Hugo Santander Ferreira     
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Los Crímenes de Kennedy

Obra de teatro en dos actos para nueve actores

 

«En el infierno también hay gobiernos, pues de otro modo nadie podría refrenarlos (…) Existen por amor propio; cada cual deseando dictar órdenes e imponerse sobre los demás. [Sus habitantes] odian a quienes no los favorecen, convirtiéndolos en objetos de su venganza; así se causan daño los unos a los otros; tal es la naturaleza de su egoísmo. Los más pérfidos prevalecen como sus gobernantes, y es a éstos a quienes [la multitud] obedece por temor».

Emanuel Swedenborg, De Caelo et ejus Mirabilibus, et de Inferno ex Auditis et Visis, 220 (Londres, 1758)

PERSONAJES

Humberto

Aminta

Marino

Kennedy

Porcia Bolaños

Eliana Bolaños

Daniela

Enriqueta

Doctor Ardila

Fabiana

Lorena

ACTO I

 

Oficina de "Vidriovencol Limitada". Un escritorio a la derecha del escenario, rodeado por tres sillas; sobre él un teléfono, grapadora, vaso con lápices y esferográficos, máquina de escribir y un vaso con yogur. Sobre el foro cuelga una fotografía de un líder ultraconservador, descolorida por el tiempo y empolvada. Otro escritorio yace en el centro del escenario; sobre él, otra máquina de escribir y algunas hojas de papel sueltas.

 

A la izquierda una pequeña mesa con tacitas, servilletas, cucharitas y una cafetera, la cual contiene agua caliente. Bajo ésta hay un anaquel con varios cajones, y a su costado un gabinete de contabilidad.

 

Hay dos entradas: a la izquierda, que comunica con la oficina de Doña Porcia y con la calle, y hacia el auditorio, que conlleva al taller de trabajo. A lo largo de la obra los ruidos de troqueles, taladros y sierras se escucharán con variada intensidad.

 

AMINTA, mujer esbelta de unos 35 años, sentada tras del escritorio, mecanografía pequeñas notas que transcribe de piezas de papel rasgado, arrugado y manchado de grasa. Sus manos, en la medida de lo posible, evitan su contacto. Una copia del periódico local yace en el suelo.

 

HUMBERTO, un hombre de mediana edad, de hombros y abdomen caídos, entra receloso.

 

HUMBERTO. — ¿Y la anciana?

AMINTA. — Tenía que ir con Eliana al Club Campestre. Puede regresar en cualquier momento.

HUMBERTO. — No me diga.

AMINTA. — Me desagrada verlo así, merodeando en mi oficina.

HUMBERTO. — Huele a savia seca.

AMINTA. —Es el nuevo detergente.

 

(Humberto saca una pequeña llave y abriendo la alacena extrae una bolsa negra y una taza con azúcar. A medida que habla se prepara y se sirve un café.)

 

AMINTA. — ¿Cómo está su primogénito?

HUMBERTO. — Preocupado. Pasó la noche en vela.

AMINTA. — Ah… (Pausa.) ¿Se lo llevan para el ejército?

 

(Humberto atisba una copia del diario local sobre el suelo; la recoge y la lee abstraído.)

 

AMINTA. —Le pregunté si a su hijo se lo llevan para el ejército.

          HUMBERTO. —Es lo mas seguro. Allá le enseñarán a comportarse como un hombre.

AMINTA. — Es su hijo, Humberto.

HUMBERTO. — Ya es hora de que se valga por sí mismo. Su mamá lo mima: le hace sus tareas escolares.

AMINTA. — Yo también lo haría. Si mi hijo llegase a ser presidente de la república yo misma le escribiría sus discursos.

 

(Pausa.)

 

HUMBERTO. — ¿En serio?

 

(Pausa.)

 

AMINTA. — ¿Qué va a hacer al respecto?

          HUMBERTO. — ¿Qué quiere que haga?

