Hugo Santander Ferreira
 
Hugo Santander Ferreira


  
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   Nuevas Tardes en Manhattan


Kirguizistán


Sobre los Rí­os Dorados
New York





UNAB
En los Estados Unidos la unión familiar o la filantropía está mandada a recoger para que la incineren. Tú no puedes vivir en función de cualquier emigrante que venga a visitarte. Una vida ya es más que suficiente. Por otra parte no hay peor ofensa que el paternalismo...



Algunos estudiantes o profesores habí­an decidido al mismo tiempo tomar medidas más drásticas; en ví­speras de su trigésimo tercer cumpleaños, Eliseo y Colette se despertaron tiritando en medio de la noche.

-La calefacción no funciona -dijo Eliseo levantándose.


Pensamientos ansiosos secaron su lengua: su pronunciación intrincada del Portugués y la inmerecida mala reputación de su paí­s de nacimiento.

El hombre se presentó y Ricardo hojeó nerviosamente las páginas de sus libros. Caviló sobre la historia de España, de Castilla: una cabeza de pez a punto de devorar ese gusano amargo llamado Portugal.

Cubierta de la edición colombiana (Bucaramanga, 2000)

Cubierta de la edición europea (Barcelona, 2002)

Cubierta de la edición colombiana (Bucaramanga, 2000)

