|
|
| Vallejo,
Fernando, histórico y académico |
|
|
|
Los
Perjuicios de Gabriel García Márquez |
 |
Los boletines de
prensa de
editorial Planeta proclaman que las páginas del libro más
reciente de Fernando Vallejo «La puta de Babilonia», fue escrito con
rigor “histórico
y académico”. |
Dicha advertencia, que ofendería a un historiador o
a un académico,
nos dice que contrario a que el estilo narrativo del autor transpira
–“[la iglesia] tiene
cuentas pendientes conmigo desde mi infancia y aquí se las voy a
cobrar”-, su
obra no es ni el delirio de un charlatán ni la anatema de un hedonista.
|
|
|
|
 |
| Pero la recopilación de los crímenes
de la administración eclesiástica a lo largo de los siglos no es ni una
novedad
ni un escándalo; ya Gibbon proclamaba en el siglo dieciocho que la
historia no
era sino una compilación de las estupideces y los crímenes de la
humanidad; condenar
a la iglesia como institución por el hecho de que fue y es administrada
por
hombres que en su mayoría se preocupan de sí mismos, explotando en la
medida de
lo posible a sus contemporáneos, es tan ingenuo como el condenar al
gobierno de
los Estados Unidos por las masacres de Vietnam y los desfalcos de
EMRON, o al
de Francia por los excesos de su colonialismo o los favoritismos de
Chirac. Vallejo se suma así al coro de pseudo-intelectuales
que anuncian proféticamente el fin de las religiones en el mundo, sin
caer en
cuenta que el grueso de una comunidad sólo subsiste a través de una
dimensión metafísica
predeterminada.
A este respecto, sería aconsejable que Vallejo añadiese la disciplina
filosófica a la histórica, y descubriese los escritos de Carl
Jung o
Erich Fromm. |
|
|
La Silla del
Aguila
|

|
Carlos Fuentes
habita parte del año en Kensington, el área más
aristocrática de Londres, la ciudad más cosmopolita de Europa. Su
geografía ha sido descrita en varias de sus novelas. |
| En Instinto de Inez (Alfaguara, 2001)
Londres es un laberinto de
parques y mansiones aledaño a los acantilados de Cornwall. En La Silla
del Aguila (Alfaguara, 2003) el novelista mexicano contrasta la
anarquía, la corrupción y la desesperanza de las sociedades
latinoaméricanas con la presupuesta armonía de Europa y los Estados
Unidos. |
Através de cartas dirigidas a parientes, amigos y amantes, los
personajes de Fuentes evidencian el exacerbado nepotismo
latinoamericano. Ni los héroes ni los próceres están excentos de culpa.
Luego de apelar a Beníto Juárez 'Benemerito de las Américas', Tácito de
la Canal se pregunta: «Pero ¿no es Juárez el autor de la impacable
frase: —A los amigos, justicia y gracia. A los enemigos, la ley?» (p.
147).
Una concesión que Bernal Herrera, candidato rival a la presidencia de
la república, reafirma al escribir: «La diferencia con México es que en
Europa o los Estados Unidos se castiga y en América Latina o se premia
o se pasa por alto» (p. 176).
'La Silla del Aguila' entrelaza el relato de aventuras, el melodrama y
la filosofía política -Realpolitik-, en un futuro demasiado cercano a
nuestro presente. En el año 2020 México pierde su comunicación con el
resto del mundo a causa su oposición a la invasión de Colombia por
parte de los Estados Unidos. Una docena de políticos cercanos a un
presidente que agoniza, inician una correspondencia descarnada,
confesión de manipulaciones, amenazas y asesinatos encubiertos.
