Hugo
                                  Santander Ferreira
 
Hugo Noel Santander Ferreira


  
Crítica literaria

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La Silla del Aguila

"Memorias de mis Putas Tristes" Los perjuicios involuntarios de Gabriel García Márquez
Carlos Fuentes habita parte del año en Kensington, el área más aristocrática de Londres, la ciudad más cosmopolita de Europa. Su geografía ha sido descrita en varias de sus novelas.

En Instinto de Inez (Alfaguara, 2001) Londres es un laberinto de parques y mansiones aledaño a los acantilados de Cornwall. En La Silla del Aguila (Alfaguara, 2003) el novelista mexicano contrasta la anarquía, la corrupción y la desesperanza de las sociedades latinoaméricanas con la presupuesta armonía de Europa y los Estados Unidos.

Através de cartas dirigidas a parientes, amigos y amantes, los personajes de Fuentes evidencian el exacerbado nepotismo latinoamericano. Ni los héroes ni los próceres están excentos de culpa.


Luego de apelar a Beníto Juárez 'Benemerito de las Américas', Tácito de la Canal se pregunta: «Pero ¿no es Juárez el autor de la impacable frase: —A los amigos, justicia y gracia. A los enemigos, la ley?» (p. 147).

Una concesión que Bernal Herrera, candidato rival a la presidencia de la república, reafirma al escribir: «La diferencia con México es que en Europa o los Estados Unidos se castiga y en América Latina o se premia o se pasa por alto» (p. 176).

'La Silla del Aguila' entrelaza el relato de aventuras, el melodrama y la filosofía política -Realpolitik-, en un futuro demasiado cercano a nuestro presente. En el año 2020 México pierde su comunicación con el resto del mundo a causa su oposición a la invasión de Colombia por parte de los Estados Unidos. Una docena de políticos cercanos a un presidente que agoniza, inician una correspondencia descarnada, confesión de manipulaciones, amenazas y asesinatos encubiertos.

Fuentes se refiere continuamente a Maquiavelo, pero así mismo a Tácito y Suetonio: los presidentes de México, como los emperadores romanos, ascienden y descienden de acuerdo a las simpatías y antipatías de una mujer -Livia, madre de Tiberio, es encarnada por María del Rosario Galván-. Como en la Roma de Tácito, México es un país que prescinde del consenso de sus ciudadanos: cada presidente elige a su sucesor, y el senado, al igual que la masa electoral, se limita a asentir con su mandato. La democracia persiste, pero sólo como fachada de dinastías u oligarquías ancestrales. Los alcances de las revoluciones europeas son menospreciados por una clase política que se refiere a su presidente como a un emperador. Los brotes de pensamiento igualitario, contrarios a la socarronería de los círculos del poder, son suprimidos de raíz: «el intelectual acabará por disentir y para el político ésta será siempre una traición. Malicioso o ingenuo, maquiavélico o utópico, el poderoso siempre creerá que tiene la razón y el que se opone a él es un traidor o, por lo menos, alguien dispensable» (p. 51). La rudeza de las dictaduras de antaño contra la intelligentsia se disimula ahora de acuerdo a los postulados de la globalización: «con los estudiantes, todo menos la represión. Recuerda siempre la matanza de 1968 en la Plaza de las Tres culturas y cómo, creyendo haber triunfado, el sistema se suicidó» (p. 33). El lenguaje mordaz de 'La Silla del Aguila' corresponde a una tarea que Fuentes mismo se impune al comienzo de su carrera literaria; en 'La Región Más Transparente', Ixca Cienfuegos acusa a los intelectuales mexicanos, (los únicos capaces de reaccionar contra la corrupción,) de afasia intelectual, pues viven «más muertos de miedo que una virgen raptada» (Ed. Cátedra, p. 470).

