XI.
Barbacoa
Cierta tarde,
luego de las
desavenencias de aquella barbacoa, Mario recibiría una carta de la
oficina de
inmigración que lo instaba a abandonar los Estados Unidos antes de
sesenta
días. Caso contrario lo reportarían a su país de origen, ya fuese éste
Portugal
o Colombia. La carta también le advertía que en caso de ser sorprendido
en
cualquier actividad laboral, fuese esta bajo contrato o de palabra,
Mario sería
apresado y puesto a disposición de la justicia ordinaria.
Consideró
durante varias horas la
perfidia de aquel documento institucionalizado que combinaba la
discriminación
gubernamental con amenazas de cárcel. Sus esfuerzos laborales eran
crímenes a
los ojos de la burocracia deshumanizada. Mario encaró de nuevo el
abismo del
desempleo. Privado de sus medios de subsistencia se sostendría con su
guitarra
en caso de extrema necesidad. El plazo, empero, estaba escrito. Se
supeditaría
de un modo u otro a tres eventos: la compra de un tiquete aéreo a Santa
Fe de
Bogotá, acción legal que le permitiría solicitar una nueva visa a los
Estados
Unidos (la cual, dado su desempleo y su pobreza en Colombia le sería
negada), a
la espera de una deportación de consecuencias imprevisibles (la prisión
o la
muerte), o a su matrimonio con Claudia. Sin deprimirse Mario concertó
un
encuentro con su amante en el centro cultural Abraham Lincoln y
extrayendo su
tarjeta de crédito de una de las grietas de la pared central del
apartamento de
Claudia se encaminó hacia la estación del metro.
«Si me deportan,
se dijo, puedo
endeudarme hasta que quiebre».
Los derroteros
de su futuro
inmediato se cifraron en de las conversaciones de aquel húmedo
atardecer,
cuando Claudia lo condujo hasta la terraza de su nueva casa. Reclinado
sobre su
baranda, ahíto de aromas de sangre asada, Mario encaró un sol opaco,
disco
rojizo que ocultaba en sus manchas el paño uniforme de un nubarrón.
Claudia
batía las ascuas de una barbacoa metálica reluciente.
—El cielo se
tiñe de pompas
fúnebres cada tarde —sentenció Mario—. Me pregunto si mis abuelos y mi
madre en
Bucaramanga sobrevivieron a otro ocaso. Cuando regrese lo sabré. Me lo
dirán.
Entonces tal vez sea demasiado tarde.
—La gente muere
—replicó Claudia—
Todos los días: sabios o estultos.
—No me espanta.
Me impacienta
desprenderme de este polvo engreído. Un miércoles de ceniza descubrí el
rostro
anhelante de San Juan. Ocurrió en una
capilla de Oporto. El apóstol se inclinaba sobre el regazo de Nuestro
Señor. No
quería quedarse. Prefería morir.
—Siempre te han
atraído los
abismos —musitó Claudia—. Te daré un consejo. Me he percatado del modo
desinhibido en que comentas tus creencias religiosas. Evítalas. En este
país
uno nunca sabe cuando le está dirigiendo la palabra a un judío o a un
musulmán.
—Dios me libre
del trato
intolerante.
Mario se percató
de la calle
descendiendo hacia el parque. Vivió dos años en una casa incrustada
sobre las
avenidas pendientes de San Gil.
—Tu casa fue
construida sobre una
loma.
—Me gustaría que
fuese más
elevada —retortó Claudia—. Me sentiría menos desgraciada. Más sola.
Mario escuchó
una música antigua
desde una ventana contigua. Una melodía de los años setenta que
preservaba
aquel pasado en sus acordes. Las notas trajeron a los fetos que en
frascos de
formol retozaban en los anaqueles de su escuela secundaria.
—Vivir sobre una
pendiente es
engañoso. Uno no deja de ser susceptible al odio de quienes pueblan las
faldas
de la montaña.
—Estoy harta de
oír esa canción vieja
cada tarde.
—Hace trece años
la oímos juntos.
Entonces trabajaba con mi padre. Quería involucrarme en su negocio para
alejarme de las influencias perniciosas de las calles. El salario que
me pagaba
era modesto. Oyéndola me alejé de los jóvenes de nuestro barrio. No
tenía otra
alternativa. A las afueras de nuestra
ciudad los pequeños se desnutrían.
