Hugo Santander Ferreira
Hugo Santander Ferreira

  
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Un Papa para pecadores  
 
De nuestro Colonialismo
 
En 1929 Bertrand Russell publicó "Marriage and Morals," una defensa de la infidelidad y el amor libre. Años más tarde el pupilo más brillante de Russell, Ludwig Wittgenstein, la refutaría abiertamente diciendo que ningún filósofo podría convencerlo de que una vida de burdel en burdel era una vida virtuosa.
El sarcasmo de Wittgenstein, que se hubiera adaptado más apropiadamente a la obra de Sartre, refleja el sentimiento de los católicos más devotos de nuestra época.

Antes y después del ascenso de Benedicto XVI, los medios de comunicación europea han propagado un debate ficticio en el seno de la Iglesia entre liberales y conservadores; como resultado el mundo ha presenciado en las últimas semanas a una horda de periodistas que con escasos conocimientos de teología simpatizan con sus propios puntos de vista 'liberales' y aquellos de sus editores.

La mayoría de los periodistas europeos predican que la Iglesia 'tocará' ('reach') a los consumidores de nuestros días el día en que ésta se adapte a la moralidad de la sociedad de consumo; predican que si la Iglesia deshecha siglos de evangelización diciendo que la fornicación extramatrimonial no es un pecado, sino de hecho una virtud, las capillas y las catedrales se inundarán de feligreses; predican que si la Iglesia promueve el uso del condón, en lugar de aconsejar a los creyentes a que practiquen la monogamia, el SIDA desaparecerá de Africa, Latinoamerica y el resto del mundo. Lo que la mayoría de estos periodistas ignoran, no obstante, es que una iglesia con una moralidad confeccionada según los caprichos y los excesos del mundo es una contradicción de términos. Contrario a sus expectativas, la introducción de mujeres ministras y obispos hosexuales en la Iglesia Anglicana ha ofendido a cientos de anglicanos, quienes han desertado su iglesia para integrarse a la congregación católica

La perfecta articulación de la moralidad cristiana es una utopía que sólo los santos intentan alcanzar. Tal y como Jesús lo indicó, ningún hombre o mujer es verdaderamente santo sino Dios.  Los periodistas europeos, no obstante, y bajo la influencia del puritanismo europeo, insisten en asociar el pecado al crimen y el castigo. El cristianismo, empero, es una religión para pecadores, en el cual los creyentes se reconocen a sí mismos como hijos de Dios que han transgredido la voluntad de su padre misericordioso. La ira, la infidelidad, la mentira, el engaño, la presunción y la pereza son los pecados más recurrentes, por no mencionar el más común de todos: la hipocresía. Esto explica las razones por las cuales la Iglesia canoniza a los santos, aquellos pocos hombres y mujeres que parecen haber excedido la piedad y la virtud de los demás miembros de su comunidad.

¿Cuál sería el sentimiento de los cristianos, entonces, si al ir a su iglesia escuchan a un sacerdote orgulloso de su homosexualidad que les dice que de ahora en adelante la infidelidad conyugal es aconsejable, que las mujeres pueden deshacerse de sus fetos cuando y si les place y que dado que la promiscuidad ya no es un pecado, un grupo de monjas estará promoviendo el uso de condones a las puertas de la iglesia? Semejante actitud motivaría a sus creyentes a abandonar su iglesia para conformar los credos menos 'liberales' del Islam y el Judaismo. La religión es sobre la redención, y antes de la redención está el pecado.

Pero, ¿que es lo que los periodistas europeos entienden por 'liberalismo'? Los medios de comunicación, tal y como las recientes manifestaciones de fé en el vaticano lo han demostrado, son reacios a adaptarse a los sentimientos de la mayoría de la gente. La opinión pública europea no parece ser sino el concenso dominante de una élite de escritores empleados por las corporaciones multinacionales.  Su moralidad es la moralidad del lucro, la cual ya había sido proféticamente anticipada por Giambattista Vico cerca de trescientos años atrás. Tal y como Jacques Barzun lo sintetiza: "[Vico escribió que] la vida en las ciudades hacinadas produce hombres que no creen, y que estiman el dinero como la medida de todas las cosas, y que carecen de cualidades morales, en particular de la modestia, el deber a la familia y el valor varonil. Emancipados de cualquier consideración ética,  ellos viven espiándose y engañándose los unos a los otros (1)."

La ética del nuevo barbarismo es una ética caprichosa que predica la comprensión a la par que condena a quienes no satisfagan sus deseos, que predica la tolerancia a la par que denuncia a políticos adúlteros; que predica la objetividad a la par que fabrica la controversia y el escándalo; que se mofa de los dogmas fundamentales de la Iglesia, como la Santísima Trinidad, la Inmaculada Concepción y la Resurrección de Cristo, a la par que venera a un papa inexistente capaz de satisfacer sus deseos pasajeros.

(1) Barzun, Jacques, "From Dawn to Decadence" (London: Harper Collins, 2000,) p. 315


 n A propósito de la obra más reciente de Fernando Botero sobre el conflicto armado en Colombia, Juan Forero, del New York Times,
deja constancia de las preferencias estéticas de Botero, quien en «La Muerte en la Catedral», un óleo concebido en el 2002, recrea la matanza perpetrada en Bojayá, Chocó, contra 120 hombres, mujeres y niños de ascendencia africana, como un atentado terrorista perpetrado contra un conglomerado de víctimas de ascendencia europea.Interrogado sobre la incongruencia entre su obra y la realidad, Botero comenta que el objetivo de su obra no era realista y que tal es su manera de representar la violencia que ocurre en Colombia.

Sin desmeritar la obra más reciente de Botero —quien por primera vez renuncia a los estereotipos más divulgados en Europa y Estados Unidos sobre las Banana Republics de Latinoamérica—, cabe mencionar que su respuesta y su tratamiento del tema es sintomático de la ideología neocolonialista que domina al tercer mundo. ¿Por qué razón le niega Botero a los colombianos de ascendencia africana su protagonismo en el actual conflicto que Colombia padece? ¿Es acaso la violencia en Colombia una respuesta a la ideología neocolonialista que se esmeraba por presentar a una masa de hombres y mujeres morenos al servicio de una aristocracia europea?.

Colombia, como cualquier país colonizado, aún sufre del complejo de inferioridad que permite a los países europeos dictaminar cuales son las preocupaciones del momento; prueba de ello el escaso interés que la muerte de 120 personas en Bojayá suscitó entre los periodistas ingleses, y más aún el inmenso interés que la muerte de una persona de la familia real inglesa aún suscita en los medios de comunicación colombianos.

Cierta broma popular dice que en Colombia la clase baja quiere ser mejicana, la clase media estadounidense y la clase alta europea; la efectividad de dicha broma se basa en el hecho de que los colombianos ya no quieren ser colombianos; la certeza de que hay un negro, un indio, un árabe y un europeo bajo la piel de cada latinoamericano, escandaliza a los genetistas, artistas y publicistas colombianos, quienes siempre han soñado con una Colombia de gente de piel nívea y trenzas doradas. En La Otra Raya del Tigre, Pedro Gómez Valderrama enumera las violaciones de una banda de emigrantes alemanes, perpetradas bajo la sorda aprobación de un obispo que cree que de ese modo se purifica la raza. La reciente popularidad del cabello rubio tinturado en Colombia no deja de sorprender a los europeos; así Shakira, quien podría haber impresionado al mundo con sus cabellos de ébano, es ahora referida como otra Britney Spears o Cristina Aguilera.

Los postulados eugenésicos del siglo diecinueve y la charlatanería de los nazis aún encuentran un eco inusitado en el tercer mundo. Aún recuerdo mi sorpresa cuando a mi regreso a Colombia en 1996 —luego de dos años en Filadelfia—, descubrí el contraste entre un país de gente de piel aceitunada y cabellos negros con unos presentadores de televisión, modelos y actores rubios que prácticamente monopolizaban todos los medios de comunicación —desde las vallas publicitarias hasta los comerciales de ropa interior—; dicha incongruencia ya no me era familiar en los Estados Unidos, en donde la representación de las minorías en los medios de comunicación aumenta cada año. En Colombia, como en tantos países africanos y asiáticos, quienes carecen de representación en los medios de comunicación es la mayoría.

El mayor percance del neocolonialismo es, en efecto, esa imposibilidad —por parte de la antigua población colonizada—, de reconocerse a sí misma ante el espejo (los medios de comunicación son, en efecto, los espejos sociales de nuestra era); incapaz de reconocerse a sí mismo, el tercermundista ha de contemplar ante sí el falso reflejo de su maestro ‘ideal’, cayendo en la falacia de que él debe ser ese maestro ‘ideal’. No es de extrañar, por lo tanto, escuchar en Latinoamérica a gente de piel oscura que discrimina a la gente de piel oscura. La decisión de Botero es de hecho estética, por cuanto la piel morena no deja de ser una realidad inexistente para los latinoamericanos.

Dicha distorsión es a menudo justificada por la supuesta superioridad de los países europeos; pero Europa no es sólo un continente multirracial, resultado de las invasiones hunas, sarracenas y vikingas, sino un continente multicultural, cuya economía depende de los emigrantes africanos, asiáticos y —a partir del primero de mayo— centroeuropeos, siempre dispuestos a asumir los oficios menos prestigiosos.




De nuestra corrupción, el pretendido mal

Recuerdos de Abelardo Forero Benavides

Sócrates, en un pasaje de La República, concluye que la moralidad de los gobernantes de una comunidad refleja la moralidad de dicha comunidad.

A partir de esta idea Nicolai Gogol representó, en El Inspector, la corrupción y la burocracia de la sociedad zarista del siglo diecinueve como manifestaciones propias de su sociedad. Dos siglos de historia convulsa han corroborado sus sátiras; ni la demagogia de Lenin, ni el paternalismo de Stalin, ni el excentricismo de Krushev fueron  capaces de eliminar los males que han relegado –y relegan- al pueblo ruso a una pobreza y a un nacionalismo inquietante. 