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Nuevas Tardes en Manhattan  


Capítulo VIII

Caracas


—Papeles—requirió el hombre gordo de cachetes fofos y bigote escuálido.
—¿Es ésta la sala de espera para el vuelo a Nueva York? —repliqué.
El hombre gordo me miró con el resentimiento de la autoridad negada. Los ojos del sicario que buscan la motivación de su ira contra su víctima antes de disparar estaban frente a mí.
Fue un martes de junio de 1974. Aquella mañana había desatendido las palabras de mi primer marido, quien me repitió que con el fin de producir una impresión favorable en las autoridades aduaneras de los Estados Unidos me era indispensable el depilarme el bozo. En aquel entonces nuestra relación declinaba, razón por la cual omití su consejo. Respiré los vientos fríos de la madrugada bogotana, me enjuagué el rostro con un paño de agua tibia y llamé a un taxi desde la casa al aeropuerto. Allí me despedí de quienes había amado, y tomando un vuelo de Santa Fe de Bogotá a Nueva York hice escala la ciudad de Caracas.
Siete años atrás, meses antes de la segunda depresión económica que azotó a los emporios turísticos de las islas Margarita, destituyó al presidente de turno de abuelos colombianos, y cortó el subsidio de la leche bovina, mi abuela y yo emprendimos la temeraria empresa de atravesar Venezuela desde la Guajira colombiana hasta San Antonio. La jornada de once días se tornó solitaria y nerviosa. El paisaje exuberante de las laderas venezolanas no apaciguó la incomodidad por las miradas hostiles de los nativos. Poco conversamos: nuestro acento ahuyentaba a los hombres y espantaba a los lactantes. La devaluación del bolívar y la pérdida definitiva de las esperanzas de Venezuela de ingresar al así llamado primer mundo era una humillación que urgía de culpables. La prensa local era pródiga a la hora de escribir diatribas contra los emigrantes colombianos que conformaban la plebe y la inteligencia de aquel país. Sus conclusiones eran exacerbadamente intolerantes: Los colombianos han sido contratados en puestos de importancia, decían, ellos son los causantes de nuestro retroceso económico.
Durante el tiempo gastado en aquellas tierras sufrimos un desprecio tranquilo que apuró nuestro regreso. Ya en Colombia ocupaciones diarias y acontecimientos más felices borraron el aspecto huraño de los venezolanos de nuestra memoria. Estudiando en Bucaramanga llegué incluso a sostener una corta relación con un venezolano, quien me llegó a convencer de que aquellas impresiones no eran más que un producto de nuestra paranoia. Después de todo nunca conversamos con la gente de aquel país durante nuestro viaje por sus costas y picos. Con furor me uní al credo venezolano que ve en Simón Bolívar a un tirano ejemplar, para beneficio de aquel sentimiento agresivo que en Sudamérica llamamos patriotismo.
Ahora, ante la mirada del hombre gordo aquellas impresiones volvían acompañadas de otras aleccionadas por rumores caseros. Se hablaba de los colombianos que trabajaban como esclavos en las plantaciones de caña de la cuenca baja del Atrato, de las reinas de los pueblos costeños decapitadas en las orgías de los militares venezolanos, de los músicos barranquilleros torturados por policías celosos de la voluptuosidad que la cumbia despertaba en sus esposas, y de las mazmorras del aeropuerto Simón Bolívar de Caracas. Aquellas memorias, verídicas o exageradas por el miedo, se vertieron sobre mi imaginación enfriando mi sangre y dando al policía cabida para que me acosara (ya entonces intuía que aquel hombre sin credenciales era miembro de la difamada guardia venezolana).
—¡Papeles!—ordenó esta vez el hombre gordo.
—Y, ¿quién es usted?—Pregunté mientras pasaba mi pasaporte del bolsillo de mi sastre hasta sus manos.
—Tiquete aéreo—fue su respuesta.
Yo le entregué mi pasabordo.
—Tiquete aéreo —él requirió de nuevo.
—Usted tiene el tiquete —repliqué sin contener un tinte irónico en mi sonrisa.
—¿Conque yo lo tengo? —replicó el guardia extrayendo del bolsillo un libro grueso, al parecer un manual de leyes aduaneras.
—Mi pasabordo es mi tiquete —cometí la imprudencia de añadir.
El hombre gordo descubrió en mi cooperación una ofensa imperdonable. Ya el hecho de portar una visa colombiana me convertía en una sospechosa ante sus ojos. Aquel documento burocrático me otorgaba un tinte criminal encarecido por una serie de televisión norteamericana bastante popular en Latinoamérica durante aquel tiempo. En ella dos policías descubrían a un grupo de narcotraficantes que intentaban violar la zona costera de Miami. Los hampones, invariablemente colombianos, recibían un impacto de bala en su cabeza hacia el final de cada episodio. La resonancia de aquella serie se había hecho palpable no sólo en el incremento del tráfico y consumo de drogas en los Estados Unidos, sino así mismo en la caza de brujas de los portadores de pasaportes colombianos, quienes caían sobre los baldosines de los aeropuertos internacionales abaleados en la cabeza por policías nerviosos.
