografías de Guillermo.)
¡No iré! ¡Te mataré! ¡Te haré sufrir como a un cerdo!
(Pisotea los recortes. Cada vez con menos fuerza. Mira a su alrededor con extrañeza. Abre la ventana.)
No entiendo este delirio. Perdóname. (Contrita.) ¿Cómo pude insultarte, Guillermo? Te he insultado y tú, tú eres lo único que tengo. (Llora.)
(Recoge impaciente los recortes. Los lleva hasta la mesita e intenta reconstruirlos.)
Los he roto. Guillermo, ¿me perdonas? (Pausa.) Dime que me perdonas. (Se tranquiliza.) Los recortaré de nuevo. Emma me ayudará. Sé que conoce a gente que colecciona ejemplares de prensa.
(Lleva la taza de Guillermo a la cocina.)
Mañana será otro día; quizá todo sea igual, o diferente. No lo sé. En últimas es algo que depende de Guillermo. Por ahora… Veamos… Lo mejor será que te levantes.
(Levanta al maniquí y lo lleva hasta la silla.)
Eres drástico, Guillermo.
(Pausa; satisfecha:)
De acuerdo. Vestiré el traje blanco. Pero antes dame un beso.
(Pausa. Su boca insinuante frente al maniquí.)
De mal genio eres especial.
(Se aleja del maniquí. Sale y entra con una mesa para planchar. La instala junto al lateral izquierdo.)
Ya lo sé; estás agotado. Sin memoria de la muerte. No entiendo porque recién acabamos el amor insistes en permanecer solo. En fin, es tu naturaleza. Adán quiere, pero no soporta eyacular. A mí me gustaría que me mimaras. Es lo que cualquier mujer esperaría de un hombre.
(Recoge la ropa del suelo y de la cama. La dobla y la guarda en el armario.
Esta noche me comportaré con naturalidad. Como si te hubiera conocido desde siempre. Hablaremos del tiempo —no demasiado— y luego discutiremos sobre la política nacional. (Pausa.) No te contradeciré; sólo insinuaré los temas: así hablarás, así te escucharé. (Pausa; angustiada:) Aunque aún no haya ensayado la presentación. No; no debo preocuparme, te concedo la razón. Improvisaré en el taxi, antes de alcanzar tu apartamento.
(Saca del armario un vestido blanco y una plancha.)
Estaré nerviosa; es mi manera de ser; tú me conoces. Vive en el edificio "El Ancora". Allí reside también Mariela, mi prima. ¿No te he hablado de ella?
(Plancha.)
No; seguramente que no. Hasta hace poco la conocí. En alguna ocasión mi madre me habló de ella y me dio sus datos personales. Ya se sabe. Esta es una ciudad desolada y es conveniente contar con alguien, aunque apenas se le conozca. (Pausa.) Ahora la visitó con frecuencia; ella sabe que es por Guillermo. Lo amo… Incluso, si mal no lo recuerdo, ¿por qué no decírtelo?, hace poco se lo confesé.
(La luz disminuye. Guillermo entra desde el lateral derecho. Su rostro es inexpresivo. Nórida deja de planchar. Se dirige hacia él impulsivamente, pero se detiene tras dar un segundo paso.)
Son las doce y cinco. (Duda.) Soy una mujer tímida. No debería pensarlo. Pero así soy.
(Pausa.)
¿Habrá olvidado la cita? No; no lo creo…
(Avanza apropiándose del espacio con turbación. A Guillermo:)
¡Disculpe! No creí que la puerta estuviese sin seguro. Gracias…
(Examina el espacio.)
Es un bonito apartamento. ¡Oh! Tiene una hermosa vista. Desde acá ha de ver usted los crepúsculos. En mi apartamento es al contrario. Me refiero al amanecer. Cada mañana, antes del trabajo, recibo su luz pálida. (Pausa.) ¡Oh! No siempre madrugo durante los fines de semana. Sólo de vez en cuando. Sufro de insomnio. ¿No lo sabía? Bueno, no es importante. Comprendo. Usted vive en un décimo piso, como yo. (Sonríe.) A pesar de todo no me siento sola. Un amplio panorama, creo, me basta. Durante mis estudios universitarios compartí mi pequeño cuarto con otras dos mujeres. Tenía vista; de un modo u otro me las arreglaba para dormir siempre de cara a la ventana. Desde este sitio usted debe inspirarse. Observando hora tras hora a esas asperezas sobre la tierra que son las ciudades.
(Fija su mirada en un punto definido.)
¡Allí! Usted seguramente ha reposado sus ojos sobre ese edificio. Una construcción de ladrillo crudo, pentagonal, con alas circulares. Y la ventana… La tercera, en el decimosegundo piso, de derecha a izquierda. ¡Usted la puede ver directamente desde acá! Jamás pensé que ambos, sumidos en esa mole, intercambiásemos miradas. Sí; me sumo en los atardeceres, como el sol cuando escapa entre sus fraguas. Son los anocheceres los que lo embelesan con los rayos que yo admiro en las mañanas. Yo también lo he visto, Guillermo. Permítame que lo llame por su nombre. ¿Me recuerda?… No importa. Pronto me recordará. (Observando el panorama.) Hemos descubierto el mismo espacio; debemos celebrarlo. Podríamos pasar la noche sobre este balcón. Traigo, por causalidad, una botella de vino blanco, y cigarrillos, por si usted fuma. Yo no tengo ese vicio. (Sonríe.) Nos contaremos historias.