Claudia agazapó
rostro y desvió
su mirada sobre las ascuas del carbón. Mario permaneció alejado de las
fanfarrias y escándalos propiciados por la mayoría de los hijos de los
comerciantes bumangueses. Sus condiscípulas apenas reparaban en la
prosodia de
sus personajes, encarnados en una que otra obra de teatro representada
en su
colegio. Patricia, su condiscípula, se había enamorado de Mario al
observarlo a
primera vista sobre el tablado. A lo largo de un año ella lo telefoneó
dos
veces por semana invitándole a un encuentro en privado en una de las
numerosas
discotecas situadas sobre el tramo de carretera que conduce de la
ciudad hasta
el aeropuerto de Palonegro. Mario jamás aceptó. Adujo compromisos de
estudio.
Patricia conoció a Franco poco después. Rocapiedrero y prosélito de una
secta
gnóstica, Franco la preñaría y la abandonaría para zarpar rumbo a los
Estados
Unidos. Patricia abortó en aras de evitar su expulsión del claustro
secundario.
Empecinada de nuevo en seducir a Mario se encalabrinó culpándolo de su
antiguo
idilio. Mario la trató como a una prostituta, copulando por una noche
con ella
para luego abandonarla. Ante el
desprecio renovado de Mario, Patricia puso en tela de juicio su
hombría, un
improperio que no encontró prosélitos. El desinterés de Mario por los
eventos
sociales menguó la enjundia de sus anatemas.
—Compré mi
primer disco de larga
duración con mi primer salario. Escuchamos una de sus canciones. No es
original. No importa. Cada tarde volvía del trabajo a oír esas melodías
encantadoras. Sus compases perduran.
Mario encaró a
Claudia
boquiabierta.
—Pasabas frente
a mi casa —añadió—.
Siempre. Emperifollada en tu uniforme de colegio.
—No lo recuerdo.
No creo haberte
visto. Vestíamos la misma ropa. Nos distinguía de las sirvientas.
Cierto sábado
en la tarde, frente a un café que fue demolido para construir una
corporación
de ahorro, el maestro Convivio nos sorprendió coqueteando con un grupo
de
hombres casados. Reprobamos nuestra nota en conducta. La ciudad entera
lo
comentó.
—No lo supe.
—Convivio se
llevó a la tumba a
dos de mis compañeras: Elvia y Paula. No lo creí. Aún no lo creo. Pero
entonces
veo las fotografías de todas nosotras juntas. Fue una pesadilla.
—Amabas a
Orlando, me dijeron.
—Habladurías
—Claudia ocultó su
perturbación tras una carcajada.
—¿No era él un
estudiante del
colegio San Eusebio?
Claudia sacudió
su cabeza. Nueva
York no era un sitio repelente. Aunque carecía de motivos para
avergonzarse, el
rostro de Mario la devolvía a una comunidad coercitiva. Rostros de
hombres y
mujeres que había aprendido a respetar. Hacedores de su neurosis.
Guardianes de
un trozo de tiempo que su ego quería recobrar.
—Tu
familia era calmada. —dijo Claudia—. Solo
los veía en los bazares del barrio, o en la iglesia. Yo siempre llegaba
retrasada.
—Yo también. Lo
disimulaba.
—Disculpa.
Aquella noche, ante
Todd, fui un tanto intromisiva. Su presencia me amedrentó.
Ahora que estamos a solas quiero darte mis
condolencias por la muerte de tu padre y tus hermanos.
—Demasiado
tarde —musitó Mario.
Un día antes de
la masacre, Mario
visitó con sus hermanos los parques húmedos de su barrio. Más allá de
las
hileras de casas prefabricadas vieron los rayos de sol endurecidos por
terrones
de polvo que el viento levantaba. Al caminar pasaron sobre un campo de
arcilla
que habría de preservar las huellas de sus pisadas hasta una semana más
tarde. Mario se atormentaba meditando
sobre el súbito impulso que los movió a organizar aquel paseo. Gabrielito se detenía a sus dos años a
recoger papeles sueltos y envolturas de caramelos que Mario
coleccionaba y
recibía como regalos en sus manos. Jairo, de once años, le preguntaba
sobre las
propiedades de una planta de hojas color púrpura, cuyas ramas, al ser
arrancadas, arrojaban una materia blancuzca. Mario, asociando el color
de su
savia con el pegante de su escuela, le respondía que aquella era la
mata del
caucho, que tantas muertes y sufrimientos había causado en la Amazonía durante
su
cultivo. De vuelta a casa habían contemplado la carroña de un pajarito
a quien
las hormigas devoraban. Aquel paseo jamás terminaba, sino que se
prolongaba a
través de pasajes ingrávidos. El dolor reincidía en sus noches de
insomnio,
como el desasosiego de un pescador que encallaba en una playa desierta.
