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| Fe
y escepticismo en “Esperando a Godot” de Samuel Beckett |
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Don
Quijote y Sancho Panza
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Esperando a Godot
podría ser recordada como el principal trabajo metafísico del siglo
veinte, más profundo que Sein und Zeit de Heidegger, y ciertamente más
humano que L'Être et le Néant de Sartre. Desde su estreno en Paris en
1953, los críticos literarios señalaron la alusión de la obra a un Dios
inmaterial, nunca presente. Pero reducir la complejidad de la obra de
teatro más conocida de Beckett a una simple interpretación sería un
desacierto; a tal efecto el crédito debería ir a Balzac, quien escribió
Mercadet en 1847, una comedia en donde se supone que un personaje
llamado Godeau solucionará los problemas de los personajes dramáticos y
quien, como en la obra de Beckett, jamás llega. |
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Esperando a Godot espresa un
tema existencial: la fe. Como tantos niños irlandeses, Beckett recibió
una educación religiosa dogmática, la cual fue pronto cuestionada por
sus lecturas sobre ciencia y filosofía. Pero las preguntas metafísicas
formuladas por la fe cristiana habrían de acosar a Beckett a lo largo
de su vida. Siglos antes de Beckett, Abelardo había redefinido la fe
como: “subtantia rerum sperandum” (He 11,1), una definición que bien
podría sintetizar la trama de Esperando a Godot: “la substancia de las
cosas que esperamos”. Vladimir y Estragon sufren la certeza de que
Godot jamás vendrá, y aún así ambos preservan la fe en su advenimiento.
Ambos personajes, sin embargo, evitan cualquier referencia directa a la
fe. Sólo en una ocasión Vladimir describe a Lucky como a un servidor
fiel (fr. “fidèle serviteur”, en. “faithful servant”), una declaración
que podría ser soslayada como una mera expression familiar. Pero
el acto de ser fiel es, como veremos más adelante, más rico que la
definición estática que el sustantivo “fe” conlleva. Beckett prefiere
hacer uso de dos verbos bastante difundidos: creer y pensar. Vladimir,
Estragon y Pozzo los usan como sinónimos. En la versión francesa
Vladimir replica “Je crois” cuando le preguntan si el nombre del hombre
que esperan es Godot: “Eso creo”, una frase que Beckett traslada al
inglés como “Eso pienso” (“I think so”).
Por siglos la filosofía ha confinado el problema de la fe a la
religión. La teología, por otra parte, ha reducido el problema del
creer al creer en el dogma cristiano. La inmaculada concepción de Jesús
y su no menos milagrosa resurrección fueron eventos más allá de la
esfera del sentido común que habrían de ser autenticados mediante la
reducción de la fe al absurdo. “Creo porque es absurdo”, escribió
Tertuliano en De Carne Christi 5. La fe, no obstante, no es una
condición impuesta por un credo determinado. Santo Tomás de Aquino la
describió como un estado del ser basado en la costumbre y la virtud;
Hegel como una manifestación de la mente que el filósofo no puede
despreciar bajo la razón de su irracionalidad. Kierkegaard fue, creo,
el primer filósofo que comprendió la estrecha relación entre la fe y la
conciencia. La voluntad de creer es inconfundible de la necesidad de
creer. Las convicciones interiores de un hombre no pueden ser
desdeñadas como el mero producto incidental de un proceso histórico.
Husserl escribió agudamente que la conciencia vive originalmente en el
elemento de la creencia; el poeta César Vallejo centra en ella misma la
felicidad: “Mi gozo viene de mi fe en ese hallazgo personal de la vida”
.
Unamuno escribió que la existencia sería insoportable sin la fe; su
interpretación es tan evangélica como filosófica. En el evangelio según
San Mateo, los discípulos están en un barco amenazado por una tormenta,
hasta cuando deciden despertar a Jesús. Antes de que calme el mar,
Jesús los reprocha por su falta de fe. Pero el escepticismo ya había
aparecido en el libro del Génesis como la causa original del pecado. En
Esperando a Godot el problema fundamental de la existencia no es
la fe en sí misma, sino el dilema continuo entre fe y escepticismo.
