Padre
A Flavio Hugo Santander
Dulce decus meum
Horatio,
Carm. I, 2
Te
enfermas y descubro tu amarga lejanía
Antaño
huía apresurado de tus brazos
¿Qué
buscaba? ¿Una alegría semejante?
Inútilmente
parecemos grandes
A
los pies del holocausto más temible
Ante
las ruinas de su cuerpo
exangüe
También
vi tu rostro henchido de pesares
Éramos
tan frágiles, sólo tú nos sostenías
Tantos
sufrimientos que tu sombra oculta
Esa
niñez morena escindida entre dos casas
Ese
padre intenso que cayó una víspera de abrazos
Esa
constancia que tus oponentes despidieron
Pasan
los días y en mis noches te presiento
Cada
domingo nos conducías hacia un parque
Circundado
de puentes y autopistas
Paraíso
en donde el sol nos complacía
Diligente
a la salida de clases nos traías
Por
tus edificios, tus citadelas fabricadas
Con
vino y con una torta engalanada
Conmemorabas
todos nuestros cumpleaños
Hubo
así mismo caravanas hostiles
Pero
tú, celoso y prudente, las desviabas
Hoy
sin ti el mundo suspende su alegría
Tal
vez un día el sol también se apague
En
esos cuidados la inmortalidad persiste
Siempre
abandonada tus voz vuelve
Como
una brizna al cabo del
estío
Como
la luna en esta noche aciaga
Bowdon,
diciembre 23 de 2000
Parto
Ma
il tuo viso è un'ombra che non muta
S.
Quasimodo
Sobre
las cuencas densas del Amazonas
Sin
distinguir, sin distinción, distinguido
Sobre
una playa de belicosos nómadas
Que
devoraron a enemigos y promesas
Sobre
los despojos de una carabela encallada
Sobre
una marisma consagrada a la luna
Sobre
una quebrada de coágulos de sangre
Que
nutriese al cóndor y a los hombres
Sobre
los lobos, las anémonas, los fósiles
Que
antaño me engendrasen uno a
uno
Sobre
comunidades que pierden su caudal
Para
ansiarlo en la inmensidad de otro caudal
Sobre
la armonía de las constelaciones
Que
prolongan o amainan mis trabajos
Sobre
un festejo por treinta años truncado
Al
abrigo del creador y de sus obras he nacido
Lactancia
Lejos
de tus deberes las horas venían
Como
aves liberadas por tus manos
Feliz
habitaba en una morada tranquila
Sin
celebraciones ni
convalecencias
Antes
de padecer elegía nacer
Desde
un principio mi aliento sufría
Las
paredes fueron inmensamente blancas
Blanca
tu vestimenta, tus caricias
Fui
un delta en tus venas escarpadas
Un oasis que otro oasis ha albergado
Un
cachorro amedrentado por la sangre
Una
osamenta adulta en su piel suave
Cómplice
de tus antojos te alcanzaba
Tu
mirada era una cascada
fresca
Sobre
mis ojos palpitantes
Ni
tus palabras ni tus juicios me ahogaban
Infancia
Mis
pasos os seguían por ríos y montañas
Por
adoquines y poblaciones pendientes
Por
plazas de toros y hostales apostados
Por
escombros de cementerios y terrazas
Confinado
en una cuna con mi hermana
Fraguábamos
una lengua de risas, términos secretos
Nos
entendíamos--nadie más podía saberlo
Comprendíamos;
nadie más se interponía
Al
gatear alimañas cariñosas
jugueteaban
Frágiles
parientes orbitaban nuestra cuna
Cada
brío, cada desmán era aplaudido.
