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| Lamento
del
Aristócrata Colombiano |
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Defensa
de Nuestro Congreso |

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—El caos en que vivimos —digo—, comienza con gente como usted.
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Criado
en un cuchitril en donde su padre, su madre y cinco críos comieron,
defecaron y copularon los unos con los otros, su cerebro se ha nutrido
de perversidad. Ni los loables sermones de la presidencia, ni los
benéficos preceptos de la revolución francesa pueden conmover a una
calaña infecta. Habiendo sufrido el desprecio en carne propia,
nosotros, hombres civilizados y educados, no podemos demandar su
aprecio. Mis abuelos, antiguos colonizadores de este chiquero,
masacraron a los indios y condenaron a sus mujeres a la
servidumbre.
Años más tarde nuestra aristocracia simpatizaría con los nazis,
advenedizos que esclavizaron y masacraron a tantos acaudalados
impuros. |
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Mis abuelos crearon,
de hecho, una democracia esclavista; la
generación de mis padres, con un dejo de humanidad inspirado en el
evangelio, reprimió la matanza de los desposeídos; la servidumbre o la
prostitución surgieron como nuevos medios de subsistencia, y una
multitud pusilánime se dedicó a trabajar nuestras granjas y a
desarrollar nuestra creciente industria metalmecánica. Mi generación
paga la hamartía de mis ancestros, el karma de los budistas, el Castigo
de Dios de los cristianos; la impunidad es un crimen más deplorable que
el crimen mismo: es la encarnación de la hipocresía. Bastaría una
imagen para refutar nuestros embustes: la manipulación de los programas
de televisión, aún posible durante la guerra fría, es una causa
perdida. Podemos cuestionar la información, no reprimirla. Esa sociedad
idílica de las telenovelas ha incentivado la rebeldía, y ya no es fuera
de lo común ver a nuestras mucamas, a quienes antaño sodomizábamos con
holgura, tal y como García Márquez lo confesó en su novela más
reciente, quejándose de nuestra intimidad ante las organizaciones
internacionales de derechos humanos, ni al hijo de un carpintero
encumbrándose hasta las esferas del congreso, o a un campesino
copulando con la cónyuge de su terrateniente. No es mi culpa que mis
padres me hayan alimentado con un juego de cubiertos que compraron en
el estado teutónico de Bavaria, ni que mi mayor esfuerzo, como Marivaux
escribió, sea el de haber nacido.
[Para un análisis más imparcial y estadístico de la sociedad colombiana
remito al lector al estudio Colombia, violencia y democracia
(Universidad Nacional: Bogotá, 1987)].
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| Profesías
sobre el futuro de Colombia |
Bogotá, Colombia, julio 23 de 2002—. El
último
helicóptero de la marina americana despegó esta
mañana del convulsionado centro de Bogotá, dejando tras
de sí a centenares de ancianos, mujeres y niños a merced
de la guerrilla guevarista. Luego de masacrar a los últimos
soldados, verdaderos héroes dispuestos a sacrificarse por el
bienestar comercial e industrial de su patria, bandas de comunistas
asolaron los barrios Rosales y Chicó, en el norte de la capital
colombiana. El palacio de Nariño, desprovisto de
protección, fue pillado por hordas de pordioseros y gamines
horas después de que el presidente de la república,
Andrés Pastrana, lo abandonase disfrazándose de monja. La
comunicación entre el centro de la ciudad y el aeropuerto El
Dorado ha sido interrumpida por el frente subversivo de la embajada
americana, bastión tomado a traición por un contingente
de subversivos, creyentes equivocados de la igualdad social sin
dignidad humana. Varios edificios, entre ellos el rascacielos de
Colpatria, arden a causa del bombardeo continuo de la fuerza
aérea colombiana sobre celdas insurgentes. Las ordenes de la
comunidad colombiana residente en Miami han sido tajantes: Colombia
para los colombianos honestos o para nadie. Dos días
atrás, en el palacio de Nariño, los doctores Pastrana y
Serpa abogaron infructuosamente por establecer la paz con los
terroristas; sus peticiones fueron tardías. Las fuerzas
conjuntas del Ejercito Bolivariano ya poseían las tres cuartas
partes del territorio nacional, los aeropuertos, autopistas y
ayuntamientos de las principales ciudades. Sus promesas utópicas
de un salario mínimo de quinientos dólares al mes,
educación y salud gratuita, reforma agraria y ley seca,
difundieron la anarquía entre millones de desempleados,
campesinos sin tierra, soldados, estudiantes y prostitutas.
