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¡Hacia
mí! Mi oído extranjero escucha
El
alboroto de una bienvenida cercana
E.
Dickenson
Bucaramanga
1985
El
destino de quienes nacen en Itaca
C.
Kavafis
Ciertas
tardes, desde nuestros postigos
Celebrábamos
el regreso de la lluvia
Cieno
sobre nuestra transversal cerrada
Desde
un potrero derruido descubríamos
El
ojo protector de un haz de sol
Que
soberbio entre las nubes fulguraba
Así
crecíamos, entre alcázares roídos
Habitados
por vecinos resignados
Que
adioses desde sus pórticos lanzaban
Ese espacio
aún abunda entre las nubes grises
Que
en su tañido arcaizante nos preparan
Para
emprender incandescente otro destierro
Tantas
vivencias nos asistían entonces
Mi
primera palpitación enamorada
Que
estéril cayó y se disolvió en el polvo
La
carta que escribiese a un compañero
Al
sufrir en una disputa su abandono
Mi
brío al ponderar al ocaso tus confines
Mi
tersura, nostalgia de mis padres
Que
me condujo a un lívido abandono
Y
el amor, dádiva de un bebé que ya moría
La
caja atada con cuerdas a mis hombros
En
donde a veces también senté a mi alma
Para
conducirla feliz sobre la acera
El
día aciago en que enfrenté su muerte
El
pesar inagotable de su cuerpo inmóvil,
Marea
que me arrojó a arrecifes insaciables
Son
las briznas y tempestades de mi barrio
Las
que me preservan lejos del naufragio
Calles
ingrávidas que alientan los años tardíos
Son
tus ánimas quienes desde el valle de los muertos
Conducen
mis palabras desde ventanas más prósperas
Aún
escucho el rumor de esos juegos al poniente
Bucaramanga,
recluso en mi cuarto danzaba contigo
Con
el tiempo mis piernas salvaban tus tejados
El
sitio que azotó a mi infancia, hoy mi castillo
Aunque
otros derroteros nos sorprendan lejos
Aunque
tu recuerdo se enseñe indolente a los vencidos
Lo
infinito sólo crece en los primeros surcos
La
indecisión de nuestro rival ha muerto
Que
una virgen se apiade de mi desasosiego
Y
me enseñe a soportar el odio más tortuoso
Hoy
en vano exalto las estructuras de Roma,
El
campo baldío que circunda a Nápoles
Y
la línea quebrada de las vegas desde la distancia
Las
Vegas, 6 de abril de 1998
Cartagena
1985
Jamás
conocerás la belleza de aquel alba
Ni
que tu adolescencia alguna vez fue mía,
A
tus catorce años inspirabas las caricias
De
un hombre que desconocía a los hombres,
De
años tiernos, de palpitaciones inciertas
Yo
prolongaba sobre la arena tus festejos
Aquel
año expiraba, año como tantos presente
Y
aquella noche de luna descompuesta
Habías
partido; agitado te busqué
En
los castillos y en las tabernas más oscuras
Al
detenerme entrelazada suspirabas
Nuestra
soledad es siempre tan inmensa
Aquélla
noche comprendí una a una tus sonrisas
Las
olas de Cartagena, al estallar
Aún
lamentan los rumores de mi despedida
Palermo
Lentamente
el ahogado recorre sus dominios
L.
Cernuda
El
clamor de tus escombros
Se
eleva desde una selva postrada
De
hojas y frutos ponzoñosos
Vuelves,
por tanto tiempo temida
Y
me apuñalas sobre mi costado
Halas
mis riñones, los devoras
Dejas
tu festín y me abandonas
En
una morgue de azulejos curtidos
Donde
ninfas tejen mi sudario
Mis
gemidos, mis heridas las cautivan
Y
una hereje, olvidando su deber me cura
Con
órganos extirpados de cirujanos enfermos
Mis
labios coagulados la acarician;
Su
cuerpo de nodriza me enamora
Ámbar
que renueva una hiel putrefacta
Así
sobrevivo, como marisma acicalada
Hijo
de Ur, trémulo cojín que quería
Una
lágrima de cristal aljofarado
Ahíta
de persecuciones feneces
Y
asiento nuestro hogar en Babilonia.
Qué
agrio ha sido un día sin tu aplauso
Bogotá
¿Qué
es este mundo agobiado, esta carne, esta bebida?
G.
