Hugo Santander
Ferreira


  
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Defensa de Nuestro Congreso




—El caos en que vivimos —digo—, comienza con gente como usted.

Criado en un cuchitril en donde su padre, su madre y cinco críos comieron, defecaron y copularon los unos con los otros, su cerebro se ha nutrido de perversidad. Ni los loables sermones de la presidencia, ni los benéficos preceptos de la revolución francesa pueden conmover a una calaña infecta. Habiendo sufrido el desprecio en carne propia, nosotros, hombres civilizados y educados, no podemos demandar su aprecio. Mis abuelos, antiguos colonizadores de este chiquero, masacraron a los indios y  condenaron a sus mujeres a la servidumbre. Años más tarde nuestra aristocracia simpatizaría con los nazis, advenedizos que esclavizaron y masacraron a tantos acaudalados impuros. 




Mis abuelos crearon, de hecho, una democracia esclavista; la generación de mis padres, con un dejo de humanidad inspirado en el evangelio, reprimió la matanza de los desposeídos; la servidumbre o la prostitución surgieron como nuevos medios de subsistencia, y una multitud pusilánime se dedicó a trabajar nuestras granjas y a desarrollar nuestra creciente industria metalmecánica. Mi generación paga la hamartía de mis ancestros, el karma de los budistas, el Castigo de Dios de los cristianos; la impunidad es un crimen más deplorable que el crimen mismo: es la encarnación de la hipocresía. Bastaría una imagen para refutar nuestros embustes: la manipulación de los programas de televisión, aún posible durante la guerra fría, es una causa perdida. Podemos cuestionar la información, no reprimirla. Esa sociedad idílica de las telenovelas ha incentivado la rebeldía, y ya no es fuera de lo común ver a nuestras mucamas, a quienes antaño sodomizábamos con holgura, tal y como García Márquez lo confesó en su novela más reciente, quejándose de nuestra intimidad ante las organizaciones internacionales de derechos humanos, ni al hijo de un carpintero encumbrándose hasta las esferas del congreso, o a un campesino copulando con la cónyuge de su terrateniente. No es mi culpa que mis padres me hayan alimentado con un juego de cubiertos que compraron en el estado teutónico de Bavaria, ni que mi mayor esfuerzo, como Marivaux escribió, sea el de haber nacido.
 
[Para un análisis más imparcial y estadístico de la sociedad colombiana remito al lector al estudio Colombia, violencia y democracia (Universidad Nacional: Bogotá, 1987)].


Profesías sobre el futuro de Colombia

Bogotá, Colombia, julio 23 de 2002—. El último helicóptero de la marina americana despegó esta mañana del convulsionado centro de Bogotá, dejando tras de sí a centenares de ancianos, mujeres y niños a merced de la guerrilla guevarista. Luego de masacrar a los últimos soldados, verdaderos héroes dispuestos a sacrificarse por el bienestar comercial e industrial de su patria, bandas de comunistas asolaron los barrios Rosales y Chicó, en el norte de la capital colombiana. El palacio de Nariño, desprovisto de protección, fue pillado por hordas de pordioseros y gamines horas después de que el presidente de la república, Andrés Pastrana, lo abandonase disfrazándose de monja. La comunicación entre el centro de la ciudad y el aeropuerto El Dorado ha sido interrumpida por el frente subversivo de la embajada americana, bastión tomado a traición por un contingente de subversivos, creyentes equivocados de la igualdad social sin dignidad humana. Varios edificios, entre ellos el rascacielos de Colpatria, arden a causa del bombardeo continuo de la fuerza aérea colombiana sobre celdas insurgentes. Las ordenes de la comunidad colombiana residente en Miami han sido tajantes: Colombia para los colombianos honestos o para nadie. Dos días atrás, en el palacio de Nariño, los doctores Pastrana y Serpa abogaron infructuosamente por establecer la paz con los terroristas; sus peticiones fueron tardías. Las fuerzas conjuntas del Ejercito Bolivariano ya poseían las tres cuartas partes del territorio nacional, los aeropuertos, autopistas y ayuntamientos de las principales ciudades. Sus promesas utópicas de un salario mínimo de quinientos dólares al mes, educación y salud gratuita, reforma agraria y ley seca, difundieron la anarquía entre millones de desempleados, campesinos sin tierra, soldados, estudiantes y prostitutas. Según los últimos reportes la gleba enfurecida ha linchado cerca de cien mil miembros de las familias colombianas mas conspicuas. Galán Junior, futuro candidato para la Presidente de la República, continua exiliado en su apartamento en Paris, siguiendo el consejo de la Comunidad Europea. Se teme, sin embargo, que el nuevo régimen antidemocrático firme un acuerdo de paz mediado por las corporaciones petroleras, a quienes sólo atañe la explotación de los pozos de Cusiana y Barrancabermeja. La guerrilla garantiza así mismo la permanencia de este régimen pseudodemocrático mediante la subvención estatal de dos nuevas facciones políticas: Helenos y Bolivarianos; el ex-presidente Gaviria ha manifestado su voluntad de asumir la dirección nacional de cualquiera de los nuevos partidos.

