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De
ojos que quiebran los guijarros
De sonrisas sin cavilaciones
Por cada sueño
De ráfagas de gritos en la nieve
De lagos que visitamos desnudos
Y de sombras sin raíces
Paul Éluard
Gea
La
nieve se deslizaba a nuestros pasos
A
la orilla de un gran lago
congelado
Entrelazados
en la bruma caminábamos
Sobre
una muralla, el confín del universo
Abajo,
sobre la hierba del invierno
Nuestros
niños, despreocupados, jugueteaban
Balanceando
su porvenir en sus columpios
Tu
los veías, yo en la noche te alentaba
Las
gaviotas graznaban abatidas
Anunciando
tu partida sin
regreso
Mis
soliloquios en cafés desventurados
Tus
idilios en cabinas pasajeras
Las
imágenes, las palabras, las monedas
Que
subsanaron nuestro desasosiego
Como
la savia que brota de las ramas cercenadas
Así
erramos por varias ciudades
Descubriendo
en cada una su impostura
Una
injuria, un desmán, la quintaesencia del progreso
Las
furias conformaron tu cortejo
Me
acusaste, me condenaste, vagamente
arrepentida.
Tu
cuerpo maternal escapó enjuto de mis brazos
Démeter
Alejada
al añorarme
No
contemples en la luna su hermosura
Sino
mis ojos que en ella te buscan reflejados
Perséfone
Obedezcamos
a la oscura noche
Homero
No,
Señora, tampoco estuve allí
Ni
mi sangre corrió por los campos Eliseos
Sólo
un beso arrancado de la lluvia
Permanece
velando esta quietud
La
ciudad era destruida, el campo
Aniquilado
el
firmamento
Apresurados
cavilábamos
A
lo largo de mausoleos, catacumbas
Presas
de una revolución
confusa
El
invierno zahería, el ruiseñor moría
Y
los dos, ya juntos, trocábamos un plato de
lentejas
Al
amparo de otra madrugada
Afrodita
Sobre
el patio de tu casa
Entreví
tu encanto
Yo
jugaba sobre la acera opuesta
Bajo
la sombra de un
almendro
Te
observé y quise acompañarte
En
cada día, en cada noche
Palas
¿Qué
puedo disfrutar del mundo
Que
ya no haya disfrutado como un héroe?
He
bebido café, he saboreado pasteles
Me
he obsesionado con una mujer hermosa
Heine
El
sol la coronaba de arco iris
Al
despertar, cada mañana
Sobre
su tez quemada
Las
nubes se abrían a su encuentro
Y
yo la besaba a sus espaldas
Acrecentando
la aprehensión del orbe
Aves
migratorias
anidaban
Al
impulso de líquenes
cefireos
Sobre
el alféizar de nuestra ventana
Un
ánima celosa convocó a las ménades
Y
yo tan débil, tan nervioso
Huí
del jardín que cultivaba
El
astro la consoló enamorado.
En
la placidez de tantos hombres y países
Sus
ojos vulnerables buscaban mi aprecio
Hera
Pasa
esta tarde solitaria y no te encuentro
En
otro tiempo te abrazaba junto al
parque
Entrelazabas
mis manos y te guiaba
A
lo largo de puentes en contienda
Ahora,
sobre un paraje más tranquilo
El
rocío evaporado anega mis pestañas
Muere
el otoño y bajo mis huellas
La
hojarasca cruje al vaivén de mi nostalgia
Tus
celos el arsenal de mis pesares
Tus
miasmas la más vaga ausencia
Tantos
días enamorados que se alejan
Como
las hojas de un bosque incinerado
Mundo
reciente contra mi amor
constante
Hazañas
que hurtaron nuestras palpitaciones
Jamás
sabrás de mi infelicidad emprendida
Añorada
en tantos campos cultivados
Cuanto
amada, extraña y extrañada
Cercándome
aquí, ayer, ahora, indecisa
En
Atenas, ciudad de ciénagas
El
más frío de todos los paisajes
Gente
indefensa, hacinada y agresiva
La
imagen a la que todas las imágenes regresan
Nuestros
besos se disolvieron en sus
alcantarillados
Al
rumor de un aleteo impreciso
Nos
amordazaron, nos lanzaron de bruces,
Fabricamos
su historia, sus tramoyas
El
último sebo antes de su revuelta
Y
tu allí estabas, despectiva estabas
Ifigenia
Su
connubio arroja
Un
huracán en su contra
Carmina
Burana
Fabricamos
la noche
La
humedad, los ojos, las caricias,
Puente
ágil, frágil y agrietado
Al
volver el rostro el viento es frío
Y
el paisaje, erosionado por la
lluvia
Se
derrumba bajo un mar enardecido
Andrómeda
Sucesos
nefastos nos llevaron
Hasta
Tallahassee, cueva de gorgonas
Hablamos
y no fuimos oídos
Nos
compadecimos y fuimos desdeñados
Mi
constancia trazó su inmundicia
Y
ellas, inmóviles, se desangraron
Mis
encomios perdieron su enjundia
Y
peregrinamos hacia San
Agustín
Al
fragor de un auto apresurado
Las
granjas cedían a tu costado
Como
una cinta de cine mal
embobinada
Como
las fotografías de un viaje truncado
Alojados
en moteles de cartón
El
agua enmascaraba nuestro afecto
Tras
los amaneceres de un invierno primitivo
Nuestros
deberes nos separaron, nos dejaron
Mientras
tus ojos tristemente grises se apagaban
Luna
engalanada, soberbia entre sus nubes
Segregados
transcribimos nuestro encuentro
Sobre
las hojas sueltas de un roble demacrado
Andrómaca
Y
ahora, ¿quién siente pesar o discordia?
