|
|
Zodiaco
Fabilidad criminalística
|
|
|
|
Ratatouille
Ideas ególatras
|
|
|
|
El Ultimo Rey de Escocia
|

|
|
|

|
|
|

|
El cine aborda a menudo el tema de la psicología antisocial; la
historia de un hombre o una mujer sin progenitores que lo amasen, quien
acaba celando y asesinando a una serie de víctimas inocentes, ha
fascinado y fascina a audiencias que se esfuerzan por creer en la
felicidad y la estabilidad de la vida cotidiana.
Zodiaco es una cinta que, si bien aborda está temática, gira
principalmente en torno a la obsesión de un caricaturista por descubrir
la identidad del asesino en serie que aterrorizó la ciudad de San
Francisco entre 1969 y 1973. Empleando algunas de las convenciones del
género policiaco y de suspenso, tales como las llamadas anónimas a la
familia del investigador, o una invitación a la guarida de quien
aparenta ser el asesino por breves instantes, el director introduce al
espectador a un tema que de otro modo hubiera sido bastante tedioso: el
de la burocracia criminalística.
La fragilidad del sentido común, el cual señala a Leigh como el asesino
en serie, se desmorona ante las pruebas balísticas y de caligrafía. El
talante pérfido de ciertos sectores de la opinión, que conciben a
dichos asesinos como una creación de periodistas o policías
inescrupulosos, surge como un obstáculo que arruina las vidas de los
investigadores. Casi imperceptiblemente, el caricaturista se convierte
en el protagonista de la trama mediante la escritura de un libro que
recuenta las conclusiones siempre refutables sobre la identidad de
Zodiaco.
El filme acaba siendo un cuestionamiento del sistema judicial moderno.
Ni el reconocimiento de sospechosos por testigos que sobrevivieron a
ataques, ni las modernas pruebas de DNA, acaban siendo
conclusivos a la hora de esclarecer los crímenes.
Mediante un razonamiento negativo, cabe preguntarse cuántos inocentes
permanecen en este momento en las prisiones del mundo a raíz de las
conclusiones supuestamente infalibles de los siempre sobrestimados
ingenieros genéticos.
|
|
|
La aventura del héroe que abandona a su familia para ejecutar una
proeza de consecuencias cósmicas es tan antigua como la humanidad; los
niños, en particular, y bajo el auspicio de sus padres, crecen en la
ilusión de que algún día el mundo cambiará con su presencia. Dicha
empresa, empero, es a menudo presentada como una aventura del yo: yo
soy, yo cambio, yo obtengo, yo amo, yo muero. La sociedad, por lo
tanto, nos es presentada como un ente externo que acaba de someterse al
encanto y a los talentos a menudo innatos y afortunados que heredamos o
habremos de heredar.
Ratatouille
es un
filme que acentúa esta filosofía; una rata antropomórfica –convención
un tanto
forzada de los dibujos animados-, nace con un talento descomunal para
la
culinaria; tras sufrir un accidente pierde a su familia y cae en manos
de un joven
cocinero, quien se vale de ella para ser reconocido como el mejor
gourmet del
orbe. El distanciamiento con los vastos públicos que constituyen la
audiencia
cinematográfica es doble; por una parte el filme se refiere a la alta
cocina,
la cual constituye un grupo bastante minoritario, por no decir
aristocrático;
por otra parte, la rata en cuestión no se contenta con emplear al dueño
de un
restaurante de prestigio para el despliegue de sus talentos, sino que
aspira a
ser reconocida por la crítica culinaria como la gran revelación
parisina.
Las tiernas
imágenes
de la rata desvalida son engañosas, pues su ambición no difiere de
aquella que
los padres inculcan en los niños; la de reclamar el crédito por todo lo
que
realizan en la vida, y la de abandonar cualquier trabajo que contribuya
al prestigio
ajeno, incluso cuando su subsistencia depende de éste.
|
|
|
Desde las primeras incursiones de Julio César, el hombre letrado ha
tenido la responsabilidad de describir las costumbres barbáricas de
quienes apenas se han preocupado de su subsistencia. Dicha presunción
labora sobre la connivencia de que quienes disfrutan del ocio y la
libertad, esto es, quienes no han de preocuparse en demasía por su
supervivencia, son quienes escriben la historia con mayor
imparcialidad; los relatos de Tucídides son más reconocidos que
aquellos de los escribas que laboraron bajo el yugo de los sátrapas, y
la historia romana de Gibbon es más estudiada que aquella descrita por
sus fuentes.
El Ultimo Rey de Escocia escenifica una historia autobiográfica que si
bien se desarrolla bajo el yugo de una dictadura, parece ser escrita
bajo el cielo protector de la monarquía democrática inglesa. La
historia, basada en hechos reales, no deja de ser ficticia, tal y como
lo evidencia su resolución, en la cual el doctor Nicholas Garrigan
ejecuta un escape indigno de la trama.
Además de la sobresaliente actuación de Forest Whitaker, la cual le
granjeó un Oscar este año, el filme gira en torno al dilema ético del
doctor Nicholas Garrigan; la audiencia se identifica con las
motivaciones del doctor Garrigan, quien acompaña de cierta filantropía
su atracción por los privilegios del poder. El cerco se va cerrando, no
obstante, en tanto el doctor Garrigan se inmiscuye demasiado en las
políticas del gobierno de Idi Amin; su arrepentimiento, un tanto
tardío, si bien verosímil, le acarrea la caída que a lo largo de la
historia los tiranos le han reservado a aquellos que los traicionan,
independientemente de si sus motivaciones fueron filantrópicas o
egoístas.
El Ultimo Rey de Escocia es uno de los mejores filmes de 2007, no sólo
por la reconstrucción de un periodo histórico que parece repetirse
constantemente en África –pensemos hoy en Mugabe-, sino por sus
cuestionamientos éticos; el espectador, al igual que los ex-miembros
del partido nazi o comunista, se preguntará hasta que punto su
indolencia ética corresponde al letargo del doctor Nicholas Garrigan,
quien asocia su bienestar económico a aquel de la humanidad que
demasiado tarde reconocerá como oprimida.
|
|
|
|
|
|
|
|
Satanás
Identificaciones incómodas |
|
|
The Sheltering Sky |
|
|
El Bonaerense |