MORALEJA: Si los Colombianos enfrentamos a nuestros criminales, evitaremos que este pesadilla sea una profecía. ¡DIFÚNDALO!.


Antropología de las comunidades sedentarias de Europa y Norteamérica a principios del siglo veintiuno


Antaño boscoso y amplio, el continente norteamericano se encuentra contaminado por sucesivos experimentos nucleares; el cáncer y la depresión carcome a sus pobladores —aunque los esfuerzos de sus gurús o sicólogos por dilatar sus estragos sea admirable—.

Los habitantes de sus veredas sobreviven en mausoleos rococoes, en donde cada cual se somete a penitencias de diversa índole, desde dietas inconcebibles de fritos y azucares, hasta ayunos que los conducen a la muerte pasando por abstinencias infrahumanas a nombre de la ecología. Luego de una trabajo de hasta doce horas por día , transcribiendo notas y números frente a un computador, sus habitantes se someten a sesiones de cuatro o cinco horas en cámaras de tortura, en donde cada cual deforma sus músculos bajo el peso de barras con discos metálicos.

—Es para compensar por nuestra vida sedentaria —me explicó una de sus celebridades.

Los más afortunados —desde este punto de vista— ejercen sus músculos despolvando y lustrando los pisos de sus baños y oficinas, un trabajo que no rebasa las ocho horas diarias. Su labor, sin embargo, es considerada denigrante, y hay quienes aseveran que está reservada a emigrantes ilegales y expresidiarios. Cada cinco días estos hombres y mujeres se esfuerzan por disfrutar un fin de semana ocioso. Su impaciencia los conmina, sin embargo, a visitar un bar el viernes en la noche, en donde se embriagan en un banco frente a un televisor. Los más infelices se tornan violentos y se encarnizan contra gente desamparada, como mujeres, tullidos o parias de piel oscura y ojos rasgados.

Aunque sus caudillos impongan leyes draconianas contra el comercio de drogas, sus autoridades permiten la venta de barbitúricos, heroína, cocaína y marihuana en sus bares y discotecas. Algunos patriarcas aseguran que hará unos setenta años el alcohol también estaba prohibido, y lo demuestran a través de recortes de periódicos y cintas cinematográficas, aunque sus académicos más célebres duden de su autenticidad. Luego de drogarse, los más infelices manejan automóviles diminutos, con espacio para apenas dos personas, y deambulan por las avenidas de sus ciudades al acecho de sus víctimas. Si los transeúntes escasean estos hombres y mujeres —en su mayoría adolescentes—, estrellan sus automóviles contra los postes eléctricos. Los menos agresivos se suicidan, lanzándose en sus coches desde las azoteas de los edificios y los puentes, o simplemente descarrilándose al borde de una zanja. Aunque sus caudillos, de nuevo, impongan límites a la velocidad que cada automóvil desarrolla sobre sus andenes y autopistas, los habitantes de esta sociedad compiten entre sí por adquirir los automóviles más veloces.  Alguna vez manifesté a un habitante cuan contradictoria era esta práctica, a lo que él me replicó que a todos convenía: cada cual era libre de rebasar la velocidad límite: si nadie lo descubría, el conductor se sentía libre y poderoso, y si era descubierto, su única obligación era contribuir al estado con una multa insignificante. Podría afirmarse que el auge de automóviles veloces en esta sociedad contribuye a las arcas del estado.

La gente más virtuosa evita problemas y regresa a su casa en taxi, o simplemente cae rendida sobre las barras de sus bares.

Los sábados son dedicados a la televisión o a una incursión campestre. En la noche el ritual macabro de cada viernes se repite. Los suicidios aumentan y alcanzan su punto álgido los domingos en la tarde, cuando los trabajadores de los bares y discotecas disfrutan de su día libre. Las grandes ciudades, empero, mantienen sus bares funcionando día y noche.