El
amor es el universo de este día
Aquellos
son esclavos de un porvenir ominoso
P.B.
Shelley
A
lo largo de una plantación
devastada
Mi
mano buscó tu rostro nervioso
La
tarde de domingo agonizaba
Tarros
de lata rodaban sobre los andenes
Sobre
los caminos vírgenes de Atlanta
Hiedras
y espinas poseían la tierra
Tu
circundabas edificios despoblados
Temerosa
de emprender otra discordia
El
viento frío aún conservaba el
vértigo
De
tus ojos antes de su vuelo
Años
después me
preguntarías
De
qué modo las constelaciones
Deterioraron
la bóveda celeste
Clitemnestra
Su
éxtasis, como la ambrosia
Es
la acequia que calma una nostalgia
Consumida
por noches de insomnio
Bruño
su piel al fragor de la alborada
Penélope
El
recuerdo encantador de esa doncella
Verlaine
Al
cabo presiento tus palpitaciones
Salimos
bajo un cielo encapotado
Sobre
un puente célebre de piedra
Las
vitrinas reflejan nuestras
sombras.
Entre
hordas de saltimbanquis y mendigos
Pasa
nuestro idilio en almacenes
Tu
presientes mi palpitación cansada
Y
sobre un banco hilas mis cabellos
Yo
entierro mis sandalias en la arena
Y
me recuesto sobre un campo hirsuto
Desconocía
tu origen, tú el destino
Mas
esa dicha pretérita se olvida
De
vuelta a casa retomo el aire que abandonas
Y
me entrego a las corrientes de tus
venas
Medea
Hoy
cuando recobro mis
fuerzas
Te
entregas a mi cuerpo vergonzoso
Hoy
cuando la primavera avanza
Secando
esos arroyos imprevistos
Me
escribes en tinta de sangre
Que
nos amábamos bajo una tormenta
Que
prescindíamos de compromisos
Que
nuestra despedida era ilusoria
Mas
nuestro amor acaba, amada mía
Como
empezó, en las
catacumbas
Bajo
el peso de un ayuntamiento
Entonces
surcábamos océanos furiosos
El
carácter intratable de nuestros tutores
Acabó
en el aroma de mi piel bronceada
Dafne
A
través de un marco de vidrios dislocados
Tu
bruma recorrió los cuartos
Tu
armario enmohecido, tus tejidos
Y
sacudió inclemente mi fragata
A
tus veinticuatro años derrotabas
Las
hordas de Jerjes, su flota en
Salamina
Náufrago
en el mar Egeo me ahogué
En
aguas desesperadamente claras
Un
grupo de mercaderes me prendió en la playa
Cuánto
esperé la impiedad de tus falanges
Más
tú, recluida en el Peloponeso
Celebrabas
con una orgía mis desmanes
Esclavo
de amos más serenos
Huí
a las candentes dunas del Sahara
A
abrazar tus formas en la arena
Ni
la cúpula ni la muerte prolongaron tu
hermosura
Tus
recuerdos me carcomerán sin prisa
Indeseado
es este espacio sin abismos
Seré
una bestia que sin reproducirse acaba
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