|
|
|

|
|
|

|
|
|
|
|
|
|
|
De Andrés Baiz
Esta cinta se cataloga en lo que podríamos llamar el género de los
Asesinos en serie (Serial Killer), junto a Cold Blood, Henry, portrait
of a serial killer y Elephant. Pero la historia de Eliseo, un hombre
con aspiraciones intelectuales que pierde su reverencia por la
divinidad y la humanidad es ciertamente mucho más; las alusiones de sus
personajes a Darwin, a una novela gótica de Robert L. Stevenson y a los
evangelios, importan un trasfondo metafísico que otorga un aura de
universalidad a la cinta. La influencia de Los Demonios de Dostoievski
en la novela original de Mario Mendoza, y, a través de éste, de las
visiones de Swedenborg sobre la naturaleza del mal, son escenificados
con una destreza nunca antes vista en el cinema colombiano.
Omitamos el hecho de que la película entreteje tres historias
escasamente relacionadas, y que dos de ellas sean tan inferiores a la
tercera como lo puede ser una novela de Dickens a una película de
Tarantino y otra de Pedro Almodóvar. Dicha inferioridad, no
obstante, no es debida ni a su fuerza narrativa, ni a sus personajes
típicos –influencia inevitable de un cinema que esquiva los abismos del
ser-, sino a las dimensiones universales que el carácter de Eliseo
perfila; su comportamiento es hosco, pero amable, sus modales
sardónicos, pero comprensibles, y su hastío por la humanidad es humano,
demasiado humano.
A lo largo de breves apariciones, el espectador simpatiza con un hombre
que ha de soportar a una madre intratable, a una alumna caprichosa y a
una vecina intrigante. El filme se manifiesta como un antecedente
cronológico de Psycho, con la salvedad de que la seguridad y la
compostura de Damian Alcázar son más verosímiles y más incómodas que la
timidez de Anthony Perkins.
La tortuosa relación entre la madre y su hijo es, sin duda, el elemento
más inquietante de Satanás. Teresa Gutiérrez recrimina a su hijo del
modo en que cualquier madre recriminaría a un hijo quincuagenario y
subempleado. Cabría añadir una hipótesis más a las tantas formuladas
sobre las causas de la violencia en Colombia: la de ser una
consecuencia de la frustración del hijo para satisfacer las
expectativas desmedidas de su madre. Ya en El Laberinto de la Soledad
Octavio Paz había calificado a las amas de casa estadounidenses de
siniestras, una reinterpretación del comentario de Alexis de
Tocqueville de que la grandeza de los Estados Unidos se debía a la
virtud de sus matronas. También en 1968, Gilles Deleuze y Felix Guatari
culparon en un tratado de 494 páginas, a las madres de ser las
culpables de la esquizofrenia en la sociedad moderna.
La inmersión que el espectador hace en la vida familiar y cotidiana de
un asesino en serie, produce identificaciones inevitablemente
incómodas. A diferencia de otras películas de su género, Satanás recrea
ofensas tenues que no dejan de ser torturantes para un hombre tan
solitario como Eliseo, y no ha de sorprendernos el que hayan
espectadores que sientan nausea, o que se cubran sus ojos hacia el
final de la cinta. Su mayor horror consiste en entregarnos como propia
la desmesurada venganza de un asesino.
|
|
|
Tras la segunda guerra mundial, en
el puerto de Tanger, dos hombres y
una mujer desembarcan. Los móviles y propósitos por los que están allí
son inquietantes: sin preocupaciones economicas ellos dedicaran días y
semanas al conocimiento y exploración de sí mismos.
Bernardo
Bertolucci, poeta y director de cine, bien puede ser el poeta
trágico del celuloide. Reconocido por Novecento, censurado y aclamado
por El ultimo tango de Paris y consagrado en Hollywood por El ultimo
emperador, él nos presenta ahora The sheltering sky, filme basado en el
libro homónimo de Paul Bowles, e imperfectamente traducido al
castellano como Refugio para el amor. La cinta cuenta con las
actuaciones precisas de Debra Winger y John Malkovich, con la musica de
Ryuichi Sakamotoy la fotografia de Vittorio Storaro, quien esta vez se
vale de la luz del atardecer para dar dimensión, mediante sombras
prolongadas, a los espacios abiertos del Sahara.
La historia parte
de la relación ambigua que sostienen una escritora y
su esposo. Ambos, inconformes con su medio social y con la relación que
sostienen, deciden viajar al Africa. Los acompaña un hombre pudiente,
aparentemente su enamorado. En la travesía John Malkovich, el marido,
buscará un sitio apartado para reconquistar el amor de su mujer. En los