El fracaso del reciente referendo colombiano es así mismo una muestra palpable de nuestra idiosincrasia.  Una mayoría inusual de colombianos eligieron a Álvaro Uribe, un presidente que presentó un programa contra la insurgencia armada y la corrupción. El debilitamiento de la guerrilla y el fortalecimiento de las fuerzas militares le granjearon la admiración de los medios de comunicación más influyentes: periodistas y modelos de televisión encomiaron día a día los aciertos y desaciertos de un hombre a quien ya auguraban una próxima reelección.
Pero el embate de Uribe contra la corrupción acabó siendo no sólo menos afortunado, sino así mismo contraproducente. Nuestro presidente, al igual Ingrid Betancourt, comprendió demasiado tarde que la corrupción es una enfermedad arraigada en la idiosincrasia colombiana. Borges, en uno de sus ensayos, denunció esa misma idiosincrasia en Argentina y a partir de un pasaje de Don Quijote trazó su origen en la España del siglo dieciséis: en éste el Caballero de la Mancha deja a dos convictos en libertad en abierto desafío contra las leyes de la corona. El Estado, en efecto, surge ante la mayoría de colombianos como un ogro que cohíbe la libertad individual. 

Sería ingenuo, no obstante, atribuir la corrupción al genio o a la sangre de una comunidad. Los franceses, aún siendo latinos, han logrado conformar un estado con bajos índices de corrupción. A través de sus escritos Jean Jacques Rousseau prescribió un gobierno con un cuerpo legislativo independiente del poder ejecutivo. A diferencia de Tocqueville, Rousseau no centró su análisis en las instituciones sociales -las cuales, como en el caso de Roma, acaban siendo contraproducentes en manos de magistrados corruptos-, sino en la equidad social. En efecto, los gobiernos de escaso ingreso per cápita que  permiten el surgimiento de una clase prestante –como fue el caso de Colombia durante los gobiernos de Barco y Gaviria-, han de erradicar la pobreza que flagela a la mayoría de sus ciudadanos. De otro modo el abismo social crecerá mediante sobornos y prebendas.
El caso de las antiguas repúblicas de la Unión Soviética es diciente. Las décadas de corrupción y burocracia comunista propiciaron su independencia forzosa de Rusia a principios de los noventa. El caos capitalista permitió a los antiguos miembros de la KGB la expropiación de las fincas, los hoteles, los apartamentos y las fábricas de la comuna. En menos de diez años las amplias praderas de Kirguizistán y Tayikistán fueron reducidas a la mendicidad. Las escuelas de los alrededores de Osh, en Kirguizistán, no cuentan ni tan siquiera con servicios sanitarios. Las donaciones que estos países reciben de las organizaciones no-gubernamentales y del Departamento de Estado de los Estados Unidos agravan, antes que alivian, su situación. Las familias que dominan estas pseudorepúblicas administran y regulan las inversiones extranjeras a su antojo; el soborno es el idioma común entre nativos y extranjeros. Quien no acepte este criterio cultural es discretamente excluido de la vida nacional. No hay que culpar, por lo tanto, a las compañías inglesas que sobornan a los políticos de turno en África o en Sudamérica en eras de proteger sus intereses. 
Colombia aún preserva su aura democrático ante la comunidad internacional. Somos, no obstante, una democracia sin conciencia democrática. Aristóteles, en su Política, prescribió que en una democracia el voto habría ser obligatorio, por cuanto la mayoría del pueblo (demos) no es consciente del valor político de una elección.

En el pasado referendo no sólo perdió el presidente Uribe, como varios periodistas se apresuraron a señalar, sino también la democracia colombiana. El bajo índice de corrupción de países como Alemania, Japón y Corea del Sur no se debe a que los ciudadanos de estas sociedades desconozcan el soborno y la almadía, sino a la mera solidaridad social: si hay corrupción el estado se debilita, si el estado se debilita estaremos a merced de los mejores postores.

Que una reforma contra la corrupción sea rechazada por ciudadanos que no dejarán de lamentarse de la corrupción de sus líderes es así mismo sintomático de nuestra doble moral. Much ado about nothing.



 

Aquella tarde había llegado a su casa en busca de Federico Saretzki, su nieto, con quien organizaba una temporada de la agrupación Arte Facto Teatro.

-No está –me dijo la mucama.

-Pero puede esperarlo – oí desde el fondo de una habitación contigua.

-Volveré más tarde –me excusé. Ya entonces había reconocido la voz de Abelardo Forero Benavides

-Quédese –insistió-. Podemos conversar.

Acepté entusiasmado; desde mi niñez escuchaba sus coloquios con Ramón de Zubiría. Un mes atrás había tenido la ocasión de conocerlo, después del estreno de Esperando a Godot.

-Me compungió -me dijo entonces con un dejo de emoción-. Así es la vida: al final volvemos a ser niños. 

Hablamos sobre diversos montajes de la pieza de Beckett que él ya había presenciado en Europa años atrás.

-Lo curioso –me dijo-, es que en ese entonces había gente así [como los mendigos de Esperando a Godot]. Permanecían días enteros, de pié, inmóviles, en la misma esquina de la calle.

-¿Qué recuerda de Laureano Gómez? –le pregunté.

-Cuando él hablaba… -musitó concentrándose en sus pensamientos-, se le temía. Era un hombre que inspiraba miedo.

Ingenuamente le manifesté mi indignación hacia cierto periodista de renombre, quien había sacrificado sus principios por una embajada

-Cualquiera sacrifica sus principios por una embajada –acotó tranquilo.

Me preguntó sobre mi edad.

-Veintitres años.

Me dijo que era joven y me sugirió que viajase a Europa.

            -Yo apenas tenía veinticuatro años cuando Alfonso López Pumarejo me dio esa oportunidad –me confesó con un aire agradecido-. Jamás lo olvidaré.

 Recordé que la mayoría de los libros de su biblioteca habían sido adquiridos en Francia.

-¿Qué opina usted de la invasión alemana durante la segunda guerra mundial? -le pregunté-. ¿Cómo ocurrió?

- Déjeme que le diga –me respondió seleccionando meticulosamente sus palabras-, que en aquel entonces los franceses no amaban a su patria.

-¿Ha viajado a Francia últimamente?

-¿Para qué? –me respondió agudizando su voz-. A esta edad las mujeres ya no lo miran a uno.

Me enseño las diversas ediciones de los libros que había escrito. Le comenté que una de sus reseñas me había persuadido de leer la obra de Gibbon. Me percaté de que ya no me escuchaba; sus ojos permanecían fijos en el retrato de una muchacha del siglo diecisiete. 

Atardecía.

-¡Mírela! –me dijo-. Desde hace más de doscientos años esa mujer nos mira; moriremos, y ella aún nos seguirá mirando…

Ocho años más tarde lo visité, un mes antes de su muerte. No me reconoció. Hablamos en francés.







Colombia:
Violencia y menosprecio



Poe, La Máscara de la Muerte Roja y su correspondencia con la civilización occidental
 
A principios de 1990, un congresista colombiano, de cuyo nombre no debo acordarme, aseguró a un periodista, en un estudio de televisión, que el principal problema de nuestro país eran los colombianos; el tono de menosprecio en su voz incomodó a los presentes, y nuestro Padre de la Patria, percatándose de su imprudencia, se apresuró a añadir que nuestra violencia era consecuencia de nuestra desigualdad social. Un mes más tarde el susodicho congresista perdería su curul en el senado, ora a causa de los rumores provocados por su desliz, ora por su escasa convicción política.

El menosprecio de un gobernante hacia su pueblo permea nuestra memoria colectiva, pero escasea en España, país que consideramos nuestra mayor influencia cultural; ejemplos más apropiados abundan en la historia de Portugal: en 1910, su último monarca moría apuñalado meses después de haber afirmado en una francachela que su país era un nido de pulgas: «esto é una piolheira»

.
El menosprecio es común a todas las sociedades, aunque, en palabras de Bertand Russel, es el hombre civilizado quien aprende a reprimirlo en aras de una convivencia pacífica. Por oposición, el hombre bárbaro se entrega a éste y desde él a su instintos más destructivos: basta leer cualquiera de las sagas islandesas para descubrir a niños que, ante la menor ofensa, enarbolan un hacha y descabezan a otros niños. El cinema agresivo, o denominado género de acción, y las masacres perpetradas por adolescentes y adultos en los colegios de los Estados Unidos demuestran que la barbarie, lejos de ser domada, brota en las comunidades más civilizadas —pero, mientras que en los Estados Unidos una masacre es interpretada como una anomalía, en Colombia el asesinato conforma nuestra idiosincrasia.

—En este país hay gente muy bárbara—, gemía el padre de Andrés Escobar luego de que un hincha de la selección nacional le asesinara a su hijo. No sin fundamento los sociólogos de los años cincuenta prescribieron que nuestra violencia era un subproducto del canibalismo de los indios Caribe: la debilidad de los organismos de control del Estado favorecen la agresividad.

Las elites del mundo condenan la barbarie en Colombia y manifiestan sus deseos de que Colombia recupere la paz. La guerrilla prescribe que esa paz sólo será posible cuando el lucrativo cultivo de la planta de coca sea reemplazado por otra fuente de ingreso. Recientes trabajos sociológicos sugieren, a partir de cifras estadísticas, que la violencia en nuestro país no corresponde a factores económicos, sino a una suerte de ambición personal; un postulado que recobra las conclusiones de Johan Huizinga, quien, analizando el ocaso de la edad media, concluía que no era a partir de la economía, sino de la ideología, que el historiador debía establecer las causas de un conflicto, esto es, a través del predicado de una sociedad hacia sus individuos, de las ideas y valores que organizan a los integrantes de una nación dentro de esa misma nación.