Mi vivacidad inquietó a aquel guardia o detective hasta el punto de que luego de sostener una mirada desafiante ante mis ojos, tal y como el manual en sus manos le dictaba, aquel justiciero avanzó hacía mí sin reparar en la silla metálica frente a su rodilla. Al dar un paso adelante su cuerpo trastabilló contra el brazo metálico, contorsionando su pierna en un halón doloroso, lo suficiente como para propiciar la perdida de su equilibrio y su caída aparatosa sobre el suelo.  El manual saltó al aire con torpeza para caer junto a mis pies. Lo recogí y vi las figuras que dictaban el tipo de mirada que aquel perito intentaba tontamente de emular.  
Minutos más tarde, el jefe de la guardia civil me diría en una mazmorra, a solas:
—¡Meretriz! Aquí mandamos nosotros, gústele o no, y si se me da la hijo'eputa gana la mando al calabozo. Aquí no estamos en los Estados Unidos, en donde la policía se engatusa con derechos humanos, y mucho menos Colombia. Usted tendrá que mamarme la verga si se me viene en gana.
Mientras continuaba sus insultos de rutina contra mi nacionalidad deseché la idea de discutir con aquel infeliz que dominaba el acento de las cárceles y los prostíbulos. Recordé la convención de Varsovia, que se decía protegía a viajeros internacionales que hacían escala en un tercer país, y me pregunté que político había decretado el empleo de aquellos paladines en un aeropuerto internacional. En cuanto al desconocimiento de los derechos humanos en Venezuela aquel hombre no carecía de fundamento. Su país pasaba tan desapercibido en el campo de las artes y los deportes que las tenazas de la comunidad internacional apenas si podían reparar en sus desmanes.
En Santa Fe de Bogotá, como en Chiapas, los asesinos han aprendido que un acto impune puede desplegar una publicidad que los destierra del anonimato y los conduce a un juicio internacional a través de los despliegues sensacionalistas de la media. En Venezuela, en donde cinco millones de colombianos cohabitan con doce millones de nativos, las organizaciones de derechos humanos brillan por su ausencia. Los derechos deshechos y los abusos contra la gente parida entre las líneas trazadas por un cartógrafo vasco del siglo xvi apenas despiertan la curiosidad de una prensa internacional poluta por los prejuicios contra Colombia y engañada por la formación académica de los trabajadores públicos de Venezuela. Como los judíos durante las postrimerías del holocausto, los colombianos asumieron un desprecio involuntario que halló fundamento en la economía y contagió con la lógica del desdén la privacidad del individuo para carcomerlo.
Momentos atrás el hombre gordo se levantaba con su rostro desencajado por la vergüenza, sus orbitas negras saltando en un mar rojo de pequeñas arterías quebradas sobre el blanco de sus ojos. Sin preámbulos el guardia extrajo su revólver y apuntándolo contra el techo miró a su alrededor, al parecer para cerciorarse de que nadie lo avistaría. Demasiado tarde, pues ya una anciana se desgañitaba en un ataque de histeria que conminó a todos los presentes a agazaparse bajo las sillas de la sala de espera. Yo no me inmuté, absorta como estaba en la lectura rápida de aquel manual de instrucciones aduaneras. Más cuando reparé en el revólver del hombre contra el techo solté el folleto de mis manos y levanté mis brazos en el temor de que aquel energúmeno desatase su furia contra mi organismo.
—¡Recoja el manual! —me dijo.
Yo obedecí justo cuando varios hombres inundaban el recinto. Al levantar mi mirada hacía el hombre gordo observé el cañón de su pistola frente a mí. Aún me preguntó si su intención en aquel momento era la de asesinarme aduciendo que yo quería  hurtarle su cuaderno. No lo sabré, pero infiero que la entrada oportuna de los colegas de aquel gendarme evitó un acto brutal. Imposibilitada para conversar escuché a los guardias que cuchicheaban entre sí. Se decidió que yo debía seguirlos fuera de la zona internacional. Obedecí sin rechistar, temblorosa como estaba. La imagen del cañón del revólver persistía indeleble ante mis ojos.
A través de los pasillos del aeropuerto recordé de cuantas historias se contaban sobre los colombianos condenados a pagar sentencias por crímenes que jamás cometieron. La más común era aquella de las requisas breves, donde para estupefacción de los interrogados se les informaba que sus bolsillos contenían bolsas con cocaína. De nada valían sus juramentos de inocencia, ni sus acusaciones contra la guardia civil. Ya en el juicio se les permitía a los condenados la declaración de su inocencia ante la vista irrefutable de la cocaína que nunca transportaron.
