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Acotaciones
de
un
colombiano
en
la
India
Tamil
Nadu cree en héroes
Los cineastas hispanos,
a diferencia de los hindúes, carecen de héroes; los únicos referentes
siendo El Chapulín Colorado, exitoso en razón de su formato, y El Man
de Harold Trompetero, deplorable en razón de sus diálogos grotescos, su
falsa intención de denuncia social y sus actuaciones denigrantes. ¿Por
qué no existen héroes en Hispanoamérica? Borges se lamentaba que su
generación carecía ellos, siendo George Bernard Shaw el único que los
patrocinaba; evidentemente se refería a la literatura, porque el
celuloide ya era industria desde sus inicios en razón de los comisarios
perseguidores de bandidos. La respuesta está, creo, en Don Quijote de
la Mancha, un héroe fallido que admiramos y compadecemos cuando afirma
que: "Se instituyó la orden de los caballeros andantes para defender
las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los
menesterosos". Pero a diferencia de Don Quijote sabemos que el mundo de
los héroes jamás ha pretendido ser real, y no hay razón para que
sigamos creyendo los predicados de los profesores de español, que
repiten desde el siglo diecisiete que el principal mérito de Cervantes
es el de haber ridiculizado las todavía admirables novelas de
caballería.
En el camino de Pondichery
Hace unos días conocí a
Siddharth; se me acercó cuando compraba un jugo de níspero y me
preguntó de que país era. Cuando le dije que Colombia se mostró tan
extrañado como la mayoría de colombianos lo haría si se encontrasen en
las calles con un kirguizo. Colombia aquí es desconocida para la
gran mayoría de los hindúes, y sólo asienten ante turistas
estadounidenses o europeos. Siddharth entonces me preguntó que países
había visitado; cuando le dije varios de ellos me preguntó en cuál me
sentía mejor. Yo le dije que la India lo era ahora, como lo fue Francia
hace un mes y Portugal a su tiempo. Siddharth comentó que quería vivir
en otro país pues estaba harto la India. "¿Se és feliz en Colombia?" Le
dije que la felicidad de cada cual era interior, y que jamás la
encontraría fuera de sí. "Hay infelices en todos los lugares". Ayer me
lo encontré de nuevo y me preguntó que materias enseñaba; le respondí
que guiones y producción de cine. "Y han de ser filosóficos", acotó. Me
sorprendí; en efecto recurro frecuentemente a la filosofía ante mis
alumnos con el fin de dar consistencia a los personajes. Sólo entonces
recordé nuestra conversación anterior. "Siempre la tengo presente". Le
dije que en dos semanas me mudaría de Potheri a Chennai. "Entonces ya
no nos veremos" Siddharth comentó con tristeza. "¿Le gustaría
viajar con unos amigos este jueves a Pondichery?" Acepté sorprendido de
su hospitalidad. Tomaremos el tren en la noche y llegaremos justo antes
del amanecer a las playas de Pondichery, ese enclave que los franceses
construyeron y preservaron ante la colonización de los ingleses. Su
arquitectura es interesante, y me dicen que se habla francés en las
calles.
Pondichery, otra concepción de la playa hindú
Nos reunimos a la una de la madrugada frente al hotel de la
universidad; Siddharth me presentó a Sizu, en quien pronto identifiqué
al líder de la excursión. Tomamos un auto y llegamos un terminal de
buses, en donde un taxista ebrio nos ijo que ya no habían buses a
Pondichery y que debíamos ir con él. Sizu se opuso y tras conversar con
varios locales nos dijo que debíamos tomar un bus a otro poblado a una
hora y que de allí partiríamos a Pondichery. Al recordar que ni
Siddharth ni Sizu hablaban Tamil, interrogué a Sizu como logró
comunicarse con los locales. "Yo los interpelo en Hindi y ellos me
hablan en Tamil; de algún modo nos entendemos". El taxista ebrio volvió
y sostuve una conversación con él, para disgusto de Sizu, quien sentía
desconfianza. "Desde que no se ponga violento...", me advirtió.
