Hugo Santander Ferreira     
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Confesiones de Difuntos

Essentiam vero uniuscuiusque rei non per se ipsam cognoscimus,

sed per ea quae de illa sensibus usurpamus
Juan Vives,  Opera Omnia, III, 133


Remoti i morti e più ancora i vivi
Quasimodo

 I. El visitante

             Despertó. El reloj marcaba las cuatro de la madrugada. Ana Mariela contestó al citófono y dijo al portero que no podría atender al desconocido.

―Ya entró ―dijo la voz al otro lado del auricular.

Quiso protestar, pero al parpadear entrevió a un apuesto brasileño, quien le ofrecía un plato de yuca con pimientos; ella lo devoraba con un vaso de leche, hasta cuando descubría que sus manos sangraban al escribir.

Abrió sus ojos y se percató de su palpitación apresurada. Concluyó que haría mejor confrontando las inquietudes de su visitante. Desde hacia un año había intentado abandonar su labor como vidente. Había tardes en que dejaba repicar el timbre del teléfono una y otra vez, percibiendo en inquietudes ajenas esa mezcla hedionda de codicia, egoísmo y miedo. Pero su economía la obligaba a retomar su labor, más lucrativa que sus consultas esporádicas como sicóloga de un colegio de primaria. Antaño se comunicaba con los espíritus todos los días, hasta la tarde en que vio a uno de ellos de espaldas, cubierto de lodo seco. Sin esperar a que éste se volviese lo importunó con una sonrisa condescendiente; la repuesta había sido brutal.  Al abrir sus ojos su cuerpo caía contra el suelo, antes de perder conocimiento. Desde entonces Ana Mariela los invocaba en silencio, aguardando pacientemente sus respuestas sobre el pasado o el futuro de sus clientes. Su reputación como maga había desde entonces disminuido,  ora a causa de su inconstancia, ora de sus predicciones cada vez más erradas.    

―Discúlpeme ―masculló un hombre moreno, de cabello alisado, al abrir la puerta ―tenía que verla.

―¿Quién le dio mi dirección? ―replicó Ana Mariela―. Jamás atiendo en las noches.

―Una amiga… ―el hombre se estremeció, al parecer presa de un escalofrío―: Aura Montaño.

―Sí ―Ana Mariela suspiró―. Murió el año pasado. ¿Cuál es su nombre?

―Darío Manuel Delgado.

―Siga ―suspiró Ana Mariela enseñando el interior de su casa―, siéntese, Darío.

Su visitante se internó en un recinto de techo carbonizado, iluminado por cirios y muñecos de cera, de paredes carcomidas por la humedad,  sobre la cual yacían estantes con estatuas de santos, ―algunos descabezados―, y fotografías de hombres, mujeres y niños.

―¿Por qué regresó del exterior? ―preguntó Ana Mariela al vislumbrar a Darío errante sobre las calles de una vasta ciudad.

―No lo sé ―Darío asintió―. No recuerdo lo que pasó, por eso vine…

―Hay algo que lo inquieta…

―Mi esposa ―Darío osciló sus pupilas en un gesto de impaciencia―. ¿Qué pasó con ella?

Ana Mariela entrevió un podio sobre el cual reposaba una anciana decrépita desnuda, una cariátide y una mujer dormitando sobre un banco de madera.

―Extienda sus manos sobre sus piernas ―dijo Ana Mariela en tono perentorio.

Se levantó y fue a la cocina en busca de una caja de cerillas. Al tomarla se percató que su pulso acelerado no disminuía. Aspiró incómoda, incapaz de controlar el ansía en sus pulmones. Abrió la ventana y oteó la luna menguante a espaldas de dos amantes que descendían desde la colina.

Al regresar observó a Darío inmóvil, meditabundo. Encendió un cirio y reparó en los rasgos finos de su interlocutor, una mezcla de inocencia y mezquindad. Consideró que  Darío aún no había sufrido lo suficiente para ser maduro.

―¿Alguna vez ha temido enamorarse? ―preguntó Darío melancólico.

―No ―Ana Mariela tomó asiento― ; aunque he sufrido desengaños.

―Como todos.