albores de la muerte él reconocerá ante ella su razon de ser y estar:
"He vivido todo el tiempo por tí y no lo sabía".
La mujer, por su
parte, agotará recursos en busca de felicidad: cederá
ante los requerimientos de un hombre indeciso que mas tarde la
abandonara, se someterá a los delirios de perder un ser querido y
querrá vivir de la pasión mediante la esclavitud. Mas finalmente,
incapaz de luchar contra las marcas indelebles del pasado, regresará a
su punto de partida, con las manos vacias esta vez. "Nos es negado
ser", escribe Hesse a traves de Josef Knecht en El juego de los
abalorios. Este verso se articula de manera latente en el filme de
Bertolucci.
El director
utiliza los áridos paisajes del desierto africano como
marco intencional y simbólico para desarrollar la busqueda del ser. La
escena en que Debra Winger marcha como parte de una caravana de
beduinos a lo largo de las dunas del Sahara se constituye en una
busqueda propia dentro del laberinto del tiempo. Berlolucci había
filmado en 1970 La estrategia de la araña, adaptando a Borges. En esta
ocasión retoma de su maestro la conception del laberinto como espacio
abierto.
Tal busqueda nos
es presentada, sin embargo, como incesante y vana. El
fantasma de la enfermedad circunda a los personajes como presencia
palpable de finitud y mortalidad."Tú no necesitas de mí", dice la mujer
a su marido en alguna ocasion, desencantada del amor, para días despues
asistirle en su enfermedad, incapaz de abandonarle a la suerte de
encarar solitario su agonía.
Bertolucci, cuya
voz persiste a través del escritor que presenta y
cierra el filme, nos presenta asi su ultima tragedia. Y si en El ultimo
tango de París trató el drama de la soledad en el amor, y en El ultimo
emperador la imposibilidad del triunfo, en Refugio para el amor aborda
la infructuosa busqueda del ser. Pero, y a diferencia de la tragedia
clásica, Berlolucci trata con serenidad la angustia humana. La
consagra, dentro del pesimismo que su obra encierra, como un hecho
natural a la condición mortal, reductible a la muerte y al olvido.
"Cuantas veces más recordaremos un día de nuestra infancia? (...) Tres
o cuatro a lo sumo. Y, sin embargo, seguimos creyendo que la vida es un
pozo inagotable de posibilidades...".
|
|
|
De Pablo Trapero
Cada artista encuentra temas urticantes para su
generación. Rembrand retrató la indolencia de la ciencia y el
ensimismamiento de los mercaderos en los albores del capitalismo, del
mismo modo en que Samuel Beckett retrató el desengaño del hombre
europeo de la postguerra. Pero por cada artista que cuestiona los
prejuicios y el optimismo de su generación, nuestra civilización
soporta a una miriada de imitadores precavidos, quienes con no mejor
aliciente que la celebridad, retoman obras originales, las mezclan
entre sí y lisonjeando a un mundo reacio a la genialidad, producen
trabajos híbridos, invariablemente pretenciosos. El arte del
entretenimiento, cuando menos, jamás niega que su único aliciente sea
el lucro económico. Pero la razón de esta pretención es obviamente
económica, pues no son los espectadores, sino los mecenas y en especial
los gobiernos europeos quienes subvencionan a estos filmes
pretenciosamente artísticos. Prueba de ello la literatura
tercermundista de García Márquez, la cual insiste en recrear mundos
aislados, de hombres crédulos, cuando no ignorantes y matriarcados
atemporales. Prueba de ello Z de Costa Gravas, un filme ampliamente
emulado por los jovenes cineastas latinoamericanos, quienes en los
últimos años han representado la miseria y la corrrupción de sus países
como una novedad (como si la miseria y la corrupción fuesen un fenómeno
desconocido para los japoneses, norteamericanos y europeos).
La trama de El Bonaerense apenas escapa a esta categoría. Zapa es un
hombre tímido que desea encontrar empleo en un mundo de influencias. La
corrupción del sistema actúa como un mero telón de fondo. Y sin
embargo, el director parece oscilar entre estas dos corrientes y una
tercera, la del ennui de la vida cotidiana, manifiesta en largas
secuencias de borracheras y copulaciones. Hacia el final de la
cinta
el espectador no alcanza a identificarse con el personaje
principal, y
las últimas escenas apenas reafirman los postulados del comienzo. Aún
así, el director captura la atención de los espectadores a lo largo de
la película, una hazaña que justifica su prestigio.
|
|
|
|
|
|
|
|
| I'm
alright Jack |
|
|
La Defensa Luzhin |
|
|
Enemigo al Acecho |