Es a través de la ideología que nos percibimos a nosotros mismos. Desafortunadamente, en Colombia el menosprecio es mejor valorado que el aprecio.
Una emigrante norteamericana me escribió recientemente desde Bogotá que le era difícil adaptarse: luego de arrendar un apartamento en el sur de la ciudad, ella debía explicarse a sus interlocutores, quienes, con gestos de menosprecio y frases presumidas, intentaban persuadirla o de que en el sur de la ciudad la gente era maleducada, o de que el norte estaba preñado de hipócritas. La mayoría de los norteamericanos, como los europeos, desaprueban la desigualdad, que fomenta jerarquías, producto del menosprecio

Más embarazoso para alguien educado en una sociedad de orientación pacífica, es la insidia, que provoca la discordia: como Freud señalaba, son las palabras las que anteceden nuestro actos: antes del crimen está la amenaza, el comentario casual o la broma: las masacres más atroces de nuestro país no fueron concebidas en la mente de un criminal segregado, sino en las conversaciones diarias, en fiestas o asados, cuando un grupo de gente concluía que este grupo, o aquel otro debería ser aniquilado.

Menosprecio que permea nuestros estratos sociales, nuestros roles, nuestros arquetipos, y es acicateado constantemente por la muerte y el sufrimiento: menosprecio que incita al hincha de fútbol a celebrar el triunfo de Colombia ante Argentina habaleado a una niña de tres años; menosprecio que provoca al gamonal a que patrocine a un escuadrón de mercenarios para que ajusticie a sus propios familiares; menosprecio que conduce al secuestrador a que asesine a su víctimas antes de que la justicia lo descubra; menosprecio que concita a un mafioso a que masacre a los habitantes de su ciudad antes de su muerte; menosprecio que instiga al paranoico a degollar a un desconocido sobre una calle desierta; menosprecio que persuade a la guerrilla a confiar en un intermediario alemán antes que en uno colombiano; menosprecio que se vierte sobre si mismo, incrementando el número de suicidios en Colombia. Menosprecio ejercido, así mismo, en todas las direcciones, pero que raramente se revierte: del amerindio hacia el negro, del negro hacia la prostituta, del gamonal al desposeído, del desposeído al desplazado, del industrial hacia el sindicalista, del sindicalista hacia el emigrante ilegal, del padre hacia el niño, del adulto hacia su amante.

En cierta ocasión Luis Buñuel afirmó que en Colombia, como en Méjico, la vida carecía de valor; su devaluación se nutre con miedo, destruye y se autodestruye antes de que sus hacedores alcancen la madurez. Pero el caos y la confusión en Colombia no son producto de la violencia en si, sino de la actitud de quienes la provocan: a diferencia del Medio Oriente, en Colombia los ataques son taimados, solapados y cobardes. Laborando desde la sombra, todo diálogo está condenado al fracaso.

Menosprecio que se recrudece en el campo educativo y laboral, cuando no se aprecia al ciudadano por su mérito, sino por sus influencias. Analizando las condiciones económicas de la globalización,

The Economist concluye que no habrá violencia en Europa en tanto ésta conserve su movilidad social, esto es, en cuanto el hijo de un campesino tenga la oportunidad de competir por una beca, estudiar, graduarse y ser contratado en un puesto de prestigio. En Colombia sólo los miembros de la clase en el poder gozan de este derecho, o, como nuestros políticos dirían, de este privilegio: un estudiante no puede obtener una pensión gubernamental a menos que divida el monto de antemano con un senador; las becas de Colciencias o de creación de la cultura no son otorgadas con base en los méritos de un candidato, sino de acuerdo a la partición de los premios con el jurado; los cargos prominentes de gobierno son acaparados por los hijos de la oligarquía, quienes ostentan títulos de universidades extranjeras —cabría preguntarnos si, además de sus títulos, estos delfines poseen otros méritos—. El círculo es vicioso: quienes han prosperado a través de influencias y manipulaciones menospreciarán al hombre o la mujer de genio, mérito y el talento.

Dicha actitud es más evidente ahora, cuando el gobierno se empecina en disminuir el presupuesto educativo. Las nuevas generaciones de colombianos sólo puedrán escoger entre la resignación, la violencia o el destierro.

Esta actitud, siendo ideológica, es permanente: bastará que un nuevo gobierno derroqué al gobierno de turno para que los colombianos comprueben que la violencia es permamente. Es necesario, por lo tanto, establecer las causas de este menosprecio; mencionaré en este artículo las cuatro causas que, pienso, prevalecen.

Causas de nuestro menosprecio

La barbarie, recrudecida en Colombia por el conflicto entre los indios caribes, los colonizadores españoles y los cimarrones. Colombia, como Méjico, ha sido el escenario de cruentas guerras por la posesión de la tierra. En comparación, las demás naciones latinoamericanas han sido afortunadas: en Perú, Bolivia y Ecuador los Españoles simplemente usurparon una tiranía esclavista. Dicha barbarie, como ya lo mencioné, es la incapacidad de reprimir nuestro menosprecio innato.

La corrupción: Platón escribió que la clase dirigente de un país refleja la moral de sus habitantes. Es absurdo denunciar la corrupción en cuanto el país no imponga penas severas contra la corrupción. Nuestra licencia es un modo de complicidad.

El neocolonialismo, de los medios de comunicación, los cuales menosprecian el cuerpo y la figura de la mayoría de los colombianos. Como en cierta caricatura de Quino, son los modelos rubios y esbeltos quienes promocionan una infinidad de productos a una población de cabellos oscuros.

La dramaturgia maniqueísta, que es común a todas las naciones, y desconoce variables étnicas y económicas: es la ideología del cine y los juegos de video, que elogian a la muerte. Cualquier película célebre, como Indiana Jones, o Pearl Harbor, identifican al espectador con un héroe, quien, ofendidos, habrán de asesinar a sus rivales. El impacto de la dramaturgia en la educación ya preocupaba a Platón, quien en el tercer libro de «La República» propuso censurar a los escritores de su generación. Sus procupaciones regresan hoy, cuando en los Estados Unidos y en Europa jóvenes asesinos confiesan que los juegos de video provocan su menosprecio.

Hace unos años asistí a una marcha contra la impunidad sobre las calles de Bogotá: una multitud enarbolaba una bandera gigantesca de Colombia sobre la avenida séptima y, como tantos transeúntes, me acerqué a tomar parte en aquel despliegue nacionalista. Para mi sorpresa, el ambiente de agresividad predominaba: alguien insultaba, otro daba órdenes: los jóvenes se mofaban de los ancianos. Una mujer me trató de entrometido y me instó a que diese paso a la bandera. Desde entonces se que todas nuestras marchas, como nuestras campañas políticas, son despliegues de retórica: gritos egoístas por la paz, por la impunidad y contra la violencia. En lugar de instigar a las mujeres a que agredan a los hombres, más valdría organizar un día nacional del aprecio, en donde cada cual se comprometa a respetar a sus conciudadanos.

El Fin de la Inmortalidad

Las torres gemelas y un ala del Pentágono han sucumbido, y con éstos las ilusiones de inmortalidad de nuestra civilización. Estructuras de acero que protegían la economía y la administración más sólida del orbe; 
el apogeo del progreso, como en otras épocas lo fueron los jardines colgantes de Babilonia, El Templo de Jerusalén y la Pirámide del Sol.

Más inquietante que el número de víctimas de esta masacre, es la certeza de que incluso la creación más elaborada está supedita a la destrucción.  Cimentada en la ciudad más densa de Norteamérica, en la isla que articuló la creación del país más poderoso, el World Trade Center era el sitio al cual todos los hombres y mujeres aspiraban; nuestra economía oscilaba al vaivén de sus decisiones, y la prosperidad o miseria de un continente dependía de las simpatías o antipatías de sus directores.  Sitio de atracción turística desde su inauguración, a donde miriadas de ciudadanos estadounidenses y extranjeros acudían a contemplar el panorama de Nueva York, allende el oceano: la cumbre del mundo, ahora reducida al polvo.  
Crecimos entre dicotomías, los Estados Unidos asumiendo el rol de la justicia y la Unión Soviética el de la perversidad. Indolentes, dejábamos de creer en los cuentos de los hermanos Grimm y los reemplazamos por las cintas de Hollywood, al parecer menos desfasadas de la realidad. A excepción de Citizen Kane, todos los filmes estadounidenses exaltaban la socieda más justa, la más infalible, la más libre, la más eterea, la única capaz de engendrar figuras inmortales.

La realidad en sí, inmensa, dinámica e infinita por naturaleza, no nos interesaba; es su lugar acudiamos a un espacio escapista, en donde el optimismo de Spielberg, Scorcese y Tim Burton primaban sobre cualquier tragedia. Aún para quien había sufrido la muerte en su vida privada, Hollywood era el monopolizador de nuestras aspiraciones. A nivel social solo la inmortalidad contaba. Hoy esa máquina de sueños se ha fundido, y quien despierta abandona la sala de cine para ser enceguecido por la luz del sol: no sólo nosotros, sino también las civilizaciones mueren.
Cuando Francis Fukuyama pregonó, tras la caida de la Unión Soviética, que todas las culturas del mundo aspiraban a ser los Estados Unidos, su propósito fue el de validar desde la filosofía la ideología de Casablanca, en donde Humphrey Bogart sacrificaba su vida para que su amante emigrase a Norteamérica. Los Estados Unidos se convirtieron  en el paraíso al cual todos los habitantes del mundo aspiraban; las crisis económicas, el hambre, la muerte, la segregación y el terrorismo pertenecían a otras gentes y naciones.
Hacia 1996, en un aula de la Universidad de Temple, discutí con un profesor británico la influencia de las cámaras de televisión en nuestra vida cotidiana; al mencionar las pesadillas de George Orwell sobre una sociedad que nos observa, mi profesor replicó que los Estadounidenses no son observados, sino observadores; gente que veía las imágenes de la guerra contra Irak y Servia y las comparaban con sus juegos de video. Su observación fue válida hasta el pasado once de septiembre, cuando los medios de comunicación se volvieron contra sí mismos para cubrir sus propias flaquezas; presas del pánico y la incertidumbre, los estadounidenses encararon su mortalidad por tres horas. La ilusión del «Fin de la Historia» se diluyó y dió cabida al miedo, la impotencia, la agresividad y la venganza.

