Hugo Santander Ferreira
 
Hugo Santander Ferreira


  

___________________________________________________________________________________________________
Portal
Escritos Académicos
Novelas
Montajes de Teatro
Poemas
Artículos de Prensa
Fotografía
Ensayos
Obras de Teatro
Guíones de cine
Cuentos
Divagaciones
Arte
Diatribas
Video
Cine
Crítica de cine
Crítica literaria
Cuentos infantiles
Traducciones
Sitio inglés
Sitio francés
Escríbanos



Crónicas para Caníbales - Macaregua




    El cuatro de octubre del 2007 los periódicos bumangueses anunciaron el suicidio de Matías Delgado.  Aquel suceso, cotidiano en una nación indolente, habría pasado desapercibido a no ser por dos circunstancias extraordinarias: la primera, la corta edad de Matías, cuyo rostro apenas rondaba los diez años; la segunda el hecho que el fiscal del circuito tercero haya descubierto junto a sus cortos miembros en las profundidades del cañón del Chicamocha, en una hondonada que sólo las sierpes y los buitres frecuentaban,  la calavera y el esqueleto de un hombre de unos veintinueve años ataviado con una tela indígena raída por los años.
    Hasta los cinco años Matías soportó una existencia tranquila; su amargura comenzaría cuando, tras la conclusión de su primer año escolar, al volver a casa, su madre lo condujo a un cuarto deshabitado en el segundo piso de su casa. Al subir las escaleras su alegría aún era absoluta; la profesora Flora, aunque le había advertido que debía apaciguar su conducta, lo había abrazado asegurándole un porvenir promisorio. En la clase había oído a varios compañeros cuchichear que una sorpresa aguardaba a los alumnos más destacados del curso: un juguete o una golosina, recompensa merecida por sus esfuerzos escolares. Observó su tez tersa y se aferró a la mano izquierda de su madre; poco le importaba que el cuarto estuviese vacío desde su mudanza; era su progenitora, de quien todo lo recibía y a quien todo lo agradecía. Entró y rodó sonriente sobre el baldosín, esperando su regalo boca arriba.
    —No es justo —Engracia sollozó al cerrar la puerta con seguro—. Teresa me dice que he engendrado a una lacra.
    Flora no había acudido a la entrevista con su madre; Teresa, su rectora, solterona agria y delgada, y antigua virreina de la belleza municipal, la había reemplazado para condenarlo. Estudió el rostro de su madre, ahora desfigurado por la vergüenza; nada lo compungía tanto como sus cuitas. Su sonrisa se desvaneció a medida que su figura se erigió sobre sus miembros minúsculos. Sintió un golpe sobre su costado y gritó consternado; otro golpe, más agudo, sobre sus caderas, lo obligó a arrastrarse sobre el suelo. Sólo entonces se percató de su maltrato; sus zapatos rojos, puntiagudos y lustrosos, se encarnaban contra sus piernas. Sintió que el mundo se desencajaba; jadeante se levantó y salvó la distancia hacia la puerta, aún a sabiendas que sería incapaz de alcanzar la cerradura. Su madre lo tomó de los cabellos y lo cacheteó sobre el estómago y la pelvis antes de lanzarlo contra la pared opuesta; la sangre y las lágrimas recorrieron sus mejillas hasta mezclarse con la saliva de su boca abierta. Sus manos desesperadas se aferraron al borde de la ventana semiabierta, desde donde gritó, esperando que algún transeúnte lo socorriera. El aire libre estaba allí, pero una cuadrícula de rejas le impidió avanzar. La ventana se cerró contra las yemas de sus dedos; cayó y se contrajo en una posición fetal; arrinconado, sin aliento, respiró incapaz de contener sus gemidos y su confianza rota. Engracia lo pateo de nuevo hasta agotar sus fuerzas. Entonces la vio girar sobre sí misma, cerrar la puerta con estrépito y abandonar la estancia. Trasbocó contra la pared. Luego de varios minutos se arrastró hasta armario de la alcoba, en donde permanecería oculto, sin deseos de regresar, hasta caer la noche.
Tres días después su cuerpo comenzó a acentuar sus deformaciones; de cabeza desproporcionada, brazos raquíticos y piel morena, Matías desarrolló una sensibilidad enfermiza, demasiado compasiva para un varón de cepa bumanguesa. Matías se granjeó así a sus siete años los apodos mas denigrantes de su escuela, desde Etiope (en aquel entonces varios fotógrafos Europeos se enriquecían publicando imágenes de infantes africanos esqueléticos y deshidratados), hasta Feto Hidrocefálico.  Su endeble constitución lo exponía, por lo demás, al sadismo de sus condiscípulos: Bolina, más que nadie, se deleitaba cacheteándolo y pateándolo durante los recreos. Cierta mañana Matías se desesperó hasta el punto que, sin medir las consecuencias, solicitó una cita con su prefecto de disciplina, quien impacientemente escuchó sus agravios. Bolina fue convocado de inmediato, más éste, en lugar de retractarse acusó a Matías de abusos aún más graves, como el de haberle arañado la cara en cierta ocasión, añadiendo que si él no se había quejado antes ante el prefecto era para no distraerlo con semejantes niñerías. Matías protestó con tal vehemencia, que el prefecto,  quien ya había congraciado con Bolina a causa de su comportamiento lisonjero, lo amonestó por embustero y lo condenó a dos semanas como barrendero de la escuela durante los recreos. 
