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«En
el infierno también hay gobiernos, pues de otro modo nadie
podría refrenarlos
(…) Existen por amor propio; cada cual deseando dictar órdenes e
imponerse
sobre los demás. [Sus habitantes] odian a quienes no los
favorecen, convirtiéndolos
en objetos de su venganza; así se causan daño los unos a
los otros; tal es la
naturaleza de su egoísmo. Los más pérfidos
prevalecen como sus gobernantes, y
es a éstos a quienes [la multitud] obedece por temor».
Emanuel Swedenborg, De Caelo et ejus Mirabilibus, et de
Inferno ex Auditis et Visis, 220 (Londres, 1758)
PERSONAJES
Humberto
Aminta
Marino
Kennedy
Porcia Bolaños
Eliana Bolaños
Daniela
Enriqueta
Doctor Ardila
Fabiana
Lorena
ACTO
I
Oficina de "Vidriovencol Limitada".
Un
escritorio a la derecha del escenario, rodeado por tres sillas; sobre
él un
teléfono, grapadora, vaso con lápices y
esferográficos, máquina de escribir y
un vaso con yogur. Sobre el foro cuelga una fotografía de un
líder
ultraconservador, descolorida por el tiempo y empolvada. Otro
escritorio yace
en el centro del escenario; sobre él, otra máquina de
escribir y algunas hojas
de papel sueltas.
A la izquierda una pequeña
mesa con tacitas, servilletas,
cucharitas y una cafetera, la cual contiene agua caliente. Bajo
ésta hay un
anaquel con varios cajones, y a su costado un gabinete de contabilidad.
Hay dos entradas: a la izquierda,
que comunica con la
oficina de Doña Porcia y con la calle, y hacia el auditorio, que
conlleva al
taller de trabajo. A lo largo de la obra los ruidos de troqueles,
taladros y
sierras se escucharán con variada intensidad.
AMINTA, mujer esbelta de unos 35
años, sentada tras del
escritorio, mecanografía pequeñas notas que transcribe de
piezas de papel
rasgado, arrugado y manchado de grasa. Sus manos, en la medida de lo
posible,
evitan su contacto. Una copia del periódico local yace en el
suelo.
HUMBERTO, un hombre de mediana
edad, de hombros y abdomen
caídos, entra receloso.
HUMBERTO. — ¿Y la anciana?
AMINTA. — Tenía que ir con
Eliana al Club Campestre.
Puede regresar en cualquier momento.
HUMBERTO. — No me diga.
AMINTA. — Me desagrada verlo
así, merodeando en mi
oficina.
HUMBERTO. — Huele a savia seca.
AMINTA. —Es el nuevo detergente.
(Humberto saca una pequeña
llave y abriendo la alacena extrae una bolsa
negra y una taza con azúcar. A medida que habla se prepara y se
sirve un café.)
AMINTA. — ¿Cómo
está su primogénito?
HUMBERTO. — Preocupado. Pasó
la noche
en vela.
AMINTA. — Ah… (Pausa.) ¿Se
lo llevan
para el ejército?
(Humberto atisba una copia del
diario local sobre el suelo; la recoge y la
lee abstraído.)
AMINTA. —Le pregunté si a su
hijo se
lo llevan para el ejército.
HUMBERTO.
—Es lo mas seguro. Allá le
enseñarán a comportarse como un hombre.
AMINTA. — Es su hijo, Humberto.
HUMBERTO. — Ya es hora de que se
valga por sí mismo. Su mamá lo mima: le hace sus tareas
escolares.
AMINTA. — Yo también lo
haría. Si mi
hijo llegase a ser presidente de la república yo misma le
escribiría sus
discursos.
(Pausa.)
HUMBERTO. — ¿En serio?
(Pausa.)
AMINTA. — ¿Qué va a
hacer al
respecto?
HUMBERTO.
— ¿Qué quiere que haga?
AMINTA.
— Se que los pies planos ya no son una excusa, pero, ¿ya
habló con Don Marino?
