Hugo Santander Ferreira
Hugo Santander Ferreira

  
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De nuestro Colonialismo
Mi ensayo sobre el ateísmo ha incidentalmente herido la suceptibilidad de algunos admiradores de la Internacional, quienes cuestionan la validez de la carta que Marx escribiera en Algeria durante sus últimas vacaciones, días antes de su muerte; en ésta Marx confiesa ―incidentalmente―, haberse afeitado su barba de profeta y su corona de gloria.
 Ya Buñuel, desde la ficción, había osado despojar a Jesucristo de su barba en La Vía Lactea, pero, contrario a sus expectativas, su comentario iconográfico fue ignorado o malentendido por los feligreses de la iglesia cristiana. Mejor fortuna, creo, tuvo un grupo de científicos ingleses, quienes luego de reproducir un rostro afín al de Jesucristo, de pómulos y frente árabe, se granjearon el desprecio de quienes asocian al hijo de Dios con los rasgos faciales idolatrizados por los nazis. En una caricatura de un semanario alemán,  los apóstoles de la «Ultima Cena» de Da Vinci observaban con asco el rostro original de su maestro.

No es sorprendente que en una sociedad atiborrada de imágenes la iconografía usurpe a las ideas.  Es necesario distinguir entre la imágen, la biografía, la idea y su manifestación social. En otras palabras, es necesario distinguir entre quienes admiran a Marx por su barba, entre quienes lo admiran por su biografía, por sus ideas, y entre quienes lo admiran por su influencia en la historia política del siglo veinte.
La admiración iconográfica es la más inconsistente —y, desafortunadamente, la más divulgada—, ya que no puede disasociarse de la vida y obra del sujeto. En 'El Acoso'  Alejo Carpentier retrata a un revolucionario de escasa instrucción:  sin medio de leer Das Kapital, menos aún la biografía de su autor, su protagonista es inmolado en una sala de conciertos. Quienes descubren en la barba canosa de Marx un refugio tibio y paternal, han de ignorar premeditadamente su biografía, manifiesta en la copiosa correspondencia entre Marx y su prestigioso mecenas, Friedrich Engels.
Engels admiraba la cualidades intelectuales de Marx, y siempre se esmeró por subvencionarlo con estipendios hasta su muerte. Vale destacar que la única disculpa que se conoce de Marx en su vida fue dirigida a Engels: Engels tenía una concubina irlandesa que murió en Manchester; Marx bromeó al respecto y Engels dejó de escribirle por un mes. Marx envió una nota de disculpa.

Cazador de zorros en Cheshire, Inglaterra, Engels administraba la fábrica de textiles de su padre en Manchester. Sus detractores lo acusan de haber subvencionando a Marx en aras de asegurar una curul en el estado socialista del porvenir..Su vida era más lujosa, pero no menos burguesa que la de Marx, quien a causa del abolengo de su esposa fue a menudo inconsecuente con sus predicados políticos. Es cierto que las hijas de Marx murieron pobres; pero su pobreza no se debió a que Marx las educase en la miseria, sino a que éstas se casaron, contra la voluntad de su padre, con pseudorevolucionarios paulatinamente empobrecidos. Es cierto que los primeros años de la vida de Marx fueron dramáticos y heroícos, pero el revolucionario dio paso al padre de familia. Cabe resaltar que Marx compraba vestidos nuevos para sus hijas cada vez que recibía un estipendio de Engels; detalle casual de una familia burguesa, célula del sistema capitalista.
Un pariente de Marx que aún avergüenza a los idólatras de su linaje, fue su tío Leon Phillips, cuyo apellido es el homónimo de cierta compañía multinacional. A lo largo de su vida Marx obtuvo un sólo estipendio del avaro señor Philips y, tras años de ansiosa espera, una porción de su herencia através de su viuda. Una carta dirigida a Engels permanece como testimonio de su fervor familiar: «Ayer fui informado de un EVENTO MUY FELIZ, la muerte de la esposa de mi tío, a sus noventa años ».

En alguna ocasión un obrero le preguntó quién embetunaría los zapatos en una sociedad comunista.
—Usted —replicó Marx fuera de sí.
Marx fue, de hecho,  alimentado por una empresa de textiles de Manchester y una fábrica de la Europa continental; gracias a la plusvalía sobre cientos de obreros malpagos. George Bernard Shaw escribiría una apología de este tipo de revolucionario burgués en su comedia 'Major Barbara'.

