|
|
| Un
Papa para pecadores |
|
|
|
De
nuestro Colonialismo |
|
En 1929 Bertrand
Russell publicó "Marriage and
Morals," una defensa de la infidelidad y el amor libre. Años
más tarde
el pupilo más brillante de Russell, Ludwig Wittgenstein, la
refutaría
abiertamente diciendo que ningún filósofo podría convencerlo de
que una
vida de burdel en burdel era una vida virtuosa. |
El sarcasmo de
Wittgenstein, que se hubiera adaptado más apropiadamente a la obra de
Sartre, refleja el sentimiento de los católicos más devotos de nuestra
época.
Antes y después del ascenso de Benedicto XVI, los
medios de comunicación europea han propagado un debate ficticio en el
seno de la Iglesia entre liberales y conservadores; como resultado el
mundo ha presenciado en las últimas semanas a una horda de periodistas
que con escasos conocimientos de teología simpatizan con sus propios
puntos de vista 'liberales' y aquellos de sus editores.
La mayoría de los periodistas europeos predican que
la Iglesia 'tocará' ('reach') a los consumidores de nuestros días el
día en que ésta se adapte a la moralidad de la sociedad de consumo;
predican que si la Iglesia deshecha siglos de evangelización diciendo
que la fornicación extramatrimonial no es un pecado, sino de hecho una
virtud, las capillas y las catedrales se inundarán de feligreses;
predican que si la Iglesia promueve el uso del condón, en lugar de
aconsejar a los creyentes a que practiquen la monogamia, el SIDA
desaparecerá de Africa, Latinoamerica y el resto del mundo. Lo que la
mayoría de estos periodistas ignoran, no obstante, es que una iglesia
con una moralidad confeccionada según los caprichos y los excesos del
mundo es una contradicción de términos. Contrario a sus expectativas,
la introducción de mujeres ministras y obispos hosexuales en la Iglesia
Anglicana ha ofendido a cientos de anglicanos, quienes han desertado su
iglesia para integrarse a la congregación católica
La perfecta articulación de la moralidad cristiana
es una utopía que sólo los santos intentan alcanzar. Tal y como Jesús
lo indicó, ningún hombre o mujer es verdaderamente santo sino
Dios. Los periodistas europeos, no obstante, y bajo la influencia
del puritanismo europeo, insisten en asociar el pecado al crimen y el
castigo. El cristianismo, empero, es una religión para pecadores, en el
cual los creyentes se reconocen a sí mismos como hijos de Dios que han
transgredido la voluntad de su padre misericordioso. La ira, la
infidelidad, la mentira, el engaño, la presunción y la pereza son los
pecados más recurrentes, por no mencionar el más común de todos: la
hipocresía. Esto explica las razones por las cuales la Iglesia canoniza
a los santos, aquellos pocos hombres y mujeres que parecen haber
excedido la piedad y la virtud de los demás miembros de su comunidad.
¿Cuál sería el sentimiento de los cristianos,
entonces, si al ir a su iglesia escuchan a un sacerdote orgulloso de su
homosexualidad que
les dice que de ahora en adelante la infidelidad conyugal es
aconsejable, que las mujeres pueden deshacerse de sus fetos cuando y si
les place y que dado que la promiscuidad ya no es un pecado, un grupo
de monjas estará promoviendo el uso de condones a las puertas de la
iglesia? Semejante actitud motivaría a sus creyentes
a abandonar su iglesia para conformar los credos menos 'liberales' del
Islam y el Judaismo. La religión es
sobre la redención, y antes de la redención está el pecado.
Pero, ¿que es lo que los
periodistas
europeos
entienden por 'liberalismo'? Los medios de comunicación, tal y como las
recientes manifestaciones de fé en el vaticano lo han demostrado, son
reacios a adaptarse a los sentimientos de la mayoría de la gente. La
opinión pública europea no parece ser sino el concenso dominante de una
élite de escritores empleados por las corporaciones
multinacionales. Su moralidad es la moralidad del lucro,
la cual ya había sido proféticamente anticipada por Giambattista Vico
cerca de trescientos años atrás. Tal y como Jacques Barzun lo
sintetiza:
"[Vico escribió que] la vida en las ciudades hacinadas produce hombres
que no creen, y que estiman el dinero como la medida de todas las
cosas, y que carecen de cualidades morales, en particular de la
modestia, el deber a la familia y el valor varonil. Emancipados de
cualquier consideración ética, ellos viven espiándose y
engañándose los unos a los otros (1)."
La ética del nuevo barbarismo es una ética
caprichosa que predica la comprensión a la par que condena a quienes no
satisfagan sus deseos, que predica la tolerancia a la par que denuncia
a políticos adúlteros; que predica la objetividad a la par que fabrica
la controversia y el escándalo; que se mofa de los dogmas fundamentales
de la Iglesia, como la Santísima Trinidad, la Inmaculada Concepción y
la Resurrección de Cristo, a la par que venera a un papa inexistente
capaz de satisfacer sus deseos pasajeros.
(1) Barzun, Jacques, "From Dawn to Decadence" (London: Harper Collins,
2000,) p. 315 |
|
|
|
|
A propósito de la
obra más reciente de Fernando Botero sobre el conflicto armado en
Colombia, Juan Forero, del New York Times,
|
deja constancia de las
preferencias estéticas de Botero, quien en «La Muerte en la Catedral»,
un óleo concebido en el 2002, recrea la matanza perpetrada en Bojayá,
Chocó, contra 120 hombres, mujeres y niños de ascendencia africana,
como un atentado terrorista perpetrado contra un conglomerado de
víctimas de ascendencia europea.Interrogado sobre la incongruencia
entre su obra y la realidad, Botero
comenta que el objetivo de su obra no era realista y que tal es su
manera de representar la violencia que ocurre en Colombia.
Sin desmeritar la obra más reciente de Botero —quien por primera vez
renuncia a los estereotipos más divulgados en Europa y Estados Unidos
sobre las Banana Republics de Latinoamérica—, cabe mencionar que su
respuesta y su tratamiento del tema es sintomático de la ideología
neocolonialista que domina al tercer mundo. ¿Por qué razón le niega
Botero a los colombianos de ascendencia africana su protagonismo en el
actual conflicto que Colombia padece? ¿Es acaso la violencia en
Colombia una respuesta a la ideología neocolonialista que se esmeraba
por presentar a una masa de hombres y mujeres morenos al servicio de
una aristocracia europea?.
Colombia, como cualquier país colonizado, aún sufre del complejo de
inferioridad que permite a los países europeos dictaminar cuales son
las preocupaciones del momento; prueba de ello el escaso interés que la
muerte de 120 personas en Bojayá suscitó entre los periodistas
ingleses, y más aún el inmenso interés que la muerte de una persona de
la familia real inglesa aún suscita en los medios de comunicación
colombianos.
Cierta broma popular dice que en Colombia la clase baja quiere ser
mejicana, la clase media estadounidense y la clase alta europea; la
efectividad de dicha broma se basa en el hecho de que los colombianos
ya no quieren ser colombianos; la certeza de que hay un negro, un
indio, un árabe y un europeo bajo la piel de cada latinoamericano,
escandaliza a los genetistas, artistas y publicistas colombianos,
quienes siempre han soñado con una Colombia de gente de piel nívea y
trenzas doradas. En La Otra Raya del Tigre, Pedro Gómez Valderrama
enumera las violaciones de una banda de emigrantes alemanes,
perpetradas bajo la sorda aprobación de un obispo que cree que de ese
modo se purifica la raza. La reciente popularidad del cabello rubio
tinturado en Colombia no deja de sorprender a los europeos; así
Shakira, quien podría haber impresionado al mundo con sus cabellos de
ébano, es ahora referida como otra Britney Spears o Cristina Aguilera.
Los postulados eugenésicos del siglo diecinueve y la charlatanería de
los nazis aún encuentran un eco inusitado en el tercer mundo. Aún
recuerdo mi sorpresa cuando a mi regreso a Colombia en 1996 —luego de
dos años en Filadelfia—, descubrí el contraste entre un país de gente
de piel aceitunada y cabellos negros con unos presentadores de
televisión, modelos y actores rubios que prácticamente monopolizaban
todos los medios de comunicación —desde las vallas publicitarias hasta
los comerciales de ropa interior—; dicha incongruencia ya no me era
familiar en los Estados Unidos, en donde la representación de las
minorías en los medios de comunicación aumenta cada año. En Colombia,
como en tantos países africanos y asiáticos, quienes carecen de
representación en los medios de comunicación es la mayoría.
El mayor percance del neocolonialismo es, en efecto, esa imposibilidad
—por parte de la antigua población colonizada—, de reconocerse a sí
misma ante el espejo (los medios de comunicación son, en efecto, los
espejos sociales de nuestra era); incapaz de reconocerse a sí mismo, el
tercermundista ha de contemplar ante sí el falso reflejo de su maestro
‘ideal’, cayendo en la falacia de que él debe ser ese maestro ‘ideal’.
No es de extrañar, por lo tanto, escuchar en Latinoamérica a gente de
piel oscura que discrimina a la gente de piel oscura. La decisión de
Botero es de hecho estética, por cuanto la piel morena no deja de ser
una realidad inexistente para los latinoamericanos.
Dicha distorsión es a menudo justificada por la supuesta superioridad
de los países europeos; pero Europa no es sólo un continente
multirracial, resultado de las invasiones hunas, sarracenas y vikingas,
sino un continente multicultural, cuya economía depende de los
emigrantes africanos, asiáticos y —a partir del primero de mayo—
centroeuropeos, siempre dispuestos a asumir los oficios menos
prestigiosos.
|
|
|
|
|
|
| De
nuestra corrupción, el pretendido mal |
|
|
Recuerdos de Abelardo Forero
Benavides |
|
Sócrates, en un
pasaje
de La República, concluye que la moralidad de los gobernantes de una
comunidad refleja la moralidad de dicha comunidad. |
A partir de esta
idea Nicolai Gogol representó, en El Inspector, la corrupción y la
burocracia de la sociedad zarista del siglo diecinueve como
manifestaciones propias de su sociedad. Dos siglos de historia convulsa
han corroborado sus sátiras; ni la demagogia de Lenin, ni el
paternalismo de Stalin, ni el excentricismo de Krushev fueron
capaces de eliminar los males que han relegado –y relegan- al pueblo
ruso a una pobreza y a un nacionalismo inquietante.