Sería ilusorio pensar que la reconstrucción de las torres gemelas subsanará esta crisis. Cuando Felipe II perdió su «Armada Invencible» frente a a las costas de Inglaterra, sus ministros construyeron de inmediato una flota aún más numerosa. Aún así, España descubriría que su poderío no se basaba en su armada, sino en el prestigio y el temor que dicha armada suscitaba. Inglaterra, Francia y Holanda se tornaron países más osados, y su economía comenzó a depender menos de la corona española. Si hay guerra, es de predecir que el número de emigrantes a los Estados Unidos disminuirá a lo largo de esta década. 
Tres horas bastaron para que la mayor parte de la obra cinematográfica de Hollywood adquiriese tinte obsoletos. Ya no es posible pretender que los criminales, los monstruos del espacio y los desastres naturales serán abatidos por un galán o una diva de habla inglesa; el arte escapista se ha tornado inhumano, y los juegos de video más plácidos evidencian su comercio con el odio. Incluso el optimismo de los cantantes en boga adquiere un aire sardónico.
Pero si el cine y la fotografía le otorgaron a Manhattan un carácter afectado y onírico, es ahora Manhattan quien obliga a las cámaras a que retraten su miseria. La literatura y el teatro banal de los últimos años clama ahora por un nuevo realismo, más transnacional, menos privado. El porcentaje de mano de obra ilegal en la economía estadounidense es ahora más palpable: el treinta por ciento de las víctimas fueron indocumentados.

Los Estados Unidos pierden su imaginario inmortal, pero con este percance recobran su humanidad. Sería apropiado hablar de una crisis espiritual, si retomámos el sentido etimológico de la psicología. En Nueva York, como en Bombay, como en Bogotá, la gente nace y muere día a día; ya no podemos aceptar la ilusión de que hay un sitio más seguro que otro en medio de un universo frágil. Pero lejos de caer en el nihilismo, es nuestra mortalidad quien nos reconcilia con el infinito, o, como Luis Carrillo escribió en el siglo diecisiete:

…si me da la muerte
el mismo tiempo me ha de dar la vida


Los Cuatro Marxistas

Mi ensayo sobre el ateísmo ha incidentalmente herido la suceptibilidad de algunos admiradores de la Internacional, quienes cuestionan la validez de la carta que Marx escribiera en Algeria durante sus últimas vacaciones, días antes de su muerte; en ésta Marx confiesa ―incidentalmente―, haberse afeitado su barba de profeta y su corona de gloria.


 Ya Buñuel, desde la ficción, había osado despojar a Jesucristo de su barba en La Vía Lactea, pero, contrario a sus expectativas, su comentario iconográfico fue ignorado o malentendido por los feligreses de la iglesia cristiana. Mejor fortuna, creo, tuvo un grupo de científicos ingleses, quienes luego de reproducir un rostro afín al de Jesucristo, de pómulos y frente árabe, se granjearon el desprecio de quienes asocian al hijo de Dios con los rasgos faciales idolatrizados por los nazis. En una caricatura de un semanario alemán,  los apóstoles de la «Ultima Cena» de Da Vinci observaban con asco el rostro original de su maestro.

No es sorprendente que en una sociedad atiborrada de imágenes la iconografía usurpe a las ideas.  Es necesario distinguir entre la imágen, la biografía, la idea y su manifestación social. En otras palabras, es necesario distinguir entre quienes admiran a Marx por su barba, entre quienes lo admiran por su biografía, por sus ideas, y entre quienes lo admiran por su influencia en la historia política del siglo veinte.
La admiración iconográfica es la más inconsistente —y, desafortunadamente, la más divulgada—, ya que no puede disasociarse de la vida y obra del sujeto. En 'El Acoso'  Alejo Carpentier retrata a un revolucionario de escasa instrucción:  sin medio de leer Das Kapital, menos aún la biografía de su autor, su protagonista es inmolado en una sala de conciertos. Quienes descubren en la barba canosa de Marx un refugio tibio y paternal, han de ignorar premeditadamente su biografía, manifiesta en la copiosa correspondencia entre Marx y su prestigioso mecenas, Friedrich Engels.
Engels admiraba la cualidades intelectuales de Marx, y siempre se esmeró por subvencionarlo con estipendios hasta su muerte. Vale destacar que la única disculpa que se conoce de Marx en su vida fue dirigida a Engels: Engels tenía una concubina irlandesa que murió en Manchester; Marx bromeó al respecto y Engels dejó de escribirle por un mes. Marx envió una nota de disculpa.

Cazador de zorros en Cheshire, Inglaterra, Engels administraba la fábrica de textiles de su padre en Manchester. Sus detractores lo acusan de haber subvencionando a Marx en aras de asegurar una curul en el estado socialista del porvenir..Su vida era más lujosa, pero no menos burguesa que la de Marx, quien a causa del abolengo de su esposa fue a menudo inconsecuente con sus predicados políticos. Es cierto que las hijas de Marx murieron pobres; pero su pobreza no se debió a que Marx las educase en la miseria, sino a que éstas se casaron, contra la voluntad de su padre, con pseudorevolucionarios paulatinamente empobrecidos. Es cierto que los primeros años de la vida de Marx fueron dramáticos y heroícos, pero el revolucionario dio paso al padre de familia. Cabe resaltar que Marx compraba vestidos nuevos para sus hijas cada vez que recibía un estipendio de Engels; detalle casual de una familia burguesa, célula del sistema capitalista.
Un pariente de Marx que aún avergüenza a los idólatras de su linaje, fue su tío Leon Phillips, cuyo apellido es el homónimo de cierta compañía multinacional. A lo largo de su vida Marx obtuvo un sólo estipendio del avaro señor Philips y, tras años de ansiosa espera, una porción de su herencia através de su viuda. Una carta dirigida a Engels permanece como testimonio de su fervor familiar: «Ayer fui informado de un EVENTO MUY FELIZ, la muerte de la esposa de mi tío, a sus noventa años ».

En alguna ocasión un obrero le preguntó quién embetunaría los zapatos en una sociedad comunista.
—Usted —replicó Marx fuera de sí.
Marx fue, de hecho,  alimentado por una empresa de textiles de Manchester y una fábrica de la Europa continental; gracias a la plusvalía sobre cientos de obreros malpagos. George Bernard Shaw escribiría una apología de este tipo de revolucionario burgués en su comedia 'Major Barbara'.

Un prejuicio que los enemigos de Marx citan para desacreditarlo es su racismo. Su ataque a Lasalle es revelador: «Ahora, esta mezcla de judaísmo y germanismo, por una parte, y por otra de negro ralo, producen, inevitablemente, un producto peculiar. El importunismo de ese individuo [Lassalle] es así mismo negroide ». Más preocupante fue su hábito de estipular, como culaquier fascista, el coeficiente intelectual de los candidatos a la liga comunista de acuerdo a la forma de sus cráneos . Marx sería, simplemente, una víctima más de la ideología de su época.

Uno de los misterios propuestos por sus biógrafos es su renuncia como presidente de la Internacional, hacia el final de su vida. Creo que Marx quiso, simplemente, protejer la vida burguesa de su familia en Inglaterra; contrario a sus admiradores, Marx —como Galileo—, consideró que no valía la pena arriesgar el bienestar de los suyos por una idea. Su actitud fue sensata: las ideas nacen y mueren por si mismas.
Ideológicamente, el analisis de Marx sobre el capitalismo es más válido ahora, cuando la guerra fría ha terminado; corporaciones y bancos rebosantes de capital empobrecen a la humanidad. Ya Aristóteles había escrito que en circunstancias de opresión las revoluciones florecen; el mérito de Marx fue indagar sobre el conformismo de las masas,  sobre las causas de su alienación; una linea de pensamiento brillantemente expuesta por Walter Benjamin y Antonio Gramsci. En efecto, la religión no es ya el opio del pueblo, sino los centros comerciales (Benjamin) y el melodrama (Gramsci); espacios que proveen una sensación ilusoria de poder, valor y apreciación. Aún esperamos por el intelectual que analice el efecto de alienación causado por las competiciones deportivas y la televisión digital.

Un cuarto Marx es el creado a partir de las justicias o injusticias de Fidel, Mao o Stalin. Sus adeptos escasean, como hoy en día escasean los adeptos de Julio César y Napoleón.  Sin embargo, tal y como Bertold Brecht escribió contra el fascismo:

Hombres, no os regocijeis
Pues aunque habeís acabado al bastardo
La perra que lo parió aún continua en vida




 
La profecía podría ser la manifestación más misteriosa de la mente humana. «El Libro de las Revelaciones», las «Centurias» de Nostradamus y los Tres Secretos de Fátima son mensajes ambivalente sobre el destino de la humanidad. 

Mientras que su propósito principal es el de advertir a sus lectores sobre las consecuencias de la venganza, la arrogancia y la impiedad, su veracidad depende de manifestaciones destructoras.

Más misteriosa que la inspiración profética de niños y videntes es la obra literaria que se adelanta a la realidad. En 1898 el marinero y escritor Morgan Robertson publicó «Futilidad», una novela que describe el naufragio del Titan, el crucero más lujoso del mundo, el cual es embestido por un témpano de hielo sobre el Oceáno Atlántico. Robertson anticipó por catorce años el hundimiento del Titanic. Presentando proféticamente una guerra mundial en 1940, H.G. Wells escribio «La Forma de las Cosas por Venir» en 1933, una novela de ciencia ficción que describe el ascenso al poder de una clase de tecnócratas y las incursiones de la Luftwaffe sobre Londres. Wells escribió así mismo la adaptación de su novela para el filme «Cosas por Venir» (1936), dirigido por William Cameron Menzies. Este último puede ser facilmente confundido con material documental sobre el bombardeo de Londres.

En 1842 el poeta y escritor norteamericano Edgar Allan Poe escribió La Máscara de la Muerte Roja, un cuento que narra la historia de Próspero, un acaudalado príncipe italiano que muere en su esfuerzo por prevenir la peste. Ciento sesenta años después de su publicación La máscara de la Muerte Roja recuenta los temores de nuestra civilización.