          AMINTA. — Se que los pies planos ya no son una excusa, pero, ¿ya habló con Don Marino?

HUMBERTO. —No, todavía no.

AMINTA. — ¿Qué espera?

HUMBERTO. —Hoy tomaremos cuenta de ese asunto.

AMINTA. — (trémula) No me diga que Kennedy viene a visitarnos.

HUMBERTO. — ¿Se acuerda de Edelmiro?

AMINTA. — Me suena. ¿Al que despedimos por falsificar un recibo de cafetería?

HUMBERTO. — ¿Despedimos? Usted habla como si fuera a dueña de este negocio. En fin, Edelmiro pasó de mensajero a bandido. Aquí aparece, en la página de los criminales.

          AMINTA. — ¿Que hizo?

          HUMBERTO. — Adivine.

          AMINTA. — ¿Robó un banco?

          HUMBERTO. — Muerto en combate contra el ejército. (Pausa.)

          AMINTA. — Que en paz descanse.

          HUMBERTO. — Me gustaría emigrar a los Estados Unidos.

AMINTA. — ¿Porqué no a Japón?

HUMBERTO. — ¿Japón?

AMINTA. — Allá tendrá mejores oportunidades. ¿O porqué no a Honduras? Allí, al menos, no tendrá problemas con el idioma.

HUMBERTO. — La gente que viaja a Centroamérica regresa desilusionada; todos los trabajos honestos están acaparados; hoy en día sólo los pícaros prosperan. No hay ningún lugar como Bucaramanga.

(Humberto toma a Aminta de su cintura. Aminta lo rechaza infructuosamente. Humberto la besa; Aminta cede. De inmediato escuchamos el ruido de una puerta que se abre. Humberto y Aminta recobran su compostura con una agilidad sorprendente. MARINO, un hombre de unos 65 años, entra a la oficina, sus manos aferradas a un pesado maletín de cuero de serpiente. De cabello abundante y grasoso, orejas descomunales y nariz respingada, sus patillas caen sobre unos pómulos huesudos. Su cuerpo adiposo pende de un tronco ligeramente jorobado, atrofiado por sus piernas zambas y una vejiga prominente. De ojos verdes y desconfiados, sus pupilas se dilataban en sus órbitas minúsculas al enfatizar cada palabra.)

MARINO. — ¿Alguien ha preguntado por mí?

AMINTA. — Nadie, Don Marino. Son apenas las siete y media.

MARINO. — Voy a usar su escritorio.

AMINTA. — El suyo está disponible.

MARINO. — Este es más cómodo; usted tiene a mano todo lo que necesito.

AMINTA. — (fría) Desde que no fume...

 

(Marino se instala a un lado del escritorio. Mientras habla organiza sus documentos.)

 

MARINO. —Ya hace tiempo que dejé ese vicio. Fue una promesa que le hice a mi nieta antes de su muerte.

AMINTA. — ¿De qué se murió?

MARINO. — Enfisema pulmonar.

AMINTA. — ¡Dios!

MARINO. — (carcajeando) No me tomé en serio; la verdad es trágica, tan trágica que siempre bromeo al respecto.

AMINTA. — No tiene que decírmelo si le lastima.

MARINO. — En modo alguno. (Triste) Una bala perdida la traspasó el día en que nuestra selección de Balompié empató contra los alemanes en Italia.

(Pausa.)

 

AMINTA. — Usted, al menos, tiene un angelito en el cielo.

MARINO. — (componiéndose) Aún no se si la idea fue suya o de su madre. Sí; Tatianita me persuadió con sus pucheros. Y pensar que Carmen no me convenció en casi cincuenta años que llevábamos juntos.

          AMINTA. — Usted se casó joven, don Marino.

MARINO. — A los quince años, preciosa.

          HUMBERTO. — (a Aminta) No corteje a don Marino, Aminta. Doña Carmen es una mujer celosa.

