Hugo Santander Ferreira
 
Hugo Santander Ferreira


  

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Cortés y Moctezuma

Obra de teatro para dos actores


Hugo Santander como Cortés y Jairo Delgadillo como Moctezuma en la producción de Arte Facto Teatro, 1992

«Y entonces alzó las vestiduras y me mostró el cuerpo, diciendo a mí: 'Veisme aquí que so de carne y hueso como vos y como cada uno y que soy mortal y palpable (…) Ved como os han mentido»

Cortés, Cartas de la conquista de México, II.

Cortes y Moctezuma © Arte Facto Teatro 1992


 

 Personajes

 Hernán Cortés

 Moctezuma

ACTO I


          Oscuridad, bruma espesa; una luz pálida se filtra desde las tramoyas, inundando un espacio rocoso. Instrumentos de percusión resuenan; ritmo lento. Sonidos de batalla que se alejan. MOCTEZUMA, quien yace sobre una laja, se levanta y delira sonámbulo.

 

          MOCTEZUMA. — Emergió del mar y usurpa el nuevo palacio de Moctezuma. ¡Oh, Tenochtitlan! Ciudad de torres que adularon al sol, por tantas generaciones condenada. Apostamos nuestra vida a la crueldad y crueldad sufrimos en retorno. Días atrás el más poderoso entre los hombres; hoy vasallo de un advenedizo. El universo clama mi caída. Diego de Velázques, rey reciente del archipiélago de las islas aledañas; también él perdió su imperio. Ni el oro ni los esclavos saciaron su codicia. Si hubieras callado, Moctuzuma, él jamás habría triunfado.

 

(Pausa.)

 

MOCTEZUMA. — Hijo de los dioses hoy propicio el fin de nuestra estirpe; hombres y mujeres con quienes jamás conversé; sobre la gloria, undívago, presa de la indecisión abandono un imperio a los caprichos de otro imperio.  Ahora escuchas, desde las avenidas, las murmuraciones en tu contra; ahora desde el sepulcro los ancianos venerables confabulan su venganza; ahora mi enemigo, victorioso, regresa ufano a atormentarte. Un gesto más y tus súbditos morirían, Moctezuma, hijo de Moctezuma, pero los presagios te acobardan.  La felicidad escapa; ni embriagados la alcanzamos. Tus guerreros, habituados al sufrimiento y la impiedad, desprecian tu apatía; rebelados, en una acción que los condena,  han circundado tu palacio. ¡Más ni tu sacra figura los arredra! ¡Oh! Eres un rehén reacio a abandonar la vida. Asumes cada injusticia, cada tortura, cada sacrificio, cada asesinato perpetrado por tu pueblo.

 

(Pausa.)

 

MOCTEZUMA. — En secreto adoraste a Quetzacoalt; reconocías en él la fortaleza del perdón, la ciencia y la prosperidad;  pero fuiste demasiado débil. Adoraban a Huitzilopochtli, ánima de la iniquidad, y jamás te opusiste a que la sangre de tus prisioneros bañase sus altares.  A menudo acudías a tus sacerdotes, quienes advertían a todos tus guerreros sobre las consecuencias de su desenfreno. ¡Ay! Incrédulos se persuadían entre sí de que la vida acababa con su muerte. Sus cuerpos, decían, eran, como la naturaleza, como las estrellas, como el universo, una casualidad del azar. Cada tarde, al venerar a Huitzilopochtli, dios de la guerra, sacralizaban con sangre sus excesos. ¡Ahora todos te comprenden! ¡Apiádate, Quetzacoalt, amoroso creador! ¡Devuélvele tu protección! El es un rehén incapaz de abandonar su vida. Cuitláuac, su hermano, se erige como nuestro mandatario. Somos un pueblo que prepara su autodestrucción. Qué él reine en su ausencia. Por ti, Quetzacoal, Moctezuma lo perdona. Tal vez esta noche, o mañana él invada su palacio y lo apedree. Si aboga por Cortés es condenado; si no lo hace será sacrificado. ¡Apiádate de su desdicha! Tenochtitlan decreta su muerte a manos de sus propios hijos.

 

(Moctezuma cae sobre la laja y duerme. Golpes de tambor se incrementan y cesan en seco. Moctezuma se levanta y mira a su alrededor, enceguecido por la luz. Hastiado quiere recobrar su sueño. No puede acomodarse. Gritos. Se sienta bruscamente, se levanta y otea el horizonte a través de una ventana.)

 

MOCTEZUMA. — ¿No basta? (Pausa.)  Si tuviese un escriba. (Alicaído.) No vale la pena. (Mira hacia afuera.) La leña se consume y las cenizas se pierden con la brisa.

 

(Desalentado va hacia un rincón en donde halla una taza de barro con agua. Enjuaga su rostro, respira profundamente. Repite sus movimientos.)

 

          MOCTEZUMA. — Luz; sólo luz. Si pudiera dormir.

 

(Toma asiento sobre la plancha. Entra Hernán Cortés, vistiendo un traje limpio, aunque raído.)

 

          CORTES. — Lo esperaba; no quise despertarlo.

         

MOCTEZUMA. — Hizo bien.

 

CORTES. — Hay conmoción en la ciudad; el palacio está asediado por su hermano.

 

(Pausa.)      

         

MOCTEZUMA. — Los sucesos se cumplen; ya no creen en mí.

 

(Pausa.)      

 

CORTES. — Amenazan con entrar al palacio.

 

          MOCTEZUMA. — Lo sé.

 

(Pausa.)      

         

CORTES. — Vengo a pedirle que medie con su pueblo. Se niegan a pactar; quieren sangre.

     

MOCTEZUMA. — He sido su cautivo por meses; nada puedo hacer.

 

CORTES. — Todavía ostenta el poder legítimo; es la ley. Hasta que muera debe actuar.

 

      MOCTEZUMA. — Los ancianos venerables no están para escucharme; ante estos jóvenes guerreros soy un traidor.

 

CORTES. — Olvídelo; fue un error. Se hará justicia.

 

MOCTEZUMA. — Mi sangre no mancha las paredes del templo de Huitzilopochtli. Aún así, ¿quiere usted que hable con mi pueblo?

 

CORTES. — Una explicación basta para comprenderlo. Diga la verdad. Batallaba contra Pánfilo de Narvaés; nuestras condiciones eran inferiores; los soldados del palacio estaban excitados y bastó una provocación para iniciar la guerra.

 

MOCTEZUMA. — Fue una matanza; los ancianos carecían de armas. Sólamente danzaban honrando a nuestros dioses.

 

          CORTES. — ¿Sacrificando adolescentes? El soldado español no soportan que injurien al más débil.

     

MOCTEZUMA. — ¿Espera usted que me justifique con esas palabras?

 

(Pausa.)

 

      CORTES. — Jamás lo entenderían.