Fuentes se refiere continuamente a Maquiavelo, pero así mismo a Tácito
y Suetonio: los presidentes de México, como los emperadores romanos,
ascienden y descienden de acuerdo a las simpatías y antipatías de una
mujer -Livia, madre de Tiberio, es encarnada por María del Rosario
Galván-. Como en la Roma de Tácito, México es un país que prescinde del
consenso de sus ciudadanos: cada presidente elige a su sucesor, y el
senado, al igual que la masa electoral, se limita a asentir con su
mandato. La democracia persiste, pero sólo como fachada de dinastías u
oligarquías ancestrales. Los alcances de las revoluciones europeas son
menospreciados por una clase política que se refiere a su presidente
como a un emperador. Los brotes de pensamiento ecualitario, contrarios
a la socarronería de los círculos del poder, son suprimidos de raíz:
«el intelectual acabará por disentir y para el político ésta será
siempre una traición. Malicioso o ingenuo, maquiavélico o utópico, el
poderoso siempre creerá que tiene la razón y el que se opone a él es un
traidor o, por lo menos, alguien dispensable» (p. 51). La rudeza de las
dictaduras de antaño contra la intelligentsia se disimula ahora de
acuerdo a los postulados de la globalización: «con los estudiantes,
todo menos la represión. Recuerda siempre la matanza de 1968 en la
Plaza de las Tres culturas y cómo, creyendo haber triunfado, el sistema
se suicidó» (p. 33). El lenguaje mordaz de 'La Silla del Aguila'
corresponde a una tarea que Fuentes mismo se impune al comienzo de su
carrera literaria; en 'La Región Más Transparente', Ixca Cienfuegos
acusa a los intelectuales mexicanos, (los únicos capaces de reaccionar
contra la corrupción,) de afasia intelectual, pues viven «más muertos
de miedo que una virgen raptada» (Ed. Cátedra, p. 470).
Escribiendo desde el exilio (el único espacio posible para la libertad
creativa -como Joyce lo entendió-), Fuentes rehuye a postulados
etnográficos. Su prosa abarca conflictos vigentes: Onésimo Canabal no
titubean en apelar a Hugo Chávez «siniestro émulo bolivariano» (p.
203); los desfalcos de MEXEN resemblan la quiebra fraudulenta de ENRON;
Colombia deviene una nación desvalida -retribución histórica por su
escasa solidaridad para con Europa y Latinaomerica durante la guerra
contra Irak-.
Aunque la estulticia del presidente de los Estados Unidos sea un tema
recurrente de la prensa europea, 'La Silla del Aguila' presenta dicha
deficiencia como una virtud política: «Bill Clinton tuvo que esconder
su cultura y en cambio Bushito hasta hizo gala de su ignorancia» (p.
267). Los vaivenes de la opinión pública lo justifican: «Los gobiernos
norteamericanos navegan con las encuestas, la oposición en el Congreso,
los editorialistas de la gran prensa y el Ejecutivo sólo se sale con la
suya en la medida en que se compone con todos estos factores» (p. 40).
La mayoría de los personajes de 'La Silla del Aguila' son cínicos o
perversos. Paulina Tardegarda, cabeza del senado, advierte al nuevo
presidente de México días antes de ser asesinada: «si quieres ganarte
un enemigo, demuéstrale que eres más inteligente que él» (p. 345). La
Señora Almazán, desposada con un hombre honesto, escribe a su amante
más reciente: «no hay mejor entrenamiento para la política que el
adulterio» (p. 57). Séneca, quien insta al presidente de México a
oponerse a los intereses de Estados Unidos en Colombia, se suicida al
enterarse de la muerte de su mandatario, un acto consecuente con los
preceptos de Nicolás Valdivia: «es peligroso ser de verdad honesto en
este país. La honestidad puede ser admirable, pero acaba por
convertirse en vicio» (p. 255).