 

(Aminta ríe.)

 

MARINO. — (a Humberto) ¿Y usted que hace fuera del taller? No quiero ni pensar la expresión de Doña Porcia cuando lo descubra saqueándole el café en lugar de trabajar.

 

(Humberto lleva una taza con café a Marino.)

 

HUMBERTO. — Sólo puede despedirme, como a tantos otros de sus empleados.

 

(Marino recibe la taza.)

 

MARINO. —  No creo que lo haga. Usted es un empleado diligente, Humberto.

HUMBERTO. — Si usted lo dice.

MARINO. —  Un padre que ha sabido educar a sus hijos.

HUMBERTO. — Gracias.

 

MARINO. — Si Doña Porcia sufriese un infarto en este instante, Eliana heredaría y usted, gracias a su hijo, le supervisaría su negocio.

HUMBERTO. — (perplejo) ¡Lo que usted dice es… perverso!

          MARINO. — Si es perverso decir lo que le conviene...

          AMINTA. — (a Marino) ¿Quiere usted decir que Eliana y Kennedy...?

          MARINO. — Yo mismo los vi a las puertas de Los Cinco Sentidos.

HUMBERTO. —Me pregunto que hacia usted en aquel motel.

MARINO. — (Observando a Aminta) Lo que hacen todos los hombres y mujeres que lo frecuentan.

          AMINTA. — (rápidamente)  Lo hará sufrir. Esa niña no lo quiere; anda encaprichada.

          MARINO. — ¿Cómo lo sabe?

 

(Aminta mecanografía.)

 

AMINTA. — Kennedy tiene talante para soportarla. Es atrevida, impertinente e irrespetuosa.

          MARINO. — Es la hija de su patrona, y además su confidente, según veo.

AMINTA. — Hay quienes confunden la amistad con la amabilidad.

MARINO. — (A Humberto) No se avergüence, Humberto. Todos los obreros se enorgullecen de Kennedy. Sienten que su trabajo redunda en beneficio de uno de los suyos. Los Cinco Sentidos es un sitio costoso. También yo, durante mi juventud, me enamoré de una muchacha de abolengo.

HUMBERTO. — ¿En serio?

          MARINO. — Una tragedia. La sociedad la puso fuera de mi alcance. Pero no me arrepiento. Eliana es una doncella promisoria; habla inglés y francés, y estudia mandarín.  Pero no somos de su clase.

AMINTA. — Tal vez con el tiempo Eliana sea tan famosa como la senadora Gancourt.

MARINO. — Dios nos libre.

AMINTA. — A usted toda la gente le desagrada.

MARINO. — Esa mujer se ha hecho célebre a nuestras expensas, Aminta.  Dígame, ¿qué ha la senadora por este país?

AMINTA. — Ha denunciado nuestra corrupción.

MARINO. — ¿Ante quién? La muy campante sale y publica un libro en Francia, en francés, en él que los europeos descubren la Colombia que siempre han soñado, un híbrido entre los diarios del Che Guevara y las narraciones de García Márquez: una república bananera de ricos y pobres, de analfabetas y tiranos, de matarifes y corderos, y sobre todo de gente crédula.

AMINTA. — ¿Y no es así?

MARINO. — ¡No!

AMINTA. — ¿No se queja usted de la corrupción de nuestros líderes?

MARINO. — ¿Y no hay líderes corruptos en Francia? ¿En los Estados Unidos? ¿En Inglaterra? Es cierto que hay corrupción en Colombia, pero eso no ocurre a causa de nuestra ignorancia, sino de la organización política de los estados más pudientes del orbe, que permite a unos cuantos depositar el fruto de sus picardías a una cuenta bancaria con la complicidad secreta de algún país industrializado. Según la senadora Gancourt lo que nosotros debemos hacer es viajar a Francia, estudiar en una universidad y regresar a nuestra tierra a gobernar a quienes de otro modo jamás superarán su infancia. Ella haría mejor quedándose en Europa, en donde ahora la admiran como la nueva heroína de nosotros, pobres tercermundistas analfabetos, desvalidos y retardados mentales.

