Hugo Santander Ferreira     
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El Influyente

Parodia en un acto




Personajes

Vasconcelos, hijo de senador
Maza, estudiante de filosofía
Teniente Porras
Cabo Serrano
Mendiga
Periodista
Camarógrafo

ACTO UNICO

Anochece. Plazoleta sin árboles y con una fuente seca aledaña al congreso de la república. La cúpula de la catedral de Bogotá descuella sobre edificaciones de estilo arquitectónico divergente. Se oye el final del himno de la república –versión rock- y el comienzo de un ballenato que define el trabajo como una maldición. Desperdicios inorgánicos dan un aspecto nauseabundo al escenario.

Portando una maleta raída, una botella de pegante y una cobija harapienta, una MENDIGA calva y desdentada de unos cuarenta años, de piel oscura y amplias caderas, cruza el escenario y se acomoda sobre uno de los cuatro bancos de madera dispuestos  alrededor de la fuente.

A su derecha se descubre un aviso de límpido diseño que reza: “Cafetería Milonga/Famosa desde 1848”; bajo éste, sobre el proscenio, una mesa cubierta con  un mantel de algodón; sobre ésta se ve un balde desbordante de hielo, dos vasos  y una botella de Chivas vacía. Alrededor de la mesa hay cuatro sillas, en una de las cuales se sienta JOAQUIN VASCONCELOS, un joven de veinte años, quien entra riendo y fisgoneando impaciente el interior de la cafetería.

Vasconcelos y la Mendiga se inmovilizan en cuanto entra la PERIODISTA, una ex-modelo de treinta y dos años, raquítica, de labios sonrosados, cabellera rubia profusa y senos asiliconados, quien porta un micrófono adherido a un traje ceñido que apenas cubre sus senos y sus muslos. Al entrar la periodista se acomoda un audífono inalámbrico detrás de su oreja; a su zaga entra el CAMAROGRAFO, un hombre regordete de unos treinta años, quien viste saco y corbata y porta auriculares, una cámara con trípode y un micrófono inalámbrico.

CAMAROGRAFO. — Discúlpeme, yo solo quería pedirle a doña Raquel que me diera un cita con el doctor Núñez. Y comprende que estoy un poco cansado, después de tres días de grabación sin haber pegado el ojo...

PERIODISTA. — ¡Yo no espero a nadie! ¡Menos aún a un camarógrafo!

CAMAROGRAFO. — (Sollozando) ¡Perdóneme! ¡Perdóneme! ¡Mi madre tiene cáncer, y el doctor me dijo que necesitaba comprar el medicamento, yo…!

PERIODISTA. — ¡Ya! No lo despido por consideración a su madre. Agradezca que el cáncer la tiene podrida!

CAMAROGRAFO. — Gracias, gracias, usted es un ángel, doña Adriana.

PERIODISTA. — Lo sé, lo sé… Pero no reincida, o lo despediré como mi perro viejo.

El camarógrafo asiente nervioso y retrocede hasta hacer tambalear la cámara, la cual recoge con un gesto felino en el aire justo antes de que se estrelle contra el suelo. La periodista, entre tanto, se detiene detrás de Vasconcelos y, contando sus pasos, avanza hacía el camarógrafo, le arrebata su micrófono, regresa a su lugar y carraspea aclarando su garganta. El camarógrafo, entre tanto,  emplaza su cámara frente a la periodista, enfoca y exclama:

CAMAROGRAFO. —  (Tosiendo) ¡Grabando!

La periodista alisa su cabello y sonríe.

PERIODISTA. — Bienvenidos a LA VERDAD. (Sonriente.) Con el patrocinio de antidepresivos Red-Smith, los únicos legalizados en todo el mundo. (Grave.) Hoy representaremos hechos sobre la tragedia de la senadora Vasconcelos… ¿Aló?… ¿Aló? (Súbitamente agria, a su micrófono de solapa.) ¡Corte! No, no la oigo. ¿Cómo voy a adivinarlo? No discuta conmigo… Soy amiguísima del principal accionista… ¿Usted también? Querida… Probando. No, ya le dije que no puedo improvisar; no es parte de mi contrato. Nunca hablé oír de la tal senadora Vasconcilla o Vasconella… ¿Usted sí? Disculpe... ¡Amiga! Yo ni tan siquiera había nacido…

La periodista extrae un espejo y colorete de un bolsillo adhesivo oculto sobre su muslo, retoca sus labios y vuelve a guardarlo.

