Hugo Santander
Ferreira



   

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Ciudades que me desterraron



¡Hacia mí! Mi oído extranjero escucha

El alboroto de una bienvenida cercana

E. Dickenson

Bucaramanga 1985

El destino de quienes nacen en Itaca

C. Kavafis

Ciertas tardes, desde nuestros postigos

Celebrábamos el regreso de la lluvia

Cieno sobre nuestra transversal cerrada

Desde un potrero derruido descubríamos

El ojo protector de un haz de sol

Que soberbio entre las nubes fulguraba

Así crecíamos, entre alcázares roídos

Habitados por vecinos resignados

Que adioses desde sus pórticos lanzaban

Ese espacio aún abunda entre las nubes grises

Que en su tañido arcaizante nos preparan

Para emprender incandescente otro destierro

Tantas vivencias nos asistían entonces

Mi primera palpitación enamorada

Que estéril cayó y se disolvió en el polvo

La carta que escribiese a un compañero

Al sufrir en una disputa su abandono

Mi brío al ponderar al ocaso tus confines

Mi tersura, nostalgia de mis padres

Que me condujo a un lívido abandono

Y el amor, dádiva de un bebé que ya moría

La caja atada con cuerdas a mis hombros

En donde a veces también senté a mi alma

Para conducirla feliz sobre la acera

El día aciago en que enfrenté su muerte

El pesar inagotable de su cuerpo inmóvil,

Marea que me arrojó a arrecifes insaciables

Son las briznas y tempestades de mi barrio

Las que me preservan lejos del naufragio

Calles ingrávidas que alientan los años tardíos

Son tus ánimas quienes desde el valle de los muertos

Conducen mis palabras desde ventanas más prósperas

Aún escucho el rumor de esos juegos al poniente

Bucaramanga, recluso en mi cuarto danzaba contigo

Con el tiempo mis piernas salvaban tus tejados

El sitio que azotó a mi infancia, hoy mi castillo

Aunque otros derroteros nos sorprendan lejos

Aunque tu recuerdo se enseñe indolente a los vencidos

Lo infinito sólo crece en los primeros surcos

La indecisión de nuestro rival ha muerto

Que una virgen se apiade de mi desasosiego

Y me enseñe a soportar el odio más tortuoso

Hoy en vano exalto las estructuras de Roma,

El campo baldío que circunda a Nápoles

Y la línea quebrada de las vegas desde la distancia

Las Vegas, 6 de abril de 1998

Cartagena 1985

Jamás conocerás la belleza de aquel alba

Ni que tu adolescencia alguna vez fue mía,

A tus catorce años inspirabas las caricias

De un hombre que desconocía a los hombres,

De años tiernos, de palpitaciones inciertas

Yo prolongaba sobre la arena tus festejos

Aquel año expiraba, año como tantos presente

Y aquella noche de luna descompuesta

Habías partido; agitado te busqué

En los castillos y en las tabernas más oscuras

Al detenerme entrelazada suspirabas

Nuestra soledad es siempre tan inmensa

Aquélla noche comprendí una a una tus sonrisas

Las olas de Cartagena, al estallar

Aún lamentan los rumores de mi despedida


Palermo

Lentamente el ahogado recorre sus dominios

L. Cernuda

El clamor de tus escombros

Se eleva desde una selva postrada

De hojas y frutos ponzoñosos

Vuelves, por tanto tiempo temida

Y me apuñalas sobre mi costado

Halas mis riñones, los devoras

Dejas tu festín y me abandonas

En una morgue de azulejos curtidos

Donde ninfas tejen mi sudario

Mis gemidos, mis heridas las cautivan

Y una hereje, olvidando su deber me cura

Con órganos extirpados de cirujanos enfermos

Mis labios coagulados la acarician;

Su cuerpo de nodriza me enamora

Ámbar que renueva una hiel putrefacta

Así sobrevivo, como marisma acicalada

Hijo de Ur, trémulo cojín que quería

Una lágrima de cristal aljofarado

Ahíta de persecuciones feneces

Y asiento nuestro hogar en Babilonia.

Qué agrio ha sido un día sin tu aplauso


Bogotá

¿Qué es este mundo agobiado, esta carne, esta bebida?