La
felicidad de las primeras navidades
Restituía
la nostalgia en cada rostro
Remanso
de villancicos, pólvora, ajiacos,
Aroma
de alcohol, maíz y pólvora
Animados
por esa, tu compasión materna
Las
iglesias, los villancicos, ya el sosiego
Desde
sus atrios y sus púlpitos cantábamos
Caminamos,
hablamos, apreciamos
Hasta
cuando celebramos ese baile
infausto
Prefiriendo
a alguien más me despreciaste
La
tarde cayó y me alejó aún más de tus abrazos
Hoy
tus huracanes han cesado
Evocar
estragos es amargo
¿Cómo
perseverar en lo que ha muerto?
Sólo
el clamor de los besos persiste
Pubertad
Bajo
la sombra de una acacia
Una
roca nos acogía a cada tarde
La
inocencia fluía en nuestras venas
Como
una quebrada de peces
tranquilos
Nuestra
esquina era el confín del orbe
Al
rebasarla el panorama extenso
Extenso
nuestro peregrinaje
Por
colinas cubiertas de higuerilla
Con
mi amigo, vecino, hermano
Invadimos
los poblados de una era
Las
faldas erosionadas del suburbio
Los
teatros del Parque Centenario
Cada
mañana, sobre una bicicleta,
Descendíamos
a los
mataderos
En
donde once doncellas trabajaban
Anochecía
y las campanas aún tañían en la iglesia
Cierta
noche de diciembre en que vagamos
Un
globo de papel cayó frente a los dos
Desde
niños anhelábamos esa ventura
Un
astro que inconsolable nos buscase
La
pasión apareció como otro juego
De
magazines y cintas y rameras
Eyaculación
que invadió nuestros predios
Prometiéndonos
placeres apenas nos dio
olvido
Mi
espíritu se ahogó en un cuerpo confundido
Hasta
cierta tarde en que eufórico volaba
Enamorado
al seno de una virgen
Pájaro
sordo y sin alas que una fiera devorase
Uno
a uno todos escapamos
Aterido
en un campo más perecedero
Descubrí
el encanto de una página
Y
el amor de un verso indescifrable
Pubertad,
edad que jamás conoció el tedio
Disuelta
en un ocaso de verano
Que
no distingue el fin del día
Ni
el comienzo de la
noche
Adolescencia
Fluíamos
por caudales sinuosos
Yo
caía y me anegaba en tus estanques
Tus
barcas eran demasiado estrechas
Ardiente
el acero de tus remos
De
brazos flacos y de tez oscura
Mis
mejillas enlodadas lamentaban
Un
fulgor de panales y nidos de avispa.
Uñas
que me despellejaban
Atravesé
una selva frondosa
De
fieras que huían de mis
abrazos
Sólo
los loros, los búhos, las cigarras
Compartían
mi caravana de histriones
Grupos
de mozas que ante mí pasaban
Como
si yo fuese un anciano o un mendigo
Sin
probar el agua, el ámbar, el vino
Caía
solitario en cada pensamiento
Sin
amores fecundos me secaba
Proveía
la luna y era apuñalado
El
viento y la espuma del Diamante
Aún
guardan la sal de mis
heridas
Agonizante
recreaba un mundo
Rescribiendo
o descifrando
Mi
destino undívago y aciago
Sobre
una lámpara de polillas que morían
Al
amanecer mis compañeros
Me
instaban a edificar un monumento
Mi
vida sería un mero pasatiempo
Como
la bruma, el agua, el firmamento
Circunnavegué
largas noches en silencio
Hasta
palpar tus anchas
ensenadas
Ebrio
te amé en vísperas de mi desasosiego.
Sin
equipaje zarpaste a nuevos continentes
Juventud
Aún
tejo el armazón de nuestras alas
Aunque
haya alcanzado un sol radiante
Aunque
mi cadáver aún yazga en esa playa
Insepulto
y a merced de las mareas
Sufrimos
tantas discrepancias
Tantas
heridas de lanza
Tantos
deseos de mármol quebrado
Cuñas
de ídolos de
piedra
Fuimos
olas que estallaron en la playa
Al
comprender el engaño de su libertad
Un
viento nos invocaba en cada esquina
Lívidos
cabalgábamos a sus espaldas.