Varios transeúntes
orinaban en la calle; yo les comenté que en Colombia
o en Francia ellos serían amonestados por la policía, si no arrestados,
a lo cual ambos estallaron en una carcajada. "Si es necesario, es
necesario".
En el bus me percaté que una niña hermosa
de unos once años se
recostaba junto a mis rodillas. Detrás vi a otras mujeres también
sentadas en el suelo. "Práctico", le dije a Siddharth, reservándome mis
pensamientos sobre como sería una salida de emergencia." Pero no está
permitido para los hombres.
Llegamos a las cuatro de la madrugada a
Pondichery; caminamos hasta la
playa en donde encontramos el monumento a Ghandi. En un comienzo lo
tomé como otra escultura, afín a la de tantos próceres colombianos,
pero noté que tanto Siddarth como Sizu lo veneraban. Es verdad que el
gran hombre de la paz de nuestra era es Ghandi, así los suecos no lo
hayan galardonado con el premio Nobel de la Paz.
Entonces nos instalamos en un café frente
al mar, a vislumbrar el sol
incandescente entre las nubes del amanecer, con olas que estallaban en
las rocas. Siddharth estaba fascinado con la ciudad -en realidad con el
balneario-, que no conocía. En verdad Podichery tiene una playa
hermosa, si bien no concuerda con su idea occidental; es rocosa y
apenas hay un receso arenoso junto al embarcadero para bañarse. Sólo
los adolescentes hindúes retozan en sus olas. Ni las mujeres ni los
hombres lo hacen; tal vez les parezca demasiado espectáculo, y se
limitan si acaso a dejar que las olas acaricien las plantas de sus
pies. Al principio me extrañé, pero ahora ya lo he asumido como lo más
conveniente. La metáfora para un poema me fue entregada esa mañana:
olas incesantes en su plegaría a la creación como los Ave María de un
rosario.
Pondichery, también llamado Puducherry, புதுச்சேரி en tamil,
Poudouchéry en francés o Pondicherry, tiene fama entre los occidentales
de tener un aire francés. Si por francés se refieren a sus primeras
avenidas con pasacalles amplios, su percepción es limitada; si lo es en
referencia a su historia, y al hecho que varias de sus calles porten
nombre francés. En realidad es bastante similar al Rodadero en Santa
Marta.
Decidí entonces que no volvería el mismo día, como había pensado, y se
lo hice saber a mis amigos. "Es un sitio hermoso para la soledad".
Decidí que emplearía ese tiempo adecuando mi portal, que hacía ya más
de un año no revisaba en forma. Mis dos amigos se lamentaron que debían
viajar al día siguiente a sus ciudades de origen. Siddharth se
comprometió a darme clases de Hindi a su regreso.
Alquilé una habitación con vista al mar por tres noches por cinco mil
rupias.
Tamil's first lessons
Aprender Tamil es conocer un mar de corrientes
desconocidas; incluso el alemán ofrece un vocabulario similar al
castellano, con tantas palabras derivadas del Latín; incluso el ruso
presenta una gramática afín a la de las lenguas europeas, todas ellas
declinables. El Tamil es una lengua aglutinante, una nueva perspectiva
del lenguaje; sólo consuela el hecho que el idioma literario no es el
de la calle, el cual admite la mezcla de varios verbos y sustantivos
ingleses. Y en tanto el cirílico ofrece equivalencias perfectas con el
latín, el Tamil tiene una grafía hermosa y compleja, sin relación
alguna con las lengua europeas.