Las primeras lineas de la narración de Poe anuncian la combinación mortífera de pobreza y SIDA en el así llamado tercer mundo: «Desde hacía tiempo la 'Muerte Roja' devastaba la comarca. Ninguna pestilencia había sido ni tan fatal ni tan abominable. La sangre era su marca y su avatar; la rojura y el horror sanguinolento. Se sufrían dolores agudos, mareos repentinos y un desangramiento profuso por los poros, con disolución. Las manchas escarlatas en el cuerpo de una víctima, y particularmente sobre su rostro, eran los sellos que la segregaban de la piedad y simpatía de sus congéneres». La globalización se ha establecido como el sistema de clases más refinado y selectivo. La esclavitud ha sido reemplazada por la mano de obra abaratada. Las naciones más prósperas se han convertido en los prestamistas de millones de hombres y mujeres que devengan un salario de cerca de cien dólares mensuales por una semana de trabajo de cincuenta y cuatro horas. Su prosperidad se basa en las tasas de interés de sus préstamos. Los productos y mercancias de Asia, Africa y Latinoamérica son comercializados en sociedades prestantes bajo condiciones draconianas, luego de competir con economías locales sobreprotegidas. La mayoría de las democracias del mundo son mise-en-scène que disimulan la corrupción de oligarquías enriquecidas: familias de terratenientes, mercaderes y tiranos que apenas titubean al momento de vender los recursos de sus países natales por una contribución legal a sus cuentas bancarias en Suiza o Mónaco.

Las naciones pobres ya no se granjean la piedad y simpatía de sus congéneres más civilizados. Su miseria es desconocida, deformada e idealizada. Durante los años más recientes los efectos del SIDA ha disminuido en las naciones más acaudaladas, a la par que su azote sobre los hombres, mujeres y niños del mundo subdesarrollado se ha incrementado. Durante su visita a Africa, el Papa aconsejó fidelidad y continencia sexual a sus feligreses. Casi de inmediato las organizaciones europeas de activistas homosexuales acusaron a la Iglesia Católica de haber obstaculizado el uso del condom de latex. La realidad, desconocida por aquellos afortunados protestantes, es que un pueblo africano que a duras penas sobrevive jamás consideraría invertir su presupuesto en preservativos. A los ojos del mundo más civilizado la masa más pobre no alcanzan ni tan siquiera la condición de los leprosos; privada de electricidad y educación su misma existencia es denegada. Y aún así, este mundo subcategorizado contiene a las cuatro quintas partes del género humano. A pesar de los logros de la ciencia y la tecnología nuestra organización política revive tiempos antiguos. Como en las eras más oscuras, el mundo se divide entre un imperio minoritario y los habitantes de un mundo desconocido, bárbaro, feroz y desesperado.

«Pero el príncipe Próspero era ecuánime, atrevido y sagaz (…) Reconocía los colores y sus efectos. La decoración de moda no le interesaba. Sus propósitos eran impulsivos y perspicaces, y sus ideas resplandecían con lustre bucólica. Algunos lo creían demente, pero sus seguidores disentían; bastaba con oirlo, verlo y tocarlo para cerciorarse de su cordura». Poe incluso predice las virtudes de los actuales gobernantes de nuestra cultura occidental. Nuestras opiniones sobre una coalición global contra el terrorismo están dividas; mientras que los pacifistas aseveran que el daño colateral causado por la fuerza aérea de las naciones más prósperas propagará aún más terrorismo, quienes apoyan a la administración Bush insisten en su capacidad de controlar y suprimir atentados suicidas. Su armamento y sus satélites no solamente son los más sofisticados del mundo; también inspiran el respeto o el miedo de sus aliados y enemigos.

«Cuando la mitad de sus dominios fueron depopulados, él convocó a su presencia a mil de sus amigos, los más robustos y despreocupados entre sus caballeros y cortesanas, y los condujo al bosque para recluirse en una de sus abadías fortificadas. Esta abadía poseía una estructura extensa y magnífica; la creación de un príncipe excéntrico, de gusto imperial. Un muro fuerte y empinado la salvaguardaba; una vez adentro los cortesanos, previamente provistos de fraguas y martillos macizos, soldaron las puertas de hierro que lo circundaban. Se había resuelto eliminar los medios de ingreso y egreso para prevenir los impulsos repentinos que el desespero y el frenesí del enclaustramiento prolongado pudiesen provocar. Ya la abadía había sido generosamente abastecida. Con semejentes preparativos los cortesanos podrían burlar cualquier contagio. El mundo externo se defendería por sí mismo; entre tanto todo lamento o pensamiento sería estulto; el príncipe había desplegado todos sus entretenimientos placenteros: habían bufones, habían saltimbanquis, habían bailarines, habían orquestas, había Belleza, había vino. Todo esto, además de seguridad, estaba adentro. Afuera deambulaba la 'Muerte Roja' ».

Mientras Australia encarcela a los niños emigrantes en sus campos de concentración, en Europa el neonazismo presiona por una política más fuerte contra los emigrantes. Aunque la obra de mano barata fue desesperadamente requerida por Europa durante las décadas posteriores a la segunda guerra mundial, ésta ha devenido ahora redundante. Las leyes de la globalización permiten que las compañías multinacionales construyan sus fábricas en los países subdesarrollados, en donde sus empleados se conforman con cualquier salario. Las cosechas de frutas de los Estados Unidos son recogidas, año tras año, por cientos de emigrantes ilegales centroamericanos bajo la connivencia de autoridades federales y municipales. Como el príncipe Prospero, el presidente Bush construye una muralla, un sistema de misiles multibillonario con el propósito de proteger a su país contra las amenazas del mundo exterior. Luego de las manifestaciones de fraternidad y simpatía exhibidas durante los años de la guerra fría, las naciones más prestantes soldan sus cortinas de hierro. «El mundo externo se defenderá por sí mismo», es el argumento que justifica la indolencia del príncipe Prospero, cuya intención fue, esencialmente, la de repeler las incursiones de sus vasallos: miserables atraídos por su felicidad y su fortuna, dispuestos a irrumpir en su abadía para diseminar el caos contra su voluntad. Su temor corresponde a los temores de nuestra generación. Hora tras hora cientos de infelices pierden sus vidas al cruzar los mares que protegen los suelos de las naciones más prósperas. El pasado fin de semana, verbigracia, la prensa publicó el testimonio de Vito Diodato, capitán de uno de los botes pesqueros que rescataron a siete emigrantes sobre la costa italiana. Cincuenta hombres, mujeres y niños se ahogaron ante un navío patrulla de quince mil toneladas, el cual «rehusó atender a clamores de socorro y actuó sin prisa cuando el bote de los emigrantes fue volteados por una ola gigantesca (…) La imagen más espantosa fue la de una mujer negra forcejeando con otros pasajeros por alcanzar una botella de agua para su bebé. En medio del ajetreo fue abatida con un puño en su cara (…) Yo la vi ahogarse cuatro horas más tarde, luego de aferrarse sin fuerzas a un salvavidas que encontró en las aguas».

La ideología que conduce a esta mujer a sacrificar su vida y la de su bebé por un sitio en el mundo adinerado es la misma ideología que modela el aislamiento y egoísmo de las sociedades industrializadas de hoy: neocolonialismo. Este, en efecto, ya no es un sistema económico, sino ideológico, fuertemente centralizado; la vida en las antiguas colonias se ha tornado fantasmagórica, desamparada, inmerecida y banal, mientras que el lustre de los saltimbanquis californianos y londinenses se eleva sobre todas las aspiraciones del género humano.

«Fue hacia el final del quinto o sexto mes de su aislamiento, cuando la peste alcanzaba su punto álgido en la comarca, cuando el príncipe Prospero decidió entretener a sus amigos con un baile de disfraces magnífico, extraordinario».

Riqueza, lujo y exceso consagran a una pequeña región del mundo sobre todas las demás. Los medios de comunicación realzan la superabundancia de dichas regiones, tornándolas en los principales escenarios de la historia. Un sentimiento artificial de inclusión y de exclusión crece dentro y fuera de las sociedades modernas. «¿Cómo puedo ir a Broadway?… Quiero ir al centro de todo», asevera uno de los personajes de «Manhattan Transfer»2 luego de desembarcar en los Estados Unidos. Broadway, no obstante, es descrita por Dos Passos como cualquier calle hacinada, sobre la cual la gente camina en todas las direcciones. La ideología neocolonialista es apenas estremecida por catástrofes y desastres naturales. En 1985 veinticinco mil personas murieron en Colombia como resultado de un desastre natural. Tres días más tarde los medios de comunicación bogotanos señalaban con orgullo que por una semana Colombia había sido el centro de atención del mundo; ese 'mundo' se reducía a un puñado de periódicos de Japón, Europa occidental, los Estados Unidos y Australia.

Luego de invitar a sus parientes y amigos, el príncipe Prospero celebra su mascarada en seis de los siete salones de su fortaleza, pues «en el salón occidental, o de ébano, el efecto de la luz de las lámparas que se filtraba sobre las pesadas colgaduras mortuorias através de los vitrales sanguinolentos, era espectral en extremo, y producía un gesto tan desencajado sobre el rostro de sus huéspedes, que muy pocos osaban aventurarse en sus precintos. Era además en este apartamento en donde un reloj gigantesco de ébano se eregía contra la pared occidental. Su péndulo oscilaba de un lado a otro con un clamor pesado y monótono; y cuando el minutero consumía el circuito de su rostro, y cuando la hora estaba cerca de anunciarse, surgía de sus pulmones metálicos un sonido claro, profundo, fuerte y, sobre todo, musical, aunque de una nota y un énfasis tan peculiar que al fin de cada hora los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir, momentáneamente, su interpretación para percibir aquel tañido; y así, inevitablemente, las parejas de bailadores cesaban sus meneos, y un breve desconcierto se cernía sobre toda la compañía de divertidos; y se podía observar que mientras los campaneos del reloj aún resonaban, los más frívolos palidecían y los más maduros y aplomados pasaban sus manos sobre sus frentes, como presas de un ensimismamiento o meditación confusa.»