Según los últimos reportes la gleba enfurecida ha
linchado cerca de cien mil miembros de las familias colombianas mas
conspicuas. Galán Junior, futuro candidato para la Presidente de
la República, continua exiliado en su apartamento en Paris,
siguiendo el consejo de la Comunidad Europea. Se teme, sin embargo, que
el nuevo régimen antidemocrático firme un acuerdo de paz
mediado por las corporaciones petroleras, a quienes sólo
atañe la explotación de los pozos de Cusiana y
Barrancabermeja. La guerrilla garantiza así mismo la permanencia
de este régimen pseudodemocrático mediante la
subvención estatal de dos nuevas facciones políticas:
Helenos y Bolivarianos; el ex-presidente Gaviria ha manifestado su
voluntad de asumir la dirección nacional de cualquiera de los
nuevos partidos.
MORALEJA: Si los Colombianos enfrentamos a
nuestros criminales,
evitaremos que este pesadilla sea una profecía.
¡DIFÚNDALO!.
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Antropología de
las comunidades sedentarias de Europa y Norteamérica a principios del
siglo veintiuno
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Antaño boscoso y amplio, el continente norteamericano se encuentra
contaminado por sucesivos experimentos nucleares; el cáncer y la
depresión carcome a sus pobladores —aunque los esfuerzos de sus gurús o
sicólogos por dilatar sus estragos sea admirable—.
Los habitantes de sus veredas sobreviven en mausoleos rococoes, en
donde cada cual se somete a penitencias de diversa índole, desde dietas
inconcebibles de fritos y azucares, hasta ayunos que los conducen a la
muerte pasando por abstinencias infrahumanas a nombre de la ecología.
Luego de una trabajo de hasta doce horas por día , transcribiendo notas
y números frente a un computador, sus habitantes se someten a sesiones
de cuatro o cinco horas en cámaras de tortura, en donde cada cual
deforma sus músculos bajo el peso de barras con discos metálicos.
—Es para compensar por nuestra vida sedentaria —me explicó una de sus
celebridades.
Los más afortunados —desde este punto de vista— ejercen sus músculos
despolvando y lustrando los pisos de sus baños y oficinas, un trabajo
que no rebasa las ocho horas diarias. Su labor, sin embargo, es
considerada denigrante, y hay quienes aseveran que está reservada a
emigrantes ilegales y expresidiarios. Cada cinco días estos hombres y
mujeres se esfuerzan por disfrutar un fin de semana ocioso. Su
impaciencia los conmina, sin embargo, a visitar un bar el viernes en la
noche, en donde se embriagan en un banco frente a un televisor. Los más
infelices se tornan violentos y se encarnizan contra gente desamparada,
como mujeres, tullidos o parias de piel oscura y ojos rasgados.