Un prejuicio que los enemigos de Marx citan para desacreditarlo es su racismo. Su ataque a Lasalle es revelador: «Ahora, esta mezcla de judaísmo y germanismo, por una parte, y por otra de negro ralo, producen, inevitablemente, un producto peculiar. El importunismo de ese individuo [Lassalle] es así mismo negroide ». Más preocupante fue su hábito de estipular, como culaquier fascista, el coeficiente intelectual de los candidatos a la liga comunista de acuerdo a la forma de sus cráneos . Marx sería, simplemente, una víctima más de la ideología de su época.

Uno de los misterios propuestos por sus biógrafos es su renuncia como presidente de la Internacional, hacia el final de su vida. Creo que Marx quiso, simplemente, protejer la vida burguesa de su familia en Inglaterra; contrario a sus admiradores, Marx —como Galileo—, consideró que no valía la pena arriesgar el bienestar de los suyos por una idea. Su actitud fue sensata: las ideas nacen y mueren por si mismas.
Ideológicamente, el analisis de Marx sobre el capitalismo es más válido ahora, cuando la guerra fría ha terminado; corporaciones y bancos rebosantes de capital empobrecen a la humanidad. Ya Aristóteles había escrito que en circunstancias de opresión las revoluciones florecen; el mérito de Marx fue indagar sobre el conformismo de las masas,  sobre las causas de su alienación; una linea de pensamiento brillantemente expuesta por Walter Benjamin y Antonio Gramsci. En efecto, la religión no es ya el opio del pueblo, sino los centros comerciales (Benjamin) y el melodrama (Gramsci); espacios que proveen una sensación ilusoria de poder, valor y apreciación. Aún esperamos por el intelectual que analice el efecto de alienación causado por las competiciones deportivas y la televisión digital.

Un cuarto Marx es el creado a partir de las justicias o injusticias de Fidel, Mao o Stalin. Sus adeptos escasean, como hoy en día escasean los adeptos de Julio César y Napoleón.  Sin embargo, tal y como Bertold Brecht escribió contra el fascismo:

Hombres, no os regocijeis
Pues aunque habeís acabado al bastardo
La perra que lo parió aún continua en vida





 n A propósito de la obra más reciente de Fernando Botero sobre el conflicto armado en Colombia, Juan Forero, del New York Times,
deja constancia de las preferencias estéticas de Botero, quien en «La Muerte en la Catedral», un óleo concebido en el 2002, recrea la matanza perpetrada en Bojayá, Chocó, contra 120 hombres, mujeres y niños de ascendencia africana, como un atentado terrorista perpetrado contra un conglomerado de víctimas de ascendencia europea.Interrogado sobre la incongruencia entre su obra y la realidad, Botero comenta que el objetivo de su obra no era realista y que tal es su manera de representar la violencia que ocurre en Colombia.

Sin desmeritar la obra más reciente de Botero —quien por primera vez renuncia a los estereotipos más divulgados en Europa y Estados Unidos sobre las Banana Republics de Latinoamérica—, cabe mencionar que su respuesta y su tratamiento del tema es sintomático de la ideología neocolonialista que domina al tercer mundo. ¿Por qué razón le niega Botero a los colombianos de ascendencia africana su protagonismo en el actual conflicto que Colombia padece? ¿Es acaso la violencia en Colombia una respuesta a la ideología neocolonialista que se esmeraba por presentar a una masa de hombres y mujeres morenos al servicio de una aristocracia europea?.

Colombia, como cualquier país colonizado, aún sufre del complejo de inferioridad que permite a los países europeos dictaminar cuales son las preocupaciones del momento; prueba de ello el escaso interés que la muerte de 120 personas en Bojayá suscitó entre los periodistas ingleses, y más aún el inmenso interés que la muerte de una persona de la familia real inglesa aún suscita en los medios de comunicación colombianos.

