I. El visitante
Despertó.
El reloj marcaba las cuatro de la madrugada. Ana
Mariela contestó al citófono y dijo al portero que no podría atender al
desconocido.
―Ya
entró ―dijo la voz al otro lado del auricular.
Quiso
protestar, pero al parpadear entrevió a un apuesto
brasileño, quien le ofrecía un plato de yuca con pimientos; ella lo
devoraba
con un vaso de leche, hasta cuando descubría que sus manos sangraban al
escribir.
Abrió
sus ojos y se percató de su palpitación apresurada.
Concluyó que haría mejor confrontando las inquietudes de su visitante.
Desde
hacia un año había intentado abandonar su labor como vidente. Había
tardes en
que dejaba repicar el timbre del teléfono una y otra vez, percibiendo
en
inquietudes ajenas esa mezcla hedionda de codicia, egoísmo y miedo.
Pero su
economía la obligaba a retomar su labor, más lucrativa que sus
consultas
esporádicas como sicóloga de un colegio de primaria. Antaño se
comunicaba con
los espíritus todos los días, hasta la tarde en que vio a uno de ellos
de
espaldas, cubierto de lodo seco. Sin esperar a que éste se volviese lo
importunó con una sonrisa condescendiente; la repuesta había sido
brutal. Al abrir sus ojos su cuerpo caía
contra el
suelo, antes de perder conocimiento. Desde entonces Ana Mariela los
invocaba en
silencio, aguardando pacientemente sus respuestas sobre el pasado o el
futuro
de sus clientes. Su reputación como maga había desde entonces
disminuido, ora a causa de su
inconstancia, ora de sus
predicciones cada vez más erradas.
―Discúlpeme
―masculló un hombre moreno, de cabello alisado,
al abrir la puerta ―tenía que verla.
―¿Quién
le dio mi dirección? ―replicó Ana Mariela―. Jamás
atiendo en las noches.
―Una
amiga… ―el hombre se estremeció, al parecer presa de
un escalofrío―: Aura Montaño.
―Sí
―Ana Mariela suspiró―. Murió el año pasado. ¿Cuál es
su nombre?
―Darío
Manuel Delgado.
―Siga
―suspiró Ana Mariela enseñando el interior de su
casa―, siéntese, Darío.
Su
visitante se internó en un recinto de techo
carbonizado, iluminado por cirios y muñecos de cera, de paredes
carcomidas por
la humedad, sobre la cual yacían estantes
con estatuas de santos, ―algunos descabezados―, y fotografías de
hombres,
mujeres y niños.
―¿Por
qué regresó del exterior? ―preguntó Ana Mariela al
vislumbrar a Darío errante sobre las calles de una vasta ciudad.
―No
lo sé ―Darío asintió―. No recuerdo lo que pasó, por
eso vine…
―Hay
algo que lo inquieta…
―Mi
esposa ―Darío osciló sus pupilas en un gesto de impaciencia―.
¿Qué pasó con ella?
Ana
Mariela entrevió un podio sobre el cual reposaba una
anciana decrépita desnuda, una cariátide y una mujer dormitando sobre
un banco
de madera.
―Extienda
sus manos sobre sus piernas ―dijo Ana Mariela
en tono perentorio.
Se
levantó y fue a la cocina en busca de una caja de cerillas.
Al tomarla se percató que su pulso acelerado no disminuía. Aspiró
incómoda,
incapaz de controlar el ansía en sus pulmones. Abrió la ventana y oteó
la luna
menguante a espaldas de dos amantes que descendían desde la colina.
Al
regresar observó a Darío inmóvil, meditabundo.
Encendió un cirio y reparó en los rasgos finos de su interlocutor, una
mezcla
de inocencia y mezquindad. Consideró que
Darío aún no había sufrido lo suficiente para
ser maduro.
―¿Alguna
vez ha temido enamorarse? ―preguntó Darío
melancólico.
―No
―Ana Mariela tomó asiento― ; aunque he sufrido
desengaños.
―Como
todos.
―¿Está
usted inquieto?
―No
puedo esperar hasta mañana.