Mario
aceptó aquel paseo celebrando los amaneceres de su tristeza. Pese a sus
aflicciones como desterrado y a sus desmanes como desempleado nada lo
desconsolaba tanto como la ausencia de Gabrielito. Su madre se había
sometido a
varios tratamientos clínicos. Su luto había
pasado tan irreal como el ataúd de donde
extrajeron los restos
amortajados de su hermano cuatro años después de su sepelio. Aquella
congoja le
había permitido ahondar en los abismos de la destrucción para
reconciliarse
consigo mismo. Luego de cultivar y abandonar la compañía de los
comunistas en
Santa Fe de Bogotá, Mario emigró para consumar sus excesos en Oporto y
Lisboa,
ciudades que primero lo enardecieron y al cabo lo entristecieron con
sus
avenidas atiborradas de lupanares. Desbocado torturó su cuerpo hasta
caer en
las apuestas del juego. Cierta noche lo perdió todo en un juego de
canasta.
Entonces apostó su vida. Ganó con dos reyes.
—Te estás
dejando tentar por el
demonio —le dijo Sara, la prostituta, sentada junto a sí frente a la
barra.
—Me entrego al
mejor postor.
—Ibas a morir
esta tarde. Un ente
invisible te auxilió. Vuelve tus ojos a Nuestra Señora Madre para
implorar
misericordia.
Los eventos en
Portugal lo habían
devuelto al mundo, a una época y a una sociedad condenada. Hoy, sin
otra
bienamada que su madre veía en la tierra una masa de fango. Cierta
pulsación
sublime que los artistas apelaban poesía, los místicos comunión y los
sicólogos
esquizofrenia lo conducía hacia un reencuentro con sus muertos.
Ocurriría en
otros campos, en donde sus mentiras serían escuchadas de nuevo con
displicencia: Jairo recogiendo papeles sueltos de colores para dejarlos
en sus
manos.
—No lo veo de
ese modo —Claudia
creyó propicio abordar un rumor inquietante—. Me alegra saber que
pronto serás
un padre de familia.
—Ni pensarlo —
Mario sonrío
inseguro, despejando sus pensamientos aciagos.
—Ana me lo ha
contado.
—Es un embuste
—exclamó Mario.
—No irás a negar
tu responsabilidad.
Ella pudo denunciarte a la estación de policía más cercana.
Mario sumió su
cabeza entre sus
manos; preocuparse por un hijo bastardo carecía de fundamento. Sin
familia y
sin patria el nacimiento de una criatura lo cimentaría en los Estados
Unidos.
Ana mentía con el mero fin de atormentarlo.
—¿Cuándo te lo
dijo?
—El miércoles en
la tarde.
—Justo después
de nuestra
separación.
Mario se retiró
a observar el
caparazón de fuego agonizante sobre el poniente. Una hora más tarde oyó
el
timbre incesante de la puerta. Claudia descendió las escaleras para
volver con
un grupo de comensales. Mario reconoció el rostro pálido de Ana, quien
entrelazando sus dedos en la mano de Orlando presidía a los invitados.
—Cuéntame de tu
embarazo —demandó
Mario al abordarla.
Ana pidió
disculpas a Orlando, y
tomando a Mario por un brazo lo condujo hacía un rincón de la terraza,
junto a
una máquina de coser oxidada.
—No hay razón
para preocuparse.
—Quiero adoptar
al crío.
—No engendraré
bastardos.
—¿Ya probaste el
jamón
avinagrado? —preguntó Orlando desde su
costado.
—No me apetece
—respondió Ana
entrelazando de nuevo una de sus manos en las suyas—. ¡Picarón! Déjanos
a
solas. Ya sabes cuan embarazoso es para dos amantes el continuar con su
amistad.