Cierta broma popular dice que en Colombia la clase baja quiere ser mejicana, la clase media estadounidense y la clase alta europea; la efectividad de dicha broma se basa en el hecho de que los colombianos ya no quieren ser colombianos; la certeza de que hay un negro, un indio, un árabe y un europeo bajo la piel de cada latinoamericano, escandaliza a los genetistas, artistas y publicistas colombianos, quienes siempre han soñado con una Colombia de gente de piel nívea y trenzas doradas. En La Otra Raya del Tigre, Pedro Gómez Valderrama enumera las violaciones de una banda de emigrantes alemanes, perpetradas bajo la sorda aprobación de un obispo que cree que de ese modo se purifica la raza. La reciente popularidad del cabello rubio tinturado en Colombia no deja de sorprender a los europeos; así Shakira, quien podría haber impresionado al mundo con sus cabellos de ébano, es ahora referida como otra Britney Spears o Cristina Aguilera.

Los postulados eugenésicos del siglo diecinueve y la charlatanería de los nazis aún encuentran un eco inusitado en el tercer mundo. Aún recuerdo mi sorpresa cuando a mi regreso a Colombia en 1996 —luego de dos años en Filadelfia—, descubrí el contraste entre un país de gente de piel aceitunada y cabellos negros con unos presentadores de televisión, modelos y actores rubios que prácticamente monopolizaban todos los medios de comunicación —desde las vallas publicitarias hasta los comerciales de ropa interior—; dicha incongruencia ya no me era familiar en los Estados Unidos, en donde la representación de las minorías en los medios de comunicación aumenta cada año. En Colombia, como en tantos países africanos y asiáticos, quienes carecen de representación en los medios de comunicación es la mayoría.

El mayor percance del neocolonialismo es, en efecto, esa imposibilidad —por parte de la antigua población colonizada—, de reconocerse a sí misma ante el espejo (los medios de comunicación son, en efecto, los espejos sociales de nuestra era); incapaz de reconocerse a sí mismo, el tercermundista ha de contemplar ante sí el falso reflejo de su maestro ‘ideal’, cayendo en la falacia de que él debe ser ese maestro ‘ideal’. No es de extrañar, por lo tanto, escuchar en Latinoamérica a gente de piel oscura que discrimina a la gente de piel oscura. La decisión de Botero es de hecho estética, por cuanto la piel morena no deja de ser una realidad inexistente para los latinoamericanos.

Dicha distorsión es a menudo justificada por la supuesta superioridad de los países europeos; pero Europa no es sólo un continente multirracial, resultado de las invasiones hunas, sarracenas y vikingas, sino un continente multicultural, cuya economía depende de los emigrantes africanos, asiáticos y —a partir del primero de mayo— europeos del éste, siempre dispuestos a asumir los oficios menos prestigiosos.




De nuestra corrupción, el pretendido mal

Recuerdos de Abelardo Forero Benavides

Sócrates, en un pasaje de La República, concluye que la moralidad de los gobernantes de una comunidad refleja la moralidad de dicha comunidad.

A partir de esta idea Nicolai Gogol representó, en El Inspector, la corrupción y la burocracia de la sociedad zarista del siglo diecinueve como manifestaciones propias de su sociedad. Dos siglos de historia convulsa han corroborado sus sátiras; ni la demagogia de Lenin, ni el paternalismo de Stalin, ni el excentricismo de Krushev fueron  capaces de eliminar los males que han relegado –y relegan- al pueblo ruso a una pobreza y a un nacionalismo inquietante. 

El fracaso del reciente referendo colombiano es así mismo una muestra palpable de nuestra idiosincrasia.  Una mayoría inusual de colombianos eligieron a Álvaro Uribe, un presidente que presentó un programa contra la insurgencia armada y la corrupción. El debilitamiento de la guerrilla y el fortalecimiento de las fuerzas militares le granjearon la admiración de los medios de comunicación más influyentes: periodistas y modelos de televisión encomiaron día a día los aciertos y desaciertos de un hombre a quien ya auguraban una próxima reelección.
Pero el embate de Uribe contra la corrupción acabó siendo no sólo menos afortunado, sino así mismo contraproducente. Nuestro presidente, al igual Ingrid Betancourt, comprendió demasiado tarde que la corrupción es una enfermedad arraigada en la idiosincrasia colombiana. Borges, en uno de sus ensayos, denunció esa misma idiosincrasia en Argentina y a partir de un pasaje de Don Quijote trazó su origen en la España del siglo dieciséis: en éste el Caballero de la Mancha deja a dos convictos en libertad en abierto desafío contra las leyes de la corona. El Estado, en efecto, surge ante la mayoría de colombianos como un ogro que cohíbe la libertad individual. 