El fracaso del reciente referendo colombiano es así mismo una muestra
palpable de nuestra idiosincrasia. Una mayoría inusual de
colombianos eligieron a Álvaro Uribe, un presidente que presentó un
programa contra la insurgencia armada y la corrupción. El
debilitamiento de la guerrilla y el fortalecimiento de las fuerzas
militares le granjearon la admiración de los medios de comunicación más
influyentes: periodistas y modelos de televisión encomiaron día a día
los aciertos y desaciertos de un hombre a quien ya auguraban una
próxima reelección.
Pero el embate de Uribe contra la corrupción acabó siendo no sólo menos
afortunado, sino así mismo contraproducente. Nuestro presidente, al
igual Ingrid Betancourt, comprendió demasiado tarde que la corrupción
es una enfermedad arraigada en la idiosincrasia colombiana. Borges, en
uno de sus ensayos, denunció esa misma idiosincrasia en Argentina y a
partir de un pasaje de Don Quijote trazó su origen en la España del
siglo dieciséis: en éste el Caballero de la Mancha deja a dos convictos
en libertad en abierto desafío contra las leyes de la corona. El
Estado, en efecto, surge ante la mayoría de colombianos como un ogro
que cohíbe la libertad individual.
Sería ingenuo, no obstante, atribuir la corrupción al genio o a la
sangre de una comunidad. Los franceses, aún siendo latinos, han logrado
conformar un estado con bajos índices de corrupción. A través de sus
escritos Jean Jacques Rousseau prescribió un gobierno con un cuerpo
legislativo independiente del poder ejecutivo. A diferencia de
Tocqueville, Rousseau no centró su análisis en las instituciones
sociales -las cuales, como en el caso de Roma, acaban siendo
contraproducentes en manos de magistrados corruptos-, sino en la
equidad social. En efecto, los gobiernos de escaso ingreso per cápita
que permiten el surgimiento de una clase prestante –como fue el
caso de Colombia durante los gobiernos de Barco y Gaviria-, han de
erradicar la pobreza que flagela a la mayoría de sus ciudadanos. De
otro modo el abismo social crecerá mediante sobornos y prebendas.
El caso de las antiguas repúblicas de la Unión Soviética es diciente.
Las décadas de corrupción y burocracia comunista propiciaron su
independencia forzosa de Rusia a principios de los noventa. El caos
capitalista permitió a los antiguos miembros de la KGB la expropiación
de las fincas, los hoteles, los apartamentos y las fábricas de la
comuna. En menos de diez años las amplias praderas de Kirguizistán y
Tayikistán fueron reducidas a la mendicidad. Las escuelas de los
alrededores de Osh, en Kirguizistán, no cuentan ni tan siquiera con
servicios sanitarios. Las donaciones que estos países reciben de las
organizaciones no-gubernamentales y del Departamento de Estado de los
Estados Unidos agravan, antes que alivian, su situación. Las familias
que dominan estas pseudorepúblicas administran y regulan las
inversiones extranjeras a su antojo; el soborno es el idioma común
entre nativos y extranjeros. Quien no acepte este criterio cultural es
discretamente excluido de la vida nacional. No hay que culpar, por lo
tanto, a las compañías inglesas que sobornan a los políticos de turno
en África o en Sudamérica en eras de proteger sus intereses.
Colombia aún preserva su aura democrático ante la comunidad
internacional. Somos, no obstante, una democracia sin conciencia
democrática. Aristóteles, en su Política, prescribió que en una
democracia el voto habría ser obligatorio, por cuanto la mayoría del
pueblo (demos) no es consciente del valor político de una elección.
En el pasado referendo no sólo perdió el presidente Uribe, como varios
periodistas se apresuraron a señalar, sino también la democracia
colombiana. El bajo índice de corrupción de países como Alemania, Japón
y Corea del Sur no se debe a que los ciudadanos de estas sociedades
desconozcan el soborno y la almadía, sino a la mera solidaridad social:
si hay corrupción el estado se debilita, si el estado se debilita
estaremos a merced de los mejores postores.
Que una reforma contra la corrupción sea rechazada por ciudadanos que
no dejarán de lamentarse de la corrupción de sus líderes es así mismo
sintomático de nuestra doble moral. Much ado about nothing.
|
|
|
|
|
Aquella tarde había
llegado a su casa en busca de Federico Saretzki, su nieto, con quien
organizaba
una temporada de la agrupación Arte Facto Teatro.
-No está –me dijo la
mucama.
|
|
-Pero puede esperarlo
– oí desde el fondo de una habitación contigua.
-Volveré más tarde
–me excusé. Ya entonces había reconocido la voz de Abelardo Forero
Benavides
-Quédese –insistió-.
Podemos conversar.
Acepté entusiasmado;
desde mi niñez escuchaba sus coloquios con Ramón de Zubiría. Un mes
atrás había
tenido la ocasión de conocerlo, después del estreno de Esperando
a Godot.
-Me compungió -me dijo
entonces con un dejo de emoción-. Así es la vida: al final volvemos a
ser niños.
Hablamos sobre
diversos montajes de la pieza de Beckett que él ya había presenciado en
Europa
años atrás.
-Lo curioso –me
dijo-, es que en ese entonces había gente así [como los mendigos de Esperando a Godot]. Permanecían días
enteros, de pié, inmóviles, en la misma esquina de la calle.
-¿Qué recuerda de
Laureano Gómez? –le pregunté.
-Cuando él hablaba…
-musitó concentrándose en sus pensamientos-, se le temía. Era un hombre
que
inspiraba miedo.
Ingenuamente le
manifesté mi indignación hacia cierto periodista de renombre, quien
había
sacrificado sus principios por una embajada
-Cualquiera sacrifica
sus principios por una embajada –acotó tranquilo.
Me preguntó sobre
mi edad.
-Veintitres años.
Me dijo que era
joven y me sugirió que viajase a Europa.
-Yo
apenas tenía veinticuatro años cuando Alfonso López Pumarejo me dio esa
oportunidad
–me confesó con un aire agradecido-. Jamás lo olvidaré.
Recordé que la mayoría de los
libros de su
biblioteca habían sido adquiridos en Francia.
-¿Qué opina usted
de la invasión alemana durante la segunda guerra mundial? -le
pregunté-. ¿Cómo ocurrió?
- Déjeme que le
diga –me respondió seleccionando meticulosamente sus palabras-, que en
aquel
entonces los franceses no amaban a su patria.
-¿Ha viajado a
Francia últimamente?
-¿Para qué? –me
respondió agudizando su voz-. A esta edad las mujeres ya no lo miran a
uno.
Me enseño las
diversas ediciones de los libros que había escrito. Le comenté que una
de sus
reseñas me había persuadido de leer la obra de Gibbon. Me percaté de
que ya no
me escuchaba; sus ojos permanecían fijos en el retrato de una muchacha
del
siglo diecisiete.
Atardecía.
-¡Mírela!
–me
dijo-. Desde hace más de doscientos años esa mujer nos mira; moriremos,
y ella
aún nos seguirá mirando…
Ocho años más tarde
lo visité, un mes antes de su muerte. No me reconoció. Hablamos en
francés.
|
|
|
|
|
|
Colombia:
Violencia y
menosprecio
|
|
|
Poe,
La Máscara de la Muerte Roja y su correspondencia con la civilización
occidental |
|
A
principios de 1990, un congresista colombiano, de cuyo nombre no debo
acordarme, aseguró a un periodista, en un estudio de televisión, que el
principal problema de nuestro país eran los colombianos; el tono de
menosprecio en su voz incomodó a los presentes, y nuestro Padre de la
Patria, percatándose de su imprudencia, se apresuró a añadir que
nuestra violencia era consecuencia de nuestra desigualdad social. Un
mes más tarde el susodicho congresista perdería su curul en el senado,
ora a causa de los rumores provocados por su desliz, ora por su escasa
convicción política.
El menosprecio de un gobernante hacia su pueblo permea nuestra memoria
colectiva, pero escasea en España, país que consideramos nuestra mayor
influencia cultural; ejemplos más apropiados abundan en la historia de
Portugal: en 1910, su último monarca moría apuñalado meses después de
haber afirmado en una francachela que su país era un nido de pulgas:
«esto é una piolheira»
.
El menosprecio es común a todas las sociedades, aunque, en palabras de
Bertand Russel, es el hombre civilizado quien aprende a reprimirlo en
aras de una convivencia pacífica. Por oposición, el hombre bárbaro se
entrega a éste y desde él a su instintos más destructivos: basta leer
cualquiera de las sagas islandesas para descubrir a niños que, ante la
menor ofensa, enarbolan un hacha y descabezan a otros niños. El cinema
agresivo, o denominado género de acción, y las masacres perpetradas por
adolescentes y adultos en los colegios de los Estados Unidos demuestran
que la barbarie, lejos de ser domada, brota en las comunidades más
civilizadas —pero, mientras que en los Estados Unidos una masacre es
interpretada como una anomalía, en Colombia el asesinato conforma
nuestra idiosincrasia.
—En este país hay gente muy bárbara—, gemía el padre de Andrés Escobar
luego de que un hincha de la selección nacional le asesinara a su hijo.
No sin fundamento los sociólogos de los años cincuenta prescribieron
que nuestra violencia era un subproducto del canibalismo de los indios
Caribe: la debilidad de los organismos de control del Estado favorecen
la agresividad.
Las elites del mundo condenan la barbarie en Colombia y manifiestan sus
deseos de que Colombia recupere la paz. La guerrilla prescribe que esa
paz sólo será posible cuando el lucrativo cultivo de la planta de coca
sea reemplazado por otra fuente de ingreso. Recientes trabajos
sociológicos sugieren, a partir de cifras estadísticas, que la
violencia en nuestro país no corresponde a factores económicos, sino a
una suerte de ambición personal; un postulado que recobra las
conclusiones de Johan Huizinga, quien, analizando el ocaso de la edad
media, concluía que no era a partir de la economía, sino de la
ideología, que el historiador debía establecer las causas de un
conflicto, esto es, a través del predicado de una sociedad hacia sus
individuos, de las ideas y valores que organizan a los integrantes de
una nación dentro de esa misma nación.
Es a través de la ideología que nos percibimos a nosotros mismos.