HUMBERTO. —No, todavía no.
AMINTA. — ¿Qué espera?
HUMBERTO. —Hoy tomaremos cuenta de
ese asunto.
AMINTA. — (trémula) No me
diga que Kennedy viene a
visitarnos.
HUMBERTO. — ¿Se acuerda de
Edelmiro?
AMINTA. — Me suena. ¿Al que
despedimos por falsificar un recibo de cafetería?
HUMBERTO. — ¿Despedimos?
Usted habla como si fuera a
dueña de este negocio. En fin, Edelmiro pasó de mensajero
a bandido. Aquí
aparece, en la página de los criminales.
AMINTA.
— ¿Que hizo?
HUMBERTO.
— Adivine.
AMINTA. — ¿Robó
un banco?
HUMBERTO.
— Muerto en combate contra el ejército.
(Pausa.)
AMINTA. — Que en paz
descanse.
HUMBERTO. — Me
gustaría emigrar a los Estados
Unidos.
AMINTA. —
¿Porqué no a Japón?
HUMBERTO. — ¿Japón?
AMINTA. —
Allá tendrá mejores oportunidades. ¿O porqué no a
Honduras? Allí, al menos, no
tendrá problemas con el idioma.
HUMBERTO. — La gente que viaja a
Centroamérica regresa
desilusionada; todos los trabajos honestos están acaparados; hoy
en día sólo
los pícaros prosperan. No hay ningún lugar como
Bucaramanga.
(Humberto toma a Aminta de su
cintura. Aminta lo rechaza infructuosamente.
Humberto la besa; Aminta cede. De inmediato escuchamos el ruido de una
puerta
que se abre. Humberto y Aminta recobran su compostura con una agilidad
sorprendente. MARINO, un hombre de unos 65 años, entra a la oficina, sus manos
aferradas a un pesado maletín de cuero de
serpiente. De cabello abundante y grasoso, orejas descomunales y nariz
respingada, sus patillas caen sobre unos pómulos huesudos. Su
cuerpo adiposo
pende de un tronco ligeramente jorobado, atrofiado por sus piernas
zambas y una
vejiga prominente. De ojos verdes y desconfiados, sus pupilas se
dilataban en
sus órbitas minúsculas al enfatizar cada palabra.)
MARINO. — ¿Alguien ha
preguntado por mí?
AMINTA. — Nadie, Don Marino. Son
apenas las siete y
media.
MARINO. — Voy a usar su escritorio.
AMINTA. — El suyo está
disponible.
MARINO. — Este es más
cómodo; usted tiene a mano todo lo
que necesito.
AMINTA. — (fría) Desde que
no fume...
(Marino se instala a un lado del
escritorio. Mientras
habla organiza sus documentos.)
MARINO. —Ya hace tiempo que
dejé ese vicio. Fue una
promesa que le hice a mi nieta antes de su muerte.
AMINTA. — ¿De qué se
murió?
MARINO. — Enfisema pulmonar.
AMINTA. — ¡Dios!
MARINO. — (carcajeando) No me
tomé en serio; la verdad es
trágica, tan trágica que siempre bromeo al respecto.
AMINTA. — No tiene que
decírmelo si le lastima.
MARINO. — En modo alguno. (Triste)
Una bala perdida la
traspasó el día en que nuestra selección de
Balompié empató contra los alemanes
en Italia.
(Pausa.)
AMINTA. — Usted, al menos, tiene un
angelito en el cielo.
MARINO. — (componiéndose) Aún no se
si la idea fue suya o de su madre. Sí; Tatianita me
persuadió con sus pucheros. Y pensar que Carmen no me convenció en casi
cincuenta años que llevábamos
juntos.
AMINTA.
— Usted se casó joven, don
Marino.
MARINO. — A los quince años,
preciosa.
HUMBERTO.
— (a Aminta) No corteje a don
Marino, Aminta. Doña Carmen es una mujer celosa.
(Aminta ríe.)
