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—Papeles—requirió el hombre gordo de cachetes fofos y bigote escuálido.
—¿Es ésta la sala de espera para el vuelo a
Nueva York? —repliqué.
El hombre gordo me miró con el resentimiento de
la autoridad negada. Los ojos del sicario que buscan la motivación de
su ira contra su víctima antes de disparar estaban frente a mí.
Fue un martes de junio de 1974. Aquella mañana
había desatendido las palabras de mi primer marido, quien me repitió
que con el fin de producir una impresión favorable en las autoridades
aduaneras de los Estados Unidos me era indispensable el depilarme el
bozo. En aquel entonces nuestra relación declinaba, razón por la cual
omití su consejo. Respiré los vientos fríos de la madrugada bogotana,
me enjuagué el rostro con un paño de agua tibia y llamé a un taxi desde
la casa al aeropuerto. Allí me despedí de quienes había amado, y
tomando un vuelo de Santa Fe de Bogotá a Nueva York hice escala la
ciudad de Caracas.
Siete años atrás, meses antes de la segunda
depresión económica que azotó a los emporios turísticos de las islas
Margarita, destituyó al presidente de turno de abuelos colombianos, y
cortó el subsidio de la leche bovina, mi abuela y yo emprendimos la
temeraria empresa de atravesar Venezuela desde la Guajira colombiana
hasta San Antonio. La jornada de once días se tornó solitaria y
nerviosa. El paisaje exuberante de las laderas venezolanas no apaciguó
la incomodidad por las miradas hostiles de los nativos. Poco
conversamos: nuestro acento ahuyentaba a los hombres y espantaba a los
lactantes. La devaluación del bolívar y la pérdida definitiva de las
esperanzas de Venezuela de ingresar al así llamado primer mundo era una
humillación que urgía de culpables. La prensa local era pródiga a la
hora de escribir diatribas contra los emigrantes colombianos que
conformaban la plebe y la inteligencia de aquel país. Sus conclusiones
eran exacerbadamente intolerantes: Los colombianos han sido contratados
en puestos de importancia, decían, ellos son los causantes de nuestro
retroceso económico.
Durante el tiempo gastado en aquellas tierras
sufrimos un desprecio tranquilo que apuró nuestro regreso. Ya en
Colombia ocupaciones diarias y acontecimientos más felices borraron el
aspecto huraño de los venezolanos de nuestra memoria. Estudiando en
Bucaramanga llegué incluso a sostener una corta relación con un
venezolano, quien me llegó a convencer de que aquellas impresiones no
eran más que un producto de nuestra paranoia. Después de todo nunca
conversamos con la gente de aquel país durante nuestro viaje por sus
costas y picos. Con furor me uní al credo venezolano que ve en Simón
Bolívar a un tirano ejemplar, para beneficio de aquel sentimiento
agresivo que en Sudamérica llamamos patriotismo.
Ahora, ante la mirada del hombre gordo aquellas
impresiones volvían acompañadas de otras aleccionadas por rumores
caseros. Se hablaba de los colombianos que trabajaban como esclavos en
las plantaciones de caña de la cuenca baja del Atrato, de las reinas de
los pueblos costeños decapitadas en las orgías de los militares
venezolanos, de los músicos barranquilleros torturados por policías
celosos de la voluptuosidad que la cumbia despertaba en sus esposas, y
de las mazmorras del aeropuerto Simón Bolívar de Caracas. Aquellas
memorias, verídicas o exageradas por el miedo, se vertieron sobre mi
imaginación enfriando mi sangre y dando al policía cabida para que me
acosara (ya entonces intuía que aquel hombre sin credenciales era
miembro de la difamada guardia venezolana).
—¡Papeles!—ordenó esta vez el hombre gordo.
—Y, ¿quién es usted?—Pregunté mientras pasaba
mi pasaporte del bolsillo de mi sastre hasta sus manos.
—Tiquete aéreo—fue su respuesta.
Yo le entregué mi pasabordo.
—Tiquete aéreo —él requirió de nuevo.
—Usted tiene el tiquete —repliqué sin contener
un tinte irónico en mi sonrisa.
—¿Conque yo lo tengo? —replicó el guardia
extrayendo del bolsillo un libro grueso, al parecer un manual de leyes
aduaneras.
—Mi pasabordo es mi tiquete —cometí la
imprudencia de añadir.
El hombre gordo descubrió en mi cooperación una
ofensa imperdonable. Ya el hecho de portar una visa colombiana me
convertía en una sospechosa ante sus ojos. Aquel documento burocrático
me otorgaba un tinte criminal encarecido por una serie de televisión
norteamericana bastante popular en Latinoamérica durante aquel tiempo.