Aunque sus caudillos impongan leyes draconianas contra el comercio de
drogas, sus autoridades permiten la venta de barbitúricos, heroína,
cocaína y marihuana en sus bares y discotecas. Algunos patriarcas
aseguran que hará unos setenta años el alcohol también estaba
prohibido, y lo demuestran a través de recortes de periódicos y cintas
cinematográficas, aunque sus académicos más célebres duden de su
autenticidad. Luego de drogarse, los más infelices manejan automóviles
diminutos, con espacio para apenas dos personas, y deambulan por las
avenidas de sus ciudades al acecho de sus víctimas. Si los transeúntes
escasean estos hombres y mujeres —en su mayoría adolescentes—,
estrellan sus automóviles contra los postes eléctricos. Los menos
agresivos se suicidan, lanzándose en sus coches desde las azoteas de
los edificios y los puentes, o simplemente descarrilándose al borde de
una zanja. Aunque sus caudillos, de nuevo, impongan límites a la
velocidad que cada automóvil desarrolla sobre sus andenes y autopistas,
los habitantes de esta sociedad compiten entre sí por adquirir los
automóviles más veloces. Alguna vez manifesté a un habitante cuan
contradictoria era esta práctica, a lo que él me replicó que a todos
convenía: cada cual era libre de rebasar la velocidad límite: si nadie
lo descubría, el conductor se sentía libre y poderoso, y si era
descubierto, su única obligación era contribuir al estado con una multa
insignificante. Podría afirmarse que el auge de automóviles veloces en
esta sociedad contribuye a las arcas del estado.
La gente más virtuosa evita problemas y regresa a su casa en taxi, o
simplemente cae rendida sobre las barras de sus bares.
Los sábados son dedicados a la televisión o a una incursión campestre.
En la noche el ritual macabro de cada viernes se repite. Los suicidios
aumentan y alcanzan su punto álgido los domingos en la tarde, cuando
los trabajadores de los bares y discotecas disfrutan de su día libre.
Las grandes ciudades, empero, mantienen sus bares funcionando día y
noche.
Como colombiano he aprendido a negociar con el dolor. En Norteamérica
sólo el placer es aceptable, y la dilación del dolor se ha vuelto una
obsesión perniciosa. Sus periodistas jamás meditan sobre la muerte; en
su lugar se preguntan si alguien ha muerto plácida o dolorosamente. Así
hay quienes defienden la eutanasia —esa práctica fascista destinada a
eliminar a los sujetos indeseables de cada sociedad— asegurando que
sobrevivir con dolor no vale la pena. En alguna ocasión manifesté a un
médico partidario de este crimen que el verdadero dilema del enfermo no
es el dolor físico, sino el desprecio de una sociedad que taimadamente
fomenta la eutanasia. En esta región de mundo la gente jamás pernocta
con sus pacientes hospitalizados. En su afán por evitar el dolor los
norteamericanos sacrifican el amor; aunque hay excepciones. Jamás
olvidaré el documental sobre una adolescente inmovilizada, apenas capaz
de entornar sus pupilas, quien valerosamente rechazó las propuestas de
muerte de doctores y documentalistas. Aquella moza soportaba su
convalecencia gracias a los cuidados de su madre, quien vivía feliz de
cuidarla día y noche. Su situación contrastaba con la de los pacientes
partidarios de la eutanasia que visité; éstos padecían a una parentela
hastiada de cuidarles.
Aunque sus cónyuges o hijos les susurrasen frases cariñosas a su oído,
sus expresiones de desasosiego los traicionaban, persuadiendo a
aquellos desdichados de la conveniencia de sus muertes.
Su posición frente al aborto se basa, así mismo, en su alergia al
dolor. Creen que un ser humano puede ser asesinado antes de los tres
meses, cuando su sistema nervioso aún no ha sido desarrollado. Según
este criterio, cualquier asesinato perpetrado con analgésicos habría de
ser exonerado; la droga más complaciente reemplazaría al revólver y al
puñal. No es de extrañar, por lo tanto, que cientas de compañías
farmacéuticas florezcan al amparo de esta ideología. Los
norteamericanos engullen antidepresivos como cajas de chocolates,
alentados por un ejercito de psiquiatras inescrupulosos. Sus niños
extrovertidos son, de hecho, anulados con calmantes; su represión acaba
en la adolescencia, cuando, hipnotizados por juegos de video y
películas de gángsteres, masacran a sus profesores y condiscípulos.
—Disponemos de drogas para cada problema personal —decía un psiquiatra
en una conferencia de mercado antidepresivo en Denver—. Si
alguien sufre de una pena amorosa, Genimetadol o Coritimomedus; si
alguien anda de luto, Uxoricadol o Sifrán; si alguien anda ansioso por
un negocio, un partido de balompié o un examen escolar, Cogitrax o
Estultimedol. A veces otorgo el medicamento equivocado; por un tiempo
prescribí Genimetadol en lugar de Coritimomedus. Un error que me costó
más de diez mil dólares.