Voluntad de cree, y aún así, por la misma naturaleza de la mente,
reluctancia a creer. La sólida costumbre de la existencia está
constantemente obstaculizada por los pálidos toques del pensamiento. En
un tour de force, Beckett escenifica la tragedia del meditar sobre un
mundo ilógico. Primero, cuando Pozzo le pregunta a Lucky que piense. Su
monólogo, como es bien sabido, está preñado de temas metafísicos: “Dada
la existencia (…) de un Dios persona (…) de barba blanca (…) fuera del
tiempo sin extensión quien desde las alturas de divina apatía divina
atambia divina afasia nos ama tiernamente con algunas excepciones por
razones desconocidas pero el tiempo nos dirá y sufre como la divina
Miranda…”
Y más tarde cuando Vladimir y Estragon son torturado por sus
divagaciones previas:
VLADIMIR. –
Cuando tú buscas escuchas.
ESTRAGON. – Lo
haces.
VLADIMIR. – Eso
te previene de encontrar.
ESTRAGON. – Eso
hace.
VLADIMIR. – Eso
te previene de pensar.
ESTRAGON. – De
todos modos piensas.
VLADIMIR. – No,
no, es imposible.
ESTRAGON.
– Lo que es terrible es haber pensado.
En una época dominada por los espejismos del nacionalismo y el
comunismo, Beckett cayó en cuenta de que no ideología o dogma
podía solucionar plenamente los problemas formulados por la metafísica
del mismo modo en que la religión lo había hecho. La alusión de Beckett
a Vladimir Lenin no puede ser esquivada como simple ironía. Como el
personaje principal de The Happy Days, la mayoría de los seres humanos
viven inmersos en las arenas movedizas de la incertidumbre,
ocasionalmente consolados por destellos de esperanzas y más
frecuentemente oscurecidos por crisis de escepticismo. Godot debe
existir, pero meramente como hipótesis; si él apareciese sobre el
tablado su propia existencia sería puesta en tela de juicio. En algún
momento Vladimir se pregunta si Pozzo es en realidad Godot, pero de
inmediato descarta su conjetura con horror. Como ocurre con los
personajes de Mercadet, Vladimir comprende que un Godeau/Godot/God
material probará ser menos útil que el Godeau/Godot/God
inmaterial y ausente. La esperanza de Vladimir trabaja como esperanza
absoluta, es decir, como una realización para siempre pospuesta en sí
misma.
Cuando hacia el final del segundo acto, Estragon escucha que Godot ya
no vendrá, su reacción es la de proponerle a Vladimir que se suiciden.
La fe se fortifica más mediante dudas y esperanzas que mediante
certezas y realizaciones. Despoje la duda del hombre más próspero y
saludable del mundo: él se ahorcará inmediatamente; dé esperanza al
hombre más débil; él arriesgará sus riquezas, su salud e incluso su
vida por esa esperanza. Los personajes de Esperando a Godot jamás
se suicidirán, pues ellos han aceptado por complete el absurdo de la
esperanza. Es solo la esperanza la que mantiene vivos a tantos hombres
y mujeres bajo el yugo de tanta miseria y opresión. La
resistencia de Vladimir y Estragon es de hecho más heroica que el ciego
desespero de Lear y Romeo.
La fe se manifiesta continuamente en el creer. ¿Creer en qué?