|
|
|

|
|
|

|
De John Boulting (1959)
Una comedia sobre política, esto es, una sátira contra el gobierno
inglés de la época. Un ingenuo aristócrata (Ian Carmichael) acepta un
trabajo como obrero de una fábrica de misiles. Fiel a sus principios él
tendrá que confrontar las manipulaciones de su familia -dueña de la
empresa bélica-, el resentimiento de un lider sindicalista (Peter
Sellers), y a un país que actua de acuerdo al capricho de los
periodistas. Al final Ian es enviado a un manicomio de mujeres desnudas
que juegan tenis. El ritmo del filme cambia arbitrariamente, los
diálogos son sosos, más bien que astutos y la actuación es demasiado
dramática. Peter Sellers aún no se había percatado de que vivimos sin
saber lo que ocurre a nuestro alrededor.
|
|
|
Omar, quien iluminó nuestro destino
sombrío a través de cálidas
metáforas, nos comparó con piezas de ajedrez que se deslizan sobre el
tablero de los blancos días y las negras noches. Sus versos realzan
nuestro quehacer político; tal fue el propósito del inventor de este
juego, tal fue la percepción del escritor ruso y estadounidense
Vladimir Nabokov, y tal es el postulado de The Luzhin Defense, película
de la holandesa Marleen Gorris.
John Tuturro personifica a Alexander Luzhin,
un jugador
empedernido, que prefiere las estrategias del ajedrez a la etiqueta de
la alta sociedad. La escena ocurre en un hotel a orillas del lago Como,
en donde Luzhin confrontará a Fabio Sartor por el título mundial de
ajedrez. Mientras que Sartor —un perdonaje inspirado en Capablanca—
encarna al jugador exitoso por antonomasia, Luzhin es un ser abstraído:
ni el plácido paisaje del norte de Italia, ni las manipulaciones
tejidas por el señor Valentinov a su alrededor, ni los propósitos de
una banda de maleantes podrán despertarlo de su letargo ajedrecístico.
La directora da cuenta del pasado tortuoso de
Luzhin: maltratado
por su madre y envidiado por su padre, Luzhin es puesto en manos del
señor Valentinov, un profesor inescrupuloso que lo esclaviza para
enriquecerse. Agobiado por su iniquidad Luzhin se defiende
perfeccionando sus tácticas, y así —aún contra su voluntad—, se libera
de su amor a la par que asciende al podio de los grandes jugadores.
En los albores de la competencia Luzhin conoce a
Natalia, una
solterona aristocrática personificada por Emily Watson, sin duda una de
las mejores actrices de nuestro tiempo. La pasión de Natalia por Luzhin
es primordialmente maternal, un amor que parece devolverlo al mundo: la
directora representa en escenas tiernas y jocosas el carácter
encantador de un niño. Pero la presencia del señor Valentinov, quien
llega al lago Como a reclamar sus privilegios esclavistas, tortura
sicológicamente al protagonista y los espectadores.
Quienes practican este juego saben que sus
combinaciones demandan
una vida de estudio; el hombre práctico condenaría su inutilidad, que
obliga a sus jugadores a pensar por horas, días y semanas, sin otro
propósito que el placer de la victoria o el sinsabor de la
derrota; el
sabio pondera su dimensión análitica, afín a las matemáticas y la
gramática. Ninguna de estas consieraciones consideran la sicología del
juego: la impiedad de la piezas blancas, que atacan, y el desespero de
las piezas negras, que se defienden. Luzhin, como el título de esta
cinta lo indica, pertenece al ejercito asediado.
La pieza de ajedrez que hoy conocemos como la reina,
o la dama, fue
para los indues —con mayor razón— el ministro; ahondando en este juego
de metáforas Luzhin encarnaría a esa pieza laboriosa, en tanto que el
señor Valentinov sería el rey, pieza ineficiente a quien los jugadores,
no obstante, supeditan su victoria.
La iniquidad parece haber hecho de Luzhin un autista
afortunado. Su
dedicación prepara, sin embargo, una derrota inesperada. Ni la
celebridad ni el dinero despiertan el interés de un hombre habituado al
sufrimiento. Luzhin se defenderá hasta el fin, pero en el proceso
descubrirá que cualquier triunfo entraña alteraciones éticas: él tendrá
que atacar, él tendrá que reemplazar al señor Valentinov. |
|
|
Jean Jacques Annaud honra la
memoria de Vassili Zaitzev, héroe
soviético y emblema de la resistencia contra la expansión nazi. Annaud
adapta la estructura de las películas de vaqueros al escenario bélico.
Vassili es un soldado raso que aterra con su tino a los oficiales
hitlerianos a las puertas de Stalingrado; Ed Harris, su contrincante
alemán, es enviado desde Berlín para eliminarlo. El desenlace es un
duelo previsible. La historia, no obstante, se prolonga gracias al
encanto de Rachel Weisz, una judia que prefiere las heridas del frente
soviético a un trabajo como secretaria del partido comunista. Joseph
Finnes encarna, sin duda, al personaje más interesante: un periodista
que engrandece las hazañas individuales de Vassili para insuflar valor
en sus camaradas.
Annaud representa la guerra como una fabricación artificial, un
entretenimiento terco y apasionado —como un partido de futbol o una
película violenta podrían serlo—. Una vez una nación se expande, el
individuo pierde su identidad, sacrificándose por el lucro de sus
gobernantes. Juán Vives escribía que todas las guerras son civiles.
Es bien conocido que Hitler jamás estuvo al frente de sus tropas:
prefería observar las batallas meticulosamente grabadas por sus
camarógrafos en una sala de cine de Berlín. Hoy, igualmente,
quienes
aprueban las guerras, no lo hacen desde el frente, sino desde las
cómodas curules del parlamento, o —lo que es más escalofriante—, desde
el ambiente apacible de una sala de cine.
|
|
|
|
|
|
|
|
| Treasure of Sierra Madre |
|
|
The Silences of the Palace |
|
|
El Espíritu de la Colmena |