PERIODISTA. — (Al camarógrafo) No por ser presentadora debo andar al tanto de todo lo que ocurre en este país de hampones.

CAMAROGRAFO . —  ¡Grabando!

PERIODISTA. — Hoy revelaremos la tragedia de la senadora Vasconcelos, la mujer que el catorce de mayo de 1999 perdió la razón en su intento por denunciar la violación de los derechos humanos en Colombia. En un país convulsionado por la violencia, y por una inseguridad mayor a la de París o Nueva York, la senadora Vasconcelos optó por enfrentar la violencia colombiana. (Mira a su alrededor.) Aquí, en este lugar que nuestros investigadores han minuciosamente reconstruido, ocurrieron hace cerca de quince años los eventos que suscitarían uno de lo capítulos más polémicos de la reciente historia nacional. Todo estoy hoy en LA VERDAD, con Adriana Berlín como su presentadora, Premio 2006 a la objetividad.

La periodista sonríe y posa exageradamente.

PERIODISTA. — (Al camarógrafo) ¡Corte! ¿Qué tal?

CAMAROGRAFO . —  Creo que debemos repetir la frase sobre Nueva York.

PERIODISTA. — New York… La ignorancia es atrevida.

La luz sobre la periodista y el camarógrafo disminuye a la par que se retiran al lateral izquierdo, en donde permanecerán desapercibidos, observando la escena.

Los faroles eléctricos de la plazoleta se encienden. Vasconcelos carcajea a la par que la mendiga se arrellana en su banca.

VASCONCELOS. —  (Demasiado alegre.) ¡Majaderos! Siéntese conmigo.

MANUEL MAZA, joven de veintiún años, quien viste un uniforme de mesero y unas gafas, entra portando una bandeja de plata sobre la cual reposa una botella de whisky sellada.

MAZA. —  (Nervioso.) Estoy trabajando.

VASCONCELOS. —  ¡Excelente! ¡Es el tiempo propicio para distraerse!

MAZA. — Me vigilan. Aún no he pagado la matrícula de mi tercer semestre....

VASCONCELOS. — ¿Estudia?

MAZA. — Filosofía.

VASCONCELOS. —  ¿Y de que espera vivir? ¿De la melancolía?

MAZA. —  Voy a ser tan famoso como Platón.

VASCONCELOS. — ¡Lo confirmará Aristóteles: la última gota se queda en el pantalón!

Vasconcelos carcajea. La Mendiga se levanta, limpia su oído y escucha atenta.

MAZA. — Yo estaría segura. Encontrado he método pa’ doblegar ética  a mis esbirros de pasta.

VASCONCELOS. — ¿Quién es?
    
MAZA. — Lo que es, salta a la vista.

VASCONCELOS. — ¿Y lo que fue?

MAZA. — Nadie lo sabe.

VASCONCELOS. — Estudio, amó, tuvo aspiraciones y perdió la razón.

MAZA. — Hace unos días, al cruzar la calle, causó un accidente de tránsito en donde murió una mujer embarazada.

Ruido de accidente de tráfico y gritos de mujer que agoniza y muere.

VASCONCELOS. —  ¿Y usted estaba ahí?

            MAZA. — Sí, pero no dije nada. En su lugar culparon a un futbolista bastante conocido.

VASCONCELOS. — No.

MAZA. — Era una cuestión de ética. A ella la habrían masacrado. A él, en cambio, no le darán más de un mes de cárcel.

VASCONCELOS. — (Sorprendido.) ¡No le conocía esas dotes salomónicas!

MAZA. — Dialécticas.

VASCONCELOS. — Eso lo hace cómplice. Me alegra que tenga su conciencia tranquila.

MAZA. — No la tengo. Llevo seis meses de arriendo sin pagar.

VASCONCELOS. —  Hay cosas peores, mi querido Maza. Ayer murieron seis personas en Irak, ¿sabe?

Maza carcajea

VASCONCELOS. — ¿De qué se ríe?

MAZA. — De su sentido del humor.

VASCONCELOS. — ¿Me adula?

MAZA. — Usted creerá que soy un interesado, pero…

VASCONCELOS. — Los amigos desinteresados jamás me han interesado.