Sobre todo en el creer, la más racional y aún así la más ilógica
manifestación de la mente. Una mente lógica jamás cree, sino que se
limita a aceptar los hechos. No esperamos que los científicos crean que
el volumen de un cono es un tercio de aquel del cilindro que comparte
su misma base y su misma altura, del mismo modo en que no esperamos que
un cirujano crea si la sangre circula o no, pues éstos son conceptos
demostrables, y como tales son plenamente aceptados. La profunda
desconfianza de la ciencia en la creencia explica porqué toda discusión
sobre la fe es retórica de antemano, pues ésta no se dirige a un sujeto
en particular, como el alma, Dios o el amor, sino más bien al acto del
creer. El contestar positivamente a la pregunta de si alguien cree o no
en el amor es tan ingenuo como el preguntar a un matemático si uno y
dos son tres.
La pregunta sobre Dios oscila sobre la obra. ¿Vendrá él acaso a salvar
a los personajes? ¿Salvarlos de qué? ¿De la muerte? ¿Del infierno? Pero
la duda principal de los personajes de Esperando a Godot no es
sobre la naturaleza de Godot, sino más bien sobre la fe de los
personajes en su propia existencia ―vida que nunca es estática, sino
dinámica, plenamente expresada en el acto de la espera. Esta actitud,
que los cínicos asocian al optimismo, constituye la fe que fortifica la
existencia, desde aquella del primer nómada africano hasta aquella del
último cristiano de Roma, desde aquella del ultimo judío que sobrevivió
en Auschwitz hasta aquella del desempleado padre de tres hijos; la
supervivencia de los personajes de Beckett no es menos admirable,
empero, pues ellos reconstruyen su fe desde las cenizas. Como el Sísifo
de Camus ellos sobreviven en un mundo que ha hecho de la dulce religión
una recopilación de palabras (sweet religion a rhapsody of words); su
condición, es decir, la condición del hombre moderno es ciertamente
absurda, pues como puede alguien creer en una existencia amenazada por
la decadencia, a la par que sufre desde la cuna hasta la tumba, sin una
conciencia clara de su nacimiento y de su muerte: “A horcajadas sobre
una tumba y un alumbramiento difícil”. La cronología invertida del
grito de Vladimir es intencional, pues tiempo solo puede existir por
entendimiento común: “¿Estuve durmiendo mientras los otros
sufrían? ¿Estoy durmiendo acaso ahora mismo? ¿Mañana, cuando
despierte o crea que despierte, que voy a decir de hoy?
Beckett, como Rousseau, creía que la mayoría de la gente continuaba con
sus vidas sin caer en cuanta de sus arduas labores y dolores. A
esta creencia debemos la imagen inolvidable de una mujer que encomia su
vida a medida que su cuerpo se hunde en el fango. Hacia el final de
Esperando a Godot Vladimir ―encarnando el alter-ego de
Beckett's―, sufre insomnio mientras Estragon dormita. Vladimir se
refiere entonces a su compañero con envidia: “El no sabrá nada. Ele me
contará de los golpes que recibirá y yo le daré una zanahoria” pues el
juzga su sufrimiento más grande que aquel de Estragon en razón de haber
descubierto el absurdo del esfuerzo en un mundo de incertidumbres.
Beckett expresó esta certeza a lo largo de su vida. En Enueg II (1931)
se lee: mundo mundo mundo mundo (…) sólo de los muertos (world world
world world.. de morituris nihil nisi), y en What is the World (1990):
que es el mundo/majadería de esto/todo esto/ majadería de todo esto
(what is the word -/folly from this - /all this -/folly from all this).
Pero ya sea por ignorancia (e.g., Lucky) o por escepticismo, todos los
personajes de Esperando a Godot preservan sus vidas. Como
Averroes, ellos creen que ser es mejor que no-ser, y creer mejor que
no-creer, incluso bajo la certidumbre de que dicha creencia jamás
cesará. Beckett expresó esta paradoja en los pasajes mejor logrados de
su obra. En El innombrable un torso sin miembros pondera: "Soy, no sé,
nunca lo sabré, en el silencio no lo sabes, debes continuar, no puedo
seguir adelante, voy adelante."