Un guardia negro se me acercó con simpatía canina para violar el silencio de su colega. Él me dijo que la guardia civil venezolana trabajaba con la INTERPOL. Yo le pregunté por un documento de identificación y él me sonrió con displicencia. Me recordó a mi primer enamorado, Orlando, hijo de un delincuente bumangués de ascendencia iraní, quien viajó a Santa Fe de Bogotá para efectuar algunos negocios turbios, y a quien cierto día avisté en el cajero electrónico de la calle treinta y nueve con avenida trece. Yo apresuré mi paso para saludarlo sin percatarme de su acompañante; una mujer de sastre rucio que sonreía con dientes desnaturalizadamente blancos.  Él me observó de soslayo por unos breves instantes, tiempo suficiente para examinar mi vestimenta casual y mi cabello desordenado. En un gesto empático reparé en su vestimenta nueva, su gabán abultado, su perfume exuberante y el llavero en sus manos, el cual sacudía ostentosamente en un esfuerzo por pregonar su propiedad automotriz.
—¿Cuál era el apellido de tu primer novio? —Constantino la interpeló.
—¿De Orlando?
—¿Orlando Rengifo? Creo que tenemos un amigo en común.
Claudia comprendió que el compañero de tantas desventuras de Constantino era el mismo vecino de su infancia.
—Francisco Orlando Nariño —corrigió Claudia con un gesto airado, compungida ante la posibilidad de que Constantino la imaginase acoplándose con  un delincuente. Los celos deteriorarían entonces la posesión ya endeble de su amante luego de su boda con Todd, apurando además razones precipitadas de promiscuidad femenina que azuzarían su desprecio.  
Orlando, su amorío más compulsivo y frágil. El se apostaba cada tarde a la salida de su escuela, en donde las muchachas de cursos superiores admiraban su motocicleta de marca, sus brazos fornidos y su cintura de avispa. Luego de varias provocaciones insistente Claudia aceptó acompañarlo al cine, en donde ambos se besaron en la oscuridad. Durante las tardes de aquel mes de agosto ambos frecuentaron la casa del abuelo materno de Orlando, viejo marinero catalán que los convidaba a compartir una paella valenciana. Mientras él cocinaba ambos aprendieron a embriagarse a hurtadillas bajo la connivencia del anciano. Cierta tarde, luego de haber trotado la montaña de Pan de Azúcar que se eleva sobre el barrio Terrazas, Orlando la introdujo a su casa, entonces desocupada luego del encarcelamiento de su padre, en donde ella consintió ser desvirgada entre promesas de amor permanente. A la mañana siguiente una alumna de un curso superior, de rostro ajado por el ácido, le revelaría a Claudia que Orlando era uno de los vendedores de barbitúricos más temidos de los colegios bumangueses. Cuando ella lo interrogó al respecto él la abofeteó y la repudió sin contemplaciones. Sus primeras penas de amor le sumieron en cama durante casi una semana. Su recuperación devino a causa de un acontecimiento tragicómico. Cierta noche Orlando había preparado una pizza de hongos alucinógenos, de la cual sólo había ingerido un pedazo, reservando el resto para futuras ocasiones. A la mañana siguiente su abuela septuagenaria lo había sorprendido luego de un largo viaje desde el Chocó. La señora Nariño, según decía, quería acompañarlo en su luto por la muerte de su madre y la congoja por el encarcelamiento de su padre. Orlando la había recibido sin entusiasmo, receloso de su intromisión en su vida privada, y luego de instalarla en la vieja alcoba de sus padres se despidió para cumplir con sus compromisos. Al regresar en la tarde Orlando había encontrado a su abuela moribunda sobre el suelo de la cocina, donde había cometido la imprudencia de devorar los restantes quince pedazos de alucinógenos horneados.
—¡Al menos murió con una sonrisa de oreja a oreja! —era el apunte con que Orlando concluía entre risotadas la nueva del deceso de su abuela.
Claudia supo de esta anécdota a través de un amigo de Orlando, Franco, su segundo novio carnal, el mismo día en que ésta se dio a conocer en el submundo de la escuela. Aunque nadie dudó de la muerte de la abuela de Orlando, no faltó quien afirmara que la historia de los hongos había sido una invención oportuna para incentivar el consumo de drogas entre los jóvenes bumangueses.
Sus vidas se distanciaron luego de varios amantes, hasta cuando frente a aquel cajero electrónico sus encuentros frente a los teatros de cine, sus tardes en casa de su abuelo cocinando paella y sus empeños de embriagarse a hurtadillas entristecieron ante un rostro frío. Orlando giró con arrogancia hacia su  amante ocasional.