Herbert
Decoras
tus puertas con rostros de mancebos
Decapitados
por mercenarios castrados
Convocas
a un congreso de bufones disolutos
Y
legalizas tus asesinatos, tus embargos
Envías
a un monstruo a litigar contra mi casa
Y
nos envías a la oscuridad de países serenos
Desalojado
al flujo de un paraje añorado
Acogemos
las furias dispersas de parientes lejanos
Salmodias
indolentes animan tus juergas
Cortejo
fúnebre de plañideras ebrias
Vigilas
la prosperidad de Ur y Tebas
Y
desatiendes el comercio en tus murallas
Proteges
el antojo de una imposición geográfica
Y
ejecutas en su útero a tus bestias rebeldes
Más
el polvo que te crea jamás muere
Sólo
se deshace, como un cadáver vacilante
Filadelfia
Ensenada
de horizontes bifurcos
Edificada
junto a un alcázar de terracota
Bóveda
amplia y celeste
Mancillada
por aventureros indecisos
Bastión
de senderos cubiertos de nieve
Y
de tumbas profanadas a la intemperie
Cuántos
polizontes gimen a tus puertas
Brutalizados
por una guardia inclemente
Cuántos
esclavos desmembrados
Yacen
sobre tus cloacas, nauseabundos
Cuántos
arlequines celebran tus proezas
Cuántos
soportan tu agonía abominable
Hordas
de próceres y especuladores
Fraguan
las desdichas de mi cuerpo inmóvil
Entonces
el vigor de tus fábricas vencía
Confidentes
acudíamos a tus canteras
De
mi casa una carroza con corceles negros
Me
trasladaba a tu arrabal pudiente
Una
doncella primorosa me inducía
A
laborar en una torre inacabada
Cómplice
de tus favorecidos
Asumí
el látigo, la dependencia abyecta
Peón
de pastores e ingenieros
En
el trayecto de tu disolución
Desde
las barandas de tus puentes
Deseaba
cada domingo una revuelta
La
espada de los corsarios fenicios
El
desbordamiento de tus ríos polutos
Abajo
un sol purpúreo se alejaba
Hacía
las plácidas praderas de Numidia
Compadecida
al fin de mis delirios
Me
entregaste a una armada pusilánime
Fuera
de los misterios de tus bibliotecas
Fuera
de la eternidad de esa mirada breve
Puerto
en donde descansé una noche
Agitado
por un pasado doliente y ajeno
Harto
de ayunos y de excesos
Remoto,
al despertar en ti despierto
Atravesando
esa avenida de banderas
En
donde otro emigrante transcribiese
Que
el mundo entero era un teatro
Y
los hombres y mujeres meramente actores
Narberth
Camino
de vuelta a mi refugio
Sobre
un parque húmedo y minúsculo
Abro
mis puertas y me acuesto
Sobre
un lecho que las termitas preparan
Me
duermo, y súcubos y euménides
Se
disputan mis torturas y desaires
Un
latido me despierta entumecido
Y
el hambre, la sed, el coito me reclaman
Desde
tus edificios, arrecifes escarpados
Que
las tinieblas de la noche esparcen
Debilidad
que delata mis carencias
Congojas
por venir, reyertas, desdenes
El
gemido continuo que la mañana censura
La
demencia, el desamor, las zarzas, el cadalso
Juicio
premonitorio, preludio insistente
De
la frivolidad de los huesos y las torres
Travesía
ululante de un espíritu desbocado
Que
realza el fracaso de mis días perversos
El
sol me devuelve a tu aire enrarecido;
Cúmulos
nefastos opacan tus crepúsculos
Chicago
Descorres
los pórticos de tus murallas
Y
me arrojas sobre un campo infame
Una
hueste africana me acompaña
Sobre
desfiladeros, lagos y desiertos
La
armonía del paisaje me agobia
A
la par que invado a un país prisionero
En
las noches visito las mazmorras y pregunto
A
mis rivales sobre sus motivos
Algunos
bajan sus testas vulnerables
Otros
me provocan impúdicos
Mercaderes
y meretrices me consuelan
Con
sus piedras, sus lienzos, sus venenos
Vencido
regreso a una masa foránea
Y
me someto a las injurias del olvido
Tomo
un ómnibus, regreso a un metro
Y
cuestiono la alegría de pasajeros fortuitos
Ellos,
desalentados, esconden sus miradas
Tras
pensamientos más dolorosos o tortuosos
Vuelvo
a una buhardilla y cándido pondero
La
gloria o la infamia de un periplo segregado
Digiero
mendrugos para no enfermar
Pues
mi voz, cadencia extraña, me distancia
¿Quién
se interesa en la cicatriz de un veterano?
¿Quién
aprecia las proezas de Cartago?