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Comencé a leer Don Quijote a mis
ocho años, cuando mi profesor de
castellano nos pidió que elaborásemos una cartelera con motivo del Día
del Idioma. Puesto que Cervantes y Shakespeare murieron el 23 de abril
(1), yo reproduje las siluetas de Don Quijote y Sancho Panza junto a la
de Próspero, abriendo sus brazos hacia el final de The Tempest. A
diferencia de las obras de Shakespeare, que leí condensadas en una
enciclopedia infantil, mi conocimiento de la obra de Cervantes se
reducía a su sinópsis y a algunas frases sueltas de sus dos primeros
capítulos.
Mi primera
lectura parcial de Don Quijote ocurriría a mis quince años,
cuando cierta revista comercial distribuyó una versión abreviada de la
novela de Cervantes: a lo largo de dos semanas celebré los desmanes de
Alonso Quijano y Sancho Panza durante mis recreos escolares. En aquel
entonces concebí la obra de Cervantes como una comedia novelada, afín a
los sainetes de Moliere.
Sólo en 1988
tuve la fortuna de adquirir en una de las compraventas de
libros emplazadas sobre la Avenida Diecinueve de Bogotá las obras
completas de Miguel de Cervantes en una edición en cuero de editorial
Aguilar; las muy imprecindibles primeras páginas de su prólogo le
habían sido arrancadas, razón por la cual pude comprarla, si bien a un
precio aún considerable para un estudiante universitario. A mis veinte
años las masacres, los secuestros, el narcoterrorismo y la criminalidad
de Bogotá me incumbían menos que los poemas de Homero, Virgilio y Dante
o los dramas de Esquilo, Lope de Vega, Friedrich Schiller y Bernard
Shaw. La literatura surgía como un oceano, sublime e insondable, y
habiéndome impuesto la disciplina de leer cuando menos cincuenta
páginas al día, decidí que como hispanoparlante no podía postponer mi
estudio de Don Quijote. Aún recuerdo la noche de tormenta, en mi alcoba
del centro de Bogotá, cuando compartí con él mis aprehensiones como
lector consumado; como Don Quijote, yo descubría en cada libro un
universo más emocionante, cautivante y justo que aquel que el caos de
la vida cotidiana me ofrecía, y como él mi mente se poblaba
"...de todo
aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como
de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores,
tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la
imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas
invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en
el mundo" (I, 1).
Cervantes
lograba a través de su personaje lo que yo secreta o
inconscientemente deseaba a través de mis lecturas y mis
representaciones teatrales: la comunión entre poesía y realidad.
Al comienzo
del segundo capítulo del primer volumen el lector ya es Don
Quijote, y como él ha de embarcarse en una empresa de desaires y
esperanzas, pero así mismo de aventuras y renombre:
"y así, sin
dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie
le viese, una mañana, antes del día (que era uno de los calurosos del
mes de Julio), se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante,
puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y por
la puerta falsa de un corral, salió al campo con grandísimo contento y
alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen
deseo" (I, 2).
Incluso los
críticos de Cervantes, observadores analíticos de un lector
que quiso cambiar el mundo a partir de sus lecturas, acaban por
simpatizar con Don Quijote. Aunque el mismo Cervantes diagnostica la
locura de su personaje al comienzo de su novela, sus acciones son más
propias de un hombre ingenuo que de un desquiciado; su afinidad con
Sancho Panza, de hecho, no radica en su locura, sino en su inocencia,
consecuencia, en el caso de este último, de su credulidad.
La primera
parte de Las Aventuras del Ingeniosos Hidalgo Don Quijote de
la Mancha nos subyugan por su seriedad. Don Quijote y Sancho Panza se
respetan a sí mismos como ningún otro carácter cómico, desde
Aristófanes hasta la Comedia del Arte, lo había hecho; su
incongruencia, esto es, su creencia en unos modales que son en realidad
inapropiados para el mundo, los torna humanos, profundamente humanos.