Mientras discutimos el juicio y la voluntad de nuestros caudillos, concedemos al Tiempo el comando supremo de nuestra existencia. Poe teje su narración alrededor de un reloj tenebroso y solemne, recuerdo urticante de los límites de nuestras horas. Los ancianos, al igual que los jóvenes y los más alegres, son estremecidos por sus campanazos. A pesar de los esfuerzos de cirujanos plásticos e ingenieros genéticos, millones de seres humanos mueren día a día. Las cifras sobre los promedios de vida son engañosas: favorecen a los países con las más bajas tazas de nacimiento. Nadie conoce su última hora; nadie conoce sus circunstancias. La muerte cercena la existencia de hombres y mujeres sin reparar en su edad, en su credo o en su linaje. Guías espirituales y filósofos como Jesús, Buda, Socrates, Boecio, y Montaigne sobresaltan las ventajas de una vida asumida sin temores. Pero nuestas sociedades, tal y como nuestros perspicuos líderes las han entendido, se basan en el miedo: miedo a ser ridiculizado, miedo a ser perseguido, miedo a deprimirse, miedo a morir. Una comunidad sin miedo a la muerte deterioraría la solidez de un sistema que produce, inculca y controla sus miedos. Los presupuestos de defensa son aprobados de acuerdo al miedo que el mundo inspira en nuestros políticos. La avaricia crece, pues los más acaudalados temen volver a un estado menos acaudalado. Los emigrantes del mundo subdesarrollado arriesgan sus vidas por miedo a la hambruna. Pero el miedo, como la esperanza, es una especulación azarosa sobre el futuro. A pesar de la guerra, el hambre y la enfermedad, la vida humana continua en las naciones más pobres. Por otra parte las naciones más 'seguras' del mundo han demostrado su vulnerabilidad al terrorismo local e internacional. La realidad es que nadie puede contraolar el destino de un universo supeditado a su destrucción.

El once de septiembre de 2001, los tañidos del reloj de ébano de Poe fueron estrepitosamente oídas a través del mundo. Su impacto sicológico sobre la población de los Estados Unidos requería no solamente un diálogo sobre la organización política del mundo, sino también una reflexión metafísica sobre el propósito y el sentido de su existencia. En su lugar clérigos dogmáticos y políticos necios redujeron el problema del islamismo radical a un forcejeo entre el bien y el mal. A medida que los ejecutivos de la industria de armamentos se enriquecen más y más, los ciudadanos de las naciones más prósperas recobran su entumecimiento metafísico.

«Pero cuando los ecos [del reloj] cesaban, una hilaridad liviana se difundía entre los convidados; los músicos intercambiaban miradas y sonreían por su demencia y nerviosismo, musitando votos de que el próximo tañido del reloj no habría de producirles una emoción parecida (…) Hasta que el reloj comenzó a exhalar los tañidos de la medianoche, y la música cesó (…) Y así, antes de que se ahogaran en el silencio los últimos ecos del último campanazo, varios comensales descubrieron la presencia de una máscara que hasta entonces había pasado desapercibida. Y habiendo corrido en un susurro la noticia de su intrusión, se suscitó entre la concurrencia un cuchicheo, un murmullo significativo de asombro y desaprobación, y luego, por último, de terror, de horror y de repugnancia (…) El personaje era alto y descarnado y estaba envuelto en un sudario de pies a cabeza. La máscara que ocultaba su rostro representaba tan bien el semblante de un cadáver rígido, que el análisis más minucioso difícilmente hubiera descubierto el artificio. No obstante, todos aquellos locos desfrenados la hubieran podido soportar, si no aprobar. Pero el fantoche había osado adoptar el tipo de la Muerte Roja. Sus vestiduras estaban empapadas de sangre, y su amplia frente, al igual que los rasgos de su rostro, estaban salpicados del horror escarlata.»

«Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre esta figura espectral -la cual, con un compás lento y solemne, como para mejor consumar su papel, se zarandeaba de un sitio a otro entre los bailarines-, se le vio, en primer lugar, convulsionarse en un violento estremecimiento de nausea y horror, pero casi enseguida su frente enrojeció colérica.»

«-¿Quién se atreve -preguntó con voz ronca a los cortesanos que lo circundaban-, quién se atreve a insultarnos con esa burla blasfema? ¡Apoderaos de él y desenmascaradle! ¡Que sepamos a quién hemos de ahorcar en nuestras almenas al amanecer!»

«Era en la sala siniestra, o sala azul, donde se encontraba el príncipe Próspero cuando pronunció estas palabras. Resonaron fuerte y claramente a través de los siete salones, pues el príncipe era un hombre temerario y robusto y la música había enmudecido a una señal de su mano. Era en la sala azul en donde estaba el príncipe con un grupo de cortesanos pálidos a sus costados. Primero, mientras él hablaba, hubo entre el grupo un leve movimiento de avance en dirección del intruso, quien durante un momento estuvo casi al alcance de sus manos, y que ahora, con paso deliberado y continuo, se acercaba más y más al príncipe. Pero, por cierta reverencia indefinible que la audacia insensata de la máscara había inspirado entre los convidados, no hubo nadie que pusiera la mano en ella, aun cuando, sin encontrar ningún obstáculo, pasó a dos pasos de la persona del príncipe; y en tanto que la inmensa asamblea, como si obedeciera a un solo movimiento, retrocedía del centro de la sala a las paredes, la máscara continuó su camino sin interrupción, con aquel mismo paso solemne y mesurado que la había distinguido desde el principio, de la sala azul a la sala púrpura, de la sala púrpura a la sala verde, de la verde a la anaranjada, de ésta a la blanca, y de la blanca a la violeta, antes de que nadie hiciera un movimiento decisivo para detenerla. Fue entonces, cuando el príncipe Próspero, exasperado de cólera y vergüenza por su momentánea cobardía, se lanzó precipitadamente a través de las seis salas sin que nadie lo siguiera, porque un terror mortal se había apoderado de la concurrencia. Blandía un puñal y se había aproximado impetuosamente a una distancia de tres o cuatro pasos del fantasma que se batía en retirada, cuando éste, llegado a la proximidad de la sala de los terciopelos, se volvió bruscamente afrontando a su perseguidor. Hubo un grito agudo, y el puñal se deslizó relampagueante sobre la alfombra fúnebre; casi de inmediato el príncipe cayó postrado sobre ésta en un rictus de muerte. Entonces, invocando el frenético valor de la desesperación, una multitud de máscaras se precipitó a la vez en la sala negra, y, asiendo al fantoche que se mantenía, como una gran estatua, rígido e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, se sintieron sofocados por un terror innombrable al descubrir el sudario y la máscara cadavérica -arrebatada con furia inusitada-, desprovistos de formas tangibles.»

La prosa de Poe se torna macabra. La historia del príncipe Próspero advierte al lector sobre la inminencia de la muerte, y sobre el esfuerzo inútil de quienes cierran sus puertas a los peligros del mundo.

«Todos reconocieron entonces la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y todos los hedonistas cayeron uno a uno en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la postura desesperada de su caída. Y la vida del reloj de ébano acabó con la del último de aquellos divertidos. Y las llamas de los trípodes se extinguieron. Y las Tinieblas, y la Decadencia, y la Muerte Roja ostentaron dominio ilimitado sobre todos.»

Su último párrafo no es apocalíptico, sino admonitorio. La mayoría de los vasallos de Próspero sobreviven. La peste pasa, y con el anuncio de la primavera una nueva generación de hombres y mujeres pueblan la comarca. Siglos más tarde, en un país remoto, un poeta escribe la historia de un hombre saludable que desafía la generosidad de la fortuna. Su poder absoluto lo persuade de su habilidad para controlar su vida y su muerte. Reacio a aliviar la enfermedad y la miseria de sus súbditos, este hombre se retira al lugar más seguro sobre la tierra: su mausoleo.



La Perspicacia Internacional de Ingrid Betancourt
«La Rage au Cœur» de Ingrid Betancourt encabeza la lista de los libros mejor vendidos en Francia; la demanda judicial emprendida por el ex-presidente Ernesto Samper contra XO editións, y la subsecuente levedad de su sentencia, renuevan el interés de un país que valora la expresión escrita como uno de los derechos fundamentales del hombre.
La censura de un miembro principal de la clase política colombiana  confirma, más bien que refuta, a los ojos del lector francés, cada una de las acusaciones de la senadora Betancourt. 

Escrito con la colaboración de Lionel Duroy, Ingrid Betancourt da cuenta de los mecanismos corruptos que pervaden el poder. Su mérito reside no tanto en confirmar los estereotipos más difundidos sobre Colombia (clientelismo, mentira y políticos títeres del cartel de Cali) , como en su cuestionamiento moral (al parecer involuntario), de la casta política que alguna vez ayudó a la senadora Betancourt a obtener su curul en el senado. La contraportada del libro no puede sino despertar sonrisas de agradecimiento o incredulidad en el lector francés: «Quiero narrar la historia de mi lucha al país que me ha enseñado la democracia y la libertad». Ingrid, de hecho, jamás cuestiona los sistemas de gobierno de Europa y los Estados Unidos: «Me propuse demostrarle a los colombianos que no todo es fatal, que se podría hacer política de otra manera, y, sobretodo, honestamente, como en Europa, basándose en ideas, con afiches, discursos y un programa». Su ingenuidad casi infantil es evidente en varios pasajes de su libro: «mi ingenuidad es mi fuerza. Ella me otorga una libertad sin precedentes»; una postura que ha forzado a los franceses a compararla con Juana de Arco, una mujer idealista que denunció la cobardía y astucia de sus gobernantes hasta morir traicionada en la hoguera. Corrupción, después de todo, no es un problema exclusivamente colombiano, como tampoco es una manifestación de nuestro siglo. La crónica de nuestra historia según Ingrid Betancourt, rememora las sangrientas páginas de los «Anales» de Tácito: Calígula y Nerón viven en los Andes. Durante el gobierno de François Mitterand, Pierre Bérégovoy, su primer ministro, cometió suicidio en extrañas circunstancias. Colombia sufrió, por su parte, un proceso contra el ex-presidente Ernesto Samper: varias personas allegadas a su campaña política fueron asesinados por sicarios. Ingrid Betancourt, con un coraje admirable, apoyándose en meras corazonadas, acusa a Samper y a Horacio Serpa de haber ordenado estos crímenes bajo el auspicio de los Hermanos Rodríguez Orejuela. El lector francés elogia a esta mujer por su valentía, una virtud que nadie asumiría en Francia sin sufrir sus consecuencias.