AMINTA. — Usted exagera.

MARINO. — ¡No! La senadora Gancourt se condenó a sí misma al asegurarle a los europeos que nosotros la elegiríamos como presidente este año. La muy optimista se ha visto obligada a lanzar su candidatura. Si no lo hace los franceses la tomarán por una embustera.

HUMBERTO. — No va a ganar.

MARINO. — Exactamente. Será el hazmerreír del año. Nadie duda, ni ella misma, de que con un respaldo de apenas el dos por ciento del electorado adulto, la senadora Gancourt sufrirá una derrota humillante. Así que no me contradiga, Aminta.

AMINTA. — (irónica) Usted tiene toda la razón, don Marino. La próxima vez seré muda, y todo oídos, como ese diván.

MARINO. — Me encanta verla así, arisca y ofendida.

HUMBERTO. — ¿Es cierto, don Marino, que usted trabajo en la contraloría?

MARINO. — Sí, por dos años. Fui auditor de la república. Mi responsabilidad era la de revisar los contratos otorgados a terceros por nuestros alcaldes, gobernadores, senadores y concejales.

HUMBERTO. — ¿Y fue allí en donde usted se enriqueció?

MARINO. — ¿Por quién me toma? Nunca, escúcheme, nunca, hurté un solo centavo del erario público.

HUMBERTO. — Mírelo como se ofende Aminta. ¿No fue usted quien en la pasada farra de navidad nos dijo que con las donaciones que había recibido, usted bien podría jubilarse?

MARINO. — No me acuerdo. (Sonriendo) ¿Eso dije?

AMINTA. — También nos confesó que tenía dos cuentas en las Islas Caimán.

MARINO. — (riendo) En vino veritas.

HUMBERTO. — ¿Ah?

MARINO. — Yo soy un hombre trabajador, ustedes lo saben. Guardo mis ahorros. Y tal vez haya recibido una que otra alfadía, no lo niego. Pero así como recibí, facilité. Soy un hombre generoso.

HUMBERTO. — (susurrando; alejando a Marino de Aminta) Quería pedirle un favor, don Marino.

          MARINO. — ¿Sí?  

          HUMBERTO. — La milicia quiere llevarse a Kennedy al cuartel.

          MARINO. —  ¡Ah! Yo ya le dije que no había razón para preocuparse. Como bachiller, su hijo tendrá un trato preferencial.

HUMBERTO. — La situación va de mal en peor. La insurgencia ha minando la tercera parte de este país. Basta con que lea los periódicos. ¿Si supo de la muerte de Edelmiro?

MARINO. — Sí, claro.

          HUMBERTO. — Pobre. Si doña Porcia no lo hubiera despedido.

MARINO. — Murió en su ley. (A Aminta:) ¿Ya me preparó los libros?

 

(Aminta deja de mecanografiar.)

 

AMINTA. — Desde el lunes.

MARINO. — ¿Podría revisarlos? Un sólo error nos perjudicaría.

AMINTA. — Los revisé varias veces

HUMBERTO. — Quisiéramos hablar a solas por un momento Aminta.

 

(Aminta se levanta y sale.)

 

AMINTA. — ¿Para que tantas ambigüedades, don Marino? Sé oler sus negocios privados mejor que nadie.

MARINO. — Gracias, preciosa.

 

(Aminta sale. Marino se levanta.)

 

MARINO. — Usted ya sabe que el primo de mi cuñado puede sacar a Kennedy de semejante apuro.

HUMBERTO. — ¿Cuánto sería?

          MARINO. — Cien mil barras. Es auténtica. No trato con falsificadores.

          HUMBERTO. — Usted sabe que apenas devengo cincuenta mil pesos por mes, Don Marino.