Desafortunadamente, en Colombia el menosprecio es mejor valorado que el
aprecio.
Una emigrante norteamericana me escribió recientemente desde Bogotá que
le era difícil adaptarse: luego de arrendar un apartamento en el sur de
la ciudad, ella debía explicarse a sus interlocutores, quienes, con
gestos de menosprecio y frases presumidas, intentaban persuadirla o de
que en el sur de la ciudad la gente era maleducada, o de que el norte
estaba preñado de hipócritas. La mayoría de los norteamericanos, como
los europeos, desaprueban la desigualdad, que fomenta jerarquías,
producto del menosprecio
Más embarazoso para alguien educado en una sociedad de orientación
pacífica, es la insidia, que provoca la discordia: como Freud señalaba,
son las palabras las que anteceden nuestro actos: antes del crimen está
la amenaza, el comentario casual o la broma: las masacres más atroces
de nuestro país no fueron concebidas en la mente de un criminal
segregado, sino en las conversaciones diarias, en fiestas o asados,
cuando un grupo de gente concluía que este grupo, o aquel otro debería
ser aniquilado.
Menosprecio que permea nuestros estratos sociales, nuestros roles,
nuestros arquetipos, y es acicateado constantemente por la muerte y el
sufrimiento: menosprecio que incita al hincha de fútbol a celebrar el
triunfo de Colombia ante Argentina habaleado a una niña de tres años;
menosprecio que provoca al gamonal a que patrocine a un escuadrón de
mercenarios para que ajusticie a sus propios familiares; menosprecio
que conduce al secuestrador a que asesine a su víctimas antes de que la
justicia lo descubra; menosprecio que concita a un mafioso a que
masacre a los habitantes de su ciudad antes de su muerte; menosprecio
que instiga al paranoico a degollar a un desconocido sobre una calle
desierta; menosprecio que persuade a la guerrilla a confiar en un
intermediario alemán antes que en uno colombiano; menosprecio que se
vierte sobre si mismo, incrementando el número de suicidios en
Colombia. Menosprecio ejercido, así mismo, en todas las direcciones,
pero que raramente se revierte: del amerindio hacia el negro, del negro
hacia la prostituta, del gamonal al desposeído, del desposeído al
desplazado, del industrial hacia el sindicalista, del sindicalista
hacia el emigrante ilegal, del padre hacia el niño, del adulto hacia su
amante.
En cierta ocasión Luis Buñuel afirmó que en Colombia, como en Méjico,
la vida carecía de valor; su devaluación se nutre con miedo, destruye y
se autodestruye antes de que sus hacedores alcancen la madurez. Pero el
caos y la confusión en Colombia no son producto de la violencia en si,
sino de la actitud de quienes la provocan: a diferencia del Medio
Oriente, en Colombia los ataques son taimados, solapados y cobardes.
Laborando desde la sombra, todo diálogo está condenado al fracaso.
Menosprecio que se recrudece en el campo educativo y laboral, cuando no
se aprecia al ciudadano por su mérito, sino por sus influencias.
Analizando las condiciones económicas de la globalización,
The Economist concluye que no habrá violencia en Europa en tanto ésta
conserve su movilidad social, esto es, en cuanto el hijo de un
campesino tenga la oportunidad de competir por una beca, estudiar,
graduarse y ser contratado en un puesto de prestigio. En Colombia sólo
los miembros de la clase en el poder gozan de este derecho, o, como
nuestros políticos dirían, de este privilegio: un estudiante no puede
obtener una pensión gubernamental a menos que divida el monto de
antemano con un senador; las becas de Colciencias o de creación de la
cultura no son otorgadas con base en los méritos de un candidato, sino
de acuerdo a la partición de los premios con el jurado; los cargos
prominentes de gobierno son acaparados por los hijos de la oligarquía,
quienes ostentan títulos de universidades extranjeras —cabría
preguntarnos si, además de sus títulos, estos delfines poseen otros
méritos—. El círculo es vicioso: quienes han prosperado a través de
influencias y manipulaciones menospreciarán al hombre o la mujer de
genio, mérito y el talento.
Dicha actitud es más evidente ahora, cuando el gobierno se empecina en
disminuir el presupuesto educativo. Las nuevas generaciones de
colombianos sólo puedrán escoger entre la resignación, la violencia o
el destierro.
Esta actitud, siendo ideológica, es permanente: bastará que un nuevo
gobierno derroqué al gobierno de turno para que los colombianos
comprueben que la violencia es permamente. Es necesario, por lo tanto,
establecer las causas de este menosprecio; mencionaré en este artículo
las cuatro causas que, pienso, prevalecen.
Causas de nuestro menosprecio
La barbarie, recrudecida en Colombia por el conflicto entre los indios
caribes, los colonizadores españoles y los cimarrones. Colombia, como
Méjico, ha sido el escenario de cruentas guerras por la posesión de la
tierra. En comparación, las demás naciones latinoamericanas han sido
afortunadas: en Perú, Bolivia y Ecuador los Españoles simplemente
usurparon una tiranía esclavista. Dicha barbarie, como ya lo mencioné,
es la incapacidad de reprimir nuestro menosprecio innato.
La corrupción: Platón escribió que la clase dirigente de un país
refleja la moral de sus habitantes. Es absurdo denunciar la corrupción
en cuanto el país no imponga penas severas contra la corrupción.
Nuestra licencia es un modo de complicidad.
El neocolonialismo, de los medios de comunicación, los cuales
menosprecian el cuerpo y la figura de la mayoría de los colombianos.
Como en cierta caricatura de Quino, son los modelos rubios y esbeltos
quienes promocionan una infinidad de productos a una población de
cabellos oscuros.
La dramaturgia maniqueísta, que es común a todas las naciones, y
desconoce variables étnicas y económicas: es la ideología del cine y
los juegos de video, que elogian a la muerte. Cualquier película
célebre, como Indiana Jones, o Pearl Harbor, identifican al espectador
con un héroe, quien, ofendidos, habrán de asesinar a sus rivales. El
impacto de la dramaturgia en la educación ya preocupaba a Platón, quien
en el tercer libro de «La República» propuso censurar a los escritores
de su generación. Sus procupaciones regresan hoy, cuando en los Estados
Unidos y en Europa jóvenes asesinos confiesan que los juegos de video
provocan su menosprecio.
Hace unos años asistí a una marcha contra la impunidad sobre las calles
de Bogotá: una multitud enarbolaba una bandera gigantesca de Colombia
sobre la avenida séptima y, como tantos transeúntes, me acerqué a tomar
parte en aquel despliegue nacionalista. Para mi sorpresa, el ambiente
de agresividad predominaba: alguien insultaba, otro daba órdenes: los
jóvenes se mofaban de los ancianos. Una mujer me trató de entrometido y
me instó a que diese paso a la bandera. Desde entonces se que todas
nuestras marchas, como nuestras campañas políticas, son despliegues de
retórica: gritos egoístas por la paz, por la impunidad y contra la
violencia. En lugar de instigar a las mujeres a que agredan a los
hombres, más valdría organizar un día nacional del aprecio, en donde
cada cual se comprometa a respetar a sus conciudadanos. |
|
| El Fin de
la Inmortalidad |
 |
Las torres
gemelas y un ala del Pentágono han sucumbido, y con éstos las ilusiones
de inmortalidad de nuestra civilización. Estructuras de acero que
protegían la economía y la administración más
sólida del orbe; |
| el apogeo del progreso, como en otras
épocas lo fueron
los jardines colgantes de Babilonia, El Templo de Jerusalén y la
Pirámide del Sol. |
|
Más inquietante que el número de víctimas de esta masacre, es la
certeza de que incluso la creación más elaborada está supedita a la
destrucción. Cimentada en la ciudad más densa de Norteamérica, en
la isla que articuló la creación del país más poderoso, el World Trade
Center era el sitio al cual todos los hombres y mujeres aspiraban;
nuestra economía oscilaba al vaivén de sus decisiones, y la prosperidad
o miseria de un continente dependía de las simpatías o antipatías de
sus directores. Sitio de atracción turística desde su
inauguración, a donde miriadas de ciudadanos estadounidenses y
extranjeros acudían a contemplar el panorama de Nueva York, allende el
oceano: la cumbre del mundo, ahora reducida al polvo.
Crecimos entre dicotomías, los Estados Unidos asumiendo el rol de la
justicia y la Unión Soviética el de la perversidad. Indolentes,
dejábamos de creer en los cuentos de los hermanos Grimm y los
reemplazamos por las cintas de Hollywood, al parecer menos desfasadas
de la realidad. A excepción de Citizen Kane, todos los filmes
estadounidenses exaltaban la socieda más justa, la más infalible, la
más libre, la más eterea, la única capaz de engendrar figuras
inmortales.
La realidad en sí, inmensa, dinámica e infinita por naturaleza, no nos
interesaba; es su lugar acudiamos a un espacio escapista, en donde el
optimismo de Spielberg, Scorcese y Tim Burton primaban sobre cualquier
tragedia. Aún para quien había sufrido la muerte en su vida privada,
Hollywood era el monopolizador de nuestras aspiraciones. A nivel social
solo la inmortalidad contaba. Hoy esa máquina de sueños se ha fundido,
y quien despierta abandona la sala de cine para ser enceguecido por la
luz del sol: no sólo nosotros, sino también las civilizaciones mueren.
Cuando Francis Fukuyama pregonó, tras la caida de la Unión Soviética,
que todas las culturas del mundo aspiraban a ser los Estados Unidos, su
propósito fue el de validar desde la filosofía la ideología de
Casablanca, en donde Humphrey Bogart sacrificaba su vida para que su
amante emigrase a Norteamérica. Los Estados Unidos se
convirtieron en el paraíso al cual todos los habitantes del mundo
aspiraban; las crisis económicas, el hambre, la muerte, la segregación
y el terrorismo pertenecían a otras gentes y naciones.
Hacia 1996, en un aula de la Universidad de Temple, discutí con un
profesor británico la influencia de las cámaras de televisión en
nuestra vida cotidiana; al mencionar las pesadillas de George Orwell
sobre una sociedad que nos observa, mi profesor replicó que los
Estadounidenses no son observados, sino observadores; gente que veía
las imágenes de la guerra contra Irak y Servia y las comparaban con sus
juegos de video. Su observación fue válida hasta el pasado once de
septiembre, cuando los medios de comunicación se volvieron contra sí
mismos para cubrir sus propias flaquezas; presas del pánico y la
incertidumbre, los estadounidenses encararon su mortalidad por tres
horas. La ilusión del «Fin de la Historia» se diluyó y dió cabida al
miedo, la impotencia, la agresividad y la venganza.
