Hugo Santander Ferreira
 
Hugo Santander Ferreira


  

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Los Crímenes de Kennedy


Adriana Patricia Serrano Hoyos como Aminta

PERSONAJES

 

Humberto

Aminta

Marino

Kennedy

Porcia Bolaños

Eliana Bolaños

Daniela

Enriqueta

Doctor Ardila

Fabiana

Lorena

.


ACTO I

 
Escena 1
Aminta, Humberto

 

Oficina de "Vidriovencol Limitada". Un escritorio a la derecha del escenario, rodeado por tres sillas; sobre él un teléfono, grapadora, vaso con lápices y esferográficos, máquina de escribir y un vaso con yogur. Sobre el foro cuelga una fotografía de un líder ultraconservador, descolorida por el tiempo y empolvada. Otro escritorio yace en el centro del escenario; sobre él, otra máquina de escribir y algunas hojas de papel sueltas.

 

A la izquierda una pequeña mesa con tacitas, servilletas, cucharitas y una cafetera, la cual contiene agua caliente. Bajo ésta hay un anaquel con varios cajones, y a su costado un gabinete de contabilidad.

 

Hay dos entradas: a la izquierda, que comunica con la oficina de Doña Porcia y con la calle, y hacia el auditorio, que conlleva al taller de trabajo. A lo largo de la obra los ruidos de troqueles, taladros y sierras se escucharán con variada intensidad.

 

AMINTA, mujer esbelta de unos 35 años, sentada tras del escritorio, mecanografía pequeñas notas que transcribe de piezas de papel rasgado, arrugado y manchado de grasa. Sus manos, en la medida de lo posible, evitan su contacto. Una copia del periódico local yace en el suelo.

 

HUMBERTO, un hombre de mediana edad, de hombros y abdomen caídos, entra receloso.

 

HUMBERTO. — ¿Y la anciana?

AMINTA. — Tenía que ir con Eliana al Club Campestre. Puede regresar en cualquier momento.

HUMBERTO. — No me diga.

AMINTA. — Me desagrada verlo así, merodeando en mi oficina.

HUMBERTO. — Huele a savia seca.

AMINTA. —Es el nuevo detergente.

 

(Humberto saca una pequeña llave y abriendo la alacena extrae una bolsa negra y una taza con azúcar. A medida que habla se prepara y se sirve un café.)

 

AMINTA. — ¿Cómo está su primogénito?

HUMBERTO. — Preocupado. Pasó la noche en vela.

AMINTA. — Ah… (Pausa.) ¿Se lo llevan para el ejército?

 

(Humberto atisba una copia del diario local sobre el suelo; la recoge y la lee abstraído.)

 

AMINTA. —Le pregunté si a su hijo se lo llevan para el ejército.

HUMBERTO. —Es lo mas seguro. Allá le enseñarán a comportarse como un hombre.

AMINTA. — Es su hijo, Humberto.

HUMBERTO. — Ya es hora de que se valga por sí mismo. Su mamá lo mima: le hace sus tareas escolares.

AMINTA. — Yo también lo haría. Si mi hijo llegase a ser presidente de la república yo misma le escribiría sus discursos.

 

(Pausa.)

 

HUMBERTO. — ¿En serio?

 

(Pausa.)

 

AMINTA. — ¿Qué va a hacer al respecto?

HUMBERTO. — ¿Qué quiere que haga?

AMINTA. — Se que los pies planos ya no son una excusa, pero, ¿ya habló con Don Marino?

HUMBERTO. —No, todavía no.

AMINTA. — ¿Qué espera?

HUMBERTO. —Hoy tomaremos cuenta de ese asunto.

AMINTA. — (trémula) No me diga que Kennedy viene a visitarnos.

HUMBERTO. — ¿Se acuerda de Edelmiro?

AMINTA. — Me suena. ¿Al que despedimos por falsificar un recibo de cafetería?

HUMBERTO. — ¿Despedimos? Usted habla como si fuera a dueña de este negocio. En fin, Edelmiro pasó de mensajero a bandido. Aquí aparece, en la página de los criminales.

AMINTA. — ¿Que hizo?

HUMBERTO. — Adivine.

AMINTA. — ¿Robó un banco?

HUMBERTO. — Muerto en combate contra el ejército. (Pausa.)

AMINTA. — Que en paz descanse.

HUMBERTO. — Me gustaría emigrar a los Estados Unidos.

AMINTA. — ¿Porqué no a Japón?

HUMBERTO. — ¿Japón?

AMINTA. — Allá tendrá mejores oportunidades. ¿O porqué no a Honduras? Allí, al menos, no tendrá problemas con el idioma.

HUMBERTO. — La gente que viaja a Centroamérica regresa desilusionada; todos los trabajos honestos están acaparados; hoy en día sólo los pícaros prosperan. No hay ningún lugar como Bucaramanga.

 

(Humberto toma a Aminta de su cintura. Aminta lo rechaza infructuosamente. Humberto la besa; Aminta cede. De inmediato escuchamos el ruido de una puerta que se abre. Humberto y Aminta recobran su compostura con una agilidad sorprendente.)

 
Escena 2
Aminta, Humberto, Marino

 

(MARINO, un hombre de unos 65 años, entra a la oficina, sus manos aferradas a un pesado maletín de cuero de serpiente. De cabello abundante y grasoso, orejas descomunales y nariz respingada, sus patillas caen sobre unos pómulos huesudos. Su cuerpo adiposo pende de un tronco ligeramente jorobado, atrofiado por sus piernas zambas y una vejiga prominente. De ojos verdes y desconfiados, sus pupilas se dilataban en sus órbitas minúsculas al enfatizar cada palabra.)

MARINO. — ¿Alguien ha preguntado por mí?

AMINTA. — Nadie, Don Marino. Son apenas las siete y media.

MARINO. — Voy a usar su escritorio.

AMINTA. — El suyo está disponible.

MARINO. — Este es más cómodo; usted tiene a mano todo lo que necesito.

AMINTA. — (fría) Desde que no fume...

 

(Marino se instala a un lado del escritorio. Mientras habla organiza sus documentos.)

 

MARINO. —Ya hace tiempo que dejé ese vicio. Fue una promesa que le hice a mi nieta antes de su muerte.

AMINTA. — ¿De qué se murió?

MARINO. — Enfisema pulmonar.

AMINTA. — ¡Dios!

MARINO. — (carcajeando) No me tomé en serio; la verdad es trágica, tan trágica que siempre bromeo al respecto.

AMINTA. — No tiene que decírmelo.

MARINO. — Una bala perdida le traspasó su corazoncito el día en que nuestra selección de Balompié empató contra los alemanes en Italia.

AMINTA. — Usted, al menos, tiene un angelito en el cielo.

MARINO. — Aún no se si la idea fue suya o de su madre. Sí; Tatianita me persuadió con sus pucheros. Y pensar que Carmen no me convenció en casi cincuenta años que llevábamos juntos.

AMINTA. — Usted se casó joven, don Marino.

MARINO. — A los quince años, preciosa.

HUMBERTO. — (a Aminta) No corteje a don Marino, Aminta. Doña Carmen es una mujer celosa.

 

(Aminta ríe.)

 

MARINO. — (a Humberto) ¿Y usted que hace fuera del taller? No quiero ni pensar la expresión de Doña Porcia cuando lo descubra saqueándole el café en lugar de trabajar.

 

(Humberto lleva una taza con café a Marino.)

 

HUMBERTO. — Sólo puede despedirme, como a tantos otros de sus empleados.

 

(Marino recibe la taza.)

 

MARINO. —No creo que lo haga. Usted es un empleado diligente, Humberto.

HUMBERTO. — Si usted lo dice.

MARINO. —Un padre que ha sabido educar a sus hijos.

HUMBERTO. — Gracias.

MARINO. — Si Doña Porcia sufriese un infarto en este instante, Eliana heredaría y usted, gracias a su hijo, le supervisaría su negocio.

HUMBERTO. — (perplejo) ¡Lo que usted dice es… perverso!

MARINO. — Si es perverso decir lo que le conviene...

AMINTA. — (a Marino) ¿Quiere usted decir que Eliana y Kennedy...?

MARINO. — Yo mismo los vi a las puertas de Los Cinco Sentidos.

HUMBERTO. —Me pregunto que hacia usted en aquel motel.

MARINO. — (Observando a Aminta) Lo que hacen todos los hombres y mujeres que lo frecuentan.

AMINTA. — (rápidamente)Lo hará sufrir. Esa niña no lo quiere; anda encaprichada.

MARINO. — ¿Cómo lo sabe?

 

(Aminta mecanografía.)

 

AMINTA. — Kennedy tiene talante para soportarla. Es atrevida, impertinente e irrespetuosa.

MARINO. — Es la hija de su patrona, y además su confidente, según veo.

AMINTA. — Hay quienes confunden la amistad con la amabilidad.

MARINO. — (A Humberto) No se avergüence, Humberto. Todos los obreros se enorgullecen de Kennedy. Sienten que su trabajo redunda en beneficio de uno de los suyos. Los Cinco Sentidos es un sitio costoso. También yo, durante mi juventud, me enamoré de una muchacha de abolengo.

HUMBERTO. — ¿En serio?

MARINO. — Una tragedia. La sociedad la puso fuera de mi alcance. Pero no me arrepiento. Eliana es una doncella promisoria; habla inglés y francés, y estudia mandarín.  Pero no somos de su clase.

AMINTA. — Tal vez con el tiempo Eliana sea tan famosa como la senadora Gancourt.

MARINO. — Dios nos libre.

AMINTA. — A usted toda la gente le desagrada.

MARINO. — Esa mujer se ha hecho célebre a nuestras expensas, Aminta.  Dígame, ¿qué ha hecho la senadora por este país?

AMINTA. — Ha denunciado nuestra corrupción.

MARINO. — ¿Ante quién? La muy campante sale y publica un libro en Francia, en francés, en él que los europeos descubren la Colombia que siempre han soñado, un híbrido entre los diarios del Che Guevara y las narraciones de García Márquez: una república bananera de ricos y pobres, de analfabetas y tiranos, de matarifes y corderos, y sobre todo de gente crédula.

AMINTA. — ¿Y no es así?

MARINO. — ¡No!

AMINTA. — ¿No se queja usted de la corrupción de nuestros líderes?

MARINO. — ¿Y no hay líderes corruptos en Francia? ¿En los Estados Unidos? ¿En Inglaterra? Es cierto que hay corrupción en Colombia, pero eso no ocurre a causa de nuestra ignorancia, sino de la organización política de los estados más pudientes del orbe, que permite a unos cuantos depositar el fruto de sus picardías a una cuenta bancaria con la complicidad secreta de algún país industrializado. Según la senadora Gancourt lo que nosotros debemos hacer es viajar a Francia, estudiar en una universidad y regresar a nuestra tierra a gobernar a quienes de otro modo jamás superarán su infancia. Ella haría mejor quedándose en Europa, en donde ahora la admiran como la nueva heroína de nosotros, pobres tercermundistas analfabetos, desvalidos y retardados mentales.

AMINTA. — Usted exagera.

MARINO. — ¡No! La senadora Gancourt se condenó a sí misma al asegurarle a los europeos que nosotros la elegiríamos como presidente este año. La muy optimista se ha visto obligada a lanzar su candidatura. Si no lo hace los franceses la tomarán por una embustera.

HUMBERTO. — No va a ganar.

MARINO. — Exactamente. Será el hazmerreír del año. Nadie duda, ni ella misma, de que con un respaldo de apenas el dos por ciento del electorado adulto, la senadora Gancourt sufrirá una derrota humillante. Así que no me contradiga, Aminta.

AMINTA. — (irónica) Usted tiene toda la razón, don Marino. La próxima vez seré muda, y todo oídos, como ese diván.

MARINO. — Ahora se burla usted de mí.

 

(Aminta lo observa en silencio. Pausa)

 

HUMBERTO. — Quería hablar con usted, don Marino.

MARINO. — ¿Sí? HUMBERTO. — La milicia quiere llevárse a Kennedy al cuartel.

MARINO. —Yo ya le dije que no había razón para preocuparse. Como bachiller, su hijo tendrá un trato preferencial.

HUMBERTO. — La situación va de mal en peor. La insurgencia ha minando la tercera parte de este país. Basta con que lea los periódicos. ¿Si supo de la muerte de Edelmiro?

MARINO. — ¡Ah! Sí. HUMBERTO. — Si doña Porcia no lo hubiera despedido.

MARINO. — Murió en su ley. (A Aminta:) Ya me preparó los libros?

 

(Aminta deja de mecanografiar.)

 

AMINTA. — Desde el lunes.

MARINO. — ¿Podría revisarlos? Un sólo error nos perjudicaría.

AMINTA. — Los revisé varias veces

HUMBERTO. — Quisiéramos hablar a solas por un momento Aminta.

 

(Aminta se levanta y sale.)

 

AMINTA. — ¿Para que tantas ambigüedades, don Marino? Sé oler sus negocios privados mejor que nadie.

MARINO. — Gracias, preciosa.

 

(Aminta sale.)
 
Escena 3
Humberto, Marino

 

(Marino se levanta.)

 

MARINO. — Usted ya sabe que el primo de mi cuñado puede sacar a Kennedy de semejante apuro.

HUMBERTO. — ¿Cuánto sería?

MARINO. — Cien mil barras. Es auténtica. No trato con falsificadores.

HUMBERTO. — Usted sabe que apenas devengo cincuenta mil pesos por mes, Don Marino.

MARINO. —Por diez mil pesos puedo recomendar a Kennedy para que trabaje en la oficina del mayor; no lo enviarán ni a los campos minados ni a campañas de exploración.

 

(Humberto ríe nervioso.)

 

HUMBERTO. — Tampoco quiero verlo guardándole las frazadas a sus superiores.

MARINO. — (Sonríe.) Seré sincero con usted, Humberto. Este primo me ofrece veinte mil pesos de comisión por cada libreta militar. Usted es un muchacho trabajador, y yo no seré tan inhumano como para permitir que su hijo se sacrifique en un campo de batalla. Le diligenciaré su tarjeta militar por noventa mil pesos.

HUMBERTO. —No puedo.

MARINO. — Usted me ofende, Humberto. No soy un limosnero. También paso necesidades.

HUMBERTO. — (alicaído) Discúlpeme, don Marino. No tengo ese dinero. No discuto su comisión; es justa. Si usted me ayuda ahora yo le pago en diciembre, cuando reciba la prima.

MARINO. — No.

HUMBERTO. — ¿No conoce usted a alguien más?

MARINO. —Si usted no tiene dinero no veo solución, Humberto, a menos que…

HUMBERTO. — Dígame.

MARINO. — Kennedy preñase a Eliana.

HUMBERTO. — Eso sería irresponsable.

MARINO. — ¿De parte suya o de él?

HUMBERTO. — Soy incapaz de insinuárselo.

 

(Pausa.)

 

MARINO. — ¿Dígame, Humberto, su esposa trabaja?

HUMBERTO. — En la casa.

MARINO. —Es una pena que usted asuma la responsabilidad de sus tres hijos con un sueldo único. ¿Por qué no comienza su propio negocio, con uno o dos socios?

HUMBERTO. — ¿Quiénes?

MARINO. — Aminta, por ejemplo. Es una mujer todavía atractiva, y es infeliz en su matrimonio; hace poco la oí decir que quería divorciarse. Su marido es un abusivo. Un desempleado, y, ¿si vio la nueva camioneta en la que anda? Aminta se la regaló. Si yo estuviera en su lugar le propondría que invirtiese su dinero en una empresa de ventanería de aluminio.

HUMBERTO. — ¿Usted cree?

MARINO. —Su mujer envejece. Y Aminta, ¿si se ha fijado en el modo en que lo mira? Sus manos se crispan cada vez que usted franquea el umbral de esta puerta. Aún recuerdo las veces en que ella lo llamó para saber de su estado de salud, el año pasado, cuando usted se enfermó de hepatitis. No hubo mañana en que no nos mantuviese al tanto de su recuperación. ¡Bastante nos divertimos con su asco por el jugo de espinacas!

HUMBERTO. —De zanahoria.

MARINO. — De modo que, ¿cómo no voy a caer en cuenta de su infidelidad?