Escribiendo desde el exilio (el único espacio posible para la libertad creativa -como Joyce lo entendió-), Fuentes rehuye a postulados etnográficos. Su prosa abarca conflictos vigentes: Onésimo Canabal no titubean en apelar a Hugo Chávez «siniestro émulo bolivariano» (p. 203); los desfalcos de MEXEN resemblan la quiebra fraudulenta de ENRON; Colombia deviene una nación desvalida -retribución histórica por su escasa solidaridad para con Europa y Latinaomerica durante la guerra contra Irak-.

Aunque la estulticia del presidente de los Estados Unidos sea un tema recurrente de la prensa europea, 'La Silla del Aguila' presenta dicha deficiencia como una virtud política: «Bill Clinton tuvo que esconder su cultura y en cambio Bushito hasta hizo gala de su ignorancia» (p. 267). Los vaivenes de la opinión pública lo justifican: «Los gobiernos norteamericanos navegan con las encuestas, la oposición en el Congreso, los editorialistas de la gran prensa y el Ejecutivo sólo se sale con la suya en la medida en que se compone con todos estos factores» (p. 40).

La mayoría de los personajes de 'La Silla del Aguila' son cínicos o perversos. Paulina Tardegarda, cabeza del senado, advierte al nuevo presidente de México días antes de ser asesinada: «si quieres ganarte un enemigo, demuéstrale que eres más inteligente que él» (p. 345). La Señora Almazán, desposada con un hombre honesto, escribe a su amante más reciente: «no hay mejor entrenamiento para la política que el adulterio» (p. 57). Séneca, quien insta al presidente de México a oponerse a los intereses de Estados Unidos en Colombia, se suicida al enterarse de la muerte de su mandatario, un acto consecuente con los preceptos de Nicolás Valdivia: «es peligroso ser de verdad honesto en este país. La honestidad puede ser admirable, pero acaba por convertirse en vicio» (p. 255).

Como tantos escritores oriundos de las naciones subdesarrolladas, Fuentes revalida su prestigio como escritor contemporaneo a expensas de las naciones subdesarroladas. Su narración evita mencionar las atrocidades históricas perpetradas por las compañías multinacionales; los culpables del desamparo latinoamericano no son ni el Fondo Monetario Internacional ni al Banco Mundial, sino el ciudadano lationamericano: «hemos vivido con los ojos pelones, sin saber que hacer con la democracia» (p. 207). La desidia o ignorancia de los electores tercermundistas suscita pronósticos de idiotez congénita. En sus últimas páginas, 'La Silla del Aguila' retrata a un retardado mental, quien relegado por su padres a un manicomio confiesa que nunca supo que hacer con sus manos.


Gabriel García Márquez es el narrador colombiano más reconocido en las naciones más prósperas del mundo. En su faceta más favorable, su prosa lo ha convertido en un hombre influyente; cuando, a propósito de la ejecución de varios militares implicados en un proceso de tráfico de drogas, Susan Sontag lo acusó de connivencia con la tiranía de Fidel Castro, Gabo se defendió afirmando que él ya le había salvado la vida a otros hombres en razón de su arraigada amistad con Fidel Castro.  En su faceta más perjudicial, Gabo se ha esmerado por recrear el mundo de obispos inescrupulosos, militares despiadados, políticos marionetas, vírgenes clarividentes, mozuelos analfabetas, ancianas tiránicas, narradores embusteros y multitudes crédulas que constituyen los presupuestos más enraizados de lo que es Latinoamérica.

Dicho propósito no ha sido constante; Relato de un Naufrago, La Aventura de Miguel Littin clandestino en Chile y Noticia de un Secuestro, son crónicas que se abstienen de retratar personajes afines a Aureliano Buendía y a la Cándida Erendira.