Sería ilusorio pensar que la reconstrucción de las torres gemelas
subsanará esta crisis. Cuando Felipe II perdió su «Armada Invencible»
frente a a las costas de Inglaterra, sus ministros construyeron de
inmediato una flota aún más numerosa. Aún así, España descubriría que
su poderío no se basaba en su armada, sino en el prestigio y el temor
que dicha armada suscitaba. Inglaterra, Francia y Holanda se tornaron
países más osados, y su economía comenzó a depender menos de la corona
española. Si hay guerra, es de predecir que el número de emigrantes a
los Estados Unidos disminuirá a lo largo de esta década.
Tres horas bastaron para que la mayor parte de la obra cinematográfica
de Hollywood adquiriese tinte obsoletos. Ya no es posible pretender que
los criminales, los monstruos del espacio y los desastres naturales
serán abatidos por un galán o una diva de habla inglesa; el arte
escapista se ha tornado inhumano, y los juegos de video más plácidos
evidencian su comercio con el odio. Incluso el optimismo de los
cantantes en boga adquiere un aire sardónico.
Pero si el cine y la fotografía le otorgaron a Manhattan un carácter
afectado y onírico, es ahora Manhattan quien obliga a las cámaras a que
retraten su miseria. La literatura y el teatro banal de los últimos
años clama ahora por un nuevo realismo, más transnacional, menos
privado. El porcentaje de mano de obra ilegal en la economía
estadounidense es ahora más palpable: el treinta por ciento de las
víctimas fueron indocumentados.
Los Estados Unidos pierden su imaginario inmortal, pero con este
percance recobran su humanidad. Sería apropiado hablar de una crisis
espiritual, si retomámos el sentido etimológico de la psicología. En
Nueva York, como en Bombay, como en Bogotá, la gente nace y muere día a
día; ya no podemos aceptar la ilusión de que hay un sitio más seguro
que otro en medio de un universo frágil. Pero lejos de caer en el
nihilismo, es nuestra mortalidad quien nos reconcilia con el infinito,
o, como Luis Carrillo escribió en el siglo diecisiete:
…si me da la muerte
el mismo tiempo me ha de dar la vida
|
|
|
| Los
Cuatro Marxistas |
|
 |
Mi ensayo
sobre el ateísmo ha incidentalmente herido la suceptibilidad
de algunos admiradores de la Internacional, quienes cuestionan la
validez de la carta que Marx escribiera en Algeria durante sus últimas
vacaciones, días antes de su muerte; en ésta Marx confiesa
―incidentalmente―, haberse afeitado su barba de profeta y su corona de
gloria. |
|
|
|
Ya Buñuel,
desde la ficción, había osado despojar a Jesucristo
de su barba en La Vía Lactea, pero, contrario a sus expectativas, su
comentario iconográfico fue ignorado o malentendido por los feligreses
de la iglesia cristiana. Mejor fortuna, creo, tuvo un grupo de
científicos ingleses, quienes luego de reproducir un rostro afín al de
Jesucristo, de pómulos y frente árabe, se granjearon el desprecio de
quienes asocian al hijo de Dios con los rasgos faciales idolatrizados
por los nazis. En una caricatura de un semanario alemán, los
apóstoles
de la «Ultima Cena» de Da Vinci observaban con asco el rostro original
de su maestro.
No es sorprendente que en una sociedad atiborrada de imágenes la
iconografía usurpe a las ideas. Es necesario distinguir entre la
imágen, la biografía, la idea y su manifestación social. En otras
palabras, es necesario distinguir entre quienes admiran a Marx por su
barba, entre quienes lo admiran por su biografía, por sus ideas, y
entre quienes lo admiran por su influencia en la historia política del
siglo veinte.
La admiración iconográfica es la más inconsistente —y,
desafortunadamente, la más divulgada—, ya que no puede disasociarse de
la vida y obra del sujeto. En 'El Acoso' Alejo Carpentier retrata
a un
revolucionario de escasa instrucción: sin medio de leer Das
Kapital,
menos aún la biografía de su autor, su protagonista es inmolado en una
sala de conciertos. Quienes descubren en la barba canosa de Marx un
refugio tibio y paternal, han de ignorar premeditadamente su biografía,
manifiesta en la copiosa correspondencia entre Marx y su prestigioso
mecenas, Friedrich Engels.
Engels admiraba la cualidades intelectuales de Marx, y siempre se
esmeró por subvencionarlo con estipendios hasta su muerte. Vale
destacar que la única disculpa que se conoce de Marx en su vida fue
dirigida a Engels: Engels tenía una concubina irlandesa que murió en
Manchester; Marx bromeó al respecto y Engels dejó de escribirle por un
mes. Marx envió una nota de disculpa.
Cazador de zorros en Cheshire, Inglaterra, Engels administraba la
fábrica de textiles de su padre en Manchester. Sus detractores lo
acusan de haber subvencionando a Marx en aras de asegurar una curul en
el estado socialista del porvenir..Su vida era más lujosa, pero no
menos burguesa que la de Marx, quien a causa del abolengo de su esposa
fue a menudo inconsecuente con sus predicados políticos. Es cierto que
las hijas de Marx murieron pobres; pero su pobreza no se debió a que
Marx las educase en la miseria, sino a que éstas se casaron, contra la
voluntad de su padre, con pseudorevolucionarios paulatinamente
empobrecidos. Es cierto que los primeros años de la vida de Marx fueron
dramáticos y heroícos, pero el revolucionario dio paso al padre de
familia. Cabe resaltar que Marx compraba vestidos nuevos para sus hijas
cada vez que recibía un estipendio de Engels; detalle casual de una
familia burguesa, célula del sistema capitalista.
Un pariente de Marx que aún avergüenza a los idólatras de su linaje,
fue su tío Leon Phillips, cuyo apellido es el homónimo de cierta
compañía multinacional. A lo largo de su vida Marx obtuvo un sólo
estipendio del avaro señor Philips y, tras años de ansiosa espera, una
porción de su herencia através de su viuda. Una carta dirigida a Engels
permanece como testimonio de su fervor familiar: «Ayer fui informado de
un EVENTO MUY FELIZ, la muerte de la esposa de mi tío, a sus noventa
años ».
En alguna ocasión un obrero le preguntó quién embetunaría los zapatos
en una sociedad comunista.
—Usted —replicó Marx fuera de sí.
Marx fue, de hecho, alimentado por una empresa de textiles de
Manchester y una fábrica de la Europa continental; gracias a la
plusvalía sobre cientos de obreros malpagos. George Bernard Shaw
escribiría una apología de este tipo de revolucionario burgués en su
comedia 'Major Barbara'.
Un prejuicio que los enemigos de Marx citan para desacreditarlo es su
racismo. Su ataque a Lasalle es revelador: «Ahora, esta mezcla de
judaísmo y germanismo, por una parte, y por otra de negro ralo,
producen, inevitablemente, un producto peculiar. El importunismo de ese
individuo [Lassalle] es así mismo negroide ». Más preocupante fue su
hábito de estipular, como culaquier fascista, el coeficiente
intelectual de los candidatos a la liga comunista de acuerdo a la forma
de sus cráneos . Marx sería, simplemente, una víctima más de la
ideología de su época.
Uno de los misterios propuestos por sus biógrafos es su renuncia como
presidente de la Internacional, hacia el final de su vida. Creo que
Marx quiso, simplemente, protejer la vida burguesa de su familia en
Inglaterra; contrario a sus admiradores, Marx —como Galileo—, consideró
que no valía la pena arriesgar el bienestar de los suyos por una idea.
Su actitud fue sensata: las ideas nacen y mueren por si mismas.
Ideológicamente, el analisis de Marx sobre el capitalismo es más válido
ahora, cuando la guerra fría ha terminado; corporaciones y bancos
rebosantes de capital empobrecen a la humanidad. Ya Aristóteles había
escrito que en circunstancias de opresión las revoluciones florecen; el
mérito de Marx fue indagar sobre el conformismo de las masas,
sobre
las causas de su alienación; una linea de pensamiento brillantemente
expuesta por Walter Benjamin y Antonio Gramsci. En efecto, la religión
no es ya el opio del pueblo, sino los centros comerciales (Benjamin) y
el melodrama (Gramsci); espacios que proveen una sensación ilusoria de
poder, valor y apreciación. Aún esperamos por el intelectual que
analice el efecto de alienación causado por las competiciones
deportivas y la televisión digital.
Un cuarto Marx es el creado a partir de las justicias o injusticias de
Fidel, Mao o Stalin. Sus adeptos escasean, como hoy en día escasean los
adeptos de Julio César y Napoleón. Sin embargo, tal y como
Bertold
Brecht escribió contra el fascismo:
Hombres, no os
regocijeis
Pues aunque habeís
acabado al bastardo
La perra que lo
parió aún continua en vida
|
|
|
|
|
|
La profecía
podría ser la manifestación más misteriosa de la mente
humana. «El Libro de las Revelaciones», las «Centurias» de Nostradamus
y los Tres Secretos de Fátima son mensajes ambivalente sobre el destino
de la humanidad. |
Mientras que su propósito principal es el de advertir
a sus lectores sobre las consecuencias de la venganza, la arrogancia y
la impiedad, su veracidad depende de manifestaciones destructoras.
Más misteriosa que la inspiración profética de niños y videntes es la
obra literaria que se adelanta a la realidad. En 1898 el marinero y
escritor Morgan Robertson publicó «Futilidad», una novela que describe
el naufragio del Titan, el crucero más lujoso del mundo, el cual es
embestido por un témpano de hielo sobre el Oceáno Atlántico. Robertson
anticipó por catorce años el hundimiento del Titanic. Presentando
proféticamente una guerra mundial en 1940, H.G. Wells escribio «La
Forma de las Cosas por Venir» en 1933, una novela de ciencia ficción
que describe el ascenso al poder de una clase de tecnócratas y las
incursiones de la Luftwaffe sobre Londres. Wells escribió así mismo la
adaptación de su novela para el filme «Cosas por Venir» (1936),
dirigido por William Cameron Menzies. Este último puede ser facilmente
confundido con material documental sobre el bombardeo de Londres.