HUMBERTO. — Usted habla demasiado, don Marino. Perdóneme que se lo diga. MARINO. — Perdonado. Espero que usted me perdone igualmente cuando le diga que los libros de cuenta de esta empresa han sido adulterados por usted y Aminta.

HUMBERTO. — ¿Cómo?

MARINO. — Una reacción aceptable: indignado y confundido al mismo tiempo. Pero insuficiente. Usted debería haberse enojado, como cuando doña Porcia lo acusó de haberle quebrado una hoja de vidrio adrede. No se avergüence, Humberto. Nadie está libre de culpa. Ya ve usted como empezó doña Porcia, contrabandeando Huevos de Venezuela. Inestabilizando la economía de nuestro país.

HUMBERTO. — He sido un hombre honesto, don Marino.

MARINO. — Todos lo somos, aunque es verdad que hoy día los únicos que van a la cárcel son los crédulos.

 

(Poseído de una furia repentina, Humberto toma a Marino de la solapa, enarbolando su puño en el aire.)

 

HUMBERTO. — ¿Por quién me toma usted? Manuel Gamarra, de Barbosa, mi padre, siempre me dijo que prefería verme bajo una lápida que tras las rejas.

MARINO. — Lápida que será para Kennedy, si usted no me suelta de inmediato.

 

(Humberto lo suelta y le da la espalda contrito.)

 

MARINO. — Préndame de nuevo y lo veré prostituyendo a su hija sobre la carrera quince.

 
Escena 4
Aminta, Humberto, Marino

 

(Aminta entra con dos libros voluminosos que entrega a don Marino.)

 

AMINTA. — Las doctoras de la oficina de impuestos preguntan por usted, Don Marino.

MARINO. — (Despectivo) ¡Doctoras!

 

 (Marino toma su agenda, los libros y sale.)

 
Escena 5
Aminta, Humberto

 

HUMBERTO. — ¿Y la vieja?

AMINTA. — Llegó con Eliana.

 

(Humberto se precipita a guardar el café y a ordenar las tazas. Voces se escuchan desde afuera.)
 
Escena 6
Aminta, Eliana, Humberto, Porcia

 

PORCIA. — (O.S.) O hace parte de los entrenamientos con la profesora de danza, o viene a trabajar conmigo en las tardes.

ELIANA. — (O.S.) ¡Por Dios, Mamá ! El equipo de natación de la universidad me necesita!

 

(PORCIA, una mujer de unos cincuenta años, robusta y dominante, entra justo cuando Humberto termina de guardar las tazas. ELIANA la sigue.)

 

PORCIA. — Nadie es necesario en ninguna parte. Si los fariseos prescindieron de su Mesías, usted puede prescindir de aquellos cazafortunas.

ELIANA. — ¿Cazafortunas?

PORCIA. — Me refiero a esos físicoculturistas que las entrenan; son cerdos amancebados ¡Me he percatado de sus miradas codiciosas!

ELIANA. —Raúl es un hombre casado.

PORCIA. — Desde hoy Eliana nos honrará de nuevo con su colaboración. (Aminta.) Necesito que me contabilice las horas que ella trabaje en esta oficina. (A Humberto) ¿Los muchachos ya terminaron las divisiones de baño de la Escuela de Señoritas?

HUMBERTO. — (titubeante) Creo que... sí.

AMINTA. — (ofreciendo a Humberto las transcripciones mecanografiadas) La patrona se refiere a la nueva sección. Usted me disculpará, doña Porcia, pero don Marino me ha mantenido ocupada, haciendo los preparativos para la visita de los inspectores de la oficina de impuestos.

 

(Eliana se sienta a cambiar las baterías de su radiotransistor.)

 

PORCIA. — Anoche le dije que el contrato no podía esperar. ¿O es que usted cree que las hijas de las mejores familias de Bucaramanga se van a duchar impúdicamente?

AMINTA. —Don Marino...

PORCIA. — ¡No hay santo que valga!

 

(Silencio. Porcia mira a Humberto, quien se precipita hacia el taller.)

 
Escena 7
Aminta, Eliana, Porcia

 

PORCIA. —Usted le da demasiada importancia a mi asistente. Don Marino no es más que un subalterno. ¿A que hora llegó hoy el viejo perezoso?

AMINTA. —A tiempo.

PORCIA. — Seguro... ¿Ya concertó la cita con el doctor Ardila?

AMINTA. — (nerviosa) Su teléfono ha estado ocupado.

PORCIA. — ¡A otro con esa historia! Ayer le hablé muy claro de la manera de proceder con sus cheques devueltos.

 

(Pausa)

 

PORCIA. — ¿Qué espera?

 

(Aminta busca su libreta de teléfonos entre sus papeles; sus manos tiemblan.)

 

PORCIA. — Otra mañana que le pago en balde. ¡Holgazanes hambrientos! ¡Gracias a Dios que los préstamos me sostienen! ¡Y el gobierno en su corrupción los alcahuetea! No la despido porque no quiero que su marido le rompa de nuevo esa quijada de yegua.

 

(Aminta llora desconsoladamente.)

 

PORCIA. — !Eso es! ¡Llore! Así la gente se convencerá de que soy un ogro.

 

(Porcia suspira impaciente y sale.)

 
Escena 8
Aminta, Eliana

 

(Eliana va a la puerta, otea el espacio fuera de escena y regresa.)

 

ELIANA. —Se fue a hablar con los agentes del gobierno.

 

 (Aminta corta su llanto y bebe de su vaso de yogur. Eliana le ofrece dos pastillas de goma de mascar.)

 

ELIANA. — ¿Lo de la quijada rota fue en serio?

AMINTA. — Solo me la dislocó.

ELIANA. — ¡Que bestia!

AMINTA. — Es mi marido.

ELIANA. — A mi edad no puedo comprender las mortificaciones del matrimonio. Apenas vivo mi etapa erótica, como diría mi profesor de filosofía. Pero tal vez con el tiempo también me canse.

 

(Eliana toma una calculadora y ejecuta algunas operaciones en ella, las cuales anota cuidadosamente sobre una hoja de papel.)

 

AMINTA. — Si su mamá la oyese.

ELIANA. — Me gustaría ser una prostituta, ¿sabe? Como la mujer de Belle de Jour.  He oído que varias compañeras de clase lo son. Es la pobreza; la decadencia de nuestra clase acaudalada, una vez pierde su caudal. (Anota) No me malinterprete. Aunque los hombres me hayan acariciado, yo aún soy virgen... (Anota) No sólo por devoción, sino porque aún no me he enamorado. (Anota) Déjeme ver. Un kilómetro por semana...

AMINTA. — (viperina) ¿Y Kennedy?

ELIANA. — (Demasiado rápido, en un afán por ocultar su sorpresa) Es todo un recorrido.

AMINTA. — Más o menos.

ELIANA. — Veinte metros por minuto.

 

(Aminta telefonea.)

 

AMINTA. — Tengo un dolor de cabeza...

ELIANA. — Sesenta metros por acto.

AMINTA. — (hablando a través del teléfono) ¿Doctor Ardila? Habla la señorita Díaz, de Vidriovencol limitada. ¿Cómo está?... Llamaba para informarle que su cheque ha sido devuelto... Doña Porcia quiere concertar una cita con usted, sí... Y no se olvide de mi recado... Le daré el mensaje.

 

(Aminta cuelga. Eliana le alarga el papel, pero Aminta lo ignora.)

 

ELIANA. — ¿Puedo saber porqué me pregunta sobre Kennedy? No vivo con él para estar al tanto de su paradero.

AMINTA. — La han visto con Kennedy en hoteles de mala muerte.

ELIANA. — Calumnias.

AMINTA. — A mí me tiene sin cuidado lo que la gente murmure. Nuestros padres fueron campesinos supersticiosos, y es obvio que entre la mojigatería y la voluptuosidad prefieran la hipocresía. Pero permítame que le pregunte. ¿Usted usa algún método anticonceptivo?

ELIANA. — Soy virgen, ya se le dije.

AMINTA. — Justo lo que me lo temía.

ELIANA. — ¿Qué insinúa?

AMINTA. — Kennedy es un candidato para el frente del ejército, y la mejor manera de que él permanezca en la ciudad es mediante un embarazo.

ELIANA. — (con sorna) Usted no lo conoce, Aminta.

AMINTA. — Su padre no tiene dinero para comprarle una libreta militar. Humberto mismo me lo ha dicho.

ELIANA. — (cáustica) No lo culpo. Humberto siempre ha mantenido a dos mujeres.

 

(Pausa)

 

AMINTA. — Kennedy es un buen muchacho, pero lo que él más desea es partir de su casa.

ELIANA. — El ejército puede ayudarle. A lo mejor lo envíen al Sinaí. El me dice que allí los cuarteles militares son tan lujosos como en cualquier hotel de Europa.

AMINTA. —Kennedy es un mitómano. En el Sinaí el inglés es un requisito. Sé que él obtuvo su título de bachiller a duras penas. Algo que Kennedy no le habrá contado, por supuesto. Si el ejercito lo selecciona lo conozco capaz de todo, hasta de matar.

ELIANA. — ¡Su amargura me saca de quicio, Aminta! ¿Es a causa de su trabajo como secretaria? ¡Usted no es la única que agoniza en este hueco! Mi mamá no disfruta provocando esta miseria. Usted abusa de su posición. Deberíamos cortarles la lengua a todos los insidiosos por decreto. Lo más lamentable es que aún así la estimo… Mi intimidad es asunto mío y sólo mío, ¿me entiende?

 

(Aminta mecanografía.)

 

AMINTA. —Pero no se enoje, Eliana. Usted sabe cuanto la aprecio. Sólo pienso en su bienestar.

 

(Aminta la mira fijamente.)

 

ELIANA. — No crea que se va a granjear mi amistad de esa manera. (Sonriendo) En fin, olvídemelo; estoy segura de que tiene bastante trabajo por hacer.

 
Escena 9
Aminta, Daniela, Eliana, Enriqueta, Marino, Porcia

 

(Doña Porcia entra con un documento entre sus manos. La sigue Marino, Enriqueta y Daniela, empleadas gubernamentales, de rostros lívidos que pregonan su abolengo; visten bufandas grises, blusas blancas y faldas oscuras. Sus gargantas, encadenadas en oro, soportan dos cráneos altivos bajo empastes de cabello, laca y colorante. Su cutis, ligeramente embadurnado de afeites, parece apuntillado por pesados aretes de esmeralda laboriosamente incrustados en orejas prematuramente contraídas. Los ojos de roedor y los pómulos macizos de Enriqueta descollan sobre las pupilas inflamadas y la tez lozana de Daniela.)

 

PORCIA. — (soez) Salúdeme a Daniela y Enriqueta. (Meliflua) Esta es la oficina que media con los obreros. Aminta, mi secretaria; y esta es Eliana, mi hija única.

ELIANA. — ¿Son ustedes las doctoras de la oficina de impuestos?

ENRIQUETA. — (Ignorándola) Que niña tan simpática; que ojos tan encantadores. (A Porcia) ¿Viene a trabajar con usted?

PORCIA. —Durante las vacaciones. Eliana tiene talante de negociante.

ENRIQUETA. — Qué constancia. Mi marido tiene una agencia de viajes, pero ni a los golpes podemos obligar a nuestras hijas para que nos ayuden. (Reparando en el radiotransistor) ¿Qué escucha?

ELIANA. — Classics.

ENRIQUETA. —Es lo mejor para conciliar el sueño.

PORCIA. — Aunque Eliana duerme poco.

ENRIQUETA. — No me diga...

PORCIA. —El juicio se lleva en la sangre. Mi hija me ayuda a cotizar las ventas menores. Es una de las alumnas preferidas del profesor de matemáticas.

 

(Enriqueta toma la hoja de papel en la cual Eliana hiciera sus cálculos.)

 

ENRIQUETA. — ¿Y qué tenemos aquí? ¿Los cálculos de una venta reciente?

AMINTA. — (sardónica) Si la gente paga con kilómetros.

ENRIQUETA. —. Mil por semana...

DANIELA. — (a Porcia) ¿La ciudadana podría enseñarnos el libro de ingresos?

MARINO. — Aquí lo tiene, mi señora.

 

(Marino avanza y lo coloca abierto sobre el escritorio. Daniela lo hojea. Enriqueta observa la oficina con el mirar severo de un empleado público malpago.)

 

DANIELA. —Ni soy señora, ni soy suya. Señorita.

MARINO. —Señorita, disculpe. A mi edad los ojos engañan.

DANIELA. —Preferiría que me llamase doctora Contreras, si

 al ciudadano no le incomoda.

MARINO. — (melifluo) ¿La doctora estudió economía?

DANIELA. — ¿Y usted qué cree?

MARINO. — Si le puedo ser sincero, que no.

 

(Eliana carcajea.)

 

DANIELA. — ¡Impertinente! ¿Cree usted que nuestro gobierno emplea a gente iletrada?

MARINO. — Si le puedo ser sincero, sí.

 

(Eliana carcajea.)

 

DANIELA. —Ya veremos a dónde lo llevan sus bromas, si le puedo ser tan sincera.

MARINO. — Disculpe...

DANIELA. —Ahórrese sus disculpas. Entre tanto, como empleada de la patria le exijo que me distinga con mi título. (A Porcia) Veo que su empresa ha tenido pérdidas en los últimos seis meses.

MARINO. — Desafortunadamente. Con precisión desde el comienzo del nuevo año fiscal.

PORCIA. — Con la desertificación de los Estados Unidos el negocio de la finca raíz se ha ido al suelo. Los culpables son los congresistas; con la apertura comercial. Y todos los artículos medicinales se importan del Ecuador. ¡Dios mío! ¿Quién creería que antes teníamos catorce empleados y ahora ya sólo me quedan diez?

ENRIQUETA. —En tal caso ustedes tendrán que cerrar el negocio para fin de mes.

 

(Silencio. Porcia se mueve tranquilamente ante el estupor general. Daniela continúa estudiando las cuentas del libro de ingresos.)

 

PORCIA. —Es verdad. Mis enemigos me han llevado al borde de un colapso nervioso. Ayer, por ejemplo, perdimos un negocio cuantioso. Yo coticé el trabajo en diez millones de pesos, y SOTRACOL se ofreció a terminarlo por cinco. Es el lavado de los dólares. Soy una mujer honrada, que aún se mantiene a flote con dignidad en este mar de piratas y tiburones. He rechazado todas las picardías de moda; exportaciones ilícitas a la Argentina, contratos con difuntos, tráfico de licores y armamento, compra de plantaciones de coca en la amazonía, venta de votos e influencias con los congresistas. Pero SOTRACOL las ha asumido todas con impunidad.

MARINO. — (asustado) ¡Doña Porcia! ¡No tiene pruebas!

PORCIA. — ¿Qué otra prueba que sus ventas bajo el costo de producción?

 

(Porcia irrumpe en un llanto jadeante. Marino le alarga su pañuelo.)

 

DANIELA. —La ciudadana puede establecer una demanda por la protección de sus intereses. Puedo recomendarla al fiscal ahora mismo, si le parece.

PORCIA. — No, gracias… Otro día tal vez…

DANIELA. —Lamentamos el estado de sus finanzas, Doña Porcia, pero el gobierno nacional requiere de liquidez financiera. Vivimos en estado de sitio.

PORCIA. —No me lo recuerde. También yo veo los telenoticieros. Nuestros muchachos necesitan de un mejor armamento. En la lucha contra los grupos terroristas yo sería la primera en donar el dinero necesario para eliminar la mala hierba.

ENRIQUETA. —En ese caso una donación de seis millones de pesos nos sería más que propicia por este año fiscal.

PORCIA. — ¿Seis?

DANIELA. —O si la ciudadana así lo prefiere, escribiré un comunicado sobre el estado de la contabilidad de su empresa. Si todo está en orden no tendrá nada que temer. Pero un solo error en una simple factura será suficiente para que la República la sancione.

 

(Porcia cae en la silla mas próxima, respirando con dificultad.)

 

ENRIQUETA. — O, lo que sería más lamentable, para que un juez la condene por enriquecimiento ilícito.

MARINO. — (susurrando) Debemos hablar.