          MARINO. —Por diez mil pesos puedo recomendar a Kennedy para que trabaje en la oficina del mayor; no lo enviarán ni a los campos minados ni a campañas de exploración.

 

(Humberto ríe nervioso.)

 

HUMBERTO. — Tampoco quiero verlo guardándole las frazadas a sus superiores.

MARINO. — (Sonríe.) Seré sincero con usted, Humberto. Este primo me ofrece veinte mil pesos de comisión por cada libreta militar. Usted es un muchacho trabajador, y yo no seré tan inhumano como para permitir que su hijo se sacrifique en un campo de batalla. Le diligenciaré su tarjeta militar por noventa mil pesos.

HUMBERTO. —No puedo.

MARINO. — Usted me ofende, Humberto. No soy un limosnero. También paso necesidades.

HUMBERTO. — (alicaído) Discúlpeme, don Marino. No tengo ese dinero. No discuto su comisión; es justa. Si usted me ayuda ahora yo le pago en diciembre, cuando reciba la prima.

MARINO. — No.

HUMBERTO. — ¿No conoce usted a alguien más?

MARINO. —Si usted no tiene dinero no veo solución, Humberto, a menos que…

HUMBERTO. — Dígame.

MARINO. — Kennedy preñase a Eliana.

HUMBERTO. — Eso sería irresponsable.

MARINO. — ¿De parte suya o de él?

HUMBERTO. — Soy incapaz de insinuárselo.

 

(Pausa.)

 

MARINO. — ¿Dígame, Humberto, su esposa trabaja?

          HUMBERTO. — En la casa.

MARINO. —Es una pena que usted asuma la responsabilidad de sus tres hijos con un sueldo único. ¿Por qué no comienza su propio negocio, con uno o dos socios?

HUMBERTO. — ¿Quiénes?

MARINO. — Aminta, por ejemplo. Es una mujer todavía atractiva, y es infeliz en su matrimonio; hace poco la oí decir que quería divorciarse. Su marido es un abusivo. Un desempleado, y, ¿si vio la nueva camioneta en la que anda? Aminta se la regaló. Si yo estuviera en su lugar le propondría que invirtiese su dinero en una empresa de ventanearía de aluminio. 

HUMBERTO. — ¿Usted cree?

MARINO. —Su mujer envejece. Y Aminta, ¿si se ha fijado en el modo en que lo mira? Sus manos se crispan cada vez que usted franquea el umbral de esta puerta. Aún recuerdo las veces en que ella lo llamó para saber de su estado de salud, el año pasado, cuando usted se enfermó de hepatitis. No hubo mañana en que no nos mantuviese al tanto de su recuperación. ¡Bastante nos divertimos con su asco por el jugo de espinacas!

          HUMBERTO. —De zanahoria.

          MARINO. — De modo que, ¿cómo no voy a caer en cuenta de su infidelidad?

HUMBERTO. — Usted habla demasiado, don Marino. Perdóneme que se lo diga.

          MARINO. — Perdonado. Espero que usted me perdone igualmente cuando le diga que los libros de cuenta de esta empresa han sido adulterados por usted y Aminta.

HUMBERTO. — ¿Cómo?

MARINO. — Una reacción aceptable: indignado y confundido al mismo tiempo. Pero insuficiente. Usted debería haberse enojado, como cuando doña Porcia lo acusó de haberle quebrado una hoja de vidrio adrede. No se avergüence, Humberto. Nadie está libre de culpa. Ya ve usted como empezó doña Porcia, contrabandeando Huevos de Venezuela. Inestabilizando la economía de nuestro país.

          HUMBERTO. — He sido un hombre honesto, don Marino.

MARINO. — Todos lo somos, aunque es verdad que hoy día los únicos que van a la cárcel son los crédulos.

 

(Poseído de una furia repentina, Humberto toma a Marino de la solapa, enarbolando su puño en el aire.)