Intentamos
construir nuestro tejado
Más
ásperos faunos nos descalabraron
Siempre
tan robustos, tan gallardos
Soportamos
cada piedra en nuestros hombros
Antes
el sol, antes la tierra, antes la luna,
Descubrí
que poblaba un cúmulo de
cieno
Cada
tarde de hastío gastó un vicio
Negras
uvas rodaban en Nevada
Al
orto el espejo traía reminiscencias
De
masas palpitando en cada esquina
Salía
y bastones quebraban mi osamenta
¿Urdí
acaso una venganza interminable?
Emergiste
entonces como un puerto cálido
Constructora
de barcos, esposa mía,
Armazón
de mar que teje mis memorias
En
el quieto oleaje que acaricia el abandono en nuestros brazos
Éxodo
A
lo largo del azul las nubes,
Los
pertrechos de las secretarias,
Sus
senos abiertos, pezones de fango
Abajo
los cuellos de un retrete vencido
Edificios
mal calzados por odontólogos imberbes
A
lo largo del azul las sombras,
Cobijo
de puritanos morfímanos
Sus
labios pálidos, eruditos celosos
Amamantados
por secreciones de pécora
Deleite
discretamente extirpado al borde del delirio
A
lo largo del azul los tejados
En
donde la lluvia cae sin tristeza
Divertidos
festejaban sus divertementos
Bañados
en el sudor de sus gruesas pelucas
Desde
las azoteas los viste amordazando niños
A
lo largo del azul los cuartos
Eligiendo
el temor más infundado
Lacerabas
tu carne adiposa en las tinieblas
Allí
el reposo fue más turbio que tu angustia
Vencedor
entre tantas victorias, fertilidad, tanta franqueza
A
lo largo del azul tus pasos
Sobre
una calle a comienzos de siglo
(Aunque
el comienzo, cálida emoción, te huía),
Remontabas
entonces el caudal de tus ciudades
Para
hundirte, imperceptible, en el álgido vaho de otra estirpe
Hale,
November 3, 2001
Soledad
Vida
segregada, roca tallada
Que
cayó de una cerca y fue vencida
Migración
prolongada, acaso olvido
Sin
víctimas, circulando más pendiente
¿Observaste
los hierros incandescentes
Que
al acostarme hirieron mis espaldas?
Desierto
sin arena, sin piedras,
Sin
arañas, esquelético.
Al
despertar las pesadillas
De
un tiempo inútil recomienzan
Soportas
su vapor glacial, zahieres
Y
comienzas el ritual de otra mañana
Libido
Siempre
he sido esclavo de Libido,
En
las mañanas me posee
Celosa
de mi libertad,
De
mi amor constante
Mas
anoche la tirana del placer
Estaba
enferma, sí, sufría,
Sentada
sobre un banco de madera
Rodeada
de escombros y mendrugos
Me
apiadé de ella y quise consolarla
Le
hablé; soberbia tomó su pañuelo
Y
sin darme tiempo para recular
Me
amordazó en sus plácidas promesas
Al
apartarme era un cuerpo flácido de harapos
Hincando
en mi cuello su boca desdentada
Abriendo
mi arterias como frutas
Al
cabo desistió y me habló incesantemente:
Vengo
de Alcalá y Henares
Las
palabras de una ciudad que rehúsa
A
sultanes ebrios y a héroes degollados
Tierra
La
tierra me es más que un astro solitario
Separado
del sol y las estrellas
Castigada
yerra oscura
En
su danza erótica, foránea
A
sus cadáveres, parientes míos,
Que
desde la nada o desde la eternidad me ansían
Magallanes
También
el mundo, entonces
En
su circunferencia acaba
En
otro tiempo mi aliento
Cruzaba
grácil las fronteras
Cada
viaje era una intrépida partida
Una
despedida cándida de niños
Marineros
alimentaban mis esfuerzos.