Como colombiano he aprendido a negociar con el dolor. En Norteamérica sólo el placer es aceptable, y la dilación del dolor se ha vuelto una obsesión perniciosa. Sus periodistas jamás meditan sobre la muerte; en su lugar se preguntan si alguien ha muerto plácida o dolorosamente. Así hay quienes defienden la eutanasia —esa práctica fascista destinada a eliminar a los sujetos indeseables de cada sociedad— asegurando que sobrevivir con dolor no vale la pena. En alguna ocasión manifesté a un médico partidario de este crimen que el verdadero dilema del enfermo no es el dolor físico, sino el desprecio de una sociedad que taimadamente fomenta la eutanasia. En esta región de mundo la gente jamás pernocta con sus pacientes hospitalizados. En su afán por evitar el dolor los norteamericanos sacrifican el amor; aunque hay excepciones. Jamás olvidaré el documental sobre una adolescente inmovilizada, apenas capaz de entornar sus pupilas, quien valerosamente rechazó las propuestas de muerte de doctores y documentalistas. Aquella moza soportaba su convalecencia gracias a los cuidados de su madre, quien vivía feliz de cuidarla día y noche. Su situación contrastaba con la de los pacientes partidarios de la eutanasia que visité; éstos padecían a una parentela hastiada de cuidarles.

Aunque sus cónyuges o hijos les susurrasen frases cariñosas a su oído, sus expresiones de desasosiego los traicionaban, persuadiendo a aquellos desdichados de la conveniencia de sus muertes.

Su posición frente al aborto se basa, así mismo, en su alergia al dolor. Creen que un ser humano puede ser asesinado antes de los tres meses, cuando su sistema nervioso aún no ha sido desarrollado. Según este criterio, cualquier asesinato perpetrado con analgésicos habría de ser exonerado; la droga más complaciente reemplazaría al revólver y al puñal. No es de extrañar, por lo tanto, que cientas de compañías farmacéuticas florezcan al amparo de esta ideología. Los norteamericanos engullen antidepresivos como cajas de chocolates, alentados por un ejercito de psiquiatras inescrupulosos. Sus niños extrovertidos son, de hecho, anulados con calmantes; su represión acaba en la adolescencia, cuando, hipnotizados por juegos de video y películas de gángsteres, masacran a sus profesores y condiscípulos.

—Disponemos de drogas para cada problema personal —decía un psiquiatra en una conferencia de mercado antidepresivo en Denver—.  Si alguien sufre de una pena amorosa, Genimetadol o Coritimomedus; si alguien anda de luto, Uxoricadol o Sifrán; si alguien anda ansioso por un negocio, un partido de balompié o un examen escolar, Cogitrax o Estultimedol. A veces otorgo el medicamento equivocado; por un tiempo prescribí Genimetadol en lugar de Coritimomedus. Un error que me costó más de diez mil dólares.

Le pregunté si algún paciente lo había demandado por haberlo convertido en un tóxicodependiente.

—¡De ningún modo! —exclamó el psiquiatra—. Son ellos los que nos visitan con el ánimo de consumar drogas; nosotros nos limitamos a distribuirlas. En nuestro caso el criminal es el adicto. Los diez mil dólares los perdí en comisiones; pues GERO ofrecía el treinta por ciento de las ventas de Genimetadol, mientras que FIXAL apenas me ofrecía el veinte por ciento por Coritimomedus.

La mentalidad de millones de deprimidos habría sido descrita por un escritor clásico como Edward Gibbon de afeminada; pero quien utiliza este término en este país es hoy estigmatizado de fascista.  Sus cerebros más prestigiosos aseguran que no hay diferencias entre el hombre y la mujer, y que cada cual ansía el placer o evita el dolor de igual manera, pero sus críticas se limitan al campo de trabajo —aún no he visto un encuentro de boxeo entre hombres y mujeres—. En alguna ocasión discutí semejante contradicción con un profesor universitario, quien replicó apelándome moderno —el postmodernismo es, en este mundo pseudoacadémico, un eufemismo de la ignorancia—. Yo argüí que como sudamericano no podía ser moderno, a lo que éste replicó que siendo oriundo de una cultura oral jamás comprendería a la sociedad norteamericana. Tal ves sea esta adaptabilidad la que explique a esta región: clásica para los tercermundistas y post-moderna para sí mismos.



«Algunos periodistas han expresado la necesidad de erradicar los amplios privilegios del congreso. Se discute una cámara y un senado que jamás podrá ser reelegido; un acto indecoroso que no sólo nos dejaría huérfanos y expuestos a los sinsabores de una tiranía presidencial, sino que cercenaría de raíz las aspiraciones idiosincrásicas de la mayoría de los jóvenes colombianos de algún día participar de las ventajas de nuestro círculo político.