Otro
día y mis esperanzas se disuelven
Sobre
un desagüe congestionado
Siete
años y la caja de correo está vacía
Fúnebre
has despreciado su escritura
Fatigado
desciendes a otra noche ansiosa
A
dialogar con meretrices, mercaderes
Lejos
de sus logros y sus disputas intestinas
Te
aguarda tu casa, el otro infierno
Oporto
Antes
de acogerme deponías tu espada
A
los pies de una ciudad trémula y enferma
Tu
afán fue visitar concupiscente sus palacios
Desde
nuestra agonía implorábamos tu gracia
Como
tantos fugitivos africanos que clamaron
La
protección de tus negreros portugueses
Taimado
me embarcaste, a mí, el más débil
Prometiéndome
un alcázar sobre el agua inmóvil
Desesperado
me encomendé a tus confabulaciones
Creí
en tu rostro abierto a todas las vertientes
Creí
en tu abolengo de dagas sarracenas
En
los trazos de mis padres mis hermanos
Desembarqué
y besé tus arenas austeras
Plácido
me enseñaste una iglesia acicalada
En
donde brujos árabes empalaban a tus santos
Mujeres
oprimidas rehuían a mis miradas
Anocheció
y sin escrúpulos me enviaste
A
una celda bajo tu dormitorio frente al mar
Así
descubrí que nadie en tus predios era libre
Cabizbajo
fragüé mi escape hacia Bretaña
Mientras
ocioso lamías el lardo entre tus dedos
Sobre
una tabla atravesé ese mar propicio
Demasiado
tarde imploraste mi regreso
Ya
otros invasores atraían tus parcas
Bowdon
Desde
mi cama un escalofrío me cubría al escuchar tus pasos
Profesores
me instigaban con preguntas insidiosas
Y
enardecido me entregabas al hambre de tus cancerberos
Tus
palmas implacables también nos redimían
Tus
vejaciones en los corredores de un colegio
Tus
inmerecidas amenazas que sucumbieron una a una
Tiranías
y democracias inculcaban tu amargura
Deudas
y promociones orientaban tus favores
Despreciándome
enseñabas mi desprecio
Ménades
y centauros me desmembraban en la plaza
Mas
el fragor de una promesa desde el río Jordán
Me
curó a los ojos de una generación incrédula
Fui
una nube avezada que conoció el mar
Una
constelación inmensa, vagabunda y pálida
Un
gemido breve que domó a la eternidad
Estremecido,
como un arbusto en el tejado
Frecuenté
a bandidos y mujeres adúlteras
En
asilos que tu enriquecimiento aniquiló
Y
sin embargo habitábamos en la casa más justa
En
donde ni genocidas ni especuladores contendían
Yo
fui tan sólo un tanto delicado, tú impaciente
Córdoba,
2000
Tus
pájaros dibujaban un vértigo severo
Al
lanzarse ingrávidos de una nube a otra
Tus
torres disueltas en un cáñamo dorado
Caían
como un grupo de soldados en desgracia
Pasmados
dormíamos sobre tu vientre cobrizo
Sombras
que se unían al cobijo de una despedida
Tantos
años sombríos cedían bajo un año venturoso
Tantas
bocas sórdidas bajo esa boca impredecible
Agitados
caminábamos sobre tus planicies secas
Las
aspas de un molino oscilaba a nuestro encuentro
En
tus hostales hordas de pregoneros nos contaban
Los
desmanes de una soprano desposada
Irrumpías
el letargo de un mar diáfano
Para
que carabelas abrasasen mi región remota
Tantas
muertes, tantos paraísos profanados
Cantos
de gesta que mis abuelos tramaron
Antaño
indeseada esta noche me seduces
En
la espuma de una caricia pasajera
Mi
espalda y mi voz cansada te consuelan
Como
una cascada gótica, judía y sefardí
World
Trade Center
Septiembre
expiraba solitario en cada tarde,
Y
el tedio jamás nos abatía; entonces creíamos
Que
bastaba tomar un vagón en Nueva York
Para
domar las montañas y los hombres
Al
entrar una mujer uniformada nos pedía
Catorce
dólares por penetrar en sus entrañas
Ni
mi soberbia ni mi mendicidad la conmovían
Aún
desempleados debíamos alcanzar su cima
En
su ascensor, el más veloz, también reímos
Y
juntos caminamos sobre esos tejados concurridos
Bajo
un cielo despejado, supremo, ficticio
Aviones
y botes alcanzaba sus amplías avenidas
Torres
de Babel, cumbre de todas las naciones,
Albergue
de indocumentados o exiliados
La
jerarquía de una lengua, un credo, un espejismo
Y
aún así tan minúsculas bajo ese cielo impredecible
Compartimos
una hora contigo, quizás menos
Y
enviamos tus postales, tus mensajes parcos
Una
estatua de cal sucumbía inmóvil sobre el mar
Aislada,
junto con otros herejes te ensalzamos
Bishkek
Alguna
vez fuiste un imperio de seda
Concebido
por revolucionarios en sus celdas
Obreros
y maestras de memoria prodigiosa
Denunciaban
y castigaban tus virtudes
Alguna
vez compartimos nuestras faltas
Entonces
nadie escuchaba tus tragedias
Tus
adolescentes de cabellos oscuros
Probaban
al entregarse su rubio abolengo
Juntos
ansiábamos recrear el paraíso
Más
en tu afán reprodujiste abismos
Hoy
nuevas mentiras infectan tus heridas
Harapienta
murmuras amenazas inciertas
La
intriga te deleitaba como el opio
Desvergonzada
sobornabas a tus visitantes
Para
vituperarlos o aplaudirlos; lisonjera
Te
supeditas al humor de la nación más próspera
En
tu servidumbre acabas por ser extranjera
Tus
hijos genuinos deambulan por tus basureros
Sobre
valles carentes de energía; víctimas postreras
Más
claras que el hedor de tus universidades y moteles
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