Quienes prescinden de excusas
Finalmente tendré que someter una de mis muelas a un
tratamiento de conductos. Me resisto en principio, pues sin la raíz la
muela acaba debilitándose y cayendo; dicha aseveración es motivo de
burla de la mayor parte de los dentistas, quienes aprenden que la raíz
pierde su función tras el brote de las cordales, pero la he constatado
con varios pacientes. La muela se fracturó ligeramente a mi llegada a
París y fue examinada por una doctora de la sala de emergencias del
Hôpital de la Pitié-Salpêtrière; su labor no duró dos minutos, prisa
que explica su descascaramiento al siguiente día. Como no había
sensibilidad lo pospuse hasta mi llegada a la India. Fue mi tío abuelo
Flavio Hugo Santander, quien patentó una pasta que evita el tratamiento
de conductos; es usada en varios países y tiene la gracia de haber
apoyado la carrera artística de uno de sus hijos, célebre en el mundo
latinoamericano; pero la mayoría la desprecia porque oscurece la muela;
como sí los fondos de la boca fuesen a aparecer en alguna competición
deportiva por su blancura. Falté a la primera cita, pero la caída de la
calza esta mañana me obligó a regresar al dentista; esperaba un
comentario cáustico por mi ausencia, pero la doctora sólo me dijo que
hoy no podía atenderme, pero que con seguridad mañana en la mañana. Y
yo que creí que los latinoamericanos éramos más flexibles que los
anglosajones y los galos; siempre exigimos una excusa, así ésta sea una
mentira; los hindúes no se molestan. Saben que el hecho está consumado
y no hay razón de reteñirlo.
De la pobreza
La
pobreza
es
un
mal
generalizado
en la India, en donde casi
ochocientos millones de personas sufren a causa del desempleo y de sus
escasos ingresos; sin embargo, a diferencia de occidente, ser pobre en
la India no es vergonzoso. Baste pensar en los banqueros que se arrojan
desde las edificios de Wall Street, las parejas que se envenenan en
Paris o los desempleados que se cuelgan de los puentes de Bogotá ante
las visiones de una vida en la calle. El hindú pobre duerme donde puede
y no se lamenta en tanto sobreviva; cree firmemente que los dioses
proveerán. Los mendigos son escasos en comparación a la población, y
Punjab me comenta que varios de ellos son en realidad acaudalados en
secreto, un comentario que ya escuché varias veces en Bucaramanga, en
donde alguna vez me señalaron a una mendiga propietaria de cuatro
casas. La verdad es que en occidente ocultamos la pobreza; los mendigos
son expulsados de los parques; el espacio público está en realidad
vedado al único público que lo necesita. Conozco occidentales que
perdieron su fortuna y cuya mayor angustia es que la gente lo descubra;
para evitarlo fraguan mentiras y escenifican escenas que despertarían
la envidia de un director de teatro del West End: dicha actitud acaba
siendo fuente de una envidia que les tortura día y noche. Los pobres
latinoamericanos, por otra parte, han tomado conciencia -de la mano de
la teología de la liberación-, del derecho que tienen a una vida más
digna: hasta los setenta, en efecto, no era extraño ver a niños ir de
casa en casa solicitando las sobras de la comida, las cuales mezclaban
en ollas curtidas. Dicha práctica cesó al tiempo que el crimen aumentó
en las calles. El marxismo que aspiraba a la igualdad como resultado de
la dialéctica histórica, acabó justificando actitudes agresivas y de
resentimiento. En la India cada cual asume su pobreza como se asume la
pérdida de un pariente, y no comprenden ese temor occidental de tener
hijos sin dinero. De hecho, el alto número de sus habitantes es la
causa de su auge como poder global -al igual que la China-, un hecho
que enrojece a los defensores del aborto y de los controles de la
natalidad, quienes aún se esfuerzan absurdamente por demostrar que un
país tan despoblado como Colombia no merece más habitantes.
Del
tráfico
El
primer
día
que
Punjab,
mi
conductor y asistente, asaltó las
calles de Chennai sentí un vértigo horizontal, y vi en cada cruce un
accidente; los carriles están señalizados como graffiti: en donde hay
dos se puede ver hasta dos autos, un trimotor y tres motos apenas
separados por milímetros: no es raro que empleen los pasacalles y hasta
los andenes para adelantarse, y cada auto se cruza ante el otro
irreverentemente. Casi dos semanas más tarde ya estoy habituado,
y me sorprendo a mí mismo durmiendo mientras Punjab me conduce en
zig-zag de un sitio a otro de Chennai. Me he persuadido, para mi
sorpresa, que los hindúes son muy superiores a los occidentales en el
modo como confrontan el acto de conducir. Cada cual acelera y se cruza
en el camino de su circunvecino, pero nadie se encoleriza por esta
intromisión que en occidente sería visto como una violación de un
privilegio personal; hace dos días vi a un auto golpear a una moto;
esperaba insultos, golpes, apelaciones a la policía y un tráfico
paralizado. Pero no: el motociclista cayó al suelo, sonrío al conductor
agresor, señalando que estaba bien y continuó su camino. Aunque he
recorrido la ciudad ya varias veces no he visto un sólo accidente de
tráfico hasta ahora. Mathi, director de teatro local, me dice que es
bastante extraño, pero así es. Creo que la profunda espiritualidad del
hindú también lo mantiene alejado de los percances del azar: cada
mañana la mayoría sale al templo a saludar a su dios y a obtener una
bendición de su sacerdote.