Ni
las nubes ni la zozobra me arredraban
Alguna
vez codicié el mundo
Alguna
vez renuncié a él. Perdí; tal vez gané
Desnudo
me has enviado al mundo
Desnudo
continuo ahora
Pocos
entendieron mis abrazos
Feliz
alimentaba a las gaviotas
Inocentes
que jamás inquirieron mi pasado
Hambriento
habría quizás sobrevivido
Aléjame
de esta lejanía, Madre,
La
melancolía me carcome en cada logro
Permite
que mi sangre fluya con la tuya
Y
en otro paraíso reviva sosegada
Ya
no embelleceré más mi jardín
Envenenando
caracoles
Ya
dejaré que las flores sean el pasto
De
esas alimañas desvalidas, peregrinas
Altricham,
junio 14 de 2001
Marco Polo
I
Agitado
por la inquietud del firmamento
Emulé
junto a mi padre el rumbo de las nubes
Por
dos días, cuatro meses, veinte años
Hoy
célibe y sediento confabulo
Paisajes
y encuentros fortuitos
Según
mi desilusión primera,
La
que jamás decrece (nos posee)
¿Dónde
el mundo,
Dónde
esa palma
Que
me acarició en la infancia?
II
Alguna
vez construí en el desierto pasadizos
Abiertos
eran mis pasos en la arena,
En
las ciudades,
En
las gentiles bibliotecas
Alguna
vez ofendí a mi padre inútilmente.
Mi
voz más femenina desaparecía
Sin
despedidas,
Ante
conocidos que me herían
Alguna
vez sucumbí solitario
Pero
mi soledad jamás fue mística, absoluta;
Esta
cayó siempre con la tarde
En
rostros que mis sueños recobraban
Alguna
vez desprecié; infeliz fui
La
nostalgia reconcilia esa insolencia
Ni
la luna, ni el sol,
A
los treinta años pierden sus encantos
Alguna
vez confundí mi nostalgia y mis congojas
Éstas
aniquilan la savia del primer anhelo
Aquella
recobra la ruta de la seda;
Sus
rayos, sus encantos
Alguna
vez caí para ser consolado.
Envuelto
en una manta ansíe siempre sus abrazos
Disputábamos;
Aún
sueño con nuestra reconciliación por siempre
Alguna
vez, en Samarcanda, desde el paraíso
Escuché
la melodía más sublime
Cesó
y lamenté esta carne, este destierro;
Abatido,
quejumbroso, sin talante para comprender
Alguna
vez recaí en los vicios más desapacibles
Consuelo
de un peregrinaje prolongado,
Mi
angustia retornaba entonces
Como
un áspid furtivo bajo las alcobas
Alguna
vez este molde de barro cayó enfermó
Al
resistir a su emoción sublime
Música
de amor, reminiscencia sensible
Apiadándose
de una miseria que alivió
Alguna
vez vi al firmamento que sangraba
Guerra
proclamando nuestro ocaso
Moriré,
moriré, certeza inculcadora
De
ausencias en el rostro de los niños
Espera
Noche,
compañera de la aurora
En
ti pasan mis horas serenas
En
ti la luna, estela de memorias
Repasa
inconstante mis penas
Los Ciegos
I
Las
cordilleras al caminar eran lejanas;
Distantes
nuestros familiares degollados
Y
sin embargo remontábamos las cumbres
Ansiosos
por consumar
Nuestra
venganza—voz foránea—.