 

          HUMBERTO. — ¿Por quién me toma usted? Manuel Gamarra, de Barbosa, mi padre, siempre me dijo que prefería verme bajo una lápida que tras las rejas.

MARINO. — Lápida que será para Kennedy, si usted no me suelta de inmediato.

 

(Humberto lo suelta y le da la espalda contrito.)

 

MARINO. — Préndame de nuevo y lo veré prostituyendo a su hija sobre la carrera quince.

 

(Aminta entra con dos libros voluminosos que entrega a don Marino.)

 

AMINTA. — Las doctoras de la oficina de impuestos preguntan por usted, Don Marino.

MARINO. — (Despectivo) ¡Doctoras!

 

 (Marino toma su agenda, los libros y sale.)

 

HUMBERTO. — ¿Y la vieja?

AMINTA. — Llegó con Eliana.

 

(Humberto se precipita a guardar el café y a ordenar las tazas. Voces se escuchan desde afuera.)

 

PORCIA. — (O.S.) O hace parte de los entrenamientos con la profesora de danza, o viene a trabajar conmigo en las tardes.

          ELIANA. — (O.S.) ¡Por Dios, Mamá ! El equipo de natación de la universidad me necesita!

 

(PORCIA, una mujer de unos cincuenta años, robusta y dominante, entra justo cuando Humberto termina de guardar las tazas. ELIANA la sigue.)

 

PORCIA. — Nadie es necesario en ninguna parte. Si los fariseos prescindieron de su Mesías, usted puede prescindir de aquellos cazafortunas.

ELIANA. — ¿Cazafortunas?

PORCIA. — Me refiero a esos físicoculturistas que las entrenan; son cerdos amancebados ¡Me he percatado de sus miradas codiciosas!

ELIANA. —Raúl es un hombre casado.

PORCIA. — Desde hoy Eliana nos honrará de nuevo con su colaboración. (A Eliana.) Necesito que me contabilice las horas que ella trabaje en esta oficina. (A Humberto) ¿Los muchachos ya terminaron las divisiones de baño de la Escuela de Señoritas?

          HUMBERTO. — (titubeante) Creo que... sí.

          AMINTA. — (ofreciendo a Humberto las transcripciones mecanografiadas) La patrona se refiere a la nueva sección. Usted me disculpará, doña Porcia, pero don Marino me ha mantenido ocupada, haciendo los preparativos para la visita de los inspectores de la oficina de impuestos.

 

(Eliana se sienta a cambiar las baterías de su radiotransistor.)

 

PORCIA. — Anoche le dije que el contrato no podía esperar. ¿O es que usted cree que las hijas de las mejores familias de Bucaramanga se van a duchar impúdicamente?

          AMINTA. —Don Marino...

          PORCIA. — ¡No hay santo que valga!

 

(Silencio. Porcia mira a Humberto, quien se precipita hacia el taller.)

 

PORCIA. —Usted le da demasiada importancia a mi asistente. Don Marino no es más que un subalterno. ¿A que hora llegó hoy el viejo perezoso?

AMINTA. —A tiempo.

PORCIA. — Seguro... ¿Ya concertó la cita con el doctor Ardila?

          AMINTA. — (nerviosa) Su teléfono ha estado ocupado.

PORCIA. — ¡A otro con esa historia! Ayer le hablé muy claro de la manera de proceder con sus cheques devueltos.

(Pausa)

 

PORCIA. — ¿Qué espera?

 

(Aminta busca su libreta de teléfonos entre sus papeles; sus manos tiemblan.)

 

PORCIA. — Otra mañana que le pago en balde. ¡Holgazanes hambrientos! ¡Gracias a Dios que los préstamos me sostienen! ¡Y el gobierno en su corrupción los alcahuetea! No la despido porque no quiero que su marido le rompa de nuevo esa quijada de yegua.

 

(Aminta llora desconsoladamente.)

 

PORCIA. — !Eso es! ¡Llore! Así la gente se convencerá de que soy un ogro.