—No tengo
secretos con Orlando —Mario
la espetó—. Espero que conservemos una relación cordial.
Mario estrechó
sus manos y se
alejó hasta las fraguas de la barbacoa, en donde se sirvió un pedazo de
carne
seca. Mientras comía descubrió a una mujer rubia que a pasos cortos lo
seguía a
sus espaldas. Mario la observó con insistencia.
—Mi nombre es
Helena —la mujer
sostuvo su mirada—. Usted ha de ser el terrorista.
El ritmo de la
respiración de
Mario se alteró. Un bocado de batata frita se atoró en su garganta.
Tosió con
fuerza. Helena le ofreció un vaso con agua que Mario sorbió
precipitadamente.
—Perdóneme el
que me haya
presentado de esta manera.
—¿Trabaja para
el departamento de
inmigración?
—Le sorprenderá
saber que soy un
miembro activo de la armada.
—Mi nombre es
Ernesto. Usted puede
pasa aquí por extranjera.
—Soy conocida en
esta casa
—replicó Helena sin dar importancia a las diatribas de Mario—. La mejor
amiga
de Claudia desde que ella salió de Colombia. Claudia está al tanto de
sus
andanzas. Juntas compartimos nuestra intimidad. Me siento comprometida
con su
destino. Entiéndanos. Claudia debe tomar precauciones contra los abusos
de
tantos hombres advenedizos. Inclusos si a éstos se les conoce desde la
infancia. Después de todo, como mujer latinoamericana que es, Claudia
aún sufre
el yugo subconsciente del marianismo y el machismo.
—Como emigrante
latinoamericano
también sufro. Aun así me disgustaría que alguien abogase
a mi nombre. No quiero inmiscuirla en
mis conflictos.
Mario se embutió
un trozo de
carne en un gesto nervioso. A su alrededor algunos comensales meneaban
sus
caderas al son de una cumbia.
—También soy
latina —Helena
insistió—. No me tome a mal. De espíritu. Simpatizo con su revolución.
—¿Cuál
revolución?
—Jamás me fío de
un gobierno
estable. Es el espíritu crítico e inconformista el que dinamiza la
historia,
¿no es así? Claudia me ha hablado de los ideales del revolucionario
colombiano.
Su inspiración es maoísta.
—Jamás he leído
a Mao —Mario
rechistó—. Pero siendo usted tan simpatizante no dudo de que ya la
mitad de
Nueva York se ha enterado de mi pasado alevoso.
—No se enerve.
Quiero ayudarle.
—No veo la
manera en que pueda
hacerlo.
Helena lo encaró
con una sonrisa
deliberadamente inquisitiva.
—Tal vez
casándose conmigo.
Mario endureció
su rostro.
—Las mujeres
estadounidense creen
que los emigrantes sólo quieren copular con ellas por un permiso de
trabajo.
—Ana abortó por
su bienestar.
Mario la
escudriñó de pies a
cabeza a medida que absorbía sus palabras. Sus senos voluptuosos
contrastaban
con la aspereza de su rostro pecoso y de ojos verdes.
—Soy popular en
este pueblo
—exclamó Mario incapaz de ocultar un dejo de indignación en sus
palabras—
¿Claudia sabía de este aborto?
—No levanté su
voz. La cautela es
lo más conveniente. Orlando es un hombre celoso y violento.
Mario buscó a
Ana entre los
comensales.
—Trabaja como
policía. Una
profesión a su medida. En particular si ésta es ejercida contra quienes
acaparan nuestros puestos de trabajo. Ana ama a un hombre musculoso,
quien, por
lo demás, la ha invitado a que viva en su apartamento. Apuesto a que
usted no
querrá arruinar su felicidad.
—¡Zorra! —gimió
Mario impotente.
—Aunque lo que
hicimos estuvo
dentro de la legalidad no falta quien nos discrimine. Ahora sé que
usted
hubiera aceptado su responsabilidad, pero Ana carecía de esa certeza.
De
cualquier modo, usted podría arrepentirse después de los tres meses
estipulados
por la ley. Ese feto ya no es un inconveniente. Jamás tuvo conciencia
de su
muerte.
—Tampoco la
tiene un hombre
envenenado.
—Usted no tiene
dinero, está
sujeto a la deportación y carece de educación.