Enardecidos
Como
fieras hambrientas
En
la agonía de gente que nacía:
Nuestras
víctimas
II
Bordeando
las fauces de las cumbres
Arrojábamos
piedras a un paisaje derruido
Mar
colérico,
Quejumbroso
a nuestro alrededor
En
donde hombres y mujeres
Eran
devorados por sus mastines consentidos
Desde
los riscos fabricábamos nuestra muerte
Convocando
a vengadores compasivos;
Ídolos
de celuloide
Lastimados
en Pearl Harbor
Héroes
sin gloria
Empuñamos
las espadas
Contra
Caín y Abel en nuestros campos
La
más noble autodestrucción
La
más noble epopeya acababa en muerte o cobardía
Nuestro
epitafio y nuestro hierro
Manchester,
Febrero 26/02
Las Palabras
Entonces
presentaba mis palabras
Temeroso
de extraviar mis pensamientos
Cada
carta, cada examen, fue una confesión
O
una declaración de amor
Que
mis amantes jamás escucharon
Consolaciones
a mí mismo
Manutención
de la fragilidad de cada día
Diálogos
a la sombra de otros diálogos
El
zumbido de conversaciones banales
Sobre
los desmanes y aciertos entre los
Estados Unidos
Y
sus víctimas o victimarios
De
buses que simularon el crepúsculo
Sobre
pupilas que expiraban en Tel Aviv
La
lluvia cae inmóvil sobre esta multitud tranquila
Al
ritmo de monólogos aciagos
De
viajeros por un día enamorados
Día
que agoniza entre anhelos que prosiguen
En
Londres, centro de otro cuerpo descarnado
Crepúsculo de un
sábado en una isla desolada
La
tarde baja a los espacios
De
una calle desierta ,
Como
un niño en su triciclo
Antes
de los bombardeos en Ramala
El
ánimo se evapora acompañado
De
bromas ensayadas en burdeles
Divertidos
y comediantes ventosean
Desnudas
las carrozas
Celebran
en Río de Janeiro
Desnudos
los cuerpos
Atrapados
por el follaje en Mozambique
Ahogados
bajo embarcaciones lánguidas
Sus
restos regresan
A
las costas de Inglaterra
Y
tu mirada los sigue
Como
a un balón de fútbol
Descubres
que hay muerte en hoteles,
Aeropuertos,
restaurantes
E
ingenua malgastas tu sombra,
Acicalando
mi miseria con espasmos
Reminiscencia de una
vivienda
Esta
casa ya era construida
Entonces
garabateábamos sobre divanes translúcidos
Desconociendo
la variedad de los colores
Sobre
baldosas refrescábamos nuestras mejillas
Olor
antiséptico, consolador y lejano
Hoy
ves estas columnas desgranarse
Su
papel raído, refugio de alimañas,
Crece
de acuerdo a las caídas de Wall Street
Piratas, gentlemen y usureros te cortejan
Al
crecer no sólo el espacio disminuye
El
más tierno afecto también se desvanece
Como
el candor de una chimenea rota,
Que
exhuma óxido desde la muerte de Victoria
Sus
primeros habitantes ya se alejan
De
los gritos de los vándalos, hinchas y alcohólicos
Cierto
estupor profana sus paredes
Más
la creación del mundo empieza
En
esta familia la epopeya
Emigración
También
contemplo nuestro armario,
Laminado
por espejos y sonrisas
Su
tocador descansa frente a él,
Cicatrizado
por un afiche desgarrado
de
cuatro ídolos difuntos
Vestigio
de un inquilino inconsolable
Sobre
sus goznes, su tocador refleja
Un
rostro en la mañana, ánima
Inquebrantable
que persiste
En
su escritura abandonada
Imagen
que difiere de otra imagen
Que
siempre he recreado de mí mismo
Ya
sobreviví la precocidad de mi infancia,
Los
embates de una adolescencia
La
lascivia de una juventud lozana,
El
ingenio imprudente de mi madurez
Para
encarar esa mortalidad palpable
Imágenes
que los espejos guardan
Dicen
que en algún sitio,
—lo
han visto al sur de Francia—.