Como tantos escritores oriundos de las naciones subdesarrolladas,
Fuentes revalida su prestigio como escritor contemporaneo a expensas de
las naciones subdesarroladas. Su narración evita mencionar las
atrocidades históricas perpetradas por las compañías multinacionales;
los culpables del desamparo latinoamericano no son ni el Fondo
Monetario Internacional ni al Banco Mundial, sino el ciudadano
lationamericano: «hemos vivido con los ojos pelones, sin saber que
hacer con la democracia» (p. 207). La desidia o ignorancia de los
electores tercermundistas suscita pronósticos de idiotez congénita. En
sus últimas páginas, 'La Silla del Aguila' retrata a un retardado
mental, quien relegado por su padres a un manicomio confiesa que nunca
supo que hacer con sus manos.
|
|
|
|
Gabriel
García Márquez es el
narrador colombiano más reconocido en las naciones más prósperas del
mundo. En su faceta más favorable, su prosa lo ha convertido en un
hombre influyente; cuando, a propósito de la ejecución de varios
militares implicados en un proceso de tráfico de drogas, Susan Sontag
lo acusó de connivencia con la tiranía de Fidel Castro, Gabo se
defendió afirmando que él ya le había salvado la vida a otros hombres
en razón de su arraigada amistad con Fidel Castro. En su faceta
más
perjudicial, Gabo se ha esmerado por recrear el mundo de obispos
inescrupulosos, militares despiadados, políticos marionetas, vírgenes
clarividentes, mozuelos analfabetas, ancianas tiránicas, narradores
embusteros y multitudes crédulas que constituyen los presupuestos más
enraizados de lo que es Latinoamérica.
Dicho propósito no ha sido constante; Relato de un
Naufrago, La Aventura de Miguel Littin clandestino en Chile y Noticia
de un Secuestro, son crónicas que se abstienen de retratar personajes
afines a Aureliano Buendía y a la Cándida Erendira.
El Coronel no tiene
quien le escriba persiste, por lo demás, como una obra única en su
género: una aplicación admirable de los postulados estéticos del
Materialismo Histórico a la metafísica de En attendant Godot.
Pero las
ventas multitudinarias de Cien Años de Soledad, El Amor en los Tiempos
del Cólera y Crónica de una Muerte Anunciada, evidencian no sólo las
preferencias de sus lectores, sino así mismo, y principalmente, la
urgencia del discurso occidental por catalogar a Latinoamérica como una
tierra virgen, remota e ignorante, de habitantes que desconocen el
hielo, dialogan con los muertos y se asombran al descubrir la redondez
de la tierra. El paternalismo europeo que cataloga a los habitantes del
tercer mundo como seres ingenuos, víctimas del desarrollo industrial, o
como víctimas de la moralidad de los conquistadores, precisa de
narraciones como La triste y trágica historia de la Cándida Erendira y
su abuela desalmada. Nada más desalentador para un lector consumado de
García Márquez, que el viajar a Aracataca para descubrir que sus
habitantes toman Coca-Cola, visten camisetas Nike y compran
electrodomésticos Samsung.
García Márquez hubiera sido un exponente más de una corriente
literaria que se remonta en Latinoamérica a Juan Rulfo y Alejo
Carpentier, y en el viejo continente a el Libro de las Mil y Una
Noches. Pero la habilidad con la cual Gabo presentó su obra como una
ilustración de las sociedades latinoamericanas que el auge del
comunismo habría de perfeccionar, le granjeó las simpatías de las
corrientes de pensamiento socialista de los años sesenta; y las
peripecias más fantásticas de sus narraciones fueron interpretadas como
agravios realistas de los padecimientos de Latinoamérica. Dicha
confluencia de estereotipos, presunciones y fantasías han sido
sacralizadas bajo el rubro de Realismo Mágico, expresión que por sus
connotaciones políticas ha de diferenciarse del Realismo Simbólico de
las obras de Borges, Papini y Kafka.
Durante los últimos años, y tras la caída de la Unión Soviética, la
obra de García Márquez ha sufrido una transformación que ha incomodado
a la mayoría de sus lectores. Vivir para Contarla ya presenta asomos de
una sinceridad inquietante; los hombres que se convertían en mariposas
amarillas y las lluvias que desenterraban a los muertos han dado lugar
a escuetas descripciones de un hombre que nació, deseo y se preparó
para morir sin otro pecadillo que el de haber frecuentado los
prostíbulos. Aún así los brotes de credulidad no escasean, y el hecho
de que los diarios franceses hayan publicado en sus páginas dominicales
el episodio de un loro que alerta y salva a la familia de la embestida
de un toro, es sintomático de los criterios que el mundo editorial
maneja.