G. Herbert

Decoras tus puertas con rostros de mancebos

Decapitados por mercenarios castrados

Convocas a un congreso de bufones disolutos

Y legalizas tus asesinatos, tus embargos

Envías a un monstruo a litigar contra mi casa

Y nos envías a la oscuridad de países serenos

Desalojado al flujo de un paraje añorado

Acogemos las furias dispersas de parientes lejanos

Salmodias indolentes animan tus juergas

Cortejo fúnebre de plañideras ebrias

Vigilas la prosperidad de Ur y Tebas

Y desatiendes el comercio en tus murallas

Proteges el antojo de una imposición geográfica

Y ejecutas en su útero a tus bestias rebeldes

Más el polvo que te crea jamás muere

Sólo se deshace, como un cadáver vacilante


Filadelfia

Ensenada de horizontes bifurcos

Edificada junto a un alcázar de terracota

Bóveda amplia y celeste

Mancillada por aventureros indecisos

Bastión de senderos cubiertos de nieve

Y de tumbas profanadas a la intemperie

Cuántos polizontes gimen a tus puertas

Brutalizados por una guardia inclemente

Cuántos esclavos desmembrados

Yacen sobre tus cloacas, nauseabundos

Cuántos arlequines celebran tus proezas

Cuántos soportan tu agonía abominable

Hordas de próceres y especuladores

Fraguan las desdichas de mi cuerpo inmóvil

Entonces el vigor de tus fábricas vencía

Confidentes acudíamos a tus canteras

De mi casa una carroza con corceles negros

Me trasladaba a tu arrabal pudiente

Una doncella primorosa me inducía

A laborar en una torre inacabada

Cómplice de tus favorecidos

Asumí el látigo, la dependencia abyecta

Peón de pastores e ingenieros

En el trayecto de tu disolución

Desde las barandas de tus puentes

Deseaba cada domingo una revuelta

La espada de los corsarios fenicios

El desbordamiento de tus ríos polutos

Abajo un sol purpúreo se alejaba

Hacía las plácidas praderas de Numidia

Compadecida al fin de mis delirios

Me entregaste a una armada pusilánime

Fuera de los misterios de tus bibliotecas

Fuera de la eternidad de esa mirada breve

Puerto en donde descansé una noche

Agitado por un pasado doliente y ajeno

Harto de ayunos y de excesos

Remoto, al despertar en ti despierto

Atravesando esa avenida de banderas

En donde otro emigrante transcribiese

Que el mundo entero era un teatro

Y los hombres y mujeres meramente actores


Narberth

Camino de vuelta a mi refugio

Sobre un parque húmedo y minúsculo

Abro mis puertas y me acuesto

Sobre un lecho que las termitas preparan

Me duermo, y súcubos y euménides

Se disputan mis torturas y desaires

Un latido me despierta entumecido

Y el hambre, la sed, el coito me reclaman

Desde tus edificios, arrecifes escarpados

Que las tinieblas de la noche esparcen

Debilidad que delata mis carencias

Congojas por venir, reyertas, desdenes

El gemido continuo que la mañana censura

La demencia, el desamor, las zarzas, el cadalso

Juicio premonitorio, preludio insistente

De la frivolidad de los huesos y las torres

Travesía ululante de un espíritu desbocado

Que realza el fracaso de mis días perversos

El sol me devuelve a tu aire enrarecido;

Cúmulos nefastos opacan tus crepúsculos


Chicago

Descorres los pórticos de tus murallas

Y me arrojas sobre un campo infame

Una hueste africana me acompaña

Sobre desfiladeros, lagos y desiertos

La armonía del paisaje me agobia

A la par que invado a un país prisionero

En las noches visito las mazmorras y pregunto

A mis rivales sobre sus motivos

Algunos bajan sus testas vulnerables

Otros me provocan impúdicos

Mercaderes y meretrices me consuelan

Con sus piedras, sus lienzos, sus venenos

Vencido regreso a una masa foránea

Y me someto a las injurias del olvido

Tomo un ómnibus, regreso a un metro

Y cuestiono la alegría de pasajeros fortuitos

Ellos, desalentados, esconden sus miradas

Tras pensamientos más dolorosos o tortuosos

Vuelvo a una buhardilla y cándido pondero

La gloria o la infamia de un periplo segregado

Digiero mendrugos para no enfermar

Pues mi voz, cadencia extraña, me distancia

¿Quién se interesa en la cicatriz de un veterano?

¿Quién aprecia las proezas de Cartago?