PORCIA. —Discúlpenme; este despacho me sofoca.

 

(Porcia avanza hasta el proscenio. A un ademán Marino la sigue. Porcia recobrará paulatinamente su frialdad y energía durante esta breve conversación. Los demás actores permanecerán en sus lugares, observándolos.)

 
Escena 10
Marino, Porcia

 

PORCIA. — ¿A cuánto ascenderían las multas?

MARINO. — A cinco millones, si optamos por la vía legal; si obramos con hipocresía tendríamos que remunerar a las empleadas públicas con cuatro millones.

PORCIA. — ¿Con hipocresía?

MARINO. — Quiero decir 'por debajo de cuerda': esa es nuestra expresión coloquial. Pero hipocresía es más adecuada; en griego hipo significa bajo, y cresía juicio. ¡Bajo juicio!

PORCIA. — Usted es toda una enciclopedia, Don Marino. ¿Qué me aconseja?

MARINO. —Lo mejor sería pagar un millón de más, y no satisfacer la altanería de estas mentecatas.

PORCIA. —Un millón duele. ¿No podríamos regatear?

MARINO. — Si usted me deja a solas con Enriqueta. De la ciudadana no me fío.

PORCIA. —Trate de que nos eximan por dos años.

 

(Porcia recobra la palidez de sus mejillas.)

 
Escena 11
Aminta, Daniela, Eliana, Enriqueta, Marino, Porcia

 

PORCIA. — (a Aminta) ¿Pudo comunicarse con el Doctor Ardila?

AMINTA. —Debe llegar de un momento a otro. Parecía ansioso de verla. Usted sabe lo cortante que es él a veces.

PORCIA. —Eliana, Aminta, acompáñenme a la oficina. Don Marino tiene asuntos pendientes con la Doctora Zea.

DANIELA. — Y conmigo.

MARINO. — ¡Desde luego! Con la señorita y doctora Contreras.

 

(Eliana, Porcia y Aminta salen.)

 
Escena 12
Daniela, Enriqueta, Marino

 

ENRIQUETA. — ¿Que decidieron?

MARINO. —Dos millones. Uno para el gobierno, uno para ustedes.

 

(Daniela ríe.)

 

DANIELA. — ¿Por quién nos toma?

ENRIQUETA. —Le ofrecemos una salida honorable, tanto para su ciudadanía jurídica como natural. Nos tranzaremos por cuatro millones.

DANIELA. — No somos truhanes.

 MARINO. —Seamos francos por una vez. A mi me da igual si ustedes nos arruinan o no. El salario que devengo aquí es una miseria. El de ustedes también lo es. Así que oigan con atención. Les puedo conseguir tres millones de pesos si ustedes están dispuestas a pagarme una comisión sustanciosa por mis esfuerzos.

ENRIQUETA. — ¿Y por cuánto sería?

MARINO. —Medio millón.

DANIELA. —No lidiamos con terceras partes.

 

(Daniela toma sus documentos. Enriqueta la prende del brazo.)

 

ENRIQUETA. —No creo que su mediación sea despreciable. La propietaria podría ofenderse, y en ese caso ninguna de las dos obtendría beneficio alguno. Todo el dinero redundaría en favor del gobierno.

DANIELA. —La sinvergüencería de nuestros políticos asquea, pero la dueña de esta empresa no se lamenta: exagera. Ya la daré una buena lección.

ENRIQUETA. —Usted es soltera, pero yo tengo tres hijas que alimentar. En las condiciones actuales no hay salario que resista; hay que rebuscarse.

DANIELA. —Pobre es el que desea más de lo que tiene.

ENRIQUETA. — ¡Sea más sensata, Daniela! ¡Son tres millones! ¿Los malgastaría por ver sufrir a una desconocida?

DANIELA. — Las lágrimas de cocodrilo de esa ciudadana no me conmueven.

ENRIQUETA. —A mí tampoco, ni a los demás, ni a nadie, pero en estos momentos tenemos que lidiar con ella.

DANIELA. —En tal caso dividámonos los tres millones entre las dos. Ambas certificaremos que las cuentas de este negocio son correctas.

ENRIQUETA. —Enviarán a otro supervisor.

DANIELA. — En uno o dos meses. No es seguro; además ese ya no será nuestro problema. Siempre podemos aducir que cometimos un error de cálculo.

ENRIQUETA. — Usted se olvida de la comisión del contador…

DANIELA. — (despectiva) ¡Contador! Ya me encargaré de aleccionarlo.

 
Escena 13
Aminta, Daniela, Eliana, Enriqueta, Porcia

 

(Kennedy entra; es un muchacho alto, desgarbado, de rostro simétrico lacerado por el acne. Marino lo mira con espanto, pero Enriqueta y Daniela no reparan en su llegada.)

 

DANIELA.— (en voz alta) Mi compañera y yo hemos llegado a un acuerdo. Queremos tres millones para las dos; su comisión será todo el dinero adicional que consiga de Doña Porcia, no importa la cantidad.

MARINO. — ¡Muy apropiado! Pero no puedo recibir comisiones; soy solo un administrador. ¡Kennedy! ¿Puede esperar afuera unos segundos? Tengo asuntos importantes que tratar.

 

(Kennedy se sienta frente al escritorio, desafiando a Marino con su mirada. Marino, visiblemente molesto, deja la oficina seguido de Enriqueta y Daniela.)

 

MARINO. — (VO) Estos jóvenes de hoy en día tienen modales especiales. Iremos a la cafetería.

 

(Daniela desliza sus pupilas agriamente desde el cráneo de Kennedy hasta sus zapatos raídos y ahuecados, frunciendo su boca en un ademán de desprecio. Kennedy, en respuesta, reposa sus manos sobre sus órganos genitales.)

 

KENNEDY. — (lascivo) ¿Qué busca?

 

(Daniela examinó todos los objetos dispuestos a su alrededor, atrayendo —a la par que evitando—, su mirada insistente, hasta cuando sale en pos de Marino y Enriqueta.)

 
Escena 14
Kennedy

 

(Kennedy mira el vaso de yogur sobre el escritorio; mira a la puerta; se levanta, toma el vaso y se lo lleva a sus labios.)

 
Escena 15
Aminta, Kennedy

 

(Aminta entra rauda y emite un breve grito ahogado. Kennedy reacciona torpemente y derrama parte del contenido del vaso sobre el escritorio. Aminta ríe. Kennedy enrojece avergonzado y se dispone a salir, limpiando sus manos en sus ropas. Aminta habla mientras extrae una lanilla roja de su escritorio y, acercándose a Kennedy, le seca las manchas de yogur sobre sus ropas. Una hoja de papel cae al suelo. Aminta la toma y la examina.)

 

AMINTA. — ¿Qué es esto?

KENNEDY. — Nada.

AMINTA. — (Leyendo)

¿De dónde vienes Papá?

Jamás me has revelado tus secretos;

Antes me abrazabas en el aire

Para que no cayese quebrado sobre el polvo;

Antes te abrazaba temeroso

De resbalar inerme desde las ruedas mecánicas:

La ciudad era oscura, vacilante y producía vértigo;

Tus brazos poderosos me recogían

Prestos de entre el polvo,

Cuando ya nadie más me defendía:

Los gamines me herían con sus golpes.

Lejos, siempre lejos, esos brazos escaparon

Abandonándome a merced de estas corrientes.

Culpo a los años que te debilitan;

Culpo a esta, mi fortaleza, que poseo y no deseo

¿Es una carta?

KENNEDY. —Un poema.

AMINTA. — ¿Cuánto tiempo le tomó escribirla?

KENNEDY. — Una mañana. ¿Le gusta?

AMINTA. — (nerviosa; tratando de apaciguar la incomodidad) Humberto ha estado muy preocupado por su situación militar. Los soldados son los hijos de la gente pobre. Don Argemiro, mi vecino, me dice que es inaudito que uno invierta tanto dinero en un hijo para que el ejército lo ponga a la vanguardia y lo sacrifique en un par de horas. El lo dice con autoridad; perdió a sus dos críos y ya sólo le espera una vejez miserable, con una pensión de caridad.

KENNEDY. —No somos pobres. Y el ejército no es una mala experiencia, como dicen. Uno viaja, conoce gente.

AMINTA. — ¿Y si le gusta porque no se subscribió en las listas de su colegio?

KENNEDY. — Sólo me interesa la armada, o la aviación.

AMINTA. —Típica mentalidad de macho. Pero las mensualidades son demasiado elevadas. ¿Quiere yogur?

KENNEDY. — (ruborizado) No...

AMINTA. — (maternal) Educar a un hijo produce sinsabores. De pequeños saltan en las calles, en donde el ímpetu de los carros amenaza con arrollarlos; en la escuela se contagian de todo tipo de bacterias, y si entonces no se enferman mueren de dolores nocivos en la vida adulta; los profesores los abusan con sus notas; y ya en la adolescencia están sujetos a los caprichos de las mujeres.

KENNEDY. —Nunca he permitido que un profesor abuse de su poder conmigo.

AMINTA. — Cierto. Humberto me contó de su pleito con el profesor de paleografía. ¿Y qué me dice de las mujeres?

KENNEDY. — Tengo poco que decirle. Usted misma es una mujer. No frecuento los prostíbulos. Soy demasiado apuesto para eso.

AMINTA. — ¡Vanidoso! ¿Cuántas novias tiene?

KENNEDY. — Una.

AMINTA. — ¿Sólo una? A su edad Humberto andaba con tres.

KENNEDY. — Quizá ahora ande con dos.

 

(Aminta se ruboriza y mecanografía furiosamente.)

 

KENNEDY. — Soy prudente, pero ya que usted me obliga a tocar este asunto, ha de saber que mi madre está bastante preocupada por el bienestar de mi padre. Francisco es un hombre violento y ya varias veces la ha zurrado a usted, lo que le ha merecido varias visitas al hospital. Así que si en algo aprecia usted a mi padre, se lo ruego, déjelo.

 

(Aminta cachetea a Kennedy.)

AMINTA. — ¡Renacuajo impertinente!

 

(Kennedy recula pasando su palma sobre su mejilla y escupe sobre el baldosín, cerciorándose de que no sangra.)

 
Escena 16
Aminta, Humberto, Kennedy

 

(Humberto entra con una pieza de aluminio en sus manos.)

HUMBERTO. — ¿Qué hace usted tan temprano por acá? Lo esperaba al mediodía.

KENNEDY. —Estoy de vacaciones. Necesito que me cancele la deuda que tenemos pendiente.

HUMBERTO. — ¿Para qué?

KENNEDY. — Iré a ir a jugar billar con unos amigos.

HUMBERTO. —Lo del ejército está primero. Además yo ya le dije que no le iba a dar más plata para vicios.

KENNEDY. — ¡Es mi único pasatiempo!

HUMBERTO. — (con sorna) ¡El billar! No crea que a mí no me cuentan con quien anda; dígale a esa muchachita que le subvencione sus apetitos.

KENNEDY. —No le pido dinero. Es una deuda.

HUMBERTO. ¡Ah! ¿Si? ¿Cómo consiguió ese dinero?

KENNEDY. —De mi mesada.

HUMBERTO. — ¿Y quién le da su mesada? Yo. Luego, si hablamos de quien cobra las deudas primero, usted me saldría a deber una fortuna.

KENNEDY. —Fueron dos mil pesos que le presté para el mercado de la semana pasada.

HUMBERTO. —Comida no le faltó.

KENNEDY. —Pero...

HUMBERTO. —Ya le pagaré mas tarde. Ahora váyase.

KENNEDY. — Creí que íbamos a tratar de lo del ejército.

HUMBERTO. — (con embarazo) Sí, pero ya hablé con don Marino. No se preocupe; ya veré que solución encuentro. Tal vez pueda conseguirle un puesto regular como secretario de algún general. Y ahora vuelva a casa y ayude a su mamá con la limpieza, o váyase a practicar algún deporte sano, como el atletismo, que ya bastante trabajo tengo por hacer.

KENNEDY. — ¡Tome su dinero entonces! No lo necesito; y no se preocupe por diligenciarme mi tarjeta militar: hoy mismo me presentaré al cuartel como voluntario.

HUMBERTO. —Me alegra que piense de ese modo. Ahora vuelva a la casa, que su mamá lo espera.

KENNEDY. —No ocurrirá de nuevo. Pero mi decisión es libre; no crea que me he vuelto más sumiso.

HUMBERTO. — No hay nada más que discutir.

KENNEDY. —Nuestro pasado es doloroso, marcado por maltratos, abusos, burlas, desprecios, mentiras, insidias; todo pasa, pero ni usted está dispuesto a cambiar, ni yo a que se repita. Su indiferencia, justo ahora, cuando la guerra civil progresa, es una prueba fehaciente de lo que digo.

HUMBERTO. —A usted lo que le hace falta es sufrir.

KENNEDY. —Dígale eso a mi hermana.

HUMBERTO. —Matilde tiene sus propios problemas.

KENNEDY. — ¿Cómo no? Semejante drogadicta desaplicada.

HUMBERTO. — ¡No admitiré que se burle de su hermana en mi presencia!

KENNEDY. — ¿Porqué no la envía a un centro de rehabilitación? La cuenta le saldrá menos costosa que el despilfarro de sus quince años.

HUMBERTO. — ¡Usted siempre recriminándome por esa fiesta! ¿Qué sabe usted de nuestras convenciones sociales? Una mujer debe destacarse en sociedad; es el único modo de que consiga un buen marido.

KENNEDY. — ¿Marido? Creí que usted la enviaría a estudiar a Bogotá.

HUMBERTO. —Todavía no lo he decidido.

KENNEDY. —Lamento que Matilde haya reprobado este año.

HUMBERTO. — ¿Cómo?

KENNEDY. —Es lo que sus amigas me contaron; perdió tres materias. Un incidente desagradable; pero tal vez usted pueda ayudarla. Simplemente llame a una de sus profesoras y ofrézcale un obsequio generoso.

HUMBERTO. —Usted la envidia.

KENNEDY —En ese caso es su deber preguntarse sobre los motivos de esa envidia.

HUMBERTO. — ¡Resentido!

KENNEDY. —Eso es: insúlteme; no soy su hijo, sino otro de sus subalternos. Su amor no es generoso, sino esporádico y calculado. No soy tan retardado como para no darme cuenta de sus preferencias.

HUMBERTO. —¡Compórtese como un hombre!  ¡Sea hombre!

KENNEDY. —Eso haré, con un fusil, disparando a cualquiera que se cruce conmigo. ¡Ni se le ocurra venir al cuartel a visitarme!

HUMBERTO. — ¡Ya le cogió usted las tres patas al gato! Una más y tendré que ensañarle a refrenarse.

KENNEDY. — ¿Refrenarme? ¿Con quién? ¿Con un ladrón adúltero?

 

(Aminta grita. Humberto se abalanza sobre Kennedy y lo golpea.)

 
Escena 17
Aminta, Eliana, Humberto, Kennedy

 

(Eliana entra.)

 

HUMBERTO. — ¿Y quién se cree usted para andar cogiendo a la mocosa de la patrona?

ELIANA. — ¡Usted no tiene ningún derecho a golpear a su hijo!

 

(Humberto ve a Eliana y se contiene. Aminta recoge y ordena los papeles caídos sobre el suelo.)

 

HUMBERTO. — (a sí mismo) ¡Ya el señorcito quiere que los pájaros le tiren a las escopetas!

ELIANA. —Desde hace diez años que los abusos de la patria potestad son ilegales. Pero ya aprenderá algo de humanidad en el calabozo.

 

(Eliana se dirige hacia el teléfono, pero Kennedy la detiene.)

 

ELIANA. — (exasperada) ¡Kennedy!

KENNEDY. —La policía lo arrestará por un día, o menos.

 

(Kennedy lleva a Eliana a una esquina del escenario.)

 

KENNEDY. — En todo caso es mi padre. Hoy hemos tenido una desavenencia, pero ambos nos entendemos... a nuestra manera.

ELIANA. — ¡Es un salvaje!

KENNEDY. — ¡No soy el hijo único en nuestra familia!

ELIANA. — ¡Eso no lo justifica! Deberían quebrarle la cabeza con un bolillo.