 

      MOCTEZUMA. — Usted pide demasiado; no es fácil granjearme un perdón que no merezco. Mi pueblo ya no cree en sus ídolos de madera. Quiere sacrificios. Su única alternativa es huir.

 

      CORTES. — No lo haré; usted lo sabe. Antes prefiero la muerte.

 

      MOCTEZUMA. — No mancille su nombre; usted es demasiado ambicioso para padecer. Malinche lo convencerá: está enamorada y no permitirá que su dios escape.

 

      CORTES. — Si usted no habla ella lo hará.

 

      MOCTEZUMA. — ¿Una mujer? (Pausa.) Absteniéndose hubiera evitado tanto horror. Si conocía a sus hombres no debió marchar.

 

      CORTES. — Usted lo quiso.

 

      MOCTEZUMA. — Le di un consejo, una opinión; no quería una batalla en medio de la ciudad. Si lo incité fue con el afán de preservarlo. No me culpe; era su deber sopesar los factores

 

      CORTES. — Todos anhelaban mi derrota. De Nárvaes era una mal soldado; usted, incluso, de estar en mi lugar, lo habría derrotado con facilidad.      

 

MOCTEZUMA. — Agradezco sus lisonjas, pero no puedo perdonarlo; trajo al palacio a sus peores hombres.

 

CORTES. — (imponiendo su autoridad) No quiero perdón; no importa que estén muertos. Si fueron quinientos o tres mil o cien no basta; usted vive.

 

MOCTEZUMA. — (compungido) También debí ser asesinado; estaba escrito.      

 

CORTES. — ¿Qué espera usted? Los culpables serán castigados. Prometa eso a su pueblo.

 

MOCTEZUMA. — Entréguelos al clero.

 

CORTES. — (controlando un sentimiento de horror) Los castigos se dictarán de acuerdo a los mandatos de nuestra iglesia.

 

MOCTEZUMA. — Entonces prepárese a morir.

 

CORTES. — No crea que será fácil; tenemos hombres. Si usted insiste en negarse a dialogar su cabeza rodará por las escalinatas del templo mayor.

 

MOCTEZUMA. — Me intimida en vano. Dentro de poco estaré en compañía de los dioses; me hablan de ello con vehemencia.

 

CORTES. — ¿Ha soñado de nuevo?      

 

MOCTEZUMA. — Moría, y era feliz.      

 

CORTES. — Sería conveniente que mirase a su alrededor y desconfiase del lenguaje de los dioses. Muerto lo perdería todo: su imperio, sus hijos, sus mujeres. ¿Carece de dignidad?

 

MOCTEZUMA. — Algún día todo lo perderemos; y todo lo recobraremos. Usted no me comprende; me he cansado de preocuparme por el mundo. Cada provincia rebelada era una amenaza que a toda costa debía reprimir. Jamás dormía. Librarme de mi responsabilidad, ahora, con usted, es menos agobiante. ¿Qué teme el hombre si con su muerte es libre?

 

CORTES. — ¿Y su pueblo? ¿Cree que podrá resistir al asedio del emperador europeo? Usted puede evitarlo. Si yo muero Carlos me vengará con un mar de sangre.

 

MOCTEZUMA. — Igual ellos sufrirán; es el costo. No debíamos haber expulsado a Quetzacoalt.      

 

CORTES. — ¿Desea el peor castigo para su pueblo?      

 

MOCTEZUMA. — No merecen morir. Los sacerdotes determinan trescientos años de servidumbre; la purgación por los crímenes de nuestros padres aún no ha comenzado.      

 

CORTES. — Usted se comporta como una bestia, de un modo irracional. No puedo dilatar esta entrevista.

 

(Cortés, cólerico, toma a Moctezuma de sus hombros.)

 

CORTES. — Pero sepa que si es necesario emplear la fuerza así será.      

 

MOCTEZUMA. — (irónico) Ahora usted es el amo y señor del mundo; el súbdito del emperador de altamar que subyuga por la fuerza al imperio más gran del valle de Anáhuac.

 

(Cortés amenaza con golpearlo.)      

 

MOCTEZUMA. — Golpéeme si quiere; pero yo ya no soy yo, y este imperio no es mi imperio.      

 

CORTES. — Traemos la fé; Quetzacoalt repudiaba los sacrificios humanos. Cristo también. ¿Es casual la semejanza?      

 

MOCTEZUMA. — Huya Cortés. Su vida es larga y no vale la pena desperdiciarla así. Si falla en el intento su dios lo hará feliz.

 

(Cortés se desprende del cuerpo de Moctezuma.)      

 

CORTES. — Usted habla demasiado; deje atrás su resentimiento y comprenda mi interés por vivir. Cualquier hombre en mi lugar lo haría.      

 

MOCTEZUMA. — Su apego a la vida es vano; cualquier día un venablo lo alcanzará; entonces morirá angustiado. No comprendo como puede ser tan valiente, ni tan necio.      

 

CORTES. — El esclavo reprime a su patrón. ¿Ya acabó?      

 

MOCTEZUMA. — Por el momento.

 

(Pausa.)     

 

CORTES. — No es necesario que hable más.

 

(Cortés abandona el recinto.)      

 

MOCTEZUMA. — Volverá pronto; el poder y la ambición lo ciegan. Ya nunca podrá abandonar esta tierra; cuando se canse será demasiado tarde. Su rostro anuncia el tortuoso sufrimiento que los dioses le deparan.

 

(Golpe de tambores; Cortés regresa bruscamente.)      

 

CORTES. — ¡Usted! ¡Ha ostentado el poder! Demasiado tiempo, quizás. ¿Quiere que crea que lo maldice de un día para otro por obra del destino? He visto sus manos manchadas de sangre; no intente convencerme de su inocencia. Afuera el mundo se debate entre la vida y la muerte.¡Advierte la diferencia? Usted puede ser Creso; puede ser derrotado y congraciar con Carlos, nuestro soberano, a cambio de la mansedumbre de su pueblo. Hay años por delante; sus venas rebosan de sangre.

 

(Toma a Moctezuma entre sus brazos.)      

 

CORTES. — ¡Luche! ¡No desprecie mis favores!      

 

MOCTEZUMA. — ¿Cómo puedo arrepentirme de mis faltas? Fue mi destino; cuarenta años. Ahora pierdo; ya no vale la pena lamentarse.      

 

CORTES. — (impotente) Usted odia vivir; los hijos de sus hijos lo maldecirán.      

 

MOCTEZUMA. — Para cuando lo hagan yo ya no estaré sobre este suelo.

 

CORTES. — Carece de valor dialogar con un hombre como usted; se empecina en morir. Sin embargo, si así es, ¿por qué continua vivo? Su estirpe no teme al suicidio.

 

(Pausa.)      

 

CORTES. — Lo confundo. Comprendo; en España abundan hombres como usted, Moctezuma. Hablan y envuelven la conciencia con sus palabras. Ese es su modus vivendus. ¿Cuál es su propósito? ¿Qué quiere usted de mí?      

