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El cuatro de octubre del 2007 los periódicos
bumangueses anunciaron el suicidio de Matías Delgado. Aquel
suceso, cotidiano en una nación indolente, habría pasado desapercibido
a no ser por dos circunstancias extraordinarias: la primera, la corta
edad de Matías, cuyo rostro apenas rondaba los diez años; la segunda el
hecho que el fiscal del circuito tercero haya descubierto junto a sus
cortos miembros en las profundidades del cañón del Chicamocha, en una
hondonada que sólo las sierpes y los buitres frecuentaban, la
calavera y el esqueleto de un hombre de unos veintinueve años ataviado
con una tela indígena raída por los años.
Hasta los cinco años Matías soportó una existencia
tranquila; su amargura comenzaría cuando, tras la conclusión de su
primer año escolar, al volver a casa, su madre lo condujo a un cuarto
deshabitado en el segundo piso de su casa. Al subir las escaleras su
alegría aún era absoluta; la profesora Flora, aunque le había advertido
que debía apaciguar su conducta, lo había abrazado asegurándole un
porvenir promisorio. En la clase había oído a varios compañeros
cuchichear que una sorpresa aguardaba a los alumnos más destacados del
curso: un juguete o una golosina, recompensa merecida por sus esfuerzos
escolares. Observó su tez tersa y se aferró a la mano izquierda de su
madre; poco le importaba que el cuarto estuviese vacío desde su
mudanza; era su progenitora, de quien todo lo recibía y a quien todo lo
agradecía. Entró y rodó sonriente sobre el baldosín, esperando su
regalo boca arriba.
—No es justo —Engracia sollozó al cerrar la puerta
con seguro—. Teresa me dice que he engendrado a una lacra.
Flora no había acudido a la entrevista con su madre;
Teresa, su rectora, solterona agria y delgada, y antigua virreina de la
belleza municipal, la había reemplazado para condenarlo. Estudió el
rostro de su madre, ahora desfigurado por la vergüenza; nada lo
compungía tanto como sus cuitas. Su sonrisa se desvaneció a medida que
su figura se erigió sobre sus miembros minúsculos. Sintió un golpe
sobre su costado y gritó consternado; otro golpe, más agudo, sobre sus
caderas, lo obligó a arrastrarse sobre el suelo. Sólo entonces se
percató de su maltrato; sus zapatos rojos, puntiagudos y lustrosos, se
encarnaban contra sus piernas. Sintió que el mundo se desencajaba;
jadeante se levantó y salvó la distancia hacia la puerta, aún a
sabiendas que sería incapaz de alcanzar la cerradura. Su madre lo tomó
de los cabellos y lo cacheteó sobre el estómago y la pelvis antes de
lanzarlo contra la pared opuesta; la sangre y las lágrimas recorrieron
sus mejillas hasta mezclarse con la saliva de su boca abierta. Sus
manos desesperadas se aferraron al borde de la ventana semiabierta,
desde donde gritó, esperando que algún transeúnte lo socorriera. El
aire libre estaba allí, pero una cuadrícula de rejas le impidió
avanzar. La ventana se cerró contra las yemas de sus dedos; cayó y se
contrajo en una posición fetal; arrinconado, sin aliento, respiró
incapaz de contener sus gemidos y su confianza rota. Engracia lo pateo
de nuevo hasta agotar sus fuerzas. Entonces la vio girar sobre sí
misma, cerrar la puerta con estrépito y abandonar la estancia. Trasbocó
contra la pared. Luego de varios minutos se arrastró hasta armario de
la alcoba, en donde permanecería oculto, sin deseos de regresar, hasta
caer la noche.
Tres días después su cuerpo comenzó a acentuar sus deformaciones; de
cabeza desproporcionada, brazos raquíticos y piel morena, Matías
desarrolló una sensibilidad enfermiza, demasiado compasiva para un
varón de cepa bumanguesa. Matías se granjeó así a sus siete años los
apodos mas denigrantes de su escuela, desde Etiope (en aquel entonces
varios fotógrafos Europeos se enriquecían publicando imágenes de
infantes africanos esqueléticos y deshidratados), hasta Feto
Hidrocefálico. Su endeble constitución lo exponía, por lo demás,
al sadismo de sus condiscípulos: Bolina, más que nadie, se deleitaba
cacheteándolo y pateándolo durante los recreos. Cierta mañana Matías se
desesperó hasta el punto que, sin medir las consecuencias, solicitó una
cita con su prefecto de disciplina, quien impacientemente escuchó sus
agravios. Bolina fue convocado de inmediato, más éste, en lugar de
retractarse acusó a Matías de abusos aún más graves, como el de haberle
arañado la cara en cierta ocasión, añadiendo que si él no se había
quejado antes ante el prefecto era para no distraerlo con semejantes
niñerías. Matías protestó con tal vehemencia, que el prefecto,
quien ya había congraciado con Bolina a causa de su comportamiento
lisonjero, lo amonestó por embustero y lo condenó a dos semanas como
barrendero de la escuela durante los recreos.