(Abraza con suavidad el cuerpo inexpresivo de Guillermo.)
Será divertido tejer alguna fábula: la buena hormiga que salvó al avestruz contra su voluntad. El ave y el insecto se encuentran en el mismo espacio bajo tierra. El avestruz le pide que la salve de los cazadores. La hormiga, sin responder, pica al avestruz en uno de sus párpados. El avestruz corre presa del dolor hasta que escapa de sus perseguidores… Ya no me acuerdo de su moraleja. Algo así como «no desconfiemos de nuestros sufrimientos». Tal vez usted pueda ayudarme; sé que a usted le agradan. He convivido con su personalidad por tanto tiempo. (Triste.) Te relataré mi vida y me conocerás, Guillermo. Podemos compartir el silencio, como hacen los japoneses. Las palabras son nerviosas. Entonces, ebrios de silencio, haremos el amor. Mudos, bañados por el orto.
(Luz azul. Música suave. Nórida tiende su cabeza sobre el regazo de Guillermo.)
No; por ahora conviene esperar. Aún no te has divorciado. Además está mi madre. Quiere que me case, pero jamás consentiría que lo hiciese con un hombre recién divorciado… Perdóname, pero es necesario que desistas. (Muy triste.) Es lo que más quisiera, Guillermo. No, no es eso. Te amo, pero… pero, OH, no… Eres, eres tan especial y yo, yo, no soy una mujer hermosa. (Llora.) Son lágrimas de dicha desde luego. De acuerdo. Mi madre lo comprenderá.
(Se separan. Guillermo sale. La luz recobra su intensidad. Desolada, al Maniquí:)
Por dos años me has acompañado: todo te lo he dado. Recreando cada uno de tus gustos. Jamás dirás que dejé de amarte. Las desdichas del amor no matan, sólo trastornan.
(Vuelve a planchar.)
A veces me pregunto que será de mí mañana. Ojalá hubiera seguido tu consejo de colgarme de ese nudo. Así al menos dejaría de preocuparme por ti. Pero entonces podría reencarnar como castigo en algo horrible. Me arrastraría como un animal, o gemiría como un demente. (Pausa. Sonríe con desprecio.) Tu suegra está enferma. No hay duda de que reventará; no la quieren en el ancianato. No es mi culpa; desde que me amamantó fue una mujer dominante; supo domeñar a mi padre a su antojo… Ojalá hubiese heredado ese talante para contigo; aunque, ahora que lo pienso, habría sido en vano: sabes que de un modo a otro siempre me someto a tu juicio. Me mortifico amándote; es algo que mi madre desconoce; es decir, que nunca conoció. Mis padres se insultaban el uno al otro con frecuencia. Aún me pregunto como pudieron educarme… ¿sabes? Siento un poco de lástima por mi madre. Se muere. Se muere.
(Extiende su vestido.)
Bien, ¡ya está! (Pausa.) No; no comeré: así luciré un poco más delgada.
(Saca un par de zapatos del armario. Se viste.)
De acuerdo; podrás jugar ajedrez. En la nevera hay cordero y patatas tajadas: podrás hornearlas. (Molesta.) Emma no me ha llamado. Es raro; ya debería haberlo hecho. Otro día sin escuchar otra voz que la mía en esta casa. ¡Oh! Mariela tampoco me ha telefoneado; no me extraña. Seguramente se ha acostado luego de dejarme las llaves de su apartamento en la recepción de su edificio. Espero que nada terrible le haya sucedido a Emma. Una mujer soltera puede sufrir tantos percances. (Despreocupándose.) No; soy una tonta. Emma nunca permanece en casa los viernes en la noche; hay restaurantes, demasiadas discotecas por doquier. Es una lástima; hombres como tú jamás frecuentan estos sitios. ¿Recuerdas la tarde en que me invitaste a una biblioteca? Al comienzo lo tomé en broma; pero me conmovió saber que tu intención era seria. Nunca antes me habían invitado a leer. (Pausa.) Disculpa; tal vez no fue contigo sino con Antonio. Con los años los rostros se confunden. Quien fuese era natural que me negase a acompañarle. Tantos libros juntos me dan náusea.
(Toma su cartera del perchero.)
Mañana saldré de compras en la tarde. Necesito ropa para…
(Pausa. Permanece inmóvil ante un pensamiento aciago.)
Todo podría acabar. ¿No es así Guillermo? (Pausa.) En tal caso sería conveniente que continuásemos el fin de semana en este sitio. Recrudeciendo nuestros vicios. Veríamos los programas en la televisión hasta que la tarde se extinguiese; descargaríamos algunos filmes. Podríamos llamar al restaurante para que nos enviasen algo de comer, y mañana, de nuevo, con Emma, saldría a comprar los víveres de la semana para más tarde volver a acostarme.
(Mira hacia el público. Observa al maniquí.)
De acuerdo. Iré.
(Sale. Oscuridad.)
