MARINO. — (a Humberto) ¿Y
usted que
hace fuera del taller? No quiero ni pensar la expresión de
Doña Porcia cuando
lo descubra saqueándole el café en lugar de trabajar.
(Humberto lleva una taza con
café a Marino.)
HUMBERTO. — Sólo puede
despedirme,
como a tantos otros de sus empleados.
(Marino recibe la taza.)
MARINO. — No
creo que lo haga. Usted es un empleado diligente, Humberto.
HUMBERTO. — Si usted lo dice.
MARINO. — Un
padre que ha sabido educar a sus hijos.
HUMBERTO. — Gracias.
MARINO. — Si Doña Porcia
sufriese un
infarto en este instante, Eliana heredaría y usted, gracias a su
hijo, le
supervisaría su negocio.
HUMBERTO. — (perplejo) ¡Lo
que usted
dice es… perverso!
MARINO.
— Si es perverso decir lo que le
conviene...
AMINTA.
— (a Marino) ¿Quiere usted
decir que Eliana y Kennedy...?
MARINO.
— Yo mismo los vi a las puertas de Los Cinco Sentidos.
HUMBERTO. —Me pregunto que hacia
usted en aquel motel.
MARINO. — (Observando a Aminta) Lo
que hacen todos los hombres y mujeres que lo frecuentan.
AMINTA.
— (rápidamente) Lo hará
sufrir. Esa niña no lo quiere; anda
encaprichada.
MARINO. — ¿Cómo
lo sabe?
(Aminta mecanografía.)
AMINTA. — Kennedy tiene talante
para soportarla. Es atrevida,
impertinente e irrespetuosa.
MARINO. — Es
la hija de su patrona, y además su confidente, según veo.
AMINTA. — Hay quienes confunden la
amistad con la amabilidad.
MARINO. — (A Humberto) No se
avergüence, Humberto. Todos
los obreros se enorgullecen de Kennedy. Sienten que su trabajo redunda
en beneficio
de uno de los suyos. Los Cinco Sentidos es un sitio costoso. También yo, durante mi
juventud, me enamoré de
una muchacha de abolengo.
HUMBERTO. — ¿En serio?
MARINO.
— Una tragedia. La sociedad la
puso fuera de mi alcance. Pero no me arrepiento. Eliana es una doncella
promisoria; habla inglés y francés, y estudia
mandarín. Pero no somos de su
clase.
AMINTA. — Tal vez con el tiempo
Eliana
sea tan famosa como la senadora Gancourt.
MARINO. — Dios nos libre.
AMINTA. — A usted toda la gente le
desagrada.
MARINO. — Esa mujer se ha hecho
célebre a nuestras
expensas, Aminta. Dígame, ¿qué ha la senadora
por este país?
AMINTA. — Ha denunciado nuestra
corrupción.
MARINO. — ¿Ante quién? La muy
campante sale y publica un libro en Francia, en
francés, en él que los europeos descubren la Colombia que
siempre han soñado,
un híbrido entre los diarios del Che Guevara y las narraciones
de García
Márquez: una república bananera de ricos y pobres, de
analfabetas y tiranos, de
matarifes y corderos, y sobre todo de gente crédula.
AMINTA. — ¿Y no es así?
MARINO. — ¡No!
AMINTA. — ¿No se queja usted de la
corrupción de nuestros líderes?
MARINO. — ¿Y no hay líderes corruptos
en Francia? ¿En los Estados Unidos? ¿En
Inglaterra? Es cierto que hay corrupción en Colombia, pero eso
no ocurre a
causa de nuestra ignorancia, sino de la organización
política de los estados
más pudientes del orbe, que permite a unos cuantos depositar el
fruto de sus
picardías a una cuenta bancaria con la complicidad secreta de
algún país
industrializado. Según la senadora Gancourt lo que nosotros
debemos hacer es
viajar a Francia, estudiar en una universidad y regresar a nuestra
tierra a
gobernar a quienes de otro modo jamás superarán su
infancia. Ella haría mejor
quedándose en Europa, en donde ahora la admiran como la nueva
heroína de
nosotros, pobres tercermundistas analfabetos, desvalidos y retardados
mentales.