―¿Está usted inquieto?

―No puedo esperar hasta mañana.

Ana Mariela tomó la mano de Darío entre sus palmas; una mano fría, huesuda, de piel áspera, y cerró sus ojos. Sus espíritus rehusaron a su convocatoria; en su lugar percibió nuevas energías. Desde la visión del padre que maldijo a su progenie evitaba visiones nocturnas; difuntos recientes de lóbregos propósitos se deslizaban a la sombra de la noche.

Vislumbra a una mujer delgada, rubia, de rostro duro, quien es conducida por un hombre maduro al atrio de una catedral saturada de asistentes, entre las cuales reconoce a un grupo de mariachis.

―Veo a una mujer en traje de novia.

―Elvia, mi esposa.

Darío la toma de una mano. Un cardenal los bendice. Darío le entrega un anillo de oro blanco saturado de brillantes.

―Se casan. Usted la ama, pero ella…

―Ella…

―No parece tan segura.

―No es cierto ―los ojos de Darío  se oscurecieron.

―Es una mujer hermosa, lujuriosa y ambiciosa.

Darío asintió cabizbajo.

―Usted le enamoró con su dinero, ¿verdad?

―Es cierto ―Darío masculló―. Elvia dejó a su primer marido por mí. Siempre se inclinará por quien tenga más dinero.

Parpadeó. Una recepción en las afueras de Bogotá, entre festones y copas de champagne. Un hombre un tanto obeso, de presencia imponente, sacude la mano de Darío e intercambiaba una larga mirada con Elvia.

―Tal vez viajemos a Inglaterra ―dice Elvia dejando caer su brazo sobre el pecho de Darío―. Usted también estuvo allí Alvaro. ¿Cómo son los británicos?

―Los escoceses y los irlandeses son encantadoras ―repone Alvaro―, en cuanto a los ingleses, les ocurre lo mismo que en aquel reino en el cual su rey se desnudó para vestir un traje impalpable y transparente, cuyo color y textura, de acuerdo a su diseñador, sólo podía ser apreciado por los hombres y mujeres más sagaces de su reino. Inglaterra es un reino de palabra. Quien denuncie el absurdo de la pompa y el decoro de su reina será tratado como un extranjero.

―¿Qué hacía en Inglaterra? ―pregunta Elvia sopesando el valor del reloj de marca que Alvaro ostenta en su muñeca.

―Como Darío, trabajé en varios oficios manuales por varios meses, hasta que me convencí que si quería amasar una fortuna debía regresar a Colombia.

―Y si que la hiciste ―replica Elvia.

―No sabes cuanto te agradecemos por la orquesta ―repone Darío.

―Es el mejor regalo de la boda.

―No fue nada ―Alvaro sonríe―. Darío siempre ha sido como un hermano para mí.

―Ahora, entonces, soy tu hermana.

―¿También eres comerciante?

―No…

Su rostro se desconcierta. Ana Mariela presiente orgullo en Alvaro, temor en Elvia y esperanza en Darío. Destellos de un cargamento de licor que es decomisado, un auto deportivo de una mujer esbelta que se estrella y un adulterio que un narcotraficante consume se manifiestan de un modo indisoluble.   

―¿Es usted políglota?

Darío asiente ensimismado.

―Sus conocimientos son meritorios ―musita Ana Mariela vislumbrando la imagen de mujeres que coronan a Darío de guirnaldas―, pero la plata no vendrá ahora. Ha de ser paciente. Lo que usted ha invertido, todo lo ha perdido.

―¿Y mi esposa?

Baja los párpados y entrevé a Darío y a Elvia acariciándose. El desliza sus labios hasta sus senos, pero Elvia lo esquiva, aduciendo que no desea que pierdan su firmeza. Discuten. Darío parte a una conferencia a Bogotá. Elvia despide a su sirvienta y abre las puertas de su casa. Alvaro entra, a sus espaldas un auto deportivo. Se besan. Elvia descubre sus pezones.

―¡Es un regalo!

―¡Por Dios! ¡Nadie le obsequia un Mustang a alguien por nada!

―Estás celoso.

―No lo sé ―contestó Ana Mariela.