ACTO II
Mismo sitio una semana después. El maniquí, desnudo, descansa sobre un sillón, sostenido en pie por la soga alrededor de su cuello. Cuatro cirios lo circundan. Luz de cielo encapotado.  Gruesas cortinas cubiertas de polvo cubren las ventanas. Sobre la mesa y el suelo hay platos de loza sin lavar.
          Oscuridad.
          Nórida, enteramente vestida de negro, entra y enciende los cirios uno tras otro.
            Hay una escalera metálica junto al maniquí.
NORIDA. — El costo de las legumbres ha aumentado; Emma cree que se debe a los impuestos de guerra. Sus razones tendrá para creerlo; pero en nuestros campos no escasean las verduras: los plátanos y los tomates se pudren sobre las riveras de los ríos: las bestias abundan. Tanto sustento los harta; Dios sabe que no se matan por hambre sino por gula.
(Besa al maniquí en la boca y sonríe. Va a la cocina, recoge tres paquetes de papel con víveres y los lleva hasta la mesa.)
No te preocupes; también desapruebo las guerras. Completamente. Tú, en cambo, las consideras necesarias. Sólo el sufrimiento nos redime, escribiste alguna vez. ¿Temes que la superpoblación acabe con nosotros? No es cierto que la gente de la India o de la China viva hacinada. Eres injusto. (Pausa.) ¡Guillermo! ¡Por Dios!
(Sonrisa irónica. Extrae uno por uno los víveres examinando las etiquetas de sus precios.)
¿Cómo puedes estar en contra de la procreación? Esas mujeres engendran como conejos, pero son felices. La economía marcha; no se discute. Y los asiáticos, sí, a pesar de ser tantos, son un pueblo feliz. ¡Acéptalo! ¡Los cadáveres somos nosotros que no procreamos! ¡Vamos! ¡No negarás que lo somos! Hemos elegido poca vida en medio de tanto espacio. El aire está enrarecido en este sitio, pero es a causa del hacinamiento que elegimos. Nuestras semillas yertas sacian la garganta del infierno.
(Pausa.)
Para ti siempre he sido impertinente: 'hosca' es la palabra. Grosera, ¿no es así? (Enfrentándolo.) Bien; tus ideas me importan un reverendo rábano. A pesar de todo no soy infeliz. (Intentando cambiar de tema.) Mas vale que no culpemos de nuestros pesares a los extranjeros.
(Observa la etiqueta de un producto.)
No han incrementado el costo de una barra de jabón en dos años. ¿Sabías que durante el mes de Noviembre la inflación fue mínima? La verdad jamás noto la diferencia.
(Pausa. Colérica, arrojando la barra de jabón al suelo.)
¡Ya basta! Cada vez te soporto menos. ¿Me escucharás al menos por un día? Tienes una habilidad única para hacerme sentir como a una estúpida. No lo niegues; me tratas como a un artefacto inútil.
(Mira al maniquí; intenta aquietarse. Cruza el espacio. Recoge la barra de jabón.)
De cualquier modo ya no vale la pena discutir contigo; sabes que tengo los nervios alterados. Sé que me desprecias por mi devoción. Ese es tu mayor defecto. Jamás te has interesado en la historia de los credos, menos aún en la teología. Condescendiente te oí recriminar a un colega tuyo que salía de misa. Presumiste que destruirías su fervor diciéndole que la misa había sido institucionalizada por Constantino bajo la influencia de su madre. Y te sorprendiste, pues aquel colega ni tan siquiera se inmuto con tu comentario. A diferencia tuya él dominaba el griego antiguo y el latín. Una consecuencia de su afán por comprender o por estudiar su religión. Él incluso te corrigió. Sí. Admítelo. Te dijo que la misa no obedecía a un ritual bizantino sino a una convergencia de rituales egipcios, persas y paganos. Yo estaba cerca de ti, pero en ese entonces estaba tan enamorada que te respalde con mi silencio. Es decir, respaldé tu ignorancia. No eres tan sabio como se cree. O como yo creía. El amor es ciego a las imperfecciones. Pero no te preocupes; jamás te traicionaré. Por lo demás con tu retórica, siempre, de un modo u otro, sales bien librado de cualquier desliz. Perdóname que te lo diga, pero jamás has sido indiferente a la divinidad. Lo que ocurre es que eres egoísta, como casi todas las divinidades. Y aspiras a ser el modelo que las grandes masas deberíamos imitar, mas puesto que todos aquellos miserables son inferiores a tu perfección, sí, tu lo has calculado, ellos sólo podrán adorarte, venerarte, alabarte. Admiras a Napoleón y Hitler. Si tuvieras poder serías como ellos, y sacrificarías a miles de hombres por definiciones tan traídas de los cabellos como la cultura y el progreso. Lo que te mancomuna con aquellos tiranos es tu firmeza. Yo, a diferencia tuya, y como la gran mayoría, no estoy segura de mis fines.  Y yo ya he renunciado hace tiempo a la divinidad. Concedo ese lugar a, sí... a Jesucristo. Sólo un ambicioso es capaz de perseverar en propósitos que corroen a la humanidad. ¿Crees que soy una fanática? No. Pero oigo voces. Tal vez esté loca, nada más.
(Observa al público.)  