 

MOCTEZUMA. — Nada; dirija esa pregunta a su dios; no es de mi incumbencia. Empero, sepa que mi apatía va más allá de un sentimiento grosero. Sin temor a la vida quiero presenciar el castigo de mi imperio y mi hundimiento hasta sus últimas consecuencias.

 

CORTES. — Mórbidos deseos. Si pierdo otro conquistador vendrá; hay miriadas de conquistadores.      

 

MOCTEZUMA. — Quizá.      

 

CORTES. — No ha sido fácil venir aquí; nunca lo convenceré de ello.      

 

MOCTEZUMA. — Los dioses jamás entregan a los hombres una vida fácil; a cada cual lo suyo.

     

CORTES. — ¿De qué manera aprecia a sus congéneres? ¿No existe el valor? ¿No distingue al hombre taimado del hombre más capaz? 

    

MOCTEZUMA. — Los dioses no proveen diferencias.  

  

CORTES. — El hombre sí. No se engañe; usted sufre. 

    

MOCTEZUMA. — Es vital; lo merezco. ¿Qué esperaba usted?      

 

CORTES. — ¿Cree que he vivido demasiado?      

 

MOCTEZUMA. — Usted lo sabe.      

 

CORTES. — Hay un sentimiento vital que usted aprecia.

 

(Otea el horizonte a través de la ventana.)      

 

CORTES. — Observe; el panorama es claro; hay árboles, hay templos, hay plazas. Pavos y canes retozan. A lo lejos también están sus hombres; honran a sus muertos; las mujeres llevan de su mano a los pequeños. Atrás las siembras de maíz descuellan; usted lo ha hecho.

 

(Pausa.)      

 

MOCTEZUMA. — Siempre igual; si hubiese algo diferente. Me crié en el campo, a la luz del cielo, alimentándome con los manjares de mi padre. Me eduqué en la disciplina de los astrólogos y los poetas más renombrados del valle de Anáhuac. Luego, joven, ejercí el poder y promulgué la justicia. Pero nuestros compromisos me forzaron a declarar guerras. Batallé y en los templos celebré con euforia la victoria. Me granjeé la admiración de mis vasallos.

 

(Pausa.)     

 

MOCTEZUMA. — Hasta cierta tarde en que sentí el hastío; los hechos circulares: nacer, vivir, morir, empezar, mantener, acabar. Oscilando entre problemas vacuos y soluciones inseguras; intentando aprehender la dicha; festejando el fin del año como si fuese el fin del mundo; descubriendo la insensatez de ese espiral interminable que llamamos tiempo y que jamás perdona; hallando la existencia como una imposición ajena a nuestro arbitrio.      

 

CORTES. — Usted olvida a quienes entregaron su sangre por su bienestar; un pensamiento egoísta que ambos compartimos.

 

MOCTEZUMA. — No me malinterprete. Sólo los desvergonzados divulgan su asco; de haber nacido usted aquí habría perdido su lengua a los seis años.

 

CORTES. — Esos modales, a Dios gracias, han sido corregidos.

 

MOCTEZUMA. — Exterminados.

 

CORTES. — Nada termina; algo muere, algo nace; la humanidad prosigue.      

 

MOCTEZUMA. — Con mi muerte acaba; sin mí el orbe se aniquila.      

 

CORTES. — ¿Y el pueblo? ¿Y sus hijos? Los soldados tomarán a sus mujeres; una nueva raza dominará estas praderas.      

 

MOCTEZUMA. — A cada muerte hay un final; el mundo acaba día a día en miles de sepulcros.      

 

CORTES. — Carlos Quinto de España reformará al valle de Anáhuac.

 

(Pausa.)      

 

MOCTEZUMA. — La codicia lo carcome; lo huelo en sus venas; lo obsesiona está zona que usted llama el nuevo mundo. Para mí siempre ha existido; no conozco otra. Aún así, los padres de mis padres la habitaron. He perdido en la memoria los nombres de tantos ancestros. El olvido: un don de dioses. Sin él ningún hombre injusto sobreviviría.

 

CORTES. — ¿Por qué un mancebo desacata los mandatos de su padre? Vive; eso es todo.

 

MOCTEZUMA. — La tierra jamás ha sido vieja o nueva; Nace y habita en cada palabra que escuchamos.      

 

CORTES. — ¡Basta! ¡Estoy harto de tanta insensatez! Para usted es baladí la derrota de un imperio; poco importa la destrucción de su ciudad, o el conocimiento de la doctrina eclesiástica. ¡Pero allí está el mérito! El del héroe o el truhán ¿Qué esperaba usted? La vida es escabrosa, pero al vencer sus obstáculos saboreamos su grandeza: el triunfo.      

 

MOCTEZUMA. — ¡Su presunción es jocosa!      

 

CORTES. — No lo será para la humanidad. ¿Me importa padecer insomnio en las noches? ¿Me lamento de amar a una mujer Coatzacoalca? ¿Sucumbo acaso ante las demandas de una tropa ávida de sangre? ¿Sufro al engañarla con promesas de oro para que inmolen sus vidas ante un ídolo? ¡Este es el mundo que tuve que vivir! No vivimos como queremos, sino como podemos. Combato y lucho contra hombres que piensan de igual modo. El instinto prevalece; somos víctimas o victimarios.

 

(Pausa.)      

 

CORTES. — También tengo derecho a ganar. Pero usted... No merece que lo llame emperador. No creo que haya batallado y triunfado contra los tlaxcaltecas con ahínco. Su actitud me indigna; habla de su muerte como de una escapatoria.      

 

MOCTEZUMA. — Su credo no le permite razonar sobre ella. Le inspira temor; es tan fácil aprobar las leyes de su dios. Todo está predicho: el bien o el mal. El cielo o el nefasto refugio subterráneo. Aún así tengo a Ixtab.      

 

CORTES. — ¡Abjure! 

 

(Moctezuma se acerca a un ídolo de piedra que yace sobre el suelo.)   

 

MOCTEZUMA. — Divinidad de Yucatán, hoy mi consuelo; Ixtab atenúa mis congojas y me concita a morir sin miedo. He abarcado el fin con naturalidad y dispongo del valor para subyugar a mis temores. ¿Qué sentirá usted al cuestionar su vida? Sufrirá veladas de insomnio, reacio a hilvanar sus respuestas. Jamás aceptará o divulgará la verdad por vergüenza.      

 

CORTES. — ¿Qué es la verdad?      

 

MOCTEZUMA. — Para comenzar, reconocer nuestros engaños.      

 

CORTES. — ¿Cómo puedo reconocer mis engaños?      

 

MOCTEZUMA. — Evitando las tinieblas, el embuste, el secreto, la murmuración, el complot, la hipocresía, la manipulación.      

 

CORTES. — Soy un hombre sincero.      