|
|
|

|
|
|

|
De John Huston (1948)
Una cinta que preserva su frescura, incluso ahora, cuando reprobamos la
actitud paternalística hacia los campesinos mejicanos. La tormenta de
arena, al final, nos recuerda que no somos sino polvo, y de que «lo que
hemos tomado, volverá a su sitio de origen». La distinción entre el
colonizador (Bogart) y el emigrante (Walter Huston & Tim Holt)
recrean el conflicto principal; creo que la feliz concurrencia de los
dos fabricaron a los Estados Unidos; en Colombia predominó el primero.
Un colonizador muere en medio del filme; creemos que los protagonistas
se han librado de un intruso, pero Huston nos obliga a escuchar su
pasado: tiene un hijo y una esposa que le suplica que vuelva. Jamás
Huston golpeó tan duro al espectador; enseñándole cuan falsas pueden
ser sus simpatías. La simpatía hacia Bogart no es menos embarazosa,
pero actua en otro sentido, desde la admiración al desprecio.
|
|
|
De Moufida Tlatli
Una película excepcional, que denuncia la miseria de las mujeres
islámicas. No es un panfleto, sino un esfuerzo por comprender el
sufrimiento de las esclavas africanas. Alia es una adolescente asediada
por sus dos amos, dos principes islámicos: uno de ellos es su
padre.
Sus abuelos vendieron a su madre a los príncipes cuando ésta era una
niña, a los diez años. Su pasión es el canto, que le proporciona amor,
pero no el tipo de amor al que una adolescente aspira. Pienso en
las
sirvientas colombianas, siempre a la merced de sus amos pudientes. |
|
|
De Victor Erice (1973)
La actuación de la niña Ana Torrent da vida a esta película de trama
sosa y diálogos vacuos. Los defensores del cinema discontinuo argüirán
que es sosa en tanto así es la vida de provincia, y que es vacua en
tanto vacua es la existencia provincial. El zumbido verbal del padre no
es menos deplorable que el del antisocial en el granero, lance patético
tomado de una de las primeras películas de Richard Atenbourgh. Aún así
el desamor de Ana y su imaginación rescatan esta historia: creemos en
el poder sugestivo de un monstruo cinematográfico en la vida de una
niña. |
|
|
|
|
|
|
|
| Orfeu Negro |
|
|
An Enemy of the People |
|
|
Cuchillo a bordo [Noz w Wodzle] |
 |
|
|

|
|
|

|
De Marcel Camus (1959)
Los turistas europeos y estadounidenses deforman las culturas pobres
através de sus miradas apresuradas, superficiales y afectadas. Un
emigrante, por el contrario, capura la escencia de esa cultura y la
enriquece. El yugo teutónico no se puede entender sin leer a Kakfa; el
vacio espiritual francés sin las piezas de Albert Camus y Samuel
Beckett; los caprichos yanquis sin la obra de Wim Wenders. Marcel Camus
enriquece la cultura brazileña en Orfeu Negro; todos los personajes son
negros, una ilustración viva del juicio del padre Viera, quien
comprendió en el siglo XVI que el alma de Brazil era africana. El mito
de Orfeo funciona como mera estructura narrativa; lo importante no es
su infedilidad a la cultura griega, sino su fidelidad a la cultura de
los arrabales de Río de Janeiro. El carnaval es placentero, pero aún no
deja de ser el infierno; un narcótico, un entretenimiento pasajero.
Mientras la plebe baila, en el último piso de un edificio de trece
pisos, Orfeo encuentra a un hombre que recoge documentos y los arroja a
la basura; él explica que cada hoja contienen el destino de un
habitante de aquella ciudad: la irresponsabilidad del conserje sólo
puede compararse a la desidia de sus habitantes. «El país se derrumba y
nosotros con la rumba», me diría un colombiano con sinceridad
apremiante: es el goce inmediato del esclavo, que ha aprendido a
renunciar a toda aspiración política en aras de reducirse a un
movimiento voluptuosamente prolongado. |
|
|
De Satyajit Ray (1989)
Un filme optimista, pero sincero. ¿Cómo puede un director de cine
tramar una tragedia cuando su vida ya es un triunfo? Habría que
mantener simpatías con el pasado, o con un tiempo de penurias. La
actuación es profunda, pero limitada; los personajes parecen
incapacitados o ingenuos.
|
|
|
De Roman Polanski (1962)
El primer largometraje de un director ambicioso. Dirigir un filme no es
un difícil; su merito reside en la concepción dramática. Polanski,
siempre con el respaldo de uno o dos buenos guionistas, nos demuestra
en esta cinta que sabe crear tensiones. Dos hombres tratan de
prevalecer ante una mujer en un bote. En un despliegue de arrogancia
Polanski hace de un cuchillo el protagonista de esta historia. También
podría haberla llamado «Bikini a bordo», o «Cacerola sin mango»,
pero
una hoja de acero es, creo, menos irrisoria.
Ionesco y Beckett, sus maestros,
ya le habían enseñado que dos actores bastaban para recrear el
universo. Chejov le
hubiera sugerido que con uno basta.
Polasnki se propone innovar fuera
del teatro y precisa de tres voces. La crítica lo ha sobrevalorado:
crear paralelos metafóricos entre la política de un país y un drama es
un ejercicio de abstracción crítico, no artístico. Este filme es, en
breve, un buen cortometraje innecesariamente prolongado. |
|
|
|
|
|
|
|
Fellini's Casanova (1977)
|
|
|
Tierra, de Dovzhenko
|
|
|
Arsenal (1928), de Dovzhenko
|
 |
La modernidad aparece como una fiesta de adolescentes e intelectuales
frustrados. Esa incapacidad para alcanzar la felicidad es la
inspiración del arte en el mundo occidental. |
|
|
|
 |
La historia de un modernista luchando contra un mundo supersticioso.
|
|
|
|