AMINTA. — Usted exagera.
MARINO. — ¡No! La senadora Gancourt se
condenó a sí misma al asegurarle
a los europeos que nosotros la elegiríamos como presidente este
año. La muy
optimista se ha visto obligada a lanzar su candidatura. Si no lo hace
los
franceses la tomarán por una embustera.
HUMBERTO. — No va a ganar.
MARINO. — Exactamente. Será
el hazmerreír del año. Nadie
duda, ni ella misma, de que con un respaldo de apenas el dos por ciento
del
electorado adulto, la senadora Gancourt sufrirá una derrota
humillante. Así que no me contradiga,
Aminta.
AMINTA. — (irónica) Usted
tiene toda la razón, don
Marino. La próxima vez seré muda, y todo oídos,
como ese diván.
MARINO. — Me encanta verla
así, arisca y ofendida.
HUMBERTO. — ¿Es cierto, don
Marino,
que usted trabajo en la contraloría?
MARINO. — Sí, por dos
años. Fui auditor
de la república. Mi responsabilidad era la de revisar los
contratos otorgados a
terceros por nuestros alcaldes, gobernadores, senadores y concejales.
HUMBERTO. — ¿Y fue
allí en donde
usted se enriqueció?
MARINO. — ¿Por quién
me toma? Nunca,
escúcheme, nunca, hurté un
solo centavo del erario
público.
HUMBERTO. — Mírelo como se
ofende
Aminta. ¿No fue usted quien en la pasada farra de navidad nos
dijo que con las
donaciones que había recibido, usted bien podría
jubilarse?
MARINO. — No me acuerdo.
(Sonriendo)
¿Eso dije?
AMINTA. — También nos
confesó que
tenía dos cuentas en las Islas Caimán.
MARINO. — (riendo) En vino veritas.
HUMBERTO. — ¿Ah?
MARINO. — Yo soy un hombre
trabajador, ustedes lo saben. Guardo mis ahorros. Y tal vez haya
recibido una
que otra alfadía, no lo niego. Pero así como
recibí, facilité. Soy un hombre
generoso.
HUMBERTO. — (susurrando; alejando a
Marino de Aminta) Quería pedirle un favor, don Marino.
MARINO.
— ¿Sí?
HUMBERTO.
— La milicia quiere llevarse a Kennedy al cuartel.
MARINO.
— ¡Ah! Yo ya le dije que no
había razón para preocuparse. Como
bachiller, su hijo tendrá un trato preferencial.
HUMBERTO. — La situación va
de mal en
peor. La insurgencia ha minando la tercera parte de este país.
Basta con que
lea los periódicos. ¿Si supo de la muerte de Edelmiro?
MARINO. — Sí, claro.
HUMBERTO.
— Pobre. Si doña Porcia no lo hubiera despedido.
MARINO. — Murió en su ley.
(A Aminta:) ¿Ya me preparó los
libros?
(Aminta deja de mecanografiar.)
AMINTA. — Desde el lunes.
MARINO. — ¿Podría
revisarlos? Un sólo error nos
perjudicaría.
AMINTA. — Los revisé varias
veces
HUMBERTO. — Quisiéramos
hablar a solas por un momento
Aminta.
(Aminta se levanta y sale.)
AMINTA. — ¿Para que tantas
ambigüedades, don Marino? Sé oler sus negocios privados
mejor que nadie.
MARINO. — Gracias, preciosa.
(Aminta sale. Marino se levanta.)
MARINO. — Usted ya sabe que el
primo
de mi cuñado puede sacar a Kennedy de semejante apuro.
HUMBERTO. — ¿Cuánto
sería?
MARINO.
— Cien mil barras. Es
auténtica. No trato con falsificadores.
HUMBERTO.
— Usted sabe que apenas
devengo cincuenta mil pesos por mes, Don Marino.
MARINO.