«La oposición arguye que á los congresistas sólo les interesa su propios beneficio, pero en tal caso yo les preguntaría ¿no es esa actitud la que cada cual procura? Desde pequeños escuchamos el refrán de que 'este mundo es de los vivos'; nadie más vivo, desde un punto de vista práctico, que un senador de la república colombiana. ¿Qué sería de nuestro país sin el empuje de un Santander, sin la sinceridad de un Mosquera, sin la inteligencia de un Reyes, sin la elocuencia de un Marroquín, sin la diligencia de un Turbay? Me abstengo de mencionar a tantos otros ínclitos congresistas que han hecho de Colombia una de las democracias más eximias de Latinoamérica.

«¿Se nos acusa de desfalcar a la patria? Calumnias. Hay una tradición antiquísima en nuestro país, y es la del diezmo, esto es, la de entregar el diez por ciento de las ganancias recibidas al ángel que las otorga: en otros tiempo era la iglesia, ahora es el congreso. Desde este punto de vista todos los congresistas deberíamos llamarnos no los padres, sino los 'Ángeles de la Patria', pues nuestro ardua labor consiste en repartir grandes sumas de dinero entre las empresas o ciudadanos dispuestos a retribuirnos con el diezmo respectivo. Debo aclarar que estas transacciones, aunque aún no se han legalizado en nuestros códigos penales, son absolutamente diáfanas, claras y transparentes. Ser astuto es diferente de ser deshonesto: si hay congresistas que desfalcan millones al año, eso es otro problema. Como tantos caciques culpo a nuestro sistema judicial, hasta ahora incapaz de imponer penas substanciales contra quienes malversan los fondos estatales. El pueblo, por lo demás, sería su cómplice: es éste quien captura, juzga, encarcela, se apiada y libera a todos los implicados a su debido tiempo.

«Hemos de aceptar, por otra parte, que este país está en la perola, y de que sólo los más sagaces sacamos provecho a la crisis que atravesamos. Hoy en día —aceptémoslo—, el costo de la vida espanta: nuestro salario de seis mil dólares al mes es, para un político, una miseria. Nosotros, como hacedores de la patria, tenemos derecho a mejores restaurantes, hoteles, limosinas y clubes privados que cualquier congresista latino; además, ¿no podemos así mismo comprarnos un apartamentico en Suiza, en donde las cajeras de los bancos son tan eficientes? Así que nadie nos puede culpar por ayudarnos un poco con un regalito o una comisioncita; y si algún envidioso o resentido nos acusa, bastará con que le citemos a ese malversado las palabras de Nuestro Señor: 'Quien este libre de culpa que arroje la primera piedra'.

«Otros nos llaman perezosos, pero después de todo ya bastante nos trasnochamos convenciendo a la gente de que nos elija en este país de reinas de belleza. No niego el hecho de que disfrutamos cuatro meses de vacaciones al año en el exterior —pagas de cabo a rabo, incluyendo pasajes para familiares—, y de que no hay ley que nos obligue a trabajar los otros seis meses del año, pero eso no cuenta. Lo que cuenta es que durante las campañas políticas tenemos que trabajar las veinticuatro horas del día, atendiendo a conferencias, cócteles, inauguraciones y parrandas. El estrés que sufrimos movilizándonos de un hotel a otro es una experiencia que no le deseamos a nadie, ni tan siquiera a nuestro peor enemigo. Y piensen en lo humillante que es andar excusándose porque fulanito o sutanito le dio por cuestionar nuestra integridad. Incluso a veces, cuando la votación es baja, nos vemos en la necesidad de ir a desayunar a la plaza de mercado, o besarle los pies a tal o cual estatua dominguera, para que incautos, beatas y religiosos se convenzan de nuestra buena voluntad.
«Nuestra contribución a la cultura y a la educación colombiana es un punto a nuestro favor: cada año unos cien colombianos, parientes y amigos nuestros, viajan a estudiar cursillos en las mejores universidades de Europa y los Estados Unidos. Al volver a Colombia un puesto en el senado o en algún ministerio de gobierno les espera. Sin nuestros privilegios, nuestros delfines se verían obligados a trabajar para terminar sus estudios: una vergüenza para una nación tan prestigiosa a causa de sus balnearios y riquezas naturales.
«Mi principal defensa contra los enemigos del congreso es que la corrupción continuará así nos saquen, o, como cierto escritorzuelo ha proclamado, así nos maten; pero esta vez será peor. Nosotros, al menos, invertimos la mayor parte de nuestro dinero en el país: yo mismo me compré el año pasado una haciendita que nuestros muchachos confiscaron a la mafia en Girardot. Por otra parte trabajamos sin prisa. Quienes nos reemplacen, ya sean los amigos del presidente de turno, ya sean jovencitos de mala calaña, vendrán a desfalcar lo que puedan con impunidad —poseídos, como cerdos, por la creencia de que ésta será su única oportunidad en sus carreras de enriquecimiento ilícito—.