El Coronel no tiene quien le escriba persiste, por lo demás, como una obra única en su género: una aplicación admirable de los postulados estéticos del Materialismo Histórico a la metafísica de En attendant Godot.  Pero las ventas multitudinarias de Cien Años de Soledad, El Amor en los Tiempos del Cólera y Crónica de una Muerte Anunciada, evidencian no sólo las preferencias de sus lectores, sino así mismo, y principalmente, la urgencia del discurso occidental por catalogar a Latinoamérica como una tierra virgen, remota e ignorante, de habitantes que desconocen el hielo, dialogan con los muertos y se asombran al descubrir la redondez de la tierra. El paternalismo europeo que cataloga a los habitantes del tercer mundo como seres ingenuos, víctimas del desarrollo industrial, o como víctimas de la moralidad de los conquistadores, precisa de narraciones como La triste y trágica historia de la Cándida Erendira y su abuela desalmada. Nada más desalentador para un lector consumado de García Márquez, que el viajar a Aracataca para descubrir que sus habitantes toman Coca-Cola, visten camisetas Nike y compran electrodomésticos Samsung.

   García Márquez hubiera sido un exponente más de una corriente literaria que se remonta en Latinoamérica a Juan Rulfo y Alejo Carpentier, y en el viejo continente a el Libro de las Mil y Una Noches. Pero la habilidad con la cual Gabo presentó su obra como una ilustración de las sociedades latinoamericanas que el auge del comunismo habría de perfeccionar, le granjeó las simpatías de las corrientes de pensamiento socialista de los años sesenta; y las peripecias más fantásticas de sus narraciones fueron interpretadas como agravios realistas de los padecimientos de Latinoamérica.  Dicha confluencia de estereotipos, presunciones y fantasías han sido sacralizadas bajo el rubro de Realismo Mágico, expresión que por sus connotaciones políticas ha de diferenciarse del Realismo Simbólico de las obras de Borges, Papini y Kafka.

   Durante los últimos años, y tras la caída de la Unión Soviética, la obra de García Márquez ha sufrido una transformación que ha incomodado a la mayoría de sus lectores. Vivir para Contarla ya presenta asomos de una sinceridad inquietante; los hombres que se convertían en mariposas amarillas y las lluvias que desenterraban a los muertos han dado lugar a escuetas descripciones de un hombre que nació, deseo y se preparó para morir sin otro pecadillo que el de haber frecuentado los prostíbulos. Aún así los brotes de credulidad no escasean, y el hecho de que los diarios franceses hayan publicado en sus páginas dominicales el episodio de un loro que alerta y salva a la familia de la embestida de un toro, es sintomático de los criterios que el mundo editorial maneja.

   Dicho cambio de sensibilidad se manifiesta más aún en Memorias de mis Putas Tristes, escrito en el que García Márquez combina el tono confesional de la novela autobiográfica europea con historia de una niña prostituta; el resultado es inquietante. Por una parte el lector se encuentra con un protagonista latinoamericano, quien lejos de ignorar los logros de la cultura occidental, se atreve a discurrir sobre Casals y la literatura europea; su bagaje cultural crea de inmediato un sentimiento de incredulidad en lectores habituados a leer las venturas y desventuras de morenitos con sombrero de paja que ignoran quien fue Johann Sebastian Bach. Dicha incomodidad se torna aún más urticante cuando éste ciudadano de las repúblicas bananeras confiesa su deseo de poseer a una virgen de doce años en un prostíbulo de Bogotá. El hecho de que ya no sea un hombre ajeno a la civilización, sino un anciano versado en los escritos más influyentes de occidente, quien desea desflorar a una menor de edad, induce al lector europeo a preguntarse si aquel libro comprado en el anaquel de literatura latinoamericana no debería más bien pertenecer a la sección de psiquiatría.

   Desde Margaret Mead los antropólogos se han esmerado por convencernos de la moralidad de las regiones incivilizadas es más permisiva que aquella de Europa y Norteamérica; sus tesis, algunas veces comprobadas, a menudo refutadas, presuponen la existencia de una barrera infranqueable entre occidente y el resto del mundo. Hacía el final de su vida García Márquez demuestra que dicha barrera, si es que alguna vez existió, persiste como un mero espejismo, y que la prostitución infantil en Latinoamérica, así como todos sus problemas socioeconómicos, ya no pueden ser narrados como crónicas fantásticas que lisonjean los logros sociales del así llamado primer mundo.