Sería ingenuo, no obstante, atribuir la corrupción al genio o a la sangre de una comunidad. Los franceses, aún siendo latinos, han logrado conformar un estado con bajos índices de corrupción. A través de sus escritos Jean Jacques Rousseau prescribió un gobierno con un cuerpo legislativo independiente del poder ejecutivo. A diferencia de Tocqueville, Rousseau no centró su análisis en las instituciones sociales -las cuales, como en el caso de Roma, acaban siendo contraproducentes en manos de magistrados corruptos-, sino en la equidad social. En efecto, los gobiernos de escaso ingreso per cápita que  permiten el surgimiento de una clase prestante –como fue el caso de Colombia durante los gobiernos de Barco y Gaviria-, han de erradicar la pobreza que flagela a la mayoría de sus ciudadanos. De otro modo el abismo social crecerá mediante sobornos y prebendas.
El caso de las antiguas repúblicas de la Unión Soviética es diciente. Las décadas de corrupción y burocracia comunista propiciaron su independencia forzosa de Rusia a principios de los noventa. El caos capitalista permitió a los antiguos miembros de la KGB la expropiación de las fincas, los hoteles, los apartamentos y las fábricas de la comuna. En menos de diez años las amplias praderas de Kirguizistán y Tayikistán fueron reducidas a la mendicidad. Las escuelas de los alrededores de Osh, en Kirguizistán, no cuentan ni tan siquiera con servicios sanitarios. Las donaciones que estos países reciben de las organizaciones no-gubernamentales y del Departamento de Estado de los Estados Unidos agravan, antes que alivian, su situación. Las familias que dominan estas pseudorepúblicas administran y regulan las inversiones extranjeras a su antojo; el soborno es el idioma común entre nativos y extranjeros. Quien no acepte este criterio cultural es discretamente excluido de la vida nacional. No hay que culpar, por lo tanto, a las compañías inglesas que sobornan a los políticos de turno en África o en Sudamérica en eras de proteger sus intereses. 
Colombia aún preserva su aura democrático ante la comunidad internacional. Somos, no obstante, una democracia sin conciencia democrática. Aristóteles, en su Política, prescribió que en una democracia el voto habría ser obligatorio, por cuanto la mayoría del pueblo (demos) no es consciente del valor político de una elección.

En el pasado referendo no sólo perdió el presidente Uribe, como varios periodistas se apresuraron a señalar, sino también la democracia colombiana. El bajo índice de corrupción de países como Alemania, Japón y Corea del Sur no se debe a que los ciudadanos de estas sociedades desconozcan el soborno y la almadía, sino a la mera solidaridad social: si hay corrupción el estado se debilita, si el estado se debilita estaremos a merced de los mejores postores.

Que una reforma contra la corrupción sea rechazada por ciudadanos que no dejarán de lamentarse de la corrupción de sus líderes es así mismo sintomático de nuestra doble moral. Much ado about nothing.



 

Aquella tarde había llegado a su casa en busca de Federico Saretzki, su nieto, con quien organizaba una temporada de la agrupación Arte Facto Teatro.

-No está –me dijo la mucama.

-Pero puede esperarlo – oí desde el fondo de una habitación contigua.

-Volveré más tarde –me excusé. Ya entonces había reconocido la voz de Abelardo Forero Benavides

-Quédese –insistió-. Podemos conversar.

Acepté entusiasmado; desde mi niñez escuchaba sus coloquios con Ramón de Zubiría. Un mes atrás había tenido la ocasión de conocerlo, después del estreno de Esperando a Godot.

-Me compungió -me dijo entonces con un dejo de emoción-. Así es la vida: al final volvemos a ser niños. 

Hablamos sobre diversos montajes de la pieza de Beckett que él ya había presenciado en Europa años atrás.

-Lo curioso –me dijo-, es que en ese entonces había gente así [como los mendigos de Esperando a Godot]. Permanecían días enteros, de pié, inmóviles, en la misma esquina de la calle.

-¿Qué recuerda de Laureano Gómez? –le pregunté.

-Cuando él hablaba… -musitó concentrándose en sus pensamientos-, se le temía. Era un hombre que inspiraba miedo.