Mario dirigió su
vista desairada
hacia los comensales. Distinguió a Ana, quien dialogando con Todd se
desternillo ante una de sus bromas vulgares. Constato, empero, que su
culpabilidad se disipaba. Coligió con
perfidia que ésta lo abrasaría más tarde, en algún momento involuntario
de
soledad. Apaciguó su amargura considerando que la máscara social de la
felicidad se diluía siempre ante un espejo. La
envidia abarcó su semblante. La fortuna de
Helena y su insidia bien
fundamentada lo enardecían. Su destino, como el de su país de origen,
parecía
seguir el curso trazado por una voluntad foránea.
—Ana recibió
trescientos dólares
por el feto —añadió Helena.
—Conozco sus
argumentos. Le falta
agregar que Ana es una mujer con un porvenir por delante.
—Ana triunfará y
logrará su
independencia.
—Estoy en
desacuerdo. Ese juicio
se acomoda a usted. Aunque es obvio que
Orlando le propondrá matrimonio, o ella a él, ¿qué importa? Sus
consejos darán
frutos y usted caerá en cuenta del poder retórico de su lengua sobre
los
emigrantes ingenuos. Espero que me inviten a su boda. Podríamos bailar.
—Sabía que usted
me lo
propondría.
Ambos dieron un
paso adelante,
entrelazaron sus manos y avanzaron sobre la terraza al compás de una
canción
cubana.
—Tengo hombres
con los cuales
satisfago mis necesidades fisiológicas —añadió Helena—. Vivimos en los
noventa.
Soy independiente.
—¿Es esa otra
simpatía
revolucionaria o un nuevo eufemismo de la soltería?
Helena reajustó
el marco de sus
gafas sobre sus ojos con disimulo malogrado.
—Usted no sabe
la carga que
representa un hijo para una mujer de la época posindustrial. Por lo
demás, se
lo repito, no hay certeza de que aquel vástago fuera suyo. Espero no
haberlo
ofendido.
—No lo estoy
—Mario la
interrumpió—. Usted asume demasiados presupuestos sobre las pasiones
ajenas. Es
el estereotipo del macho latinoamericano, presumido y arrogante. Sus
sicoanalistas descubren en su osadía un carácter inseguro. Ha escogido
la
ocasión más propicia para corroborar su postulado.
—No eleve el
tono de su voz
—musitó Helena desenlazando sus manos de sus cabellos. Mario la siguió
hasta la
baranda.
—Conozco a
muchas mujeres como
usted. Creen tener la receta para solucionar todos los problemas y las
contradicciones del mundo. Les aterra pensar que este país se pueble de
latinoamericanos y africanos.
—¿No le dije que
mi abuelo era
Uruguayo?
—Estoy segura de
que usted ama
las películas de seres monstruosos, cuyos órganos reproductores son
cercenados
por obra de mujeres asexuadas.
Helena giró
sobre si misma y se
alejó con aparente condescendencia. Mario se acercó a la mesa, en donde
se
sirvió un vaso con cerveza. Varias parejas lo hacinaron. Caminó de
vuelta a la
baranda.
—¿Aún meditando
sobre la muerte? —pregunto una voz a sus
espaldas.
Mario descubrió
a Todd, quien
desde su silla de ruedas le ofrecía su mano izquierda.
—Veo que alguien
ha perdido su
apuesta —exclamó Mario apretando su mano en un esfuerzo por parecer
ecuánime.
—¿A ti también
te han dispuesto
en mi contra? —preguntó Todd señalando a Constantino—. Hace tres meses
yo era
la persona más importante en esta casa. Hoy nadie quiere verme.
—Usted exagera.
Mario contempló
las nalgas
descubiertas de Ana. Su falda era levantada por Orlando. Aquella piel
tan
despreciada cobraba ahora un precio público que lo ofuscaba.
—Desde que
obtuvo su herencia
miserable Claudia no deja de ganar pretendientes —replicó Todd con un
dejo de
acritud.
Mario analizó el
rostro convulso
de su interlocutor. Todd, incómodo por su escrutinio,
extrajo un cigarrillo y lo encendió
concentrando su interés en la imagen de Constantino y Claudia, quienes
hablaban
frente a la parrilla.
—Quiero que
hablemos de un asunto
importante —Mario lo interpeló con
gravedad súbita.
—Te escucho.
—Es acerca del
trabajo como
limpiador de la universidad en que trabajas.