 

(Porcia suspira impaciente y sale. Eliana va a la puerta, otea el espacio fuera de escena y regresa.)

 

ELIANA. —Se fue a hablar con los agentes del gobierno.

 

 (Aminta corta su llanto y bebe de su vaso de yogur. Eliana le ofrece dos pastillas de goma de mascar.)

 

ELIANA. — ¿Lo de la quijada rota fue en serio?

          AMINTA. — Solo me la dislocó.

ELIANA. — ¡Que bestia!

          AMINTA. — Es mi marido.

ELIANA. — A mi edad no puedo comprender las mortificaciones del matrimonio. Apenas vivo mi etapa erótica, como diría mi profesor de filosofía. Pero tal vez con el tiempo también me canse.

 

(Eliana toma una calculadora y ejecuta algunas operaciones en ella, las cuales anota cuidadosamente sobre una hoja de papel.)

 

AMINTA. — Si su mamá la oyese.

ELIANA. — Me gustaría ser una prostituta, ¿sabe? Como la mujer de Belle de Jour.  He oído que varias compañeras de clase lo son. Es la pobreza; la decadencia de nuestra clase acaudalada, una vez pierde su caudal. (Anota) No me malinterprete. Aunque los hombres me hayan acariciado, yo aún soy virgen... (Anota) No sólo por devoción, sino porque aún no me he enamorado. (Anota) Déjeme ver. Un kilómetro por semana...

          AMINTA. — (viperina) ¿Y Kennedy?

ELIANA. — (Demasiado rápido, en un afán por ocultar su sorpresa) ¿Hablamos de quince centímetros?

          AMINTA. —Más o menos.

 ELIANA. — La regla de aproximación se aplica. A un ritmo de dos veces por segundo da treinta; por aproximación obtenemos un metro cada tres segundos. Esto da veinte metros por minuto.

 

(Aminta telefonea.)

 

AMINTA. — Tengo un dolor de cabeza...

          ELIANA. — El acto sexual dura tres minutos -según he leído-, lo que da un subtotal de sesenta metros por acto. O sea que, ¡quince! ¡Son necesarios quince actos por semana para alcanzar el kilómetro!

          AMINTA. — (hablando a través del teléfono) ¿Doctor Ardila? Habla la señorita Díaz, de Vidriovencol limitada. ¿Cómo está?... Llamaba para informarle que su cheque ha sido devuelto... Doña Porcia quiere concertar una cita con usted, sí... Y no se olvide de mi recado... Le daré el mensaje.

 

(Aminta cuelga. Eliana le alarga el papel, pero Aminta lo ignora.)

         

ELIANA. — ¿Puedo saber porqué me pregunta sobre Kennedy? No vivo con él para estar al tanto de su paradero.

AMINTA. — La han visto con Kennedy en hoteles de mala muerte.

ELIANA. — Calumnias.

          AMINTA. — A mí me tiene sin cuidado lo que la gente murmure. Nuestros padres fueron campesinos supersticiosos, y es obvio que entre la mojigatería y la voluptuosidad prefieran la hipocresía. Pero permítame que le pregunte. ¿Usted usa algún método anticonceptivo?

ELIANA. — Soy virgen, ya se le dije.

          AMINTA. — Justo lo que me lo temía.

ELIANA. — ¿Qué insinúa?

AMINTA. — Kennedy es un candidato para el frente del ejército, y la mejor manera de que él permanezca en la ciudad es mediante un embarazo.

ELIANA. — (con sorna) Usted no lo conoce, Aminta.

          AMINTA. — Su padre no tiene dinero para comprarle una libreta militar. Humberto mismo me lo ha dicho.

ELIANA. — (cáustica) No lo culpo. Humberto siempre ha mantenido a dos mujeres.

 

(Pausa)

 

          AMINTA. — Kennedy es un buen muchacho, pero lo que él más desea es partir de su casa.