Ingenuamente le manifesté mi indignación hacia cierto periodista de renombre, quien había sacrificado sus principios por una embajada

-Cualquiera sacrifica sus principios por una embajada –acotó tranquilo.

Me preguntó sobre mi edad.

-Veintitres años.

Me dijo que era joven y me sugirió que viajase a Europa.

            -Yo apenas tenía veinticuatro años cuando Alfonso López Pumarejo me dio esa oportunidad –me confesó con un aire agradecido-. Jamás lo olvidaré.

 Recordé que la mayoría de los libros de su biblioteca habían sido adquiridos en Francia.

-¿Qué opina usted de la invasión alemana durante la segunda guerra mundial? -le pregunté-. ¿Cómo ocurrió?

- Déjeme que le diga –me respondió seleccionando meticulosamente sus palabras-, que en aquel entonces los franceses no amaban a su patria.

-¿Ha viajado a Francia últimamente?

-¿Para qué? –me respondió agudizando su voz-. A esta edad las mujeres ya no lo miran a uno.

Me enseño las diversas ediciones de los libros que había escrito. Le comenté que una de sus reseñas me había persuadido de leer la obra de Gibbon. Me percaté de que ya no me escuchaba; sus ojos permanecían fijos en el retrato de una muchacha del siglo diecisiete. 

Atardecía.

-¡Mírela! –me dijo-. Desde hace más de doscientos años esa mujer nos mira; moriremos, y ella aún nos seguirá mirando…

Ocho años más tarde lo visité, un mes antes de su muerte. No me reconoció. Hablamos en francés.







Colombia:
Violencia y menosprecio




 
A principios de 1990, un congresista colombiano, de cuyo nombre no debo acordarme, aseguró a un periodista, en un estudio de televisión, que el principal problema de nuestro país eran los colombianos; el tono de menosprecio en su voz incomodó a los presentes, y nuestro Padre de la Patria, percatándose de su imprudencia, se apresuró a añadir que nuestra violencia era consecuencia de nuestra desigualdad social. Un mes más tarde el susodicho congresista perdería su curul en el senado, ora a causa de los rumores provocados por su desliz, ora por su escasa convicción política.

El menosprecio de un gobernante hacia su pueblo permea nuestra memoria colectiva, pero escasea en España, país que consideramos nuestra mayor influencia cultural; ejemplos más apropiados abundan en la historia de Portugal: en 1910, su último monarca moría apuñalado meses después de haber afirmado en una francachela que su país era un nido de pulgas: «esto é una piolheira»

.
El menosprecio es común a todas las sociedades, aunque, en palabras de Bertand Russel, es el hombre civilizado quien aprende a reprimirlo en aras de una convivencia pacífica. Por oposición, el hombre bárbaro se entrega a éste y desde él a su instintos más destructivos: basta leer cualquiera de las sagas islandesas para descubrir a niños que, ante la menor ofensa, enarbolan un hacha y descabezan a otros niños. El cinema agresivo, o denominado género de acción, y las masacres perpetradas por adolescentes y adultos en los colegios de los Estados Unidos demuestran que la barbarie, lejos de ser domada, brota en las comunidades más civilizadas —pero, mientras que en los Estados Unidos una masacre es interpretada como una anomalía, en Colombia el asesinato conforma nuestra idiosincrasia.

—En este país hay gente muy bárbara—, gemía el padre de Andrés Escobar luego de que un hincha de la selección nacional le asesinara a su hijo. No sin fundamento los sociólogos de los años cincuenta prescribieron que nuestra violencia era un subproducto del canibalismo de los indios Caribe: la debilidad de los organismos de control del Estado favorecen la agresividad.

Las elites del mundo condenan la barbarie en Colombia y manifiestan sus deseos de que Colombia recupere la paz. La guerrilla prescribe que esa paz sólo será posible cuando el lucrativo cultivo de la planta de coca sea reemplazado por otra fuente de ingreso. Recientes trabajos sociológicos sugieren, a partir de cifras estadísticas, que la violencia en nuestro país no corresponde a factores económicos, sino a una suerte de ambición personal; un postulado que recobra las conclusiones de Johan Huizinga, quien, analizando el ocaso de la edad media, concluía que no era a partir de la economía, sino de la ideología, que el historiador debía establecer las causas de un conflicto, esto es, a través del predicado de una sociedad hacia sus individuos, de las ideas y valores que organizan a los integrantes de una nación dentro de esa misma nación.

