En su afán por jerarquerizar las
naciones y las lenguas se prescribe que la literatura iberoamericana no
es sino un compendio canibalístico. Dicho predicado no sólo nos
conllevaría a aceptar que la literatura concebida en los países más
prósperos ha sido y es invariablemente original, sino a negar así mismo
la influencia de Homero en Virgilio, y de éste en Dante, o de los
escritores de El Libro de las Mil y Una Noches en Goethe, Walpole, Mary
Shelley y Poe.
El canibalismo podría ser una metáfora menos comprometedora, si bien
más indelicada, despojado de sus discriminaciones geográficas: anatema
que por lo demás coincide con cuatro versos misantrópicos de
Shakespeare:
FIRST BANDIT
We cannot live on grass, on berries, water,
As beasts and birds and fishes.
TIMON
Nor on the beasts themselves, the birds, and fishes;
You must eat men...
[PRIMER BANDIDO
No podemos vivir de la hierba, de las moras y del agua
Como lo hacen las bestias, las aves y los peces
TIMON
Ni de las bestias mismas, ni de las aves o los peces.
Ustedes sólo comen hombres...]
El canibalismo tampoco puede disociarse de la
envidia; Nietzsche distinguió la envidia autodestructiva —la de quien
sufre por la felicidad ajena—, de aquella que motiva a los grandes
hombres a abandonar su letargo intelectual: a Sófocles a superar a
Esquilo, Aristóteles a Platón, Mahomá a Jesús, Shakespeare a Ben
Johnson, Kant a Swedenborg, Beckett a Joyce, por apenas citar a algunos
opuestos. El principio del canibalismo literario es metafísico, y
coincide con su antecedente más primitivo, el de preservar el espíritu
del enemigo derrotado en el alma del héroe victorioso.
Las Crónicas para Caníbales se inspiran en la
historia reciente de Colombia, sin aspirar a ser un estudio etnográfico
de la violencia que aun carcome a la tierra de El Dorado. Las fechas
suscritas corresponden al año de concepción de cada historia, desde
entonces suprimida, reelaborada y rescrita a lo largo de más de veinte
años.
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Estos breves relatos o ensayos son
en realidad especulaciones sobre las circunstancias que forjaron los
eventos más influyentes de nuestra historia. La creación, la
aparición del Homo Sapiens, la presencia evanescente de los vikingos en
América, el origen de Quetzacoalt, la fecundidad de Shakespeare,
la ingenuidad de los nazis y las masacres acometidas durante la primera
guerra mundial son algunos de los relatos concebidos por mi
incredulidad, o por un deseo personal de transgredir la esterilidad
creativa de nuestros cronistas.
Historias basadas en hechos reales, y aún así forzosamente apócrifas;
intuiciones, a menudo alucinaciones metafísicas, las cuales, sin
pretender alcanzar la autoridad que la academia imparte, refieren a un
mundo tan verosímil como aquel que visitamos en los sueños.
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En cierta ocasión, a propósito de
mi consternación ante las víctimas aplastadas durante el peregrinaje
anual a La Meca, una mujer musulmana me manifestó que dichas muertes
eran, en realidad, voluntarias, y que quien falleciese en la ciudad
sagrada tendría una morada asegurada en el paraíso. Yo le
pregunté entonces, trayendo a colación mis lecturas sobre el más allá,
si dicha morada no sería despreciada por quienes fuesen propensos a las
intrigas, la mentiras, las querellas y, más aún, a perpetrar y sufrir
la violencia de las multitudes.
Los relatos de Confesiones de Difuntos
fueron inspirados en la obra de Emmanuel Swedenborg, un médico y
mecánico sueco prestigioso, residente en Londres, quien en el siglo
diecisiete descubrió la corteza cerebral, y quien ante una Europa
consternada abandonó sus investigaciones científicas para transcribir y
publicar en latín, en un lenguaje descriptivo, afín al de un médico o
un explorador, sus visiones del más allá. Swedenborg escribió que su
obra fue escrita bajo el comando de Jesucristo, quien cierto día se le
personó en su casa en Londres.
Las visiones de Swedenborg
son áridas y concisas, asaz diferentes del candor manifiesto en los
escritos de los místicos; aún así, cada una de ellas coincide con las
revelaciones de los médium y de los enfermos comatosos que han
recobrado su conciencia. Immanuel Kant, cuya fama reside en gran parte
en su formulación del Tiempo y el Espacio como categorías universales
de nuestra intuición, fue un lector consumado de Swedenborg, y como tal
ya sabía que la principal característica de los difuntos es su
capacidad de percibir más allá del tiempo y el espacio. Swedenborg
habla, por lo tanto, de estados emotivos o intelectuales.
Los relatos de este libro
son meras especulaciones sobre quienes transitan por el mundo de los
espíritus antes de elegir el tipo de sociedad que los acogerá en el más
allá, sea esta paradisíaca o infernal.
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