Es tan fácil reconocer en cada cual a un maniático. Esquizofrénica, paranoica, termino por rendirme a su desprecio.
(Al maniquí.)
Los siquiatras me intimidan; sólo confío en los confesores. Pero hace tanto que no voy a la iglesia. Hoy fue día de pago y es natural que esté cansada; los viernes son así. Además despidieron al contador. Era un individuo deshonesto.
(Va hacia la cocina. Toma un paquete y mientras habla extrae de él un sacoleva gris, una camisa, un cubilete, un corbatín y un par de medias.)
Hablemos de moda.
(Enseña las piezas del traje.)
¿No te gusta? (Sonríe.) Guarda tu agradecimiento para más tarde; verte siempre con el mismo traje cansa. Su color también compagina mejor con tus pesares. Preludio de tormentas: gris, el color de quienes se atormentan. La camisa y las medias son blancas. El corbatín, lo quise comprar de un tono similar al traje, pero no lo encontré. La atención fue pésima; si yo fuese la propietaria de aquel almacén me esmeraría por complacer a los clientes.  Tal vez la arrogancia sea lucrativa. De cualquier modo éste te sienta bastante bien.
(Pausa; viste al maniquí.)
No querrás esperar hasta mañana. El lunes te compraré un par de zapatos blancos; prometido. Por ahora estoy segura de que los negros no irán mal.   
(Viste al maniquí. Suspira nerviosa.)
La verdad es que no debía haber ido; era lo más sensato. Pero soy una mujer frágil; siempre supeditándome a emociones caprichosas.
(Descontenta con el pantalón.)
Esta talla es demasiado chica… Mariela ya no quiere hablarme. ¿Lo sabías? No te ofusques. (Sonríe conteniendo su ira.) Tal parece que aquella noche no dejé una buena impresión entre los vecinos. Aunque tengan la libertad de culparme no los culpo.
 (Se aleja del maniquí.)
Ya no me hieren tus frases ponzoñosas. ¡Desde luego! ¡Toda la culpa es mía! Jamás lo he negado; no me arrepiento. Siempre, desde un comienzo, he abusado de nuestra intimidad, venerándote como a un muñeco. Todo comenzó como un mero pasatiempo de mi vida adulta. Tal vez Antonio, tal vez Juan, Roberto, pero te escogí entre todos los despechos. Dos años en que la juventud pasa. Arrastrada fui; sólo pude aferrarme a esta mentira indispensable. Un romance entre Guillermo y Nórida. Un amor titánico. Dime, ¿Por cuánto tiempo más mantendremos esta nave a flote? ¡Contéstame!
 (Pausa. Citando de memoria:)
"Todos los titanes fueron enviados por Zeus a las entrañas del océano. Pero tú, Titán, un naufragio tan presuntuoso como los dioses, fuiste hecho, hundido y rescatado por los desinformados". Es inútil. Nunca cambiarás. Siempre lo mismo; me das asco.
 (Vuelve a vestir al maniquí.)
No me hables; en adelante ya no contaré contigo. Aún guardo los teléfonos de mis compañeros de trabajo.  Hombres ebrios de cuerpos robustos.
(Pausa.)
Esta ves será inútil que quieras disuadirme.
(Pausa.)
Ayer quise reconciliarme con Mariela; me comuniqué con su esposo, quien  me dijo que ella ya no quería tratar conmigo. Tal vez mi prima fuese más amable si yo tuviese un mañana promisorio, pero nuestros lazos de sangre nos distancian. No lo lamento; jamás dejó de ser para mí una desconocida.  
(Trueno. Gotas de lluvia. Nórida cierra las ventanas. Viste al maniquí.)
Me conozco a mí misma, aún con tantos desaciertos. Siempre me digo que ya no me importa lo que la gente piense de mí, pero de un modo u otro me relaciono con algún entrometido. Habló de la noche en que tuve mi primera cita contigo; quería entrar furtiva a su apartamento. Mas no faltó la vecina que me importunara. Ahora que lo recuerdo, ella pudo haber conjeturado que yo era… Que yo… No. No… (Risa breve.) ¡Por Dios! ¿Qué ideas tan pervertidas cruzan esta mente?
(Mira fijamente el rostro del maniquí.)
No es justo. Quiero decir, que me humillen como a una prostituta. (Atormentada.) Son muchos, demasiados. Pero Dios me ha puesto en este mundo; jamás dejará que se deshagan de mí. Por eso, ¿me estás escuchando? Por eso los miró desde un tiempo para acá a los ojos, fijamente; se incomodan.
(Pausa. Continua vistiendo al maniquí.)
¿Emma? Tal parece que dispone de poco tiempo. Ella no se siente bien desde aquel sábado. ¿Recuerdas? Su silencio me preocupaba. Sé que la depresión que sufre no es fácil de remediar. ¡Oh, Dios! Parecía tan lúcida.  Ahora me siento tan sola.
(Viste con tristeza contenida al maniquí.)      