—Mi humanidad había desaparecido bajo mis ropas —Claudia retomó su relato—, signo indeleble de su pasado, y la prosperidad se adivinaba en el flirteo con aquella modelo de dientes postizos. Entonces lo dejé, incapaz de hacerlo encarar de nuevo su arrogancia. Meses después alguien me dijo que Orlando me difamaba, asegurando mi envolvimiento en vicios. Murmuraciones que tenían cierto fundamento, pues Fernando fumaba marihuana y yo en varias ocasiones me atreví a acompañarlo, pero que exageraban mi disposición e intentaban denigrarme ante nuestros amigos. También cabe pensar que tu primer enamorado era un drogadicto. Creo en el retruécano de los griegos que dice que aquellos que nos han despreciado alguna vez jamás nos perdonan. Pero la raíz de ese desprecio es invariablemente la admiración o la amistad. De cualquier modo la resemblanza entre mi primer novio y aquel inspector me resultaba inquietante. No supe a que tormento aferrarme; a la actitud hosca del hombre gordo o al continuo parloteo del hombre negro, quien con cortesía me conducía a través de los salones del aeropuerto a un sitio siniestro que presentía. Como ganado que confiado del pesero es guiado hasta el matadero, así me dejé llevar por estos hombres cuyos nombres ni tan siquiera conocía. Reculé en los límites del muelle internacional. Supe que una vez en territorio venezolano mis credenciales serían ilegales y estaría sometida a la inmisericordia de un país presto a abusar de los viajeros. El monstruo de la violación parecía delinearse frente a mi cerviz.
—Yo no sigo —dije al hombre negro.
—Pero nada te va a pasar si nada temes —él replicó con una sonrisa forzada.
No había manera de contradecirle. Lo seguí con la resignación sublime de aquel que se concilia con la muerte. Mis temores se habían desvanecido y una sensación de dignidad se reflejaba en mi semblante. Recordé las escenas de tortura de una película de Rosselini, la osadía de Lucrecia de León, los gemidos mudos de Auschwitz, la desaparición de veinticinco jóvenes decapitados por los grupos paramilitares en Barrancabermeja, y grité. Educada en la retórica de las iglesias, esta vez abrí mis labios para dejar constancia de su injusticia ante la población civil de Caracas.
—¡Quiero constatar que soy conducida a los sótanos del aeropuerto Simón Bolívar por la guardia civil venezolana! Soy estudiante de la Universidad de Nueva York, y voy contra mi voluntad a donde sea que me conduzcan. ¡Mi nombre es Claudia Angelina de las Penas Benavides!
Adelante el hombre gordo caminaba por un corredor que se internaba en las tenebrosas entrañas del aeropuerto. La señal iluminada de una figura con falda indicaba que aquel corredor conducía a los baños, pero la ausencia de transeúntes indicaba que aquel lugar estaba temporalmente cerrado al público. Junto a mí el hombre negro ocultaba su rostro a los ciudadanos civiles que habían escuchado mi arenga. Él me empujó hacia adelante y una vez me hube cerciorado de que la gente intercambiaba sus impresiones sobre mi discurso me interné en las entrañas grises de la mole de concreto.
Sentí que varios ojos me seguían con curiosidad hasta que llegué a un cubículo con varias alcobas divididas. Fui internada en un laberinto de puertas y salones octagonales donde el rumor de pasos sobre los corredores de mármol del aeropuerto se ahogaba en un silencio cada vez más alucinante. El llanto de un bebé rebotó en ecos sobre las vigas metálicas incrustadas a lo largo del techo.
—Es el recién nacido de nuestra superiora —dijo el hombre negro en un intento por apaciguar mis pavores—. Todos lo mimamos.
Atravesé un salón subterráneo en donde círculos concéntricos de ventanas enrejadas  se sucedían las unas a las otras. Un rótulo gigantesco dejaba entrar la luz del sol una docena de metros arriba. Aunque la arquitectura anodina de aquellas paredes descascaradas indicaba la entrada a una prisión, el hombre negro me explicó que se trataba de las oficinas de la aduana venezolana. Descendí sin contrariarlo a lo largo de unas escaleras amplias y oscuras, al cabo de las cuales cuatro perros babeantes pendían encadenados de las manos de dos guardias.
—Creemos que las armas son innecesarias —explicó el hombre negro. Al cruzar el umbral de aquella puerta pude observar las fauces aserradas de los cancerberos.
Vi un nuevo pasillo, alargado hasta el horizonte, hundiéndose con la curvatura de la tierra. Temblorosa ante la perspectiva de aquel trayecto fui conducida ante una puerta abierta a nuestra derecha. La atravesamos  y nos adentramos en un salón diminuto, apenas iluminado por una luz titilante de neón, bajo la cual una mecanógrafa de unos cuarenta años copiaba mis datos personales, transcribiéndolos del pasaporte que había entregado al hombre gordo en la sala internacional del aeropuerto. La desnudez de las paredes, la humedad y la iluminación claroscuro daban un tinte lúgubre a esta guarida de gendarmes.
La mujer me recibió con una sentencia:
—La gente que lleva droga se torna agresiva.
Inferí la conclusión del silogismo:
b. Usted es agresiva
c. Luego Usted lleva droga.
—Ahora, cuéntenos —la mujer me espetó—. ¿Por qué está usted tan agresiva?
—Uno oye historias.
—¿Qué historias?