En 1842 el poeta y escritor norteamericano Edgar Allan Poe escribió La
Máscara de la Muerte Roja, un cuento que narra la historia de Próspero,
un acaudalado príncipe italiano que muere en su esfuerzo por prevenir
la peste. Ciento sesenta años después de su publicación La máscara de
la Muerte Roja recuenta los temores de nuestra civilización.
Las primeras lineas de la narración de Poe anuncian la combinación
mortífera de pobreza y SIDA en el así llamado tercer mundo: «Desde
hacía tiempo la 'Muerte Roja' devastaba la comarca. Ninguna pestilencia
había sido ni tan fatal ni tan abominable. La sangre era su marca y su
avatar; la rojura y el horror sanguinolento. Se sufrían dolores agudos,
mareos repentinos y un desangramiento profuso por los poros, con
disolución. Las manchas escarlatas en el cuerpo de una víctima, y
particularmente sobre su rostro, eran los sellos que la segregaban de
la piedad y simpatía de sus congéneres». La globalización se ha
establecido como el sistema de clases más refinado y selectivo. La
esclavitud ha sido reemplazada por la mano de obra abaratada. Las
naciones más prósperas se han convertido en los prestamistas de
millones de hombres y mujeres que devengan un salario de cerca de cien
dólares mensuales por una semana de trabajo de cincuenta y cuatro
horas. Su prosperidad se basa en las tasas de interés de sus préstamos.
Los productos y mercancias de Asia, Africa y Latinoamérica son
comercializados en sociedades prestantes bajo condiciones draconianas,
luego de competir con economías locales sobreprotegidas. La mayoría de
las democracias del mundo son mise-en-scène que disimulan la corrupción
de oligarquías enriquecidas: familias de terratenientes, mercaderes y
tiranos que apenas titubean al momento de vender los recursos de sus
países natales por una contribución legal a sus cuentas bancarias en
Suiza o Mónaco.
Las naciones pobres ya no se granjean la piedad y simpatía de sus
congéneres más civilizados. Su miseria es desconocida, deformada e
idealizada. Durante los años más recientes los efectos del SIDA ha
disminuido en las naciones más acaudaladas, a la par que su azote sobre
los hombres, mujeres y niños del mundo subdesarrollado se ha
incrementado. Durante su visita a Africa, el Papa aconsejó fidelidad y
continencia sexual a sus feligreses. Casi de inmediato las
organizaciones europeas de activistas homosexuales acusaron a la
Iglesia Católica de haber obstaculizado el uso del condom de latex. La
realidad, desconocida por aquellos afortunados protestantes, es que un
pueblo africano que a duras penas sobrevive jamás consideraría invertir
su presupuesto en preservativos. A los ojos del mundo más civilizado la
masa más pobre no alcanzan ni tan siquiera la condición de los
leprosos; privada de electricidad y educación su misma existencia es
denegada. Y aún así, este mundo subcategorizado contiene a las cuatro
quintas partes del género humano. A pesar de los logros de la ciencia y
la tecnología nuestra organización política revive tiempos antiguos.
Como en las eras más oscuras, el mundo se divide entre un imperio
minoritario y los habitantes de un mundo desconocido, bárbaro, feroz y
desesperado.
«Pero el príncipe Próspero era ecuánime, atrevido y sagaz (…) Reconocía
los colores y sus efectos. La decoración de moda no le interesaba. Sus
propósitos eran impulsivos y perspicaces, y sus ideas resplandecían con
lustre bucólica. Algunos lo creían demente, pero sus seguidores
disentían; bastaba con oirlo, verlo y tocarlo para cerciorarse de su
cordura». Poe incluso predice las virtudes de los actuales gobernantes
de nuestra cultura occidental. Nuestras opiniones sobre una coalición
global contra el terrorismo están dividas; mientras que los pacifistas
aseveran que el daño colateral causado por la fuerza aérea de las
naciones más prósperas propagará aún más terrorismo, quienes apoyan a
la administración Bush insisten en su capacidad de controlar y suprimir
atentados suicidas. Su armamento y sus satélites no solamente son los
más sofisticados del mundo; también inspiran el respeto o el miedo de
sus aliados y enemigos.
«Cuando la mitad de sus dominios fueron depopulados, él convocó a su
presencia a mil de sus amigos, los más robustos y despreocupados entre
sus caballeros y cortesanas, y los condujo al bosque para recluirse en
una de sus abadías fortificadas. Esta abadía poseía una estructura
extensa y magnífica; la creación de un príncipe excéntrico, de gusto
imperial. Un muro fuerte y empinado la salvaguardaba; una vez adentro
los cortesanos, previamente provistos de fraguas y martillos macizos,
soldaron las puertas de hierro que lo circundaban. Se había resuelto
eliminar los medios de ingreso y egreso para prevenir los impulsos
repentinos que el desespero y el frenesí del enclaustramiento
prolongado pudiesen provocar. Ya la abadía había sido generosamente
abastecida. Con semejentes preparativos los cortesanos podrían burlar
cualquier contagio. El mundo externo se defendería por sí mismo; entre
tanto todo lamento o pensamiento sería estulto; el príncipe había
desplegado todos sus entretenimientos placenteros: habían bufones,
habían saltimbanquis, habían bailarines, habían orquestas, había
Belleza, había vino. Todo esto, además de seguridad, estaba adentro.
Afuera deambulaba la 'Muerte Roja' ».
Mientras Australia encarcela a los niños emigrantes en sus campos de
concentración, en Europa el neonazismo presiona por una política más
fuerte contra los emigrantes. Aunque la obra de mano barata fue
desesperadamente requerida por Europa durante las décadas posteriores a
la segunda guerra mundial, ésta ha devenido ahora redundante. Las leyes
de la globalización permiten que las compañías multinacionales
construyan sus fábricas en los países subdesarrollados, en donde sus
empleados se conforman con cualquier salario. Las cosechas de frutas de
los Estados Unidos son recogidas, año tras año, por cientos de
emigrantes ilegales centroamericanos bajo la connivencia de autoridades
federales y municipales. Como el príncipe Prospero, el presidente Bush
construye una muralla, un sistema de misiles multibillonario con el
propósito de proteger a su país contra las amenazas del mundo exterior.
Luego de las manifestaciones de fraternidad y simpatía exhibidas
durante los años de la guerra fría, las naciones más prestantes soldan
sus cortinas de hierro. «El mundo externo se defenderá por sí mismo»,
es el argumento que justifica la indolencia del príncipe Prospero, cuya
intención fue, esencialmente, la de repeler las incursiones de sus
vasallos: miserables atraídos por su felicidad y su fortuna, dispuestos
a irrumpir en su abadía para diseminar el caos contra su voluntad. Su
temor corresponde a los temores de nuestra generación. Hora tras hora
cientos de infelices pierden sus vidas al cruzar los mares que protegen
los suelos de las naciones más prósperas. El pasado fin de semana,
verbigracia, la prensa publicó el testimonio de Vito Diodato, capitán
de uno de los botes pesqueros que rescataron a siete emigrantes sobre
la costa italiana. Cincuenta hombres, mujeres y niños se ahogaron ante
un navío patrulla de quince mil toneladas, el cual «rehusó atender a
clamores de socorro y actuó sin prisa cuando el bote de los emigrantes
fue volteados por una ola gigantesca (…) La imagen más espantosa fue la
de una mujer negra forcejeando con otros pasajeros por alcanzar una
botella de agua para su bebé. En medio del ajetreo fue abatida con un
puño en su cara (…) Yo la vi ahogarse cuatro horas más tarde, luego de
aferrarse sin fuerzas a un salvavidas que encontró en las aguas».
La ideología que conduce a esta mujer a sacrificar su vida y la de su
bebé por un sitio en el mundo adinerado es la misma ideología que
modela el aislamiento y egoísmo de las sociedades industrializadas de
hoy: neocolonialismo. Este, en efecto, ya no es un sistema económico,
sino ideológico, fuertemente centralizado; la vida en las antiguas
colonias se ha tornado fantasmagórica, desamparada, inmerecida y banal,
mientras que el lustre de los saltimbanquis californianos y londinenses
se eleva sobre todas las aspiraciones del género humano.
«Fue hacia el final del quinto o sexto mes de su aislamiento, cuando la
peste alcanzaba su punto álgido en la comarca, cuando el príncipe
Prospero decidió entretener a sus amigos con un baile de disfraces
magnífico, extraordinario».
Riqueza, lujo y exceso consagran a una pequeña región del mundo sobre
todas las demás. Los medios de comunicación realzan la superabundancia
de dichas regiones, tornándolas en los principales escenarios de la
historia. Un sentimiento artificial de inclusión y de exclusión crece
dentro y fuera de las sociedades modernas. «¿Cómo puedo ir a Broadway?…
Quiero ir al centro de todo», asevera uno de los personajes de
«Manhattan Transfer»2 luego de desembarcar en los Estados Unidos.
Broadway, no obstante, es descrita por Dos Passos como cualquier calle
hacinada, sobre la cual la gente camina en todas las direcciones. La
ideología neocolonialista es apenas estremecida por catástrofes y
desastres naturales. En 1985 veinticinco mil personas murieron en
Colombia como resultado de un desastre natural. Tres días más tarde los
medios de comunicación bogotanos señalaban con orgullo que por una
semana Colombia había sido el centro de atención del mundo; ese 'mundo'
se reducía a un puñado de periódicos de Japón, Europa occidental, los
Estados Unidos y Australia.