De allí que Cervantes jamás los presente como bufones. Niños osados,
Don Quijote y Sancho Panza han de confrontar la crueldad de una
generación madura; juntos representan a los lentos de espíritu del
Sermón de la Montaña, quienes a causa de una ética de sacrificio son
víctimas de sus congeneres más astutos.
Su drama,
sin embargo, es común a todos los hombres de todas las
edades. Así como un niño nos conmueve y nos hace reir con sus preguntas
y comentarios inocentes, así nosotros nos conmovemos y reímos de las
aventuras y los razonamientos de Don Quijote y Sancho Panza, siempre
bajo la certidumbre de que nuestra risa no ofenderá ni a infantes ni a
chiflados. Dicha indulgencia, que ejercemos en nuestra niñez, ya nos
apena en los albores de la pubertad, tal y como Walt Whitman lo expresó
siglos más tarde:
Yo,
imperturbable...
Maestro de
todo o señora de todo, aplomado en medio de cosas
irracionales...
Confrontando
la noche, tormentas, hambre, ridículo, accidentes,
rechazos,
Como los
animales y los árboles (2)
El ejemplo
más fehaciente del fracaso de dicha inocencia surge en la
primera aventura de Don Quijote, en el capítulo cuarto, cuando libera
al mozo que está haciendo azotado por un labrador. Don Quijote hace
jurar al labrador que no azotará más a su siervo; el amo, consciente de
su desventaja, obedece a Don Quijote y espera a que éste se marche para
de inmediato zurrar con más fuerza a su vasallo. El mayor mérito de
este breve pasaje, por lo demás, es el de haber inaugurado la novela
realista, estableciendo sus dimensiones sicológica, económica, social y
política. Don Quijote, reacio a madurar de nuevo, no comprende que la
mayoría de los hombres alteran sus promesas según sus deseos, que la
dependencia de aquel siervo liberado de su amo es de carácter
económico, que su sociedad autoriza a los propietarios a castigar
sus empleados y que un amendrantamiento de parte de un labrador pondría
en tela de juicio el status quo. La ética cristiana que Cervantes
articula a través de sus personajes entra en conflicto con el mundo de
la Realpolitik, algo que San Juan ya había anticipado en sus cartas y
que Benito Pérez Galdós y Luis Buñuel representarían con renovada
maestría ante sus coetáneos.
Los pasajes
más conocidos de Don Quijote reiteran el conflicto entre
moralidad y existencia; el pasaje entre Don Quijote y las mozas de la
venta es jocoso por cuanto éste se esmera por respetar a aquellas que
sobrellevan una vida humilde. En vano Paul Groussac intenta
persuadirnos de que la substancia de Don Quijote reside en sus primeros
capítulos, los cuales, desde el punto de vista reduccionista que ha
dominado la crítica literaria de los últimos dos siglos, anunciarían el
nacimiento y muerte de la novela. La perspectiva cervantina abre nuevas
posibilidades no sólo en el campo literario, sino así mismo filosófico,
tal y como Milan Kundera lo señaló recientemente. Sus personajes
constituyen el humanismo mismo, pues, a diferencia de Eurípides y
Shakespeare, Cervantes no nos identifica con los caídos, sino con
hombres que, como la mayoría, ansían triunfar sin violar los preceptos
morales de su época.
Hay
escritores que provocan nuestra admiración, como Aristóteles y
Kant, y y otros que nos revelan la belleza, como Dante y Shakespeare.
Cervantes no sobresale en ninguna de estas categorías, algo que Lope de
Vega ya advertía tras la publicación la obra en 1605. Pero ninguna otro
escritor, tal y como el Dr. Johnson lo prescribe, es tan cautivante
como Cervantes. Las páginas de Don Quijote nos conmuevan como ninguna
otra novela lo ha logrado; el cariño del autor hacia sus
personajes es tal que como lectores nos enamoramos de Don Quijote y
Sancho Panza.