Comprendes lo que te digo, ¿verdad?… Me siento mal. La actitud de la gente me amedrenta. Emma era mi amiga. ¿Cuántas veces conversé con ella en los cafés? El viernes, después de salir del trabajo, alguien la acusó de haber desfalcado a su empresa. Era aficionada al juego, cierto, pero siempre tuvo presente tu sátira al respecto:  "Basada en la baja taza de suicidios, vi Las Vegas, ciudad de meseros hispanos, en donde los mausoleos marmóreos destellan." Me consta que no apuesta dinero. Compañeros que apenas si la saludaban la recriminaron por su arrogancia. Y la despidieron como a una indigente. Cuando lo supe ya era tarde. Ahora me odia, como a todos. Dice que la traicionamos, pero, ¿cómo pude incluirme entre tantos Judas? Con tantos años, sin hogar. La gente puede ser tan egoísta. (Pausa.) Jamás confié en los hombres. Pero la desconfianza jamás me tranquiliza. ¡Oh, Dios! Yo creo en tu misericordia. Sin ella habríamos naufragado.
(Observa al maniquí.)
No tengo dudas. Es el traje que mejor te sienta.
(Toma el paquete y extrae de él un vestido de lentejuelas negras. Melancólica:)
¿Te gusta? Dime que te encanta. El negro nos agrada, tanto como una noche después de una tristeza.  (Sonriendo.) No me acongojo; es sólo que hay algo que debo conversar contigo.  Quizás ya lo sepas: varios hombre me han cortejado en el trabajo. No todos, desde luego. Sólo algunos: José Manuel, Francisco, Ramón. ¡No, no! Alberto jamás. (Sonríe.) A él su mujer le basta.
(Pausa. Vuelve a extraer víveres de la bolsa.)
Pero ya sabes, cuando les hablo de ti callan. Sólo les interesa divertirse. (Pausa.) No, no hay nada que extrañar Guillermo. Desde el comienzo me trataron así; son incapaces de comprender a una dama. Pero yo los amo con la pasión que sólo los despechados conocen. En fin, no hay que reparar más en ellos. Otros hombres vendrán.  Desde ahora sólo vestiré tonos uniformes; después de la juventud la distinción queda. Blancos, negros y lilas. A partir del lunes en la tarde. (Sonrisa forzada.) Ya no trabajo, ¿no lo sabías? Antes de ser despedida renuncié. Ahora soy libre. En cierto modo como al comienzo, cuando aún creía que una mujer podía hacer feliz a un hombre. Ahora podremos compartir el tiempo juntos. Tú leyendo; yo emperifollándome para mis compromisos. Sin más escrúpulos. Tal vez vuelva a la escultura.
(Extrae los víveres con rapidez.)
No te preocupes por el dinero. Algo me darán mis pretendientes. Debemos comprar una nueva crema dental; aunque dicen que esta marca ya la han mejorado. Habrás escuchado el sonsonete:
 "Dientes blancos como nieve
Dientes limpios como el blanco
Dientes Blancanieves"
Deberías sintonizar la radio de vez en cuando; es mejor que andar atareado en tantas conferencias. (Enseña unas cuchillas de afeitar.) ¿Qué tal? ¿No son hermosas? El aviso publicitario decían que eran suaves. De modo que apenas las sentirás cuando te afeites; es sólo una sugerencia. No me gusta esa barba que conservas.  (Pausa.) Las antiguas se oxidaron sin que las hubieses estrenado.
(Se desviste.)
De acuerdo. No; ya sabes que no me agrada comprar libros. Los que tienes bastan. Pero podrás leer los periódicos a partir del martes. Aún no he concertado ninguna cita para el lunes en la noche, pero de cualquier manera hablaré con el gerente de mi empresa. Creo que quiere ofrecerme un nuevo empleo.
(Viste el traje negro.)
Sí; sería injusto. Empiezo a arrepentirme de haber renunciado a mi trabajo. Tal vez nunca me hubieran despedido. Soy una mujer conforme; siempre dispuesta a trabajar en tiempo extraordinario. No; no ha sido fácil abandonar mi puesto.
(Extrae del armario una caja de cosméticos. Se maquilla frente al auditorio.)
No es los mismo. Entiéndeme. Sí; tú estás acá todas las noches. No nos engañemos; sabes que no es fácil cambiar de costumbres en apenas tres días. Piensa en nosotros; nos llevó casi un año acostumbrarnos. (No encuentra la expresión adecuada. Elige la sinceridad.) De manera que… En fin… Sabes lo mal que pasamos cada fin de semana: convertimos este cuarto en un mausoleo. Nos desprendemos de la multitud, especialmente los domingos. Es apenas lógico. Tarde o temprano yo callo y tú…. Tú piensas. Antes del mediodía se acaban las palabras. No es difícil de entenderme.
(Pausa. Sufre un desvanecimiento. Toma el estómago con sus manos. Cae al suelo. Respirando con dificultad:)
No es nada. Será la dieta. No hay porque atemorizarse. Pronto estaré bien. (Sonríe.) Son los años que no llegan solos; su grasa es la más dura. Una operación sería irremediable. (Se recompone.) Quizá  por ello Emma quiera entrar al gimnasio. Me pregunto si debo acompañarla; no bromeo. Saltaremos hasta caer muertas del cansancio. Pero ya te lo dije. Por ahora Emma me rechaza. Aún tengo dinero para matricularme en otro sitio.
(Recuerdo repentino. Busca dentro del armario.)