Du Maurier, Daphne, Rebecca (London, 1932)

Brown, Dan, The Da Vinci Code
(El Código Da Vinci)
 

  Max Weber concatenó al auge del puritanismo al de la hipocresía, un cambio social que no obstante ha probado ser saludable para nuestra sociedad; el mérito aristocrático de la sangre azul fue reemplazado paulatinamente por el mérito más democrático de la inocencia sexual, idoneamente personificada en la mujer y mas específicamente en la niña de bien, ser deshumanizado y reducido, como Dickens e Ibsen lo señalaron, al reino de las muñecas.

    La revolución sexual de los años 60, así como las corrientes liberales de la iglesia, constituyeron esfuerzos por eliminar la doble moral que para bien o para mal constituía, y aún constituye,  el fundamento de nuestra sociedad secular.
   La influencia de la gran novela de Emily Brönte sobre Rebecca se refleja no sólo en el estilo barroco de sus primeras páginas (en Emily la niebla, los pantanos y las cumbres borrascosas, en Daphne el océano, la hiedra y la órtiga), sino principalmente en el carácter de Rebecca,  versión femenina de Heatcliff, y en su relación incestuosa con su primo. Pero la obra más divulgada de Murier no es una simple variación gótica, sino una novela pródiga en emociones y complejidades.

La timidez de la narradora, cuyo nombre de soltera jamás conocemos, y su desbordante pasión hacia Maximilian de Winter, nos conlleva a que exoneremos a su esposo de un crimen pasional. Rebecca surge como una mujer perversa e infiel, pero así mismo como una víctima de un marido arrogante y de una sociedad banal; no en vano Hitchcock se vió obligado a alterar el final de su adaptación cinematográfica, suprimiendo el crimen bajo el prudente velo del melodrama. Algunos críticos se han esmerado -inútilmente- en señalar las virtudes de Rebecca y las flaquezas de la narradora y Mr. de Winter.

Rebecca es una novela trágica y romántica, extraña en su género, en donde el héroe se confunde con la pareja, y en donde la hybris no es castigada por una sociedad determinada sino -como en Dostoievski-, por la conciencia misma.

Lo macabro permea la obra y nos conduce junto a los abismos de la culpabilidad; la escena en la cual Mrs. de Winter viste un traje idéntico al que Rebecca vistiera antes de su muerte es en efecto un fruto de una serie de coincidencias que desde el punto de vista de la novela realista hubieran sido inverosímiles; el mayor logro de Daphne de Murier es el de hacerlas creíbles en virtud de lo macabro.
Rosental, Mark & Iudin, Pavel, Diccionario Filosófico (Santa Fé de Bogotá: 'Ediciones Nacionales', 1985).
Materialismo Dialéctico: Al tratar de atribuir factores económicos a la ontología los soviéticos salen mal librados.
«La piedra angular del materialismo dialéctico es la teoría relativa a la naturaleza material del mundo, al hecho de que en el mundo no existe nada al margen de la materia y las leyes de su movimiento y cambio. El materialismo dialéctico es enemigo resuelto e inconciliable de todas las representaciones acerca de esencias sobrenaturales, cualesquiera que sean los ropajes de que las revistan las religiones y la filosofía idealista. La naturaleza se desarrolla y alcanza sus formas superiores, incluyendo la vida y la materia pensante, no gracias a una fuerza del más allá, sino merced a causas dadas en ella misma, en sus leyes…'Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esta práctica' (Marx)» (p. 301).
Materialismo Vulgar: «Así, por ejemplo, el no comprender que la conciencia del hombre es un producto social y que el contenido de todos los procesos psíquicos se halla causalmente condicionado por el ser social, hace que todavía hoy algunos filósofos y naturalistas pugnen por hallar los procesos fisiológicos concretos que determinan el contenido de nuestros pensamientos, sentimientos y representaciones».  (p. 304).

Francisco Ayala, Los Usurpadores (Buenos Aires, 1949).