Mi Doppelganger
observa mi reflejo,
Como
yo el suyo en este espejo
Al
encontrarnos alguno de los dos fallece
Al
ocaso, o durante los consuelos de esa noche
Jamás
temí, más ansié, como Shelley
—y
ya no ansío, entreveo—,
Emigrar
fuera de este escenario perverso
Pacientemente
prosigo en el caudal furioso
Que
la providencia me otorga día a día
Para
conducirme a esa rivera tan serena
Francia
Y
hoy enseñas tu rostro, amada Francia
En
esta arena bañada en tus hijos
Aquellos
que fueron mis padres,
Desde
Santander hasta las costas Normandas
Rostros
africanos y pasos sarracenos pasan
Revelando
el color de tus venas y arterías
Lejos,
me he educado demasiado en ti,
Deja
ahora que tus voces se contagien de la mía
Para
que en el caudal de este río indiferente
Naveguemos
juntos sobre el mismo mar
Separación conyugal
El
sol de hoy ya se disipa
En
las tinieblas de mi espera
Mi
bienamada yace junto a mí
Y
junto a mí despierta en cada hora
Éxtasis,
tan anhelado y tan costoso
Alejado
del aprecio de los hombres
Abrazos
que refutaron el vacío
Sobre
los desfiladeros más estrenuos
Mi
espalda, doblegada por las rocas
Y
mis pies envejecidos, desgastados
Sanan
al atardecer con tu regreso
Cuando
imperceptibles nos sumimos en la nada
Alix
A
Alix Fuentes Viuda de Santander
Al
crecer sobre nuestro suelo también vimos
Bajo
el esplendor de un firmamento desangrado
A
cientos de hombres y mujeres
De
torso quebrado por los pesares del mundo
Más
tu consistencia jamás fue de arcilla, madre,
Sobre
tus espaldas, frágiles como la hierba
Soportaste
nuestras miradas perdidas
Para
conducirnos de una orilla a otra
Entonces
comprendías que los años por venir
Ya
no transcurrirían sobre las aguas tranquilas
Que
nuestro padre contuvo al pulso de tus brazos
—ya
nuestros pasos sobre Charalá hacían parte del pasado—.
Hasta
entonces apenas conocíamos tus partos,
Tu
paciencia al construir una familia, tus cuidados
Poco
sabíamos de la inmensidad de tu amor
Capaz
de mantenernos a flote en este, el mar más tormentoso
Fueron
tantos los naufragios, tantas las caídas
Que
tus manos evitaron de una mañana a otra
Sin
tu constancia jamás seríamos lo que hoy somos,
Sin
ella jamás habríamos salvado los abismos
Alix
—de Alejandro—, quien protege y ayuda al desvalido
Más
en cuanto Alejandro Magno destruía a familias y ciudades
Tu
protegías a Francisco, a Yolanda, a Mireya, a Amira,
A
Alix, a José, a Beatriz, a Noel, los más desamparados
E
insuflabas valentía en Flavio, en Ramón, en Mercedes, en
Olga,
Los
más solitarios, a quienes un día también
despediste
Resignada
a tu viudez en altares coronados de rosas
Para
que tu sangre recorriese las vertientes del mundo
Así
venciste tus congojas, una a una, sin celebraciones
Desde
el cuerpo eximio de tu hermano atormentado
Hasta
el adiós a nuestro padre en nochebuena
Aún
oirás el cristal de su ataúd roto contra el mundo
A
tus ochenta años preservas a cada uno de tus hijos
Sea
esta la ocasión para celebrar tantas victorias
Sea
esta la ocasión para que tus vivencias
Iluminen
las batallas de generaciones más tranquilas
Madre
Algunas veces
conversamos, madre
Sobre nuestros adioses
y desilusiones
Sobre tus renunciaciones como esposa
En un mundo de
mezquindades y divorcios
Siendo niña
cuidabas ya de tus hermanas
Durante las
convalecencias de tu madre
Era tanto el desprecio
en esos días
Con tu padre, bajo la
lluvia, sollozabas
Adolescente declamabas