 

MOCTEZUMA. — ¿Quién no lo es? De acuerdo a Quetzacoalt, sólo cada cual conoce su interior. 

    

CORTES. — Las palabras de Nuestro Señor Jesucristo lo instruirán con mayor precisión al respecto. 

    

MOCTEZUMA. — ¡Su dios encarna a Quetzacoalt!     

 

CORTES. — ¡No permitiré que lo ofenda en mi presencia!      

 

MOCTEZUMA. — Lo denigramos, y ahora él regresa victorioso, sobre las espaldas de nuestros rivales. Usted, que injuria a nuestros niños conocerá nuestro remordimiento. Sí; usted venera a Quetzacoalt; pero en breve, al igual que cualquiera de nosotros, abjurará de su sabiduría.

 

CORTES. — Adoro a Jesucristo.

 

MOCTEZUMA. — Usted es su instrumento y no lo sabe; las pompas de sus sacerdotes lo distraen.       

 

CORTES. — Es el privilegio del más fuerte; su credo también triunfa.      

 

MOCTEZUMA. — ¿Hasta que punto ama a su dios, Cortés?      

 

CORTES. — No lo merezco; soy un pecador. Pero él siempre va conmigo; no pregona la muerte como Ixtab, sino la virtud del sufrimiento. Así purgo mis pecados.

 

(Pausa.)      

 

CORTES. — ¡Cuánto tiempo sin España! Pocos se atrevieron a viajar conmigo. Aun primer intento sufrí un accidente. Casi muero, pero Dios me deparaba otro destino. Obtuve poder y tierra en la isla de Cuba. Quise ir más allá; desafié la autoridad del gobernador Diego de Velázquez y ahora estoy aquí. ¡Qué pensará de mí? Envió una hueste de mil hombres y con un ejercito inferior lo derroté. Ha de estar escribiendo una carta a Carlos denunciándome. Me llamará traidor; pero el tesoro de Tenochtitlán me justifica.      

 

MOCTEZUMA. — No lo tomó cuando pudo; ahora es tarde.      

 

      CORTES. — ¡Llevaré la quinta parte a Carlos! Luego volveré; las mulas y los caballos cargarán con ella. Y él sabrá de mí. Ni Francia, ni los países bajos, ni tan siquiera Portugal se atrevieron a marchar selva adentro. Yo lo he hecho; a la gloria de Dios.      

 

MOCTEZUMA. — ¡No se engañé! ¡Usted no vive por su Dios! Su egoísmo lo ha marcado; en sus ojos los destellos plebeyos quieren apagarse con su gloria. Jamás hallará sosiego; sus hazañas carecen de importancia. Alimenta su egoísmo con envidia. ¿Quiere ver a sus pies a sus antiguos enemigos? ¿Es esa la causa de la lucha?... No se glorifique. Escucharle me fastidia. Podría repetirle mil veces su heroísmo y no obtendría satisfacción.      

 

      CORTES. — ¡Mida sus palabras! Recuerde su postura.      

 

      MOCTEZUMA. — En breve será nada; sólo cenizas. No ansío la inmortalidad. Fíjese: usted muere.      

 

      CORTES. — No. (Pausa.)      

 

      CORTES. — Usted habla injustamente; quiere humillarme. ¿Le deleita?       

 

      MOCTEZUMA. — Usted prosigue el juego; me escucha porque sabe la verdad. De estar en su lugar y usted en el mío, ya estaría muerto.      

 

      CORTES. — Nunca me cansaré de confesarlo. Por Jesucristo lucho; como él jamás pregonó mi dolor ante la masa. Hemos de ser fuertes en cada pasión; vivimos un tiempo infeliz la mayor parte del tiempo, cierto. Mas lo ignoro. Un momento de alegría lo justifica todo. Cuando estoy sólo y la tristeza me acongoja su misericordia me consuela. Por él marché a la guerra; por él vivo; por él volveré a España; por él muero. Lo demás no importa. Soy un hombre y lucho contra mis pecados. Usted carece de autoridad para juzgarme.      

 

      MOCTEZUMA. — Si tanto le ama debió entregarse a él. Los imperios son injustos; quienes los aceptan luchan o son vencidos. Si usted gana será un asesino.      

 

      CORTES. — La fe; esto no es un paraíso, pero ella lo justifica. Hago lo que puedo, ¿no basta? Me niego a vencerme como usted. Quizá la humanidad no valga la pena; aún así intento cambiarla.      

 

      MOCTEZUMA. — Todo sigue su curso; cualquier cambio está predeterminado.      

 

      CORTES. — Construyo.      

 

      MOCTEZUMA. — ¿Cree que esta empresa es obra suya? ¿Jamás ha considerado ser un medio de los dioses? Ellos castigan al hombre desde la cuna a causa de un exceso imperdonable. Desde años atrás los augurios presagiaron este fin. ¿Hay algo peor que la angustia? ¿Gobernar sabiendo que se va a perder?      

 

      CORTES. — ¿Jamás consideró a esos augurios advertencias? Los imperios caen a causa de sus temores.

 

(Pausa.)      

 

      CORTES. — Soporto la certeza de la muerte. Un imperio se desvanece, pero la dignidad imperial persiste. Usted la posee... Aunque desconfíe de mí reconocerá que es cierto. Viva.      

 

      MOCTEZUMA. — Ya es tarde; los dioses escuchan otro ruego.      

 

      CORTES. — Teme confrontar sus actos; barrunto la causa. Su pueblo es belicoso. Desprecia la sensatez en tiempos de guerra. Mas, ¡hágales ver su mérito! De haber declarado usted la guerra Tenochtitlán ya no sería.      

 

      MOCTEZUMA. — Fue un error; intenté batallar contra el destino. Mas no hay escapatoria. Dos lustros atrás el cielo fue rasgado por una estrella. Supe que la gloria acababa. El fin de cada era se manifiesta a través de pequeños desaires.

 

(Pausa.)      

 

      MOCTEZUMA. — Hace un año, antes de iniciar el juego de pelota, mientras las mujeres danzaban a Xochipilli, nuestros hogares ardieron. Nadie conoció la causa. El fuego fue un augurio que Moctezuma y mi tío temieron. Pregunté a los magos y éstos conjuraron una migración. Creí huir; pero de cuatro expediciones enviadas al norte sólo una volvió. Mi espíritu combatió a un dios y está baldío.      

 

      CORTES. — Pero usted pudo asesinarme; se abstuvo. ¿Por qué?      

 

      MOCTEZUMA. — No importa.      

 

      CORTES. — Es necesario saberlo.

 

(Pausa.)      

 

      CORTES. — ¿Calla? !Desate su odio! ¿O mantiene esperanzas de triunfo? Ya es tarde para variar el curso de los hechos; su partido es el mío. Si los aztecas invaden este recinto usted será degollado. Si lo desamparo las armas de los tlaxcaltecas lo esperan; sus muertos reclaman venganza.      