Le pregunté si algún paciente lo había demandado por haberlo convertido
en un tóxicodependiente.
—¡De ningún modo! —exclamó el psiquiatra—. Son ellos los que nos
visitan con el ánimo de consumar drogas; nosotros nos limitamos a
distribuirlas. En nuestro caso el criminal es el adicto. Los diez mil
dólares los perdí en comisiones; pues GERO ofrecía el treinta por
ciento de las ventas de Genimetadol, mientras que FIXAL apenas me
ofrecía el veinte por ciento por Coritimomedus.
La mentalidad de millones de deprimidos habría sido descrita por un
escritor clásico como Edward Gibbon de afeminada; pero quien utiliza
este término en este país es hoy estigmatizado de fascista. Sus
cerebros más prestigiosos aseguran que no hay diferencias entre el
hombre y la mujer, y que cada cual ansía el placer o evita el dolor de
igual manera, pero sus críticas se limitan al campo de trabajo —aún no
he visto un encuentro de boxeo entre hombres y mujeres—. En alguna
ocasión discutí semejante contradicción con un profesor universitario,
quien replicó apelándome moderno —el postmodernismo es, en este mundo
pseudoacadémico, un eufemismo de la ignorancia—. Yo argüí que como
sudamericano no podía ser moderno, a lo que éste replicó que siendo
oriundo de una cultura oral jamás comprendería a la sociedad
norteamericana. Tal ves sea esta adaptabilidad la que explique a esta
región: clásica para los tercermundistas y post-moderna para sí mismos.
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«Algunos periodistas
han expresado la
necesidad de erradicar los amplios privilegios del congreso. Se discute
una cámara y un senado que jamás podrá ser
reelegido; un acto indecoroso que no sólo nos dejaría
huérfanos y expuestos a los sinsabores de una tiranía
presidencial, sino que cercenaría de raíz las
aspiraciones idiosincrásicas de la mayoría de los
jóvenes colombianos de algún día participar de las
ventajas de nuestro círculo político.
«La oposición
arguye que á los
congresistas sólo les interesa su propios beneficio, pero en tal
caso yo les preguntaría ¿no es esa actitud la que cada
cual procura? Desde pequeños escuchamos el refrán de que
'este mundo es de los vivos'; nadie más vivo, desde un punto de
vista práctico, que un senador de la república
colombiana. ¿Qué sería de nuestro país sin
el empuje de un Santander, sin la sinceridad de un Mosquera, sin la
inteligencia de un Reyes, sin la elocuencia de un Marroquín, sin
la diligencia de un Turbay? Me abstengo de mencionar a tantos otros
ínclitos congresistas que han hecho de Colombia una de las
democracias más eximias de Latinoamérica.
«¿Se nos acusa de desfalcar a la
patria? Calumnias. Hay
una tradición antiquísima en nuestro país, y es la
del diezmo, esto es, la de entregar el diez por ciento de las ganancias
recibidas al ángel que las otorga: en otros tiempo era la
iglesia, ahora es el congreso. Desde este punto de vista todos los
congresistas deberíamos llamarnos no los padres, sino los
'Ángeles de la Patria', pues nuestro ardua labor consiste en
repartir grandes sumas de dinero entre las empresas o ciudadanos
dispuestos a retribuirnos con el diezmo respectivo. Debo aclarar que
estas transacciones, aunque aún no se han legalizado en nuestros
códigos penales, son absolutamente diáfanas, claras y
transparentes. Ser astuto es diferente de ser deshonesto: si hay
congresistas que desfalcan millones al año, eso es otro
problema. Como tantos caciques culpo a nuestro sistema judicial, hasta
ahora incapaz de imponer penas substanciales contra quienes malversan
los fondos estatales. El pueblo, por lo demás, sería su
cómplice: es éste quien captura, juzga, encarcela, se
apiada y libera a todos los implicados a su debido tiempo.