Luego de invitar a sus parientes y amigos, el príncipe Prospero celebra
su mascarada en seis de los siete salones de su fortaleza, pues «en el
salón occidental, o de ébano, el efecto de la luz de las lámparas que
se filtraba sobre las pesadas colgaduras mortuorias através de los
vitrales sanguinolentos, era espectral en extremo, y producía un gesto
tan desencajado sobre el rostro de sus huéspedes, que muy pocos osaban
aventurarse en sus precintos. Era además en este apartamento en donde
un reloj gigantesco de ébano se eregía contra la pared occidental. Su
péndulo oscilaba de un lado a otro con un clamor pesado y monótono; y
cuando el minutero consumía el circuito de su rostro, y cuando la hora
estaba cerca de anunciarse, surgía de sus pulmones metálicos un sonido
claro, profundo, fuerte y, sobre todo, musical, aunque de una nota y un
énfasis tan peculiar que al fin de cada hora los músicos de la orquesta
se veían obligados a interrumpir, momentáneamente, su interpretación
para percibir aquel tañido; y así, inevitablemente, las parejas de
bailadores cesaban sus meneos, y un breve desconcierto se cernía sobre
toda la compañía de divertidos; y se podía observar que mientras los
campaneos del reloj aún resonaban, los más frívolos palidecían y los
más maduros y aplomados pasaban sus manos sobre sus frentes, como
presas de un ensimismamiento o meditación confusa.»
Mientras discutimos el juicio y la voluntad de nuestros caudillos,
concedemos al Tiempo el comando supremo de nuestra existencia. Poe teje
su narración alrededor de un reloj tenebroso y solemne, recuerdo
urticante de los límites de nuestras horas. Los ancianos, al igual que
los jóvenes y los más alegres, son estremecidos por sus campanazos. A
pesar de los esfuerzos de cirujanos plásticos e ingenieros genéticos,
millones de seres humanos mueren día a día. Las cifras sobre los
promedios de vida son engañosas: favorecen a los países con las más
bajas tazas de nacimiento. Nadie conoce su última hora; nadie conoce
sus circunstancias. La muerte cercena la existencia de hombres y
mujeres sin reparar en su edad, en su credo o en su linaje. Guías
espirituales y filósofos como Jesús, Buda, Socrates, Boecio, y
Montaigne sobresaltan las ventajas de una vida asumida sin temores.
Pero nuestas sociedades, tal y como nuestros perspicuos líderes las han
entendido, se basan en el miedo: miedo a ser ridiculizado, miedo a ser
perseguido, miedo a deprimirse, miedo a morir. Una comunidad sin miedo
a la muerte deterioraría la solidez de un sistema que produce, inculca
y controla sus miedos. Los presupuestos de defensa son aprobados de
acuerdo al miedo que el mundo inspira en nuestros políticos. La
avaricia crece, pues los más acaudalados temen volver a un estado menos
acaudalado. Los emigrantes del mundo subdesarrollado arriesgan sus
vidas por miedo a la hambruna. Pero el miedo, como la esperanza, es una
especulación azarosa sobre el futuro. A pesar de la guerra, el hambre y
la enfermedad, la vida humana continua en las naciones más pobres. Por
otra parte las naciones más 'seguras' del mundo han demostrado su
vulnerabilidad al terrorismo local e internacional. La realidad es que
nadie puede contraolar el destino de un universo supeditado a su
destrucción.
El once de septiembre de 2001, los tañidos del reloj de ébano de Poe
fueron estrepitosamente oídas a través del mundo. Su impacto sicológico
sobre la población de los Estados Unidos requería no solamente un
diálogo sobre la organización política del mundo, sino también una
reflexión metafísica sobre el propósito y el sentido de su existencia.
En su lugar clérigos dogmáticos y políticos necios redujeron el
problema del islamismo radical a un forcejeo entre el bien y el mal. A
medida que los ejecutivos de la industria de armamentos se enriquecen
más y más, los ciudadanos de las naciones más prósperas recobran su
entumecimiento metafísico.
«Pero cuando los ecos [del reloj] cesaban, una hilaridad liviana se
difundía entre los convidados; los músicos intercambiaban miradas y
sonreían por su demencia y nerviosismo, musitando votos de que el
próximo tañido del reloj no habría de producirles una emoción parecida
(…) Hasta que el reloj comenzó a exhalar los tañidos de la medianoche,
y la música cesó (…) Y así, antes de que se ahogaran en el silencio los
últimos ecos del último campanazo, varios comensales descubrieron la
presencia de una máscara que hasta entonces había pasado desapercibida.
Y habiendo corrido en un susurro la noticia de su intrusión, se suscitó
entre la concurrencia un cuchicheo, un murmullo significativo de
asombro y desaprobación, y luego, por último, de terror, de horror y de
repugnancia (…) El personaje era alto y descarnado y estaba envuelto en
un sudario de pies a cabeza. La máscara que ocultaba su rostro
representaba tan bien el semblante de un cadáver rígido, que el
análisis más minucioso difícilmente hubiera descubierto el artificio.
No obstante, todos aquellos locos desfrenados la hubieran podido
soportar, si no aprobar. Pero el fantoche había osado adoptar el tipo
de la Muerte Roja. Sus vestiduras estaban empapadas de sangre, y su
amplia frente, al igual que los rasgos de su rostro, estaban salpicados
del horror escarlata.»
«Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre esta figura
espectral -la cual, con un compás lento y solemne, como para mejor
consumar su papel, se zarandeaba de un sitio a otro entre los
bailarines-, se le vio, en primer lugar, convulsionarse en un violento
estremecimiento de nausea y horror, pero casi enseguida su frente
enrojeció colérica.»
«-¿Quién se atreve -preguntó con voz ronca a los cortesanos que lo
circundaban-, quién se atreve a insultarnos con esa burla blasfema?
¡Apoderaos de él y desenmascaradle! ¡Que sepamos a quién hemos de
ahorcar en nuestras almenas al amanecer!»
«Era en la sala siniestra, o sala azul, donde se encontraba el príncipe
Próspero cuando pronunció estas palabras. Resonaron fuerte y claramente
a través de los siete salones, pues el príncipe era un hombre temerario
y robusto y la música había enmudecido a una señal de su mano. Era en
la sala azul en donde estaba el príncipe con un grupo de cortesanos
pálidos a sus costados. Primero, mientras él hablaba, hubo entre el
grupo un leve movimiento de avance en dirección del intruso, quien
durante un momento estuvo casi al alcance de sus manos, y que ahora,
con paso deliberado y continuo, se acercaba más y más al príncipe.
Pero, por cierta reverencia indefinible que la audacia insensata de la
máscara había inspirado entre los convidados, no hubo nadie que pusiera
la mano en ella, aun cuando, sin encontrar ningún obstáculo, pasó a dos
pasos de la persona del príncipe; y en tanto que la inmensa asamblea,
como si obedeciera a un solo movimiento, retrocedía del centro de la
sala a las paredes, la máscara continuó su camino sin interrupción, con
aquel mismo paso solemne y mesurado que la había distinguido desde el
principio, de la sala azul a la sala púrpura, de la sala púrpura a la
sala verde, de la verde a la anaranjada, de ésta a la blanca, y de la
blanca a la violeta, antes de que nadie hiciera un movimiento decisivo
para detenerla. Fue entonces, cuando el príncipe Próspero, exasperado
de cólera y vergüenza por su momentánea cobardía, se lanzó
precipitadamente a través de las seis salas sin que nadie lo siguiera,
porque un terror mortal se había apoderado de la concurrencia. Blandía
un puñal y se había aproximado impetuosamente a una distancia de tres o
cuatro pasos del fantasma que se batía en retirada, cuando éste,
llegado a la proximidad de la sala de los terciopelos, se volvió
bruscamente afrontando a su perseguidor. Hubo un grito agudo, y el
puñal se deslizó relampagueante sobre la alfombra fúnebre; casi de
inmediato el príncipe cayó postrado sobre ésta en un rictus de muerte.
Entonces, invocando el frenético valor de la desesperación, una
multitud de máscaras se precipitó a la vez en la sala negra, y, asiendo
al fantoche que se mantenía, como una gran estatua, rígido e inmóvil a
la sombra del reloj de ébano, se sintieron sofocados por un terror
innombrable al descubrir el sudario y la máscara cadavérica -arrebatada
con furia inusitada-, desprovistos de formas tangibles.»
La prosa de Poe se torna macabra. La historia del príncipe Próspero
advierte al lector sobre la inminencia de la muerte, y sobre el
esfuerzo inútil de quienes cierran sus puertas a los peligros del mundo.
«Todos reconocieron entonces la presencia de la Muerte Roja. Había
venido como un ladrón en la noche. Y todos los hedonistas cayeron uno a
uno en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la
postura desesperada de su caída. Y la vida del reloj de ébano acabó con
la del último de aquellos divertidos. Y las llamas de los trípodes se
extinguieron. Y las Tinieblas, y la Decadencia, y la Muerte Roja
ostentaron dominio ilimitado sobre todos.»
Su último párrafo no es apocalíptico, sino admonitorio. La mayoría de
los vasallos de Próspero sobreviven. La peste pasa, y con el anuncio de
la primavera una nueva generación de hombres y mujeres pueblan la
comarca. Siglos más tarde, en un país remoto, un poeta escribe la
historia de un hombre saludable que desafía la generosidad de la
fortuna. Su poder absoluto lo persuade de su habilidad para controlar
su vida y su muerte. Reacio a aliviar la enfermedad y la miseria de sus
súbditos, este hombre se retira al lugar más seguro sobre la tierra: su
mausoleo.
|
|
|
| La
Perspicacia Internacional de Ingrid Betancourt |
 |
«La Rage au Cœur» de
Ingrid Betancourt encabeza la lista de los libros
mejor vendidos en Francia; la demanda judicial emprendida por el
ex-presidente Ernesto Samper contra XO editións, y la subsecuente
levedad de su sentencia, renuevan el interés de un país que valora la
expresión escrita como uno de los derechos fundamentales del hombre. |
La censura de un miembro principal de la
clase política
colombiana confirma, más bien que refuta, a los ojos del lector
francés, cada una de las acusaciones de la senadora Betancourt.
Escrito con la colaboración de Lionel Duroy, Ingrid
Betancourt da cuenta de los mecanismos corruptos que pervaden el poder.
Su mérito reside no tanto en confirmar los estereotipos más difundidos
sobre Colombia (clientelismo, mentira y políticos títeres del cartel de
Cali) , como en su cuestionamiento moral (al parecer involuntario), de
la casta política que alguna vez ayudó a la senadora Betancourt a
obtener su curul en el senado. La contraportada del libro no puede sino
despertar sonrisas de agradecimiento o incredulidad en el lector
francés: «Quiero narrar la historia de mi lucha al país que me ha
enseñado la democracia y la libertad». Ingrid, de hecho, jamás
cuestiona los sistemas de gobierno de Europa y los Estados Unidos: «Me
propuse demostrarle a los colombianos que no todo es fatal, que se
podría hacer política de otra manera, y, sobretodo, honestamente, como
en Europa, basándose en ideas, con afiches, discursos y un programa».