Mi más
reciente relectura de Don Quijote ocurrió en Bishkek,
Kirguistán, en la navidad de 2003. Mis esfuerzos por mantenerme
incorruptible en una nación gobernada por sobornos e injusticias
encontró un reflejo en las andanzas de Don Quijote y Sancho Panza. Con
mayor experiencia de mundo comprendí que la lucha diaria no difería
demasiado de las aventuras del Cabellero de la Triste Figura y su
escudero. Como ellos, jamás me he avergonzado de pertenecer a ese grupo
de ciudadanos de aún anhelan la justicia. ¿Quién, como Sancha Panza, no
ha sufrido las consecuencias de un ideal quebrantado? Una lágrima me
sorprendió al leer que Don Quijote recobraba su razón, consciente para
siempre de que su vida había sido objeto de burla de dos duques,
tristeza renovada por mi separación de Sancho Panza, quien de un modo
casi imperceptible se había convertido en el protagonista de la segunda
parte de la novela; junto con él lamenté la muerte de Don Quijote como
la muerte de un amigo.
Ningún otro
libro, creo, puede provocar tanta intimidad entre sus
lectores y sus personajes; a través de una prosa íntima Cervantes toca
las fibras más íntimas de nuestro ser sin llegar jamás a ser
sentimentalista. Las frases que Don Quijote pronuncia en medio de
su insomnio a Sancho Panza calan precisamente por su sencillez:
"Duermes,
digo otra vez, y lo diré otras ciento, sin que te tengan en
continua vigilia celos de tu dama, ni te desvelen pensamientos de pagar
deudas que debas, ni de lo que has de hacer para comer otro día tú y tu
pequeña y angustiada familia" (II, 20).
Cervantes ha
de ser así mismo admirado por su espíritu cosmopolita, y
en particular por su sensibilidad hacia la cultura mozoárabe; desde su
prólogo él reconoce las virtudes literarias y el amor al conocimiento
de los musulmanes españoles; las aventuras de Don Quijote transcurren
entre relatos de raptos y viajes por el mundo islámico, el cual
Cervantes conoció como guerrero y prisionero. En la segunda parte de
Don Quijote Cervantes osa denunciar la política de la corona española
contra los españoles de ascendencia árabe:
"Bien sabes,
¡oh Sancho Panza, vecino y amigo mío!, como el pregón y
bando que Su Majestad mandó publicar contra los de mi nación puso
terror y espanto en todos nosotros; a lo menos, en mí le puso de suerte
que me parece que antes del tiempo que se nos concedía para que
hiciésemos ausencia de España, ya tenía el rigor de la pena ejecutado
en mi persona y en la de mis hijos (...) Doquiera que estamos lloramos
por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural;
en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea,
y en Berbería, y en todas las partes de Africa, donde esperábamos ser
recebidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y
maltratan. No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido; y es
el deseo tan grande que casi todos tenemos de volver a España, que los
más de aquellos, y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven
a ella, y dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el
amor que la tienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse:
que es dulce el amor de la patria" (II, LXV).
Aunque el
agravio de Ricote sea aliviado con lisonjas al rey y a sus
consejeros, Cervantes deja constancia de una de las más graves
injusticias de su tiempo, la cual, misteriosamente, aún continua siendo
perpetrada por nuestras democracias, cuyos gobernantes, siempre con
loables intenciones, separan a hijos de sus padres en razón de su lugar
de nacimiento.
(1)
Shakespeare, venga al caso, también nació en el día de San Jorge,
patrón legendario de una nación cuyo destino ha sido inseparable de sus
versos.
(2) Me
imperturbe, standing at ease in Nature,
Master of
all or mistress of all, aplomb in the midst of irrational
things...