ELIANA. — El ejército puede ayudarle. A lo mejor lo envíen al Sinaí. El me dice que allí los cuarteles militares son tan lujosos como en cualquier hotel de Europa.

          AMINTA. —Kennedy es un mitómano. En el Sinaí el inglés es un requisito. Sé que él obtuvo su título de bachiller a duras penas. Algo que Kennedy no le habrá contado, por supuesto. Si el ejercito lo selecciona lo conozco capaz de todo, hasta de matar.

ELIANA. — ¡Su amargura me saca de quicio, Aminta! ¿Es a causa de su trabajo como secretaria? ¡Usted no es la única que agoniza en este hueco! Mi mamá no disfruta provocando esta miseria. Usted abusa de su posición. Deberíamos cortarles la lengua a todos los insidiosos por decreto. Lo más lamentable es que aún así la estimo… Mi intimidad es asunto mío y sólo mío, ¿me entiende?

 

(Aminta mecanografía.)

 

AMINTA. —Pero no se enoje, Eliana. Usted sabe cuanto la aprecio. Sólo pienso en su bienestar.

 

(Aminta la mira fijamente.)

 

ELIANA. — No crea que se va a granjear mi amistad de esa manera. (Sonriendo) En fin, olvídemelo; estoy segura de que tiene bastante trabajo por hacer.

 

(Doña Porcia entra con un documento entre sus manos. La sigue Marino, Enriqueta y Daniela, empleadas gubernamentales, de rostros lívidos que pregonan su abolengo; visten bufandas grises, blusas blancas y faldas oscuras. Sus gargantas, encadenadas en oro, soportan dos cráneos altivos bajo empastes de cabello, laca y colorante. Su cutis, ligeramente embadurnado de afeites, parece apuntillado por pesados aretes de esmeralda laboriosamente incrustados en orejas prematuramente contraídas. Los ojos de roedor y los pómulos macizos de Enriqueta descollan sobre las pupilas inflamadas y la tez lozana de Daniela.)

 

PORCIA. — (soez) Salúdeme a Daniela y Enriqueta. (Meliflua) Esta es la oficina que media con los obreros. Aminta, mi secretaria; y esta es Eliana, mi hija única.

ELIANA. — ¿Son ustedes las doctoras de la oficina de impuestos?

          ENRIQUETA. — (Ignorándola) Que niña tan simpática; que ojos tan encantadores. (A Porcia) ¿Viene a trabajar con usted?

PORCIA. —Durante las vacaciones. Eliana tiene talante de negociante.

          ENRIQUETA. — Qué constancia. Mi marido tiene una agencia de viajes, pero ni a los golpes podemos obligar a nuestras hijas para que nos ayuden. (Reparando en el radiotransistor) ¿Qué escucha?

ELIANA. — Classics.

          ENRIQUETA. —Es lo mejor para conciliar el sueño.

          PORCIA. — Aunque Eliana duerme poco.

          ENRIQUETA. — No me diga...

PORCIA. —El juicio se lleva en la sangre. Mi hija me ayuda a cotizar las ventas menores. Es una de las alumnas preferidas del profesor de matemáticas.

 

(Enriqueta toma la hoja de papel en la cual Eliana hiciera sus cálculos.)

 

ENRIQUETA. — ¿Y qué tenemos aquí? ¿Los cálculos de una venta reciente?

          AMINTA. — (sardónica) Si la gente paga con kilómetros.

ENRIQUETA. —. Mil por semana...

          DANIELA. — (a Porcia) ¿La ciudadana podría enseñarnos el libro de ingresos?

MARINO. — Aquí lo tiene, mi señora.

 

(Marino avanza y lo coloca abierto sobre el escritorio. Daniela lo hojea. Enriqueta observa la oficina con el mirar severo de un empleado público malpago.)

 

DANIELA. —Ni soy señora, ni soy suya. Señorita.