Punjab
es
un
hombre
sencillo,
que
ha aprendido inglés a fuerza
propia, conversando con extranjeros; por ello me fue asignado, y
siempre está presto a atenderme en cualquier circunstancia. No me
permite ni tan siquiera cargar paquetes cuando salgo de compras. Al
principio me estremecí de ver sus pies descalzos, pero dicha costumbre
es tan común en la India, que ya he hecho incluso mis incursiones
descalzas por los calles aledañas a Marina Beach, una playa inmensa, en
donde cada domingo departen las familias locales. Tuve que
insistir para que Punjab almorzase en la misma mesa conmigo; Mathi me
dice que cualquier chofer se sentiría más cómodo si simplemente le
obsequiase un dinero. Pero Punjab es diferente: yo le enseño inglés y
el me enseña Tamil. Cuando me enteré que nunca había tenido un libro de
gramática lo conduje a la librería, para que escogiese un curso de
inglés; ahora avanza día a día: no dudo que conseguirá un empleo mejor.
Su tesón está inspirado en el bienestar de su hija de seis meses, la
cual considera, como todos los padres, un ejemplo sin precedentes de
inteligencia prodigiosa.
De la serenidad
La
primera
impresión
que
tuve
de
la India fue de sosiego; luego
de permanecer dos meses en París, en donde cada actitud está expuesta a
la mirada crítica del vecino -comportamiento que inspiraría la noción
ubicua del poder de Foucault-, me encuentro con personas que se esmeran
por no perturbar a sus congéneres. El guardia de la aduana vio mi visa
de entrada y sin formular una de las tantas preguntas capciosas que sus
colegas formularían en Dublín o New York, se limitó a desearme una
feliz estadía, para enseguida imprimir su sello. Al ir a la casa de
cambio, pregunté al secretario cuanto era la comisión de la agencia; me
respondió que del veinte por ciento, y ante mi gesto de preocupación
criollo me aconsejó que retirase dinero del cajero electrónico metros
más adelante, en donde el cambio era el mismo al oficial. Ya entonces
esa oscilación de la cabeza tan peculiar de los hindúes me había
cautivado; es un gesto humilde que indica que no habrá ningún problema
y que no hay razón para preocuparse.
Desde
entonces
la
cordialidad
y
la
buena disposición abundan; es cierto
que hay países occidentales que cultivan dichas virtudes, como Holanda,
pero sus habitantes son prontos a corregir las actitudes foráneas de
sus interlocutores. Los hindúes, por el contrario, poseen la facultad
de ignorar los errores. Son las primeras gentes que siento que
practican el precepto terenciano errare humano est. Si estoy en apuros,
basta una palabra a quien esté a mi alrededor para que éste interrumpa
su labor y disponga de todo el tiempo necesario para socorrerme. Así,
un estudiante a quien pregunté en la biblioteca si el adaptador
universal de corriente que traía serviría para la conexión de mi
computador, me pidió que lo esperará un minuto. Desapareció y volvió
casi de inmediato con un adaptador local. Luego de una hora de trabajo
conversamos; su nombre era Deepak, oriundo de Nueva Delhi y de la casta
de los guerreros; cuando le dije que sería profesor de la universidad
se ofreció a conducirme por el campus universitario. Mientras caminamos
me señaló varios edificios, residencias de estudiantes según su estrato
económico. Cuando llegamos frente a una edificación aglomerada, me dijo
que era la de los alumnos más pobres. "Comparten una habitación
diminuta entre tres", añadió, "si fueran franceses no durarían una
semana, pero nosotros, los hindúes, sabemos que para convivir hay que
fomentar la amistad; por ello todas esas son habitaciones de buenos
amigos". Su comentario me causó una honda impresión; en efecto, en las
sociedades occidentales estamos habituados a demarcar nuestros
espacios, sea en la casa, en la universidad, en el trabajo e incluso en
los espacios públicos. Baste ver las discusiones que se forman en una
fila cuando se cree con o sin fundamento que alguien se nos ha
adelantado.