—Por diez mil pesos puedo recomendar a Kennedy para que trabaje en la
oficina
del mayor; no lo enviarán ni a los campos minados ni a
campañas de exploración.
(Humberto ríe nervioso.)
HUMBERTO. — Tampoco quiero verlo
guardándole las frazadas a sus superiores.
MARINO. — (Sonríe.)
Seré sincero con
usted, Humberto. Este primo me ofrece veinte mil pesos de
comisión por cada
libreta militar. Usted es un muchacho trabajador, y yo no seré
tan inhumano
como para permitir que su hijo se sacrifique en un campo de batalla. Le
diligenciaré su tarjeta militar por noventa mil pesos.
HUMBERTO. —No puedo.
MARINO. — Usted me ofende,
Humberto.
No soy un limosnero. También paso necesidades.
HUMBERTO. — (alicaído)
Discúlpeme, don Marino. No tengo
ese dinero. No discuto su comisión; es justa. Si usted me ayuda
ahora yo le
pago en diciembre, cuando reciba la prima.
MARINO. — No.
HUMBERTO. — ¿No conoce usted
a alguien más?
MARINO. —Si usted no tiene dinero
no veo solución, Humberto,
a menos que…
HUMBERTO. — Dígame.
MARINO. — Kennedy preñase a
Eliana.
HUMBERTO. — Eso sería
irresponsable.
MARINO. — ¿De parte suya o
de él?
HUMBERTO. — Soy incapaz de
insinuárselo.
(Pausa.)
MARINO. — ¿Dígame,
Humberto, su
esposa trabaja?
HUMBERTO.
— En la casa.
MARINO. —Es una pena que usted
asuma la responsabilidad
de sus tres hijos con un sueldo único. ¿Por qué no
comienza su propio negocio,
con uno o dos socios?
HUMBERTO. — ¿Quiénes?
MARINO. — Aminta, por ejemplo. Es
una mujer todavía
atractiva, y es infeliz en su matrimonio; hace poco la oí decir
que quería
divorciarse. Su marido es un abusivo. Un desempleado, y, ¿si vio
la nueva
camioneta en la que anda? Aminta se la regaló. Si yo estuviera
en su lugar le
propondría que invirtiese su dinero en una empresa de
ventanearía de aluminio.
HUMBERTO. — ¿Usted cree?
MARINO. —Su mujer envejece. Y
Aminta, ¿si se ha fijado en
el modo en que lo mira? Sus manos se crispan cada vez que usted
franquea el
umbral de esta puerta. Aún recuerdo las veces en que ella lo
llamó para saber
de su estado de salud, el año pasado, cuando usted se
enfermó de hepatitis. No
hubo mañana en que no nos mantuviese al tanto de su
recuperación. ¡Bastante nos
divertimos con su asco por el jugo de espinacas!
HUMBERTO.
—De zanahoria.
MARINO. — De modo que, ¿cómo
no voy a caer en cuenta de su infidelidad?
HUMBERTO. — Usted habla demasiado,
don Marino. Perdóneme
que se lo diga.
MARINO.
— Perdonado. Espero que usted me
perdone igualmente cuando le diga que los libros de cuenta de esta
empresa han
sido adulterados por usted y Aminta.
HUMBERTO. — ¿Cómo?
MARINO. — Una reacción
aceptable:
indignado y confundido al mismo tiempo. Pero insuficiente. Usted
debería
haberse enojado, como cuando doña Porcia lo acusó de
haberle quebrado una hoja
de vidrio adrede. No se avergüence, Humberto. Nadie está
libre de culpa. Ya ve usted
como empezó doña Porcia, contrabandeando Huevos de
Venezuela. Inestabilizando
la economía de nuestro país.
HUMBERTO.
— He sido un hombre honesto,
don Marino.
MARINO. — Todos lo somos, aunque es
verdad que hoy día los únicos que van a la cárcel
son los crédulos.
(Poseído de una furia
repentina, Humberto toma a Marino
de la solapa, enarbolando su puño en el aire.)
HUMBERTO.