MAZA. — Debo irme…

VASCONCELOS. — ¡No! ¡Hágase despedir! Usted necesita un mejor empleo. Mañana será tesorero… ¡Mejor! Director de la nueva Oficina para la Prevención Institucional de la Promiscuidad en Colombia.

MAZA. — ¿Oficina para la …?

VASCONCELOS. — Distribuir condones entre los pobres; ese será su trabajo, o, mejor dicho, no lo será; otros lo harán.

MENDIGA. — (Entre risillas) ¿Husmeo otro de corbata? ¡A órdenes, director! ¡Cuidado que director está mal genio! Su esfuerzo de anudarse corbata antes de a su oficina. ¿Cómo quiere señor?

MAZA. — Solo puedo trabajar en las noches.

VASCONCELOS. — ¿No lo entiende? ¡Será cosa de una hora al mes!  Justo el tiempo que se gasta yendo al congreso a reclamar su cheque, cambiarlo, depositar el 80% a mi cuenta y quedarse con el resto.

MAZA. — ¡Ah! Claro, si es así, acepto. Aunque…

VASCONCELOS. —  ¡Sírvame ese whisky y deje de refunfuñar!

MAZA. — (Aparte) Sabía que la muerte de la mujer embarazada no sería en vano.  (A Vasconcelos, enseñando el sello de la botella) Esta marca, ¿está bien?

VASCONCELOS. —  ¡Cualquier cosa! ¡Y que lo carguen a la cuenta de la senadora!

Maza sirve hielo y whisky en los vasos.

MAZA. —  (Sonriendo.) En media hora acabo mi turno de trabajo.

VASCONCELOS. — Entonces tendremos de tiempo de revivir los viejos tiempos del bachillerato. ¡Y de matar mi despecho!

MAZA. — No sabía que...

VASCONCELOS. —  Contraté a un detective que la siguió por tres días... Se acostaba con un ministro…

MENDIGA. — Un patán, todos los comen en restaurante. ¡Ruín! Pero culpa es suya. Que ojos que ven, corazón que siente, todas infidelidades escritas en el visibilium omnia et invisibilium. ¡Sí! A desventurado acaban de los cuernos. Los espíritus su contra y aquellos que a su amada se aliaron, susurrándole sueños su adulterio. Ya sé no se les pedir limosna, pero hoy en las mujeres lo que se viene gana.

MAZA. — Hay otros comensales dentro.

VASCONCELOS. —  ¿Y su salario? ¿Uno? ¿Dos millones de pesos? ¡No me mire como a un idiota y respóndame!

MAZA. — El gerente me hace señas.

VASCONCELOS. — ¡Mándelo al carajo! ¿Cuánto le pagan al mes?

MAZA. — (Reconsiderando.)  Trescientos mil pesos.

Vasconcelos extrae de su saco dos fajos de billetes y los pone sobre la mesa.

VASCONCELOS. — Dos millones de pesos. De la fundación para la eliminación de la pobreza absoluta en Colombia.

MAZA. — (Dominado por la codicia.) Y… ¿Qué debo hacer?

VASCONCELOS. — Insultar a su jefe.

Maza sonríe y se interna en el café. Se oyen insultos de fondo y ruido de platos rotos.

MENDIGA. — (Al público, entre risillas) ¡Ni diga! Organizan de caridad que justifican un vaso de que regalan seis a de la mañana. Pero, ¡Del llegue! Más valdría no nacido. “¡Todo lo doctora por usted, residuo, vagabunda, excremento, y no tan de venir a reclamar comida a tiempo!” Si supieran estudié en Federal, en tiempo que poner bombas en los edificios del burgués era bien por los comunistas. El vaso leche... ¡Ni diga! ¡Qué esta! ¡Qué comedias que padres de patria me he representado en plazoleta! Desde sombras los oígo traicionar sus secretarias, deshacerse de rivales. (Agresiva, extrayendo un puñal de su manga.) No vano me ganado ésta con sangre. (Observando a Vasconcelos.) Demasiado joven congresista, y, embargo, ya en alegría todas las, los vicios del oficio.

MAZA. — (Desde bambalinas, a carcajadas:) ¡Y no me levante la voz que no necesito vivir de sus miserias, viejo malparido!