«El poder ejercido por el hombre sobre su prójimo es siempre una usurpación». Una frase que fue forjada contra franco y aun preserva su fragancia. Las historias de Ayala son más humanas que la de Borges, de cuyo patrocinio Ayala se vanagloriaba. En una de ellas dos amantes son vencidos en la cama por la vejez, en otra un emigrante español relata su experiencia en alemania a partir de sus fracasos.











 


   Un estudiante celebre de esta corriente asociada a la alquimía y la quiromancia, es Dan Brown. The Da Vinci Code no es, tal y como él mismo lo pregona, un trabajo académico, sino una ficción. Una lectura de la obra basta, empero, para persuadirse de que todas las especulaciones históricas que los personajes enuncian a lo largo de su obra son vehementemente asimilados como ciertos por su autor, impresión corroborada por el hecho de que Brown haya discretamente retirado de su página electrónica la bibliografía que inspirase su obra. ¿La razón? Los libros que Brown citó en un principio fueron tratados de escritoras feministas que, precisamente a causa de la imprudencia de Brown, acabarían siendo demolidos por investigadores de otras corrientes de pensamiento más tradicionales y menos esotéricas.  Tan sólo para dar un ejemplo, Brown prescribe que la Iglesia condenó a la hoguera a cinco millones de mujeres como brujas, dejando a un lado investigaciones recientes que subscriben entre  30.000 y 50.000 víctimas, de las cuales no todas fueron ejecutadas por la Iglesia ni todas fueron condenadas a la hoguera.

    A través de sus especulaciones, Brown se esmera por aparecer ante sus lectores como un experto en la vida y obra de personajes como Da Vinci, Isaac Newton, Victor Hugo y Alexander Pope; su popularidad es sistemática de la credulidad de nuestra época. Si Brown hubiera leído An Essay on Criticism de A. Pope, habría encontrado su propia refutación (A little learning is a dangerous thing).

    Mas la popularidad de The Da Vinci Code no puede ser meramente explicada en razón de la ignorancia de las masas, sino en la crisis espiritual que nuestra generación padece en razón de nuestra moralidad secular, más puritana e intolerante que la moralidad religiosa que la precedió. Mientras que el hombre medieval se reconocía como pecador cuando cometía adulterio, el hombre puritano aspira a la apariencia de santidad. Dicha aspiración ha logrado cierta realización en los campos inofensivos de las artes y la farándula; los gobernantes de nuestros días, entre tanto, y a diferencia de los reyes y papas medievales, aún se ven forzados a negar cualquier acusación de adulterio, homosexualidad o pedastería, so pena de caer en el furioso torbellino de la opinión pública, esto es, de los navegantes de la red y los editores de los periódicos más influyentes de París, Londres, Nueva York y Washington.

    Nada avergüenza tanto al hombre puritano como la culpa; Nietzsche, de hecho, debe su popularidad a sus elaboradas refutaciones de la culpabilidad. Pero una sexualidad sin remordimientos es una contradicción de términos. Paul Ricoeur señala, a propósito de su lectura de Kant, que el acto sexual humilla a la razón a través del sentimiento. La culpa no es un sentimiento en sí mismo, sino un derivado del amor. El amante genuino siempre se preguntará si no amó alguna vez lo suficiente.

    La utopía puritana de nuestra generación ya no es la de educar a una mujer sin tacha, tal y como lo era antaño, sino la de imponer una moralidad en la cual el libertinaje sexual no sea condenado. De un modo  ingenuo, Brown asume que si la humanidad ve en Jesucristo no al hombre perfecto, sino a un simple mortal -si bien el más influyente de la historia-, las cohibiciones sexuales de occidente serían disipadas. Pero el Jesucristo que el mundo venera hoy día no fue reconocido como Dios en virtud de los intereses políticos de Constantino, o de su sangre real, tal y como Brown se esfuerza contradictoriamente por demostrarnos, sino de su sacrificio por una humanidad ávida de sangre.

   


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