— ¿Por quién me toma usted?
Manuel Gamarra, de Barbosa, mi padre, siempre me dijo que
prefería verme bajo
una lápida que tras las rejas.
MARINO. — Lápida que
será para
Kennedy, si usted no me suelta de inmediato.
(Humberto lo suelta y le da la
espalda contrito.)
MARINO. — Préndame de nuevo
y lo veré
prostituyendo a su hija sobre la carrera quince.
(Aminta entra con dos libros
voluminosos que entrega a don Marino.)
AMINTA. — Las doctoras de la
oficina
de impuestos preguntan por usted, Don Marino.
MARINO. — (Despectivo)
¡Doctoras!
(Marino
toma su agenda, los libros y
sale.)
HUMBERTO. — ¿Y la vieja?
AMINTA. — Llegó con Eliana.
(Humberto se precipita a guardar el
café y a ordenar las tazas. Voces se
escuchan desde afuera.)
PORCIA. — (O.S.) O hace parte de
los
entrenamientos con la profesora de danza, o viene a trabajar conmigo en
las
tardes.
ELIANA.
— (O.S.) ¡Por Dios, Mamá ! El equipo de natación de
la universidad me necesita!
(PORCIA, una mujer de unos
cincuenta años, robusta y dominante, entra justo
cuando Humberto termina de guardar las tazas. ELIANA la sigue.)
PORCIA. — Nadie es necesario en
ninguna parte. Si los
fariseos prescindieron de su Mesías, usted puede prescindir de
aquellos
cazafortunas.
ELIANA. — ¿Cazafortunas?
PORCIA. — Me refiero a esos
físicoculturistas que las
entrenan; son cerdos amancebados ¡Me he percatado de sus miradas
codiciosas!
ELIANA. —Raúl es un hombre
casado.
PORCIA. — Desde hoy Eliana nos
honrará de nuevo con su
colaboración. (A Eliana.) Necesito que me contabilice las horas
que ella
trabaje en esta oficina. (A Humberto) ¿Los muchachos ya
terminaron las
divisiones de baño de la Escuela de Señoritas?
HUMBERTO.
— (titubeante) Creo que...
sí.
AMINTA.
— (ofreciendo a Humberto las
transcripciones mecanografiadas) La patrona se refiere a la nueva
sección.
Usted me disculpará, doña Porcia, pero don Marino me ha
mantenido ocupada,
haciendo los preparativos para la visita de los inspectores de la
oficina de
impuestos.
(Eliana se sienta a cambiar las
baterías de su radiotransistor.)
PORCIA. — Anoche le dije que el
contrato no podía esperar. ¿O es que usted cree que las
hijas de las mejores familias
de Bucaramanga se van a duchar impúdicamente?
AMINTA.
—Don Marino...
PORCIA.
— ¡No hay santo que valga!
(Silencio. Porcia mira a Humberto,
quien se precipita hacia el taller.)
PORCIA. —Usted le da demasiada
importancia a mi asistente. Don Marino no es más que un
subalterno. ¿A que hora
llegó hoy el viejo perezoso?
AMINTA. —A tiempo.
PORCIA. — Seguro... ¿Ya
concertó la
cita con el doctor Ardila?
AMINTA. — (nerviosa) Su teléfono ha
estado ocupado.
PORCIA.
— ¡A otro con esa historia!
Ayer le hablé muy claro de la manera de proceder con sus cheques
devueltos.
(Pausa)
PORCIA.
— ¿Qué espera?
(Aminta
busca su libreta de teléfonos entre sus papeles; sus manos
tiemblan.)
PORCIA.
— Otra mañana que le pago en
balde. ¡Holgazanes hambrientos! ¡Gracias a Dios que los
préstamos me sostienen!
¡Y el gobierno en su corrupción los alcahuetea! No la
despido porque no quiero
que su marido le rompa de nuevo esa quijada de yegua.
(Aminta
llora desconsoladamente.)
PORCIA.
— !Eso es! ¡Llore! Así la
gente se convencerá de que soy un ogro.