«Hemos de aceptar, por otra parte, que
este país
está en la perola, y de que sólo los más sagaces
sacamos provecho a la crisis que atravesamos. Hoy en día
—aceptémoslo—, el costo de la vida espanta: nuestro salario de
seis mil dólares al mes es, para un político, una
miseria. Nosotros, como hacedores de la patria, tenemos derecho a
mejores restaurantes, hoteles, limosinas y clubes privados que
cualquier congresista latino; además, ¿no podemos
así mismo comprarnos un apartamentico en Suiza, en donde las
cajeras de los bancos son tan eficientes? Así que nadie nos
puede culpar por ayudarnos un poco con un regalito o una comisioncita;
y si algún envidioso o resentido nos acusa, bastará con
que le citemos a ese malversado las palabras de Nuestro Señor:
'Quien este libre de culpa que arroje la primera piedra'.
«Otros nos llaman perezosos, pero
después de todo ya
bastante nos trasnochamos convenciendo a la gente de que nos elija en
este país de reinas de belleza. No niego el hecho de que
disfrutamos cuatro meses de vacaciones al año en el exterior
—pagas de cabo a rabo, incluyendo pasajes para familiares—, y de que no
hay ley que nos obligue a trabajar los otros seis meses del año,
pero eso no cuenta. Lo que cuenta es que durante las campañas
políticas tenemos que trabajar las veinticuatro horas del
día, atendiendo a conferencias, cócteles, inauguraciones
y parrandas. El estrés que sufrimos movilizándonos de un
hotel a otro es una experiencia que no le deseamos a nadie, ni tan
siquiera a nuestro peor enemigo. Y piensen en lo humillante que es
andar excusándose porque fulanito o sutanito le dio por
cuestionar nuestra integridad. Incluso a veces, cuando la
votación es baja, nos vemos en la necesidad de ir a desayunar a
la plaza de mercado, o besarle los pies a tal o cual estatua
dominguera, para que incautos, beatas y religiosos se convenzan de
nuestra buena voluntad.
«Nuestra contribución a la cultura
y a la educación
colombiana es un punto a nuestro favor: cada año unos cien
colombianos, parientes y amigos nuestros, viajan a estudiar cursillos
en las mejores universidades de Europa y los Estados Unidos. Al volver
a Colombia un puesto en el senado o en algún ministerio de
gobierno les espera. Sin nuestros privilegios, nuestros delfines se
verían obligados a trabajar para terminar sus estudios: una
vergüenza para una nación tan prestigiosa a causa de sus
balnearios y riquezas naturales.
«Mi principal defensa contra los enemigos
del congreso es que la
corrupción continuará así nos saquen, o, como
cierto escritorzuelo ha proclamado, así nos maten; pero esta vez
será peor. Nosotros, al menos, invertimos la mayor parte de
nuestro dinero en el país: yo mismo me compré el
año pasado una haciendita que nuestros muchachos confiscaron a
la mafia en Girardot. Por otra parte trabajamos sin prisa. Quienes nos
reemplacen, ya sean los amigos del presidente de turno, ya sean
jovencitos de mala calaña, vendrán a desfalcar lo que
puedan con impunidad —poseídos, como cerdos, por la creencia de
que ésta será su única oportunidad en sus carreras
de enriquecimiento ilícito—.
«Le diré por último a mi
apreciado compatriota,
mejor conocido como Hijo de Dios, que somos los congresistas los
que mantenemos la economía colombiana en popa: piensen en todos
los puestos de corbata que serían suprimidos con nuestra
destitución. Yo, por mi parte, he creado ciento catorce cargos
en mi oficina; me siento orgulloso de proveer el pan de cada día
a ciento catorce colombianos que a cambio me donan una porción
insignificante de sus salarios. Ellos, como es bien sabido, sólo
tienen que venir a reclamar su cheque; el resto del mes departen una
vida placentera con su esposa, sus amantes y su prole numerosa. Nadie
nos acusará de no fomentar la vida familiar; en breve, incluso,
legalizaremos la bigamia. Todos los colombianos saben que si
están bien conectados pueden formar parte de la nómina
del congreso sin inconvenientes. Estoy seguro de que toda familia
colombiana de alcurnia se beneficiará de un modo u otro con
nuestra reelección de estos cargos honorarios.