Vasconcelos carcajea. Maza entra vistiendo saco y corbata y portando un maletín estudiantil, en el cual deposita los fajos de dinero que toma de la mesa. Entonces se sienta y se sirve un vaso de whisky.

MAZA. — (Ojeando nerviosamente a la cafetería) Dice que lo insulté y que llamará a la policía.

VASCONCELOS. — ¡Déjelo que llame al ejercito si se le da la gana! ¿No le dijo quien era yo?

MAZA. —  Lo mejor será que nos vayamos. Don Jonás también conoce a gente influyente.

VASCONCELOS. —  (Escéptico.) ¿De veras? ¿A Quién?

MAZA. — A varios senadores, quienes vienen a almorzar aquí de lunes a viernes.

VASCONCELOS. — (Desdeñoso.) ¿En este cuchitril? La verdad me extraña, pero sí, sí puede ser.

MAZA. — Es discreto y queda a escasos metros del congreso. Tenemos como clientes habituales a los representantes Mármol, Silva, Montero, Castañeda, Montalvo y Zapata, y a los senadores Schreiber, Chinchilla, Garrido, Espronceda, Manzanares y  Castrato.

VASCONCELOS. — ¿Y el ministro Badilla?

MAZA. — De vez en cuando, ¿cómo no? Ayer, precisamente, le serví un estofado de lengua en salsa de alcaparras.

VASCONCELOS. — ¡Fue él! ¡Él y sólo él el que me quitó la felicidad! ¡El que se llevó a esa perra inmunda!

MENDIGA. —  (Furiosa) ¡Alcaparrada! Y desalmado no ofreció ni bocadito. ¡A mí, le deseé existencia! ¡A mí, trabajó cinco para él de obtener libertad! Ahí comen restos. “Para perrito” . Pero me hambre… ¡No me hambre! Ya estoy de conversación.

La mendiga extrae un libro de su maleta, se arrellana y lee.

MENDIGA. —  Ustedes me no conocen…

VASCONCELOS. — (Con sonrisa siniestra.)  El ministro Badilla… Pero el mundo es un pañuelo. Qué ironía. Justo hoy estoy manejando su Mercedes Benz preferido.

MENDIGA. — Es ist einfach ein moralisches Auto…

MAZA. — ¿Mercedes?

VASCONCELOS. — Una limusina de color violeta, de quinientos cincuenta mililitros. Badilla lo ha usufructuado por casi nueve años, pero justo ayer se lo quite.  (Carcajea) Cometió el error de enviar a su moza a la costa en una cuatro puertas, y dado que su esposa no se desprende de su BMW, su tercer auto no deja de ser una redundancia. ¡Ayer me lo tuvo que entregar!

MAZA. — ¡Ah!

VASCONCELOS. — La ley que prohíbe que un congresista utilices más de tres autos oficiales a la vez. El caso es que el Mercedes de mi mamá sufrió daños irreparables... (Estalla en una carcajada) ¡Daños irreparables! (Se controla.) En ese caso la reposición de nuestro vehículo es inmediata. No se puede concebir una democracia de congresistas que se movilizan en bus, o en autos de pacotilla.

MAZA. — Nos tomarían por una república bananera...

VASCONCELOS. — ¡Por un país tercermundista!

Ambos miran al vacío. Silencio. Una luz cae sobre la periodista, quien, ahora sentada sobre una de las bancas del parque enseña sus piernas cruzadas a la par que habla a la cámara enarbolando dos hojas de papel en blanco sobre sus rodillas.

PERIODISTA. — LA VERDAD presenta el retrato fidedigno de Joaquín Nicolás, hijo único de la senadora Vasconcelos, quien de acuerdo a las pesquisas de nuestro equipo investigativo arrendó pacientemente por cinco años un apartamento junto a la Universidad de los Andes. Al ingenio de Joaco –tal y como sus amigos cercanos aún lo llaman-, se le atribuyen varias de las bromas más jocosas de Facultad de Ingeniería de esta Universidad, tales como el de la novia que se confiesa y... ¿corte? (A su micrófono) ¡No! ¿Grosero eso?...  A mí me parece chistosa… ¡No! También fui modelo. Podría ahora mismo estar actuando en una telenovela, en donde ganaría el doble... (Al camarógrafo.) ¿Qué tal estuvo?

CAMAROGRAFO. — Muy bien.

PERIODISTA. —Sea sincero conmigo, Ricardito...