(Porcia
suspira impaciente y sale. Eliana va a la puerta, otea el espacio
fuera de escena y regresa.)
ELIANA.
—Se fue a hablar con los
agentes del gobierno.
(Aminta corta su llanto y bebe de su
vaso de yogur. Eliana le ofrece dos pastillas de goma de mascar.)
ELIANA.
— ¿Lo de la quijada rota fue
en serio?
AMINTA.
— Solo me la dislocó.
ELIANA.
— ¡Que bestia!
AMINTA.
— Es mi marido.
ELIANA.
— A mi edad no puedo
comprender las mortificaciones del matrimonio. Apenas vivo mi etapa
erótica,
como diría mi profesor de filosofía. Pero tal vez con el
tiempo también me
canse.
(Eliana
toma una calculadora y ejecuta algunas operaciones en ella, las
cuales anota cuidadosamente sobre una hoja de papel.)
AMINTA.
— Si su mamá la oyese.
ELIANA.
— Me gustaría ser una
prostituta, ¿sabe? Como la mujer de Belle de Jour.
He oído que varias compañeras de clase
lo
son. Es la pobreza; la decadencia de nuestra clase acaudalada, una vez
pierde
su caudal. (Anota) No me malinterprete. Aunque los hombres me hayan
acariciado,
yo aún soy virgen... (Anota) No sólo por devoción,
sino porque aún no me he
enamorado. (Anota) Déjeme ver. Un kilómetro por semana...
AMINTA. — (viperina) ¿Y Kennedy?
ELIANA.
— (Demasiado rápido, en un
afán por ocultar su sorpresa) ¿Hablamos de quince
centímetros?
AMINTA. —Más o menos.
ELIANA. — La regla de aproximación
se aplica. A un ritmo de dos veces por segundo da treinta; por
aproximación
obtenemos un metro cada tres segundos. Esto da veinte metros por minuto.
(Aminta
telefonea.)
AMINTA.
— Tengo un dolor de cabeza...
ELIANA.
— El acto sexual dura tres minutos -según
he leído-, lo
que da un subtotal
de sesenta metros por acto. O sea que, ¡quince! ¡Son
necesarios quince actos
por semana para alcanzar el kilómetro!
AMINTA.
— (hablando a través del teléfono) ¿Doctor Ardila?
Habla la señorita Díaz, de
Vidriovencol limitada. ¿Cómo está?... Llamaba para
informarle que su cheque ha
sido devuelto... Doña Porcia quiere concertar una cita con
usted, sí... Y no se
olvide de mi recado... Le daré el mensaje.
(Aminta
cuelga. Eliana le alarga el papel, pero Aminta lo ignora.)
ELIANA.
— ¿Puedo saber porqué me pregunta sobre Kennedy?
No vivo con él para estar al tanto de su paradero.
AMINTA.
— La han visto con Kennedy en hoteles de mala
muerte.
ELIANA.
— Calumnias.
AMINTA.
— A mí me tiene sin cuidado lo que la gente murmure. Nuestros
padres fueron
campesinos supersticiosos, y es obvio que entre la mojigatería y
la voluptuosidad
prefieran la hipocresía. Pero permítame que le pregunte.
¿Usted usa algún
método anticonceptivo?
ELIANA.
— Soy virgen, ya se le dije.
AMINTA. — Justo lo que me lo temía.
ELIANA.
— ¿Qué insinúa?
AMINTA.
— Kennedy es un candidato
para el frente del ejército, y la mejor manera de que él
permanezca en la
ciudad es mediante un embarazo.
ELIANA.
— (con sorna) Usted no lo conoce, Aminta.
AMINTA. — Su padre no tiene dinero para
comprarle una libreta militar. Humberto mismo me lo ha dicho.
ELIANA.
— (cáustica) No lo culpo.
Humberto siempre ha mantenido a dos mujeres.
(Pausa)
AMINTA.
—
Kennedy es un buen muchacho, pero lo que él más desea es
partir de su casa.