KENNEDY. —No es fácil controlar nuestra irascibilidad. Yo lo provoqué.

ELIANA. — ¿Qué sabe de nosotros?

KENNEDY. —Quizás sólo sospeche. (Musitando) ¿Ya te hiciste el examen?

 

(Eliana mira a Aminta unos segundos y vuelve su rostro hacia Kennedy.)

 

ELIANA. —Negativo.

KENNEDY. — ¿Estás segura?

ELIANA. — Hice la prueba tres veces.

KENNEDY. — (desconsolado) Es un alivio. Esta tarde no podré verte.

ELIANA. —Pero mi casa está vacía.

KENNEDY. — Tengo ensayo de teatro.

ELIANA. — Creí que ya habías desistido.

KENNEDY. — De la academia; aún tengo compromisos con la escuela.

ELIANA. — Es una profesión desagradecida.

KENNEDY. — Lo dices por tu padre.

ELIANA. — No me hables de él de nuevo.

KENNEDY. —Tal vez podamos ir ahora. ¿Podrías invitarme a comer algo?

 

(Eliana se dirige a Aminta.)

 

ELIANA. — Necesito dos mil pesos.

 

(Aminta saca un sobre con dinero y da un billete a Eliana, quien firma un papelito que Aminta guarda inmediatamente dentro del sobre.)

 
Escena 18
Aminta, Humberto

 

MARINO. — (VO) ¡Aminta!

 

(Eliana y Kennedy salen.)

 

AMINTA. — ¡Enseguida! (a Humberto) Al parecer ya llegaron a un acuerdo.

HUMBERTO. — Sabía que las supuestas doctoras se venderían al mejor postor.

 

(Aminta toma varios documentos y una chequera.)

 

AMINTA. — Marino habrá cogido así mismo su tajada del ponqué. Nosotros, en cambio, tuvimos una mala mañana.

 

(Aminta sale.)

 
Escena 19
Porcia, Ardila

 

PORCIA. — (VO) Si Eliana anda enredada con el hijo de un obrero prefiero desentenderme del asunto; mi hija es presa de esa rebeldía adolescente que desdeña la prosperidad de sus padres y añora la camaradería de los más necesitados.

 

(Humberto fisgonea a un lado y otro y sale apresurado. Porcia entra casi enseguida. ARDILA, un hombre de mediana edad, de escasa estatura, cráneo despoblado y mirada ansiosa, cuya barba profusa y negra contrasta con la palidez árida de su semblante, lo sigue.)

 

ARDILA. — Me temo que esa pasión tendrá consecuencias palpables. Aminta, su secretaria, me confirmó lo que ya entrevía en nuestro pasado encuentro.

PORCIA. —Hoy en día las muchachas se acuestan con cualquier mentecato antes de su matrimonio; si mi hija ha perdido su virginidad estoy dispuesta a enviarla de inmediato a Bogotá para que continúe sus estudios.

ARDILA. — Eliana está embarazada.

 

 (Porcia toma los papeles del escritorio y los arroja al suelo.)

 

PORCIA. — ¡Imposible!

ARDILA. —No es necesario inquietarse. Su hija es fruto de una generación que desdeña el pudor y señala la primacía del instinto.

PORCIA. — ¡Sandeces! Es a causa de ese pudor que hoy en día ambos somos respetadas en Bucaramanga. ¡Si fuese cierto! (Pausa)  ¡Qué vergüenza! ¡Dios mío! ¡Que vergüenza!

ARDILA. — Su sangre hierve, como la de su padre.

PORCIA. — No culpemos a los difuntos.

ARDILA. — Discúlpeme.

PORCIA. — Cuando supe de su muerte enluté por cinco años. Fue mi tributo; mi hija no es una bastarda.

ARDILA. — Ese luto continúa. Usted todavía se comporta como una viuda.

 

(Porcia toma las manos de Ardila.)

PORCIA. —No lo niego.

ARDILA. — Ambos hemos lidiado con amores infelices.

PORCIA. — ¿Ambos? Siempre le he ofrecido mi amistad.

ARDILA. — Nunca es tarde. Aún nos queremos.

PORCIA. —Sólo quiero su amistad, Eusebio.

ARDILA. — Yo habría abandonado esta ciudad por viajar con usted a Buenos Aires; tengo parientes que pueden ayudarnos.

PORCIA. — ¡Eusebio! Viajar tampoco me interesa… Hizo bien en perdonar a su esposa por su infidelidad. Jamás me casaré con otro hombre.

ARDILA. — Sea sincera conmigo. Dígame que usted me abandonó en el atrio de la iglesia, hace veintiún años, porque aquel actor era un aventurero; un embustero que huía de pueblo en pueblo.

PORCIA. —Yo amaba a Ricardo. Aún lo amo. ¿No es esa una razón suficiente?

ARDILA. — ¿Enamorada de un saltimbanqui?

PORCIA. — ¿Por qué no?

ARDILA. — El desprecio…

PORCIA. — Si existió fue pasajero. Con mi persistencia todos me han dado la razón. Usted no debe ser la excepción.

 

(Ardila se sienta resignado.)

 

ARDILA. —Su nombre no puede soportar otro escándalo, doña Porcia, viuda de Bolaños.

PORCIA. —Lo sé.

ARDILA. —Cásese conmigo.

PORCIA. — La última vez usted me prometió que no insistiría de nuevo.

ARDILA. — Ahora es diferente; mi nombre pesa en esta comunidad; si me divorcio y anunciamos nuestra boda nadie se atrevería a cuestionarnos; juntos impondríamos una nueva mentalidad, más humana, menos hipócrita; El mundo está cambiado; esta guerra ocurre a causa de nuestra necedad; queremos manejar a cuatro sirvientes en casa y a veinte empleados en nuestro trabajo, como antaño, pero ya nadie está dispuesto a servir sin privilegios.  Eliana podría incluso casarse con su enamorado; sé que él es el hijo de uno de sus empleados, pero, sobre cualquier prejuicio, él es el padre de su nieto. Nuestro país aún padece las tradiciones aristocráticas de Europa; es tiempo de que asumamos los predicados de la revolución francesa, cuando las ideas cristianas fueron secularizadas y puestas en práctica a través de la declaración de los Derechos del Hombre.

PORCIA. —Sus palabras me ofenden, Eusebio.

ARDILA. — Discúlpeme, yo…

PORCIA. — Eliana debe abortar.

 

(Pausa.)

 

ARDILA. — Porcia, ¿en dónde está su afecto?

PORCIA. —Lo perdí; de nuestros encuentros apenas recuerdo una imagen: ambos, sentados junto al zaguán de una casa sobre la meseta de Ruitoque, al atardecer.

ARDILA. —Aún podemos comenzar de nuevo.

PORCIA. —Esa imagen no es amorosa, sino nostálgica; ya no vale pena.

ARDILA. — ¡Sí! (Desesperado) ¡Toda una vida de sacrificios!

 

(Ardila reprime su llanto, emitiendo un gemido.)

 

PORCIA. — Cuando envejezca usted podrá descansar, como su padre, como su abuelo, como su bisabuelo, como su tatarabuelo; a éste la gente aún lo recuerda como prócer de nuestra independencia.

ARDILA. — ¡No me lo recuerde!

PORCIA. — ¿Qué ocurrió con el cheque?

ARDILA. — Negligencia mía.

PORCIA. —Usted se ha vuelto olvidadizo.

ARDILA. —Vivo sin sentido. (Pausa.) Miento. Su crueldad me da esperanzas.

PORCIA. — ¿Cómo está su esposa?

ARDILA. — Su cuerpo también decae.

PORCIA. — Y sin embargo siempre sentimos que somos los mismos.

ARDILA. — Cada vez que la veo me pregunto si no seré sino un sentimiento comprometido con un cuerpo ajeno.

PORCIA. — ¿Aún me culpa de sus desventuras amorosas?

ARDILA. — Sólo sé que sin amor soy algo menos que un cadáver

PORCIA. —No seamos patéticos, Eusebio. Usted es un hombre saludable, con tres hijos…

ARDILA. —Su maternalismo me lastima aún más que su desprecio.

PORCIA. —Oí que el gobernador quiere galardonarlo por su carrera como neurocirujano.

ARDILA. —El tedio de estos últimos años me obliga a trabajar con más ahínco. Pero esa no es la razón; la guerrilla quiere secuestrarme.

PORCIA. —Lo que lo obliga a tomar precauciones. ¿Es cierto que compró un revólver?

(Ardila extrae un revólver de su chaqueta; a lo largo de la escena extra sus balas y lo examina.)

ARDILA. —Calibre treinta y ocho. No quiero padecer las agonías del secuestro.

PORCIA. — Usted sufre de una depresión, Eusebio. Pasará. A pesar de todo usted es un buen hombre. ¿Ha pensado en sus familiares?

ARDILA. —Sólo esperan a verme bajo tierra para disputarse mi fortuna; alguien me escribió que mi esposa planeaba envenenarme.

PORCIA. —Insidias; usted no lo habrá creído.

ARDILA. —Reconocí la caligrafía de mi cuñado; tal vez se haya vuelto guerrillero. La perversidad de nuestros conciudadanos acecha en cada una de sus palabras. No; no estoy deprimido. Tal vez me esté volviendo esquizofrénico, o pesimista. Sin usted sólo me queda la certeza de mi muerte, cuando las máscaras caigan y ya nadie sea capaz de ocultar sus mentiras. Justos y pérfidos escindidos, y cada cual integrando una comunidad. Pues la mayor diferencia entre la vida y la muerte es el disimulo. ¿Que mayor castigo o recompensa que la verdad? ¿Descubrir la perversidad en quienes amamos? ¿O la dulzura en quienes despreciamos?

PORCIA. —Cada cual debe sobrevivir.

ARDILA. —Prevalecer, Porcia. Sobrevivir, después de todo, no es difícil; somos bestias.

PORCIA. — ¿Bestias?

ARDILA. —De la peor calaña. Tomo, como ejemplo, nuestro gobernador, quien quiere condecorarme por mi abolengo. Hace poco confesaba que sus ciudadanos eran potros refrenados. Según él sólo la disciplina refrena la anarquía. Sus palabras no son una negación, sino una admonición. ¿Qué se puede esperar, por lo demás, de un hombre que mancomuna a sus congéneres con los animales? No sin fundamento el escritor español Francisco Ayala, desterrado por la dictadura franquista, escribía desde Argentina que el poder ejercido por el hombre sobre su prójimo era siempre una usurpación.

PORCIA. —Es a causa de la impiedad.

ARDILA. — No; creemos en Dios, pero lo adecuamos a nuestros caprichos. ¿No oye a los niños que son castrados y despellejados? Esta discordia fomenta más discordia; es contagiosa. Las madres asesinan a sus hijos en su vientre.

PORCIA. —Ya veo…

ARDILA. — ¿Qué decisión va a tomar sobre Eliana?

PORCIA. —Ya se lo dije, el aborto es lo más viable.  Es inútil que me persuada, Eusebio.

 

(Ardila guarda su revólver y entrega un sobre a Porcia.)

 

ARDILA. —Hay algo más de lo que quería hablarle. En ese sobre encontrará letras que podrá cobrar después de mi deceso.

PORCIA. —Nunca he necesitado su dinero.

ARDILA. —No lo desprecie. (Pausa) ¿Usted cree que Eliana lo consentirá?

PORCIA. —Si se entera de mi voluntad, no. Mi hija es capaz de darme un nieto bastardo por el mero gusto de ofenderme.

ARDILA. —Eliana debe decidir por sí misma.

PORCIA. —De ninguna manera; resolveré este asunto hoy mismo; pagaré a sus amigas para que la persuadan.

ARDILA. — ¿A su secretaria?

PORCIA. —Mi hija confía en ella. Siempre ha confiado en quienes me odian.

 

(Eusebio trastabilla al avanzar hacia la puerta principal.)

 

PORCIA. — ¿Quiere que llame a una ambulancia?

ARDILA. — No, gracias.

 

(Ardila intenta besar a Porcia, quien lo rechaza)

 

PORCIA. — No somos adolescentes.

 
Escena 20
Aminta, Daniela, Enriqueta, Marino, Porcia

 

(Aminta, Marino, Enriqueta y Daniela entran. Ardila sale.)

 

ENRIQUETA. — (a Porcia) Le aseguró que ningún otro supervisor vendrá a molestarla por este año. Y si nuestro partido continúa en el poder para el año entrante, puede estar segura de que ambas volveremos a velar de nuevo por sus intereses.

DANIELA. — (leyendo una hoja de papel mecanografiada) “Sus cuentas son correctas, el pago de sus impuestos puntual. Los rendimientos de su inversión ameritan un crédito gubernamental.”  (Firmando la hoja de papel) Nuestra República depende de ciudadanos como usted, Doña Porcia.

MARINO. — Hemos llegado a un acuerdo que la sorprenderá, doña Porcia.

 

(Marino le extiende tres cheques a Porcia, quien los firma luego de examinarlos.)

 

PORCIA. — Sabía que podía confiar en ustedes, ciudadanos honrados, trabajadores, responsables…

 

(Porcia pasa los tres cheques a Enriqueta.)

 

ENRIQUETA. — Ha sido un placer

PORCIA. — Tendré un sobregiro por cuatro millones más, pero confío en que la Providencia nos ayudará a salir avantes de esta crisis. Me gustaría que cerrásemos este acuerdo, e iniciásemos nuestra amistad con un almuerzo en el Club de las Liebres.

ENRIQUETA. — Jamás he oído de él.

PORCIA. —Es nuevo. La especialidad de la cocina son las presas de caza, desde luego.

DANIELA. —Gracias, pero ya aceptamos otra invitación; con su permiso.

 
Escena 21
Aminta, Marino, Porcia

 

(Enriqueta y Daniela salen.)

PORCIA. — (pasmada) ¿Otra invitación? (Pausa) ¿Y usted, Don Marino?

MARINO. — Tengo otro compromiso. Usted sabe, mi esposa...

 

(Porcia sale con ceño pensativo.)

 
Escena 22
Aminta, Marino

 

(Marino sonríe a Aminta; se dirige al escritorio y saca una chequera. Se dispone a salir.)

 

MARINO. — (susurrando) No se preocupe. Los dejo solos para que discutan cualquier desfalco a sus anchas.

AMINTA. — ¿Va a almorzar con las doctoras?

 

(Marino carcajea.)

 
Escena 23
Aminta, Humberto, Marino

 

(Humberto entra sin su delantal, con el cabello húmedo y bien peinado.)

 

MARINO. — ¡Compórtense!  ¡Recuerden que son casados!

 

(Marino sale.)

 
Escena 24
Aminta, Humberto

 

HUMBERTO. — Tarde o temprano él nos pedirá una comisión.

AMINTA. — El único que me preocupa es mi marido.

HUMBERTO. — ¿Está conectado con la los paramilitares?

AMINTA. — ¡Qué pregunta! No; no lo creo.  Pero si lo supiese no se lo diría.

 

(Humberto la toma entre sus brazos y la sube al escritorio, descubriendo su pierna.)

 

HUMBERTO. — ¿Ya le envió las ventanas a don Rodrigo?

AMINTA. — Todavía no. Don Marino me estuvo vigilando.

HUMBERTO. — También yo me di cuenta.

AMINTA. — Doña Porcia ha de estar ciega si no sospecha de sus comisiones. A este ritmo esta empresa se va a quebrar antes de que acabe el año.

 

(Humberto besa su brazo apasionado.)

 

AMINTA. — (súbitamente) Tarde o temprano nos descubrirán. ¿Ha pensado en lo que haremos después?

HUMBERTO. — (bromeando) Tal vez nos divorciemos.

AMINTA. — ¿No tiene frío?  Si nos apresuramos a coger un taxi tendremos tiempo para almorzar en mi casa; mi marido anda por la costa. Ya sabe, vendiendo corbatas.

 

(Humberto ríe. Aminta y Humberto se besan. Apagón.)

 

 

 

 

ACTO II

 
Escena 25
Marino, Porcia

 

Mismo espacio, tres meses después. Un florero de vidrio sobre el escritorio. Los personajes visten trajes de luto. Doña Porcia entra. Marino la sigue.