|
Kierkegaard hablaría de la
angustia. No encuentro erotismo en ninguna secuencia del filme,
sino
un frenesí apremiante; pero ese es precisamente el modo en que nuestras
sociedades abarcan la sexualidad; sin ternura. Todos los rostros
extáticos de los filmes de Fellini son exagerados, cómicos, burlescos:
su placer emana de su perversidad o picardía--el de carácter
infántil--, no de su sensualidad. El único amor de Casanova es privado
y frustrado. Al final su mujer es un robot, un juguete silencioso que
anticipa los fetiches del cybersex.
|
|
|
Un
ejemplo de propaganda débil, sin manejo dramático.
Las imágenes del
campo son preciosas, pero la belleza visual, como en la poesía, como en
las mujeres, no basta.
|
|
|
Una copia de la obra más reconocida de Einsenstein; la malevolencia de
la burguesía, la huelga, las máquinas que se detienen al mandato de los
empleados, la madre hambrienta, los fusiles. La cobardía del burgués
que muere finalmente a manos del obrero sin escrúpulos es
memorable--pero su ideología original ingenua. El filme carece de
trama; es discontinuo, como la mayor parte del cine europeo.
|
|
|
|
|
|
|
|
| Rhapsody in August |
|
|
Gloria |
|
|
Anibal (2001) |

|
|
|

|
|
|

|
De Akira Kurosawa (1990)
Un tratamiento resignado e inquietante sobre la destrucción de
Nagasaki, lamentablemente oscurecido por los filmes propagandísticos
norteamericanos en boga, e.g. El Soldado Ryan y Pearl Harbor. Kurosawa
nos enamora esta vez del carácter de la abuela, una mujer compasiva y
paciente. Al final, sin embargo, descubrimos que más allá del perdón el
dolor continua.
|
|
|
De John Cassaves (1979)
Un filme deplorable, premiado por compasión en el Festival de Venecia
de 1980. Un niñito de actuación lastimosa sigue a una mafiosa que ha
decidido protegerlo a costa de su vida. La ausencia de la autoridad
guvernamental, es, como siempre, una desgracia en estas cintas, en
donde se trata de crear una división infranqueable entre el sístema y
la mafia, cuando en verdad ambas se relacionan y se enriquecen
continuamente.
|
|
|
Una copia demasiado condimentada
del Titus Andrónicus de Shakespeare.
El director trata en vano de conducir nuestras simpatías hacia A.
Hopkins. Es una persona educada y de poderes extrasensoriales, como el
Jason de Martes 13, pero su mayor defecto es su materialismo. Todos los
asesinos en serie son víctimas de otra voluntad--llámenla Dios o el
demonio. El carácter de la agente del FBI es repulsivo; en una
secuencia asesina a dos empleados italianos que simplemente cumplen su
deber, para defender al asesino comecadáveres. El miedo que el
canibalismo despierta en los espectadores se fundamenta en la creencia
moderna de que la vida se reduce al cuerpo.
|
| Billy Elliot |
|
|
El espía que se apiadó de Panamá |
|
|
Fahrenheit
9/11
|

