Hugo Santander Ferreira
 
Hugo Santander Ferreira


  
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Los cuidados del Niño Dios



    Al salir del salón de clases, durante el tiempo de recreo, Juanita se reunió con Alba y Tabito, quienes le preguntaron si ya le había escrito una carta al Niño Dios pidiéndole su regalo de navidad.
    —Todavía no —respondió pensando en la muñeca que cantaba.
    —Pues debes apresurarte —dijo Tabito—; ya estamos a mediados de octubre. Por mi parte yo ya le pedí un camión de baterías.
    —Y yo una piscina de plástico.
    —Es un regalo costoso —dijo Juanita.
    —Sí, pero mi mamá me dice que como yo me he portado bien, el Niño Dios me lo obsequiará.
    —Si tu mamá lo dice... —intervino Tabito con una sonrisa pícara.
    —¿Por qué te burlas siempre de lo que digo? —rechistó Alba.
    —La verdad es que el Niño Dios no existe —exclamó Tabito con ojos desafiantes.
    —Mentiroso —Alba sonrió acariciando sus bucles dorados.
    —¿Y tú como lo sabes? —preguntó Juanita alisando sus cabellos negros.
    —Muy fácil; la pasada navidad mis padres me enviaron a dormir a eso de las nueve de la noche..
    —Como a mí —dijo Alba.
    —Yo me duermo más temprano —Juanita se encogió de hombros.
    —Sí, pero como yo estaba decidido a conocer al niño Dios en persona, no pude conciliar el sueño, y, cuál no sería mi sorpresa cuando a eso de la medianoche descubro a una sombra adulta entrando a mi habitación.
    —¡Santa Claus! —exclamó Alba—. Mi mamá me dice que como el Niño Dios tiene tanto trabajo en Africa y Sudamerica, Santa Claus se encarga de la entrega de los regalos de navidad de los niños del resto del mundo.
    —Sí, pero en tal caso, ¿qué hacía Santa Claus por Colombia? —preguntó Juanita.
    —¡Pues ayudando! —replicó Alba.
    —¡No! —Tabito intervino—. El caso es que esa sombra no era de Santa Claus, sino de mi papá.
    —¡No me digas! —exclamó Juanita incrédula.
    —¿Estás seguro ? —Preguntó Alba.
    —A menos que lo haya soñado —Tabito titubeó—. Pero no lo creo, pues una vez que mi papá salió de la habitación me levanté de la cama a abrir mi regalo; la carabina lanzagranadas que los gamines de mi barrio me robaron hace un mes en las afueras de mi casa.
    —Ya he oído historias como esas —dijo Juanita—. Pero mi mamá me ha explicado que lo que sucede es que la gente no comprende que el Niño Dios es invisible.
    —Entonces es cierto —balbuceó Alba con mirada angustiante—. ¡El Niño Dios no existe! De manera que todos mis sacrificios han sido en vano, y lo que cuenta es el dinero de mi mamá.
    —De tu papá, diría yo —Tabito la corrigió sarcástico.
    —Los papas de Alba son separados —susurró Juanita sutilmente a espaldas de Alba.
    Los ojos de Tabito se encendieron en un gesto burlón.
    —¿Es cierto que tu papá y tu mamá son separados? —preguntó Tabito sin consideración hacia Juanita.
    —¿Quién te lo dijo? —Alba rechistó.
    —Juanita —Tabito rió—; me lo acaba de susurrar al oído.
    —Yo sólo quería explicarle tu situación —Juanita se disculpó.
    —¿Qué situación?
    —La tuya... —Juanita palideció—; es decir, que no es tu papá, sino tu mamá quien te compra los regalos de navidad.
    —Sí —Alba estalló en llanto y se sentó sobre el cesped—, pero mi papá está obligado, por ley, a pagarme mis estudios y mi ropa, y...   
    —¡Fue una broma! —Tabito se disculpó—; yo ya lo sabía en todo caso.
    —¡Tabito! —gritó una voz desde el campo de balompié—. ¿Qué haces jugando con nenas? ¡Necesitamos un arquero!
    Tabito se retiró sin siquiera despedirse.
    Juanita se acurrucó junto a Alba.
    —¡Estoy harta! —Alba recobró su compostura—. Siempre tengo que dar explicaciones.
    —¡Perdóname!
    Juanita escuchó un trueno desde el firmamento.
    —Mas lo sentiré yo por ti esta navidad —rezongó Alba con mirada malévola.
    —Te lo repito: discúlpame.
    —Mi mamá al menos trabaja; la tuya no hace nada.
    —Eso es porque ella no quiere —Juanita rememoró los continuos esfuerzos fallidos de su mamá por conseguir trabajo—; además a todos nos basta con el salario de mi papá.
    —Pues lo mejor será que no cuenten con él para esta navidad. Hace unos días oí as mi mamá decirle a una señora que tu papá sería despedido este fin de mes.
    —¿Despedido? —Juanita comprendió en aquellas palabras la causa del rostro angustioso de su madre y los largos silencios de su padre, junto al teléfono, en las tardes, al volver de su oficina.
    —Por lo que pude entender tu papá perderá su trabajo, y si no hay trabajo, no hay salario, y sin salario, no hay regalo de navidad. Y como dicen por ahí, ¿ahora, de qué van ustedes a vivir?
    —Mi papa encontrará otro trabajo.
    —¿Sí? ¿Cómo?
    —Se lo pediré al Niño Dios —replicó Juanita.
    —¿Al niño Dios? —refunfuñó Alba un tanto desconcertada—. Él no da ese tipo de regalos.  Él ni tan siquiera existe.
