Gratia
plena
Cuando
instigaba a la noche
Cuando
las tumbas brotaban
Cuando
mi voz se escondía
Cuando
un pariente moría
Cuando
concurrencias me vejaban
Cuando
descendíamos del podio
Cuando
los más allegados huían
Cuando
me perdía en un abrazo
Cuando
los templos caían
Cuando
escenificábamos el mundo
Cuando
velábamos sus ruinas
Cuando
los campos de orquídeas ardían
Cuando
el norte emergía y se hundía
Cuando
los trabajos cesaban
Cuando
el desdeño asediaba
Cuando
entre pesadillas partía
Cuando
despojado clamaba
Cuando
en el cabo mendigaba
Cuando
cónyuge perdía la vista
Cuando
sobre el mar vagaba
Cuando
clamábamos otros idiomas
Cuando
naciones hostiles despuntaban
Cuando
la ley zahería
Cuando
cubríamos la noche
Cuando
sí, sollozábamos
Allí
tú siempre en el silenciotú
estabas
Dominus
Tecum
En
noches abatidas apelé a ti
Para
que protegieses el naranjo
Que
mis ancestros deshojaban
Ardió
y de sus cenizas brotó un huerto
Te
presentía en noches sinuosas
Cuando
culpable de extirpar mi culpa
Atentaba
reducir el orbe a la crueldad
En
ti la humillación, la espera, una virtud
A
orillas de un caudal lejano
En
donde el sol doraba sus reflejos
Ante
mí fulguraste sosegada;
Cada
madre podía irradiar la luna
En
tu luz el aleteo de las aves
La
caricia del ciervo en tus cabellos
La
tersura y la fragancia del olivo
Son
destellos de un día apacible
En
tu serenidad la creación cavila
Escogiendo
a asesinos y rameras
Compartes
sus abismos infligidos
Consuelas
en cada vacilación su muerte
Sufrimientos:
árboles de frutos
Aristas
de un diamante depurado
Murallas
que construyeron colmenas
Lágrimas
de sangre en la espuma del mar
Tu
sal y tu luz aún nos sustentan
Tu
presencia amaina esos torrentes
Ni
las burlas ni los recatos nos separan
Al
abarcar las laderas del mundo
Descubro
tu abrigo en la hierba más espesa
Abrigo
que aún en los desiertos crece
La
armonía de una hoja me acompaña
La
nieve cayendo sobre la arboleda
El
sol que calma al reflejar su rostro
Voluptuoso,
egoista, indeciso,
Y
aún así tu reminiscencia me concilia
Con
la mortalidad y cada flaqueza
Que
las lápidas abran sus candados
Desvistiéndose
de jerarquías y dominios
La
resurrección sucede en el lamento
Entre
los elementos
Tu
amparo, el más tangible,
Amor,
amor, amor sin muros
Adonai
Sobre
las dulces cañadas de los andes
Me
entregaste tu sabiduría, Adonai
Al
viento de los páramos ya intuía
Que
el abismo en que nacía jamás sería el mío
Uno
a uno forjamos cada sufrimiento
El
maná de mis días y mis noches
Los
cráteres en mi rostro lo atestiguan
Luna
que soporta la furia de otros cuerpos
Adolescente
aspiré a ser el tiempo
Mas
el tiempo, Adonai, interpuso mis flaquezas
Abandonado
sobre ciudades inmensas
Entregué
al viento los sentimientos más sublimes
Soltero
distraído y errabundo,
Fui
Hamlet, fui Prometeo, fui Shakespeare
Los
versos más hermosos insuflaron mis deseos
Y
éstos las desventuras de mi lozanía
Ranas
croaban ante destellos luminosos
Las
imágenes eran perfectas, perfectos los proyectos
Más
la noche y sus excesos eclipsaron mis palabras,
Uno
a uno vieron mis esfuerzos derrumbarse,
En
las costas de Hércules aspiré a lo inmóvil
Contra
la lascivia ponzoñosa de tres tifones
Titanes
que usurparon mis esfuerzos y escaparon
El
mar aún los preserva partir de mis recuerdos
Comprendiéndote
fueron tantas las alegrías
Sobre
las calles de Manchester y Barcelona
Alegría
breve, como la vida de aquel desconocido,
Hacedor
de mis delirios, aún perdido
Si
integro fui, fui fiel a mis doctrinas
Contrarias
a los sofistas de la India, de Francia e Inglaterra,
Más
prestos a ensalzar el estupro
Como
manifestaciones de culturas obsoletas
Comparado
con Mister Smith en Washington
Arrojado
al año más incierto y peligroso,
Sólo
tú, Adonai, me salvaste del puñal
En
ti todo lo he arriesgado y todo lo he obtenido
Orando
recobró cada esfuerzo,
Y
si he muerto en cada amanecer regreso
Sin
perder aquellas, mis ilusiones más truncadas
Lejos
de mí, ¿quién mas las cuidaría?
Londres,
julio 4 de 200
En tu Mar
Sé que antes de vivir ya elegía mi destino
Circumnavegando imperios y gorgonas
Qué poco consciente era del peso de los años
Cuando la enfermedad asoma en quien amamos
Inútilmente confiaba en una muerte pasajera
Como tantos antepasados que cayeron
Al vaivén de batallas, elecciones y pasiones
Sobre los paraísos de Colombia
Ya niño me conducías a través de mis lecturas
Por las calles de Montmartre y Covent Garden
Sobre las arenas de Alejandría, Cartago y Babilonia
Hasta dejarme a la rivera del Avon en Stratford
Grande ha sido mi fé, grande mi caída
Cuando presuntuoso abusé de tus prebendas
Cabizbajo añoro una gota de tu sangre
Tan inmensa en misericordia como el mar
Pues tú fallecías a tus treinta y tres años
Denunciando y perdonando errores y desmanes
Yo, en cambio, más prudente o agobiado
Preservo mis días como un árbol que decrece
Londres,
Mayo 28 de 2005
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