En ella dos policías descubrían a un grupo de narcotraficantes que
intentaban violar la zona costera de Miami. Los hampones,
invariablemente colombianos, recibían un impacto de bala en su cabeza
hacia el final de cada episodio. La resonancia de aquella serie se
había hecho palpable no sólo en el incremento del tráfico y consumo de
drogas en los Estados Unidos, sino así mismo en la caza de brujas de
los portadores de pasaportes colombianos, quienes caían sobre los
baldosines de los aeropuertos internacionales abaleados en la cabeza
por policías nerviosos.
Mi vivacidad inquietó a aquel guardia o
detective hasta el punto de que luego de sostener una mirada desafiante
ante mis ojos, tal y como el manual en sus manos le dictaba, aquel
justiciero avanzó hacía mí sin reparar en la silla metálica frente a su
rodilla. Al dar un paso adelante su cuerpo trastabilló contra el brazo
metálico, contorsionando su pierna en un halón doloroso, lo suficiente
como para propiciar la perdida de su equilibrio y su caída aparatosa
sobre el suelo. El manual saltó al aire con torpeza para caer
junto a mis pies. Lo recogí y vi las figuras que dictaban el tipo de
mirada que aquel perito intentaba tontamente de emular.
Minutos más tarde, el jefe de la guardia civil
me diría en una mazmorra, a solas:
—¡Meretriz! Aquí mandamos nosotros, gústele o
no, y si se me da la hijo'eputa gana la mando al calabozo. Aquí no
estamos en los Estados Unidos, en donde la policía se engatusa con
derechos humanos, y mucho menos Colombia. Usted tendrá que mamarme la
verga si se me viene en gana.
Mientras continuaba sus insultos de rutina
contra mi nacionalidad deseché la idea de discutir con aquel infeliz
que dominaba el acento de las cárceles y los prostíbulos. Recordé la
convención de Varsovia, que se decía protegía a viajeros
internacionales que hacían escala en un tercer país, y me pregunté que
político había decretado el empleo de aquellos paladines en un
aeropuerto internacional. En cuanto al desconocimiento de los derechos
humanos en Venezuela aquel hombre no carecía de fundamento. Su país
pasaba tan desapercibido en el campo de las artes y los deportes que
las tenazas de la comunidad internacional apenas si podían reparar en
sus desmanes.
En Santa Fe de Bogotá, como en Chiapas, los
asesinos han aprendido que un acto impune puede desplegar una
publicidad que los destierra del anonimato y los conduce a un juicio
internacional a través de los despliegues sensacionalistas de la media.
En Venezuela, en donde cinco millones de colombianos cohabitan con doce
millones de nativos, las organizaciones de derechos humanos brillan por
su ausencia. Los derechos deshechos y los abusos contra la gente parida
entre las líneas trazadas por un cartógrafo vasco del siglo xvi apenas
despiertan la curiosidad de una prensa internacional poluta por los
prejuicios contra Colombia y engañada por la formación académica de los
trabajadores públicos de Venezuela. Como los judíos durante las
postrimerías del holocausto, los colombianos asumieron un desprecio
involuntario que halló fundamento en la economía y contagió con la
lógica del desdén la privacidad del individuo para carcomerlo.
Momentos atrás el hombre gordo se levantaba con
su rostro desencajado por la vergüenza, sus orbitas negras saltando en
un mar rojo de pequeñas arterías quebradas sobre el blanco de sus ojos.
Sin preámbulos el guardia extrajo su revólver y apuntándolo contra el
techo miró a su alrededor, al parecer para cerciorarse de que nadie lo
avistaría. Demasiado tarde, pues ya una anciana se desgañitaba en un
ataque de histeria que conminó a todos los presentes a agazaparse bajo
las sillas de la sala de espera. Yo no me inmuté, absorta como estaba
en la lectura rápida de aquel manual de instrucciones aduaneras. Más
cuando reparé en el revólver del hombre contra el techo solté el
folleto de mis manos y levanté mis brazos en el temor de que aquel
energúmeno desatase su furia contra mi organismo.
—¡Recoja el manual! —me dijo.
Yo obedecí justo cuando varios hombres
inundaban el recinto. Al levantar mi mirada hacía el hombre gordo
observé el cañón de su pistola frente a mí. Aún me preguntó si su
intención en aquel momento era la de asesinarme aduciendo que yo
quería hurtarle su cuaderno. No lo sabré, pero infiero que la
entrada oportuna de los colegas de aquel gendarme evitó un acto brutal.