—No me dirás que
tú también
viniste a probar suerte con Claudia. No te apenes. Cualquiera persona
sin
dinero lo haría en tu lugar. Pierdes tu tiempo. Sé que Mario no está en
su
agenda. Ahora que ella tiene una renta asegurada quiere que nos
separemos. Ama a Constantino. Un
rufián. Hasta me entregó un cheque por mil dólares. Se lo rompí en la
cara. No
me hacen falta. Estoy decidido a obcecarla. No me interesa su renta.
Observa la
caspa en el cabello del cafre con quien conversa. ¿Lo conoces?
—Un poco.
—Claudia sabe
que una vez
casados, más tiempo tendrá él de demandar su divorcio que de cumplir
con sus
obligaciones como cónyuge en su luna de miel. Es un vividor. La otra
elección
recae sobre la lesbiana.
Todd apuntó con
su dedo índice a
Helena, quien observando a Ana devoraba manjares dispuestos sobre mesas
de
madera.
—Es una mujer
posesiva, pero no
hay razón para que usted la discrimine por sus inclinaciones sexuales
—replicó
Mario en un esfuerzo hipócrita por ocultar su antipatía contra Helena.
—No me
malinterprete. No creo que
ella guste de otras mujeres; el problema es que no hay hombre que guste
de
ella.
Mario celebró su
broma con una
risa estertórea.
—Te noto
indeciso —agregó Todd—.
En comparación a aquella noche.
—¡Ah! Fue una
conversación
agotadora.
Mario suspiró
tranquilo. Los
acontecimientos de los últimos días lo enervaban.
—No quiero
volver a discutir
ahora.
Todd lo observó
con ojos preñados
de sospecha.
—He estado
cavilando tus
creencias. No son tan descarriadas. El pensamiento necesita de una
renovación,
y ella sólo puede nacer de una convergencia con nuestra debilidad. La
aristocracia ha fracasado. En su lugar, la escolástica regresará como
un
ejercicio saludable.
Todd se sumió en
un silencio
prolongado. Extrajo una pequeña botella del bolsillo interior de su
chaqueta de
cuero negro y sin despegar su mirada de Claudia la empinó sobre sus
labios
hasta vaciar su contenido en sus entrañas.
—No puedo
ayudarte a conseguir un
trabajo en mi empresa —exclamó Todd luego de carraspear la mucosa en su
laringe—. Fui despedido de mi puesto la semana pasada.
—Lo lamento.
—No te preocupes
por mi
bienestar. Tengo un seguro de desempleo. Y tú, ahora, ¿qué piensas
hacer?
—Encomendarme a
la sangre de
Cristo; jamás me ha desamparado. He sufrido temores. Todos ellos
infundados.
—Perdonarás mi
sentido del humor
—dijo Todd con una risa entrecortada—. Pero como tu implicaste el otro
día, soy
un tanto perverso. Ahora, discúlpame.
Quiso añadir que
hacía un lustro
la rótula de su rodilla derecha se había quebrado al trastabillar sobre
un
andamio. Usó muletas por dos meses. Desde entonces su espalda se
paralizaba,
produciéndole dolores agudos en las noches frías. Su estómago ardía en
las
madrugadas como una bolsa de hiel perforada por ácido sulfúrico. Sus
malestares
desaparecieron sin que Mario acudiese al cirujano. Una mejoría que
coincidió
con su viaje a Fátima. Su sentido común se abstenía de proclamar el
milagro. Se
alejó hacia la baranda a observar el resplandor de las primeras
estrellas bajo
la mortaja nocturna.
—¿Dónde está
Margarita? —
preguntó Todd a Cassandro.
—Terminamos.
—¿Por tu causa?
—No hay que
compadecerla —los
ojos de Cassandro cobraron una intensidad virulenta—. Anoche la
encontré
macizándose con uno de sus clientes. Cuando la interpelé al respecto me
dijo
que aquel hombre era un viejo amigo de su patria.
—Todas son unas
rameras —retortó
Todd—. Basta con que un hombre las aborde una tercera vez para que se
entreguen
a sus caprichos más obscenos. Es una lástima. Y pensar que tú la
ayudaste con
su inglés por tanto tiempo.
La multitud
aclamó a Cassandro.
