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II. La Nada
Desde su nacimiento Matías había soportado una
existencia infeliz. De cabeza desproporcionada, brazos raquíticos, piel
morena y una sensibilidad demasiado compasiva para un varón de cepa
bumanguesa, Matías se había granjeado a sus siete años los apodos mas
denigrantes de su escuela, desde Etiope (en aquel entonces varios
fotógrafos Europeos se enriquecían publicando imágenes de infantes
africanos esqueléticos y deshidratados), hasta Feto
Hidrocefálico. Su endeble constitución lo exponía, por lo demás,
al sadismo de sus condiscípulos; Bolina, más que nadie, se deleitaba
cacheteándolo y pateándolo durante los recreos. Cierta mañana Matías se
desesperó hasta el punto que, sin medir las consecuencias, solicitó una
cita con su prefecto de disciplina, quien impacientemente escuchó sus
agravios. Bolina fue convocado de inmediato, más éste, en lugar de
retractarse acusó a Matías de abusos aún más graves, como el de haberle
arañado la cara en cierta ocasión, añadiendo que si él no se había
quejado antes ante el prefecto era para no distraerlo con semejantes
niñerías. Matías protestó con tal vehemencia, que el prefecto,
quien ya había congraciado con Bolina a causa de su comportamiento
lisonjero, lo amonestó por embustero y lo condenó a dos semanas de
trabajo forzoso como barrendero de la escuela durante los recreos.
La vida familiar de Matías no era menos miserable; sus padres,
empleados de una fábrica de pastas italianas, pasaban la mayor parte de
sus vidas fuera de casa, y cuando se veían era para discutir entre sí o
para ver la televisión. Sus vidas habían sido arruinadas por el
nacimiento de Matías, a quienes los doctores no daban más de quince
años de vida. En una ocasión Matías escuchó a su padre quejarse ante un
amigo, al calor de una botella de aguardiente, de las leyes
colombianas, las cuales no les habían permitido practicar la eutanasia
de Matías.
Matías pasaba la mayor parte de su tiempo en compañía de su abuelo
Efraín o, mejor sería decir, bajo su vigilancia. Cuando Matías
ejecutaba sus quehaceres escolares en las primeras horas de la tarde,
ora por aburrimiento u ora por desafiar a sus familiares, Matías se
escapaba de su casa, trepándose a una silla y escalando desde allí el
muro de su patio. Dicha trasgresión le había permitió integrarse
a una pandilla; su costo, no obstante, era elevado; el regresar a casa
justo antes de la llegada de sus padres no disminuía su castigo. Antes
de que la cena fuese servida Efraín reportaba sus escapes a su padre,
quien invariablemente le propinaba una fuetera.
Sus sueños también lo atormentaban, aquel espacio que todos los
hombres, pobres o ricos comparten, y que equivale a un tercio de
nuestras vidas. Cada noche Matías se soñaba caminando sobre un
puente sin barandas, con precipicios insondables a diestra y siniestra;
de algún modo él presentía que debía salvar esa distancia, unos
quinientos metros, antes de que fuese demasiado tarde. Entonces Matías
se movía hasta que, para su desconsuelo, sentía nausea y mareo,
conduciendo, en su afán por escapar, su cuerpo hacia el abismo. Sus
entrañas sufrían una convulsión violenta ante su imagen desvalida y
Matías se despertaba jadeante, tembloroso, sudoroso en medio de la
noche, sin alma que lo consolase.
Con el tiempo sus amigos de barrio acabaron así mismo por defraudarlo;
dos de ellos le pidieron prestado un juego de damas que jamás le
devolverían. Cuando su madre descubrió su ausencia, Matías hubo de
reponerlas ofreciendo sus piernas desnudas a la vara de bambú.
Paulatinamente Matías se enclaustró más y más en su melancolía; en su
colegio se le veía acurrucado a la sombra de un árbol húmedo, contra
una pared escasamente frecuentada por sus condiscípulos; en su barrio
la gente lo veía pasar largas horas detrás de su ventana, imagen
espectral de un ánima en pena. Fue entonces, se dice, cuando comenzó a
leer el único libro de su casa: la Biblia. A partir de aquel día se le
escuchó hablar sobre el paraíso; su madre lo reprendió en cierta
ocasión en que Matías le preguntó si suicidándose no era la mejor
manera de alcanzar la vida eterna.
—Los suicidas se van al infierno —su madre lo reprendió.
—En todo caso —Matías sonrió—, yo no tendré que esperar demasiado
tiempo.
Cierta tarde, en vísperas de su octavo cumpleaños, sus padres lo
llevaron a San Gil. Allí conoció los árboles inmensos del Parque del
Gallineral y el musgo que fébrilmente caía desde sus venerables ramas,
testigos del auge del imperio Guane, de su caída, de la esclavitud de
los criollos bajo los déspotas españoles y de las recientes escaramuzas
libradas por los insurgentes campesinos contra el Status Quo de las
ciudades.
De vuelta, al descender los abismos de Pescadero, sus padres y su
abuelo se apearon en un mirador a contemplar el panorama abierto, casi
infinito, de las montañas desnudas del cañón del río Chicamocha. Matías
había leído que sobre aquel paisaje descarnado y gris, cubierto de
arena, de cactus y de cabras que parecían exentas de gravedad,
Macaregua, el último cacique de los Guanes, había confrontado sus
huestes desnudas contra los cuerpos de acero de los españoles. Habiendo
sido acorralado sobre el borde del precipicio, Macaregua arrojó su
última lanza contra un soldado español, y sin esperar a la respuesta de
sus enemigos, cuyos mastines ya ladraban sobre su piel aceitunada, se
arrojó a la nada, tejiendo su leyenda en los vientos que aún ululan
sobre los atardeceres del Chicamocha. Los ojos de Matías se
humedecieron, como cada vez que rememoraba un sufrimiento.
Descubrió sin sorprenderse el puente sin barandas de sus pesadillas.
¿Estaría soñando? Y si vivía, ¿no sería su vida un sueño? Avanzó
lentamente, sin escuchar los gritos de Efraín y los clamores de sus
padres.
A su derecha el río tejía una superficie azulada como un río dorado
sobre un manto de terciopelo café claro; a su izquierda un verde
profuso desplegaba sus matices hasta perderse en las montañas, en donde
el sol ya se ahogaba entre colores cenicientos.
La tierra comenzó a estremecerse, como ocurría dos veces al año en
aquella región cálida, expuesta a los temblores más abruptos de
Latinoamérica. O tal vez su cabeza le daba vueltas.
Matías sintió su cuerpo descontrolado; esta vez no podía permitir que
algo o alguien lo empujase al vacío.
Esta vez no sentiría temor.
Como Macaregua, Matías, liberado, tranquilo, se arrojó a la nada antes
de despertar.
1985
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