|
|
|

|
|
|

|
«Billy Elliot» es la primera incursión cienematográfica de Stepen
Daldry, director del Teatro de la Corte Real Inglesa en Londres. Como
su colega, Sam Méndez, Daldry ha obtenido amplio reconocimiento
internacional; su cinta fua candidatizada simultaneamente como mejor
película a los premios globo y óscar de la Academía de Artes y Ciencias
Cinematográficas de Hollywood. Su resonancia social se ha hecho sentir
particularmente en las escuelas de danza de la Gran Bretaña, en donde
el número de jóvenes inscritos se ha incrementado durante los últimos
seis meses.
El protagonista es un mozalbete del Norte de Inglaterra; hijo menor de
una familia de mineros sindicalistas, Billy Elliot ha de confrontar una
serie de dificultades familiares, sociales y económicas, con el
propósito de convertirse en bailarín de la prestigiosa Academía Real de
Balet Británico.
Retomando el argumento del hombre destituido que sueña con triunfar y
luego de enfrentar una serie de obstáculos prevalece, Lee Hall,
guionista del filme, copia el escenario de varias cintas
estadounidenses de los años ochenta , como «Flash Dance» y
«Footlose», y lo sazona con cierta nostalgia sindicalista; una manera
ineficaz de conciliar el afán comercial de Hollywood con las
preocupaciones socialistas del neorealismo italiano: el niño del
«Ladron de Bicicletas» se contagia de las aspiraciones de Rocky Balboa.
Daldry confiesa haberse inspirado en la obra de Ken Loach; Billy
Elliot, en efecto, preserva el ensueño revolucionario de «Land and
Freedom», una película en la cual un obrero inglés, hastiado de su
trabajo y de su esposa, decide luchar contra la milicia franquista;
luego de sostener un álgido romance con una subersiva, el trabajador
regresa a casa, esta vez hastiado de la revolución española.
El guión de «Billy Elliot» revive, así mismo, todos los lugares comunes
del cinema británico de los últimos diez años: la lucha de clases, los
abusos de la autoridad local, el personaje alcohólico, la solterona
resignada, el amigo homosexual y el triunfo inesperado. «Billy Elliot»
como «Full Monty» ejemplifica la crisis contemporanea del cinema
europeo. Supervisado por los miembros del programa MEDIA (Instituto
Europeo para el Desarrollo de la Industria Cinematográfica), Lee Hall
escribe un guión meticulosamente previsible. Recreando varias escenas
de la huelga minera que ensombreció la administración de Margaret
Tatcher, el guión conlleva un mensaje de resignación social: el
sindicalismo asume tintes amistosos, rayanos en necedad; desde el
principio los personajes preveen su fracaso. El cine de autor,
ponderado por Truffaut durante los años cincuenta, pierde terreno ante
el sistema de producción norteamericana; sus estructuras lucrativas
pervaden el cinema europeo --si bien asumiendo un aire
pseudorevolucionario--. Esta conformidad creativa se debe en gran
parte a la prosperidad que los artistas europeos han disfrutado durante
los últimos diez años; sus guionistas pretenden recrear las necesidades
de la clases menos privilegiadas. Toda obligación, sin embargo, es
embarazosa; las inquietudes sociales de «Billy Elliot» son
superficiales o postizas; sus personajes jamás discuten su pobreza o
sus aspiraciones: el guionista los condena a una servidumbre penosa a
la par que realza el lujo y afectación de los artistas londinenses.
La pobreza de los diálogos de «Billy Elliot», no obstante, es
compensada por la actuación equilibrada de sus actores. Jamie Bell,
como Billy Elliot, es un púber rebelde, dispuesto a persuadir al mundo
de su vocación como bailarín; Garry Lewis representa con pericia
la
transición sentimental de un padre que desea que su hijo sea un
boxeador, y quien luego de descubrirlo bailando con su mejor
amigo lo
apoya en su carrera artística; Julia Walters, como la tutora
solterona, encarna a un personaje misterioso e insondable.
Eisenstein
escribió que el poder del cine residía en el montaje, pero Eisenstein,
como Daldry, dirigía un grupo de teatro, y asumía, por lo tanto, que
dicho montaje se supeditaba a la intensidad psicológica de sus actores;
en otras palabras, que una pobre actuación es, para un editor,
inadmisible. Pero, ¿quién discierne una buena actuación de una pésima?
Nadie mejor que un director de teatro; alquien capaz de moldear las
emociones más triviales de sus actores.
La creciente popularidad de los teatreros londinenses como directores
de cine da cuenta de esta manifestación; las compañías productoras de
cine han concluido, luego de prolongados titubeos, que el cine no es
primordialmente imágen, sino representación dramática puesta en
imágenes.
La intensidad actoral trasciende y corrije los lugares comunes de un
guión monótono y convencional. Mientras que Silvester Stallone y Tom
Hanks alcanzan celebridad gracias a la oportuna intervención de la
providencia, Jamie Bell prevalece gracias a su perseverancia: Billy ha
nacido para ser bailarín y poco le intimidan las opiniones de su padre
y de su hermano, quienes desearían verlo en un colegio. Friedrich
Nietzsche distinguió la moral del esclavo de la moral del maestro: el
esclavo sucumbe ante las imposiciones de su sociedad; el maestro,
alguien del talante del personaje recreado por Jamie Bell, respeta su
propia voluntad. El espectador presencia así el proceso de
autodeterminación de Billy Elliot, quien descubre en la danza su
destino y el campo propicio para alcanzar su excelencia.
|
|
|
James Bond es el turista idóneo de nuestra época: él persigue a los
malechores sobre los monumentos históricos y las montañas que las
postales retratan; él persuade a mujeres anémicas de que traicionen a
sus esposos y a sus países por una noche en un hotel de cinco
estrellas; él destruye los hangares, las ciudades y las islas de los
magnates amargados que las construyeron como una amenaza contra el
mundo civilizado. Y aún así el agente 007 jamás se pregunta sobre las
condiciones sociales de los habitantes de los países que visita. Su
única preocupación parece ser la paz y la prosperidad de la reina de
Inglaterra.
John Boorman, de la mano de John Le Carre, aborda
este dilema en
The Tailor of Panama. El resultado es una denuncia tímida de la
corrupción en latinoamerica, una parodia de la política internacional
estadounidense y un analisis improvisado de la moralidad de los
sicarios.
Pierce Brosnan —007—, es Andy Osnard, un espía que
es enviado a
Panamá como castigo por haber seducida a la esposa del embajador al
servicio de su Majestad en Madrid. Con el propósito de familiarizarse
de la cultura local Osnard contacta a Harry Pendel, un emigrante
británico encarnado con precisión por Geoffrey Rush. Pendel disfruta de
su trabajo como sastre de la alta clase panameña; él está felizemente