 

      MOCTEZUMA. — La merecen.      

 

      CORTES. — (impaciente) Si usted media nada ocurrirá. Caso contrario, ¿cree que su hermano Cuitláuac depondrá el poder?¡Apenas ayer lo obtuvo! Es soberbio; lo torturará; ultrajará sus restos.

 

(Pausa.)      

 

      MOCTEZUMA. — Es fácil hablar así; usted desconoce la derrota. Pagamos la ignominia de nuestros ancestros; también mis hijos purgarán mis excesos. ¿Cuántos tengo? Lo he olvidado. ¿Cuántos han muerto?

 

(Pausa.)      

 

      MOCTEZUMA. — Durante algún tiempo creí a los tlaxcaltecas cobardes; desmantelamos sus murallas, pillamos sus cosechas, ultrajamos sus mujeres, esclavizamos a sus niños. Los guerreros que osaron enfrentarnos conocieron sus corazones palpitantes sobre los altares del templo mayo. Ahora usted, instrumento de Quetzacoalt llega. ¡Qué deshonor! El orbe castiga nuestra injusticia; nuestros enemigos en alianza con un dios.      

 

      CORTES. — La justicia alcanza a todos los hombres por voluntad de la providencia. Varias mujeres tlaxcaltecas acogieron con júbilo nuestra expedición; sus maridos habían sido devorados por sus hijos.       

 

      MOCTEZUMA. — Pago el ensoberbecimiento de Moctezuma; dominó el valle de Anáhuac y se negó a pactar con los tlaxcaltecas. Su arrogancia lo cegó; declaró al más débil su enemigo.      

 

      CORTES. — Y continuó en su tío y en usted.      

 

      MOCTEZUMA. — ¡Basta! ¡Desvista su orgullo!

 

(Pausa.)      

 

      MOCTEZUMA. — Un hijo jamás deroga las normas de su padre.      

 

      CORTES. — Sus flaquezas lo amilanan; usted oculta en ellas el talante de un tirano. ¡De acuerdo! Ignoraré sus motivaciones. Pero es mi deber decirle que considero insensato acatar exacerbadamente leyes obsoletas. ¡Mírese! ¡Su poder es ilimitado! Aún puede alterar los edictos; nunca es tarde.      

 

      MOCTEZUMA. — (riendo) ¿Yo? No. ¡Usted lo hará! Será el centro del universo; insufla seguridad, pero es frágil. Su ironía es vaga. Se alimenta de miflaqueza. (Desafiante.) No crea que todos los hombres que conozca serán tan indecisos como Moctezuma, don Hernán. Confiará en alguno, quien lo traicionará. Comprenderá su error; demasiado tarde, quizás.      

 

      CORTES. — Ya he padecido esa amargura; antes de conocerle usted me traicionó.     

 

      MOCTEZUMA. — ¡Cholula no tenía órdenes de atacar! ¡Se lo repito!      

 

      CORTES. — ¡Dos de mis hombres expiraron en mis brazos! ¿A quién debo creer? ¿A usted? ¿En un momento de debilidad? Existen mandos intermedios entre un rey y la plebe; subterfugios en los que cualquier orden pierde nombre.      

 

      MOCTEZUMA. — También existe lo contrario: ¡reyes encadenados a los vicios de sus súbditos! Jamás he descifrado el pensamiento de mis siervos. Usted lo sabe; actuó contra la voluntad de Diego de Velázques. ¿Pudo él barruntar su perfidia?      

 

      CORTES. — Velázques es cruel; la ira es su enemigo.      

 

      MOCTEZUMA. — Conquistó Cuba.      

 

      CORTES. — Una isla poblada de indios flojos, carentes de organización; ni tan siquiera batallaron.      

 

      MOCTEZUMA. — ¿Así habla de su benefactor? Sin su protección usted jamás habría obtenido un trozo de tierra.      

 

      CORTES. — Jamás atribuyo a los hombres mi fortuna; somos instrumentos de la providencia. Recurriendo a sus palabras, diría que todo está predeterminado.      

 

      MOCTEZUMA. — Sus creencias cambian al vaivén de mis pensamientos. Usted disimula con maestría su pasado. ¿Cómo llegó acá? ¿A cuántos hombres esclavizó y asesinó por rebeldía?      

 

      CORTES. — Pocos; no más que usted. Su poder emula su maldad.

 

(Pausa.)      

 

      MOCTEZUMA. — ¿Quiere esclavizarnos! ¿Así sea! No sufriré a mis hijos excavando minas de oro para usted y su rey!      

 

      CORTES. — Sálvelos; desde que habito en su alcázar la abundancia me abruma. En España hay hambre; aquí los manjares son devorados por los perros. Logre un acuerdo; respetarán nuestra vida y a cambio de su mansedumbre evitaremos la esclavitud.      

 

      MOCTEZUMA. — Le aconsejo que luche sin mí.      

 

      CORTES. — ¡Su cobardía! ¡No la soporto! ¿Porqué se niega? ¿Qué espera?      

 

      MOCTEZUMA. — No lo sé.      

 

      CORTES. — ¿Sangre? ¿Quiere que su pueblo muera?      

 

      MOCTEZUMA. — (torturado) No quiero nada; no sé nada; no quiero pensar.

 

(Clamores de querella. Cortés observa perturbado un punto en la ciudad.)      

 

      CORTES. — No le guardo rencor. Cholula pagó caro su intento de rebelión; sus nobles fueron ahorcados. Nadie más morirá.

 

(Tambores de guerra.)      

 

      MOCTEZUMA. — Su desamparo determina su pensamiento. Ya es tarde; quieren batallar. Morir honrando a Huitzilopochtli.      

 

      CORTES. — Algo en ellos se rebela; lo sabe.     

 

      MOCTEZUMA. — Toda víspera de guerra es triste; en ella la soberbia prevalece.      

 

      CORTES. — Las promesas cambian el parecer de la multitud. Por última vez; le ordeno hablar.      

 

      MOCTEZUMA. — No me expreso tan bien como usted. Obtuve el poder desde la cuna. No sé más que perder. (Sonrisa irónica.) Cuando sea poderoso, usted creerá poseerlo todo por un breve tiempo; en vano. Querrá huir, como yo, y no podrá. La angustia roerá sus huesos. Oscilará entre matar o perdonar; entre la sangre y la humillación. No tengo nada más que hacer aquí; mi obra está concluida.      

 

      CORTES. — Destruye un imperio.      

 

      MOCTEZUMA. — No seré ni el primero, ni el último; es el vaivén de la historia. Mas tarde otro pueblo florecerá; luego caerá.      

 

      CORTES. — Moctezuma aún vive. Nada pierde avanzando por otro camino.      

 

      MOCTEZUMA. — No hay caminos; vagamos hasta sucumbir en los abismos.      