La
India
es
un
país
de
mil doscientos millones de personas, y las
querellas internas son insignificantes en comparación con aquellas de
Colombia. Durante los cuatro días que han transcurrido desde mi
llegada, no he percibido una sola mirada altanera o desafiante; es como
si cada cual estuviese dispuesto a fomentar la amistad con quien lo
desee. Me he encontrado, si acaso, con hombres de edad de mirada
adusta, sin duda políticos u hombres pudientes, pero su presencia es la
excepción. "Aquí nadie molesta a nadie", me dice Deepak, "ni si quiera
los animales". Y es cierto que los perros deambulan sin ladrar y los
toros permanecen inalterados en su sitio, ostentando sus afiladas
cornamentas a escasos centímetros de los hindúes.
Es
cierto
que
la
higiene
de
los
hindúes es relajada en comparación a la
de un país como Colombia; nuestros hábitos les parecen estrafalarios,
como lo es para nosotros el que los miembros de la realeza europea usen
sus calcetines para inmediatamente desecharlos. Es cierto que las
avenidas de las grandes ciudades están atiborradas de autos, motos y
bicicletas, y que es común ver desechos a sus costados, pero dicho
paisaje difiere muy poco del de Brooklyn o el metro de París. Ciudades
como Barranquilla se asemejan a Chennai, aunque sin duda las miríadas
de transeúntes no dejan de impresionar a quienes transitan avenidas
despejadas; los suburbios también existen en la India, pero como en
Colombia son de ambiente familiar y no atañen los intereses del turista.
La
gran
mayoría
de
la
gente
se alimenta en restaurantes sin mesa; en
dos ocasiones he intentado cenar allí, pero los cocineros -no se puede
hablar de meseros-, me identifican como extranjero y me envían al
segundo piso, en donde el servicio de restaurante se aproxima más al
concepto occidental. Todos comen con las manos, las cuales lavan
previamente antes de sentarse; el menú es variado según el restaurante,
su especialización parte de una región determinada de la India,
especificando si es vegetariano o con carnes y en varios de ellos se
añade la comida china. La carne de res está disponible en los
restaurantes de los hoteles, pero no me he atrevido a solicitarla ni
creo que lo haré; con seguridad los cocineros y meseros se sienten
ofendidos.
La
abundante
mano
de
obra
ha
hecho de la India el país más barato del
mundo. Se puede comer opíparamente por mil pesos -en los restaurantes
comunes- o lujosamente por diez mil pesos -en los hoteles-. Las
grandes marcas multinacionales ofrecen sus productos a precios
rebajados entre el cincuenta y el setenta y cinco por ciento en
comparación a sus tiendas en Londres o Bucaramanga; de esa forma
compiten con la producción local y con las falsificaciones. Basta
preguntarse ante tal hecho, porque Colombia se ha convertido en un país
tan o más costoso que los Estados Unidos; habría que señalar a nuestros
economistas, más esmerados en preservar los rápidos dividendos de los
productores que en estimular el consumo y el empleo.
Y
es
que
las
similitudes
entre
Colombia y la India no son escasas: un
clima parecido, con dos estaciones, una geografía diversa y altos
índices de desempleo. La fascinación de la India por la danza y el
melodrama también nos mancomuna; incluso el estilo de actuación
burlesco, heredado de la comedia latina, salta a la vista en los filmes
hindúes y en las novelas colombianas. "Es por eso que nuestro cine no
es muy reconocido a nivel de festivales", me comenta el decano de la
Escuela de Cine de SRM University, "como tampoco lo es el de Colombia.
No tiene nada que ver con Hollywood".
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