«Le diré por último a mi apreciado compatriota, mejor conocido como Hijo de Dios, que somos los congresistas los que mantenemos la economía colombiana en popa: piensen en todos los puestos de corbata que serían suprimidos con nuestra destitución. Yo, por mi parte, he creado ciento catorce cargos en mi oficina; me siento orgulloso de proveer el pan de cada día a ciento catorce colombianos que a cambio me donan una porción insignificante de sus salarios. Ellos, como es bien sabido, sólo tienen que venir a reclamar su cheque; el resto del mes departen una vida placentera con su esposa, sus amantes y su prole numerosa. Nadie nos acusará de no fomentar la vida familiar; en breve, incluso, legalizaremos la bigamia. Todos los colombianos saben que si están bien conectados pueden formar parte de la nómina del congreso sin inconvenientes. Estoy seguro de que toda familia colombiana de alcurnia se beneficiará de un modo u otro con nuestra reelección de estos cargos honorarios.

«Siempre les diré a mis compatriotas que se unan a mi campaña por preservar los privilegios de nuestro congreso. Estoy seguro de que un congresista se lo agradecerá ―a su debido tiempo―.



La nación tiene recursos para reducir la pobreza, afirma el Banco Mundial

Aunque la pobreza fustiga a las tres cuartas partes de nuestra población, nuestro país posee los medios para reducir su miseria, afirmó Foster Fennell, conserje emérito del Banco Mundial. La inequidad, causa de nuestros sinsabores, se debe a que nuestros recursos continúan concentrándose en los parientes y pedigüeños de cincuenta y dos familias, oligarcas que manipulan los ingresos de la nación desviándolos hábilmente a sus cuentas bancarias. Los políticos colombianos se defienden.

—Si erradicamos la pobreza —confesaba recientemente el senador Celestino Hinojosa en un festejo de la embajada colombiana en Francia—, ¿a quién contrataremos como sirvientes? Es gracias a nuestra miseria que las familias más ilustres de nuestra nación cuentan hasta con cinco mucamas en casa. ¡Ver para creer! ¡Si usted supiera el número de jubilados estadounidenses y europeos que van a Colombia a disfrutar una vida de pachá! ¡Las pequeñas fortunas que ofrecemos a nuestros sirvientes son salarios irrisorios para quienes disfrutamos de los beneficios de la globalización!

Aunque Hinojosa ignora el drama de los esclavos clandestinos en París, su humor negro refleja la postura de los políticos colombianos, y, por ende, latinoamericanos, en el exterior. Ya hacia 1972 el director de cine español Luis Buñuel había retratado a un cónsul hispano que se burlaba de la miseria de su gente en Le  Charme Discret de la Bourgeoisie. Colombia es, de hecho, la nación tercermundista que más ostentosamente elucida sus recursos en el exterior. Su embajada en Francia sobresale junto a las embajadas de los Estados Unidos y la Gran Bretaña sobre la avenida más exclusiva de la ciudad de las luces.
Los niños son, innecesario escribirlo, los más desvalidos; su muerte por inanición es común, pues además de pobres las instituciones internacionales les prohíben trabajar. Cinco de cada diez infantes en nuestro país ha de escoger entre el ayuno o la prostitución. El gobierno se jacta de investir recursos millonarios en su ayuda, pero, de nuevo, estos recursos acaban simplemente engordando las cuentas bancarias de ciertos congresistas en el exterior. Este escándalo, nunca antes denunciado por las instituciones internacionales, podría promulgar una ley global que prohíba la apertura de cuentas bancarias en sitios diferentes a los del lugar de residencia de los beneficiados; aunque en tal caso es de sospechar que cada banco se encargaría de ofrecer los documentos de residencia pertinentes a cada cliente de valía.

A modo de consuelo, Hinojosa señala que nuestro panorama de corrupción no es único en el mundo. Fennell menciona que en Colombia aún no sufrimos la gente raquítica que los prestigiosos fotógrafos de Life capturan de vez en cuando en África o en Asia. Allí, de hecho, la impunidad es aún más pronunciada; verbigracia Angola, en donde la hambruna azota a cerca de un millón de habitantes. Las organizaciones de caridad internacional denuncian su impotencia en un país que supuestamente recibe seis billones de dólares al año por sus exportaciones petrolíferas; este dinero, de hecho, es diligentemente depositado en ocho cuentas bancarias privadas de Europa y los Estados Unidos.





































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