Imposibilitada para conversar escuché a los guardias que cuchicheaban
entre sí. Se decidió que yo debía seguirlos fuera de la zona
internacional. Obedecí sin rechistar, temblorosa como estaba. La imagen
del cañón del revólver persistía indeleble ante mis ojos.
A través de los pasillos del aeropuerto recordé
de cuantas historias se contaban sobre los colombianos condenados a
pagar sentencias por crímenes que jamás cometieron. La más común era
aquella de las requisas breves, donde para estupefacción de los
interrogados se les informaba que sus bolsillos contenían bolsas con
cocaína. De nada valían sus juramentos de inocencia, ni sus acusaciones
contra la guardia civil. Ya en el juicio se les permitía a los
condenados la declaración de su inocencia ante la vista irrefutable de
la cocaína que nunca transportaron.
Un guardia negro se me acercó con simpatía
canina para violar el silencio de su colega. Él me dijo que la guardia
civil venezolana trabajaba con la INTERPOL. Yo le pregunté por un
documento de identificación y él me sonrió con displicencia. Me recordó
a mi primer enamorado, Orlando, hijo de un delincuente bumangués de
ascendencia iraní, quien viajó a Santa Fe de Bogotá para efectuar
algunos negocios turbios, y a quien cierto día avisté en el cajero
electrónico de la calle treinta y nueve con avenida trece. Yo apresuré
mi paso para saludarlo sin percatarme de su acompañante; una mujer de
sastre rucio que sonreía con dientes desnaturalizadamente
blancos. Él me observó de soslayo por unos breves instantes,
tiempo suficiente para examinar mi vestimenta casual y mi cabello
desordenado. En un gesto empático reparé en su vestimenta nueva, su
gabán abultado, su perfume exuberante y el llavero en sus manos, el
cual sacudía ostentosamente en un esfuerzo por pregonar su propiedad
automotriz.
—¿Cuál era el apellido de tu primer novio?
—Constantino la interpeló.
—¿De Orlando?
—¿Orlando Rengifo? Creo que tenemos un amigo en
común.
Claudia comprendió que el compañero de tantas
desventuras de Constantino era el mismo vecino de su infancia.
—Francisco Orlando Nariño —corrigió Claudia con
un gesto airado, compungida ante la posibilidad de que Constantino la
imaginase acoplándose con un delincuente. Los celos deteriorarían
entonces la posesión ya endeble de su amante luego de su boda con Todd,
apurando además razones precipitadas de promiscuidad femenina que
azuzarían su desprecio.
Orlando, su amorío más compulsivo y frágil. El
se apostaba cada tarde a la salida de su escuela, en donde las
muchachas de cursos superiores admiraban su motocicleta de marca, sus
brazos fornidos y su cintura de avispa. Luego de varias provocaciones
insistente Claudia aceptó acompañarlo al cine, en donde ambos se
besaron en la oscuridad. Durante las tardes de aquel mes de agosto
ambos frecuentaron la casa del abuelo materno de Orlando, viejo
marinero catalán que los convidaba a compartir una paella valenciana.
Mientras él cocinaba ambos aprendieron a embriagarse a hurtadillas bajo
la connivencia del anciano. Cierta tarde, luego de haber trotado la
montaña de Pan de Azúcar que se eleva sobre el barrio Terrazas, Orlando
la introdujo a su casa, entonces desocupada luego del encarcelamiento
de su padre, en donde ella consintió ser desvirgada entre promesas de
amor permanente. A la mañana siguiente una alumna de un curso superior,
de rostro ajado por el ácido, le revelaría a Claudia que Orlando era
uno de los vendedores de barbitúricos más temidos de los colegios
bumangueses. Cuando ella lo interrogó al respecto él la abofeteó y la
repudió sin contemplaciones. Sus primeras penas de amor le sumieron en
cama durante casi una semana. Su recuperación devino a causa de un
acontecimiento tragicómico. Cierta noche Orlando había preparado una
pizza de hongos alucinógenos, de la cual sólo había ingerido un pedazo,
reservando el resto para futuras ocasiones. A la mañana siguiente su
abuela septuagenaria lo había sorprendido luego de un largo viaje desde
el Chocó. La señora Nariño, según decía, quería acompañarlo en su luto
por la muerte de su madre y la congoja por el encarcelamiento de su
padre. Orlando la había recibido sin entusiasmo, receloso de su
intromisión en su vida privada, y luego de instalarla en la vieja
alcoba de sus padres se despidió para cumplir con sus compromisos. Al
regresar en la tarde Orlando había encontrado a su abuela moribunda
sobre el suelo de la cocina, donde había cometido la imprudencia de
devorar los restantes quince pedazos de alucinógenos horneados.
