1979
¡Oh
paz, es un día de dolor!
Tennyson
Al
nacer pociones atroces
entraron en su
sangre
Su
rostro terso adelgazó en
salas de emergencias
Cordero
que
su pastor entregó y
sacrificó
Por
el perdón de nuestros
excesos y desmanes
A
sus dos años mi hermana se
encausó
En
el arroyo que deja al mar
para asentar riveras
Las
sombras en cada estío nos
reflejan
Sus
pasos, de su mano, sobre
un parque abandonado
Inocente,
agradecida,
presta a seguir a los
pequeños
Yo
la despedí desde el zaguán
El
día brillaba sin augurios
nefastos
Ella
me
espetó graciosa antes de
reiniciar su marcha
Mi
padre la trajo al hospital
en la mañana
Al
llegar la vi jugar con
otros niños
Sus
ojos me buscaron; un
doctor la cubrió
Antes
de
conducirla lívida a su
alcoba
Cubierta
por
una sábana de alces y
gacelas
Vimos
su
rostro sesgado por
serpientes,
Agujas
que
herían sus brazos,
Electrodos
traspasando
sus bronquios
Las
enfermeras me separaron de
Cristina
Cuando
ambos
más precisábamos de estío
Yo
era su guía, quien la
vestía en las mañanas
Ella
mi
cómplice, quien encubría
mis errores
Sus
pucheros lejos de mí
cesaban
Marchitos
como
un campo sin
lluvia
En
la niebla más espesa desde
la cuenca del Nilo
La
congoja más antigua cocía
sus aromas fríos
Su
cuerpo exangüe abarcó una
caja de madera
Náufrago
abandonado
en altamar
El
universo enmudeció, el sol
descolló
Y
ella, confundida, dejó sus
ojos risueños
El
fulgor rosáceo de una
aurora pasa
Como
su
rostro tenue frente a mi
ventana
Cómo
acudíamos
entonces
A
la Inmaculada Virgen por
consuelo
Las
tejedoras de mortajas
prescindieron de mi
anuncio
En
mi cuerpo toda partida era
lejana.
Aquella,
la
última noche de los niños
Oramos
por
su porvenir, conjuramos
las tinieblas
Al
volver a casa, un trece de
marzo
El
viento inclinó los árboles
a nuestro paso
Cómo
me
hablaban del descanso,
Tan
agradable
a quienes sufren
Mis
pulmones cedieron ante un
ser convulsionado
Y
ante una multitud que
gemía palabras ancestrales
Así
padecimos la impotencia de
su ausencia.
Et
expecto resurrectionem
murtuorum
Lágrimas
partieron
en su búsqueda
Su
traje de encajes, sus
botines, escapaban
La
noche cayó en ella
Y
yo en ella ahora
agonizante
Veinte
años
más tarde el sol declina
Y
su tez amarilla
resplandece bajo el cielo
Nuevos
esfuerzos
prolongan más esfuerzos
Sobrevivo
y
cada noche me acerca hacia
sus brazos
La
luna efervescente se
filtra desde el firmamento
Y
mi hermana regresa a
acariciar mi frente
Niños
sollozábamos
desde las ventanas
Cómo
las
mariposas nos seguían
pródigas al iniciar sus
juegos
Desde
entonces
preservas mi memoria
En
ciudades que desconocen
mis congojas
Como
el
viento que en sus cambios
Consuela
en
cada uno sus secretos
Cada
día
tu eco me reviste
Presta
en
letargos de insomnio
Cada
día
rebosas de dulzura
El
espacio de los días
condenados
Nos
deja un sabor agridulce de
esperanza
Nadie,
nadie
perece hasta que su
bienamado
muere
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