 

PORCIA. — (en tono cansado, aunque sin caer en la melancolía) Fue un hombre justo. Yo lo conocí desde que éramos niños. Durante la dictadura de Rojas Pinilla él escribió varios artículos contra el régimen.

MARINO. —¡Aquellos si eran tiempos! Los pobres teníamos subsidio para la leche, como en Venezuela. ¿Si sabe que el General fue el primero en usar las armas de destrucción masiva que los Estados Unidos usan contra otros países?

PORCIA. — (desinteresada) No me diga.

MARINO. — Creo que aún pagamos los intereses por la compra de esas bombas. El caso es que mi general las usó contra los bastiones comunistas del Tolima. Mi tío, que en paz descanse, me dice que la destrucción fue la misma que vimos en el setenta y dos, cuando los periodistas la fotografiaron desde el Vietnam. Claro, en ese entonces el General no tenia equipos de televisión para registrar sus victorias.

PORCIA. — Usted cree en todo lo que le dicen. Si así fuera no tendríamos la plaga que nos azota hoy día. Ya no se puede salir al campo con tranquilidad. Los caminos están infestados de maleantes y secuestradores.

MARINO. —Tenga cuidado con sus palabras; le aconsejo que adecue su mentalidad al parecer de la mayoría.

PORCIA. — ¿Cómo?

MARINO. —Si el conflicto favorece a los revolucionarios, es tiempo de que celebremos sus victorias y difamemos a nuestros congresistas.

PORCIA. —¿Qué insinúa? ¡Marino!

MARINO. —No se atemorice, Doña Porcia; los pobres siempre apoyaremos a quien esté en el poder, sea éste un dictador de izquierda o de derecha.

PORCIA. —Colombia es una democracia.

MARINO. —Una oligarquía, en mi opinión.

PORCIA. — ¿Se volvió usted comunista, Marino?

MARINO. —No; no lo soy. Pero una democracia precisa de igualdad entre sus miembros; de otro modo es una oligarquía.

 

(Pausa)

 

PORCIA. — No tengo ánimos de discutir ahora. (Pausa.) Pobre Eusebio; haber muerto asesinado. Justo un día después del secuestro de la senadora Goncourt.

MARINO. — Murió con honor, tan valiente como cualquiera de nuestros soldados. Se puede decir que vertió su sangre por nuestro gobierno, aunque haya cierta contradicción en elogiar de esa manera a una víctima.

PORCIA. — De no andar armado hubiera salido ileso.

MARINO. — ¿Le debía mucho dinero?

PORCIA. — Casi diez millones.

MARINO. —Una deuda que amerita la contratación de un abogado.

PORCIA. —De dos. Me reuní con ellos anoche; en cuanto supe de su asesinato.

MARINO. — Hizo bien. Aún así los procesos judiciales son aquí muy lentos. Para cuando usted reclame su dinero ya los herederos le habrán sonsacado sus propiedades.

PORCIA. —Tengo mis influencias. A Dios mediante hoy lograremos diligenciar la orden de embargo.

MARINO. — (sorprendido) Nada mal preparada. Usted es una mujer precavida.

PORCIA. — Si no lo fuese jamás habría enviado a Eliana a otro país.

MARINO. —A otros países. A menos que usted piense, como tantos periodistas, que Inglaterra es apenas otro territorio de ultramar de los Estados Unidos.

PORCIA. — ¡Qué sandeces dice usted! Eliana me escribe que allí todos se comportan con holgura, como en las series de la BBC de Londres.

MARINO. — No lo discuto. (Malicioso) Me hubiera gustado haber asistido a su boda.

PORCIA. — ¿Cuál boda?

MARINO. — ¡La de Eliana! Darío es el nombre de su yerno, ¿no es así?

PORCIA. — ¿Darío?

MARINO. — No es necesario que lo disimule conmigo.

PORCIA. — ¿Quién se lo dijo?

MARINO. — ¿Quién diría que Cándida, la hija de los Gómez, sorprendería a Eliana en su viaje de vacaciones casándose en secreto con un gallego en el ayuntamiento de Chester?

PORCIA. — Es apenas un rumor. Estoy segura de que Eliana me aclarará lo ocurrido.

MARINO. — Usted no parece muy contenta.

PORCIA. — Me alegra que haya venido de vacaciones a Bucaramanga, pero, ¿a quién le alegraría saber que su hija única se ha casado con un desconocido, con un tal Darío?

MARINO. — ¡A mí! Soy un hombre práctico. Es natural que usted haya albergado esperanzas de que Eliana consiguiese un marido estadounidense o británico, pero, cualquier español es preferible a Kennedy.

 

(Porcia descubre que la bolsa de café está vacía.)

 

PORCIA. — ¡Maldita sea! ¿Dónde está mi café?

MARINO. — ¿Se acabó?

 

(Porcia cierra la alacena con llave.)

PORCIA. — ¡Esta oficina esta infestada de ratas!

MARINO. — No me mire como si yo fuera el culpable, Doña Porcia. Usted sabe cuan poco vengo a esta oficina.

PORCIA. —¿Fue Aminta?

 

(Marino carcajea.)

 

MARINO. — Usted es una mujer inteligente. Pero demasiado generosa; cuando usted anda afuera Humberto y Aminta beben como en su propia casa.

PORCIA. — ¿Humberto? ¿También?

MARINO. — Hoy es el día de la celada...

PORCIA. — (escéptica) Ya veremos si sus difamaciones son ciertas.

MARINO. — Ambos son un par de pícaros, ya lo vera usted.

PORCIA. — Si así es tendré que despedirlos. Entonces me veré en la necesidad de instruir a una nueva secretaria y a un nuevo jefe de personal. No importa a quien contrate, no importa el salario que les ofrezca, al cabo de un tiempo me veré obligada a denunciarlos y despedirlos.

MARINO. — Es el ambiente de guerra. Tal vez usted necesite a alguien de confianza, honesto.

 
Escena 26
Kennedy, Marino, Porcia

 

(Ambos se miran con intensidad. Kennedy, ojeroso y pálido, entra vistiendo un uniforme Militar de campaña. Jadea por el cansancio. Una ametralladora cuelga de su cuello.)

 

PORCIA. — (asustada) ¡Dios Santo! ¿Qué se le ofrece?

MARINO. — ¡Pero si es el hijo de Humberto!

PORCIA. — (turbada) ¡Claro! No lo reconocí. ¿Tan temprano?

MARINO. — Debería estar en el cuartel.

KENNEDY. — ¡Doña Porcia! ¡Ayúdeme! Debo vestir un traje de civil. Si me encuentran me matan.

 

(Marino carcajea.)

 

MARINO. — ¿Quiénes?

KENNEDY. — ¡Dos hombres! ¡Creo que andan despistados en la esquina! Si ven a algún uniformado, ninguno de ustedes me han visto. ¿Puedo ir al baño?

PORCIA. — ¿Usted fue quien se presentó como voluntario al cuartel?

KENNEDY. — No tenía otra alternativa que escoger.  (Observa a Marino, nervioso:) Mi papá quería comprarme la libreta militar, pero yo sé comportarme con honestidad. Le he cumplido a la patria.

MARINO. — (desconfiado) ¿De veras?

KENNEDY. — Por lo demás la milicia es una experiencia inolvidable; uno tiene acceso a los tanques, helicópteros, fragatas...

MARINO. — ¿Quiénes son sus perseguidores?

KENNEDY. — (ignorando a Marino) Cuando niño nunca creí llegar a tener acceso a esas máquinas, pero como soldado hoy me siento casi dueño de todo. ¿Puedo usar el baño?

PORCIA. — No sabe cuanto me encanta oír a un soldado tan entusiasmado.

KENNEDY. — ¿Cómo anda Eliana?

 

(Porcia observa a Marino.)

 

PORCIA. — El baño queda al fondo del corredor izquierdo.

 

(Kennedy sale.)

 
Escena 27
Marino, Porcia

 

MARINO. — Esto no me gusta nada; el muchacho se ha inmiscuido en problemas serios. Debemos llamar al batallón.

PORCIA. — ¿Para que se paralice el trabajo del taller por un día? Bastante holgazanería sufro ya con tantos días feriados. Usted mejor se sienta y se limita a actualizar los libros de cuentas; sus propuestas sólo me traen dolores de cabeza.

 

(Porcia hurga su rostro, tratando de extraer una mugre de su ojo izquierdo.)

 

MARINO. — Para eso usted ha de practicar su baño genital diario.

PORCIA. — ¿Discúlpeme?

MARINO. — Es un baño que le ayudará a eliminar las tensiones y los tóxicos de su cuerpo, así como a solucionar los problemas de estreñimiento. Fue practicado por los antiguos egipcios y, se lo puedo asegurar, funciona. Desde que lo hago he recobrado mi fuerza sexual. Con él también he eliminado mis dolores de espalda. Sus pasos son sencillísimos. Primero, tome una toallita y un platoncito con agua fría, luego siéntese desnuda sobre la taza del inodoro. Entonces, preste atención, usted empapa la toallita de agua y la restriega suavemente, de arriba hacia abajo, sobre su pubis. Empape la toallita de nuevo y repita la operación, pausadamente, por diez minutos. Al acabar séquese y abrigue su cuerpo generosamente. Entonces sentirá sus piernas debilitadas y semidormidas. Si siente sueño no se resista y duerma: es por su salud. Si siente dolor de cabeza haga el baño por veinte minutos y el dolor desaparecerá treinta minutos más tarde. Puede hacerlo hasta dos veces por día; pero con una basta.

PORCIA. — Ah…

MARINO. — Para los hombres la duración ha de ser de quince minutos.

PORCIA. — (ruborizada) ¡Marino! Nunca lo había oído hablarme de esa manera.

MARINO. — Lo hago por su longevidad. También podría recomendarle que bebiese sus orines al despertar; aunque ese es un remedio que aún no he degustado.

PORCIA. — (Irritada) ¿Sabía que los percances sufridos durante la visita del gobierno me postraron en cama por tres días?

MARINO. — En dieciocho años que llevo trabajando en este sitio no recuerdo haberla visto ausente tres días de esta oficina.

PORCIA. — Fue durante un fin de semana.

MARINO. — Y ahora, ¿está usted bien?

PORCIA. — Ayúdeme con esta pestaña, ¿quiere?

MARINO. — (nervioso) Usted no sabe lo que hace al asilar a ese muchacho.

 

(Marino sopla dentro del ojo de Porcia. Ella parpadea con malestar.)

 

MARINO. — Yo también presté el servicio militar. Kennedy ha de ser un desertor, o en el peor de los casos un colaborador de la guerrilla.

PORCIA. — ¡Marino! ¡Pero si es un niño apenas!

MARINO. — ¿Con una ametralladora en sus manos? No es de juguete, créame. Dos semanas en el frente son suficientes para hacer de un renacuajo un asesino. ¿No nos dijo que sus compañeros lo buscaban para ejecutarlo?

PORCIA. — No oí tal disparate.

MARINO. — Dijo: "si me encuentran me matan".

PORCIA. —Lo pudo haber dicho en un sentido figurado.

MARINO. — A otro con esas historias. Kennedy pudo haber asesinado a un oficial. Hay superiores que se obsesionan con soldados; los torturan, los cercan, los amedrentan, los ceban...

PORCIA. — ¿Para qué?

MARINO. —Para que odien, para que la mano no les tiemble cuando se les ordene ajusticiar a un miserable, a un traidor, a un secuestrador.

PORCIA. —Es inhumano.

MARINO. —Inhumano para quien vive y muere en la ciudad, entre sábanas de algodón y cubiertos de plata. Esta revolución es la más antigua del mundo, ¿sabe? Nuestras mujeres ya no engendran hombres, sino tiburones que se devoran los unos a los otros; Kennedy, con su fusil, ha escapado de su jaula. Déjeme ayudarla.

 

(Marino sopla en el ojo de Porcia, pero esta trastabilla aferrándose a Marino; ambos caen sobre el suelo en una pose comprometedora. Porcia lo besa, justo cuando Aminta entra portando un ramo de rosas.)

 
Escena 28
Aminta, Marino, Porcia

 

AMINTA. — (intentando disimular su perturbación) Buenos días; que milagro ver a Don Marino tan temprano. ¿Puedo usar el florero, Doña Porcia?

PORCIA. — (levantándose; recobrando su dignidad, a Marino:) Pero, ¿quién se ha creído usted? (A Aminta) Si está ahí ha de ser para usarse.

MARINO. — ¿Las hurtó del funeral?

 

(Aminta dispone las flores en el florero.)

AMINTA. — Sabía que usted me lo iba a preguntar. No. Me las envió mi marido.

PORCIA. — Francisco se ha tornado un hombre más sensible.

MARINO. — Más arrepentido, diría yo. Apuesto a que esos claveles lo disculpan por su ultima muenda.

AMINTA. — Cambió desde que consiguió trabajo.

PORCIA. — Cuanto me alegra.

AMINTA. — Como dice mi vecina, el dinero es la mejor medicina contra la depresión.

MARINO. — Lo dice alguien que jamás ha tenido dinero.

PORCIA. — Sea más considerado con Aminta, Marino.

MARINO. —Lo soy; de otra manera no le preguntaría si su esposo la maltrata o no. ¿Cuál es su nueva profesión? ¿El boxeo?

AMINTA. —(fría) Se compró una camioneta azul con un préstamo bancario. Ahora hace mudanzas y reparte leche en el barrio La Cumbre.

 

(Marino mira a Porcia significativamente.)

 

MARINO. — ¿Quién lo diría? Ni yo mismo tengo una camioneta.

 

(Pausa.)

 

PORCIA. — Hoy visitaré mi granja. Confío en su diligencia para con los clientes, Aminta. Y, por favor... cómprese un cuadernillo para que lleve un inventario del café; tal parece que he bebido demasiado últimamente, lo que no es muy saludable según dicen.

 

(Porcia sale.)

 
Escena 29
Aminta, Marino

 

AMINTA. — No se preocupe. (A Marino) Doña Porcia parece un tanto agitada.

MARINO. — No es para menos; usted sabe cuan cercanos era sus intereses a los del Doctor Ardila.

AMINTA. — Las murmuraciones no se han hecho esperar. Todos saben que la guerrilla acampa en el salto del duende los sábados en la noche. Hasta el ejército evita rondar por esos sitios. Murió cerca de la casa de Lola Vives.

MARINO. — ¡Ah! ¿Así que los dolientes han fraguado un idilio entre Eusebio Ardila y esa actriz olvidada? Los pensamientos malintencionados de la gente no conocen límites.

AMINTA. — ¡Qué imaginación tan podrida! Lo que dicen es que él se fue a buscar su propia muerte.

MARINO. — (meditativo, con placer irónico) ¡No!

AMINTA. — Un hombre en sus cabales no iría armado a un sitio como esos; en fin, él giró varios cheques sin fondos.

MARINO. — ¡Eso no prueba nada! Sé que Ardila dejó una fortuna al morir; su única deuda significativa sería para con Porcia.

AMINTA. — ¿Para con nosotros?

MARINO. — ¡Para con nosotros! ¿Quién más, además de usted, disfruta de las ganancias de esta empresa?

AMINTA. — ¿Por cuánto es la deuda?

MARINO. — Por doscientos millones de pesos.

AMINTA. — ¡Imposible! El doctor no nos debía más de cinco millones.

MARINO. — ¡Obviamente! Habrá sido en pago por sus servicios personales.

AMINTA. — ¡Infame! El…

MARINO. — ¡No se escandalice! La patrona también es una mujer de carne y hueso; dicen que el padre de Eliana fue Ricardo el Gozón.

AMINTA. — ¿Quién?

MARINO. — ¡Ricardo Bolaños! El juglar que la preñó de Eliana.

AMINTA. — ¿Lo conoce?

MARINO. — Desde mi infancia; su padre y el mío querellaron durante la guerra de los Mil Días. Desde entonces nuestras familias se detestan.

AMINTA. — No me diga.

MARINO. — Según supe ese Bolaños se enroló en el ejército para eludir la justicia. Su argucia no le sirvió de nada; murió de un tiro a bocajarro.

AMINTA. — ¿Qué cosas dice?

MARINO. — Tuvo suerte; de otro modo yo mismo lo habría ajusticiado. Mi abuelo me hizo jurar, sobre su lecho de muerte, que yo haría todo lo posible por vengarme de los Bolaños.