Luego de una negativa modesta, Cassandro afinó su guitarra y cantó:
Cassandro, tú también fuiste arrebatado
Por las
Furias que despueblan nuestros campos
A donde
irán tus remedos precisos,
Las
muecas de tus labios, tus retruécanos
Los
chisporroteos de tus ojos impávidos
Tu
irrespeto por la alcurnia,
La
gracia que nos sanaba del luto,
hoy renovado
Nos
dejaste para alegrar a tantos parientes
Que ya
te precedieron en ésta,
nuestra
autodestrucción
Deja ya
que nuestras risas sigan tu mortaja
Deja ya
que sin tu consuelo
El
horror se descubra al cabo de una carcajada
Los comensales
aplaudieron a
Cassandro sin interrumpir el susurro parejo de sus conversaciones.
Constantino
se quejó en voz alta de que la melodía era demasiado triste para la
ocasión.
—No lo escuches
—Todd masculló
al oído de Cassandro—. Ese malhechor carece de sensibilidad.
—Es mi canto
fúnebre. Lo compuse
para cuando me entierren en Cuba.
—Desde luego
—Todd asintió sin
tomar en serio a Cassandro.
—No me faltó
espíritu para
vengarme de Margarita haciéndole saber que yo mismo tenía varios
amantes en
Latinoamérica —agregó Cassandro— . Ella ni tan siquiera se inmutó,
como si ya
lo supiera. No dudo que Constantino ha estado cortejándola.
—¡Eso! —exclamó
Todd dando rienda
suelta a su rencor—. Ese mal parido se ha vuelto más abusivo que los
mismos
bribones estadounidenses. Ese es nuestro problema. Recibimos a los
pícaros con
todo tipo de seguridades sociales y en cuanto pueden se apropian de
nuestro
bienestar. Entonces creen que pueden actuar con mejor desenvolvimiento
que
nosotros, los hijos de las generaciones que se jorobaron organizando
estas
ciudades de progreso.
—Ya lo decía mi
padre —retortó Cassandro—. Los latinos
propagan el
relajo. Sólo bailan y fornican.
Todd cayó en
cuenta de su
absurdo; Cassandro era también un advenedizo. Redefinió su anatema
contra los
hijos de la última generación de emigrantes estadounidenses.
—No me refiero a
ti, desde luego
—carraspeó—. Piensa en mi situación laboral. Me despiden como a un
perro porque
ahora hay demasiados latinos que dominan el español tan bien como el
inglés. Mi
castellano es tan límpido como el de ellos, pero eso poco les interesa,
pues no
tengo un apellido puertorriqueño. Su secuaz ha sido una mejicana; sólo
porque
me burlé de sus pezones a través del correo electrónico.
—Progenie de
esclavos y bucaneros
—musitó Cassandro antes de alejarse.
Claudia
dialogaba con Constantino
junto a la barbacoa.
—Hemos llegado a
un acuerdo
—Mario la escuchó al pasar—. No puedo apresurar los trámites.
—Detesto las
fiestas con
inválidos.
—No fui yo quien
lo trajo hasta
acá.
Se percataron de
la presencia de
Mario a escaso metros. Claudia se compadeció del aspecto desgarbado de
aquel compañero de su infancia. Un
perdedor para la sociedad anglosajona. Una música intermitente y
estruendosa se
oyó desde el interior del apartamento. Claudia dejó a Constantino a
cargo del asado
y bajó acompañada por Mario para descubrir la primera planta de su
apartamento
atiborrada de un grupo de emigrantes belgas. Uno de ellos, Moore,
recogía su
cabello dentro de una malla variopinta de lana entretejida. Él la
abrazó
felicitándola por la fiesta, a la vez que la presentó a un grupo de
fumadores
altaneros. Claudia les pidió que apagaran la música por respeto a los
vecinos.
El grupo abandonó la casa entre chiflidos malhumorados.
Moore los excusó entre bromas y le preguntó a
Claudia sobre las diligencias de su divorcio. Claudia se encogió de
hombros
avanzando de vuelta a la terraza. Desde la adquisición de aquella casa
juzgaba
a sus interlocutores por sus ambiciones. La humanidad aparecía ante
ella como
una hacedora de esbirros hipócritas y sensuales enmascarados en gestos
protocolarios. El rostro compulsivo de Constantino cedió ante su
sonrisa
traviesa. La postura altiva y pesimista de Todd se desbordó en encomios
por su
silueta ajada. También adivinaba los
pensamientos de Mario a través de sus conversaciones con Helena. Orlando, afortunadamente, parecía concentrado
en su nuevo romance con Ana, demasiado presuntuoso como para
interesarse en
otra compatriota. Los comensales comían su postre. Claudia invitó a
Mario a que
se sentase a su costado.
