Hugo Santander Ferreira

  
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Himnos a la Muerte

A Jeannette Cristina Santander Ferreira
(Febrero 1 de 1977 – Marzo 12 de 1979)

Jeannette Cristina
                                            Santander
Juntos tejimos las alcobas, la vereda, el barrio

Por dos años que se fueron para estar por siempre...
Primero aprende a amar a quienes viven

Después podrás divagar sobre los muertos

 

W. Wordsworth
Consideramos a la muerte como una maldición inmerecida

Pero no hemos de saber, ingenuos, lo que nos entrega

Hasta cuando la hayamos sufrido por un día

 

E. Spenser
 
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A mis diez años mi hermana enfermó de gastroenteritis. A la mañana siguiente alguien me dijo que Jeannette Cristina había muerto. El firmamento cayó, el sol palideció, el aire se descompuso...
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Reyes del Mundo

 

La edad no disminuye la intensidad del sentimiento

Lautréamont

 

Tú y yo, racimos frágiles

Que florecían en las grietas

De una ciudad siniestra

De comerciantes y danzantes

 

En tu tez lívida el afecto

Ileso como un crepúsculo sin nubes

Madera de los muros, las montañas

De la materia eterna, el sentimiento

 

Tu partida inesperada es mi partida

¿A dónde has ido?

Tus abrazos, tus respuestas, aun regresan

¿A dónde, hermanita, amiga mía?

 

¿A qué viniste, Cristina?

¿A padecer acaso el universo?

Los bosques, las ciudades ¿fueron nuestros?

Mis lágrimas aún caen en tus días 

 

Amaste, ¿naciste entonces, falleciste?

La vida pasa; el amor, en cambio, es para siempre

Como tu inocencia que renace en la alborada

Sobre los días grises y las agrias noches 

 

En cruceros de cartón surcábamos el mundo

Sobre un mar tan amplio como el mar Egeo

Aves amarillas graznaban bajo un cielo azul

De aire endulzado por frutos caídos

 

Mis brazos fueron estelas de arena,

Columnas a las que te aferrabas

Al escuchar rumores, al divisar

Ogros y gorgonas, espejismos sobre el agua

 

En tu vida inmensa está mi infancia

No en los negros días, segregado

Ni en las condenas, ni en las reyertas callejeras

Ni en las ejecuciones públicas, lejanas

 

El rostro que descubro ante el espejo me es ajeno

El mío lo perdí cierta mañana de Marzo,

En las afueras de un suburbio;

Su firmamento, sus aguas, aún lo esperan

 

Descarnado, envejecido, endurecido

Caminando sobre los trazos de Getsemaní,

Retardado por esa sangre en esa arena

Discierno dejos de tu afecto en otros rostros      

 

Otras voces te recordarán, Cristina,

Sin tu agonía jamás habría comprendido

La inmensidad inconmensurable de un amor

Ni las praderas de la eternidad cercana

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1997

 

Descalza, sobre las playas del Caribe

Cristina recorría el mundo a pasos cortos;

Sus piernas, salpicadas por las olas

Agitaban la espuma solemne de un océano pacífico

                                    

Cogida de mi mano mi niña pisaba el agua fría

Para retornar temblorosa hacia mis brazos.

Cómo a veces, cansada de sus juegos,                                                                 

Cristina se adormecía en mi regazo

Cómo el universo nos mimaba, 

Yo su tutor, ella aprendía

 

Cuántas naciones han muerto,

Cuántas sobreviven

 

Manos que edifican ciudades y salvan fronteras

De un país a otro, anquilosadas,                                                                          

Soportando indiferencia plena, paz, querellas

Atrofiadas, ocultas en portamonedas.

Su disposición aprueba las vejaciones de un horario

Y se refugia en el pasado como una presa herida

Sólo el silencio de los astros nos consuelan

Emigrantes, criminales, al vaivén de sus temores

Entre cuerpos que prolongan la agonía de otro día

Insepultos, ajenos a la paz de los cipreses.

 

Cuántas naciones han muerto,

Cuántas sobreviven

 

Nuestra felicidad se agota en su insistencia

Trazando periplos a través de un globo enfermo

Alimentándonos,  copulando bajo túmulos de piedra

Desterrados de las playas que albergaron nuestros pasos                  

Las fragancias del ocaso aún preservan nuestras penas

Su cuerpo etéreo, entre tejidos blancos, nos suplica

Desde la quietud de su refugio oscuro,

Y los alhelíes crecen, los festejos persisten

Los amantes pasan, las guerras prosiguen

Nuestro porvenir avanza hacia el sepulcro

 

Cuántas naciones han muerto,

Cuántas sobreviven

 

El temor de quienes te celebran,  

Pasa como la angustia del sustento                                                                     

Ungido en el polvo indígena del Chicamocha

Con la cadencia de los conquistadores y sus siervos

Sumerjo mi cerviz en pantanos insalubres

Y anuncio la resurrección del orbe;

La impureza y la dulzura de las religiones dejo

Para reconciliarme con el silencio de los astros                                                                    

Siguiendo sus pasos a la orilla del mar Muerto

El misterio único su ausencia

 

Cuántas naciones han muerto,

Cuántas sobreviven                                                                                       



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1979

¡Oh paz, es un día de dolor!