    —Él es un espíritu —Juanita se encogió de hombros—, y como tal no se le puede ver.
    —Si fuera un espíritu el podría transportar sus regalos através del aire.
    —Eso sólo ocurre en las películas. Yo mas bien creo que lo que el Niño Dios nos regala es el bienestar de nuestros padres. Sin él ellos no tendrían trabajo, y sin trabajo no podriamos recibir regalos de navidad.
    —Hay muchos niños pobres que no reciben nada —replicó Alba .
    —Es cierto —Juanita agacho su cabeza —pero en ese caso la culpa no es del Niño Dios sino de los adultos. Son ellos los que gobiernan el mundo, ¿no?
    —Ellos le robaron un juguete a Tabito —dijo Alba, sin comprender la lógica de su amiga.
    —El la dejó tirada en medio de la calle —repuso Juanita—. Ya ves que en el Padre Nuestro Jesús no le pide a Dios que nos obsequie oro y plata, mucho menos regalos de navidad, sino que nos de el pan de cada día, que perdone nuestras ofensas, que nos aleje de la tentación y que nos libre del mal.
    —Es cierto... —los ojos de Alba relucieron inocentes—, pero no creo que mi mamá piense de esa manera.
    —Eso es porque ella es materialista.
    —¿Materialista? ¿Qué es eso?
    —No lo sé —Juanita titubeó.
    —Si tu papá consigue trabajo —Alba continuó—, entonces sí, diré que el niño Dios existe.
    Al siguiente año escolar Juanita y Alba fueron separadas de curso: sus obligaciones escolares las distanciaron, y cada cual conformó nuevas amistades. Alba, sin embargo, supo por boca de Tabito que no solo el padre de Juanita había conseguido un nuevo trabajo, sino que su madre había sido nombrada directora de un centro cultural.
    Hacia mediados de junio, antes de poder conversar con Juanita sobre el niño Dios de nuevo, Alba supo de la trágica muerte de Juanita y de sus padres en un accidente automovilístico. Alba perdió entonces su fé en la religión católica, y en particular en el Niño Dios. Ya en aquel entonces su madre la había inducido a la astrología y la quiromancia, y Alba había preferido creer que hay fuerzas en el mundo que ni los hombres ni los dioses pueden controlar.
    Los años pasaron y Alba se graduó como Administradora de Empresas. Poco después Tabito le propuso matrimonio, pero ella, siguiendo los consejos de su madre, la declinó para desposarse con Tobías, un hombre de dudosa reputación, de quien tuvo un hijo retardado, Pedrito. Alba sacrificó sus aspiraciones profesionales por el cuidado de su hijo, y se resignó a una precaria existencia en un apartamento arrendado. Su vida se torno paulatinamente oscura e infeliz, pues Tobías comenzó a ausentarse frecuentemente de la ciudad, bajo el pretexto de realizar innumerables negocios
    Fue entonces, en la víspera de su cumpleaños, cuando Alba supo que su esposo le había comprado un apartamento a otra mujer. Aquella noche Pedrito la descubrió llorando a los pies de su lecho matrimonial y con voz tranquila le preguntó si el Niño Dios podía ayudarla.
    —El Niño Dios no existe —Alba sollozó—. A mi edad ya nadie se interesa en contratarme.
    —Sí —Pedrito la contrarió—; él existe. Anoche me vino a visitar con una niña de cabellos negros, y él me dijo que no me preocupara, pues en cuando fuese necesario él vendría a solucionar todos nuestros problemas.
    Alba enjugó sus lágrimas en una sonrisa de inocencia.
    Cinco años más tarde Tobías moría asesinado en una reyerta callejera y Alba y Pedrito recibían una pensión magra. Alba comenzó entonces a trabajar como sirvienta. Su rostro se endureció, sus pupilas perdieron su brillo, su cabello rubio adquirió un tinte grisaceo, y la belleza que alguna vez ostentase en su adolescencia se desvaneció para dejar translucir el peso de la vejez. Su semblante, no obstante, jamás dejó de ser alegre.
    —Allá viene doña Alba, la devota del Niño Dios, con su hijito retardado —decían sus vecinos cuando la veían conducir a su hijo hasta la escuela.
    —Pedrito es mi bendición —Alba les decía a menudo—; a diferencia de tantas otras madres, yo sé que él jamás me abandonará.
    —¿Y no teme a una vejez sin hijos? ¿Quién cuidará de ustedes dos?
    —El Niño Dios —era su respuesta.
    Cierta mañana los medios de comunicación anunciaron la muerte de miles de personas en la ciudad de Armenia a causa de un terremoto. En un pequeño apartamento del arrabal más pobre de la ciudad, los socorristas descubrieron los cuerpos yertos de una anciana abrazando a un hombre de cuarenta años, a quienes los vecinos reconocieron como Alba y Pedrito el retardado.
    —Jesús se los llevó a tiempo —dijeron los vecinos que habían sobrevivido.
    Sobre sus rostros serenos una imagen descolorida del Niño Dios y la foto de una niña de cabellos negros aún colgaba de la pared.


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