—No me contaste
que Ana había
abortado.
—No lo sabía
—Claudia mintió.
—Helena la instó
y la ayudó.
—Debió haber
ocurrido anteayer.
De cualquier modo fue una buena decisión.
Claudia frunció
sus labios
avergonzada.
—Quisiera saber
a que viniste.
Odias este tipo de reuniones sociales.
Mario vio a
Constantino conversar
con Todd junto a la terraza.
—Sobretodo vine
a felicitarte por
la adquisición de esta casa.
—Fue un desvarío
a mi favor. El
capricho de un propietario que no ama a su familia. Jamás lo conocí.
Creía que
con esta casa me inmolaba a Belcebú.
—Un legado
virtuoso. Es una
mansión victoriana. Sus paredes fueron construidas por albañiles
provenientes
de Irlanda.
—Nadie sabe para
quien trabaja.
Arrendando dos de sus apartamentos sobreviviré. Aunque me gustaría
venderla.
Soy supersticiosa.
Ambos desviaron
sus miradas hacia
la silueta sesgada de una luna menguante.
—Jamás podremos
desprendernos de
nuestra educación católica —añadió Claudia.
—Aun así te
divorcias.
—No amo a Todd.
—Tendrás algún
pretendiente.
—Nada concreto.
Claudia
escudriñó el rostro de
Mario.
—¿Es por dinero?
—preguntó.
—No lo fue hace
veinte años
—Mario mantuvo sus párpados abiertos sobre sus labios trémulos.
—Disculpa
—Claudia contorsionó su
cuerpo en un movimiento breve—. Asocio todas las intenciones con esta
propiedad.
—Si te comparas
con la gente de
los estratos más denigrados de esta sociedad eres una mujer acaudalada.
—¿Cómo va tu
trabajo? —preguntó
Claudia despejando sus sospechas.
—Siempre hay
gente en los metros.
Claudia
descubrió las luces de un
avión emergiendo raudas detrás de la silueta de Mario.
—Debió ocurrir
en un principio.
—No comenzó
cuando nos
encontramos bajo el río Hudson. Nuestra vida se repite en cada viaje.
Los
mismos personajes son encarnados por actores nuevos. La autoridad de
nuestros
padres ya no pende sobre nuestras cabezas. No apures los sucesos. Si
rehúsas
Dios nos unirá en otro paisaje.
—Tal vez
—murmuró Claudia
acariciando sus cabellos.
—Ninguno se ha
comprometido.
Claudia recobró
su expresión
pasiva de tantos años atrás. Los ruidos lejanos de los motores de
automóviles
fueron interrumpidos por una risotada de los comensales.
Se contemplaron.
La multitud se
desvaneció a su alrededor. Mario observó de soslayo un seno y una
cintura
doblada sobre su cama. Una botella se quebró a su espalda.
Se volvió y
encaró a Constantino,
quien a gatas imploraba su socorro. Gruesos canales de sangre escapaban
de su
garganta, cortada entre sus manos.
—¡Ayúdenle! —Ana
vociferaba
histérica.
Claudia tomó un
teléfono portátil
que yacía sobre la mesa y marcó los dígitos del número de emergencias.
Detrás
de ella Mario descubrió a Todd enarbolando una botella rota y cortante
de
cerveza. Cassandro y Orlando parecían rodearlo con sus brazos
extendidos sin
atreverse, no obstante el alboroto de sus gritos, a inmovilizarlo entre
sus
brazos.
—Bitch! —gritó Todd
saltando de su silla de ruedas para avanzar a pasos tordos sobre el
cuerpo de
Claudia. El filo del vidrio surcó los aires y al caer rasgó su ojo y su
mejilla
izquierda. Mario se abalanzó sobre Todd. Sus brazos lucharon con los
suyos
hasta dominarlo. Todd, con mirada estrambótica, vomitó sobre sus
piernas.
El retal su
botella cayó y se
deshizo en piezas brillantes sobre el suelo.