Dicho cambio de sensibilidad se manifiesta más aún en Memorias de
mis putas tristes, escrito en el que García Márquez combina el tono
confesional de la novela autobiográfica europea con historia de una
niña prostituta; el resultado es inquietante. Por una parte el lector
se encuentra con un protagonista latinoamericano, quien lejos de
ignorar los logros de la cultura occidental, se atreve a discurrir
sobre Casals y la literatura europea; su bagaje cultural crea de
inmediato un sentimiento de incredulidad en lectores habituados a leer
las venturas y desventuras de morenitos con sombrero de paja que
ignoran quien fue Johann Sebastian Bach. Dicha incomodidad se torna aún
más urticante cuando éste ciudadano de las repúblicas bananeras
confiesa su deseo de poseer a una virgen de doce años en un prostíbulo
de Bogotá. El hecho de que ya no sea un hombre ajeno a la civilización,
sino un anciano versado en los escritos más influyentes de occidente,
quien desea desflorar a una menor de edad, induce al lector europeo a
preguntarse si aquel libro comprado en el anaquel de literatura
latinoamericana no debería más bien pertenecer a la sección de
psiquiatría.
Desde Margaret Mead los antropólogos se han esmerado por
convencernos de la moralidad de las regiones incivilizadas es más
permisiva que aquella de Europa y Norteamérica; sus tesis, algunas
veces comprobadas, a menudo refutadas, presuponen la existencia de una
barrera infranqueable entre occidente y el resto del mundo. Hacía el
final de su vida García Márquez demuestra que dicha barrera, si es que
alguna vez existió, persiste como un mero espejismo, y que la
prostitución infantil en Latinoamérica, así como todos sus problemas
socioeconómicos, ya no pueden ser narrados como crónicas fantásticas
que lisonjean los logros sociales del así llamado primer mundo.
|
|
|
|
|
Brown,
Dan, The Da Vinci Code
(El Código Da Vinci) |
|
|
Du
Maurier, Daphne, Rebecca (London,
1932) |
Max
Weber concatenó al auge del puritanismo al de la hipocresía, un
cambio social que no obstante ha probado ser saludable para nuestra
sociedad; el mérito aristocrático de la sangre azul fue reemplazado
paulatinamente por el mérito más democrático de la inocencia sexual,
idoneamente personificada en la mujer y mas específicamente en la niña
de bien, ser deshumanizado y reducido, como Dickens e Ibsen lo
señalaron, al reino de las muñecas.
La revolución sexual de los años 60, así como las
corrientes liberales
de la iglesia, constituyeron esfuerzos por eliminar la doble moral que
para bien o para mal constituía, y aún constituye, el fundamento
de
nuestra sociedad secular. |
|
|

|
Durante las décadas más recientes las nuevas
ciencias de estudios feministas y divertidos (Queer Studies) han
reducido la investigación no a una búsqueda de certezas sino a una
compilación de pruebas. Que los personajes más influyentes en la
historia de la humanidad sean o mujeres u homosexuales es una verdad
indiscutible que estos pseudoinvestigadores deben simplemente
demostrar. Aquel que se atreva a cuestionar sus preposiciones sufrira
el castigo de una masa de profesores y estudiantes que, más renuentes a
la lectura y la investigación que a los sofismas que permean la
historia de la filosofía desde sus comienzos -haciendo del vicio una
virtud y de la virtud un vicio-, calificarán a sus oponentes de
machistas u homofóbicos.