AMINTA. — Lo que usted me dice es demasiado inmoral para ser cierto.

MARINO. — ¿Inmoral? ¿En que país vive usted, Aminta? En el medioevo la gente aún le temía a la vergüenza. Hoy sólo le tememos a la pobreza. Si la gente dice que yo soy un pícaro, un ladrón, un drogadicto, un pederasta, un violador, un desfalcador o un asesino, eso me tiene sin cuidado. Es gracias a la inmoralidad que he amasado mi fortuna, con la cual puedo poseer a las mujeres que desee, alimentarme como un príncipe, y sobornar a mis opositores. Y no soy el único, créame. ¿No ha visto lo que ocurre en esta oficina? Y en nuestras instituciones públicas, en las cuales uno tiene que donar hasta el ochenta por ciento de cualquier beneficio recibido, a su benefactor. Todos somos unos corruptos. Y si usted se opone, nadie, escúcheme, nadie, la va a beneficiar jamás. Tal es el destino de los santos, los tarados y los idealistas. El padre de Eliana pudo haber sido un comediante, pero él se aprovechó de doña Porcia, del mismo modo en que ella se aprovechó del finado.

AMINTA. — El doctor Ardila vivía enamorado de Doña Porcia; si él le ha legado su fortuna habrá sido con las mejores intenciones.

MARINO. — ¡La patrona tiene una suerte sospechosa! Los Ardila aún conservan un capital considerable en finca raíz. Claro que el amor no lleva a nadie al desespero. Así es la vida ¡Sólo los honestos sufren! Los honestos, quienes moralmente se endeudan con los bancos, y como en los sistemas de la mita y de la encomienda, trabajan como esclavos, encadenados de por vida al pago de sus intereses.  (Pausa.) Sí, ninguna persona honesta nos podrá dar cuenta de esa deuda... ¿Si sabe usted que la mayor causa de suicidio en hombres de la tercera edad es la impotencia?

AMINTA. — No me diga que usted quiere matarse.

 

 (Aminta carcajea.)

 

MARINO. — A mis años me burlo de esta nueva generación de tóxicodependientes; fumando, bebiendo y tomando píldoras antes de fornicar... Si él se mató habrá sido para vengarse de su esposa.

AMINTA. — ¿De esa mujerzuela? Siento pesar por los tres huerfanitos.

MARINO. — ¡Semejantes muérganos! Con el dinero del seguro, obtendrán algo para drogarse.

AMINTA. — ¿Por qué tiene usted que pensar siempre tan mal de la gente? Jamás le perdonaré su actitud el día que nos enteramos de la muerte de la princesa Lady D; semejante dechado de virtudes, tan elegante, tan acicalada, criada entre palacios, venerada por la gente que sabe hablar el inglés más depurado, amiga de los pobres.

MARINO. — Sí; admirada por los tintes de su cabello rubio y repudiada por haberse enamorado de un árabe.

AMINTA. — ¡Desalmado! ¡Todavía burlándose de sus flaquezas!

MARINO. — ¿Cómo es posible que usted sienta tristeza por una desconocida que sólo vio en las portadas de las revistas de moda? Su sepelio demostró hasta que punto la gente civilizada carece de compasión.

AMINTA. — ¿Ahora usted se atreve a criticar a la gente más sofisticada en este mundo?

MARINO. — Claro; gente que jamás vierte una lágrima por los sinsabores de sus vecinos, y que se deprime con la desaparición de un subproducto de la televisión.

AMINTA. — ¿A dónde irán esos angelitos sin su madre?

MARINO. — Aminta.

AMINTA. — ¿Sí?

MARINO. — Conozco a un doctor que puede ayudarle a recuperar su fertilidad.

AMINTA. — (meditativa) Yo... Gracias, pero no tenemos interés alguno en tener hijos.

MARINO. — Piense en su vejez.

AMINTA. —Por lo demás, eso sería egoísta.

MARINO. — ¿Por qué?

AMINTA. —Todos hemos de morir.

MARINO. — ¡Ah! Veo que Kennedy la ha aficionado a la poesía. ¿En dónde vi ese poema?

 

(Marino abre un cajón de su escritorio y extrae una hoja de papel que lee.)

 

MARINO.—Todos hemos de morir, te digo

La hoja más frondosa, la brisa más ligera,

Aquel riachuelo que las anémonas trazaron

 

Todos hemos de morir, te digo

El agua recorriendo esos brazos infantiles

Mis veladas que quebraron las naciones

 

Todos hemos de morir, te digo

Y aún así raras veces conversamos

La vida, como la muerte, inalcanzable pasa

 

AMINTA. —Kennedy podría haber sido un escritor.

MARINO. — Lo es; ese es su problema. De cualquier modo, no se dé por vencida, Aminta; yo puedo ayudarle.

AMINTA. — ¿Qué se trae usted entre manos, don Marino?

MARINO. —Todos sabemos que su esposo es estéril. Usted, me imagino, habrá cifrado sus esperanzas en Humberto.

AMINTA. — ¡No admitiré sus comentarios insidiosos de nuevo!

 

(Marino, aferrándose con fuerza a su cintura, la atrae hacia sí.)

 

MARINO. — ¿Ya sabe que Humberto se operó la semana pasada para no engendrar?

AMINTA. — ¡No! ¡Usted inventa!

MARINO. — ¡Pregúnteselo!

 

(Aminta lo muerde en el lóbulo de su oreja izquierda; Marino grita y retrocede instintivamente.)

 

MARINO. — ¡Perra!

 
Escena 30
Aminta, Kennedy, Marino

 

(Kennedy entra vistiendo una camiseta grasosa y un pantalón ceñido. Aminta se levanta sin sorprenderse; su comportamiento será más distraído desde ahora hasta el fin de la pieza.)

AMINTA. — ¡Kennedy!

MARINO. — No me diga que ya lo promocionaron.

 
Escena 31
Kennedy, Marino

 

 (Aminta sale con los tallos quebrados de las flores. Marino se dirige hacia el teléfono.)

 

KENNEDY. — ¡Llámelos! ¡Y dígales que vengan a recoger su cadáver!

MARINO. — ¿Qué cadáver? Sólo quería telefonear a mi esposa.

KENNEDY. — ¿A su esposa? Entonces será un doble crimen; jamás dejo parientes vivos.

MARINO. — (titubeante) Usted no se saldrá con las suya. No me amenace; soy un hombre honrado.

KENNEDY. —Todos estamos involucrados en esta trifulca. Un trabajo de oficina no le otorga ningún privilegio; usted se comporta como los burócratas de las organizaciones internacionales; nos otorgan préstamos para que los remuneremos por su asesoría.

 

(Kennedy se arrellana en un sofá y extrae una daga de su pantalón.)

 

KENNEDY. —No se preocupe. Es para limpiarme las uñas.

MARINO. — ¡No me preocupo! ¡Me indigno!

 

(Marino toma el auricular y marcó un número.)

 

MARINO. — Es una llamada de rutina; recuerde que estoy trabajando.

KENNEDY. —Eso espero.

MARINO. — ¿Va usted a masacrarnos a todos con su metralleta? ¿Aló?... Puede proceder cuando quiera... A esa hora está bien. Adiós. (Marino cuelga y observa a Kennedy con atención) ¡Jesús! ¿Qué pensará su padre cuando lo vea? ¿Qué hizo? ¿Mató a un subalterno o a un oficial?

KENNEDY. — A un entrometido.

MARINO. — Su ligereza lo hace más sospechoso.

KENNEDY. —Usted conoce bien el ejército. Planeo viajar a los Estados Unidos.

MARINO. — ¡No me diga!

KENNEDY. —Necesito dinero.

MARINO. — ¿Tengo aspecto de banquero?

KENNEDY. — Puede llamarme chantajista si quiere, pero necesito doscientos dólares.

MARINO. — Pídaselos a su padre.

KENNEDY. — Si no me los da hablaré con doña Porcia.

 

(Marino extrae de su cajón una chequera.)

 

KENNEDY. — En efectivo.

MARINO. — (sonriente) Se los puedo conseguir para esta tarde. Aunque no lo aparente soy una persona bondadosa.  Piense que lo hago por caridad.

KENNEDY. — Si yo fuera usted hablaría con más precaución. Nunca se sabe.

 

(Marino se prepara para salir.)

 
Escena 32
Aminta, Kennedy, Marino

 

(Aminta entra con un yogur, una tajada de torta, un banano y una chocolatina.)

 

AMINTA. — ¿Quiere?

KENNEDY. — No soy un muerto de hambre.

MARINO. — (sarcástico) ¿Si se enteró de que Eliana tiene un marido en Inglaterra?

AMINTA. — (titubeante) ¿Darío Ortiz? ¿El gallego?

 

(Kennedy los mira iracundo.)

 

MARINO. — El mismo.

AMINTA. — Invenciones, Kennedy. Es cierto que Cándida Gómez, la hija del concejal, se los encontró durante su visita al ayuntamiento de Chester, pero lo de su boda no deja de ser una mera suposición.

 

(Marino sale.)

 
Escena 33
Aminta, Kennedy

 

(Aminta ofrece su refrigerio a Kennedy.)

AMINTA. —Usted ha de estar hambriento.

 

(Kennedy recibe el refrigerio sin rechistar y come ávidamente.)

 

AMINTA. — Francisco me ha contado lo duro que fue para él la vida en el ejército. Desde luego esto fue hace quince años, pero me basta notar sus ojeras para cerciorarme de que todo sigue igual; si no peor.

KENNEDY. — Mi mamá me dijo que usted y mi papá terminaron su relación.

AMINTA. — (ignorándolo) Mi marido es un buen trabajador. Ahora que tiene la oportunidad de hacer dinero habla conmigo todas las noches. Incluso me ha propuesto que renuncie; de esa manera podré dedicarme a nuestro apartamento. Si todo sigue así podremos concebir un bebé antes de que este año acabe.

KENNEDY. — No entiendo como puede usted vivir con un salario tan miserable.

AMINTA. — (sorprendida) No está mal. ¿Y ese anillo?

KENNEDY. — ¡Oh!

 

(Kennedy oculta su rostro de manera instintiva.)

 

KENNEDY. — Me lo obsequió una amiga…

AMINTA. — ¡Mujeriegos! Debió haberle costado una fortuna.

 
Escena 34
Aminta, Humberto, Kennedy

 

(Humberto entra en ropa de calle; su semblante parece mas joven. Lleva en sus manos una bolsa de plástico. Sonríe, mas su expresión se desvanece en cuanto ve a Kennedy.)

HUMBERTO. — ¿Y la vieja?

AMINTA. — Dijo que tenía asuntos pendientes en su granja.

HUMBERTO. — Y usted, ¿pidió licencia?

KENNEDY. — Me aburrí de la esclavitud militar.

HUMBERTO. — ¡Habráse visto! Lo único que nos faltaba, Kennedy Gamarra. ¡Se me presenta ya de vuelta al batallón o lo llevo prendido de la oreja!

 

(Kennedy levanta sus pies sobre el escritorio.)

 

KENNEDY. — ¿Qué prefiere usted? ¿Que me sacrifique por el bienestar de nuestros patrones? Mis abuelos fueron meros siervos de terratenientes; y usted una marioneta más de esta aristocracia provincial. Yo tengo mis propios principios.

HUMBERTO. — ¡Anárquico! Ahora comprendo. ¿Con qué el señorcito quiere cambiar de bando? Pues bien, las puertas están abiertas; busque a sus compinches en el monte; pero en quince días no venga a pedirme que lo proteja, porque los subversivos jamás perdonan a un desertor; si lo veo de nuevo lo denuncio. Yo no seré tan estúpido como para sacrificarme por un traidor.

KENNEDY. — Si no fue capaz de sacrificarse por su hijo.

HUMBERTO. — No soy un hombre pudiente. Usted lo sabe.

KENNEDY. — ¿Ah, no? Y entonces, ¿cómo fue que logró subvencionarle la educación a Matilde en Bogotá?

HUMBERTO. — (Desesperado.) ¡No sea envidioso!

KENNEDY. — ¿Debo resignarme? Siempre he sido su hijo más desfavorecido, siempre he soportado su tiranía. Pero no lo culpo. Usted entregó todo su cariño a una sola hija. Todos cometemos injusticias bajo gobiernos autocráticos.

AMINTA. — (conciliatoria) ¿Es usted un revolucionario?

KENNEDY. — Lucho por mi mismo.

HUMBERTO. — ¿Ni siquiera un paramilitar?

KENNEDY. — Ni siquiera; usted ha procreado a un parásito.

 

(Kennedy saca una navaja de campaña y juega con ella en sus manos mientras silba una tonada melancólica. Humberto extrae de su bolsa su llave y una libra de café y comienza a prepararse una taza caliente.)

 

AMINTA. — Creo que Marino nos delató, Humberto.

 HUMBERTO. — (a Kennedy) ¿Tiene algo más que decirme?

KENNEDY. — No recuerdo haberle dicho nada.

AMINTA. — ¡Kennedy!

KENNEDY. — Estoy harto de ese nombre estúpido. En el batallón me llaman 'Matasiete'. Adivine porqué.

 

(Aminta se dirige a la salida lateral. Kennedy la detiene. Humberto se sirve su taza de café con semblante abatido.)

 

KENNEDY. — (a Aminta) ¿Eliana viene hoy?

AMINTA. — Tal vez. No lo sé.

 

(Aminta sale.)

 
Escena 35
Kennedy, Humberto

 

KENNEDY. — (a Humberto) Hace unos días estaba decidido a unirme a un grupo anárquico. Luego de vivir como un cerdo, me había convencido de la futilidad del gobierno, de la corrupción de la que usted siempre me hablaba, y a la cual, sin embargo, usted parecía siempre adherirse. Hoy no encuentro sentido en matarme por una banda despótica. Como subalterno no soy sino escoria.

HUMBERTO. — Usted es joven, Kennedy, cuando madure sabrá que sin sacrificio no hay progreso.

KENNEDY. — ¿Sin sacrificio de quién? ¿Por quién?

HUMBERTO. —De quien muera, por quien sobreviva

 

(Kennedy irrumpe en llanto.)

 

KENNEDY. — ¡Yo, que creí que todos éramos una familia!

HUMBERTO. — Perdóneme. No soy un hombre bueno ¿Quién lo es? Ni siquiera usted; cuando José, su compinche, estrenaba un nuevo par de zapatos, usted se deprimía. La envidia lo deprimía.

KENNEDY. — ¿Y por qué no me corrigió? Usted, es cierto, me obligó a ir a misa a escuchar el evangelio Pero, ¡yo creía que los únicos justos eran usted y mi mamá! ¡Yo creí que su envidia y la mía estaban justificadas! ¡Pero me equivoqué! Siempre me equivoco; porque usted me mintió. Siempre diciendo «perdónanos, pues nosotros también perdonamos a quienes nos ofenden», sin intención de perdonar. ¡Siempre reincidiendo en la venganza y en la recriminación! ¿Qué razón tengo yo ahora para perdonar? ¿Dígame?

HUMBERTO. —No espere a que el mundo cambie, Kennedy; es usted quien debe hacerlo.

KENNEDY. — ¡No!

HUMBERTO. — ¡Siempre retando a su propia sangre! ¡No me culpe más! ¡No soy lo mejor, pero le pertenezco! Usted es un hombre; Matilde es una mujer, más expuesta a la amargura del mundo.

KENNEDY. — ¿Eso cree?

HUMBERTO. — Yo he trabajado como un esclavo por usted.

KENNEDY. — Su indolencia hacia mí me hiere más y más. Me voy. Necesito dinero; deserté del ejército.

 

(Pausa.)

 

HUMBERTO. — (Contrito) ¿Cuánto necesita?

KENNEDY. —Cien mil pesos.

HUMBERTO. — ¿A dónde se va?

KENNEDY. —No puedo decirle. En cuanto llegue le enviaré una carta postal con mi nueva dirección.

HUMBERTO. — ¿Qué hizo?

KENNEDY. —Nada grave.

HUMBERTO. —Prefiero no saberlo; tengo amigos en Caracas que pueden ayudarlo.