Su autobiografía, no obstante, deja translucir su vanidad y su nostalgia por la belle époque, cuando sus padres y abuelos se dividían el poder como si se tratase de un negocio de familia. La prosa de Ingrid Betancourt podrá inquietar al lector europeo, pero para quienes padecen la dura realidad colombiana, sus congojas son sollozos de niña mimada. Rafael Pombo satirizó a la vieja clase política colombiana cuando escribió el poema infantil «La Pobre Viejecita»:

Y esta vieja no tenía
ni un ranchito en qué vivir
fuera de una casa grande
con su huerta y su jardín

Al comienzo de su libro acusa al ex-presidente Carlos Lleras Restrepo de haber destituido a su padre, Gabriel Betancourt, de su cargo como Ministro de Educación. Su familia vivió entonces un exilio en París, en donde su padre se resignó a trabajar  como embajador de Colombia ante la Unesco: «Nos encontramos en la Avenida Foch, en un apartamento de quinientos metros cuadrados, decorado con fineza: muebles firmados del siglo XVIII, obras de arte originales —me acuerdo en especial del 'San Jerónimo' de Durero, que nos inspiraba miedo en las noches—, baratijas de China, tapices y un jardín colgante».

 
Educación y globalización


Entonces el principal pasatiempo de sus padres era el de la organización de tertulias literarias, a las cuales invitaban, entre otros, a Virgilio Barco, Misael Pastrana, Fernando Botero, Gabriel García Márquez y Pablo Neruda. Entre brindis amistosos, Ingrid se contagió de la clarividencia de sus comensales, quienes le aseguraron que Turbay Ayala presidiría uno de los gobiernos colombianos más catastróficos de las últimas décadas; años más tarde fuerzas sobrenaturales le anunciarían la muerte de Luis Carlos Galán.

Adaptada a la cultura francesa, Ingrid regresa a Colombia, en donde es matriculada en uno de los colegios más exclusivos de Bogotá: El Liceo Francés Louis Pasteur. Ingrid nos relata como, a causa del divorcio de sus padres, soporta los «modales brutales» de su escuela, viéndose obligada a encerrarse bajo llave en los baños durante los recreos «para escapar a la violencia de mis condiscípulos». Poco después su madre, Yolanda Pulecio, agobiada por su lucha inútil contra la corrupción, y víctima de las sátiras de los periodistas por haber abandonado a su marido, padecería otro destierro en la embajada de Colombia en Francia, esta vez en situaciones más deplorables: «Ella [mi madre] tiene que trabajar; ya no es la esposa de un embajador». Ingrid nos confiesa así mismo, como en tres ocasiones sus vacaciones fueron estropeadas a causa del malfuncionamiento del sistema. La primera vez ocurre en Cartagena, antes de salir a la playa, cuando recibe el mensaje «extravagante» de que la fecha de inscripción para nuevos aspirantes al parlamento ha expirado; Ingrid protesta «aquí y allá» y la fecha se prolonga por quince días, de modo que ella pueda disfrutar los últimos días de sus vacaciones sin inconveniente. La segunda vez en un viaje a París, las islas del Caribe y el parque Tairona, en donde los fantasmas de Samper y Serpa le impiden «recobrar su vocación de madre»; por último  a los ocho días de comenzar sus vacaciones de verano a Francia en 1996, cuando su abogado, Hugo Escobar Sierra, le informa que Samper la ha acusado de «trafico de influencias»; esta vez Ingrid no puede contener su indignación: «Es un golpe horroroso para los niños y para mí. Ya habíamos organizado este viaje, reservado los hoteles, y todo echado a perder». Ingrid, como cualquier político internacional, debería disfrutar de doce semanas de descanso al año. Ella sabe que para los franceses las vacaciones son sagradas: cinco semanas por año de acuerdo a sus leyes. Desafortunadamente Ingrid se olvida de reseñar que el código laboral colombiano obliga a sus empresarios a otorgar apenas dos semanas de vacaciones anuales, y que el salario mínimo en Colombia es seis veces inferior al de Francia. Dada la importancia que ella concede a los descansos en el extranjero, es de extrañar que en ninguna de sus páginas ella se muestre interesada en mejorar esta injusticia; cabe preguntarse si el apoyo de los empresarios que financiaron su campaña le impide emprender este tipo de reformas. El punto cúlmen de sus cuitas son los frustrados atentado contra su vida; los diez guardaespadas que el gobierno le procura día y noche, no le merecen, en sus palabras, su confianza. Ingrid se ve obligada, por lo tanto, a viajar a una mansión apacible sobre las playas de Nueva Zelanda, en donde deja a sus hijos al cuidado de su padre: «Una decisión cruel, de precio exorbitante; renunciar a la felicidad de que vivamos juntos».

Tal vez Ingrid desconozca los consejos de Bernard Shaw, quien escribió que «ser maltratado no es un mérito», pero si su objetivo fuera narrar pesares, Ingrid habría mencionado en su libro el éxodo de los miles de desplazados colombianos, quienes se ven obligados a huir de un poblado a otro sin guardaespaldas que los protejan, o de los soldados colombianos, quienes permanecen en puestos de combate aislados por meses, sin provisiones, a la merced de la guerrilla; en su lugar Ingrid se vanagloria de haber denunciado la compra fraudulenta de cientos de fusiles hebreos: «más caro que los fusiles ultra-modernos alemanes, franceses o americanos».  Es obvio que pese a su integridad, la senadora Betancourt evita el tema de la paz para elogiar la industria bélica de los grandes potencias.

Ingrid nos da a entender que ella es la única sobreviviente de una serie de mártires contra la corrupción: Luis Carlos Galán, Alvaro Gómez y Alfonso Valdivieso. Su estandarte ha sido la honestidad, una virtud que la clase media colombiana respalda, y que le granjeó un escaño en el senado, obteniendo la votación más alta en 1998. No obstante, al momento de hablar de su programa de gobierno Ingrid vacila y recurre a lugares comunes: «la construcción del metro que hemos esperado por medio siglo, la protección del aire que respiramos, uno de los más contaminados del planeta, y una política de ayuda familiar»; un tema de envergadura, como su postura frente al proceso de paz iniciado por el presidente Pastrana, es despachado con ligereza: «en un gesto 'histórico' para favorecer la paz, él [Pastrana] le cede a las FARC cuarenta y dos mil kilómetros cuadrados de territorio nacional. ¿A cambio de qué compromiso por parte de la guerrilla? Ninguno»; Ingrid parece ignorar que esta área ya se encontraba en poder de las FARC debido a la indiferencia ancestral del gobierno colombiano, y que la concesión de Pastrana fue un mero reconocimiento de la influencia que la guerrilla ha obtenido en esta área.

Con pretendida inocencia Ingrid nos da cuenta de su participación en el engranaje político colombiano. Sometida a una vida monótona, como ama de casa en Los Angeles, Ingrid recuerda las ambivalentes palabras de su padre: «Tu conoces, Ingrid, todo lo que Colombia nos ha entregado. Es gracias a ese país que tú has conocido Europa, que tú has frecuentado las mejores escuelas y disfrutado de un lujo cultural que ningún colombiano venido a menos concerá jamás. A Colombia le adeudas todas estos beneficios. No lo olvides nunca». Añorando sus privilegios, y deseseosa de retribuirlos, Ingrid abandona a sus hijos y a su marido,  apoya —como su madre—, la candidatura de César Gaviria, celebra su triunfo y es recomendada por su amigo de estudios, el periodista Mauricio Vargas,  para que obtenga un puesto de trabajo en el ministerio de finanzas de Rudolf Hommes. Al día siguiente Ingrid descubre perpleja que es la directora del DNP, una oficina de la que jamás ha oído. Ella confiesa haberse sentido «una extranjera en su propio país»; del mismo modo, el lector colombiano podría tener la impresión de que el libro de Ingrid ha sido escrito por una extranjera, con una salvedad: las páginas dedicadas a la busqueda de la sede de su campaña política emulan el realismo mágico de García Márquez. Cierto día, una fuerza desconocida la compunje a llamar a la puerta de un palacio aristocrático situado sobre la carrera séptima; una vieja decrépita la recibe y le informa que su mansión jamás será arrendada; Ingrid insiste y la anciana cae en cuenta que Ingrid es la sobrina de su mejor amiga, una mujer apodada Dolly; de inmediato la anciana le cede su mansión a Ingrid, añadiendo, como todos los colaboradores de sus campañas, «del dinero hablaremos más tarde» (lamentablemente Ingrid se olvida de abordar el tema de esas conversaciones tardías en su libro).

Estudiante de Sciences Po, el lector espera que Ingrid discuta la política neocolonialista de Francia y los Estados Unidos y su repercusión en la historia de Colombia: la pérdida del canal de Pánama y los intereses internacionales que se ciernen sobre nuestro país através del Plan Colombia. Ignorando el abismo económico que distancia a Colombia de los Estados Unidos y la Unión Europea, sin capacidad para comprender el régimen opresivo del Fondo Monetario Internacional, y en medio de escándalos internacionales que sacuden al mundo (venta de prebendas de Helmut Kohl en Alemanía, acusaciones por tráfico ilegal de armas contra la familia Mitterrand, fraude electoral en los Estados Unidos), Ingrid escribe que fue a estudiar a Francia para comprender «porque ciertas democracias, como la francesa, logran evitar la corrupción, mientras que otras, como la colombiana, la padecen en cuerpo y alma». Ingrid asume en su lugar un lenguaje neocolonialista, llamando a Colombia un país de régimen «totalitario».