a los vientos
Mas ya entonces las
musas te dejaban
En un pueblo desangrado
por reyertas
Hoy palideces al
desandar esos caminos
Emigrante la paz fue tu
destino
No para ti, pues tu
infancia ya cesaba
En la corriente de los trabajos y los días
Sino en Cristina, en
Lina, y en el hijo que te escribe
En mil novecientos
sesenta y siete
Entregabas tu juventud
a una familia
Nuestra felicidad
brilló por varios años
Fortificándose
tras la muerte de la niña
Antaño
intentaste alejarme de las musas
Temerosa de una vida
sin hijos y sin tierra
Hoy, como tantas madres
de poetas,
Vives en la esperanza
de un hijo en lejanía
Pues tú, antes
que nadie conocías mis virtudes,
Variaciones imprevistas
de una misma vida
Mis esfuerzos
habrían sido vanos sin los tuyos
Siempre rebelde recobro
tus abrazos
Tu amor, Madre, es el
amor constante,
Cómo
ingenuamente nos hastiábamos de él
Entonces
desconocíamos el mundo
Afuera de nuestra casa,
en los suburbios de Bucaramanga
Londres, febrero 25 de
2005
Carmen
A pie sobre caminos de
arcilla
Descendías a
casa, siempre alegre
Uno o dos meses al
año
Días tranquilos
de un tiempo alterado
l verte sobre la terraza
Salvábamos todas
las aceras
Para abandonar nuestros
rostros en tus brazos
Olas plácidas
que sucumbían en la arena
En la navidad cocinabas
ajiacos
Envueltos en hojas de
maíz cocido
Delicia añeja en
tus gestos sonrientes
Que ni el caviar ni la
champaña alcanzan
Tus gestos, siempre
contagiosos
Curan el mal de quienes
te rodeamos
Tu vestido estampado de
gladiolos
Transluce un
corazón palpable como el aire
A mis ocho años alguna vez te vi partir
¿Recuerdas? Yo
te pedí que no te fueras
E insistiendo
añadí que te quería
Jamás en mi
infancia mi voz fue tan sincera
Feliz, y aún
así tan desdichada
De tus dieciocho hijos
diez murieron
Los eslabones de piedra
en Barichara
Guardarán por
siempre la angustia de tus noches
Ni la pena ni el rencor
opacaron tu sonrisa
Cosiendo trajes de
vecinos y extraños
Subvencionaste la
escuela de tus hijas
Profesoras que a tantos
hombres educaron
Desde Guanentá la brisa más tibia
Acariciará
siempre tu frente dorada
Rostro bruñido
por tanto perdón
Perdón
qué sólo los evangelios inspiran
Pues jamás
odiaste o clamaste venganza
Sufriendo las
vejaciones de un marido ebrio
Sus maltratos, sus
infidelidades, modesta,
Te comparaste al buen
ladrón junto a la Cruz
Tu morada en el
paraíso -yo la he visto-
Es un palacio inmenso
de alabastro
Al llegar, Mamita
Carmen,
Recuérdanos e
intercede por nosotros
Hasta el día en
que te veamos para siempre
Londres,
febrero 2 de 2005
Ulysse
Elegiste tu partida en casa
Cuando la tarde,
fecunda,
Se deshilvanaba desde
el cielo
Sobre estanques y
caminos
Desbordados por la
lluvia
Y cuando las ramas de
los árboles
Que tus manos,
bruñidas al sol,
Destilaban en abril y
mayo,
Retoñaban como
tu perpetuidad
Al partir nos convidaste
Alrededor de tu mesa y
tu bebida
Como en tantas otras
ocasiones
Reconciliando a tantos
parientes separados
Y al caer la noche
Sobre las praderas que
desde niño arabas
(Verdes testigas de tu
gallardía
Durante las veladas de
tu enfermedad)
Se poblaron de ranas
recién alumbradas
Que saltaban, homenaje
misterioso
A su más antiguo
cazador
Y en los bosques
más frondosos
El jabalí
gemía tu partida
Sin tus pasos firmes,
impenetrables
Sobre los campos
fértiles de La Veze
La
Veze, Abril 2005
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