Es a través de la ideología que nos percibimos a nosotros mismos. Desafortunadamente, en Colombia el menosprecio es mejor valorado que el aprecio.
Una emigrante norteamericana me escribió recientemente desde Bogotá que le era difícil adaptarse: luego de arrendar un apartamento en el sur de la ciudad, ella debía explicarse a sus interlocutores, quienes, con gestos de menosprecio y frases presumidas, intentaban persuadirla o de que en el sur de la ciudad la gente era maleducada, o de que el norte estaba preñado de hipócritas. La mayoría de los norteamericanos, como los europeos, desaprueban la desigualdad, que fomenta jerarquías, producto del menosprecio

Más embarazoso para alguien educado en una sociedad de orientación pacífica, es la insidia, que provoca la discordia: como Freud señalaba, son las palabras las que anteceden nuestro actos: antes del crimen está la amenaza, el comentario casual o la broma: las masacres más atroces de nuestro país no fueron concebidas en la mente de un criminal segregado, sino en las conversaciones diarias, en fiestas o asados, cuando un grupo de gente concluía que este grupo, o aquel otro debería ser aniquilado.

Menosprecio que permea nuestros estratos sociales, nuestros roles, nuestros arquetipos, y es acicateado constantemente por la muerte y el sufrimiento: menosprecio que incita al hincha de fútbol a celebrar el triunfo de Colombia ante Argentina habaleado a una niña de tres años; menosprecio que provoca al gamonal a que patrocine a un escuadrón de mercenarios para que ajusticie a sus propios familiares; menosprecio que conduce al secuestrador a que asesine a su víctimas antes de que la justicia lo descubra; menosprecio que concita a un mafioso a que masacre a los habitantes de su ciudad antes de su muerte; menosprecio que instiga al paranoico a degollar a un desconocido sobre una calle desierta; menosprecio que persuade a la guerrilla a confiar en un intermediario alemán antes que en uno colombiano; menosprecio que se vierte sobre si mismo, incrementando el número de suicidios en Colombia. Menosprecio ejercido, así mismo, en todas las direcciones, pero que raramente se revierte: del amerindio hacia el negro, del negro hacia la prostituta, del gamonal al desposeído, del desposeído al desplazado, del industrial hacia el sindicalista, del sindicalista hacia el emigrante ilegal, del padre hacia el niño, del adulto hacia su amante.

En cierta ocasión Luis Buñuel afirmó que en Colombia, como en Méjico, la vida carecía de valor; su devaluación se nutre con miedo, destruye y se autodestruye antes de que sus hacedores alcancen la madurez. Pero el caos y la confusión en Colombia no son producto de la violencia en si, sino de la actitud de quienes la provocan: a diferencia del Medio Oriente, en Colombia los ataques son taimados, solapados y cobardes. Laborando desde la sombra, todo diálogo está condenado al fracaso.

Menosprecio que se recrudece en el campo educativo y laboral, cuando no se aprecia al ciudadano por su mérito, sino por sus influencias. Analizando las condiciones económicas de la globalización,

The Economist concluye que no habrá violencia en Europa en tanto ésta conserve su movilidad social, esto es, en cuanto el hijo de un campesino tenga la oportunidad de competir por una beca, estudiar, graduarse y ser contratado en un puesto de prestigio. En Colombia sólo los miembros de la clase en el poder gozan de este derecho, o, como nuestros políticos dirían, de este privilegio: un estudiante no puede obtener una pensión gubernamental a menos que divida el monto de antemano con un senador; las becas de Colciencias o de creación de la cultura no son otorgadas con base en los méritos de un candidato, sino de acuerdo a la partición de los premios con el jurado; los cargos prominentes de gobierno son acaparados por los hijos de la oligarquía, quienes ostentan títulos de universidades extranjeras —cabría preguntarnos si, además de sus títulos, estos delfines poseen otros méritos—. El círculo es vicioso: quienes han prosperado a través de influencias y manipulaciones menospreciarán al hombre o la mujer de genio, mérito y el talento.