La vida familiar de Matías no aparentaba ser más feliz; sus padres, empleados de una fábrica de pastas italianas, pasaban la mayor parte de sus vidas fuera de casa, y cuando se veían era para discutir entre sí o para ver la televisión. Sus ilusiones habían sido arruinadas por el nacimiento de Matías, a quienes los doctores habían diagnosticado con una enfermedad degenerativa. En una ocasión Matías escuchó a su padre quejarse ante un amigo, al calor de una botella de aguardiente, de las leyes colombianas, las cuales no les permitían practicar la eutanasia.
Matías pasaba la mayor parte de su tiempo en compañía de su abuelo Efraín o, mejor sería decir, bajo su vigilancia. Cuando él ejecutaba sus quehaceres escolares en las primeras horas de la tarde, ora por aburrimiento u ora por desafiar a sus familiares, Matías se escapaba de su casa, trepándose a una silla y escalando desde allí el muro de su patio.  Dicha trasgresión le había permitido integrarse a una pandilla; su costo, no obstante, era elevado; el regresar a casa justo antes de la llegada de sus padres no disminuía su castigo. Antes de que la cena fuese servida Efraín reportaba sus escapes a su padre, quien invariablemente le propinaba una fuetera.
Su sueño, aquel espacio que Matías anhelaba en un principio, comenzó también lo atormentarlo.  Cada noche Matías se soñaba caminando sobre un puente sin barandas, con precipicios insondables a diestra y siniestra; de algún modo él presentía que debía salvar esa distancia, unos quinientos metros, antes que fuese demasiado tarde. Entonces Matías se movía hasta que, para su desconsuelo, sentía nausea y mareo, conduciendo, en su afán por escapar, su cuerpo hacia el abismo. Sus entrañas padecían una convulsión violenta ante su imagen desvalida y Matías se despertaba jadeante, tembloroso, sudoroso en medio de la noche, anhelando alguien que lo consolase.
Con el tiempo sus amigos de barrio acabaron así mismo despreciándolo; dos de ellos le pidieron prestado un juego de damas que jamás le devolverían. Cuando su madre descubrió su ausencia, Matías hubo de reponerlas ofreciendo sus piernas desnudas a una vara de bambú. 
Paulatinamente Matías se enclaustró más y más en su melancolía; en su colegio se le veía leyendo textos de historia, acurrucado a la sombra de un árbol húmedo, contra una pared escasamente frecuentada por sus condiscípulos; en su barrio la gente lo veía pasar largas horas detrás de su ventana, imagen espectral de un desadaptado. Fue entonces, se dice, cuando comenzó a estudiar la Biblia. A partir de aquel día se le escuchó hablar sobre los bienaventurados; su madre lo reprendió en cierta ocasión en que Matías le preguntó si muriendo no era la mejor manera de alcanzar el paraíso.
—Los suicidas se van al infierno —su madre lo reprendió.
—Yo no tendré que esperar demasiado tiempo en todo caso —musitó Matías.
Cierta tarde, en vísperas de su octavo cumpleaños, sus padres lo llevaron a San Gil. Allí conoció los árboles inmensos del Parque del Gallineral y el musgo que febrilmente caía desde sus venerables ramas, testigos del auge del imperio Guane, de su caída, de la esclavitud de los criollos bajo los déspotas españoles y de las recientes escaramuzas libradas por los insurgentes campesinos contra la tiranía de las ciudades.
 De vuelta, al descender los abismos hacia Pescadero, sus padres y su abuelo se apearon en un mirador a contemplar el panorama abierto, casi infinito, de las montañas desnudas del cañón del río Chicamocha. Matías había leído que sobre aquel paisaje descarnado y gris, cubierto de arena, de cactus y de cabras que parecían exentas de gravedad, Macaregua, el último cacique de los guanes, había confrontado sus huestes desnudas contra los cuerpos de acero de los españoles. Habiendo sido acorralado sobre el borde del precipicio, el último Guane arrojó su última lanza contra un soldado español, y sin esperar a la respuesta de sus enemigos, cuyos mastines ya ladraban sobre su piel aceitunada, se arrojó a la nada, tejiendo su leyenda en los vientos que aún ululan en los atardeceres de aquellas montañas. Los ojos de Matías se humedecieron, como cada vez que rememoraba un sufrimiento.
Descubrió sin sorprenderse el puente sin barandas de sus pesadillas. ¿Estaría soñando? Y si vivía, ¿no sería su vida un sueño? Avanzó lentamente, sin escuchar los gritos de Efraín y los clamores de sus padres.
A su derecha el río tejía una superficie azulada como un río dorado sobre un manto de terciopelo café claro; a su izquierda un verde profuso desplegaba sus matices hasta perderse en las montañas, en donde el sol se derretía entre el lodo del horizonte.
La tierra comenzó a estremecerse, como ocurría en sus sueños. O tal vez su cabeza daba vueltas.
Sintió su cuerpo descontrolado; esta vez no podía permitir que algo o alguien lo empujase al vacío.
Esta vez no sentiría temor.
Como Macaregua, Matías, liberado, tranquilo, se arrojó a la nada antes de despertar.

1985




















Hugo Santander Ferreira 2011 © All rights reserved