El estudiante más celebre de esta nueva corriente
compilatoria, la cual, lo pronostico, acabará siendo archivada en los
anales más vergonzosos de la historia académica, junto a la alquimía y
la quiromancia, es Dan Brown. The Da Vinci Code no es, tal y como él
mismo lo pregona, un trabajo académico, sino una ficción. Una lectura
de la obra basta, empero, para persuadirse de que todas las
especulaciones y embustes históricos que los personajes enuncian a lo
largo de su obra son vehementemente asimilados como verdaderos por su
autor, impresión corroborada por el hecho de que Brown haya
discretamente retirado de su página electrónica la bibliografía que
inspirase su obra. ¿La razón? Los libros que Brown citó en un principio
fueron tratados de escritoras feministas que, precisamente a causa de
la imprudencia de Brown, acabarían siendo demolidos por investigadores
de otras corrientes de pensamiento más tradicionales y menos
esotéricas. Tan sólo para dar un ejemplo, Brown prescribe,
siguiendo a sus maestras, que la Iglesia Católica suprimió el culto a
la feminidad, ignorando que los centros más populares de peregrinación
católica están consagrados no a la veneración de Cristo, sino de la
Virgen María. Brown también prescribe que la Iglesia condenó a la
hoguera a cinco millones de mujeres como brujas, dejando a un lado
investigaciones recientes que subscriben entre 30.000 y 50.000
víctimas, de las cuales no todas fueron ejecutadas por la Iglesia ni
todas fueron condenadas a la hoguera.
A través de sus especulaciones, Brown se esmera por
aparecer ante sus lectores como un experto en la vida y obra de
personajes como Da Vinci, Isaac Newton, Victor Hugo y Alexander Pope;
su popularidad es sistemática de la credulidad de nuestra época. Si
Brown hubiera leído An Essay on Criticism de A. Pope, él habría
aprendido, por ejemplo, que saber demasiado poco es peligroso (A little
learning is a dangerous thing).
Mas la popularidad de The Da Vinci Code no puede ser
meramente explicada en razón de la ignorancia de las masas, sino en la
crisis espiritual que nuestra generación padece en razón de nuestra
moralidad secular, más puritana e intolerante que la moralidad
religiosa que la precedió. Mientras que el hombre medieval se reconocía
como pecador cuando cometia adulterio, el hombre puritano aspira a
fornicar sin que nadie en su sociedad lo recrimine. Dicha aspiración ha
logrado cierta realización en los campos inofensivos de las artes y la
farándula; los gobernantes de nuestros días, entre tanto, y a
diferencia de los reyes y papas medievales, aún se ven forzados a negar
cualquier acusación de adulterio, homosexualidad o pedastería, so pena
de caer en el furioso torbellino de la opinión pública, esto es, de los
editores de los periódicos más influyentes de París, Londres, Nueva
York y Washington.
Nada avergüenza tanto al hombre puritano como la
culpa; Nietzsche, de hecho, debe su popularidad a sus elaboradas
refutaciones de la culpabilidad. Pero una sexualidad sin remordimientos
es una contradicción de términos. Paul Ricoeur señala, a propósito de
su lectura de Kant, que el acto sexual humilla a la razón a través del
sentimiento. La culpa no es un sentimiento en sí mismo, sino un
derivado del amor. El amante genuino siempre se preguntará si no amó
alguna vez lo suficiente.
La utopía puritana de nuestra generación ya no es la
de educar a una mujer sin tacha, tal y como lo era antaño, sino la de
imponer una moralidad en la cual el libertinaje sexual no sea
condenado. De un modo ingenuo, Brown asume que si la humanidad ve
en Jesucristo no al hombre perfecto, sino a un simple mortal -si bien
el más influyente de la historia-, las cohibiciones sexuales de
occidente serían disipadas. Pero el Jesucristo que el mundo venera hoy
día no fue reconocido como Dios en virtud de los intereses políticos de
Constantino, o de su sangre real, tal y como Brown se esfuerza
contradictoriamente por demostrarnos, sino de su sacrificio por una
humanidad ávida de sangre.