CAMAROGRAFO. — ¿A quién le interesa saber si Vasconcelos vivió junto a una universidad?

PERIODISTA. —  Como decía el papa saber poco es peligroso. ¿No lo comprende? De esa manera asumirán que Vasconcelos estudió y obtuvo un título universitario.

CAMAROGRAFO. — (Asustado.) ¿Y no fue así?

PERIODISTA. —  No; a duras penas terminó primaria.

CAMAROGRAFO. — ¡Ah!
 
PERIODISTA. —  (Presuntuosa.) No sé porqué, pero oí que Vasconcelos debe ser recordado como un héroe nacional.

CAMAROGRAFO. — Lo que he visto no contribuye mucho a ese fin…

PERIODISTA. — Espera al final. No dudo de que uno de sus hijos será elegido senador en un día no muy lejano... ¡Son tan guapos!

MENDIGA. — Ser senador, ser senador… ¿No sería cenar todas tardes en terraza?

PERIODISTA. — La farándula me hastía. Siento que los paparazzi me manosean día y noche.

CAMAROGRAFO. — Será por lo que usted cuida la línea

PERIODISTA. —  ¿Cómo dice?

CAMAROGRAFO. — (Más alto) Cuida la línea.

PERIODISTA. —   ¿La línea? Antes se fijaban en mis senos. Ahora... Será la edad. (Vengativa.) Ya es hora de operarlos.

Las luces sobre la periodista y el camarógrafo disminuyen a la par que se incrementan sobre los demás personajes. Ambos apuran sus vasos de whisky y se sirven de nuevo.

MAZA. — (Riendo.) ¿El Mercedes que está allí?

VASCONCELOS. — (Carcajeando) ¡Me dejo de llamar Joaquín Vasconcelos si no se lo reparo esta misma noche al senador!

MAZA. — ¿Una limusina?

VASCONCELOS. — ¿Y por qué no? El auto no es mío, y Badilla hará todo lo posible para recobrarlo.

MAZA. — No me parece bien que usted estrelle un auto oficial para irritar a un enemigo.

A medida que la narración trascurre se proyectan diapositivas del evento.

VASCONCELOS. — Ni será ni la primera ni la última vez que lo hago. Y no soy el único. Badilla recobrará su limusina...

MAZA. — (Aterrorizado) ¿Y la ley?

VASCONCELOS. — ¿No soy hijo de senadora? Si quiere señalar a un responsable, culpe a quienes nos eligieron. Hace un mes mi mamá nos condujo a su mozo y a mí a una playa en una de las camionetas blindadas cuatro puertas que el gobierno nos asigna para nuestra seguridad. Era la medianoche, y estamos ebrios. En su histeria mi mamá declaró que ya estaba harta de su camioneta, y acelerando al máximo nos condujo sobre la playa seca hasta que las llantas se atascaron en la arena. Entonces la senadora Vasconcelos, aceleró, aceleró y aceleró, rrrrrrrrrrrrrrruuun,  rrrrrrrrrrrrrrruuun, rrrrrrrrrrrrrrruuun, rrrrrrrrrrrrrrruuun,  rrrrrrrrrrrrrrruuun, rrrrrrrrrrrrrrruuun,  hasta que... (Silba.) Fundió el motor de la tetera. (Carcajea.) Es como un niño que destroza los juguetes de su vecino. Al otro día teníamos una camioneta nueva, recién importada del Japón.

MAZA. — (Aterrorizado) ¿Y es eso lo que usted pretende…?

VASCONCELOS. — Cuánto antes mejor.

MAZA. — Yo, yo mejor me voy, Joaco.

VASCONCELOS. — ¿Cómo? ¿Y el dinero que le di? ¿Y el puesto que le ofrecí?

MAZA. — Ah, claro.

VASCONCELOS. —Va a manejar esa limusina por toda la ciudad hasta que se funda.

MAZA. — Yo...

VASCONCELOS. — Si no le parece bien, hágame el favor y me devuelve la platica.

Maza se levanta, abre su bolso, lo cierra, lo abre de nuevo y lo vuelve a cerrar.

MAZA. — Sí, pero... No creo... Más bien, si le parece... ¿Qué pasa si nos apresan?

VASCONCELOS. — ¡Excelente! ¡Excelente!