Me sumí en un nuevo silencio. Recordé una serie de televisión en donde una mujer marchaba a Venezuela en busca de una vida mejor. Engañada por un hombre pudiente la dama era involucrada en un hurto e internada en una prisión donde era violada por tres guardias antes de ser sometida a juicio. Al final ella se ahorcaba ante los acosos sexuales de su abogado. Aquella anécdota era mero melodrama, tal vez tan perniciosa como la serie estadounidense sobre los alienados suramericanos que invadían California, pero a falta de otras referencias mi imaginación  insuflaba mis temores.
Un hombre cojo y ciego que vestía un traje blanco de guayabera entró al recinto para olerme con desprecio.
—Usted es la renombrada plañidera —el hombre me espetó.
—Usted será Vulcano —le dije.
—¿Ah?
Ante los rostros perplejos de mis gendarmes sentí la compulsión de ironizar a aquel sabueso con un halago literario, pero deseché tal idea como contraproducente. Años atrás la ignorancia de mis  compañeros de clase venezolanos sobre literatura no había dejado de impresionarme.  Cursando mis estudios secundarios en el colegio Pico de la Mirandella cierto día, recibiendo a nuestros nuevos alumnos, la profesora interpeló a una venezolana preguntándole si sabía quien era Pico de la Mirandella, a lo que ella  respondió que era la dueña del colegio.
Minutos más tarde, insultándome a solas, el guardia reconoció su carencia de modales y las limitaciones de su educación:
—Si usted es tan instruida —me dijo—, no debería cuestionar mi autoridad.
Aquel hombre se refería al hecho de que algunos ciudadanos venezolanos lo importunaron después de haber escuchado mi arenga, maquinando ideas tétricas sobre mi paradero. Al parecer la Guardia Civil ya era bastante temida por los venezolanos mismos. Haciendo un acopio de fuerzas accedí a darle la razón en cuanto a mi necedad para con la autoridad, agregando como justificación que si había algún culpable ese sería el jefe de planeación del aeropuerto Simón Bolívar, quien había instalado aquellas oscuras mazmorras en los sótanos bajo las pistas de aterrizaje. Sugerí un lugar abierto y ventilado. El guardia pareció conmovido no tanto por la veracidad de mi comentario como por mi sentido común y me preguntó como sabía bajo que terreno nos encontrábamos.
—La ventana del patio abierto filtra la luz en dirección oeste, esto es, contrario al costado donde yacen las pistas de aterrizaje.
—Una inteligencia criminal —musitó.
Los guardias me condujeron a un salón adyacente donde un cojo me interrogó acerca de mi profesión.
—¿Un qué? —preguntó Todd profundamente perturbado.
Claudia se ruborizó agachando su cabeza sobre el escote de sus senos.
—Un oficial, digo —respondió en un intento vago por enmendar su desprecio hacia su esposo.
El rumor del motor del automóvil se impuso trastornando los ánimos de los viajantes. Todd pareció asimilar su menosprecio a juzgar por su nerviosismo. La saliva tomó un gusto amargo en las bocas de los otros pasajeros. Todd soportó incólume un leve desvanecimiento, ola de calor que desde sus ojos hasta el centro de su pecho encendía una fragua impalpable. Los ojos de Claudia reaccionaron húmedos al súbito cambio de temperatura que envolvía y rasgaba su epidermis. Una inflamación purpúrea creció como pequeñas burbujas de carne viva junto a su labio.
—Yo —continuó trémula—, dispuesta a librarme de aquel trance a través de mi astucia, le mentí diciéndole que era una estudiante de periodismo, mis escritos siendo publicados en varias revistas, en donde escribía en Español o en Inglés con indiferencia. La insinuación de que mi vivencia presente sería escrita y publicada apaciguó a aquel carácter deforme. Dos hombres que no conocía llegaron y constataron por escrito que yo había vociferado en el umbral que conducía a los sótanos del aeropuerto. Ya para entonces había recobrado el dominio de mi misma, pero mi soberbia apuntando el local de los sótanos y mi pasado colombiano indujo a aquellos guardias a culparme.  Asumieron que mi rol como periodista era ficticio. Educados en aquel  manual que emulaban el estilo de los libros de recetas de cocina los pseudodetectives se agolparon a mi alrededor con la certeza de hallar dibujadas en mi rostro las descripciones fisiológicas de los culpables. Su confidencia fue tanta que se permitieron dos testigos civiles en mi contra. Fui conducida a otro salón más oscuro y más pequeño. De modo mecánico obedecí a sus órdenes, contenta de haberme librado de cualquier abuso corporal. Impresión errónea, pues al llegar allí, ante las miradas de seis hombres y una mujer escuché la orden imperiosa para que me desnudase. Obedecí atenuando mi vergüenza con un dejo de dignidad. Me agaché, de acuerdo a sus mandatos, recordando historias de pequeños narcotraficantes que rellenaban sus barrigas con bolsas de cocaína, so peligro de que éstas se reventasen al menor movimiento de sus caderas produciéndoles una muerte instantánea. Al levantarme el hombre gordo se me acercó y me apuñeteó sobre el vientre sin consideraciones. Otros dos guardias lo retiraron disimulando su sorpresa. Al parecer el hecho de que hasta hacia poco me había portado con altanería los había persuadido de mi culpabilidad.  Apacigüé el dolor con la seguridad de estar protegida por las miradas de dos testigos casuales y me vestí ante sus ojos avergonzados.