 

      CORTES. — ¡Oh! Tanta sangre derramada por negligencia. Los anales de la infamia escribirán su nombre.      

 

      MOCTEZUMA. — Junta al suyo.

 

(Pausa.)      

 

      MOCTEZUMA. — Sé lo que hará; huirá y al volver no dejará piedra sobre piedra de estos templos. En lugar de altares para sacrificios edificará púlpitos. ¡Ellos apostatarán su credo! La aniquilación de un pueblo conlleva su desprecio.      

 

      CORTES. — ¿Ante quién? (Pausa.)      

 

      CORTES. — Aún así la gloria permanece. Algún guerrero admirará estos sucesos; despreciará su apatía.      

 

      MOCTEZUMA. — He dejado atrás la tentación de la sangre y el soborno de la historia. Otros como yo se hastiarán de usted, y de héroes y de hazañas. Su tiempo acabará y otro vendrá. ¿Cuántas generaciones han poblado el tiempo? Antes de que mis antepasados colonizasen estos predios, otra civilización ya había talado el valle. Antes del diluvio otra ciudad ardió. Nada quedó; ni sus hazañas, ni sus congojas; sólo olvido. Es justo que otra humanidad comience.       

 

      CORTES. — Nuestro continente es inmortal; sus ancestros creyeron en la impiedad; los míos en la eternidad. Una vez dominados sus vasallos recobrarán sus ansias de vivir.      

 

      MOCTEZUMA. — ¿Esclavizados?      

 

      CORTES. — Dios ha propagado jerarquías en el mundo. (Pausa.) También siervos.      

 

      MOCTEZUMA. — Siguiendo su modo de pensar, ¿quién ha dado el poder a mi hermano? ¿Quetzacoalt?     

 

      CORTES. — ¡Usted continua en él!      

 

      MOCTEZUMA. — Responda.      

 

      CORTES. — Cuitláuac es un hombre pagano. Un reino sin bendición es una anarquía.      

 

      MOCTEZUMA. — ¡Miente! (Risa breve.) Su discurso apesta. Jamás persuadirá a mi pueblo con esas palabras. Son enunciadas sin entusiasmo; dudo que usted las haya sopesado. Nada entre dos hombres difiere; usted aprende mi idioma; yo el suyo. Ambos procreamos; amamos.      

 

      CORTES. — Entre los dos estriba una diferencia; no me entrego al destino.      

 

      MOCTEZUMA. — ¿No es el destino una mujer? (Pausa.) ¿Se odia, verdad? Odia amar a una coatzacoalca.      

 

      CORTES. — Marina confía en mí, como yo en ella. Salvó mi vida y la de mis hombres.      

 

      MOCTEZUMA. — Quiso emplearla en sus intrigas, como a Velázques, como a mí.      

 

      CORTES. — ¡No permitiré que la comparé con un canalla; menos aún con un pusilánime! Mi admiración puede parecer sumisa. Marina me acompaña; colabora en esta empresa; es diligente. Mujeres así escasean.      

 

      MOCTEZUMA. — Antes de admirar sus virtudes la enamoró por miedo.     

 

      CORTES. — Usted ha poseído a cientos de mujeres sin amar ninguna.      

 

      MOCTEZUMA. — Si Malinche no lo ha traicionándolo ha sido a causa de su amor. Usted sacia sus ansias de venganza.      

 

      CORTES. — ¡No permitiré que la difame! ¡No en mi presencia!      

 

      MOCTEZUMA. — Usted poco conoce las mujeres. Ella actúa por su propio bienestar, como cualquier hombre o mujer. Fue esclavizada y se deleita viéndome caer. Acata a sus demonios. Usted se comporta demasiado dócil ante ella; ninguna bestia actúa a su manera.      

 

      CORTES. — Lucho por la supremacía de Carlos y de Dios. Las bajas pasiones se supeditan a su voluntad.      

 

      MOCTEZUMA. — Se equivoca; tener demasiadas mujeres es no tener ninguna; así renuncié a amar; así gobierno. Pero usted: debió ser despreciado por alguna moza de su comarca. Le basta una esclava.      

 

      CORTES. — (colérico) ¡Bastardo!

 

(Cortés golpea a Moctezuma. Intercambian golpes. Moctezuma lo domina.)      

 

      MOCTEZUMA. — (presionando su cuello) Podría continuar...

 

(Golpe estrepitoso. Cortés se adueña hábilmente de la situación, desenvaina su puñal y domina a Moctezuma.)      

 

      CORTES. — ¡Lo mataré!      

 

      MOCTEZUMA. — No lo hará. Me necesita.     

 

      CORTES. — (desiste y ríe) No es justo.

 

(Cortés se levanta.)      

 

      MOCTEZUMA. — No se lamente.      

 

      CORTES. — No lo hago.      

 

      MOCTEZUMA. — Admita su vulnerabilidad; usted no es un dios. Las vicisitudes de la guerra, como las de la enfermedad, acentúan nuestra fragilidad.      

 

      CORTES. — Necesito ayuda; nada más.      

 

      MOCTEZUMA. — Sin pasión se supedita a los abrazos de una india.      

 

      CORTES. — Desdeñó la pasión. ¡Cómo usted!¡Cómo todo hombre de valía! Es tan particular; su harén es denigrante; la ciudad está poblada por sus hijos naturales. Aquello también nos diferencia. Un hombre con hijos lo ha alcanzado todo, sin prole actúo para perdurar.      

 

      MOCTEZUMA. — Se engaña culpando mi indolencia; esa mujer espera un hijo. Su codicia no conoce límites.      

 

      CORTES. — (sorprendido) Entonces justifíquese. Excuse su actitud.      

 

      MOCTEZUMA. — No existe.

 

(Cortés arroja el puñal a los pies de Moctezuma.)      

 

      CORTES. — Estamos rodeados; usted aún puede dominarnos. ¿Hasta dónde llega

Su desprecio? Intente degollarme; salve a un imperio.

 

(Cortés descubre y ofrece su pecho. Moctezuma empuña el puñal.)      

 

      MOCTEZUMA. — Se arriesga.      

 

      CORTES. — Purgue su cobardía; retome el poder.

 

(Moctezuma arroja el puñal al suelo.)      

 

      MOCTEZUMA. — ¡No soy un guerrero! Mi sino está escrito. Usted no morirá; no ahora.      

 

      CORTES. — ¿Cuál es su consejo?      

 

      MOCTEZUMA. — Ninguno.      

 

      CORTES. — Se burla usted de mí. No insisto; lucharé como Leonidas en las Termopilas. No me importa morir; mas la sombra de mi gloria obnubilará su nombre.

 

(Avanza hacia el bastidor.)      

 

      MOCTEZUMA. — Hablaré.

 

(Pausa.)       

 

      CORTES. — (brevemente estupefacto) De acuerdo; afuera un soldado lo espera.      