Se levantan y salen. La luz disminuye sobre el lateral derecho y se incrementa sobre la periodista y el camarógrafo.

    CAMAROGRAFO. — ¡Rodando!

    PERIODISTA. — Luego de quince años de conjeturas, incertidumbres y murmuraciones, LA VERDAD establecerá, a continuación las causas que determinaron la trágica muerte de un joven que como pocos derramó su sangre por su patria. Su afán por combatir la opresión, la injusticia y la inequidad persiste, no obstante, en la labor de la fundación… (Sin perder su compostura, sonriente)… de acero inoxidable, establecida por los guaqueros de Muzu en el complejo industrial de Combatá, Boyacá, sitio conocido intencionalmente por sus almojábanas de queso, en la cual el desempeño tenístico de Zinadiño, quien para muchos continua siendo un jugador que usa desodorante MIOLO, trascendió, pues no fue la muerte de cualquiera, sino la de un Beatlle, revista conocida y renombrada en Hollywood, y en la cual Evita Perón leyó un libro de Vargas Vila durante su última visita al Nilo. Los dejó, por lo tanto, con LA VERDAD.

CAMAROGRAFO. — ¡Corte!

El camarógrafo y la periodista avanzan hacia bambalinas.

PERIODISTA. — Interferencias. ¿Qué tal estuvo la improvisación?

CAMAROGRAFO. — Ni se notó.

Salen.

Entran por el fondo del lateral izquierdo el teniente Porras y el cabo Serrano; éste es un hombre de diecisiete años, delgado y fornido, aunque de piernas un tanto cortas y arqueadas, quien porta un fusil; su alta estatura contrasta con la contextura baja y rechoncha del teniente, quien ostenta unos ojillos roedores y unos labios finísimos. La vestimenta de los dos es pulcra y colorida. Porras porta un revólver en un estuche insertado a su cinturón.

PORRAS. — Quédese aquí.

SERRANO. — ¿Quiere que observe los movimientos de esta mendiga?

PORRAS. — No será necesario. Yo la conozco. ¿Cómo va la vida, Faustina?

MENDIGA. — Mejor vida misma.

PORRAS. — (A Serrano.) Sale con unas (A la Mendiga.) Explíquenos. ¿Por qué mejor vida misma?

MENDIGA. — De ningún, pues de así todos igualmente felices desgraciados. Ya que los gemidos los demás la penumbra, recalco que míos son a más o agudos. Y puesto que no tengo ni las me mortifican, y deleito viendo los demás desnutridos que se comen los a otros, puedo que mejor que vida misma. Una monedita, por el amor de Dios…

Porras extrae dos monedas del bolsillo y se las entrega a la Mendiga, quien las estudia, refunfuña y las guarda.

PORRAS. — ¿Ha visto movimientos subversivos esta tarde?

MENDIGA. — Atentados no a ocurrir. (Riendo) Bastante ustedes cuando las alcantarillas. Pero no sabía. Tampoco delatora. ¡Cien pesos! El café cuesta trescientos.

SERRANO. — Creo que es una colaboradora de los insurrectos, mi teniente.
   
PORRAS. — No lo creo. Se refiere al bombardeo durante la toma presidencial hace cuatro años. Esta gente tiene un solo ayer.

Porras se da vuelta y da dos pasos, hasta que la voz de la mendiga lo detiene.

MENDIGA. — Destrozo van hacer muchachos hoy. Será escándalo. (Ríe) Que no  la primera sucede.

PORRAS. — ¿De qué habla? ¿Qué vio? ¿Qué le dijeron?

MENDIGA. — Hablo de me preguntan, o las anécdotas despiertan atención los limosneros escándalo. Pienso aburrido no hablar. Y poco. No dijeron nada.

PORRAS. — Usted nos acaba de decir que algo escandaloso va a ocurrir.

MENDIGA. — Estallar motor una limosina.  El senador se saldrá la suya.

SERRANO. — Están planeando el secuestro de un senador, mi teniente.   

PORRAS. — ¿Es verdad? ¿Quiénes?

MENDIGA. — No verdad, si fuera, dejaríamos hacernos los unos a otros.

PORRAS. — Hablo en serio...

MENDIGA. — A mí, cambio, me gusta en serie...

Porras se acerca a la mendiga, la prende de su brazo y la sacude con fuerza.