Dicha actitud es más evidente ahora, cuando el gobierno se empecina en disminuir el presupuesto educativo. Las nuevas generaciones de colombianos sólo puedrán escoger entre la resignación, la violencia o el destierro.

Esta actitud, siendo ideológica, es permanente: bastará que un nuevo gobierno derroqué al gobierno de turno para que los colombianos comprueben que la violencia es permamente. Es necesario, por lo tanto, establecer las causas de este menosprecio; mencionaré en este artículo las cuatro causas que, pienso, prevalecen.

Causas de nuestro menosprecio

La barbarie, recrudecida en Colombia por el conflicto entre los indios caribes, los colonizadores españoles y los cimarrones. Colombia, como Méjico, ha sido el escenario de cruentas guerras por la posesión de la tierra. En comparación, las demás naciones latinoamericanas han sido afortunadas: en Perú, Bolivia y Ecuador los Españoles simplemente usurparon una tiranía esclavista. Dicha barbarie, como ya lo mencioné, es la incapacidad de reprimir nuestro menosprecio innato.

La corrupción: Platón escribió que la clase dirigente de un país refleja la moral de sus habitantes. Es absurdo denunciar la corrupción en cuanto el país no imponga penas severas contra la corrupción. Nuestra licencia es un modo de complicidad.

El neocolonialismo, de los medios de comunicación, los cuales menosprecian el cuerpo y la figura de la mayoría de los colombianos. Como en cierta caricatura de Quino, son los modelos rubios y esbeltos quienes promocionan una infinidad de productos a una población de cabellos oscuros.

La dramaturgia maniqueísta, que es común a todas las naciones, y desconoce variables étnicas y económicas: es la ideología del cine y los juegos de video, que elogian a la muerte. Cualquier película célebre, como Indiana Jones, o Pearl Harbor, identifican al espectador con un héroe, quien, ofendidos, habrán de asesinar a sus rivales. El impacto de la dramaturgia en la educación ya preocupaba a Platón, quien en el tercer libro de «La República» propuso censurar a los escritores de su generación. Sus procupaciones regresan hoy, cuando en los Estados Unidos y en Europa jóvenes asesinos confiesan que los juegos de video provocan su menosprecio.

Hace unos años asistí a una marcha contra la impunidad sobre las calles de Bogotá: una multitud enarbolaba una bandera gigantesca de Colombia sobre la avenida séptima y, como tantos transeúntes, me acerqué a tomar parte en aquel despliegue nacionalista. Para mi sorpresa, el ambiente de agresividad predominaba: alguien insultaba, otro daba órdenes: los jóvenes se mofaban de los ancianos. Una mujer me trató de entrometido y me instó a que diese paso a la bandera. Desde entonces se que todas nuestras marchas, como nuestras campañas políticas, son despliegues de retórica: gritos egoístas por la paz, por la impunidad y contra la violencia. En lugar de instigar a las mujeres a que agredan a los hombres, más valdría organizar un día nacional del aprecio, en donde cada cual se comprometa a respetar a sus conciudadanos.
El Fin de la Inmortalidad


Las torres gemelas y un ala del Pentágono han sucumbido, y con éstos las ilusiones de inmortalidad de nuestra civilización. Estructuras de acero que protegían la economía y la administración más sólida del orbe; 
el apogeo del progreso, como en otras épocas lo fueron los jardines colgantes de Babilonia, El Templo de Jerusalén y la Pirámide del Sol.

Más inquietante que el número de víctimas de esta masacre, es la certeza de que incluso la creación más elaborada está supedita a la destrucción.  Cimentada en la ciudad más densa de Norteamérica, en la isla que articuló la creación del país más poderoso, el World Trade Center era el sitio al cual todos los hombres y mujeres aspiraban; nuestra economía oscilaba al vaivén de sus decisiones, y la prosperidad o miseria de un continente dependía de las simpatías o antipatías de sus directores.  Sitio de atracción turística desde su inauguración, a donde miriadas de ciudadanos estadounidenses y extranjeros acudían a contemplar el panorama de Nueva York, allende el oceano: la cumbre del mundo, ahora reducida al polvo.  
Crecimos entre dicotomías, los Estados Unidos asumiendo el rol de la justicia y la Unión Soviética el de la perversidad. Indolentes, dejábamos de creer en los cuentos de los hermanos Grimm y los reemplazamos por las cintas de Hollywood, al parecer menos desfasadas de la realidad. A excepción de Citizen Kane, todos los filmes estadounidenses exaltaban la socieda más justa, la más infalible, la más libre, la más eterea, la única capaz de engendrar figuras inmortales.