No lo olvido; siempre tengo tus sátiras presentes.
(Encuentra el libro de poemas. Lee.)
Veinte cuellos tensan venas
Cuarenta brazos alzan pesas
Aquí describes a un centro de gimnasia aeróbica. (Pausa.) Te concedo la razón; tarde o temprano nos enfermamos.
(Pausa.)
No me has preguntado las razones de mi renuncia. (Pausa.) No te enfurezcas por lo que voy a decir, pero creo que todo comenzó entre tú y yo. Es decir, con mis coloquios. Hay otra gente que habla sola. No pretenderás cubrir al sol con tus muñones; la soledad enferma. No sólo en el trabajo, sino en la calle. He visto incluso a mujeres que cantan por algunas monedas, sobre la acera de la Avenida Nacional. Tristes pero no solitarias; a nadie molestan. Pero yo no canto, no bailo; apenas sobrevivo. José Manuel, Francisco, Ramón, a todos los descubrí burlándose de mí.
(Pausa; adolorida sobre el suelo.)
Ahora estoy más persuadida que nunca de que sin mi renuncia la compañía no me hubiera despedido el lunes. No falta quien me asocie con los desfalcos de nuestra empresa. Esos miserables me tratan con hipocresía y desprecio; preferiría la prisión a sus sospechas. Entonces me compadecerían. ¡Mira! (Señala afuera) La noche avanza. A veces también creo que, como mi madre, pierdo la razón. Es cierto; la pierdo, Guillermo. No es justo. ¡Ningún ser humano me dirá que es justo! Nunca te ha importado; no importa. Me hago a la idea. También me despreciaste, como a tantas otras. Como a tu esposa, como a tu madre. Lo sé porque yo también he despreciado al inocente. Entonces la gente me respetaba. No defiendas mi inmundicia; sería otra locura. Ya no… En otro tiempo sí, quizás. Siempre en otro tiempo. El presente es un pájaro de papel que no podemos apresar. Antes de conocerte tuve a tantos hombres en mis brazos.
(Murmullo de risas.)
Nunca te lo oculté; tus celos ya no valen la pena. Entre todos ninguno me ha escogido. Sí. ¡Pueden mofarse cuanto quieran!
 
(Risas sonoras. Nórida solloza. Guillermo entra como en el primer acto y las risas se disipan. Cambio de luz. Nórida se levanta a su encuentro.)
No se preocupe. No; no me siento mal. Conozco la salida. Prométame que no me juzgará equivocadamente. De cualquier manera, sepa que soy una mujer honrada, de la cepa de los Ocampo. Sí; como el general que triunfó en tantas batallas. Bueno, usted ya anotó el número de mi teléfono; gracias. En lo que pueda ayudarle, comuníquese conmigo. (Sonríe.) No hay nada que agradecer; se lo ruego. Usted me sonroja. Considérelo un favor; no de una amiga, sino de una… (con dificultad) pretendiente. Alguien que le desea lo mejor; créame, su despedida me basta. Ahora, discúlpeme. Usted, que lee tanto, ha de estar perdiendo el tiempo con una simple secretaria como yo. ¿Ahora me recuerda? Sí; soy Nórida. Nórida Ocampo; a quien usted conoció y conquistó en su universidad. Esa noche lo acompañé hasta la estación del autobús. No; usted no estaba ebrio. Incluso compartimos un café. (Entusiasmada.) Sabía que me recordaría; hay tantas premoniciones entre usted y yo. Cuando vaya a mi apartamento se sentirá como en su propia casa… ¡Guillermo! ¡No! Discúlpeme usted a mí si lo he ofendido. No malgaste más su tiempo; me siento bien. Desde luego que vivo en este edificio. Estoy sola, nadie viene conmigo. No creerá que vengo a… Usted puede hablar con Mariela… Mariela… No recuerdo su apellido; somos primas hermanas. (Nerviosa.) He perdido mi cabeza; usted me disculpará.
(Avanza hacia el público. Exaltada. Música.)
¡Oh! Qué hermoso balcón. Pero, ¿dónde están sus libros? Ya veo. Espero que salga a contemplar los atardeceres. La lluvia también es hermosa: consuela. Porque de un modo u otro todos estamos solos,
Aunque otro cuerpo nos distraiga
Sí; he leído sus sátiras contra el gobierno. (Suspira.) Hasta la gente de la calle es bella. ¡Vea como pasa! Parecen hormigas.
(La música se desvanece en su clímax.)
Sé que es inusual que alguien le visite así, después de tanto tiempo. No lo tome a mal; usted quizás jamás me entienda. Pero es necesario que lo sepa. Yo… Yo… No; no es necesario que llame al guardia de este condominio.
(Guillermo sale. Nórida corre al maniquí llorando y lo abraza con ternura.)
El no me amó. Pero es noble; es un niño dulce… Inocente. ¡Si lo hubieras visto! Es aún más hermoso con sus canas. Sí. Es cierto. Porqué jamás buscó el amor; y nunca le faltó. Porque es sensible, y hombres como él no aman; esperan a ser amados para entregarse. El engaño llega como parte de la vida misma, y lo asumen, y lo sufren con naturalidad, como un espasmo de sus almas, como si ya estuvieran muertas…
(Pausa. Se sienta frente al público. Pinta sus labios de un rojo encendido.)