 

      MOCTEZUMA. — No lo hago por usted; mis súbditos me sacrificarán.   

 

      CORTES. — (indeterminándolo) El tiempo apremia.

 

(Moctezuma sale.)      

 

      CORTES. — El mérito reside en los hechos. Vivimos un tiempo de miedo. Perdemos o triunfamos. Mas olvidamos la justificación de los vencidos. Es natural que el victorioso olvide los afanes. Sólo cuentan las hazañas. Alejandro, Julio César, Augusto, Carlos Magnus; mis días son exiguos ante los suyos. Tuve en suerte otro tiempo, otras conquistas. Mas todos anhelamos nuestra supremacía; la obediencia de nuestros enemigos, y mediatamente su aniquilación. Ningún vestigio sobrevivirá a Moctezuma; ninguno a Tenochtitlán.

 

(Observa la ciudad.)      

 

      CORTES. — He mentido por oro; he mentido por poder; he mentido por mi vida. Es justo desempeñar un cargo acorde con la ambición de cada cual. Ni España, ni la isla de la Española, ni Cuba fueron mi destino.

 

(Pausa.)      

 

      CORTES. — Tenochtitlán tampoco. Si sobrevivo, ¿qué vendrá?

 

(Golpe estrepitoso.)      

 

      CORTES. — (a la ciudad, vociferando:) ¿Quién más osa enfrentarme? ¿Quién desafía el poder del rey cristiano? ¡Desiste Cuitláuac! ¡Es vano oponer al pueblo contra Carlos! ¡Una gota de sangre española bastará para que sentencie vuestra muerte! ¡No hay guerrero por valiente que sea que soporte la tortura!

 

(Golpe estrepitoso; una piedra cae sobre el escenario.)      

 

      CORTES. —  ¡De acuerdo! Acepto el desafío. No habrá clemencia; quien venza templará su nombre con ignominia.

 

(Sale. Apagón.)       

 

ACTO II

 


Mismo sitio; noche.  Moctezuma, ataviado de gala, permanece en pié sobre el centro del escenario.

Gritos y clamor de guerra se incrementarán hasta el fin de la pieza.      

 

      MOCTEZUMA. — Ignoro quien soy. Sopeso mis años y no encuentro justificación. Dioses implacables dictaminaron el fin a través de mi mandato.  (Pausa.) En otro tiempo fui poder;  las cordilleras y los mares temblaron a mi nombre. Subyugué con sangre. (Pausa.) Hoy muero; mis esperanzas yacen secas. El valle de Anáhuac purga la vergüenza. Perdí; otros cantarán su gloria. (Pausa; al firmamento.) ¡Dioses que habitáis lo eterno! ¡He entregado mi hueste sin batalla! ¡He desafiado vuestros preceptos con pena! ¡Ahora inmolo mi cuerpo! ¡Acogedme en vuestro regazo! Yo ya no puedo continuar. Cada silencio me tortura. He apagado el odio en mis venas. He comprendido la traición de mi hermano y la afrenta de Cortés. Perdono; el azar determina nuestros actos. Destructor hoy soy destruido. Mi desdicha abarca el tiempo.

 

(Cortés entra. Moctezuma observa la ciudad.)      

 

      MOCTEZUMA. — ¡Qué torres! ¡Qué edificios! ¡La civilización nos sorprendía a cada paso! Cada sacrificio era un regocijo y un remordimiento. (Pausa.) Hoy solo cenizas. Mi muerte anuncia tu destrucción Tenochtitlán. Nada quedará; ni tus astrónomos, ni tus templos; ni el canto de gesta de Chimalpococa.

 

      CORTES. — Admiro su sensibilidad; mas no es tiempo para lamentaciones. Otro vate cantará sus sacrificios.

 

      MOCTEZUMA. — (hosco) La traición es vergonzosa.      

 

      CORTES. — No flaquee; está comprometido.      

 

      MOCTEZUMA. — No tema; actuaré de acuerdo a mis posibilidades. Pero le advierto que mi aflicción me traicionará.      

 

      CORTES. — No tiene que justificarse. Guarde esperanzas;  en sus manos ostenta sucesos venideros: la prolongación de su linaje.      

 

      MOCTEZUMA. — (adolorido) Nunca debí procrear. La pena habita en cada vástago.      

 

      CORTES. — ¡Domine su tristeza! Observe: los ataques cesarán en cuanto el pueblo note su presencia. Si usted triunfa olvidaré sus afrentas. Recuerde; no soy inclemente.      

 

      MOCTEZUMA. — No es menester que fragüe más embustes. Me entregué a usted, confié en su palabra. (Pausa.) Fue inútil. Creí perturbar el mandato de los dioses ignorando mi postura.      

 

      CORTES. — Ningún dios determina nuestra voluntad. Cada cual obra según sus preceptos.     

 

      MOCTEZUMA. — Su insolencia aumenta. No sólo replica a las palabras del último tlatoani; también es injusto con su dios. (Pausa.) Una enfermedad bastaría para hacerlo frágil.      

 

      CORTES. — A Dios no le interesa el mundo; la crueldad acecha en cada pensamiento.      

 

      MOCTEZUMA. — Su doctrina varía de acuerdo a su estado de ánimo. Discutir con usted, ahora, sería banal. ¿Su astucia lo persuade de su habilidad?

 

(Moctezuma se acerca a Cortés.)      

 

      MOCTEZUMA. — Desde que lo vi reconocí su grandeza. Acepté sus promesas endebles; quise congraciar con su ejercito; intercedí por sus hombres tras la matanza de los nobles. (Pausa.) Usted, sin embargo, desdeñó mis dones. Al volver tras su victoria me injurió.      

 

      CORTES. — Olvídelo.      

 

      MOCTEZUMA. — Malinche es injusta. Usted jamás correspondió a mi nobleza.      

 

      CORTES. — (inseguro) Temíamos una conspiración de su parte. Una nobleza imperfecta es contraproducente. ¡Sepultamos a varios de mis hombres! Nuestra desconfianza aumenta desde entonces.      

 

      MOCTEZUMA. — ¡Cuánto hubiera dado por lograr su aprecio! Jamás discutimos las respuestas a todas las preguntas.     

 

      CORTES. — Usted desconoce mi propósito.      

 

      MOCTEZUMA. — ¡Despeje su máscara! Descubra al hombre; quiero conocerlo antes de morir.

 

(Pausa. Cortés avanza con sonrisa irónica hacia Moctezuma, quien permanece enhiesto. Cortés vacila.)      

 

      CORTES. — Usted no morirá.      

 

      MOCTEZUMA. — (acongojado) No tengo vasallos; ni tan siquiera enemigos que me aprecien.      

 

      CORTES. — No es cierto.      

 

      MOCTEZUMA. — Prometa entregar el cadáver a mi pueblo.      

 

      CORTES. — Me indigna oírle; sin batallar proclama su derrota. Es nocivo.      