To confront
night, storms, hunger, ridicule, accidents, rebuffs, as the
trees and animals do
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La Función Social de
la
Poesía
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Modulable:
A propósito de la obra de António Quadros Ferreira
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En una
entrevista de prensa reciente, los escritores colombianos R.H. Moreno
Durán, Germán Espinosa y Juan Manuel Roca negaban la función social de
la poesía y afirmaban que su intención última era fascinar, conmover y
divertir. Su aseveración es parcialmente válida -una poema que no
fascine, conmueva y divierta a sus lectores no es un poema, sino un
ejercicio retórico-, y parcialmente discutible -la diversión revela en
sí misma una función social-. |
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Nerón se granjeó la
veneración de sus
súbditos a través del teatro; los combates de gladiadores, las carreras
de caballos y la violación de Pasifae por un toro -representada en
verso sobre la arena del coliseo-, fueron diversiones populares, pero
así mismo mecanismos de control al servicio de un déspota.
Toda manifestación estética -incluso el divertimento- importa una
manifestación ética. A pesar de sus méritos artísticos, El Nacimiento
de una Nación de W. H. Griffith, es una película racista que ofende a
los espectadores contemporáneos ?a menos que dichos espectadores
compartan los prejuicios de antaño?. Un artista incapaz de comprender a
sus personajes es un artista dogmático; los primeros filmes de Sergio
Eisenstein, y en particular Acorazado Potemkin obedecen a este
criterio; los soldados zaristas son indispensablemente deshumanizados
antes de ser asesinados.
Quien ignora las corrientes ideológicas de su
generación corre el
riesgo de cooperar con la injusticia; tal fue el destino de los
escritores alemanes Martin Heidegger y Gerhart Hauptmann, quienes a
través de sus postura a-política apoyaron las atrocidades perpetradas
por los Nazis.
A comienzos del siglo diecinueve Benjamin Constant
escribió que el
propósito del arte era el arte mismo. Oscar Wilde importó y
popularizó el credo de l'art pout l'art en Inglaterra a través de sus
comedias; el sarcasmo aristocrático de sus personajes, sus enredos
financieros y sus tramas melodramáticas le granjearon la admiración de
sus contemporáneos. George Bernard Shaw -quien había elogiado a Jack el
destripador por haber concientizado a sus compatriotas de la miseria de
las prostitutas de Whitechapel-, escribió que las comedias de Wilde no
lo invitaban, sino que más bien lo forzaban a reír. La revolución
social que las piezas de Ibsen había desencadenado en Francia y los
países escandinavos había persuadido a Shaw del rol social de la
poesía. Ibsen retrató a mujeres independientes, capaces de abandonar a
sus hijos y a sus maridos, o de suicidarse ante la menor provocación.
Sus dramas distinguieron a la mujer de su entorno familiar, del mismo
modo en que la obra de San Agustín había distinguido al individuo de su
comunidad durante el ocaso del imperio romano. Shaw abogaba por un
artista capaz de desenmascarar las falsas pretensiones de su sociedad,
capaz de liberar a sus lectores de las convenciones y compromisos
sociales -más absurdos en cuanto más elevados pretendieran ser-.
Los griegos descubrieron en el quehacer político de
un hombre la
expresión más sublime de su libertad. El ciudadano desinteresado, como
el esclavo, era un idiota (del griego idios: concentrado en su vida
privada). Shaw aplicó este epíteto a sus colegas apolíticos.
Es innegable, sin embargo, el hecho de que cada obra
de arte alcanza su
independencia por sí misma. Die Weber [Los Tejedores], de Gerhart
Hauptmann, perdura como una de las mejores piezas de teatro del siglo
diecinueve. Las posturas políticas aspiran a lo universal; el arte a lo
particular. Es por esta razón que los grandes poetas han sido
dramaturgos. Los pasajes más nacionalistas de Shakespeare podrían
atribuirse a Shakespeare, pero así mismo a su personaje Henry V.
Croce escribió que el arte era educativo en cuando
éste no pretendiese
ser educativo. A través de su creación el poeta recrea las vivencias,
las dudas y las certezas de su audiencia; las pinceladas de Van Gogh
son tan intensas como su biografía. La poesía de Candelario Obeso, en
mi opinión el mejor poeta colombiano, no se limita a una recolección de
cantos etnográficos, tal y como sus críticos pretenden.