—¡Al menos murió con una sonrisa de oreja a
oreja! —era el apunte con que Orlando concluía entre risotadas la nueva
del deceso de su abuela.
Claudia supo de esta anécdota a través de un
amigo de Orlando, Franco, su segundo novio carnal, el mismo día en que
ésta se dio a conocer en el submundo de la escuela. Aunque nadie dudó
de la muerte de la abuela de Orlando, no faltó quien afirmara que la
historia de los hongos había sido una invención oportuna para
incentivar el consumo de drogas entre los jóvenes bumangueses.
Sus vidas se distanciaron luego de varios
amantes, hasta cuando frente a aquel cajero electrónico sus encuentros
frente a los teatros de cine, sus tardes en casa de su abuelo cocinando
paella y sus empeños de embriagarse a hurtadillas entristecieron ante
un rostro frío. Orlando giró con arrogancia hacia su amante
ocasional.
—Mi humanidad había desaparecido bajo mis ropas
—Claudia retomó su relato—, signo indeleble de su pasado, y la
prosperidad se adivinaba en el flirteo con aquella modelo de dientes
postizos. Entonces lo dejé, incapaz de hacerlo encarar de nuevo su
arrogancia. Meses después alguien me dijo que Orlando me difamaba,
asegurando mi envolvimiento en vicios. Murmuraciones que tenían cierto
fundamento, pues Fernando fumaba marihuana y yo en varias ocasiones me
atreví a acompañarlo, pero que exageraban mi disposición e intentaban
denigrarme ante nuestros amigos. También cabe pensar que tu primer
enamorado era un drogadicto. Creo en el retruécano de los griegos que
dice que aquellos que nos han despreciado alguna vez jamás nos
perdonan. Pero la raíz de ese desprecio es invariablemente la
admiración o la amistad. De cualquier modo la resemblanza entre mi
primer novio y aquel inspector me resultaba inquietante. No supe a que
tormento aferrarme; a la actitud hosca del hombre gordo o al continuo
parloteo del hombre negro, quien con cortesía me conducía a través de
los salones del aeropuerto a un sitio siniestro que presentía. Como
ganado que confiado del pesero es guiado hasta el matadero, así me dejé
llevar por estos hombres cuyos nombres ni tan siquiera conocía. Reculé
en los límites del muelle internacional. Supe que una vez en territorio
venezolano mis credenciales serían ilegales y estaría sometida a la
inmisericordia de un país presto a abusar de los viajeros. El monstruo
de la violación parecía delinearse frente a mi cerviz.
—Yo no sigo —dije al hombre negro.
—Pero nada te va a pasar si nada temes —él
replicó con una sonrisa forzada.
No había manera de contradecirle. Lo seguí con
la resignación sublime de aquel que se concilia con la muerte. Mis
temores se habían desvanecido y una sensación de dignidad se reflejaba
en mi semblante. Recordé las escenas de tortura de una película de
Rosselini, la osadía de Lucrecia de León, los gemidos mudos de
Auschwitz, la desaparición de veinticinco jóvenes decapitados por los
grupos paramilitares en Barrancabermeja, y grité. Educada en la
retórica de las iglesias, esta vez abrí mis labios para dejar
constancia de su injusticia ante la población civil de Caracas.
—¡Quiero constatar que soy conducida a los
sótanos del aeropuerto Simón Bolívar por la guardia civil venezolana!
Soy estudiante de la Universidad de Nueva York, y voy contra mi
voluntad a donde sea que me conduzcan. ¡Mi nombre es Claudia Angelina
de las Penas Benavides!
Adelante el hombre gordo caminaba por un
corredor que se internaba en las tenebrosas entrañas del aeropuerto. La
señal iluminada de una figura con falda indicaba que aquel corredor
conducía a los baños, pero la ausencia de transeúntes indicaba que
aquel lugar estaba temporalmente cerrado al público. Junto a mí el
hombre negro ocultaba su rostro a los ciudadanos civiles que habían
escuchado mi arenga. Él me empujó hacia adelante y una vez me hube
cerciorado de que la gente intercambiaba sus impresiones sobre mi
discurso me interné en las entrañas grises de la mole de concreto.