Otro día y mis esperanzas se disuelven

Sobre un desagüe congestionado

Siete años y la caja de correo está vacía

Fúnebre has despreciado su escritura

Fatigado desciendes a otra noche ansiosa

A dialogar con meretrices, mercaderes

Lejos de sus logros y sus disputas intestinas

Te aguarda tu casa, el otro infierno


Oporto

Antes de acogerme deponías tu espada

A los pies de una ciudad trémula y enferma

Tu afán fue visitar concupiscente sus palacios

Desde nuestra agonía implorábamos tu gracia

Como tantos fugitivos africanos que clamaron

La protección de tus negreros portugueses

Taimado me embarcaste, a mí, el más débil

Prometiéndome un alcázar sobre el agua inmóvil

Desesperado me encomendé a tus confabulaciones

Creí en tu rostro abierto a todas las vertientes

Creí en tu abolengo de dagas sarracenas

En los trazos de mis padres mis hermanos

Desembarqué y besé tus arenas austeras

Plácido me enseñaste una iglesia acicalada

En donde brujos árabes empalaban a tus santos

Mujeres oprimidas rehuían a mis miradas

Anocheció y sin escrúpulos me enviaste

A una celda bajo tu dormitorio frente al mar

Así descubrí que nadie en tus predios era libre

Cabizbajo fragüé mi escape hacia Bretaña

Mientras ocioso lamías el lardo entre tus dedos

Sobre una tabla atravesé ese mar propicio

Demasiado tarde imploraste mi regreso

Ya otros invasores atraían tus parcas


Bowdon

Desde mi cama un escalofrío me cubría al escuchar tus pasos

Profesores me instigaban con preguntas insidiosas

Y enardecido me entregabas al hambre de tus cancerberos

Tus palmas implacables también nos redimían

Tus vejaciones en los corredores de un colegio

Tus inmerecidas amenazas que sucumbieron una a una

Tiranías y democracias inculcaban tu amargura

Deudas y promociones orientaban tus favores

Despreciándome enseñabas mi desprecio

Ménades y centauros me desmembraban en la plaza

Mas el fragor de una promesa desde el río Jordán

Me curó a los ojos de una generación incrédula

Fui una nube avezada que conoció el mar

Una constelación inmensa, vagabunda y pálida

Un gemido breve que domó a la eternidad

Estremecido, como un arbusto en el tejado

Frecuenté a bandidos y mujeres adúlteras

En asilos que tu enriquecimiento aniquiló

Y sin embargo habitábamos en la casa más justa

En donde ni genocidas ni especuladores contendían

Yo fui tan sólo un tanto delicado, tú impaciente


Córdoba, 2000

Tus pájaros dibujaban un vértigo severo

Al lanzarse ingrávidos de una nube a otra

Tus torres disueltas en un cáñamo dorado

Caían como un grupo de soldados en desgracia

Pasmados dormíamos sobre tu vientre cobrizo

Sombras que se unían al cobijo de una despedida

Tantos años sombríos cedían bajo un año venturoso

Tantas bocas sórdidas bajo esa boca impredecible

Agitados caminábamos sobre tus planicies secas

Las aspas de un molino oscilaba a nuestro encuentro

En tus hostales hordas de pregoneros nos contaban

Los desmanes de una soprano desposada

Irrumpías el letargo de un mar diáfano

Para que carabelas abrasasen mi región remota

Tantas muertes, tantos paraísos profanados

Cantos de gesta que mis abuelos tramaron

Antaño indeseada esta noche me seduces

En la espuma de una caricia pasajera

Mi espalda y mi voz cansada te consuelan

Como una cascada gótica, judía y sefardí


World Trade Center

Septiembre expiraba solitario en cada tarde,

Y el tedio jamás nos abatía; entonces creíamos

Que bastaba tomar un vagón en Nueva York

Para domar las montañas y los hombres

Al entrar una mujer uniformada nos pedía

Catorce dólares por penetrar en sus entrañas

Ni mi soberbia ni mi mendicidad la conmovían

Aún desempleados debíamos alcanzar su cima

En su ascensor, el más veloz, también reímos

Y juntos caminamos sobre esos tejados concurridos

Bajo un cielo despejado, supremo, ficticio

Aviones y botes alcanzaba sus amplías avenidas

Torres de Babel, cumbre de todas las naciones,

Albergue de indocumentados o exiliados

La jerarquía de una lengua, un credo, un espejismo

Y aún así tan minúsculas bajo ese cielo impredecible

Compartimos una hora contigo, quizás menos

Y enviamos tus postales, tus mensajes parcos

Una estatua de cal sucumbía inmóvil sobre el mar

Aislada, junto con otros herejes te ensalzamos


Bishkek

Alguna vez fuiste un imperio de seda

Concebido por revolucionarios en sus celdas

Obreros y maestras de memoria prodigiosa

Denunciaban y castigaban tus virtudes

Alguna vez compartimos nuestras faltas

Entonces nadie escuchaba tus tragedias

Tus adolescentes de cabellos oscuros

Probaban al entregarse su rubio abolengo

Juntos ansiábamos recrear el paraíso

Más en tu afán reprodujiste abismos

Hoy nuevas mentiras infectan tus heridas

Harapienta murmuras amenazas inciertas

La intriga te deleitaba como el opio

Desvergonzada sobornabas a tus visitantes

Para vituperarlos o aplaudirlos; lisonjera

Te supeditas al humor de la nación más próspera

En tu servidumbre acabas por ser extranjera

Tus hijos genuinos deambulan por tus basureros

Sobre valles carentes de energía; víctimas postreras

Más claras que el hedor de tus universidades y moteles

 




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