Quizás algún día me llame; entonces podría amarle. Como siempre quiso; como soy: así.
(Se maquilla con destreza, arrojando los cosméticos que usa al suelo.)
Pero no es viable. Todo no ha sido sino una pérdida de tiempo. Es improbable. Tú me conoces; en medio de tu egoísmo todavía lo sabes.
(Pausa.)
¡La muerte¡ ¡Ese es tu castigo! ¡No lo insultarás de nuevo!
(De repente patea la silla que sostiene el maniquí, dejando sus miembros inertes en el aire.)
¡Ya no te burlarás de él de nuevo frente a mí!… ¿No te basta con haber prevalecido? Intenté odiarte. Sí; es cierto. Estaba en mi derecho. Sacrificándome por alguien que me despreciaba. Pero no pude resignarme a la infelicidad. Si hubiese al menos triunfado en mi trabajo ¡Sólo una mujer soltera y desempleada conoce el privilegio de nacer con un apéndice de carne entre las piernas!
(Pausa.)
Lo sabías; de lo contrario jamás me hubieses dejado marchar. No; no callaste para posponer los sucesos. Querías presenciar mi humillación. De antemano conocías la respuesta, porque para ti mi primera cita no fue más que otra partida de ajedrez perdida. Porque para ti Nórida nunca dejó de ser la cuarentona desquiciada en celo. Así desde el letargo te burlabas. ¡No mientas! ¡Lo hacías! Y ni siquiera tenías la vergüenza de ocultarlo, porque entrevías los peones muertos, y el alfil negro traicionado, y el cadáver de la reina exhumando miasmas.
(Jadea. Se aleja del maniquí con el cuerpo sudoroso.)
Pero te equivocaste. Porque esta vez no he vuelto con amor. ¡Te odio! Pues he aprendido que jamás morirás hasta que yo lo haga, Guillermo!
(En tanto lo recrimina lo hala con fuerza, separando su cabeza del resto del cuerpo. Lo patea.)
¡Esta vez es para siempre! ¡Soy la mujer que odia al asesino de su prole! Y ahora, ¿tiemblas al oír mi nombre?
(Encaja la cabeza de vuelta en el maniquí. Lo sube por las escaleras jadeando. Truenos. Abre las hojas de la ventana; el murmullo de la brisa se confunde con el fragor del tráfico.)
¡Mira aquellos edificios! Mira al mundo que negaste. ¡Tu propia sangre! Detrás de esas ventanas habita la luz, la oscuridad, el frío, la crueldad, el sonido de otras lluvias, árboles resecos, niños que se pudren. (Ríe patéticamente.) Y mira a nuestros cuatro cirios; mira la tranquilidad de nuestro entierro.
(Cae llorando de rodillas sobre el borde del abismo.)
Bastaría un salto para acabar esta mezcla de arrogancia y vanidad. No me consueles; estoy harta de tanta mortificación. Harta de tu compasión, de ti y de mí misma. No quiero respeto. DES-PRE-CIO. Hay que acabar con tantas consideraciones. Es el fin; lo sabemos. No hay día en que no discutamos, en que no nos insultemos, en que nos hastiemos de tantas sonrisas forzadas. Siempre lo mismo y detrás de todo nada. Vacío, tedio, estupidez.
(Pausa. El sonido del tráfico se incrementa. La brisa y la luz contra el público ha de insinuar el vértigo.)
Vivo lo mejor que puedo: sonrío a la gente, hablo con ellos. Me comporto correctamente. Te lo juro! Hasta que en la noche, cuando vuelvo a casa, me doy cuenta de que lo que realmente importa no se ha pronunciado en absoluto. Que debajo de esta máscara de costumbres, hay un ser tan débil y tan triste, incapaz de expresarse. ¡Infamias! Dos desechos en medio de tanta indiferencia. (Ríe.) Sí; estorbamos. Porque para ellos es igual morir ahora que en ciento cincuenta años. Doce pisos entre hoy y la nada. ¡Dejemos atrás tanta desidia! ¡Hay todo un olvido por delante!
(Señala el vacío.)
¡Hemos encendido nuestros cirios! ¡Acabemos con la farsa! ¡Los dos, a solas, como nunca lo estuvimos! ¡Aplastemos este asco de vida que el Padre nos prodiga!
(Pausa. Cae de rodillas. Observa el rostro inexpresivo del maniquí.)
¿Te burlas de mí, Guillermo? (Fría.) Ríete. Ríete de una vez y para siempre…
(Ríe nerviosamente. Deja caer el maniquí sobre el escenario. Su rostro se torna seco. Se lleva sus manos a la cabeza. Grita. Timbre del teléfono. Otros ruidos cesan. Nórida reacciona; regresa al cuarto con rapidez. Descuelga el mango del teléfono.)
¿Aló? No… Se equivoca… Lo siento, pero ahora estoy atareada.
(Cuelga.)
Vendedores.  
(Al maniquí.)
Hace ocho días te comportaste mal; me rechazaste.
(Se dirige hacia la cocina. Toma un cuchillo. Su actitud es, en adelante, ensimismada.)   