Su ingenuidad casi infantil es evidente en varios pasajes de su libro:
«mi ingenuidad es mi fuerza. Ella me otorga una libertad sin
precedentes»; una postura que ha forzado a los franceses a compararla
con Juana de Arco, una mujer idealista que denunció la cobardía y
astucia de sus gobernantes hasta morir traicionada en la hoguera.
Corrupción, después de todo, no es un problema exclusivamente
colombiano, como tampoco es una manifestación de nuestro siglo. La
crónica de nuestra historia según Ingrid Betancourt, rememora las
sangrientas páginas de los «Anales» de Tácito: Calígula y Nerón viven
en los Andes. Durante el gobierno de François Mitterand, Pierre
Bérégovoy, su primer ministro, cometió suicidio en extrañas
circunstancias. Colombia sufrió, por su parte, un proceso contra el
ex-presidente Ernesto Samper: varias personas allegadas a su campaña
política fueron asesinados por sicarios. Ingrid Betancourt, con un
coraje admirable, apoyándose en meras corazonadas, acusa a Samper y a
Horacio Serpa de haber ordenado estos crímenes bajo el auspicio de los
Hermanos Rodríguez Orejuela. El lector francés elogia a esta mujer por
su valentía, una virtud que nadie asumiría en Francia sin sufrir sus
consecuencias.
Su autobiografía, no obstante, deja translucir su
vanidad y su nostalgia por la belle époque, cuando sus padres y abuelos
se dividían el poder como si se tratase de un negocio de familia. La
prosa de Ingrid Betancourt podrá inquietar al lector europeo, pero para
quienes padecen la dura realidad colombiana, sus congojas son sollozos
de niña mimada. Rafael Pombo satirizó a la vieja clase política
colombiana cuando escribió el poema infantil «La Pobre Viejecita»:
Y esta vieja no
tenía
ni un ranchito en
qué vivir
fuera de una casa
grande
con su huerta y su
jardín
Al comienzo de su libro acusa al ex-presidente Carlos Lleras Restrepo
de haber destituido a su padre, Gabriel Betancourt, de su cargo como
Ministro de Educación. Su familia vivió entonces un exilio en París, en
donde su padre se resignó a trabajar como embajador de
Colombia
ante la Unesco: «Nos encontramos en la Avenida Foch, en un apartamento
de quinientos metros cuadrados, decorado con fineza: muebles
firmados
del siglo XVIII, obras de arte originales —me acuerdo en especial
del
'San Jerónimo' de Durero, que nos inspiraba miedo en las noches—,
baratijas de China, tapices y un jardín colgante».
|
|
Educación y globalización |
|
|
Entonces el
principal pasatiempo de sus padres era el de la organización de
tertulias literarias, a las cuales invitaban, entre otros, a Virgilio
Barco, Misael Pastrana, Fernando Botero, Gabriel García Márquez y Pablo
Neruda. Entre brindis amistosos, Ingrid se contagió de la clarividencia
de sus comensales, quienes le aseguraron que Turbay Ayala presidiría
uno de los gobiernos colombianos más catastróficos de las últimas
décadas; años más tarde fuerzas sobrenaturales le anunciarían la
muerte
de Luis Carlos Galán.
Adaptada a la cultura francesa, Ingrid regresa a Colombia, en donde es
matriculada en uno de los colegios más exclusivos de Bogotá: El Liceo
Francés Louis Pasteur. Ingrid nos relata como, a causa del divorcio de
sus padres, soporta los «modales brutales» de su escuela, viéndose
obligada a encerrarse bajo llave en los baños durante los recreos «para
escapar a la violencia de mis condiscípulos». Poco después su madre,
Yolanda Pulecio, agobiada por su lucha inútil contra la corrupción, y
víctima de las sátiras de los periodistas por haber abandonado a su
marido, padecería otro destierro en la embajada de Colombia en Francia,
esta vez en situaciones más deplorables: «Ella [mi madre] tiene que
trabajar; ya no es la esposa de un embajador». Ingrid nos confiesa así
mismo, como en tres ocasiones sus vacaciones fueron estropeadas a causa
del malfuncionamiento del sistema. La primera vez ocurre en Cartagena,
antes de salir a la playa, cuando recibe el mensaje «extravagante» de
que la fecha de inscripción para nuevos aspirantes al parlamento ha
expirado; Ingrid protesta «aquí y allá» y la fecha se prolonga por
quince días, de modo que ella pueda disfrutar los últimos días de sus
vacaciones sin inconveniente. La segunda vez en un viaje a París, las
islas del Caribe y el parque Tairona, en donde los fantasmas de Samper
y Serpa le impiden «recobrar su vocación de madre»; por último a
los ocho días de comenzar sus vacaciones de verano a Francia en 1996,
cuando su abogado, Hugo Escobar Sierra, le informa que Samper la ha
acusado de «trafico de influencias»; esta vez Ingrid no puede contener
su indignación: «Es un golpe horroroso para los niños y para mí. Ya
habíamos organizado este viaje, reservado los hoteles, y todo echado a
perder». Ingrid, como cualquier político internacional, debería
disfrutar de doce semanas de descanso al año. Ella sabe que para los
franceses las vacaciones son sagradas: cinco semanas por año de acuerdo
a sus leyes. Desafortunadamente Ingrid se olvida de reseñar que el
código laboral colombiano obliga a sus empresarios a otorgar apenas dos
semanas de vacaciones anuales, y que el salario mínimo en Colombia es
seis veces inferior al de Francia. Dada la importancia que ella concede
a los descansos en el extranjero, es de extrañar que en ninguna de sus
páginas ella se muestre interesada en mejorar esta injusticia; cabe
preguntarse si el apoyo de los empresarios que financiaron su campaña
le impide emprender este tipo de reformas. El punto cúlmen de sus
cuitas son los frustrados atentado contra su vida; los diez
guardaespadas que el gobierno le procura día y noche, no le merecen, en
sus palabras, su confianza. Ingrid se ve obligada, por lo tanto, a
viajar a una mansión apacible sobre las playas de Nueva Zelanda, en
donde deja a sus hijos al cuidado de su padre: «Una decisión cruel, de
precio exorbitante; renunciar a la felicidad de que vivamos juntos».
Tal vez Ingrid desconozca los consejos de Bernard Shaw, quien escribió
que «ser maltratado no es un mérito», pero si su objetivo fuera narrar
pesares, Ingrid habría mencionado en su libro el éxodo de los miles de
desplazados colombianos, quienes se ven obligados a huir de un poblado
a otro sin guardaespaldas que los protejan, o de los soldados
colombianos, quienes permanecen en puestos de combate aislados por
meses, sin provisiones, a la merced de la guerrilla; en su lugar Ingrid
se vanagloria de haber denunciado la compra fraudulenta de cientos de
fusiles hebreos: «más caro que los fusiles ultra-modernos alemanes,
franceses o americanos». Es obvio que pese a su integridad, la
senadora Betancourt evita el tema de la paz para elogiar la industria
bélica de los grandes potencias.
Ingrid nos da a entender que ella es la única sobreviviente de una
serie de mártires contra la corrupción: Luis Carlos Galán, Alvaro Gómez
y Alfonso Valdivieso. Su estandarte ha sido la honestidad, una virtud
que la clase media colombiana respalda, y que le granjeó un escaño en
el senado, obteniendo la votación más alta en 1998. No obstante, al
momento de hablar de su programa de gobierno Ingrid vacila y recurre a
lugares comunes: «la construcción del metro que hemos esperado por
medio siglo, la protección del aire que respiramos, uno de los más
contaminados del planeta, y una política de ayuda familiar»; un tema de
envergadura, como su postura frente al proceso de paz iniciado por el
presidente Pastrana, es despachado con ligereza: «en un gesto
'histórico' para favorecer la paz, él [Pastrana] le cede a las FARC
cuarenta y dos mil kilómetros cuadrados de territorio nacional. ¿A
cambio de qué compromiso por parte de la guerrilla? Ninguno»; Ingrid
parece ignorar que esta área ya se encontraba en poder de las FARC
debido a la indiferencia ancestral del gobierno colombiano, y que la
concesión de Pastrana fue un mero reconocimiento de la influencia que
la guerrilla ha obtenido en esta área.
Con pretendida inocencia Ingrid nos da cuenta de su participación en el
engranaje político colombiano. Sometida a una vida monótona, como ama
de casa en Los Angeles, Ingrid recuerda las ambivalentes palabras de su
padre: «Tu conoces, Ingrid, todo lo que Colombia nos ha entregado. Es
gracias a ese país que tú has conocido Europa, que tú has frecuentado
las mejores escuelas y disfrutado de un lujo cultural que ningún
colombiano venido a menos concerá jamás. A Colombia le adeudas todas
estos beneficios. No lo olvides nunca». Añorando sus privilegios, y
deseseosa de retribuirlos, Ingrid abandona a sus hijos y a su
marido, apoya —como su madre—, la candidatura de César Gaviria,
celebra su triunfo y es recomendada por su amigo de estudios, el
periodista Mauricio Vargas, para que obtenga un puesto de trabajo
en el ministerio de finanzas de Rudolf Hommes. Al día siguiente Ingrid
descubre perpleja que es la directora del DNP, una oficina de la que
jamás ha oído. Ella confiesa haberse sentido «una extranjera en su
propio país»; del mismo modo, el lector colombiano podría tener la
impresión de que el libro de Ingrid ha sido escrito por una extranjera,
con una salvedad: las páginas dedicadas a la busqueda de la sede de su
campaña política emulan el realismo mágico de García Márquez. Cierto
día, una fuerza desconocida la compunje a llamar a la puerta de un
palacio aristocrático situado sobre la carrera séptima; una vieja
decrépita la recibe y le informa que su mansión jamás será arrendada;
Ingrid insiste y la anciana cae en cuenta que Ingrid es la sobrina de
su mejor amiga, una mujer apodada Dolly; de inmediato la anciana le
cede su mansión a Ingrid, añadiendo, como todos los colaboradores de
sus campañas, «del dinero hablaremos más tarde» (lamentablemente Ingrid
se olvida de abordar el tema de esas conversaciones tardías en su
libro).