«Siempre les diré a mis
compatriotas que se unan a mi
campaña por preservar los privilegios de nuestro congreso. Estoy
seguro de que un congresista se lo agradecerá ―a su debido
tiempo―.
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| La nación
tiene recursos para reducir la pobreza, afirma el Banco Mundial |
Aunque la pobreza fustiga a las tres cuartas partes de nuestra
población, nuestro país posee los medios para reducir su miseria,
afirmó Foster Fennell, conserje emérito del Banco Mundial. La
inequidad, causa de nuestros sinsabores, se debe a que nuestros
recursos continúan concentrándose en los parientes y pedigüeños de
cincuenta y dos familias, oligarcas que manipulan los ingresos de la
nación desviándolos hábilmente a sus cuentas bancarias. Los políticos
colombianos se defienden.
—Si erradicamos la pobreza —confesaba recientemente el senador
Celestino Hinojosa en un festejo de la embajada colombiana en Francia—,
¿a quién contrataremos como sirvientes? Es gracias a nuestra miseria
que las familias más ilustres de nuestra nación cuentan hasta con cinco
mucamas en casa. ¡Ver para creer! ¡Si usted supiera el número de
jubilados estadounidenses y europeos que van a Colombia a disfrutar una
vida de pachá! ¡Las pequeñas fortunas que ofrecemos a nuestros
sirvientes son salarios irrisorios para quienes disfrutamos de los
beneficios de la globalización!
Aunque Hinojosa ignora el drama de los esclavos clandestinos en París,
su humor negro refleja la postura de los políticos colombianos, y, por
ende, latinoamericanos, en el exterior. Ya hacia 1972 el director de
cine español Luis Buñuel había retratado a un cónsul hispano que se
burlaba de la miseria de su gente en Le Charme Discret de la
Bourgeoisie. Colombia es, de hecho, la nación tercermundista que más
ostentosamente elucida sus recursos en el exterior. Su embajada en
Francia sobresale junto a las embajadas de los Estados Unidos y la Gran
Bretaña sobre la avenida más exclusiva de la ciudad de las luces.
Los niños son, innecesario escribirlo, los más desvalidos; su muerte
por inanición es común, pues además de pobres las instituciones
internacionales les prohíben trabajar. Cinco de cada diez infantes en
nuestro país ha de escoger entre el ayuno o la prostitución. El
gobierno se jacta de investir recursos millonarios en su ayuda, pero,
de nuevo, estos recursos acaban simplemente engordando las cuentas
bancarias de ciertos congresistas en el exterior. Este escándalo, nunca
antes denunciado por las instituciones internacionales, podría
promulgar una ley global que prohíba la apertura de cuentas bancarias
en sitios diferentes a los del lugar de residencia de los beneficiados;
aunque en tal caso es de sospechar que cada banco se encargaría de
ofrecer los documentos de residencia pertinentes a cada cliente de
valía.
A modo de consuelo, Hinojosa señala que nuestro panorama de corrupción
no es único en el mundo. Fennell menciona que en Colombia aún no
sufrimos la gente raquítica que los prestigiosos fotógrafos de Life
capturan de vez en cuando en África o en Asia. Allí, de hecho, la
impunidad es aún más pronunciada; verbigracia Angola, en donde la
hambruna azota a cerca de un millón de habitantes. Las organizaciones
de caridad internacional denuncian su impotencia en un país que
supuestamente recibe seis billones de dólares al año por sus
exportaciones petrolíferas; este dinero, de hecho, es diligentemente
depositado en ocho cuentas bancarias privadas de Europa y los Estados
Unidos.
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Hugo Santander
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