KENNEDY. — No quiero depender de usted de nuevo. Me voy a los Estados Unidos.

HUMBERTO. — ¿Para qué?

KENNEDY. — Es un país que necesita mercenarios.

 

(Humberto le entrega una llave.)

 

HUMBERTO. — Es la llave de la alacena, en la cocina; puede tomar lo que encuentre.

KENNEDY. — ¿Cuánto?

HUMBERTO. —Más de lo que necesita.

KENNEDY. — ¿No me miente?

HUMBERTO. — Los negocios han mejorado.

KENNEDY. — ¿Es por eso que usted sedujo a la secretaria?

HUMBERTO. — No lo sé.

KENNEDY. — ¿Qué lo cambio? ¿El tiempo?

HUMBERTO. — El sufrimiento, creo.

KENNEDY. — ¿De quién? ¿De mi mamá?

HUMBERTO. — No quiero hablar más sobre este asunto.

KENNEDY. — ¿Por qué no? ¿Teme que lo insulte?

HUMBERTO. — Ya comienza usted a irrespetarme de nuevo; tengo mis convicciones, Kennedy, aunque usted no lo crea.

KENNEDY. — No me diga.

HUMBERTO. — De cualquier modo ya estoy bastante viejo para que usted se burle a mis expensas.

KENNEDY. — Ya usted no puede humillarme, como antaño.

HUMBERTO. — ¿De qué habla

KENNEDY. — ¿No lo recuerda? ¡Cuatro horas haciéndole antesala al profesor de Paleontología! Yo tenía once años. Él me acusó falsamente de marihuanero ante el curso. No podía concebir que yo estuviera en la calle jugando con mis amigos, imitando a los drogaditos con cigarrillos de azucar. ¡Y usted me obligó a pedirle disculpas! ¿Y todo por qué? Por tener la osadía de vengarme pinchándole las llantas de su carro.

HUMBERTO. — Pudo haber tenido un accidente; pudo haberlo matado.

KENNEDY. —Hablo de una ofensa entre tantas otras. No puedo deshacerme de ellas. Una vida no bastaría para curar tanta crueldad. Ni en las zonas de combate sentí tanto desprecio; allí cada cual caía, y los heridos, mal que bien recibían el consuelo de sus compañeros.

HUMBERTO. — ¡Ya le pedí perdón! ¿Qué más quiere?

KENNEDY. — No puedo perdonar. No puede deshacerme de sus ofensas.

HUMBERTO. — ¿Qué más quiere? ¡Contésteme!

KENNEDY. — ¡Venganza! No contra usted, sino contra quienes no aún sufrido todavía.

HUMBERTO. — Usted no se va; usted regresa.

 
Escena 36
Aminta, Humberto, Kennedy, Lorena

 

(LORENA, mujer de mediana edad, ataviada con traje de oficina, entra y observa con curiosidad a Kennedy, quien reacciona sentándose correctamente y guardando su navaja. Aminta la sigue.)

 

AMINTA. — ¿Puedo ayudarle?

LORENA. — (siempre orgullosa) Buenas. Quería comprar un vidrio de mesa, de un espesor de doce milímetros.

AMINTA. — ¿La señora quiere un vidrio templado?

LORENA. — Ando de urgencia; mi camioneta está estacionada enfrente del almacén. ¿Cuánto costaría?

 

(Humberto observa a Kennedy, quien oculta su rostro. Aminta teclea los dígitos de su calculadora.)

 

 AMINTA. —Están de moda; son más vistosos que los muebles de mesa. Pero debe protegerlos bien; es fácil rayarlos, Doña…

LORENA. — Lorena; Lorena Porras.

AMINTA. — Novecientos mil pesos, con el impuesto del valor agregado.

LORENA. — ¿No hay manera de que obtenga un descuento?

 AMINTA. — Me temo que no. ¿Paga con tarjeta de crédito?

LORENA. —Efectivo.

 AMINTA. — (señalando a Humberto) Tal vez el jefe de taller pueda ayudarla.

 

(Humberto y Lorena salen.)

 
Escena 37
Aminta, Kennedy

 

KENNEDY. — (a Aminta, quien coloca el florero sobre el suelo, al lado de su escritorio) Dígame que éste fue el único propósito del idilio con mi papá.

AMINTA. — (titubeante) Si quiere ver a Eliana a solas búsquela en la cafetería. Desayuna a las nueve.

KENNEDY. — ¿Así que anda de vacaciones?

AMINTA. — Hasta final de mes; después vuelve a Miami.

KENNEDY. — Cada vez que vengo a esta oficina soy testigo de algún tipo de desfalco. Durante años mi papá me pidió que me comportara con honestidad. Hoy él lee el evangelio y selecciona los pasajes que más le convienen. ¡Todos son una partida de hipócritas!

AMINTA. — Si lo son, no hay razón para que usted se ensañe contra él.

 KENNEDY. — ¿Qué debo hacer entonces? Elogiarlo? Mi papá ha de estar contento con sus dos cuernos de la abundancia; para ustedes joder ha de ser un rito de consagración, o algo por el estilo.

AMINTA. — (furiosa) Usted me trata como a una mujerzuela. ¿Qué he hecho? Yo jamás lo he acusado de haberme hurtado mi refrigerio.

KENNEDY. — ¡Acaba de hacerlo!

 AMINTA. — ¡Pues bien, sepa que estoy enamorada de su padre, que él siempre me ha amado, y que ambos planeamos compartir juntos nuestras vidas!

KENNEDY. — ¡Se engaña! ¡A él sólo le interesaban sus favores!

AMINTA. — ¡Eliana, al menos, fue lo suficientemente inteligente como para abortar!

KENNEDY. — (compungido) ¡Qué boca tan podrida!

AMINTA. — Yo misma la acompañé al hospital; el feto cayó en una mica de vidrio y expiró; tenía casi dos meses. Sabíamos que usted quería desposarla, pero si usted no pudo sobrevivir seis meses en el ejército, mucho menos podría haber educado y mantenido a un hijo de por vida.

KENNEDY. — Usted lo dice porque es estéril.

 AMINTA. —Lo digo porque ya he abortado dos veces, y no me avergüenzo.  Deberían prohibir la concepción hasta una edad madura.

 

(Kennedy se levanta; su labio temblando bajo una sonrisa irónica que usa como máscara.)

 

AMINTA. — (contrita) Usted me sacó de quicio. De otro modo, jamás se lo habría dicho.

KENNEDY. — No se arrepienta; uno lo sabe todo tarde o temprano.

AMINTA. — ¿A dónde va?

KENNEDY. — A comprar un empaque para mi fusil.

AMINTA. — ¿Viaja? ¿A dónde?

KENNEDY. — A donde nadie me conozca.

AMINTA. —Pero…

KENNEDY. — Tal vez haga parte del hampa; al fin y al cabo ya tengo mis credenciales.

AMINTA. — ¿Qué ha hecho?

KENNEDY. — Jamás me enfurezco con mis víctimas; son ellas quienes me atacan. Anoche, por ejemplo, eliminé a un miserable que trató de arrollarme sobre la mesa de los Santos.

AMINTA. — ¡Dios!

KENNEDY. — Luego de acribillarlo descubrí que aquel sujeto andaba armado. Pudo haberme asesinado con su revólver calibre 38.

AMINTA. — ¡Asesino!

KENNEDY. — ¿La aterrorizo? Y sin embargo su descripción del aborto ni siquiera la estremeció.

AMINTA. — Usted no habla en serio.

 KENNEDY. — Tal vez no. ¿Cuál es la diferencia? Vivimos una pesadilla. ¿Jamás ha despertado luego de haber asesinado a alguien? El alivio es pasajero; en breve nuevos enemigos aparecen.

AMINTA. — Alguien tiene que sacrificarse.

KENNEDY. — ¿Quién? ¿Yo? ¡Jamás!

AMINTA. — ¡Dígame que todo lo que me ha dicho es mentira! ¡Dígame que usted es demasiado sensible para cometer un crimen! ¡Dígame que usted es un desertor!

 

(Sale.)

 
Escena 38
Aminta, Humberto, Lorena

 

(Humberto y Lorena regresan.)

 

HUMBERTO. — Reciba ochocientos mil pesos de doña Lorena. Sin recibo.

 

(Lorena entrega el dinero a Aminta en efectivo.)

 

AMINTA. — (susurrando) ¿Qué le ocurre a Kennedy?

HUMBERTO. — Nada. Busca trabajo. (A Lorena) Es mi hijo; piensa poco en su porvenir.

 

(Humberto sale. Trueno y sonido de lluvia.)

 
Escena 39
Aminta, Lorena

 

LORENA. — Como todo el mundo. Tal vez ustedes puedan hacer Negocios con uno de mis hijos; es arquitecto.

AMINTA. — (distraída) ¿Cómo se llama?

LORENA. — Olinto Castro.

AMINTA. — No lo conozco.

LORENA. — (insegura) Estudió en Bogotá y trabaja en Cali.

AMINTA. — La vida moderna los obliga a viajar de una ciudad a otra, ¿no es así?

LORENA. — ¿A nombre de quien debo girar este cheque?

AMINTA. — Al portador.

LORENA. — ¿En dónde puedo recoger mi mercancía?

AMINTA. — Humberto se la enguacalará en su camioneta.

LORENA. — ¿Ustedes hacen este tipo de operaciones con frecuencia?

AMINTA. — (sorprendida) ¿Discúlpeme?

LORENA. — No, discúlpeme usted; mi marido trabaja en la política, y estoy acostumbrada a los desfalcos; no hay punto de comparación, desde luego, pero es parte de nuestra idiosincrasia; la semana pasada él firmó un contrato por mil millones de pesos.

AMINTA. — (con envidia) Una fortuna. ¿Cuánto obtuvo?

LORENA. — El treinta por ciento; en donaciones legales para su próxima campaña política, claro. El está acostumbrado a lidiar con las investigaciones que la procuraduría nos envía de vez en cuando. Ya ve usted que el único negocio que vale la pena es el de la jurisprudencia, o el arte de enriquecerse del erario público; todos mis parientes son abogados.

AMINTA. — Creí que su hijo era arquitecto.

LORENA. — (se ruboriza) Es cierto; él es la única excepción.

 

(Lorena entrega su cheque a Aminta. Humberto entra en traje de trabajo.)

 
Escena 40
Aminta, Humberto, Lorena

 

HUMBERTO. — Los obreros la esperan frente a su camioneta con el vidrio.

LORENA. — Muchas gracias. Con su permiso.

 

(Lorena sale. Aminta permanece pensativa.)
 
Escena 41
Aminta, Humberto

 

AMINTA. —Que mujer tan ostentosa.

HUMBERTO. — ¿Y Kennedy?

AMINTA. — Creo que se fue a la cafetería a buscar a Eliana.

HUMBERTO. — Si lo ve recuérdele que su ametralladora está en el zaguán, envuelta en papel periódico. No quiero que alguno de los obreros vaya y cometa una tontería con ella.

 

(Humberto cierra la alacena con llave.)

 

AMINTA. — Su hijo está enfermo. Se inmiscuye demasiado en nuestra vida privada.

HUMBERTO. —Tal vez flirteaba con usted. (Riendo) A usted todos los hombres la desean.

AMINTA. — Hablo en serio.

HUMBERTO. — Hice lo que pude con Kennedy. Ya no me hago ilusiones sobre su porvenir.AMINTA. — Y su esposa, ¿qué piensa?

HUMBERTO. — Ella siempre me respalda. La hice jurar de que no le daría un centavo a Kennedy, así él le diga que se está muriendo de hambre. Anda emproblemado.

AMINTA. — Una madre siempre es una madre. Usted es inhumano, haciéndola jurar esas cosas.

HUMBERTO. —Hay asuntos de hombres que ustedes no comprenden.

 

(Aminta se acerca a Humberto y acaricia su rostro.)

 

AMINTA. — En eso le doy la razón. Mi marido está muy agradecido con usted por la compra de la camioneta.

HUMBERTO. — (reculando) Me alegra. Ahora debo volver al trabajo.

 

(Humberto se retira. Aminta hace ademán de seguirlo, mas se encuentra con Eliana, quien también viste de negro.)

 
Escena 42
Aminta, Eliana

 

ELIANA. — Deja que se vaya. Un diamante corta a otro diamante; te invito este sábado a la discoteca 'El Templo Pagano'. Tengo un amigo pastuso que te encantará.

 

(Eliana se sienta junto al escritorio y escribe una carta.)

 

AMINTA. — (sollozando) Algún día él se arrepentirá de su desprecio.

ELIANA. — El entierro estuvo aún más emotivo que el velorio. ¿En dónde está mi mamá?

AMINTA. — Se fue a resolver varios asuntos en la granja.

ELIANA. — ¿Eso dijo?

AMINTA. — Después del sepelio.

ELIANA. — Creí que vendría a almorzar conmigo. ¡Tanto mejor! Me iré en cuanto termine de escribir esta carta. Desde luego, tú le dirás que yo trabajé la jornada completa.

AMINTA. — Firmaré sus horas de trabajo como de costumbre. (Pausa;  súbitamente) ¿Habló con Kennedy?

ELIANA. —No; hace tiempo que no le escribo. Ha de estar ocupado en su cuartel.

AMINTA. — Está mañana vino a buscarla.

ELIANA. — ¿A mí?

AMINTA. — Tal parece que desertó.

ELIANA. — Debo irme, entonces, antes de que me encuentre.

AMINTA. — Me estuvo preguntando sobre su aborto.

ELIANA. — ¿Cómo? Usted me juró que jamás le hablaría de este asunto.

AMINTA. — No tuve otra alternativa. No sé como se enteró; alguien más se lo habrá dicho.

ELIANA. — Mentira…

AMINTA. — No le dije nada que él no supiera. Además, un hombre que se limpia sus uñas con un puñal intimida a cualquiera.

 ELIANA. — ¿Está armado?

AMINTA. — ¡Hasta los dientes! Ya no es el mismo. Usted sabe que el servicio militar puede enloquecerlos.

 

(Aminta otea la calle a través de la ventana.)

 

AMINTA. — Vealo usted misma; sabía que vendría.

 

(Aminta sale. Eliana escribe su carta apresuradamente.)

 

 
Escena 43
Eliana, Kennedy

 

(Kennedy entra y la observa fijamente.)

 

ELIANA. — ¡Qué sorpresa! ¡Me alegra verte!

 

(Eliana lame el parpado del sobre y cierra la carta. )

 

KENNEDY. — ¿Qué secretos me guarda mi novia esta vez?

ELIANA. — Nada…

KENNEDY. — ¿Nada?

 

(Kennedy le arrebata la carta, la abre y la lee.)

 

ELIANA. — ¿Qué haces? ¡Devuélvemela!

 

(Eliana intenta recuperarla en vano.)

 

KENNEDY. — ¿Darío? ¿Esta breve separación me desgarra?

 

(Kennedy rompe la carta con furia. Eliana recula.)

 

ELIANA. — Te lo quería decir en persona.

KENNEDY. — ¡Usted me desprecia por lo que soy!

ELIANA. — ¡No!

KENNEDY. — (angustiado) ¡No me sorprende! Me he engañado a mí mismo: tomando su frialdad por condescendencia.

ELIANA. — Dos años es demasiado tiempo.

KENNEDY. — ¡Yo estaba dispuesto a esperar!

ELIANA. — ¡Es fácil esperar en un batallón!

KENNEDY. — ¿Qué sabe usted de la milicia?

ELIANA. — Sólo te dan un día libre a la semana; así no puedes conocer a mucha gente; en los Estados Unidos es diferente…

KENNEDY. — ¡En los Estados Unidos! Usted me da asco.

ELIANA. — Debo irme.

KENNEDY. — ¡Descarada!

ELIANA. — Continua. Añade que soy una mujer de la vida alegre.

KENNEDY. — ¿Por qué me mintió sobre su embarazo? Yo la hubiera apoyado.

ELIANA. — No quería lastimarte

KENNEDY. — ¡Ese hijo era de los dos!

ELIANA. —Tal vez no.

KENNEDY. —¿Tal vez?

ELIANA. — En las tribus de la Guajira cada cual lleva el apellido de su madre.Es menos complicado, ¿no te parece?