Estudiante de Sciences Po, el lector espera que Ingrid discuta la
política neocolonialista de Francia y los Estados Unidos y su
repercusión en la historia de Colombia: la pérdida del canal de Pánama
y los intereses internacionales que se ciernen sobre nuestro país
através del Plan Colombia. Ignorando el abismo económico que distancia
a Colombia de los Estados Unidos y la Unión Europea, sin capacidad para
comprender el régimen opresivo del Fondo Monetario Internacional, y en
medio de escándalos internacionales que sacuden al mundo (venta de
prebendas de Helmut Kohl en Alemanía, acusaciones por tráfico ilegal de
armas contra la familia Mitterrand, fraude electoral en los Estados
Unidos), Ingrid escribe que fue a estudiar a Francia para comprender
«porque ciertas democracias, como la francesa, logran evitar la
corrupción, mientras que otras, como la colombiana, la padecen en
cuerpo y alma». Ingrid asume en su lugar un lenguaje neocolonialista,
llamando a Colombia un país de régimen «totalitario».
Más allá de su aparente ingenuidad, el lector entreveé el genio
político de la autora, en particular cuando cavila sobre las
circunstancias que llevaron a Alfonso Valdivieso a emprender un proceso
contra el ex-presidente Ernesto Samper: incapaz de admitir que haya
alguien totalmente honesto se pregunta «¿Qué designio secreto perseguía
Valdivieso? ¿Se trataba simplemente de un principio ético? Uno se
pierde en suposiciones». Este interrogante traiciona sus pretenciones
éticas, a la par que da cuenta de sus intenciones: «movido por
ambiciones presidenciales, Alfonso Valdivieso asegura, por lo tanto,
através de su integridad y su coraje indiscutible, el apoyo de los
Estados Unidos. Para decirlo en términos crudos, él se adelanta a los
deseos de los americanos». La senadora Betancourt sabe que Colombia, a
menos que demuestre un cambio en su discurso ético ante la comunidad
internacional, perderá credibilidad ante las potencias industriales.
El discurso contra la corrupción es primordialmente retórico: la
corrupción se da por sí misma en todos los gobiernos del mundo; la
administración Samper, sin embargo, ha puesto en tela de juicio la
moral de los colombianos: ni Venezuela, ni Perú, ni Ecuador tuvieron
inconvenientes en derrocar a presidentes abiertamente corruptos. Karl
Popper escribió que la democracía de un país se comprueba a la hora de
derrocar a un régimen que oprime a sus ciudadanos. «La rage au Cœur»
deja claro que Colombia está perdiendo esta batalla; habiendo seducido
a Francia, preparándose para conquistar el mundo anglosajón, los
colombianos descubriremos, contra nuestro parecer, que Ingrid
Betancourt es el candidato más propicio para asumir la presidencia
colombiana ante los ojos de la comunidad internacional.
Epígrafe: Durante
su campaña presidencial Ingrid Betancourt
viajó―desatendiendo a las advertencias de las fuerzas armadas―, al área
controlada por la guerrilla colombiana. Su secuestro y su
prolongado cautiverio son un tema constante de los medios de
comunicación franceses.
Ingrid obtuvo in absentia el 2% del sufragio presidencial colombiano
del 2002.
|
 |
|
Inglaterra se
preparaba para elegir a su nuevo ministro de gobierno;
aunque la prensa se esmera por hacer justicia a los tres candidatos
principales, la atención de los británicos gira en torno al actual
ministro de gobierno, Tony Blair, del partido laboral, y a su oponente
conservador, William Hague.
Las encuestas favorecen a Blair con un veinte por ciento de ventaja. En
un esfuerzo desesperado los conservadores han apelado a sentimientos
nacionalistas contra los emigrantes; uno de sus miembros advirtió que
Inglaterra se estaba convirtiendo en un país de amerindios (mongrels):
contrario a sus expectaciones, los índices de popularidad de los
conservadores disminuyeron. Hague aclaró entonces que su política no
estaba dirigida contra los emigrantes que han obtenido su ciudadanía
británica, sino contra aquellos que aspiran a obtenerla. Michael
Portillo, el delfín de su partido —e hijo de emigrantes españoles—,
visitó la comunidad asiática de Londres durante el pasado fin de
semana: todos los periódicos lo retrataron acariciando a un pez
gigantesco en una plaza de mercado; emigrantes hindúes y pakistaníes lo
acompañaban.
Tony Blair, entre tanto, combate a sus atacantes refugiándose en su
programa educativo: «¡Educación! ¡Educación! ¡Educación!», es el lema
de su campaña.
—Inglaterra no puede competir al nivel de los obreros de otros países
—afirmó en un noticiero luego de lanzar su campaña en una escuela de
Londres, frente a niños de ascendencia africana y asiática—. Nuestra
prosperidad depende de nuestros profesionales, y si no invertimos en
educación Inglaterra se empobrecerá tarde o temprano.
Las palabras de Blair dan cuenta del prestigio que Inglaterra conserva
desde la independencia de los Estados Unidos de América. Alexis de
Tocqueville escribió en 1832 que el secreto de la expansión americana
era la educación de sus ciudadanos, quienes eran enviados por sus
padres a las universidades inglesas. Aunque La démocratie en
Amérique ignora la inspiración religiosa de los puritanos, su
juicio revela una tradición que aún persiste: la enseñanza constituye
la tercera fuente de ingreso económico del Reino Unido, superior al
turismo y a la industria alimenticia.
La educación inglesa prevalece por su historia. Hay universidades en
los Estados Unidos superiores a Oxford o Cambridge desde un punto de
vista estrictamente educativo, pero la tradición y la distancia
continúan atrayendo a los hijos de la élite norteamericana. No es
sorprendente, por lo tanto, que los alumnos de las universidades
inglesas no sean siempre elegidos por su coeficiente intelectual. Los
prejuicios, muestra irrefutable de una educación deficiente, abundan
entre los profesores del Reino Unido; el año pasado Oxford sufrió un
revés del cual aún no se ha recuperado: una estudiante de ascendencia
asiática que había sido rechazada de la facultad de economía fue
aceptada y becada por la Universidad de Harvard. |
Pero las ventajas de la educación inglesa no se limitan a sus dos
universidades más costosas. La Universidad de Salford, en donde he
tenido la oportunidad de enseñar por un año, acoge a cinco mil
estudiantes internacionales, provenientes en su mayoría de India,
Arabia Saudita, Grecia y España. La diáspora internacional también
fomenta la discriminación: A. M., quien ahora trabaja ahora como
Profesor del Departamento de Artes Dramáticas de la Universidad de
Manchester, estuvo trabajando por varios años con la BBC. Relegado a
trabajos sin importancia, el profesor Marius jamás tuvo la oportunidad
de dirigir un programa de televisión en Inglaterra. El no sólo era
extranjero: su doctorado había sido obtenido en una universidad de
California. Una actitud comprensible —cito las palabras de Benjamin
Franklin— en un país de una historia y una tradición milenaria.
La confianza de Tony Blair en la educación revela así mismo sus
intereses neocolonialistas. En nuestro sistema capitalista cada
ciudadano es remunerado de acuerdo a su nivel de educación: el obrero y
el campesino están condenados a una vida abyecta. No en vano Alemania
ha decidido subvencionar trabajos mal remunerados, como cocineros,
panaderos y genitores. En Colombia oímos a menudo que nuestro futuro
está en el campo; una frase engañosa que carece de sentido. Nuestro
país importa ochocientas toneladas de alimentos al año, en su mayor
parte de los Estados Unidos: una prueba fehaciente de que sólo una
agricultura y una ganadería tecnificada, esto es, concebida en un aula
universitaria, produce bienestar.
César Gaviria, heredero de Reagan y Thatcher, privatizó las
universidades colombianas y relegó la educación al último lugar de su
lista de prioridades. Ni Samper ni Pastrana han despertado de este
letargo plácido e ingenuo. En Inglaterra, por el contrario, hay una
clara conciencia del valor de la educación: si tenemos ciudadanos
educados tendremos buenos salarios: si tenemos buenos salarios
cobraremos más impuestos.
La posible carencia de una mano de obra barata no preocupa a los
ingleses: su personal capacitado puede construir una industria en
cualquier república bananera empobrecida: tal ha sido el caso de
Nicaragua, en donde las empresas multinacionales han construido un
nuevo emporio industrial: hay paz, pero ¿hay prosperidad? Los
nicaragüenses son tratados como esclavos: careciendo de un contrato de
trabajo se ven obligados a trabajar hasta catorce horas por día,
recibiendo un salario miserable. La clase política se beneficia de los
dividendos aportados por las grandes empresas; pero la felicidad y la
prosperidad de sus ciudadanos es sacrificada a sus expensas. La
globalización no es sino la transformación de ciertos países en
administradores de otros países: nuestros gobiernos tienden a
convertirse en una suerte de mediadores serviciales. |
Pastrana se esfuerza por demostrarnos que plan Colombia beneficiará a
Colombia; pero su discurso no menciona la capacitación de profesionales
en Colombia: es fácil inferir que esos profesionales serán contratados
en algún país norteamericano o europeo. Algunos periodistas, por su
parte, pretenden que nuestros problemas se solucionarán el día en que
los Estados Unidos legalicen el tráfico de drogas. «Entonces»,
sugieren, «Colombia se enriquecerá con sus cultivos de coca». Este
punto de vista ignora el poder de la ciencia y la tecnología, que puede
reproducir la planta de coca en condiciones artificiales, a la par que
subestima la influencia de las compañías tabaqueras, quienes, dueñas
del mercado, organizarían plantaciones pseudoesclavistas en África y
Centroamérica.
Bolivar escribió en 1822 a un amigo inglés que Colombia, como el país
más educado de Sur América, debía liderar la unión sudamericana. Ocho
años más tarde un general iletrado condenaría Venezuela a una pobreza
de la que sólo el petróleo habría de redimirla. Los colombianos aún
aprecian el valor de la educación, aunque la indolencia gubernamental
se esmere por subvalorarla. Es evidente que a menos que cooperemos en
la subvención de nuestras escuelas y universidades, Colombia estará
condenada en veinte o treinta años a una pobreza — ¿debo escribir
'violencia'?— deplorable. |
|

|
|
|
|
|
|
|
|
Hugo Santander
2007 © All rights reserved |
|