Tennyson

 

Al nacer pociones atroces entraron en su sangre 

Su rostro terso adelgazó en salas de emergencias

Cordero que su pastor entregó y sacrificó

Por el perdón de nuestros excesos y desmanes

 

A sus dos años mi hermana se encausó

En el arroyo que deja al mar para asentar riveras

Las sombras en cada estío nos reflejan

Sus pasos, de su mano, sobre un parque abandonado

 

Inocente, agradecida, presta a seguir a los pequeños  

Yo la despedí desde el zaguán

El día brillaba sin augurios nefastos

Ella me espetó graciosa antes de reiniciar su marcha

 

Mi padre la trajo al hospital en la mañana

Al llegar la vi jugar con otros niños

Sus ojos me buscaron; un doctor la cubrió

Antes de conducirla lívida a su alcoba     
                                                         

Cubierta por una sábana de alces y gacelas

Vimos su rostro sesgado por serpientes,

Agujas que herían sus brazos,

Electrodos traspasando sus bronquios

 

Las enfermeras me separaron de Cristina

Cuando ambos más precisábamos de estío

Yo era su guía, quien la vestía en las mañanas

Ella mi cómplice, quien encubría mis errores

 

Sus pucheros lejos de mí cesaban

Marchitos como un campo sin lluvia                                          

En la niebla más espesa desde la cuenca del Nilo

La congoja más antigua cocía sus aromas fríos

 

Su cuerpo exangüe abarcó una caja de madera

Náufrago abandonado en altamar

El universo enmudeció, el sol descolló

Y ella, confundida, dejó sus ojos risueños

 

El fulgor rosáceo de una aurora pasa

Como su rostro tenue frente a mi ventana

Cómo acudíamos entonces

A la Inmaculada Virgen por consuelo

 

Las tejedoras de mortajas prescindieron de mi anuncio

En mi cuerpo toda partida era lejana.

Aquella, la última noche de los niños

Oramos por su porvenir, conjuramos las tinieblas

 

Al volver a casa, un trece de marzo

El viento inclinó los árboles a nuestro paso

Cómo me hablaban del descanso,

Tan agradable a quienes sufren

 

Mis pulmones cedieron ante un ser convulsionado

Y ante una multitud que gemía palabras ancestrales

Así padecimos la impotencia de su ausencia.

Et expecto resurrectionem murtuorum

 

Lágrimas partieron en su búsqueda

Su traje de encajes, sus botines, escapaban

La noche cayó en ella

Y yo en ella ahora agonizante

 

Veinte años más tarde el sol declina

Y su tez amarilla resplandece bajo el cielo

Nuevos esfuerzos prolongan más esfuerzos

Sobrevivo y cada noche me acerca hacia sus brazos

 

La luna efervescente se filtra desde el firmamento

Y mi hermana regresa a acariciar mi frente

Niños sollozábamos desde las ventanas 

Cómo las mariposas nos seguían pródigas al iniciar sus juegos

 

Desde entonces preservas mi memoria

En ciudades que desconocen mis congojas

Como el viento que en sus cambios

Consuela en cada uno sus secretos

 

Cada día tu eco me reviste

Presta en letargos de insomnio

Cada día rebosas de dulzura

 

El espacio de los días condenados

Nos deja un sabor agridulce de esperanza

Nadie, nadie perece hasta que su bienamado muere    

 



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Al Abrigo de su Ausencia

 

Pues mientras sus días son días de congoja

Tú, en paz, durmiendo en silencio

En algún mundo desconocido, inmóvil, remoto

S. T. Coleridge

 

A la mañana siguiente desperté abatido

Por una pesadilla en que morías

Me levanté y encontré tu habitación vacía 

 

Me ha dejado, sí, mi hermana me ha dejado

 

Mis miradas rodaron sobre tu lecho destendido

Como gotas de lluvia en la tormenta

Certeza que atravesó paredes y almacenes

 

Me ha dejado, sí, mi hermana me ha dejado

 

Mi padre ascendió las escaleras.

Cómo nuestro corazón precisaba 

De tus manitas para palpitar
                                                                               

Me ha dejado, sí, mi hermana me ha dejado

 



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Epitafio

 

Caminante, si la fragilidad te inspira

Trunca tus palabras y ora por nosotros

Aquí yace Cristina, bienamada hermana


Hacedora de concordias, mensajera

Desahuciada desde su nacimiento

Vivió para amar por veinticinco meses


Tiempo amoroso que inspiró a otras vidas

Tiempo que jamás cesó tras su partida

A lo largo de ciudades y rostros peregrinos     


Jugueteando sobre valles y cañadas

Cristina nos alejó de los temores

Que consumían a un país de muerte


La Virgen entre sus brazos la ha tomado

Ora y ama mientras vivas, transeúnte

Ora que Cristina en Cristo nos reclama



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 Destierro de la Muerte

 

Desde la calma de otro día de destierro

Al trazo abigarrado de un crepúsculo sereno

A ti también te elogio, Muerte

 

Como un niño que festeja un abrazo inesperado

Como un mártir que discierne la eternidad en su agonía

Como un prisionero que escucha una voz desde su celda

 

Otrora las falanges caían temblorosas a tu paso

Aferrándose a la esclavitud de sus pesares

Inclinándose ante el egoísmo más paciente

 

Tu presencia cada cavilación resuelve

Soy un héroe que desprecia una vejez sumisa

Y navega opuesto a las vertientes más estrenuas

 

Desde el candor de este desierto aguardo

Tu caricia entretejida en formas de alabastro

Cuando me libres de este polvo presuntuoso

 

Me conducirás a una pradera inmensa

Irrigada en las aguas de un Ganjes impoluto

Donde todos los hombres y los animales pacen

 

Mi corazón palpitará al oír la música más plácida,

Abrirás gentil las puertas de mi descendencia

Y me engalanarás en mantos de paz desbordante

 

Veré a Cristina, recibiéndome radiante 

Con ramos de rosas en sus manos      

Y ambos nos abrazaremos, cómo antaño

 

Cansada de sus juegos

La veré saltar desde la playa

Para reposar de nuevo en mi regazo




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