KENNEDY. — Usted sólo me lo dice para enfurecerme.

ELIANA. — ¿No es lo más conveniente para ambos?

KENNEDY. — Yo la quiero, Eliana.

ELIANA. — ¿Hasta qué punto? Es imposible sobrevivir sin afecto.

KENNEDY. — Yo no he renunciado a él.

ELIANA. — ¡Lo sé! ¡Fui yo quien cedió!

KENNEDY. — Sí; supe que te habías casado.

ELIANA. — ¿Recibiste mi carta más reciente?

KENNEDY. — ¿De cuando?

ELIANA. — Te la envíe el mes pasado.

KENNEDY. — No.

ELIANA. — Mi escritura fue descarnada; jamás me lo perdonarás.

KENNEDY. — Si no somos capaces de perdonar a quienes amamos, ¿a quién más?

ELIANA. — (dulce) ¡Kennedy!

KENNEDY. —No soy un profesional, pero estoy dispuesto a viajar con usted hasta Miami; ya un general me ayudó a diligenciar mi pasaporte.

ELIANA. — ¿No eres un desertor?

KENNEDY. — Les tomará un par de días descubrirme.

 

(Kennedy extrae un puñado de billetes del bolsillo delantero de su pantalón.)

 

KENNEDY. — ¿Lo ve? Ya tengo dinero para comprar mi tiquete aéreo. Sólo me falta un sitio a dónde llegar. ¿Qué puedo hacer acá, en un país en donde la gente muere o mata? Usted misma me aconsejó que evitase la violencia.

ELIANA. — No me comprometas. ¿Qué puedes hacer en los Estados Unidos?

KENNEDY. — Trabajaré como obrero de construcción; es cuestión de vida o muerte.

ELIANA. — Aún puedes continuar en Colombia; tarde o temprano habrá paz.

KENNEDY. — ¡Sólo la estorbo!

 

(Pausa. Eliana palpa su espalda.)

 

KENNEDY. — ¡Déjeme! ¡No quiero que me compadezca! ¡Ambos somos de castas diferentes!

ELIANA. — ¡Kennedy!

KENNEDY. —Es la historia de un obrero que sedujo a la hija de una comerciante usurera.

ELIANA. —Nadie me sedujo.

KENNEDY. — ¡Peor aún!

ELIANA. — ¡Te comportas como un niño mimado! ¡Ambos nos enamoramos el uno del otro! ¿Es tan difícil comprenderlo?

KENNEDY. — Fui yo quien se enamoró de su alcurnia, y usted de mi miseria; su sociedad de peluqueros y banqueros la hastiaba, y usted me buscó, y yo le abrí mis puertas, y usted me conoció y usted me abandonó. No la culpo; estoy seguro de que no quería lastimarme.Viajaré de cualquier modo.

ELIANA. — ¿Cómo?

KENNEDY. — ¿Por qué no? ¿No puede admitir que alguien como yo emigre a los Estados Unidos?

ELIANA. — Si esa es su decisión lo apoyaré.

KENNEDY. — No se avergüence.

ELIANA. — ¿Qué digo? ¡Olvidémoslo, Kennedy! ¡Soy una mujer casada! ¿No lo entiende?

KENNEDY. — Usted sólo me aprecia ahora, cuando sabe que mi viaje es inminente.

ELIANA. —Aminta es la culpable! ¡Ella me calumnia! ¡A ti también! ¡Me dijo que eras un desertor! ¡Te acusó de haberla amenazado con un puñal! Ella nos odia. Yo le confié mi embarazo y Aminta me indujo a abortar. Pero ahora lo entiendo claramente: podemos comenzar de nuevo, Kennedy; tu viaje a Miami no es una coincidencia.

KENNEDY. — Pero, ¿cómo puedo confiar en alguien que me ha mentido? Algún día, cuando nos crucemos en la calle, nos evitemos como extraños.

ELIANA. — ¡Usted se enroló en el cuartel sin decírmelo!

KENNEDY. — ¡Mi padre me presionaba! El no fue capaz de comprarme mi libreta militar.

ELIANA. —Con gusto yo le habría entregado el dinero que usted necesitaba.

KENNEDY. — No culpemos a nadie, entonces.

ELIANA. — Ahora somos libres. Libres de cualquier compromiso.

 

(Eliana cae llorando sobre el pecho de Kennedy. Marino entra con su maletín pesado.)

 
Escena 44
Eliana, Kennedy, Marino, Fabiana

 

MARINO. — ¿Todavía llorando al difunto?

 

(Marino coloca su maletín sobre el escritorio. FABIANA lo sigue: una mujer de unos 60 años.)

 

FABIANA. — (a Eliana) Lamento importunarla. ¿Se encuentra bien?

MARINO. — No repare en el aspecto fúnebre de esta oficina, se lo ruego. Uno de nuestros mejores clientes pasó a mejor vida. Siéntese por favor.

 

(Fabiana toma asiento. Marino se acerca a Kennedy y le entrega un sobre con billetes.)

 

MARINO. — Algunos hombres lo estuvieron preguntando en la cafetería. Si yo estuviese en su lugar, ya habría empacado mi equipaje para Bogotá.

 

FABIANA. — ¿Qué ocurre?

MARINO. —Pregúnteselo.

 

(Kennedy sale. Eliana lo sigue.)
 
Escena 45
Fabiana, Marino

 

FABIANA. — ¿Es este sitio seguro?

MARINO. — Sin ese muchacho lo es. Quería extorsionarme. El muy condenado. Pero le entregué cuatro billetes falsos. Ojalá lo cojan en la aduna. (Cambiando de tono) Entonces, Daniela y Enriqueta le dieron mi nombre. Cuénteme, ¿qué la trae por acá?

FABIANA. — (susurrando) Un supervisor ha encontrado varias irregularidades en el manejo de las finanzas de esta empresa.

MARINO. — Vaya novedad.

FABIANA. — El departamento de impuestos nacionales me ordenó tomar medidas de aseguramiento hasta que la comisión pertinente determine la culpabilidad o inocencia de esta compañía.

MARINO. — ¿Es todo?

FABIANA. — La policía compadecerá ante esta empresa el viernes, a las siete de la mañana. La oficina y el taller serán enclaustrados con los sellos pertinentes. Durante uno o dos meses el gobierno se hará responsable de todos los inmuebles de esta empresa.

MARINO. — Comprendo. Y dígame, ¿eso que tiene que ver conmigo?

FABIANA. — Podríamos venir el jueves en la noche a sonsacar los inmuebles más preciosos; su ausencia, caso de que la propietaria sea inocente, sólo se descubrirá en dos meses; para entonces el gobierno se verá obligado a reembolsar a su empresa el costo total de los inmuebles perdidos.

MARINO. — Y si el gobierno embarga a esta compañía, nadie nos descubrirá.

FABIANA. —Exactamente.

MARINO. — ¿Usted por quién me toma? ¡Si durante mi juventud fui un hombre honesto, no me voy a convertir en un pícaro a mis años!

FABIANA. — (sorprendida, pero preparada) Si a usted no le interesa, no hay inconveniente.

MARINO. — Ya veremos que piensa doña Porcia de todo esto. ¡Váyase antes de que telefonee a la policía!

FABIANA. — Daniela y Enriqueta debieron haberme dado un nombre errado.

MARINO. — ¡Ah! ¡De ningún modo! Usted me disculpará, pero soy precavido. Nuestra patrona anda celándonos por estos días. De cualquier modo una cosa es repartir una comisión en tres partes iguales y otra es robar una empresa en medio de la noche con linternas.

FABIANA. — Mi comisión será del veinte por ciento.

 
Escena 46
Aminta, Fabiana, Marino

 

(Aminta entra.)

 

MARINO. — (sin disimular) No nos interesa; pero déjeme su número de teléfono, por si acaso.

FABIANA. — (mirando a Aminta de reojo) Muy amable en todo caso.

 

(Fabiana escribe un número en un trozo de papel, el cual entrega a Marino.)

 

FABIANA. — Hasta pronto.

 

(Fabiana sale. Marino ordena sus papeles.)

 
Escena 47
Aminta, Marino

 

AMINTA. — ¿Nuevos negocios, Don Marino?

MARINO. — Nada interesante.

AMINTA. — Algo oí acerca de cierta comisión.

 

(Marino sonríe.)

 

MARINO. — Despedí con galantería a una dama inoportuna.

AMINTA. — Mi miopía ha aumentado últimamente. Me pregunto si fue a usted al que vi esta mañana abrazando a Doña Porcia.

MARINO. — ¡Ah! Usted no se equivoca. Porcia se ha encaprichado conmigo.

AMINTA. — Una viuda se encapricha con cualquiera.

MARINO. — Soy un hombre infielmente casado, pero prudente. Un idilio con mi superiora no me beneficiaría en absoluto.

AMINTA. — ¿Y su capital?

MARINO. — Prefiero trabajar como su administrador.

AMINTA. — Usted quiere controlarla.

MARINO. — Un altercado amoroso bastaría para que Porcia me despidiese, lo que sería lamentable. Usted es la única mujer que me interesa, Aminta.

AMINTA. — Olvídelo.

MARINO. — Humberto no la quiere. ¿Si sabe que ahora anda de predicador? ¡Condenando a las adúlteros, como si él mismo fuese un dechado de virtudes!

AMINTA. — ¿Qué quiere usted decir?

MARINO. — De cualquier modo, el desfalco, que es su interés en común, va a acabar dentro de poco.

AMINTA. — ¿Cómo?

MARINO. —En el amor, como en la guerra, todo vale, Aminta.

AMINTA. — ¿Usted?

MARINO. —Doña Porcia la despedirá, su marido perderá su nueva camioneta y él volverá a sus malos hábitos. Usted, desde luego, puede contar desde ya con mi asistencia; tengo un apartamento que compré hace un mes en las suburbios de la ciudad; aquí tiene la dirección.

 

(Marino le entrega una pieza de papel con una dirección escrita. Aminta lo toma con mano temblorosa.)

 

AMINTA. — ¡Lo que usted quiere es aprovecharse de mi desamparo! (Entre broma y llanto)

MARINO. — Usted me asocia a su desamparo como una arruga a la vejez. Una prostituta me dijo una vez que a sus cuarenta años la segregaban, que ya nadie quería conocerla. Yo le manifesté que, por el contrario, me interesaría amarla. La pécora me despreció entonces, aduciendo que yo era demasiado joven. (Marino ríe) Pero la edad no es el mayor obstáculo en el amor. Piense en los esfuerzos de las modelos, quienes juzgan a los hombres por sus trajes de marca.

AMINTA. — Habla como un desalmado.

MARINO. — Ambos lo somos, Aminta. Cuando alguien sufre no es el individuo, sino la comunidad quien comete el crimen, y en cuanto ese crimen se repite, todos, víctimas y victimarios perdemos nuestras almas. ¿Cómo más podemos reaccionar cuando pasamos junto a un grupo de niños hambriento, hacia la medianoche, en medio de la calle? Y si elegimos a gobernantes corruptos, es porque nadie más, sólo ellos, pueden refrenarnos. Sí; tal es nuestra perversidad que elegimos a los más insidiosos como nuestros gobernantes para obedecerlos por temor.

 

(Porcia entra en compañía de Lorena.)

 
Escena 48
Aminta, Lorena, Marino, Porcia

 

PORCIA. — Llámeme a Humberto, Aminta, por favor.

 

(Aminta palidece y cae sobre su sillón. Marino se levanta diligente.)

 

MARINO. — Yo lo haré.

 

(Marino sale.)
 
Escena 49
Aminta, Lorena, Porcia

 

AMINTA. — (a Lorena, torpemente) A la doctora, ¿se le ofrece algo?

PORCIA. — La farsa ha terminado, Aminta. Déjeme presentarle a la abogada Porras; aunque creo que ustedes ya se conocieron esta tarde.

AMINTA. —En otras circunstancias.

PORCIA. — ¿Y todavía tiene ánimos para bromear?

 

(Un disparo remoto se escucha desde la calle. Marino entra.)

 
Escena 50
Aminta, Humberto, Lorena, Marino, Porcia

 

MARINO. — ¡Aquí está!

 

(Humberto entra y palidece al ver a Lorena.)

PORCIA. — (ignorando el disparo) Estaba revisando los vidrios templados y noté que uno de tres metros por metro y medio faltaba. Cuéntenos donde está, Humberto.

HUMBERTO. — Se quebró en dos. Fue un accidente.

 

(Aminta llora desconsoladamente, cubriendo su boca con sus manos.)

 

AMINTA. — No es menester que nos humille de ese modo.

 

(Marino sale sonriendo.)
 
Escena 51
Aminta, Humberto, Lorena, Porcia

 

PORCIA. — (ignorando las últimas palabras de Aminta; a Humberto) Un accidente que usted ha de pagar de su salario. Usted es un hombre bastante recursivo, Humberto; enséñenos las piezas quebradas.

AMINTA. — (a Humberto, susurrando) Marino nos delató.(A Porcia) ¡Usted está ciega si no se da cuenta de la manera descarada en que Marino la arruina!

HUMBERTO. — ¡Aminta!

AMINTA. — ¡Lo desenmascaré antes de que me despida! ¡Así sea lo último que haga en esta vida!

PORCIA. — (a Humberto) ¡Traiga las piezas!

 

(Humberto sale ruborizado y pensativo.)

 
Escena 52
Aminta, Lorena, Porcia

 

LORENA. — (a Aminta) Si usted coopera nos abstendremos de denunciarla penalmente.

PORCIA. —Evite ir a la cárcel.

AMINTA. —No hemos cometido delito alguno. Conozco la ley, y usted no tiene ninguna otra prueba que su testimonio.

LORENA. —Es siempre lo mismo. ¿Quiere que la acompañe a diligenciar la denuncia?

AMINTA. — ¡Lo que le digo de Don Marino es cierto! El me denunció para que usted me dejase a su merced.

PORCIA. —De acuerdo. Pero que sea una denuncia civil.

AMINTA. — ¡Usted lo protege!

PORCIA. — Quiero que me firme su carta de renuncia hoy mismo.

AMINTA. — ¡Estupendo! En ese caso conversaré con Eliana antes de que viaje a los Estados Unidos.

PORCIA. — (espantada) Usted, ¿me amenaza?

AMINTA. —Sólo quiero que reconsidere su postura.

LORENA. —El esposo de su empleada adquirió una camioneta recientemente. Mañana procederemos a secuestrarla.

AMINTA. —La camioneta está a nombre de mi cuñado.

LORENA. — ¿Va a firmar la carta de renuncia, o prefiere que la llevemos a juicio por abuso de confianza?

PORCIA —No será necesario.

LORENA. — ¿Cómo?

PORCIA — Pero usted no puede continuar aquí, Aminta.

AMINTA. —Me iré, siempre y cuando usted me liquide por cinco millones de pesos.

 

(Pausa.)

 

LORENA. — ¡Es inaudito!

PORCIA. — ¿Qué obtendré a cambio?

AMINTA. —Lo que desee.

PORCIA. — Además de su silencio, quiero que usted testifique contra Humberto.

 

(Pausa. Aminta solloza.)

 

AMINTA. —No habrá inconveniente.

 
Escena 53
Aminta, Eliana, Humberto, Lorena, Marino, Porcia

 

(Eliana entra; su voz es un gemido intermitente.)

 

PORCIA. — ¡Eliana! ¿Está usted enferma?

AMINTA. — ¿Qué ocurre?

 

(Marino entra con el rostro severo.)

 

ELIANA. —En plena calle, a plena luz del día.

LORENA. — ¿El disparo?

PORCIA. — ¿Pero, de quién?

 

(Humberto entra con una pieza de vidrio roto.)

 

ELIANA. — Yo quise contestarle, pero cuando lo vi, al levantar mi cabeza, un joven nos encañonó, y… ¡Y Kennedy no pudo huir!

 

(La pieza de vidrio resbaló de las manos de Humberto y estalla contra el baldosín. Todos reculan, dejando a Humberto en el centro del escenario.)

 

HUMBERTO. — (Estallando en llanto) Pero si no era más que un trozo de retal...

 

 (Las luces se apagan.)

 

 

 


Hugo Santander Ferreira © First Film Productions 2011