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II. La Superioridad del Hombre de
Neandertal
I
«Uno de los misterios de la arqueología, si no su
razón de ser, es la explicación de la extinción del hombre de
Neandertal, quien habitó las faldas de las montañas de Europa, Asia y
el Oriente Medio hará unos ciento cincuenta mil años. Poseedor de una
masa cerebral superior a la del Homo Sapiens, y capaz de fabricar sus
propias herramientas, el último hombre de Neandertal fue empalado
hace unos treinta mil años, es decir, durante el apogeo de nuestra
especie. Los arqueólogos más eminentes sugieren su
aniquilación a manos de nuestros sangrientos antepasados, una hipótesis
que cualquiera de las atrocidades perpetradas en este mismo momento por
algún soldado adolescente corroboraría. Podríamos así mismo inferir un
aniquilamiento en masa, afín al emprendido por los alemanes de la
Europa del siglo veinte contra sus congéneres más prósperos de cabellos
negros y pupilas oscuras. Varios textos sagrados corroboran esta
hipótesis; en el libro del Génesis, Caín mata a Abel no sólo por celos,
sino principalmente porque Abel prospera como agricultor sobre su
empobrecido hermano el pastor; en Metamorfosis de Ovidio la paz de los
tiempos más primitivos se ve alterada por la aparición el hierro:
...de duro est ultima ferro.
protinus inrupit venae peioris in aevum
omne nefas: fugere pudor verumque fidesque
[...la última edad es la del pesado hierro
Con la cual la peor perversidad emerge:
la modestia, la verdad y la fe escapan]
Lo que pocos antropólogos o etimólogos se atreverían
a considerar es la superioridad del hombre de Neandertal sobre el Homo
Sapiens. Uno de los factores que más escozor suscita entre los
prosélitos de Darwin es el excedente de masa craneal del hombre de
Neandertal. En su afán por controlar nuestra conciencia, nuestros
científicos se empecinan en confinar nuestro ser a nuestros sesos, y a
determinar nuestra inteligencia según nuestro DNA. De ser cierto, dicho
presupuesto corroboraría la superioridad del hombre de Neandertal.
Nuestros darvinistas, sin embargo, aclaran inescrupulosamente que la
masa craneal del hombre de Neandertal no es indicativa de su
inteligencia, sino de su torpeza, ampliamente demostrada por el hecho
mismo de que esta especie ya haya sido aniquilada...» Carvalho,
Emanuel, Compendio de terquedades científicas (Coimbra, 2002), p.
234.
II
«Durante setenta mil años el Homo Sapiens y el
hombre de Neandertal cohabitaron la tierra en armonía; ambos
conformaron grupos sociales en torno a creencia y a ritos comunes. A
menudo ambos grupos se disputaban un territorio, por lo general aledaño
a un río, litigios pacíficamente resueltos según las leyes comunes a
todas las criaturas del universo (...)
El hombre de Neandertal descubrió la agricultura en
sueños y, con ella, las ventajas de la vida sedentaria. En un principio
el Homo Sapiens desdeñó las innovaciones de su pariente más cercano,
hasta que el hambre lo forzó a emular su prosperidad. Desde entonces no
fue extraño ver a jóvenes Homo Sapiens empleándose como
aprendices de los hombres de Neandertal (...) Cierto día
Ka-Nin, hijo de Ad-Kan,tuvo la insólita idea de asesinar a su
maestro con el fin de adueñarse de sus bienes y sus conocimientos; la
consumación de su acto temerario fue rápidamente emulado por varios de
sus congéneres (...) Alarmados por la furia destructiva de
sus aprendices, los hombres de Neandertal convocaron a sus poetas,
quienes sopesaron las ventajas y las desventajas del asesinato o, tal y
como entonces lo denominaban, de la muerte innecesaria. Tras
prolongadas horas de ayuno y meditación los bardos concluyeron
por unanimidad que la inmolación era preferible a la vida en un
universo asediado por los temores de asesinar o ser asesinado. Sus
certezas metafísicas de una eternidad feliz que comenzaría con su
muerte, persuadió a los hombre y mujeres de Neandertal a perecer
sin resistencia a manos de sus subordinados belicosos (...) Tres lunas
después de que el último hombre de Neandertal fuese sacrificado, Ka-Nin
tornó sus armas contra sus propios congéneres; primero contra aquellos
que ya habían manifestado cierta resistencia contra sus acciones, y más
tarde contra sus propios parientes. Cada cual temía, y con razón, ser
asesinado en medio de la noche. Desde entonces el Homo Sapiens
purga su insolencia, sobreviviendo en el temor de matar o ser
asesinado...»
Angelus Mzhelsky, Anatomía del temor (Bishkek,
2002), §567 - 678.
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