Sentí que varios ojos me seguían con curiosidad
hasta que llegué a un cubículo con varias alcobas divididas. Fui
internada en un laberinto de puertas y salones octagonales donde el
rumor de pasos sobre los corredores de mármol del aeropuerto se ahogaba
en un silencio cada vez más alucinante. El llanto de un bebé rebotó en
ecos sobre las vigas metálicas incrustadas a lo largo del techo.
—Es el recién nacido de nuestra superiora —dijo
el hombre negro en un intento por apaciguar mis pavores—. Todos lo
mimamos.
Atravesé un salón subterráneo en donde círculos
concéntricos de ventanas enrejadas se sucedían las unas a las
otras. Un rótulo gigantesco dejaba entrar la luz del sol una docena de
metros arriba. Aunque la arquitectura anodina de aquellas paredes
descascaradas indicaba la entrada a una prisión, el hombre negro me
explicó que se trataba de las oficinas de la aduana venezolana.
Descendí sin contrariarlo a lo largo de unas escaleras amplias y
oscuras, al cabo de las cuales cuatro perros babeantes pendían
encadenados de las manos de dos guardias.
—Creemos que las armas son innecesarias
—explicó el hombre negro. Al cruzar el umbral de aquella puerta pude
observar las fauces aserradas de los cancerberos.
Vi un nuevo pasillo, alargado hasta el
horizonte, hundiéndose con la curvatura de la tierra. Temblorosa ante
la perspectiva de aquel trayecto fui conducida ante una puerta abierta
a nuestra derecha. La atravesamos y nos adentramos en un salón
diminuto, apenas iluminado por una luz titilante de neón, bajo la cual
una mecanógrafa de unos cuarenta años copiaba mis datos personales,
transcribiéndolos del pasaporte que había entregado al hombre gordo en
la sala internacional del aeropuerto. La desnudez de las paredes, la
humedad y la iluminación claroscuro daban un tinte lúgubre a esta
guarida de gendarmes.
La mujer me recibió con una sentencia:
—La gente que lleva droga se torna agresiva.
Inferí la conclusión del silogismo:
b. Usted es agresiva
c. Luego Usted lleva droga.
—Ahora, cuéntenos —la mujer me espetó—. ¿Por
qué está usted tan agresiva?
—Uno oye historias.
—¿Qué historias?
Me sumí en un nuevo silencio. Recordé una serie
de televisión en donde una mujer marchaba a Venezuela en busca de una
vida mejor. Engañada por un hombre pudiente la dama era involucrada en
un hurto e internada en una prisión donde era violada por tres guardias
antes de ser sometida a juicio. Al final ella se ahorcaba ante los
acosos sexuales de su abogado. Aquella anécdota era mero melodrama, tal
vez tan perniciosa como la serie estadounidense sobre los alienados
suramericanos que invadían California, pero a falta de otras
referencias mi imaginación insuflaba mis temores.
Un hombre cojo y ciego que vestía un traje
blanco de guayabera entró al recinto para olerme con desprecio.
—Usted es la renombrada plañidera —el hombre me
espetó.
—Usted será Vulcano —le dije.
—¿Ah?
Ante los rostros perplejos de mis gendarmes
sentí la compulsión de ironizar a aquel sabueso con un halago
literario, pero deseché tal idea como contraproducente. Años atrás la
ignorancia de mis compañeros de clase venezolanos sobre
literatura no había dejado de impresionarme. Cursando mis
estudios secundarios en el colegio Pico de la Mirandella cierto día,
recibiendo a nuestros nuevos alumnos, la profesora interpeló a una
venezolana preguntándole si sabía quien era Pico de la Mirandella, a lo
que ella respondió que era la dueña del colegio.
Minutos más tarde, insultándome a solas, el
guardia reconoció su carencia de modales y las limitaciones de su
educación:
—Si usted es tan instruida —me dijo—, no
debería cuestionar mi autoridad.
Aquel hombre se refería al hecho de que algunos
ciudadanos venezolanos lo importunaron después de haber escuchado mi
arenga, maquinando ideas tétricas sobre mi paradero. Al parecer la
Guardia Civil ya era bastante temida por los venezolanos mismos.
Haciendo un acopio de fuerzas accedí a darle la razón en cuanto a mi
necedad para con la autoridad, agregando como justificación que si
había algún culpable ese sería el jefe de planeación del aeropuerto
Simón Bolívar, quien había instalado aquellas oscuras mazmorras en los
sótanos bajo las pistas de aterrizaje. Sugerí un lugar abierto y
ventilado. El guardia pareció conmovido no tanto por la veracidad de mi
comentario como por mi sentido común y me preguntó como sabía bajo que
terreno nos encontrábamos.