Ve a Elvia dormir a la penumbra de la luna; a su costado Darío la observa fríamente. Calza sus sandalias, baja las escaleras. En la terraza, en torno a una piscina, Alvaro recibe a una pareja de comensales. Les ofrece una copa de brandy.

―Lo vi con su novia en El Sombrero hace unos días.

―¿A mí?

―Con una chica de unos treinta años, delgada, de cabello corto.

―Definitivamente ya no hay sitio discreto en Bucaramanga ―Alvaro chasquea sus labios―. ¿Desde cuándo oye rancheras?

―Desde los 90.

―No es mi novia ―Alvaro carcajea―. Es una nena relajada, esposa de un amigo mío.

―¿De Darío, el escritor?

―Sí, el que nadie lee. Y no soy su primer amante, ni seré el último. Le obsequié un Mustang y se creyó que andaba perdidamente enamorado. Es una maestra en el arte amatoria, se la recomiendo.

―Eres perverso ―dice la mujer.

―Cuando se divorcien, Darío me lo agradecerá.

Darío se abalanza sobre Alvaro, a quien golpea. La mujer grita, el hombre llama a los celadores. Ambos ruedan hasta el borde de la piscina. Una mano extrae un revólver de su chaqueta. Se oye un disparo.

―¿Usted ya lo sabe? ―preguntó Ana Mariela―. Sabe que su esposa le es infiel.

Darío asiente con un gesto.

―Aún así, yo la quiero.

Ana Mariela sopesó si debía inquirir sobre aquel disparo. Un tenue resplandor azul emergió en el firmamento.

―Disculpe, debo irme.

Abrió sus labios, pero ya Darío se deslizaba hasta la puerta entreabierta, antes de perderse en las penumbras. Ana Mariela se levantó y llamó a la portería de su conjunto.

―No sé de quien me habla ―contestó el celador luego de oir sus preguntas.

―Del hombre que me vistió hace unos minutos.

―Nadie ha entrado.

―Disculpe.

Cotejó sus recuerdos. ¿Habría sido una alucinación? Cerró los ojos y lo vio caminando entre los pasillos estrechos de la necrópolis aledaña a su vecindario. Debía hablar con él.

Al caer la tarde Ana Mariela franqueó las amplias rejas del cementerio central. Enterraban a tres niños, víctimas de un amante desengañado. Avanzó hasta las torres de tumbas contiguas, en donde, contrario a su presentimiento, no halló a su visitante. Pensó en regresar, pero una ráfaga helada la obligó a retroceder. Sintió una mano que bruscamente la golpeaba en la mejilla. Al bajar su rostro divisó una lápida de mármol, con los caracteres inscritos en letra cursiva: “Darío Manuel Delgado, Montería, mayo 11 de 1976 - Bucaramanga, junio 14 de 2008. Amado y recordado esposo.”

Escuchó su respiración entrecortada. Giró sobre sí misma y encaró el rostro de su visitante.

―¿Darío Manuel Delgado?

Su consultante la miró desde unos ojos oscuros, de carbúnculos encendidos.

Avanzó sintiendo que sus piernas flaqueaban hasta dar con las rejas de un mausoleo, en cuyo extremo opuesto vislumbró las luces de la calle. Incapaz de voltear su mirada, abrió el soporte jadeante y cruzó la estancia, enrarecida por miasmas y aromas de flores podridas. Avanzó por un campo descubierto; sus músculos cedieron y cayó al suelo sollozante. Encomendándose a la sangre de Cristo se levantó y alcanzó la acera, en donde tomó un taxi. Cerró los ojos y contempló el rostro de Darío Manuel Delgado, contrabandista asesinado, quien, reacio a aceptar su muerte, se aferraba a sus visiones para atormentarla.

Se bañó en agua bendita y rezó sus oraciones. Hacia la una de la madrugada concilió el sueño, atormentada por  visiones de demonios que arañaban su rostro.

―¡Ana Mariela! ¡Ana Mariela!

Despertó y confrontó el rostro descarnado de su visitante.

Muerte
Ánimas
Cuento de
Confesiones de Difuntos
Leído por el au


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