MENDIGA. — ¡Usted puede no abusar mí! ¡Estaré bien jodida pero conozco mis derechos!

Porras extrae su revólver y engatilla.

PORRAS. — ¡Díganos lo que sabe! ¿En dónde los vio?

MENDIGA. — ¡En la cafetería! ¡Sobre esa mesa! ¡Ay!

PORRAS. — ¡Descríbalos!

MENDIGA. — Eran dos hombres que aún no eran... Se me olvidó el nombre del senador... ¡No lo recuerdo!

Ruido atronador de motor de auto forzado.

MENDIGA. — ¡Ellos son!

El escenario es iluminado por luces cegadoras de auto. Las risillas y carcajadas estertóreas de Vasconcelos y Maza se escuchan entre los ruidos incesantes del motor del auto.  Ruido de impacto de una carrocería que cae abruptamente en una zanja de concreto. El ruido del motor se incrementa hasta hacerse ensordecedor. Un tenue humo comienza a entrar al auditorio. Porras suelta a la mendiga y observa hacia los laterales derechos con curiosidad. Serrano, entre tanto, sale del escenario. El ruido llega a su paroxismo y estalla en un silencio entrecortado por carcajadas y pequeñas explosiones de gases. Porras desengatilla y guarda su revólver.

Vasconcelos y Maza entran carcajeando, abrazados y ebrios, con sus camisas fuera de sus pantalones.
   
VASCONCELOS. — ¿No se lo dije?

MAZA. — Nunca creí divertirme tanto.

VASCONCELOS. — ¿En dónde dejamos esa botella de whisky?

Vasconcelos se separa y toma la botella de la mesa de la cafetería, se sirve un vaso de whisky y bebe.

PORRAS. — (A Maza.) Discúlpeme, pero ¿ese auto es suyo?

MAZA. — Era, señor policía. ¡Era!

Serrano entra y se presenta en posición firmes frente a Porras.

SERRANO. — Los sujetos quemaron intencionalmente, según parece, el motor de la limusina.

VASCONCELOS. — (Desafiante) Era nuestro auto.

MAZA. — Nuestro es mucha gente...

PORRAS. — Yo veo placas oficiales.

VASCONCELOS. — Preocúpese de sus asuntos, teniente.

PORRAS. — Eso hago. ¡Cédula!

Vasconcelos lo mira desafiante. Porras extiende su mano a Maza.

MAZA. — (Asombrado y atemorizado.) ¿A mí? Pero, ¿qué hice?

PORRAS. — Cédula...

Maza saca su billetera de un bolsillo de su pantalón, de donde extrae su cédula y se la entrega a Porras. Porras la examina y se la devuelve. Entonces confronta a Vasconcelos.

PORRAS. — Cédula...

Vasconcelos bebe de su botella, ignorando a Porras.

VASCONCELOS. — (A Maza.) Dígale a su antiguo jefe que nos llame un taxi.

SERRANO. — ¿No escuchó la orden de mi teniente?

La mendiga retrocede y organiza sus pertenencias, preparándose para abandonar el  escenario.

VASCONCELOS. —  Lo oí, pero me importa un reverendo rabano.

MAZA. — (Interviniendo) No le presten atención, Joaquín Vasconcelos es...

Serrano golpea con la culata de su fusil el estómago de Maza, quien cae de rodillas jadeante.
 
VASCONCELOS. — Ustedes no saben con quien están tratando. ¡Tienen cuatro segundos para que me den sus nombres! Uno...

Serrano observa a Porras, quien asiente con un ademán. Serrano avanza y golpea con la culata de su fusil el cráneo de Vasconcelos, quien cae al suelo con su frente sangrando. Su vaso estalla al caer.

VASCONCELOS. — ¿Con qué derecho? ¡Lamentará toda su vida el haberme puesto la mano encima!

MAZA. — (Desesperado.) ¡Cállese!
 
VASCONCELOS. —  (A Porras.) ¡Usted no sabe que tan grave es el acto que acaba de cometer! ¡Policías de mierda! ¡Yo soy el hijo único de la senadora Vasconcelos!

SERRANO. — (Brevemente intimidado) ¿Patricia Eugenia Vasconcelos?

VASCONCELOS. —  Además soy amigo del presidente, y director de planeación departamental para el desarrollo de los terrenos baldíos en Antioquia.