De vuelta frente al escritorio de la mecanógrafa me constriñeron a que les enseñase mi cartera y mi equipaje de mano. Acto seguido tuve que contestar ecuánime a sus preguntas absurdas y contradictorias.
Incapaces de vejarme ante los testigos del aeropuerto, comprobaron mi inocencia. La desilusión en el rostro del hombre gordo fue evidente por las aletas dilatadas de su nariz abierta. Diez minutos después me liberaron para asignarme al hombre negro como guía. Él me condujo de vuelta a la sala de embarque del avión que volaba hacia Nueva York. Antes de abordar tuve que confrontar a una policía joven, quien soez me preguntó en que sitio trabajaba.
—Universidad de Nueva York —mentí con una vocalización clara.
Ella me preguntó de nuevo y yo le repetí la respuesta. Esta vez su gesto me resultó sospechoso, entre ofendido y desafiante. Me ordenó pararme junto a ella para una requisa. Yo protesté y ella me amenazó con enviarme a prisión en la noche. Yo apenas balbuceé:
—Usted sabe que yo ya fui requisada. Aun así tratan de inculparme. Todo esto es por lo que soy colombiana.
Ella replicó con una sentencia aprendida de memoria:
—Colombiana, francesa, americana; aquí todos se requisan por igual. Creíamos que usted era una periodista.
—Soy periodista y profesora —corregí.
De las pocas mezquindades de las cuales me arrepiento: la de haber comprado mi tiquete aéreo a través de esa aerolínea venezolana. En aquel entonces, debido a la recesión económica y a su exceso de petróleo las compañías aéreas de aquel país ofrecían verdaderas gangas para que los colombianos viajasen como pasajeros de sus aviones. Hoy día, según he escuchado, debido a los abusos continuos de sus autoridades  sólo los viajeros más desprevenidos se atreven a sobrevolar a aquel país encenegado en sus prejuicios.
—Usted espera junto a mí hasta que yo se lo indique —la gendarme me espetó luego de requisarme. Inferí que mi equipaje estaba siendo vandalizado por el hombre gordo de bigote escuálido.
No hube terminado de ilar mis pensamientos cuando una voz quebrada se escuchó desde la fila de los hombres.
—¡Todo esto porque hay un vuelo de Medellín! ¡Abusivos!
El hombre, quien tendría unos noventa años, era conducido a las mazmorras ante los ojos indolentes de los demás pasajeros. Yo aguardé a que todos los viajeros ingresasen al avión para que la policía joven fuese informada que ya no valía la pena injuriarme. Su retaliación fue el conjeturar de que mi visa para ingresar a los Estados Unidos era falsa. A continuación varios peritos llegaron a examinar mi documento con lupa, mientras yo contemplaba inerme como aquel documento era pasado de mano en mano corriendo el riesgo de que lo rasgasen. Una vez acordaron que el documento no estaba falsificado se me permitió ingresar al avión.
Desde la ventana vi a varios guardias romper las costuras de varias maletas. No pude evitar el pensar que su próxima afrenta sería el colocar drogas ilegales que me llevarían a una prisión eterna en los Estados Unidos.
Cuando el avión despegó me hice la promesa de nunca regresar a aquel país que se jactaba de tener poca actividad delictiva.
—Allá a los criminales no los encarcelan, los contratan —escuché a mis espaldas.
Ya fuera del espacio aéreo venezolano una mujer se me acercó y me dijo:
—A usted un ángel de Dios la protegió, que otra muchacha que vino de Santa Fe de Bogotá jamás volvió de las mazmorras del Simón Bolívar.
—En comparación a aquel maltrato —Claudia añadió como colofón de su relato—, el comportamiento de este policía de tránsito no es menos que cordial.
—Sí, claro —Cassandro aceptó a regañadientes—. Si me comparo con los búlgaros, ¿cómo no contentarme?
—¿Los búlgaros? —Todd lo interrogó.
—La más antigua generación de su estirpe que se conoce fue condenada a la ceguera por un monarca bizantino vencedor. Sólo a uno de sus miembros le fue permitido el conservar un ojo único.
—Una hueste de Tiresias —comentó Todd—. Hoy los ojos nos ciegan. Es cruel.
—¿Qué insinúa usted? —preguntó Cassandro.
—La televisión inculca la fidelidad  —respondió Todd con desparpajo—. Aquel en quien más confiamos conspira contra nosotros en cuanto puede. Nada más peligroso que un amante que se torna amable de la noche a la mañana.
Cassandro frunció sus labios con desdén y espetó a Constantino.
—Pues sepa que no estoy apenado de los trabajos de Margarita. Nos bastamos con el dinero de las propinas que sus clientes le dejan entre sus senos y bajo la liga de sus calzones.