Ana
Mariela tomó la mano de Darío entre sus palmas; una
mano fría, huesuda, de piel áspera, y cerró sus ojos. Sus espíritus
rehusaron a
su convocatoria; en su lugar percibió nuevas energías. Desde la visión
del
padre que maldijo a su progenie evitaba visiones nocturnas; difuntos
recientes
de lóbregos propósitos se deslizaban a la sombra de la noche.
Vislumbra
a una mujer delgada, rubia, de rostro duro,
quien es conducida por un hombre maduro al atrio de una catedral
saturada de
asistentes, entre las cuales reconoce a un grupo de mariachis.
―Veo
a una mujer en traje de novia.
―Elvia,
mi esposa.
Darío
la toma de una mano. Un cardenal los bendice. Darío
le entrega un anillo de oro blanco saturado de brillantes.
―Se
casan. Usted la ama, pero ella…
―Ella…
―No
parece tan segura.
―No
es cierto ―los ojos de Darío se
oscurecieron.
―Es
una mujer hermosa, lujuriosa y ambiciosa.
Darío
asintió cabizbajo.
―Usted
le enamoró con su dinero, ¿verdad?
―Es
cierto ―Darío masculló―. Elvia dejó a su primer marido
por mí. Siempre se inclinará por quien tenga más dinero.
Parpadeó.
Una recepción en las afueras de Bogotá, entre
festones y copas de champagne. Un hombre un tanto obeso, de presencia
imponente, sacude la mano de Darío e intercambiaba una larga mirada con
Elvia.
―Tal
vez viajemos a Inglaterra ―dice Elvia dejando caer
su brazo sobre el pecho de Darío―. Usted también estuvo allí Alvaro.
¿Cómo son
los británicos?
―Los
escoceses y los irlandeses son encantadoras ―repone
Alvaro―, en cuanto a los ingleses, les ocurre lo mismo que en aquel
reino en el
cual su rey se desnudó para vestir un traje impalpable y transparente,
cuyo
color y textura, de acuerdo a su diseñador, sólo podía ser apreciado
por los
hombres y mujeres más sagaces de su reino. Inglaterra es un reino de
palabra. Quien
denuncie el absurdo de la pompa y el decoro de su reina será tratado
como un
extranjero.
―¿Qué
hacía en Inglaterra? ―pregunta Elvia sopesando el
valor del reloj de marca que Alvaro ostenta en su muñeca.
―Como
Darío, trabajé en varios oficios manuales por
varios meses, hasta que me convencí que si quería amasar una fortuna
debía
regresar a Colombia.
―Y
si que la hiciste ―replica Elvia.
―No
sabes cuanto te agradecemos por la orquesta ―repone
Darío.
―Es
el mejor regalo de la boda.
―No
fue nada ―Alvaro sonríe―. Darío siempre ha sido como
un hermano para mí.
―Ahora,
entonces, soy tu hermana.
―¿También
eres comerciante?
―No…
Su
rostro se desconcierta. Ana Mariela presiente orgullo
en Alvaro, temor en Elvia y esperanza en Darío. Destellos de un
cargamento de
licor que es decomisado, un auto deportivo de una mujer esbelta que se
estrella
y un adulterio que un narcotraficante consume se manifiestan de un modo
indisoluble.
―¿Es
usted políglota?
Darío
asiente ensimismado.
―Sus
conocimientos son meritorios ―musita Ana Mariela
vislumbrando la imagen de mujeres que coronan a Darío de guirnaldas―,
pero la plata
no vendrá ahora. Ha de ser paciente. Lo que usted ha invertido, todo lo
ha
perdido.
―¿Y
mi esposa?
Baja
los párpados y entrevé a Darío y a Elvia acariciándose.
El desliza sus labios hasta sus senos, pero Elvia lo esquiva, aduciendo
que no
desea que pierdan su firmeza. Discuten. Darío parte a una conferencia a
Bogotá.
Elvia despide a su sirvienta y abre las puertas de su casa. Alvaro
entra, a sus
espaldas un auto deportivo. Se besan. Elvia descubre sus pezones.
―¡Es
un regalo!
―¡Por
Dios! ¡Nadie le obsequia un Mustang a alguien por nada!
―Estás
celoso.
―No
lo sé ―contestó Ana Mariela.