El cuerpo y la sangre de Cristo es para el creyente
el Caliz Sagrado a través del cual cada pecador alcanza su eternidad.
|
|
|
La influencia de
la gran novela de Emily Brönte sobre Rebecca
se
refleja no sólo en el estilo barroco de sus primeras
páginas (en Emily
la niebla, los pantanos y las cumbres borrascosas, en Daphne el
océano,
la hiedra y la órtiga), sino principalmente en el
carácter de Rebecca,
versión femenina de Heatcliff,
y en su relación incestuosa con su primo. Pero la obra
más divulgada de
Murier no es una simple variación gótica, sino una novela
pródiga en emociones y complejidades.
La timidez de la
narradora, cuyo nombre de soltera jamás
conocemos, y su desbordante pasión hacia Maximilian de Winter,
nos conlleva a que exoneremos a su esposo de un crimen
pasional. Rebecca surge como una mujer perversa e infiel, pero
así
mismo como una víctima de un marido arrogante y de una
sociedad banal; no en vano Hitchcock se vió obligado a alterar
el final de su
adaptación cinematográfica, suprimiendo el crimen bajo el
prudente velo del
melodrama. Algunos críticos se han esmerado -inútilmente-
en señalar
las virtudes de Rebecca y las flaquezas de la narradora y Mr. de
Winter.
Rebecca es una novela
trágica y romántica, extraña en su género,
en donde el héroe se
confunde con la pareja, y en donde la hybris no es castigada por una
sociedad determinada sino -como en Dostoievski-, por la conciencia
misma.
Lo macabro permea la obra y nos conduce junto a los abismos de
la culpabilidad;
la escena en la cual Mrs. de Winter viste un traje idéntico al
que
Rebecca vistiera antes de su muerte es en efecto un fruto de una serie
de
coincidencias que desde el punto de vista de la novela realista
hubieran sido inverosímiles; el mayor logro de Daphne de Murier
es el de hacerlas creíbles en
virtud de lo macabro. |
|
|
|
|
| Francisco
Ayala, Los Usurpadores (Buenos Aires, 1949). |
|
|
Rosental,
Mark & Iudin, Pavel, Diccionario Filosófico (Santa Fé de Bogotá:
'Ediciones Nacionales', 1985). |
«El poder
ejercido por el hombre sobre su prójimo es siempre una usurpación». Una
frase que fue forjada contra franco y aun preserva su fragancia. Las
historias de Ayala son más humanas que la de Borges, de cuyo patrocinio
Ayala se vanagloriaba. En una de ellas dos amantes son vencidos en la
cama por la vejez, en otra un emigrante español relata su experiencia
en alemania a partir de sus fracasos.
|
|
|
Materialismo Dialéctico: Al
tratar de atribuir factores económicos a la ontología los soviéticos
salen mal librados.
«La piedra angular del materialismo dialéctico es la teoría relativa a
la naturaleza material del mundo, al hecho de que en el mundo no existe
nada al margen de la materia y las leyes de su movimiento y cambio. El
materialismo dialéctico es enemigo resuelto e inconciliable de todas
las representaciones acerca de esencias sobrenaturales, cualesquiera
que sean los ropajes de que las revistan las religiones y la filosofía
idealista. La naturaleza se desarrolla y alcanza sus formas superiores,
incluyendo la vida y la materia pensante, no gracias a una fuerza del
más allá, sino merced a causas dadas en ella misma, en sus leyes…'Todos
los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo encuentran
su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esta
práctica' (Marx)» (p. 301).
Materialismo Vulgar: «Así, por ejemplo, el no comprender que la
conciencia del hombre es un producto social y que el contenido de todos
los procesos psíquicos se halla causalmente condicionado por el ser
social, hace que todavía hoy algunos filósofos y naturalistas pugnen
por hallar los procesos fisiológicos concretos que determinan el
contenido de nuestros pensamientos, sentimientos y
representaciones».
(p. 304).
|
Hugo Santander
2007 © All rigths reserved
|