Claudia desvió su mirada hacia el paisaje móvil detrás de la ventana del automóvil. Digirió las palabras de Cassandro con una mezcla de vergüenza y entristecimiento. No contemplaba que Margarita trabajaría como bailarina desnuda, un oficio del cual ambas se habían burlado con sorna meses atrás. Peripecias de su adelgazamiento. Siendo la muchacha más obesa de su colegio Margarita se había sometido a un ayuno prolongado con el ánimo de acallar las burlas de sus compañeras y acaparar las miradas de los mancebos universitarios. Luego de recuperarse de una bulimia incipiente, una serie de cortos noviazgos había trastornado sus hábitos hasta el punto de convertirla en víctima de una confabulación. La directora de su colegio le había comunicado que sus mejores amigas, flacas de rostro perforado por el acné, murmuraban en su contra algunos de los embustes que Margarita misma había desplegado contra las mujeres mejor apetecidas por los hombres de Buenos Aires. Días más tarde Octavio, un hombre divorciado de quien se había imprudentemente enamorado, la dejaba preñada para casarse con una modelo de toallas higiénicas.  Su viaje a los Estados Unidos había sido motivado por un mero deseo de librarse del desprecio propiciado por su comunidad luego del subsiguiente conocimiento público de su aborto.
Su amistad y su idilio con Cassandro la habían culturizado eficazmente, y ahora Claudia se preguntaba quién sería la víctima de aquella situación, si Margarita, quien desnuda ofrecía su cuerpo a manoseos que sustentaban la inclinación artística de su amante, o si Cassandro, enamorado de una mujer que suplía la carencia de amor en su adolescencia a través de rituales voluptuosos que provocaban la masturbación de hombres sin rostro.
—Es la vida de la pareja moderna —asintió Todd con tono cáustico observando a Constantino—. Si yo quiero disfrutar y amar a tantas mujeres adúlteras no tengo ataduras morales que me intimiden.     
Claudia fijó su mirada en su marido. Desprecio hacia sí mismo que aúna sus ánimos contra sus  bienamados.
—Nada nos depara una vida depravada —apuntó Claudia.
—De-pravada. Sin privaciones.
—Yo sé que no hay que fiarse del cuerpo —Cassandro musitó asumiendo su ironía—. A veces Margarita sale a tomarse un coctel con sus clientes. El dueño del bar le da una comisión por cada trago. Así funciona.
—¿No sufres de celos? —preguntó Constantino.
—¿De qué otro modo puede ella ofenderme sino culeando? —respondió Cassandro en un tono jocoso que despertó los aplausos y las carcajadas de su auditorio.
—Me alegro que pienses así —lo espetó Constantino con ánimo despreocupado—. Nunca se sabe lo que ocurre en las cabinas privadas.
—¿Reservados? —exclamó Claudia incapaz de contener su estupor.
Luego del entierro de su madre Fernando la había invitado a una discoteca sobre la avenida trece con calle treinta y cuatro de Santa Fe de Bogotá. Cada mesa estaba separada por pequeñas cortinas que ocultaban una puerta corrediza de aluminio. Luego de bailar sobre una pista de granito pulido Fernando la compelió a beber varios vasos con vodka. La puerta fue deslizada por una camarera a quien Fernando donó una propina generosa y Claudia se aprestó a asegurarla con un pequeño pasador de acero.
A la luz de un foco de luz oscilante los compases de la música bailable se disiparon.
Sus manos embriagadas repasaron las áreas de piel descubiertas de su padrastro. Fernando la desnudó y entre gruñidos desató un deseo amainado por lágrimas de condolencia.
—La prostitución está prohibida en estos estados —añadió Constantino interpretando la expresión de Claudia como una pregunta—. Eso dicen. Pero cualquier senador sabe que en estos sitios se pueden contratar a bailarinas privadas en cabinas oscuras y bajo llave.  Lo que ocurre durante esa danza sólo atañe a la bailarina y al cliente.
Claudia observó el rostro pálido de Cassandro, quien esbozó una sonrisa desenfadada. Constantino, al parecer contrito de sus palabras, desencadenó una serie de encomios por la democracia en los Estados Unidos, tema que amenizó de nuevo la conversación durante su viaje.
Hacia el anochecer alcanzaron los contornos del Lago Séneca, y dos horas más tarde, exhaustos por tanta palabrería, avanzaron silentes junto a sus playas hasta llegar a W. Glenn. Allí se alojaron en un motel atendido por una familia de pelirrojos.
Claudia les preguntó si podían indicarle el camino hacia la casa de Samuel D. Burne.
—¿Vienen al funeral? —preguntó una mujer que parecía ser la dueña del local.
—Venimos a hablar con Samuel D. Burne —Claudia la corrigió.
La mujer pelirroja explicó que Samuel se hallaba descansando en la paz del Señor desde la noche anterior. Claudia se estremeció sin entender como podía lamentar la pérdida de alguien que apenas había conocido por teléfono.
—En todo caso llegaron demasiado tarde —añadió la mujer pelirroja un tanto desconcertada por la actitud de Claudia y las miradas atónitas de su séquito—. Las exequias del señor Burne fueron al mediodía.





































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