Ve
a Elvia dormir a la penumbra de la luna; a su costado
Darío la observa fríamente. Calza sus sandalias, baja las escaleras. En
la
terraza, en torno a una piscina, Alvaro recibe a una pareja de
comensales. Les
ofrece una copa de brandy.
―Lo
vi con su novia en El Sombrero hace unos días.
―¿A
mí?
―Con
una chica de unos treinta años, delgada, de cabello
corto.
―Definitivamente
ya no hay sitio discreto en Bucaramanga
―Alvaro chasquea sus labios―. ¿Desde cuándo oye rancheras?
―Desde
los 90.
―No
es mi novia ―Alvaro carcajea―. Es una nena relajada,
esposa de un amigo mío.
―¿De
Darío, el escritor?
―Sí,
el que nadie lee. Y no soy su primer amante, ni seré
el último. Le obsequié un Mustang y se creyó que andaba perdidamente
enamorado.
Es una maestra en el arte amatoria, se la recomiendo.
―Eres
perverso ―dice la mujer.
―Cuando
se divorcien, Darío me lo agradecerá.
Darío
se abalanza sobre Alvaro, a quien golpea. La mujer
grita, el hombre llama a los celadores. Ambos ruedan hasta el borde de
la
piscina. Una mano extrae un revólver de su chaqueta. Se oye un disparo.
―¿Usted
ya lo sabe? ―preguntó Ana Mariela―. Sabe que su
esposa le es infiel.
Darío
asiente con un gesto.
―Aún
así, yo la quiero.
Ana
Mariela sopesó si debía inquirir sobre aquel disparo.
Un tenue resplandor azul emergió en el firmamento.
―Disculpe,
debo irme.
Abrió
sus labios, pero ya Darío se deslizaba hasta la
puerta entreabierta, antes de perderse en las penumbras. Ana Mariela se
levantó
y llamó a la portería de su conjunto.
―No
sé de quien me habla ―contestó el celador luego de
oir sus preguntas.
―Del
hombre que me vistió hace unos minutos.
―Nadie
ha entrado.
―Disculpe.
Cotejó
sus recuerdos. ¿Habría sido una alucinación? Cerró
los ojos y lo vio caminando entre los pasillos estrechos de la
necrópolis
aledaña a su vecindario. Debía hablar con él.
Al
caer la tarde Ana Mariela franqueó las amplias rejas
del cementerio central. Enterraban a tres niños, víctimas de un amante
desengañado. Avanzó hasta las torres de tumbas contiguas, en donde,
contrario a su presentimiento, no halló a su visitante. Pensó en
regresar, pero
una ráfaga helada la obligó a retroceder. Sintió una mano que
bruscamente la
golpeaba en la mejilla. Al bajar su rostro divisó una lápida de mármol,
con los
caracteres inscritos en letra cursiva: “Darío Manuel Delgado, Montería,
mayo 11
de 1976 - Bucaramanga, junio 14 de 2008. Amado y recordado esposo.”
Escuchó
su respiración entrecortada. Giró sobre sí misma
y encaró el rostro de su visitante.
―¿Darío
Manuel Delgado?
Su
consultante la miró desde unos ojos oscuros, de carbúnculos
encendidos.
Avanzó
sintiendo que sus piernas flaqueaban hasta dar con
las rejas de un mausoleo, en cuyo extremo opuesto vislumbró las luces
de la
calle. Incapaz de voltear su mirada, abrió el soporte jadeante y cruzó
la
estancia, enrarecida por miasmas y aromas de flores podridas. Avanzó
por un
campo descubierto; sus músculos cedieron y cayó al suelo sollozante.
Encomendándose a la sangre de Cristo se levantó y alcanzó la acera, en
donde
tomó un taxi. Cerró los ojos y contempló el rostro de Darío Manuel
Delgado, contrabandista
asesinado, quien, reacio a aceptar su muerte, se aferraba a sus
visiones para
atormentarla.
Se
bañó en agua bendita y rezó sus oraciones. Hacia la
una de la madrugada concilió el sueño, atormentada por visiones
de demonios que arañaban su rostro.
―¡Ana
Mariela! ¡Ana Mariela!
Despertó
y confrontó el rostro descarnado de su visitante.