—La ventana del patio abierto filtra la luz en
dirección oeste, esto es, contrario al costado donde yacen las pistas
de aterrizaje.
—Una inteligencia criminal —musitó.
Los guardias me condujeron a un salón adyacente
donde un cojo me interrogó acerca de mi profesión.
—¿Un qué? —preguntó Todd profundamente
perturbado.
Claudia se ruborizó agachando su cabeza sobre
el escote de sus senos.
—Un oficial, digo —respondió en un intento vago
por enmendar su desprecio hacia su esposo.
El rumor del motor del automóvil se impuso
trastornando los ánimos de los viajantes. Todd pareció asimilar su
menosprecio a juzgar por su nerviosismo. La saliva tomó un gusto amargo
en las bocas de los otros pasajeros. Todd soportó incólume un leve
desvanecimiento, ola de calor que desde sus ojos hasta el centro de su
pecho encendía una fragua impalpable. Los ojos de Claudia reaccionaron
húmedos al súbito cambio de temperatura que envolvía y rasgaba su
epidermis. Una inflamación purpúrea creció como pequeñas burbujas de
carne viva junto a su labio.
—Yo —continuó trémula—, dispuesta a librarme de
aquel trance a través de mi astucia, le mentí diciéndole que era una
estudiante de periodismo, mis escritos siendo publicados en varias
revistas, en donde escribía en Español o en Inglés con indiferencia. La
insinuación de que mi vivencia presente sería escrita y publicada
apaciguó a aquel carácter deforme. Dos hombres que no conocía llegaron
y constataron por escrito que yo había vociferado en el umbral que
conducía a los sótanos del aeropuerto. Ya para entonces había recobrado
el dominio de mi misma, pero mi soberbia apuntando el local de los
sótanos y mi pasado colombiano indujo a aquellos guardias a
culparme. Asumieron que mi rol como periodista era ficticio.
Educados en aquel manual que emulaban el estilo de los libros de
recetas de cocina los pseudodetectives se agolparon a mi alrededor con
la certeza de hallar dibujadas en mi rostro las descripciones
fisiológicas de los culpables. Su confidencia fue tanta que se
permitieron dos testigos civiles en mi contra. Fui conducida a otro
salón más oscuro y más pequeño. De modo mecánico obedecí a sus órdenes,
contenta de haberme librado de cualquier abuso corporal. Impresión
errónea, pues al llegar allí, ante las miradas de seis hombres y una
mujer escuché la orden imperiosa para que me desnudase. Obedecí
atenuando mi vergüenza con un dejo de dignidad. Me agaché, de acuerdo a
sus mandatos, recordando historias de pequeños narcotraficantes que
rellenaban sus barrigas con bolsas de cocaína, so peligro de que éstas
se reventasen al menor movimiento de sus caderas produciéndoles una
muerte instantánea. Al levantarme el hombre gordo se me acercó y me
apuñeteó sobre el vientre sin consideraciones. Otros dos guardias lo
retiraron disimulando su sorpresa. Al parecer el hecho de que hasta
hacia poco me había portado con altanería los había persuadido de mi
culpabilidad. Apacigüé el dolor con la seguridad de estar
protegida por las miradas de dos testigos casuales y me vestí ante sus
ojos avergonzados.
De vuelta frente al escritorio de la
mecanógrafa me constriñeron a que les enseñase mi cartera y mi equipaje
de mano. Acto seguido tuve que contestar ecuánime a sus preguntas
absurdas y contradictorias.
Incapaces de vejarme ante los testigos del
aeropuerto, comprobaron mi inocencia. La desilusión en el rostro del
hombre gordo fue evidente por las aletas dilatadas de su nariz abierta.
Diez minutos después me liberaron para asignarme al hombre negro como
guía. Él me condujo de vuelta a la sala de embarque del avión que
volaba hacia Nueva York. Antes de abordar tuve que confrontar a una
policía joven, quien soez me preguntó en que sitio trabajaba.
—Universidad de Nueva York —mentí con una
vocalización clara.
Ella me preguntó de nuevo y yo le repetí la
respuesta. Esta vez su gesto me resultó sospechoso, entre ofendido y
desafiante. Me ordenó pararme junto a ella para una requisa. Yo
protesté y ella me amenazó con enviarme a prisión en la noche. Yo
apenas balbuceé:
—Usted sabe que yo ya fui requisada. Aun así
tratan de inculparme. Todo esto es por lo que soy colombiana.