casado con Jamie Lee Curtis, quien trabaja como consejera del
presidente de Panamá. Osnard se percata de que Jamie desconoce el
pasado de Pendel —quien vivió en prisión por varios años—. La codicia
de Osnard forza a Pendel a que fabrique un conflicto internacional que
envuelve a Panamá, China, Taiwan, Estados Unidos e Inglaterra. Los
embustes y la manipulación son los motivos que corrompen a los
carácteres principales de este filme: Pendel quiere diez millones de
dólares por su trabajo como espía, Osnard pide quince, el jefe de la
Inteligencia Británica demanda veinte, y los estadounidenses cancelarán
cualquier suma de dinero con el fin de justificar su segunda invasión
de Panamá.
Además de ser una comedia o un film de suspenso —el espectador
escoge
el género a su gusto—, Boorman representa el inquietante orden social
de Panamá: prostitución infantil, políticos subvencionados por la
mafia, adolescentes que viven de robar flores en los cementerios,
revolucionarios que juegan cada día a la ruleta rusa, etc. Pero estas
imágenes son inorgánicas, y apenas proporcionan un fondo exótico a la
trama principal. Pendel se convierte en un espía que se compadece de la
vida de los ciudadanos más pobres de Panamá; su caridad es, de hecho,
más encantadora que la actitud odiosa de Osnard, pero su piedad sólo
produce resignación, indiferencia y egoísmo de tinte familiar. Quienes
pierden en esta historia no son los buenos, ni los malos, sino —como al
comienzo de la trama— los panameños. |
|
|
Un periodista de The Observer denunció con aire puritano la
incongruencia entre la simpatía de Michael Moore por la clase
trabajadora y el hecho de que gracias a dicha sensibilidad Michael
Moore es ahora un millonario. The Observer publicaría mi comentario al
respecto una semana después: "Andrew Anthony demuestra su agudeza al
enumerar las contradicciones, la vanidad y los gustos costosos de el
documentalista ganador del festival de Cannes Michael Moore. La
presunción de Anthony, no obstante, es que cada hombre o mujer que se
atreva a exponer las fallas del sistema americano ha de ser tan puro
como San Francisco. Los documentales de Moore no son fieles a una
concepción utópica de la verdad, pero ellos parecen sinceros, y
despliegan así mismo un sentido poco común de independencia política."
Fahrenheit 9/11 perdurará a través de dos escenas memorables; en la
primera una anciana iraquí que ha perdido a sus familiares a causa de
los bombardeos de los aviones estadounidenses y británicos clama al
firmamento "¿En dónde estás, Dios mío? ¡Oh! ¿En dónde estás?". En la
segunda, una madre estadounidense que perdió a su hijo en la guerra se
lamenta ante la Casa Blanca; una mujer de anteojos oscuros aparece
entonces para recriminarla por su actitud. "Yo perdí a mi hijo",
solloza la madre, "¿En dónde?", pregunta la mujer de anteojos reacia a
capitular. "En Ramala", y la defensora de Bush, visiblemente
perturbada, apenas balbucea: "Sí, mucha gente muere".
La pregunta principal de Fahrenheit 9/11 no es si la guerra contra Irak
es justificada o no —tal es el medio a través del cual los periodistas
y políticos prolongan esta guerra—, sino porqué razón es ésta una
guerra injustificada. Semejante actitud le ha granjeado a Moore el
desprecio de los partidarios de Bush y Blair, quienes lo acusan de no
ser ‘objetivo’ y de manipular los ‘hechos’. Pero Moore no pretende
anquilosarse en lo ‘objetivo’, una postura que valida más que nunca la
sentencia de Nietszche, «No hay hechos, sólo interpretaciones».
El debate sobre la ‘objetividad’ de los documentales en los EU se
remonta a 1960, cuando Robert Drew, con la asistencia de quienes
devendrían los directores de cinema documental más prestigiosos de la
década —Richard Leacock, Albert Maysles y D.A. Pennebaker—, produjo y
dirigió Primary , el primer documental de Cinema Verdadero (Direct
Cinema) producido en los Estados Unidos. Los prosélitos de Robert Drew
aspiraría a un cinema en el cual la concurrencia se acostumbrase a la
presencia de la cámara hasta el punto de ignorarla, permitiendo el auge
de imágenes y escenas objetivas. Drew reaccionaba así contra los
documentales del Status quo, en los cuales la voz de un locutor
—irónicamente denominada Voice of God (Voz de Dios)—, determinaba el
sentido de las tomas presentadas al espectador. Ya la carencia de
objetividad de los medios de comunicación masiva había generado
injusticias sociales durante la segunda guerra mundial; así, por
ejemplo, las imágenes de los escombros de Pearl Harbor fueran
presentadas en los Newsreels estadounidenses con comentarios racistas
sobre los japoneses, una interpretación que conminaría a Washington a
confinar a cerca de ciento veinte mil ciudadanos americanos de linaje
japonés en campos de concentración construidos en los desiertos de
Utah, Arizona, Colorado y Wyoming.
Las aspiraciones del Cinema Verdadero —que apenas diferían de las de
Dziga Vertov o de las de los exponentes del Cinema Verité en Francia—,
probaron en breve su falibilidad; en 1967 Frederick Wiseman filmó en
Titticut Follies la locura y la carencia de humanismo de un hospital
para criminales insanos en Massachussets; varios de los pacientes se
quejarían más tarde de haber sido capturados contra su voluntad por el
lente de Wiseman; algunos de ellos, ya rehabilitados, incluso
denunciarían el auge de problemas familiares a causa de las imágenes de
Wiseman.
Cualquier director de documentales sabe bien que basta con seleccionar
las escenas que se graban o se editan para manipular la realidad. Las
pretensiones de objetividad de los directores de documental, así como
la de los historiadores, sicólogos y economistas han sido ampliamente
puesta en entredicho. Nuestra mayor certeza es que cualquier debate
sobre el valor de la verdad ya no atañe a la teoría del conocimiento,
sino a la ética.Las denuncias formuladas contra las tomas de Titticut
Follies no son, de hecho, epistemológicas, sino éticas; en otras
palabras, no se trata de la denuncia de cierta carencia de objetividad,
sino de una carencia de sensibilidad.
Moore no pretende enseñarnos la realidad tal y como es (tal es el
espejismo de los medios de comunicación), sino tal y como los más
desprotegidos la sienten; su mayor mérito, y su mayor contribución a la
historia del documental, es la de expresar el malestar de las víctimas
de la administración Bush. Moore es consciente de que el único país
capaz de alterar el rumbo de la guerra que azota a los valles de la
Mesopotamia es, precisamente, su país, los Estados Unidos, y como tal
ha decidido asumir —hasta sus últimas consecuencias—, el rol de la
conciencia social estadounidense: la más independiente y —así lo creo—,
la más racional.
|
Hugo Santander
2007 © All rights reserved
|