ELIANA.
— El ejército puede ayudarle.
A lo mejor lo envíen al Sinaí. El me dice que allí
los cuarteles militares son
tan lujosos como en cualquier hotel de Europa.
AMINTA. —Kennedy es un mitómano. En el
Sinaí el inglés es un requisito. Sé que él
obtuvo su título de bachiller a
duras penas. Algo que Kennedy no le habrá contado, por supuesto.
Si el ejercito
lo selecciona lo conozco capaz de todo, hasta de matar.
ELIANA.
— ¡Su amargura me saca de
quicio, Aminta! ¿Es a causa de su trabajo como secretaria?
¡Usted no es la
única que agoniza en este hueco! Mi mamá no disfruta
provocando esta miseria.
Usted abusa de su posición. Deberíamos cortarles la
lengua a todos los
insidiosos por decreto. Lo más lamentable es que aún
así la estimo… Mi
intimidad es asunto mío y sólo mío, ¿me
entiende?
(Aminta
mecanografía.)
AMINTA.
—Pero no se enoje, Eliana.
Usted sabe cuanto la aprecio. Sólo pienso en su bienestar.
(Aminta
la mira fijamente.)
ELIANA.
— No crea que se va a granjear mi amistad de esa
manera. (Sonriendo) En fin, olvídemelo; estoy segura de que
tiene bastante trabajo
por hacer.
(Doña
Porcia entra con un documento entre sus manos. La sigue Marino,
Enriqueta y Daniela, empleadas gubernamentales, de rostros
lívidos que pregonan su abolengo; visten
bufandas grises, blusas blancas y faldas oscuras. Sus gargantas,
encadenadas en
oro, soportan dos cráneos altivos bajo empastes de cabello, laca
y colorante.
Su cutis, ligeramente embadurnado de afeites, parece apuntillado por
pesados
aretes de esmeralda laboriosamente incrustados en orejas prematuramente
contraídas. Los ojos de roedor y los pómulos macizos de
Enriqueta descollan
sobre las pupilas inflamadas y la tez lozana de Daniela.)
PORCIA.
— (soez) Salúdeme a Daniela y
Enriqueta. (Meliflua) Esta es la oficina que media con los obreros.
Aminta, mi
secretaria; y esta es Eliana, mi hija única.
ELIANA.
— ¿Son ustedes las doctoras
de la oficina de impuestos?
ENRIQUETA.
— (Ignorándola) Que niña tan simpática; que ojos
tan encantadores. (A Porcia)
¿Viene a trabajar con usted?
PORCIA.
—Durante las vacaciones.
Eliana tiene talante de negociante.
ENRIQUETA. — Qué constancia. Mi marido
tiene una agencia de viajes, pero ni a los golpes podemos obligar a
nuestras
hijas para que nos ayuden. (Reparando en el radiotransistor)
¿Qué escucha?
ELIANA.
— Classics.
ENRIQUETA. —Es lo mejor para conciliar
el sueño.
PORCIA.
— Aunque Eliana duerme poco.
ENRIQUETA. — No me diga...
PORCIA.
—El juicio se lleva en la
sangre. Mi hija me ayuda a cotizar las ventas menores. Es una de las
alumnas preferidas
del profesor de matemáticas.
(Enriqueta
toma la hoja de papel en la cual Eliana hiciera sus cálculos.)
ENRIQUETA.
— ¿Y qué tenemos aquí?
¿Los cálculos de una venta reciente?
AMINTA.
— (sardónica) Si la gente paga con kilómetros.
ENRIQUETA.
—. Mil por semana...
DANIELA. — (a Porcia) ¿La ciudadana
podría enseñarnos el libro de ingresos?
MARINO.
— Aquí lo tiene, mi señora.
(Marino
avanza y lo coloca abierto sobre el escritorio. Daniela lo hojea.
Enriqueta observa la oficina con el mirar severo de un empleado
público
malpago.)
DANIELA.
—Ni soy señora, ni soy suya. Señorita.
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