 

      MOCTEZUMA. — No evada mis palabras. ¡Prométamelo!

 

(Pausa.)      

 

      CORTES. — Se lo prometo; a nombre de Quetzacoalt. (Pausa.) Pero su pensamiento es errado. No miento; confío en su triunfo.      

 

      MOCTEZUMA. — Si sobrevivo, esta tarde me entregaré a Ixtab.      

 

      CORTES. — Ningún hombre sensato atentaría contra sí luego de sobrevivir.

 

(Moctezuma cae de rodillas, abatido, sobre el suelo.)      

 

      MOCTEZUMA. — Entre morir hoy y mañana media el sufrimiento.

 

(Cortés lo levanta.)     

 

      CORTES. — Actúe; logre la concordia: sólo así recobrará su cordura.      

 

      MOCTEZUMA. — ¡Usted no sabe cuánto me lastima! Mis súbditos jamás comprenderán mi tolerancia. Lo traté como a un dios y hallé a una presa de avaricia; ni tan siquiera mi tesoro bastó para aplacarle.      

 

      CORTES. — Las leyendas propiciaron su caída. No soy la serpiente emplumada Quetzacoalt ni soy Cristo. Jamás he habitado entre los muertos. Desconozco nuestros actos; quizás las circunstancias nos impulsen. No me pregunte por qué. Ignoro.      

 

      MOCTEZUMA. — Se refugia en las tinieblas; su espíritu está yermo. ¿Jamás desdeñó su vida?      

 

      CORTES. — Tal vez; mas ahora vivo. Si en cada pausa recordase mi pasado me aniquilaría, como usted.      

 

      MOCTEZUMA. — Olvida la muerte. Escuche...

 

(Pausa.)      

 

      MOCTEZUMA. — Habita en el silencio.      

 

      CORTES. — El asco se supedita al instinto. Sin el impulso vital toda civilización deja de ser. Sólo el guerrero lega la vida. Los poetas escapan en sueños de pasión; su trabajo es estéril. El poder determina sucesos venideros.      

 

      MOCTEZUMA. — Infamias.      

 

      CORTES. — Es el costo; se es amo o se es esclavo.     

 

      MOCTEZUMA. — ¿No hay idea que desvíe sus propósitos? Sus manos son artífices de la misma tragedia. (Pausa.) ¡Burle los avatares del azar! ¡Usurpe sus propósitos! ¡Cometa un acto impropio a su carácter! Sólo entonces alterará la historia.      

 

      CORTES. — Mis metas son únicas. Inicié la guerra; avasallo campos, so riesgo de perderlo todo.      

 

      MOCTEZUMA. — ¡Que así sea! Vierta la sangre! Inunde nuestros campos con la sal de sus heces; dictamine sentencias de muerte. Cuarenta y seis hombres de su ejercito murieron esta tarde. Vénguese; de esa manera ambos venceremos.      

 

      CORTES. — No lo haré; no inmediatamente.      

 

      MOCTEZUMA. — ¡Ah! Todo se cumple; nada escapa al arbitrio de los dioses.      

 

      CORTES. — Su pueblo también esclavizó; estos crímenes no justifican el aniquilamiento de una raza. Contemple la virtud; juntos, españoles y aztecas, conformaremos una nueva estirpe. Aún esclavos todos compartiremos nuestra historia.      

 

      MOCTEZUMA. — Nuestros conocimientos serán desdeñados. El idioma determina a cada pueblo; tanto trabajo; tantas conquistas olvidadas.      

 

      CORTES. — Los conceptos de España y del valle de Anáhuac serán los mismos. A través de mi estadía en Tenochtitlán he valorado su cultura. No somos bárbaros. Por otra parte sus vasallos cuestionan la naturaleza en tiempos de paz. Lo he advertido; su religión está anquilosada; el cristianismo, por el contrario, los refresca. Aceptan, así mismo, nuestra medicina. España a su vez la ha aprendido de los árabes. La verdad es única; ellos la abrazarán; nuestras ideas se propagan.      

 

      MOCTEZUMA. — ¡Embustes! Su soberbia anuncia nuevas injusticias. Una vez esclavizados nada quedará de nuestros padres.      

 

      CORTES. — España es la civilización. El imperio de Carlos será eterno. Desafiamos a Babel; una lengua única. Plantaremos trigo y cebada; Anahúac será.      

 

      MOCTEZUMA. — Este valle fue desierto. Mis padres lo sembraron; usted lo hurta.      

 

      CORTES. — Es justo.      

 

      MOCTEZUMA. — Nutre la historia con mentira.      

 

      CORTES. — Los héroes habitan tiempos postreros. La ignominia no debe ser escrita.      

 

      MOCTEZUMA. — También fuimos gloria.      

 

      CORTES. — Fueron.

 

(Pausa.)      

 

      CORTES. —  Usted lo ha dicho; otra generación nos glorificará.      

 

      MOCTEZUMA. — Aguardar honras póstumas es ilusorio.      

 

      CORTES. — Certeza para quien impone sus deseos.     

 

      MOCTEZUMA. — No hay transparencia; sólo incertidumbre.

 

(Golpe estrepitoso.)      

 

      CORTES. —  (puntualizante) Cavilamos demasiado; es hora.      

 

      MOCTEZUMA. — Espero.      

 

      CORTES. — Cuatro soldados lo protegerán de las flechas y de los pedruscos. Usted denunciará la impostura de su hermano y, en cuanto pueda, apaciguará sus ánimos. Entre tanto, mi contingente escapará hacia la costa en busca de refuerzos.

 

(Avanza hacia los bastidores.)      

 

      MOCTEZUMA. — Volveré.

 

(Pausa.)      

 

      CORTES. — No más tardanzas.

 

(Cortés sale; Moctezuma, en pié, observa su ciudad.)      

 

      MOCTEZUMA. — No tengo fuerzas. Dócil marcho hacia refugios subterráneos. Todo se consume. (Pausa.) Astros que ilumináis la oscuridad; los designios divinos han sido desafiados. El enemigo devasta a nuestra estirpe. Mi misión acaba. (Pausa.) ¡Purgad con la muerte mis afrentas! ¡Tomad mi corazón! ¡Entregad mi espíritu! ¡Sometedme con horror! (Pausa.) Mi dignidad me ha sido despojada; presa de pumas y coyotes, hoy soy carroña de dioses impíos. ¡Extirpad mi nombre! ¡Destruidme en el olvido! ¡Acabad con todo ser viviente! ¡Desgarrad mi pena! ¡Aniquilad los templos, las tardes, las pirámides!

 

(Golpes de guerra. Bullicio. Moctezuma avanza hacia la terraza.)      

 

      MOCTEZUMA. — Pueblo mío, ¿veis cuánto sufro?

 

(Golpes estrepitosos.  Gritos. Moctezuma cae sangrante. Las luces se apagan.)



















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