La realidad en sí, inmensa, dinámica e infinita por naturaleza, no nos interesaba; es su lugar acudiamos a un espacio escapista, en donde el optimismo de Spielberg, Scorcese y Tim Burton primaban sobre cualquier tragedia. Aún para quien había sufrido la muerte en su vida privada, Hollywood era el monopolizador de nuestras aspiraciones. A nivel social solo la inmortalidad contaba. Hoy esa máquina de sueños se ha fundido, y quien despierta abandona la sala de cine para ser enceguecido por la luz del sol: no sólo nosotros, sino también las civilizaciones mueren.
Cuando Francis Fukuyama pregonó, tras la caida de la Unión Soviética, que todas las culturas del mundo aspiraban a ser los Estados Unidos, su propósito fue el de validar desde la filosofía la ideología de Casablanca, en donde Humphrey Bogart sacrificaba su vida para que su amante emigrase a Norteamérica. Los Estados Unidos se convirtieron  en el paraíso al cual todos los habitantes del mundo aspiraban; las crisis económicas, el hambre, la muerte, la segregación y el terrorismo pertenecían a otras gentes y naciones.
Hacia 1996, en un aula de la Universidad de Temple, discutí con un profesor británico la influencia de las cámaras de televisión en nuestra vida cotidiana; al mencionar las pesadillas de George Orwell sobre una sociedad que nos observa, mi profesor replicó que los Estadounidenses no son observados, sino observadores; gente que veía las imágenes de la guerra contra Irak y Servia y las comparaban con sus juegos de video. Su observación fue válida hasta el pasado once de septiembre, cuando los medios de comunicación se volvieron contra sí mismos para cubrir sus propias flaquezas; presas del pánico y la incertidumbre, los estadounidenses encararon su mortalidad por tres horas. La ilusión del «Fin de la Historia» se diluyó y dió cabida al miedo, la impotencia, la agresividad y la venganza.

Sería ilusorio pensar que la reconstrucción de las torres gemelas subsanará esta crisis. Cuando Felipe II perdió su «Armada Invencible» frente a a las costas de Inglaterra, sus ministros construyeron de inmediato una flota aún más numerosa. Aún así, España descubriría que su poderío no se basaba en su armada, sino en el prestigio y el temor que dicha armada suscitaba. Inglaterra, Francia y Holanda se tornaron países más osados, y su economía comenzó a depender menos de la corona española. Si hay guerra, es de predecir que el número de emigrantes a los Estados Unidos disminuirá a lo largo de esta década. 
Tres horas bastaron para que la mayor parte de la obra cinematográfica de Hollywood adquiriese tinte obsoletos. Ya no es posible pretender que los criminales, los monstruos del espacio y los desastres naturales serán abatidos por un galán o una diva de habla inglesa; el arte escapista se ha tornado inhumano, y los juegos de video más plácidos evidencian su comercio con el odio. Incluso el optimismo de los cantantes en boga adquiere un aire sardónico.
Pero si el cine y la fotografía le otorgaron a Manhattan un carácter afectado y onírico, es ahora Manhattan quien obliga a las cámaras a que retraten su miseria. La literatura y el teatro banal de los últimos años clama ahora por un nuevo realismo, más transnacional, menos privado. El porcentaje de mano de obra ilegal en la economía estadounidense es ahora más palpable: el treinta por ciento de las víctimas fueron indocumentados.

Los Estados Unidos pierden su imaginario inmortal, pero con este percance recobran su humanidad. Sería apropiado hablar de una crisis espiritual, si retomámos el sentido etimológico de la psicología. En Nueva York, como en Bombay, como en Bogotá, la gente nace y muere día a día; ya no podemos aceptar la ilusión de que hay un sitio más seguro que otro en medio de un universo frágil. Pero lejos de caer en el nihilismo, es nuestra mortalidad quien nos reconcilia con el infinito, o, como Luis Carrillo escribió en el siglo diecisiete:

…si me da la muerte
el mismo tiempo me ha de dar la vida











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