Más allá de su aparente ingenuidad, el lector entreveé el genio político de la autora, en particular cuando cavila sobre las circunstancias que llevaron a Alfonso Valdivieso a emprender un proceso contra el ex-presidente Ernesto Samper: incapaz de admitir que haya alguien totalmente honesto se pregunta «¿Qué designio secreto perseguía Valdivieso? ¿Se trataba simplemente de un principio ético? Uno se pierde en suposiciones». Este interrogante traiciona sus pretenciones éticas, a la par que da cuenta de sus intenciones: «movido por ambiciones presidenciales, Alfonso Valdivieso asegura, por lo tanto, através de su integridad y su coraje indiscutible, el apoyo de los Estados Unidos. Para decirlo en términos crudos, él se adelanta a los deseos de los americanos». La senadora Betancourt sabe que Colombia, a menos que demuestre un cambio en su discurso ético ante la comunidad internacional, perderá credibilidad ante las potencias industriales.

El discurso contra la corrupción es primordialmente retórico: la corrupción se da por sí misma en todos los gobiernos del mundo; la administración Samper, sin embargo, ha puesto en tela de juicio la moral de los colombianos: ni Venezuela, ni Perú, ni Ecuador tuvieron inconvenientes en derrocar a presidentes abiertamente corruptos. Karl Popper escribió que la democracía de un país se comprueba a la hora de derrocar a un régimen que oprime a sus ciudadanos. «La rage au Cœur» deja claro que Colombia está perdiendo esta batalla; habiendo seducido a Francia, preparándose para conquistar el mundo anglosajón, los colombianos descubriremos, contra nuestro parecer, que Ingrid Betancourt es el candidato más propicio para asumir la presidencia colombiana ante los ojos de la comunidad internacional.

Epígrafe, diciembre 2010: Durante su campaña presidencial Ingrid Betancourt viajó, desatendiendo a las advertencias de las fuerzas armadas, al área controlada por la guerrilla colombiana.  Su visita imprudente fue en realidad una estrategia para incrementar sus votos, los cuales había asegurado a sus amigos en Francia, le asegurarían la presidencia de Colombia. Es obvio que Ingrid no esperaba ser secuestrada; y en caso de serlo -lo que ocurrió- calculaba que la presión de Francia obligaría al gobierno colombiano a liberarla en un par de meses a l sumo. Ingrid obtuvo in absentia el 2% del sufragio presidencial colombiano del 2002.

Sus expectativas se vieron realizadas, si bien a un precio angustioso. Su cautiverio no fue breve, sino de diez años. La presión de Francia forzó al gobierno colombiano, en efecto, a actuar, pero su estrategia no fue política, tal y como sus hijos y parientes proclamaban en las cortes europeas, sino militar.
 
Y si bien la carrera política de Ingrid acabó al conocerse públicamente su demanda millonaria al estado colombiano y al francés por haber "permitido" que la secuestrasen, la historia rocambolesca de su secuestro, sufrimiento y liberación la ha lanzado al éxito como escritora.

¿Cuál será el próximo episodio en la vida de este carácter tan hábil a la hora de manipular los medios de comunicación? ¿Una novela que prepare su consagración literaria? Su escandalosa ira al saber que no había recibido el premio Nobel de la paz la excluye de alcanzar el mismo premio en el área de la literatura, si bien sus empleados han sido talentoso a la hora de presentar su prosa como "poética". ¿O una incursión en Argelia que desate la ira de los extremistas y la subsecuente presión de la presidencia francesa?

En lugar del celebrado nuevo libro de memorias de Ingrid, los lectores deben leer "Ingrid de la Jungle", de Serge Scotto and Eric Stoffel, una sátira en dibujos animados sobre los episodios mencionados.

Inglaterra se preparaba para elegir a su nuevo ministro de gobierno; aunque la prensa se esmera por hacer justicia a los tres candidatos principales, la atención de los británicos gira en torno al actual ministro de gobierno, Tony Blair, del partido laboral, y a su oponente conservador, William Hague.

Las encuestas favorecen a Blair con un veinte por ciento de ventaja. En un esfuerzo desesperado los conservadores han apelado a sentimientos nacionalistas contra los emigrantes; uno de sus miembros advirtió que Inglaterra se estaba convirtiendo en un país de amerindios (mongrels): contrario a sus expectaciones, los índices de popularidad de los conservadores disminuyeron. Hague aclaró entonces que su política no estaba dirigida contra los emigrantes que han obtenido su ciudadanía británica, sino contra aquellos que aspiran a obtenerla. Michael Portillo, el delfín de su partido —e hijo de emigrantes españoles—, visitó la comunidad asiática de Londres durante el pasado fin de semana: todos los periódicos lo retrataron acariciando a un pez gigantesco en una plaza de mercado; emigrantes hindúes y pakistaníes lo acompañaban.

Tony Blair, entre tanto, combate a sus atacantes refugiándose en su programa educativo: «¡Educación! ¡Educación! ¡Educación!», es el lema de su campaña.
—Inglaterra no puede competir al nivel de los obreros de otros países —afirmó en un noticiero luego de lanzar su campaña en una escuela de Londres, frente a niños de ascendencia africana y asiática—. Nuestra prosperidad depende de nuestros profesionales, y si no invertimos en educación Inglaterra se empobrecerá tarde o temprano.

Las palabras de Blair dan cuenta del prestigio que Inglaterra conserva desde la independencia de los Estados Unidos de América. Alexis de Tocqueville escribió en 1832 que el secreto de la expansión americana era la educación de sus ciudadanos, quienes eran enviados por sus padres a las universidades inglesas. Aunque La démocratie en Amérique  ignora la inspiración religiosa de los puritanos, su juicio revela una tradición que aún persiste: la enseñanza constituye la tercera fuente de ingreso económico del Reino Unido, superior al turismo y a la industria alimenticia.
La educación inglesa prevalece por su historia. Hay universidades en los Estados Unidos superiores a Oxford o Cambridge desde un punto de vista estrictamente educativo, pero la tradición y la distancia continúan atrayendo a los hijos de la élite norteamericana. No es sorprendente, por lo tanto, que los alumnos de las universidades inglesas no sean siempre elegidos por su coeficiente intelectual. Los prejuicios, muestra irrefutable de una educación deficiente, abundan entre los profesores del Reino Unido; el año pasado Oxford sufrió un revés del cual aún no se ha recuperado: una estudiante de ascendencia asiática que había sido rechazada de la facultad de economía fue aceptada y becada por la Universidad de Harvard.

Pero las ventajas de la educación inglesa no se limitan a sus dos universidades más costosas. La Universidad de Salford, en donde he tenido la oportunidad de enseñar por un año, acoge a cinco mil estudiantes internacionales, provenientes en su mayoría de India, Arabia Saudita, Grecia y España. La diáspora internacional también fomenta la discriminación: A. M., quien ahora trabaja ahora como Profesor del Departamento de Artes Dramáticas de la Universidad de Manchester, estuvo trabajando por varios años con la BBC. Relegado a trabajos sin importancia, el profesor Marius jamás tuvo la oportunidad de dirigir un programa de televisión en Inglaterra. El no sólo era extranjero: su doctorado había sido obtenido en una universidad de California. Una actitud comprensible —cito las palabras de Benjamin Franklin— en un país de una historia y una tradición milenaria.

La confianza de Tony Blair en la educación revela así mismo sus intereses neocolonialistas. En nuestro sistema capitalista cada ciudadano es remunerado de acuerdo a su nivel de educación: el obrero y el campesino están condenados a una vida abyecta. No en vano Alemania ha decidido subvencionar trabajos mal remunerados, como cocineros, panaderos y genitores. En Colombia oímos a menudo que nuestro futuro está en el campo; una frase engañosa que carece de sentido. Nuestro país importa ochocientas toneladas de alimentos al año, en su mayor parte de los Estados Unidos: una prueba fehaciente de que sólo una agricultura y una ganadería tecnificada, esto es, concebida en un aula universitaria, produce bienestar.
César Gaviria, heredero de Reagan y Thatcher, privatizó las universidades colombianas y relegó la educación al último lugar de su lista de prioridades. Ni Samper ni Pastrana han despertado de este letargo plácido e ingenuo. En Inglaterra, por el contrario, hay una clara conciencia del valor de la educación: si tenemos ciudadanos educados tendremos buenos salarios: si tenemos buenos salarios cobraremos más impuestos.
La posible carencia de una mano de obra barata no preocupa a los ingleses: su personal capacitado puede construir una industria en cualquier república bananera empobrecida: tal ha sido el caso de Nicaragua, en donde las empresas multinacionales han construido un nuevo emporio industrial: hay paz, pero ¿hay prosperidad? Los nicaragüenses son tratados como esclavos: careciendo de un contrato de trabajo se ven obligados a trabajar hasta catorce horas por día, recibiendo un salario miserable. La clase política se beneficia de los dividendos aportados por las grandes empresas; pero la felicidad y la prosperidad de sus ciudadanos es sacrificada a sus expensas. La globalización no es sino la transformación de ciertos países en administradores de otros países: nuestros gobiernos tienden a convertirse en una suerte de mediadores serviciales.

Pastrana se esfuerza por demostrarnos que plan Colombia beneficiará a Colombia; pero su discurso no menciona la capacitación de profesionales en Colombia: es fácil inferir que esos profesionales serán contratados en algún país norteamericano o europeo. Algunos periodistas, por su parte, pretenden que nuestros problemas se solucionarán el día en que los Estados Unidos legalicen el tráfico de drogas. «Entonces», sugieren, «Colombia se enriquecerá con sus cultivos de coca». Este punto de vista ignora el poder de la ciencia y la tecnología, que puede reproducir la planta de coca en condiciones artificiales, a la par que subestima la influencia de las compañías tabaqueras, quienes, dueñas del mercado, organizarían plantaciones pseudoesclavistas en África y Centroamérica.
Bolivar escribió en 1822 a un amigo inglés que Colombia, como el país más educado de Sur América, debía liderar la unión sudamericana. Ocho años más tarde un general iletrado condenaría Venezuela a una pobreza de la que sólo el petróleo habría de redimirla. Los colombianos aún aprecian el valor de la educación, aunque la indolencia gubernamental se esmere por subvalorarla. Es evidente que a menos que cooperemos en la subvención de nuestras escuelas y universidades, Colombia estará condenada en veinte o treinta años a una pobreza — ¿debo escribir 'violencia'?— deplorable.










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