Ella replicó con una sentencia aprendida de
memoria:
—Colombiana, francesa, americana; aquí todos se
requisan por igual. Creíamos que usted era una periodista.
—Soy periodista y profesora —corregí.
De las pocas mezquindades de las cuales me
arrepiento: la de haber comprado mi tiquete aéreo a través de esa
aerolínea venezolana. En aquel entonces, debido a la recesión económica
y a su exceso de petróleo las compañías aéreas de aquel país ofrecían
verdaderas gangas para que los colombianos viajasen como pasajeros de
sus aviones. Hoy día, según he escuchado, debido a los abusos continuos
de sus autoridades sólo los viajeros más desprevenidos se atreven
a sobrevolar a aquel país encenegado en sus prejuicios.
—Usted espera junto a mí hasta que yo se lo
indique —la gendarme me espetó luego de requisarme. Inferí que mi
equipaje estaba siendo vandalizado por el hombre gordo de bigote
escuálido.
No hube terminado de ilar mis pensamientos
cuando una voz quebrada se escuchó desde la fila de los hombres.
—¡Todo esto porque hay un vuelo de Medellín!
¡Abusivos!
El hombre, quien tendría unos noventa años, era
conducido a las mazmorras ante los ojos indolentes de los demás
pasajeros. Yo aguardé a que todos los viajeros ingresasen al avión para
que la policía joven fuese informada que ya no valía la pena
injuriarme. Su retaliación fue el conjeturar de que mi visa para
ingresar a los Estados Unidos era falsa. A continuación varios peritos
llegaron a examinar mi documento con lupa, mientras yo contemplaba
inerme como aquel documento era pasado de mano en mano corriendo el
riesgo de que lo rasgasen. Una vez acordaron que el documento no estaba
falsificado se me permitió ingresar al avión.
Desde la ventana vi a varios guardias romper
las costuras de varias maletas. No pude evitar el pensar que su próxima
afrenta sería el colocar drogas ilegales que me llevarían a una prisión
eterna en los Estados Unidos.
Cuando el avión despegó me hice la promesa de
nunca regresar a aquel país que se jactaba de tener poca actividad
delictiva.
—Allá a los criminales no los encarcelan, los
contratan —escuché a mis espaldas.
Ya fuera del espacio aéreo venezolano una mujer
se me acercó y me dijo:
—A usted un ángel de Dios la protegió, que otra
muchacha que vino de Santa Fe de Bogotá jamás volvió de las mazmorras
del Simón Bolívar.
—En comparación a aquel maltrato —Claudia
añadió como colofón de su relato—, el comportamiento de este policía de
tránsito no es menos que cordial.
—Sí, claro —Cassandro aceptó a regañadientes—.
Si me comparo con los búlgaros, ¿cómo no contentarme?
—¿Los búlgaros? —Todd lo interrogó.
—La más antigua generación de su estirpe que se
conoce fue condenada a la ceguera por un monarca bizantino vencedor.
Sólo a uno de sus miembros le fue permitido el conservar un ojo único.
—Una hueste de Tiresias —comentó Todd—. Hoy los
ojos nos ciegan. Es cruel.
—¿Qué insinúa usted? —preguntó Cassandro.
—La televisión inculca la fidelidad
—respondió Todd con desparpajo—. Aquel en quien más confiamos conspira
contra nosotros en cuanto puede. Nada más peligroso que un amante que
se torna amable de la noche a la mañana.
Cassandro frunció sus labios con desdén y
espetó a Constantino.
—Pues sepa que no estoy apenado de los trabajos
de Margarita. Nos bastamos con el dinero de las propinas que sus
clientes le dejan entre sus senos y bajo la liga de sus calzones.
Claudia desvió su mirada hacia el paisaje móvil
detrás de la ventana del automóvil. Digirió las palabras de Cassandro
con una mezcla de vergüenza y entristecimiento. No contemplaba que
Margarita trabajaría como bailarina desnuda, un oficio del cual ambas
se habían burlado con sorna meses atrás. Peripecias de su
adelgazamiento. Siendo la muchacha más obesa de su colegio Margarita se
había sometido a un ayuno prolongado con el ánimo de acallar las burlas
de sus compañeras y acaparar las miradas de los mancebos
universitarios. Luego de recuperarse de una bulimia incipiente, una
serie de cortos noviazgos había trastornado sus hábitos hasta el punto
de convertirla en víctima de una confabulación. La directora de su
colegio le había comunicado que sus mejores amigas, flacas de rostro
perforado por el acné, murmuraban en su contra algunos de los embustes
que Margarita misma había desplegado contra las mujeres mejor
apetecidas por los hombres de Buenos Aires. Días más tarde Octavio, un
hombre divorciado de quien se había imprudentemente enamorado, la
dejaba preñada para casarse con una modelo de toallas higiénicas.