Como a una basura inútil. ¿Cuál es la diferencia? Cuestionaste mis propósitos. No, Guillermo. No es fácil convivir contigo. (Pausa.) Ahora ya no vale la pena intentarlo. Tampoco vale la pena matarse. Se sufrir. Soy católica. De tener valor hace tiempo que te hubiera abandonado. Por alguien más; los hombres jamás me han hecho falta. ¿Quién? Rubén Darío por ejemplo. Digo un nombre entre tantos que conozco. Apenas lo recuerdo. Su rostro también se ha desdibujado; alto, moreno, sudoroso.
(Acaricia al maniquí con su cuchillo.)
Creo que era casado. Lo conocí en un bar del centro; un sábado en la noche. Hacía frío. Estaba cansada. No recuerdo de que modo llegué hasta aquel sitio, pero lo hice. Poco después aquel hombre dormía junto a mí. No esperamos al amanecer para hacer el amor. No; lo llevé a un motel cercano a su vivienda. (Risa nerviosa.) Yo misma lo llevé. ¿Qué esperabas oír? ¿Las lisonjas de una monja? (Al público.) Tu actitud ingenua era de esperarse. Entérate de la verdad. Cada sábado me preocupaba para jugar el mismo rol; uno y otro hombre: Luis Eduardo, Juan Manuel, José Joaquín… Y tantos otros que ya no puedo ni quiero recordar.
(Besa al maniquí con torpeza y cae al suelo.)
¡Vete! Me tienes harta desde que te conozco. Aún de niña era hermosa; la gente de mi barrio me mimaba con fresas, rosas, chocolates. ¿Recuerdas lo que te decía de Julián? Fue un primer amor, o ambos creímos que lo fue… Y perduró hasta la adolescencia, hasta cuando me entregué a sus antojos.
(Se levanta y peina su cabello.)
Ahora administra un almacén de víveres; no es casado, no tiene hijos. Creo que se hartó de las mujeres.
(Extrae del guardarropa un paquete de fotografías envueltos en una cinta roja.)
Sólo quedan huellas; marcas involuntarias del pasado. (Con desidia.) Eso hubieras dicho.
(Desenvuelve el paquete.)
Siempre quise un hijo. Un hombre inteligente a quien amar. A quien cuidar. ¿Por qué?, te preguntarás. (Mira a su alrededor.) No hay nadie más que quiera acompañarme.
(Se sienta.)
Cuando tomé la decisión ya era demasiado tarde. Me cansé de buscar a un padre honrado; en los bares sólo hay inmundicia. Yo te hubiera preferido a todos los demás; ahora ya no puedo ilusionarme. Pensaba que habíamos compartido dos años juntos, pero me equivocaba. Era mi soledad; la única enfermedad que espanta.  El peso de cada día que me ha obligado a consolarme con un pequeño maniquí de trapo. Se acabó.
(Acuchilla al maniquí. A la primera lanza un estertor de risa, que declina paulatinamente hasta tornarse en un sollozo continuo. Deja caer el cuchillo al suelo. Manos al pubis.)
Mujer, he aquí a tu obra; hombre, he aquí a tu madre. El amante sabe que pasa, que la dicha del amor mismo pasa.
(Lo abofetea en cada mejilla. Desgarra sus ropas.)
Ya no volverás, ¿verdad? Ya no tendré que soportar cada noche las lacras de tu indiferencia.
(Solloza. El teléfono timbra. Lo descuelga.)
¿Aló?… Mariela… Tiempo sin saber de ti… No hay nada que disculpar… Preferiría que fuese aquí. Sí… Me interesa… Podemos hablar… Hoy en la tarde. Se lo repito, no hay nada que disculpar… Hasta pronto.
(Cuelga sorprendida. Recoge el maniquí; lo sitúa delante del armario. Apaga los cirios. Ordena.)
Tenemos visita; guarda tus palabras para más tarde. Hace seis, no, siete meses que no recibimos a alguien en esta casa.  Debo preparar algo especial; a de ser sencillo, desde luego. Mariela es una buena mujer; una cristiana devota. Siempre lo he creído. Parece que quiere ofrecerme un nuevo empleo.
(Rostro contrariado e impaciente.)
Debo ir a la cigarrería; unos macarrones serían apropiados. (Desalentada.) Y pensar que quería ayunar hasta el final. Al fin y al cabo la decisión está tomada; ambos nos hemos comprometido hasta la muerte. Parte de ti, parte de mí: unidad en una misma carne. Aún escucho tus latidos. ¿Oyes? La tormenta se disipa. Somos gotas de lluvia al capricho de los vientos.
(Llora.)
Pero los tormentos quedan.
(Sin dejar de ver al maniquí marca un número telefónico.)
¿Mariela? Disculpe, pero tengo otros compromisos… No quisiera volverla a ver… Me siento perfectamente bien… Qué pena si parezco impertinente. Adiós.
(Deja el auricular sobre la mesa. No cuelga. La luz disminuye.  Guillermo emerge en la penumbra, sonriente. Música.)
Quizás esta noche acabes, Guillermo. Quizás ambos aún podamos iniciar el tiempo inacabado; navegando sin distancias en el mismo mar… Adelantando los sucesos.
(Se abrazan. Oscuridad.)



















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