SERRANO. — Discúlpeme, doctor, yo lo tomé por un guerrillero y...

VASCONCELOS. —  Guárdese sus disculpas para dentro de un mes, cuando lo internen en la Modelo. ¡Y me hace el favor y me llama ya a su mayor o a su capitán!

Serrano levanta su fusil y apunta a la cabeza de Vasconcelos.

MAZA. — (Desesperado.) ¡Joaquín Nicolás! ¡No más!

VASCONCELOS. — ¡No me voy a callar hasta que no vea a estos dos pidiendo clemencia! ¡Y olvídense de su trabajo! Mañana mismo me los despiden. O mejor aún, me encargo de que los trasladen a la Isla de la Gorgona, para que las sierpes se los coman vivos.

MAZA. — (Desesperado.) ¡Se lo ruego! ¡Por el amor de Dios!

PORRAS. — Con qué esta noche tenemos a un majadero.

VASCONCELOS. — Majadera su madre.

MAZA. — (Llorando) ¡No! ¡No lo oiga! ¡Está borracho!

PORRAS. — ¿Por qué quemó el motor de la limusina?

VASCONCELOS. — ¡Porque se me dio la gana!

MAZA. — (Clamando) ¡No discuta más con él! ¡Se lo imploro!

PORRAS. — ¿Sabe cuantos millones costará su payasada?

VASCONCELOS. — ¡Doscientos, quinientos millones! Me importa un culo.

PORRAS. — Yo pago impuestos.

VASCONCELOS. — Pues yo no… ¿Cuánto se gana al mes? ¿Quinientos? Seiscientos cincuenta a lo sumo. A mí me dan cinco millones. ¡Y sólo voy a la oficina cuando se me da la gana!

Vasconcelos apura su trago, se sirve y bebe. Cae un silencio lúgubre, apenas interrumpido por los jadeos de Maza, quien soba su estómago. Porras dirige su mirada a Serrano.

PORRAS. — (En voz alta) ¿Qué dice? ¿Los matamos?
    
SERRANO. — Como usted ordene, mi teniente.

VASCONCELOS. — ¡Disparen, si es que son tan valientes! ¡Ya los veré pudriéndose en la celda más putrefacta del país! (Carcajada.) ¡En Valledupar!

Porras extrae su revólver, lo engatilla y lo apunta sobre Maza.

MAZA. — ¡Esperen! Yo no soy culpable. Yo también soy humilde, como ustedes. Tengo una hermana enferma de tuberculosis, y mi madre es paralítica. Este individuo me invitó a salir hoy. ¡Pregúntenle a la loca que lo vio todo!

MENDIGA. —  ¡A mí no me involucren que yo no tengo velas en entierro!

MAZA. — Yo, yo, yo nunca lo había visto en mi vida y

Porras dispara a bocajarro sobre la nuca de Maza, quien cae al suelo muerto instantáneamente. Vasconcelos abre sus ojos como si se descubriese de repente en medio de una pesadilla.

VASCONCELOS. — Pero, ¿cómo se atreven?

PORRAS. — Es su turno, cabo Serrano.

Serrano apunta a Vasconcelos, quien recula.

VASCONCELOS. —  ¡Soy hijo de una senadora! ¡Soy más influyente que ustedes! ¡Hay dos millones de pesos en esa bolsa y...!

Serrano dispara y Vasconcelos cae. Serrano se presenta firmes ante su superior.

SERRANO. — Insubordinado eliminado, mi teniente.

Porras mira a la mendiga, quien grita y se mueve como ave enjaulada a la par que extrae su navaja. Porras se abalanza sobre ella, pero esta lo esquiva y lo hiere en su brazo. La mendiga corre entonces pero es alcanzada por un tiro de fusil del cabo Serrano. La mendiga expira.

SERRANO. — Ahora debemos irnos, mi teniente, antes de que los vecinos asomen sus cabezas.

PORRAS. — ¡Todo lo contrario! ¿No acabamos de dar de baja a dos vándalos?

SERRANO. — Pero, el occiso era el hijo de la senadora Vasconcelos.

PORRAS. — ¿Y usted no sabe que yo soy el amante de cabecera de la esposa del señor presidente de la república?

Carcajada. Serrano deja caer su quijada y su fusil.

Apagón.




Hugo Santander 2008 © All rights reserved


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