Su viaje a los Estados Unidos había sido motivado por un mero deseo de
librarse del desprecio propiciado por su comunidad luego del
subsiguiente conocimiento público de su aborto.
Su amistad y su idilio con Cassandro la habían
culturizado eficazmente, y ahora Claudia se preguntaba quién sería la
víctima de aquella situación, si Margarita, quien desnuda ofrecía su
cuerpo a manoseos que sustentaban la inclinación artística de su
amante, o si Cassandro, enamorado de una mujer que suplía la carencia
de amor en su adolescencia a través de rituales voluptuosos que
provocaban la masturbación de hombres sin rostro.
—Es la vida de la pareja moderna —asintió Todd
con tono cáustico observando a Constantino—. Si yo quiero disfrutar y
amar a tantas mujeres adúlteras no tengo ataduras morales que me
intimiden.
Claudia fijó su mirada en su marido. Desprecio
hacia sí mismo que aúna sus ánimos contra sus bienamados.
—Nada nos depara una vida depravada —apuntó
Claudia.
—De-pravada. Sin privaciones.
—Yo sé que no hay que fiarse del cuerpo
—Cassandro musitó asumiendo su ironía—. A veces Margarita sale a
tomarse un coctel con sus clientes. El dueño del bar le da una comisión
por cada trago. Así funciona.
—¿No sufres de celos? —preguntó Constantino.
—¿De qué otro modo puede ella ofenderme sino
culeando? —respondió Cassandro en un tono jocoso que despertó los
aplausos y las carcajadas de su auditorio.
—Me alegro que pienses así —lo espetó
Constantino con ánimo despreocupado—. Nunca se sabe lo que ocurre en
las cabinas privadas.
—¿Reservados? —exclamó Claudia incapaz de
contener su estupor.
Luego del entierro de su madre Fernando la
había invitado a una discoteca sobre la avenida trece con calle treinta
y cuatro de Santa Fe de Bogotá. Cada mesa estaba separada por pequeñas
cortinas que ocultaban una puerta corrediza de aluminio. Luego de
bailar sobre una pista de granito pulido Fernando la compelió a beber
varios vasos con vodka. La puerta fue deslizada por una camarera a
quien Fernando donó una propina generosa y Claudia se aprestó a
asegurarla con un pequeño pasador de acero.
A la luz de un foco de luz oscilante los
compases de la música bailable se disiparon.
Sus manos embriagadas repasaron las áreas de
piel descubiertas de su padrastro. Fernando la desnudó y entre gruñidos
desató un deseo amainado por lágrimas de condolencia.
—La prostitución está prohibida en estos
estados —añadió Constantino interpretando la expresión de Claudia como
una pregunta—. Eso dicen. Pero cualquier senador sabe que en estos
sitios se pueden contratar a bailarinas privadas en cabinas oscuras y
bajo llave. Lo que ocurre durante esa danza sólo atañe a la
bailarina y al cliente.
Claudia observó el rostro pálido de Cassandro,
quien esbozó una sonrisa desenfadada. Constantino, al parecer contrito
de sus palabras, desencadenó una serie de encomios por la democracia en
los Estados Unidos, tema que amenizó de nuevo la conversación durante
su viaje.
Hacia el anochecer alcanzaron los contornos del
Lago Séneca, y dos horas más tarde, exhaustos por tanta palabrería,
avanzaron silentes junto a sus playas hasta llegar a W. Glenn. Allí se
alojaron en un motel atendido por una familia de pelirrojos.
Claudia les preguntó si podían indicarle el
camino hacia la casa de Samuel D. Burne.
—¿Vienen al funeral? —preguntó una mujer que
parecía ser la dueña del local.
—Venimos a hablar con Samuel D. Burne —Claudia
la corrigió.
La mujer pelirroja explicó que Samuel se
hallaba descansando en la paz del Señor desde la noche anterior.
Claudia se estremeció sin entender como podía lamentar la pérdida de
alguien que apenas había conocido por teléfono.
—En todo caso llegaron demasiado tarde —añadió
la mujer pelirroja un tanto desconcertada por la actitud de Claudia y
las miradas atónitas de su séquito—. Las exequias del señor Burne
fueron al mediodía.
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