La vida familiar de Matías no aparentaba ser más feliz; sus padres,
empleados de una fábrica de pastas italianas, pasaban la mayor parte de
sus vidas fuera de casa, y cuando se veían era para discutir entre sí o
para ver la televisión. Sus ilusiones habían sido arruinadas por el
nacimiento de Matías, a quienes los doctores habían diagnosticado con
una enfermedad degenerativa. En una ocasión Matías escuchó a su padre
quejarse ante un amigo, al calor de una botella de aguardiente, de las
leyes colombianas, las cuales no les permitían practicar la eutanasia.
Matías pasaba la mayor parte de su tiempo en compañía de su abuelo
Efraín o, mejor sería decir, bajo su vigilancia. Cuando él ejecutaba
sus quehaceres escolares en las primeras horas de la tarde, ora por
aburrimiento u ora por desafiar a sus familiares, Matías se escapaba de
su casa, trepándose a una silla y escalando desde allí el muro de su
patio. Dicha trasgresión le había permitido integrarse a una
pandilla; su costo, no obstante, era elevado; el regresar a casa justo
antes de la llegada de sus padres no disminuía su castigo. Antes de que
la cena fuese servida Efraín reportaba sus escapes a su padre, quien
invariablemente le propinaba una fuetera.
Su sueño, aquel espacio que Matías anhelaba en un principio, comenzó
también lo atormentarlo. Cada noche Matías se soñaba caminando
sobre un puente sin barandas, con precipicios insondables a diestra y
siniestra; de algún modo él presentía que debía salvar esa distancia,
unos quinientos metros, antes que fuese demasiado tarde. Entonces
Matías se movía hasta que, para su desconsuelo, sentía nausea y mareo,
conduciendo, en su afán por escapar, su cuerpo hacia el abismo. Sus
entrañas padecían una convulsión violenta ante su imagen desvalida y
Matías se despertaba jadeante, tembloroso, sudoroso en medio de la
noche, anhelando alguien que lo consolase.
Con el tiempo sus amigos de barrio acabaron así mismo despreciándolo;
dos de ellos le pidieron prestado un juego de damas que jamás le
devolverían. Cuando su madre descubrió su ausencia, Matías hubo de
reponerlas ofreciendo sus piernas desnudas a una vara de bambú.
Paulatinamente Matías se enclaustró más y más en su melancolía; en su
colegio se le veía leyendo textos de historia, acurrucado a la sombra
de un árbol húmedo, contra una pared escasamente frecuentada por sus
condiscípulos; en su barrio la gente lo veía pasar largas horas detrás
de su ventana, imagen espectral de un desadaptado. Fue entonces, se
dice, cuando comenzó a estudiar la Biblia. A partir de aquel día se le
escuchó hablar sobre los bienaventurados; su madre lo reprendió en
cierta ocasión en que Matías le preguntó si muriendo no era la mejor
manera de alcanzar el paraíso.
—Los suicidas se van al infierno —su madre lo reprendió.
—Yo no tendré que esperar demasiado tiempo en todo caso —musitó Matías.
Cierta tarde, en vísperas de su octavo cumpleaños, sus padres lo
llevaron a San Gil. Allí conoció los árboles inmensos del Parque del
Gallineral y el musgo que febrilmente caía desde sus venerables ramas,
testigos del auge del imperio Guane, de su caída, de la esclavitud de
los criollos bajo los déspotas españoles y de las recientes escaramuzas
libradas por los insurgentes campesinos contra la tiranía de las
ciudades.
De vuelta, al descender los abismos hacia Pescadero, sus padres y
su abuelo se apearon en un mirador a contemplar el panorama abierto,
casi infinito, de las montañas desnudas del cañón del río Chicamocha.
Matías había leído que sobre aquel paisaje descarnado y gris, cubierto
de arena, de cactus y de cabras que parecían exentas de gravedad,
Macaregua, el último cacique de los guanes, había confrontado sus
huestes desnudas contra los cuerpos de acero de los españoles. Habiendo
sido acorralado sobre el borde del precipicio, el último Guane arrojó
su
última lanza contra un soldado español, y sin esperar a la respuesta de
sus enemigos, cuyos mastines ya ladraban sobre su piel aceitunada, se
arrojó a la nada, tejiendo su leyenda en los vientos que aún ululan en
los atardeceres de aquellas montañas. Los ojos de Matías se
humedecieron, como cada vez que rememoraba un sufrimiento.
Descubrió sin sorprenderse el puente sin barandas de sus pesadillas.
¿Estaría soñando? Y si vivía, ¿no sería su vida un sueño? Avanzó
lentamente, sin escuchar los gritos de Efraín y los clamores de sus
padres.
A su derecha el río tejía una superficie azulada como un río dorado
sobre un manto de terciopelo café claro; a su izquierda un verde
profuso desplegaba sus matices hasta perderse en las montañas, en donde
el sol se derretía entre el lodo del horizonte.
La tierra comenzó a estremecerse, como ocurría en sus sueños. O tal vez
su cabeza daba vueltas.
Sintió su cuerpo descontrolado; esta vez no podía permitir que algo o
alguien lo empujase al vacío.
Esta vez no sentiría temor.
Como Macaregua, Matías, liberado, tranquilo, se arrojó a la nada antes
de despertar.
1985
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