Cuando el escribe:
Qué trijte que ejtá la noche,
la noche qué trijte ejtá:
no hay en er cielo una ejtreya...
Remá! remá!
Leemos no sólo las vivencias de cierto pescador de
Mompox, sino así
mismo su naufragio en la sociedad bogotana de fin de siècle. Estos
versos, que anticiparían su suicidio, constituyen la expresión más
sublime del hombre discriminado en razón de su credo, su linaje o su
clase social.
La poesía muere en cuanto encomia a una sociedad
perfecta y sin
contradicciones, y renace en cuanto manifiesta sus fisuras. La postura
de nuestros escritores no es sólo representativa de la literatura
hispanoamericano -en la cual la prudencia de Borges ejerce una
influencia abrumadora-, sino de la mayoría de los escritores
comerciales de los países más prósperos. Deleuze y Guatari
señalaban a este respecto que la mejor literatura del siglo veinte ha
sido una obra de desterrados: Kafka, Joyce, Beckett, Mann…
Tal vez el arte original -aquel capaz de transformar
la sensibilidad de
una cultura-, esté condenado de antemano en las naciones
subdesarrolladas, siempre supeditadas a las demandas de las
corporaciones, firmas y organizaciones internacionales.
Los escritores más prestigiosos del tercer mundo
deleitan a sus
lectores europeos con sus personajes crédulos y desprivilegiados. Que
alguien jamás haya conocido el hielo, o que alguien jamás haya
ascendido una escalera, es tan irreal como las imágenes de niños
desnutridos en los suburbios de Calcuta.
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En The Marriage of Heaven and Hell
William Blake concibe el cuerpo como la única región del alma que
nuestros sentidos perciben; los misterios de la inmortalidad y el
infinito serían apenas alcanzables a través de la intuición y la
inspiración de los artistas. La obra de António Quadros Ferreira, como
la obra de los grandes artistas de la península ibérica, responde a
este anhelo de alcanzar lo inalcanzable, de irrumpir en el ámbito de la
visión para despertar a la intuición de su vigilia o su letargo.
Modulable, su obra más reciente, es admirable por la emociones que
comunica a través de los colores y las formas geométricas menos
maleables. Cada acrílico sitúa al espectador en un plano suprasensible
haciendo uso de el triángulo y el haz de luz, éste alegoría de la
divinidad para los cristianos, aquel para los egipcios, los templarios
y los masones. Pero reducir la obra de Quadros Ferreira a
términos tan empobrecidos como la luz y el triángulo sería
contraproducente. En Modulable el espectador descubre la influencia de
artistas contemporáneos, pero así mismo de las tradición mozárabe, cara
a la arquitectura de las iglesias y catedrales portuguesas, siempre
esmerada por representar a la divinidad en su esencia, sin recurrir a
la iconografía de los hombres y los dioses. Sus acrílicos recuentan
historias de conflicto (Modulable II), caos (Modulable IV), equilibrio
(Modulable II) opresión (Modulable XV) y reconciliación (Modulable X);
a veces la armonía de sus formas alcanza tonos místicos (Modulable XII
y XX), eróticos (Modulable VI, X y XIV) o desesperanzadores (Modulables
VII y VIII), interpretaciones parciales o temporales, supeditadas a la
intuición de cada espectador.
El mérito de
Modulable radica no sólo en el diálogo que Quadros
Ferreira establece entre su obra y nuestra intuición subjetiva, sino
sobre todo en su originalidad. A través de un lenguaje moderado afín a
los textos tardíos de Samuel Beckett, Quadros Ferreira funde los
planos, las luces, las líneas y las texturas en la misma materia
imprecisa de nuestros sueños; acrílicos que sin relacionarse con las
coordenadas espacio temporales nos revelan la armoniosa coexistencia
del infinito y el infinito, de la mortalidad y la inmortalidad. |
Hugo Santander
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